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Una preocupación muy común en los padres es el miedo de los hijos. A muchos adultos no se les ha enseñado a relacionarse con sus emociones, o no saben cómo enseñar a manejarlas.

El miedo es una emoción cuya función es protegernos ante un peligro: se encarga tanto de prevenirlo como de prepararnos para enfrentarlo, lo que nos permite adaptarnos mejor al medio.

El miedo suele aparecer a los siete meses de vida, produciéndose ante ruidos fuertes o alturas. Conforme el niño se va desarrollando se encuentra con estímulos nuevos y desconocidos hasta entonces, siendo característica la aparición de miedos concretos a determinadas edades. A esto se le denomina miedos evolutivos.

Algunos de los miedos evolutivos más importantes son:

Ante diversas emociones, a veces tendemos a intentar minimizar su importancia con frases como “no tengas miedo” o “si no pasa nada”, pero estas no le permiten crear habilidades para relacionarse con su miedo y, como hemos dicho, el miedo es adaptativo y como tal necesario. Lo apropiado es ayudar a nuestros hijos a enfrentarse a ellos. Para ello, es importante que validemos su emoción, escuchándole, ayudándole a definir y entender el miedo sin restarle importancia.

Otra estrategia que podemos usar es la normalización. Con este fin podemos contarle algún miedo que hayamos tenido o podemos ayudarnos de algún cuento infantil. Existen numerosos cuentos en el mercado destinados a este objetivo, que presentan también un modelo en el que el protagonista supera algún miedo.

Es importante entender que la finalidad es que aprendan a relacionarse con el miedo como lo que es, una alarma que nos permite identificar un posible peligro, sin que por ello tengamos que permitir que este controle nuestros actos y puedan decidir por ellos mismos. Obligarles a permanecer en una situación que les produce miedo puede tener el efecto contrario.

En ocasiones las estrategias anteriores no son suficientes para que el niño se sienta preparado para enfrentarse a la situación que le produce miedo. Puede que necesite que le acompañemos en un primer momento, o de algún objeto que le de cierta seguridad, acerca del cual diversos autores (Díaz et al., 2017; Labrador, 2014) recomiendan una retirada gradual. Algo que puede ayudarle también es dividir la situación en pequeñas aproximaciones que le permitan ir consiguiendo metas. En estos casos es necesario que valoremos cualquier acercamiento que tenga a la situación para aumentar la probabilidad de que estos se sigan realizando con éxito.

Si vemos que el miedo se mantiene, es demasiado elevado para poder manejarlo o no sabemos cómo hacerlo, es recomendable buscar ayuda de un profesional. Puede encontrar más información en: https://psicologosprincesa81.com/psicologo-ansiedad-infancia-madrid.

BIBLIOGRAFÍA

Alzina, R. B. (2003). Educación emocional y competencias básicas para la vida. Revista de investigación educativa, 21(1), 7-43.

Labrador Encinas, F. J. (2014). Técnicas de modificación de conducta. Ediciones Pirámide.

Díaz García, M. I., Ruiz Fernández, M. Á., & Villalobos Crespo, A. (2017). Manual de técnicas y terapias cognitivo conductuales. Desclée de Brouwer.

Pérez Álvarez, M., Fernández Hermida, J. R., Fernández Rodríguez, C., & Amigo Vázquez, I. (2018). Guía de tratamientos psicológicos eficaces II. Comercial Grupo ANAYA, SA.

Sandín, B. (1997). Ansiedad, miedos y fobias en niños y adolescentes. Librería-Editorial Dykinson.

Artículo escrito por María del Mar Jódar

Detrás de cada fallecimiento por Covid, hay historias de sufrimiento de familiares y personas cercanas que, a fin de cuentas, también son víctimas.  Estas personas tienen un alto riesgo de sufrir el llamado duelo complicado.

¿Cuáles son los principales factores de riesgo implicados en los fallecimientos por Covid-19?

Convergen varios factores de riesgo:

Ante estas circunstancias, si no se toman medidas adecuadas, podría derivar en algunos casos en duelo complicado.

¿Se puede hacer algo para atenuar o evitar las secuelas?

Existen una serie de pautas que pueden ayudar a la elaboración del duelo y prevenir efectos adversos. A continuación, se detallan algunas recomendaciones:

Los miembros de la familia deben asumir la realidad de la pérdida y tomar conciencia de lo que ha ocurrido. Para ello puede resultar útil que puedan ver al fallecido, con el objeto de conmemorarle llevando a cabo los rituales que consideren necesarios. Es positivo hablar sobre las circunstancias en que se produjo la muerte, así como valorar objetiva y positivamente la atención que han dado al enfermo. Incluso si dadas las circunstancias no se ha podido estar con él en el momento del desenlace, se debe asumir que no ha sido posible.

Es recomendable adquirir conocimientos del proceso del duelo y como se manifiesta, con el objetivo de normalizar sentimientos y comportamientos: estimular las verbalizaciones sobre el fallecido, su historia y la relación con él, revisando tanto los aspectos positivos como negativos. Expresar pensamientos, sentimientos y emociones.

¿Cómo se puede tratar la cuestión con los más pequeños?

Para realizar una comunicación adecuada a los más pequeños, habría que preguntar que es lo que conocen sobre la muerte, para saber lo que aún necesitan aprender y asimilar a nivel emocional. Los niños deben entender que la muerte es universal, que llega a todos los seres vivos tarde o temprano, que es irreversible (si no comprende todo lo que implica, habría que explicar que todas las constantes vitales se paran), y que es la consecuencia de una enfermedad que ha provocado unos problemas funcionales y físicos en el organismo que no hacen viable la supervivencia.

Habría que utilizar un lenguaje claro, preciso, sincero y adaptado a su edad a la hora de explicar los conceptos; no se deben utilizar metáforas que confundan (está en el cielo, se ha dormido, etc.). Es importante explicar la diferencia entre el virus y la enfermedad, quienes son las personas de riesgo, qué medidas se están tomando y dar seguridad en el futuro sin quitar gravedad. Es preciso evitar que los niños generen miedos a contraer la enfermedad ellos mismos o sus hermanos o progenitores.

Hay que favorecer el uso del juego, el dibujo y la dramatización para expresar sus emociones. Los niños manifiestan su dolor por la pérdida de forma diferente a la de los adultos, pudiendo mostrar cambios frecuentes de humor, disminuir el rendimiento escolar y presentar alteraciones en la alimentación y el sueño.

Los niños, en su fantasía, podrían considerar que algo que pensaron o dijeron en algún momento determinado ha causado la muerte de su ser querido, por ello hay que favorecer la comunicación y evitar que se produzca cualquier sentimiento de culpa.

¿Cómo se podría proceder con los adolescentes?

Los adolescentes tienen plena conciencia de lo que significa la muerte desde una perspectiva biológica y filosófica. Sin embargo, hay que animarlos a que expresen su propia opinión acerca del porqué de la muerte y si existe o no un más allá.

A la hora de comunicar el fallecimiento, habría que explicarles, gradualmente y con pocas palabras, como ocurrió la muerte y responder a todas las preguntas que planteen con franqueza, ya que sus fantasías podrían ser peores que la realidad. Es preferible que sea la figura de apego más cercana la que les dé la mala noticia, pero si no resultase posible, es importante escoger una persona emocionalmente próxima y subrayarles que su figura de apego no está con él porque no puede, no porque no quiera.

Si van a participar en los ritos funerarios, es aconsejable explicarles previamente como se va a desarrollar la situación y, por supuesto, acompañarlos en aquello que quieran hacer (no dejar ver el cadáver solos). Por el contrario, si deciden no asistir, no hay que reprochar.

Por lo tanto, resulta primordial favorecer la expresión de las emociones y eliminar cualquier sentimiento de culpa. Necesitan sentirse parte activa de la familia, dar su opinión y ser tenidos en cuenta.

¿Y qué pasa con los adultos?

La pareja de la persona fallecida, si tiene niños pequeños o adolescentes, su papel será complicado. Por un lado debe tratar de sobrellevar su propio duelo y, por otro, ayudar a afrontar el duelo al resto de la familia. Deberá mantenerse física y emocionalmente cerca de ellos, garantizarles el afecto, compartir el dolor con ellos y ofrecerles modelos de actuación. Deberá explicar que no van a olvidar al fallecido y que van a seguir queriéndole.

Es muy importante mantener los hábitos, las costumbres, los horarios y las normas establecidas de forma que no sienta que el mundo entero se desestabiliza y se desorganiza ante ellos. Esta manera de actuar ayuda a conservar cierto orden, dentro de la confusión que supone la muerte de un ser querido.

Resulta recomendable animar al conjunto de la familia a que retome su vida y sus relaciones sociales, tan pronto como sea posible y cuando el levantamiento de los confinamientos lo permitan. En el caso de niños y adolescentes, pasar tiempo comunicándose con sus amigos puede serles de gran ayuda. Por el contrario, hay que evitar que sus hijos ocupen “el lugar o papel del fallecido”. Por último, es muy recomendable reforzar los recuerdos positivos de la persona perdida, sin sublimarla.

Algún recurso que puede ayudar a elaborar el duelo es escribirle una carta o realizar, cuando sea posible, un acto bonito de conmemoración.

Como conclusión, la Covid -19 no solo está afectando a las personas que lo padecen sino también a todo su entorno familiar. Abordar el duelo, en las durísimas condiciones que se está desarrollando la pandemia, es un factor de riesgo de padecer un trastorno emocional. No obstante, podemos actuar y comunicar de una forma que facilite la elaboración del duelo, consistente básicamente en compartir y expresar el dolor y no evitarlo. Es un error pensar que los más pequeños o adolescentes son ajenos a este sufrimiento. La consabida frase “pasará con el tiempo” no es del todo acertada. Un duelo mal elaborado puede producir resonancia emocional toda la vida.

BIBLIOGRAFÍA

Artículo escrito por Blanca Alcanda .

¿En qué consiste el Síndrome de X-Frágil?

El Síndrome X frágil (FXS) consiste en un trastorno genético, siendo la causa más frecuente de discapacidad intelectual de origen hereditario y la segunda cromosopatía después del síndrome de Down. Este síndrome está asociado al gen FMR1, el principal encargado de producir una proteína (FMRP) necesaria para el desarrollo sináptico y plasticidad cerebral. Por esta razón si hay algún efecto en el gen la persona no producirá o lo hará en cantidades limitadas dicha proteína.

Actualmente su prevalencia ha ido disminuyendo considerablemente, señalando una mayor afectación a hombres (1 de cada 4000) que a mujeres (1 de 6000). También existe la posibilidad de ser portador; es decir, con ausencia del síndrome, pero sí puede poseer alguna de las copias del gen, estimando en torno a 1 de cada de cada 750 hombres y 1 de cada 250 mujeres.

En función del portador del síndrome, la herencia genética de este podría variar:

¿Qué características tiene a nivel cognitivo, conductual y físico?

Cognitivo: las personas con el Síndrome de X frágil muestran una disminución del desarrollo intelectual a nivel general. Aunque haya gran afectación en esta área siempre hay algunas funciones más conservadas que otras; en este caso, aquellas más relacionadas con los conocimientos y estrategias adquiridas a través de la historia de aprendizaje del sujeto (que requieren acceso a la información a largo plazo). Por otro lado, muestran mayores dificultades en las tareas de que requieren un mayor razonamiento abstracto.

A niveles generales suelen presentar mayores dificultades en la memoria de trabajo, funciones ejecutivas y habilidades matemáticas y visoespaciales. Las mujeres en este caso presentan mayores capacidades intelectuales a niveles generales. De hecho, muchas de las mujeres no llegan a presentar criterios de discapacidad intelectual, mientras muchos de los hombres afectados si presentan esta característica.

Conductual: la alteración genética del X frágil lleva asociada unas determinadas características de comportamiento como son la impulsividad o falta de atención, retraimiento social, algunas dificultades en el lenguaje, agresividad o inflexibilidad cognitiva entre otras:

Físico:

¿Qué influye en sus dificultades de aprendizaje?

Muchos de los niños que padecen X frágil en su nacimiento no muestran ningún rasgo físico que haga pensar en su aparición, si no que los primeros indicios suelen presentarse en las primeras etapas, cuando el niño no es capaz de alcanzar algunos de los hitos del desarrollo y tiene dificultades a nivel motriz, en el habla, control de los impulsos o algunos rasgos llamativos en el comportamiento. A lo largo de estas primeras etapas, sus limitaciones a nivel cognitivo y en el procesamiento de la información limitan de manera clara su desarrollo y condicionan sus aprendizajes. Entre las características más comunes se encuentran:

Como vemos las personas afectadas con X Frágil muestran muchas dificultades en ámbitos diferentes. Por ello es fundamental favorecer, en la medida de lo posible, los apoyos en sus aprendizajes, para que sean capaces de alcanzar sus máximas potencialidades y, derivado de ello, una mayor adaptación en la sociedad.

Referencias Bibliográficas

Tejada Mínguez, M., (2011). Síndrome X frágil. Libro de consulta para familias y profesionales.

Medina, B. (2014). Fenotipo conductual: conocer para comprender. En B. Medina, Y. de Diego e I. García (Coords.), Síndrome X frágil. Manual para familias y profesionales, 99-120. Tarragona: Publicaciones Altaria.

Alonso, M., y Gómez, M., (2017). Comportamiento, lenguaje y cognición de algunos síndromes que cursan con discapacidad intelectual. Revista INFAD de Psicología. International Journal of Developmental and Educational Psychology.4(1), 55-66.

Artículo escrito por Raquel Sarmiento.

La situación excepcional actual nos ha hecho cambiar nuestras rutinas, hábitos, costumbres y, también, nuestra forma de pensar y de relacionarnos, provocando cambios en todas las esferas de nuestra vida, en una nueva manera de morir y de despedir a nuestros seres queridos. A causa de todos estos cambios, nos hemos visto obligados a buscar estrategias de adaptación a la situación actual.

Un proceso que se ha visto especialmente afectado en esta pandemia mundial ha sido el del duelo, ya que actos alrededor de la pérdida tan significativos para el doliente como disponer del apoyo social en unos momentos tan difíciles, o poder desarrollar con normalidad los rituales propios de nuestra comunidad (velatorios, ceremonias religiosas o rituales familiares...) se han limitado en gran medida, siendo éstos muy importantes para que el proceso de duelo sea normal y no se convierta en un duelo complicado.

Características del duelo por COVID-19

Entonces ¿cómo podemos despedirnos en esta situación tan excepcional?

Gracias a Alarcón, Cabrera, García, Montejo, Plaza, Prieto, Rey, Robles y Vega (2020), un conjunto de psicólogos que se reunieron para hablar sobre esta situación, contamos con las siguientes posibles actividades a realizar en estos tiempos tanto a nivel personal como familiar:

En definitiva, contamos con distintos rituales a realizar en esta situación que ha influido en la elaboración del duelo y en su desarrollo. Sin embargo, también hay que tener en cuenta los deseos de los dolientes, ya que, si ha decidido que en estos primeros momentos no le apetece compartir la pérdida socialmente y prefiere llevarla sólo consigo mismo y de manera más íntima, hay que respetar esos deseos y derechos propios. No obstante, es necesario transmitirle al resto de las personas de su entorno que éste es su deseo, aunque es importante permitir que las personas que le quieren y rodean estén ahí para él y dejar que le cuiden en la medida de lo posible. Para concluir, lo más importante de todo es entender que es una situación excepcional y que más adelante, si se necesita, se puede llevar a cabo la ceremonia o el ritual que le hubiera gustado realizar en ese momento.

Artículo escrito por Ángela Esteban.

La pandemia ha sido como un huracán, una revolución en la historia reciente tanto de España como a nivel mundial, con reales consecuencias para la salud y el bienestar de las personas, especialmente de la población mayor. Entre estas consecuencias destaco el sentimiento de soledad, que actualmente es un síntoma más del COVID-19, el cual está camuflado entre las condiciones de salud o sintomatología asociada a este virus.

Pero… ¿qué es la soledad?

Se le pueden poner diferentes apellidos; sin embargo, cuando hablamos de soledad nos referimos a un estado subjetivo, pues a diferencia del aislamiento, la persona que se siente sola considera que podría tener muchas más conexiones con los amigos, familiares, etc. En esta línea se hace referencia a esa sensación subjetiva de sufrimiento —por no estar conectado a los demás— y que la pandemia ha puesto en aumento.

Se habla de soledad subjetiva porque depende de cómo lo viva cada uno; por ejemplo: hay personas que están solas y no se sienten solas; la diferencia se encuentra en sentimiento de desconexión con los otros y con uno mismo.

Mi experiencia con las personas mayores me está permitiendo ver desde cerca diferentes aspectos durante ésta etapa vital. Tras conocer sus verdaderas necesidades de salud física, psíquica y en el ámbito social, puedo entender como la pandemia ha llevado a muchos mayores “a entrar en una situación de depresión o cuadros de ansiedad”.

Estas son algunas de las expresiones que he podido recoger de diferentes testimonios de personas con depresión, por la soledad que les ha traído la pandemia:

"La soledad como el peor de los castigos”,

“la soledad como una opción asignada”.

“La soledad identificada como una tristeza inmensa de no poder hablar, no compartir mi día a día con otra persona, al mismo tiempo me genera frustración”,

“La soledad como incomprensión: pienso que no me comprenden cuando explico cómo en encuentro”.

“La soledad como incomprensión: a veces me hace sentir que es lo que me tocaba, que solo valgo para estar solo, esto me paraliza.

De acuerdo con los resultados de algunos estudios y encuestas sobre qué personas se sienten más solas, señalo que podrían ser aquellas que dicen sentirse incomprendidas y por tanto desconectadas; esta situación se ha ido potenciando debido a las diferentes conductas discriminatorias durante la pandemia:

Estos mensajes han despertado en la población mayor un sentimiento de inservible, “no válido para contribuir”, solo para estar protegidos, con lo cual se ha fortalecido la actitud del rechazo y el miedo a envejecer solo.

Algunos de los efectos de la pandemia relacionados con el sufrimiento y estado de depresión en las personas mayores

La soledad que estaba escondida en muchas personas por la realización de talleres diarios y tareas habituales ha empezado a hacerse visible mediante el confinamiento, debido a la ruptura de esas actividades que armaban de utilidad a muchas personas jubiladas. Tras este hecho se han encontrado con grandes vacíos, pues para muchas de ellas los encuentros en estas actividades era la única fuente de comunicación o posiblemente las únicas relaciones que tenían, sustituyendo a la falta de comprensión y/o escucha activa por sus hijos, nietos, familiares y amigos. Es por ello que la ruptura de estos hábitos ha dejado al descubierto estas necesidades, lo cual genera una situación tan desagradable como desfavorable para las personas que viven esta situación.

De acuerdo con los datos recogidos en otros estudios, una de las principales causas de la soledad puede ser el percibir que otras personas te rechazan o no se preocupan por ti, aumentando el sentimiento de incomprensión. Quienes se sienten de esta forma suelen trasmitir cierta negatividad, o se alejan de los demás, debido a ese rechazo percibido, lo cual refuerza su aislamiento.

Un ejemplo de dialogo que veo más frecuente en consulta es: ““Cuando salgo de casa y me relaciono con otras amistades, me da vergüenza de contar mis experiencias están muy distanciadas a las de los demás, me van a juzgar, doy pena…”, “antes podía hablar de las actividades en las que participaba…”, “me siento triste no puedo cambiarlo con esta situación”….”

Por otra parte es necesario destacar la brecha digital que existe en la mayoría de las personas de este colectivo. En este año de confinamiento, la comunicación digital ha sido esencial y salvadora. Sin embargo tanto la carencia de recursos como de conocimiento de las nuevas tecnologías ahonda más los sentimientos de aislamiento y soledad en nuestros mayores.

Recomendaciones sobre las medidas para paliar con la soledad en las personas mayores

Un elemento esencial es la escucha activa hacia la población de 3ª generación; un modo de potenciarla sería involucrando a las personas mayores en la preparación de los protocolos de acción y las iniciativas que les atañen.

Otro aspecto muy favorable sería el aumento de la responsabilidad política, creando nuevos planes que apoyen y respalden el papel de la vecindad cuidadora, a diferencia del gran individualismo en el que se está viviendo en la actualidad; sobretodo adaptados a la nueva situación y dando lugar al aumento de las relaciones sociales entre la gente mayor. Este tipo de planes ayudarán a llenar ese vacío por la falta de comprensión o escucha que puedan tener las personas mayores en su día a día, dado que la mayoría de los hijos u otros familiares están trabajando, además de tener la responsabilidad de otra familia.

Para que estas medidas no sean un mero parche y resulten eficientes, es muy importante que además de localizar dónde se encuentran estas personas, se empleé el factor de escucha individual y de cercanía. De este modo se podrá entender qué les ha llevado a sentirse en soledad; observando las necesidades individuales, sus intereses y los recursos que tienen para poderlas ayudar. Por tanto es imprescindible establecer las medidas desde un nivel micro, de tal forma que no sean una para todos, sino realizar un abordaje trasversal, donde se puedan implantar planes de humanización.

Finalmente decir que para poder poner en práctica estas recomendaciones o medidas se necesita fomentar la investigación sobre cómo mejorar la sensibilidad interpersonal y el compromiso social hacia los demás.

Conclusiones

  1. La pandemia ha generado grandes daños en la tercera generación: uno de ellos ha sido la aparición de la soledad y el aumento de este sentimiento en personas que la han estado viviendo a lo largo de sus
  2. El fenómeno de soledad en las personas mayores debido al aislamiento que contemplan algunas de las medidas del COVID-19 está generando estados de depresión y, según los testimonios recogidos, se dan por la falta de conexión con otras personas al dejar de hacer sus actividades habituales, junto con la incomprensión

Esta situación nos lleva a la necesidad de dirigir las medidas hacia la comprensión de las personas y a su escucha, recreando modelos basados en el ser, cara al desarrollo personal; es decir, que para cada individuo cobre sentido y significado lo que él hace, fomentando también la conexión con la propia persona, pues los modelos en los que se ha basado el apoyo a los mayores —centrados en la actividad— se quedan pobres u obsoletos.

Se recomienda establecer medidas para lidiar con la soledad, centradas en la personas a nivel micro, creando gran variedad de actividades y recursos de tal forma que se evite la realización de una norma para todos.

BIBLIOGRAFÍA

Fernández-Ballesteros R. Impacto del COVID-19 en Personas Mayores en España: Algunos Resultados y Reflexiones. (2020) Recuperado el 20 de diciembre del 2020 de: https://www.eldiario.es/sociedad/coronavirus-personas-mayores-television_1_1220529.html

Graham J. (2019) Comprendiendo la soledad en adultos mayores y diseñado una solución. Recuperado el 20 de diciembre de 2020, de KHN website: https://khn.org/news/comprendiendo- la-soledad-en-los-adultos-mayores-y-disenando-una-solucion/

La angustia de muchas personas en el confinamiento: soledad, miedo y una angustia de muchas personas mayores sanas en el confinamiento: soledad, miedo y una televisión plagada de malas noticias. (2020). Recuperado 18 de diciembre de 2020, de El DIARIO.ES website: https://www.eldiario.es/sociedad/coronavirus-personas-mayores-television_1_1220529.html

Soledad y aislamiento vinculado a afecciones graves (2020). Recuperado 18 de diciembre de 2020, de website: https://www.cdc.gov/aging/spanish/features/lonely-older-adults.html

Artículo escrito por María Jesús Puente.

Desde tiempos remotos, el ser humano siempre ha realizado actividad física de un modo u otro, ya sea corriendo, andando, nadando, trepando o reptando. Habilidades las cuales han permitido nuestra supervivencia como especie (Luarte, Garrido, Pacheco & Daolio, 2016). A la hora de hacer una búsqueda sobre los efectos del deporte en la salud encontramos numerosos artículos, libros y revistas que hacen referencia a dichos efectos.

Actualmente, en la sociedad moderna, las personas suelen tener bastantes problemas para dedicar un mínimo de tiempo vital en realizar ejercicio, pero si dejamos de practicarlo  nuestro cuerpo empezará a acostumbrarse a la inactividad y esto es algo que se podría evitar.

Además, la inactividad física es una de las causas más comunes de muerte según la OMS (2016). Es por ello que, si le dedicamos un mínimo de tiempo, estaremos estimulando nuestro cuerpo y por tanto generaremos ganancias en nuestra salud.

A nivel físico, resulta evidente que el beneficio más importante que encontramos es la mejora en nuestra capacidad aeróbica y por consiguiente nuestro sistema cardiovascular. Otros resultados que se van dando con el tiempo son el fortalecimiento de huesos y músculos, una mayor flexibilidad, fuerza y resistencia.

A nivel psicológico, también se hayan numerosos resultados como el fortalecimiento de la autoestima y del autoconcepto, aumento de la calidad del sueño, mejora de las habilidades sociales, mayor capacidad comunicativa, cambios en la dieta y mayor concienciación de lo que supone realizar ejercicio.

Cuando nos habituamos a la práctica deportiva, también se producen cambios en nuestra imagen corporal. En líneas generales, nos vemos más atléticos, más esbeltos o atractivos, características que son recibidas con una connotación positiva en la sociedad actual. A este respecto existen estudios, como el de Martínez & Veiga (2007), que afirman la correlación existente entre realizar ejercicio físico y una mayor satisfacción con la imagen corporal.

Sin embargo, los adolescentes suelen conformar el grupo de edad que tiene una insatisfacción más alta en relación a su silueta. Sobre todo, debido a los cambios evolutivos asociados a su crecimiento y que pueden suponer un rechazo en base a los cánones de belleza establecidos por la sociedad en la que vivimos (Levine y Smolak, 2002, citados en Requena, Martín & Lago, 2015), siendo las mujeres el sexo que presenta mayor incidencia en la población mundial (Cruz-Saéz, Pascual, Extebarría & Echeburúa, 2013).

Normalmente, tal y como sostienen Arcelus, García-Dantas, Sánchez & Del Río (2015) el rechazo del propio cuerpo, por parte de los adolescentes, suele estar relacionado con un estado de ánimo depresivo, menor autoestima y mayor probabilidad de desarrollar un trastorno de conducta alimentaria (TCA).

La imagen corporal (IC) que tenemos de nosotros mismos se va construyendo a lo largo del tiempo y tiene en cuenta las dimensiones cognitiva, perceptiva, afectiva y comportamental, sin descartar la influencia del contexto (León, Sepúlveda, & Botella, 2001).

En relación al sexo masculino, para ellos la preocupación por la silueta ha sido menor que en el caso de las mujeres tal y como recoge la literatura científica, aunque parece que sí son más conscientes de los beneficios en la salud que produce la práctica continua de ejercicio físico (Martínez, 2003). Sin embargo, según Baile (2011), los varones que suelen practicar deporte con regularidad presentan una mayor preocupación por su imagen, pudiendo en algunos casos presentar trastornos TDC como la vigorexia.

Ejercitarnos con una frecuencia y duración determinadas, además de ajustada a cada individuo, parece influir en el desarrollo y mantenimiento de una imagen corporal más positiva. Estudios como los de Alley (1991), Camacho (2005) y Tornero y Sierra (2008) avalan dicha conclusión.

Aunque hay alguna que otra evidencia científica de que, a medida que nos hacemos mayores, nos volvemos más tolerantes con nuestro cuerpo (Montaño, 2008), pocos estudios hay al respecto con lo que se aboga por realizar más investigaciones que incluyan la edad al estudiar la imagen corporal.

Conclusiones

Si bien es sabido que el deporte reporta numerosos beneficios, tanto a nivel físico como a nivel mental, resulta conveniente resaltar que también influye en la percepción global que tenemos de nuestra imagen corporal.

Cuando somos más jóvenes, parece haber menor aceptación con el propio cuerpo. Sin embargo, este tema parece perder fuerza a medida que vamos creciendo, no sin olvidar que se recomienda una mayor investigación en la influencia de la edad con respecto a la imagen física.

Son las mujeres las que presentan mayor insatisfacción con su propio cuerpo, debido en gran parte a la influencia que tienen los medios de comunicación y la publicidad. También son las que tienen mayor probabilidad de sufrir un TCA como la anorexia nerviosa (AN), bulimia nerviosa (BN) y trastorno por atracón, debido a esos cánones imperantes en la sociedad. En concreto, las adolescentes serían el grupo con mayor riesgo de sufrir dichos trastornos tal y como se recoge en la literatura científica.

Para finalizar, comentar que está demostrado que practicar ejercicio con regularidad correlaciona positivamente con una mayor tolerancia a la silueta propia aunque sería conveniente mostrar un mayor interés en la insatisfacción que tienen las personas con su propio cuerpo, ya que es un problema creciente en las sociedades modernas y que cursa con individuos con menor autoestima, síntomas depresivos y mayor probabilidad de sufrir un TCA o un trastorno dismórfico corporal (TDC) (Cash & Fleming, 2002; Otero, Lameiras, & Rodríguez, 2004; Stice, Hayward, Cameron, Killen, & Taylor, 2000; Eric Stice, Ng, & Shaw, 2010).

REFERENCIAS

Arcelus, J., García-Dantas, A., Sánchez, M., & Del Río, C. (2015). Influence of perfectionism on variables associated to eating disorders in dance students. Revista de Psicología del Deporte, 297-303.

Baile, J. (2011). Psychologia: Avances de la disciplina. Psychologia. Avances de La Disciplina, 5(1), 135–136.

Cruz-Saéz, M., Pascual, A., Extebarría, I., & Echeburúa, E. (2013). Riesgo de trastorno de la conducta alimentaria, consumo de sustancias adictivas y dificultades emocionales en chicas adolescentes. Anales de Psicología, 724-733.

León, J., Sepúlveda, A., Botella, J. (2001). La alteración de la imagen corporal en los trastornos de la alimentación: Un meta-análisis. Psicothema, 13(1), 7-16.

Luarte, C., Garrido, A., Pacheco, J. y Daolio, J. (2016). Antecedentes históricos de la Actividad Física para la salud. Revista Ciencias de la Actividad Física UCM, 17(1), 67-76.

Montaño, I. (2008). Imagen corporal y envejecimiento. Avances en Psiquiatría Biológica, 9, 57-73.

Requena, C. M., Martín, A. M., & Lago, B. S. (2015). Imagen corporal, autoestima, motivación y rendimiento en practicantes de danza. Revista de Psicología del Deporte, 37-44.

Artículo escrito por Antonio Baca.

¿Alguna vez te has preguntado qué es lo que tiene el juego en sus diversas variantes (casino, apuestas deportivas, bingo, máquinas de azar, etc.) para que pueda suponer una adicción y esté recogido en el DSM-5 dentro de los trastornos adictivos como juego patológico?

¿Por qué actualmente supone una lacra social y está haciendo estragos últimamente en la población más joven?

¿Por qué cada vez se engancha más gente?

¿Qué tiene el juego que cada vez es más adictivo y genera más jugadores patológicos en nuestra sociedad?

¿Por qué la población joven es más vulnerable a caer en las garras del juego patológico?

La respuesta la encontramos en el potencial adictivo del juego.

El potencial adictivo del juego reside en las peculiaridades propias que tiene cada juego que le hace potencialmente adictivo; es decir, las características que facilitan que una persona se enganche a dicho juego.

Dicho potencial adictivo es uno de los factores clave a la hora de desarrollar una adicción al juego o ludopatía, ya que facilita la aparición de la dependencia y su agravamiento con el aumento del tiempo y consumo.

Estas características que convierte al juego en algo especialmente adictivo son:

El fácil acceso: la disponibilidad y el acceso al juego es casi total y esto aumenta la capacidad adictiva. Desde el propio móvil u ordenador hay posibilidad de jugar en cualquier momento y en cualquier lugar, de manera anónima, sin observadores si se desea. Este es uno de los principales factores causales de la proliferación exponencial que ha tenido el juego online en los últimos años.

El tiempo tan breve que se da entre la apuesta y el resultado: cuanto menor sea el intervalo transcurrido entre la apuesta y el resultado mayor es el potencial adictivo debido al refuerzo inmediato que se produce. Por ejemplo, el tiempo que transcurre desde que se compra lotería de navidad hasta conocer el resultado es de días e incluso semanas, mientras que en la mayoría de juegos de casino y apuestas son casi inmediatos, y por lo tanto, mucho más adictivos.

La aceptación social: cuanto mayor sea la permisividad y facilidades legales para acceder a los casinos, casas de apuestas y al juego en general, mayor será la aceptación que se genere en la sociedad por efecto de la normalización social hacia esta actividad.

La ilusión de control: que producen la mayoría de juegos y que inducen al sesgo cognitivo de creer, por parte del jugador, que los resultados del juego dependen más de las propias decisiones, acciones y habilidad personal que del azar. La ilusión de control es una característica altamente estudiada a la hora de diseñar los juegos para generar este sesgo cognitivo.

El grado de activación generado: dados diversos factores de vulnerabilidad como variables de personalidad, emocionales, sociales, biológicas, genéticas o cognitivas la respuesta ante el juego no es la misma para todas las personas, con lo que el grado de activación generado es valorado de forma diferente. La baja autoestima, una cohesión familiar débil, intolerancia a los estímulos displacenteros, impulsividad, carencia de afecto, búsqueda de sensaciones, un estado de ánimo disfórico, pobreza en relaciones sociales o un estilo de afrontamiento inadecuado ante las dificultades cotidianas son variables causales y facilitadoras de la adicción al juego.

La posibilidad de aumentar la apuesta: genera una sensación y creencia de mayor ganancia por el mismo o menor riesgo, por lo que los juegos que permiten elevar la apuesta tienen una mayor capacidad adictiva.

El juego es uno de los negocios más rentables que desde tiempos inmemoriales han existido. La simbiosis del estudio y perfecto conocimiento de la psicología del jugador patológico así como la legislación permisiva y la aparición de las nuevas tecnologías aplicadas al juego han generado una suerte de red que actúa como trampa ilusoria para las personas más vulnerables y susceptibles de acabar en el padecimiento de la ludopatía, de la cual es muy difícil escapar cuando ya se está dentro. Las consecuencias son devastadoras, llegando a arruinar a familias enteras y en no pocos casos al suicidio.

Si se detectan conductas de riesgo con el juego o conductas patológicas de juego, es fundamental acudir lo antes posible a terapia para evitar el agravamiento de dicha adicción así como el empeoramiento de las consecuencias asociadas.

Artículo escrito por Francisco Javier Guardia.

El Accidente Cerebro Vascular (ACV) o más comúnmente conocido como ictus, presenta una incidencia anual de 2-8 por cada 1000 habitantes. Es la segunda causa más frecuente de muerte en el mundo y supone una causa de discapacidad en la población adulta. Entre los factores de riesgo se destacan la edad (son más frecuentes a partir de los 55 años), la vulnerabilidad genética y las enfermedades vasculares previas. Desafortunadamente,  se espera que en los próximos años esta tendencia se mantenga e incluso aumente. Por ello, resulta verdaderamente importante ofrecer cierta visibilidad sobre esta problemática y, concretamente, sobre sus consecuencias neuropsicológicas a corto y largo plazo.

Las alteraciones neuropsicológicas que un individuo presenta tras un ictus dependerán de la localización de la lesión en relación con los territorios vasculares cerebrales. Estas, en su mayor medida, son altamente disfuncionales para la persona que las padece; por ello resulta esencial que las conozcamos, contemplemos la rehabilitación neuropsicológica como una opción que permite un margen de mejora en la calidad de vida de la persona.

Las manifestaciones clínicas asociadas a la presencia de alteraciones en las funciones ejecutivas tras un ictus incluyen desinhibición, inflexibilidad cognitiva, conducta perseverante, distractibilidad o dificultad para mantener, actualizar y manipular contenidos mentales de diferente índole. Paralelamente a estos déficits cognitivos, es frecuente que se produzcan alteraciones emocionales y cuadros de desmotivación y apatía (caracterizados, estos últimos, por un desinterés extremo por el día a día, escasa iniciativa y ausencia de objetivos). Resulta indudable la utilidad que puede suponer conocer esta información para poder diseñar un plan de intervención acorde con las necesidades del paciente.

De manera más específica, podemos resaltar que las alteraciones cognitivas asociadas a un ictus suponen importantes déficits sobre el funcionamiento ejecutivo (debido fundamentalmente a lesiones de los lóbulos frontales). Algunas de las funciones ejecutivas que acaparan más importancia en estas lesiones son las alteraciones disejecutivas, como la habilidad para cambiar de una tarea a otra, mantener y manipular información en la memoria operativa, e incluso lentitud en el procesamiento de la información.  Concretamente, las alteraciones cognitivas más representativas de las lesiones en el hemisferio izquierdo son la afasia, apraxia y dificultades de aprendizaje verbal. Por otra parte, las lesiones derechas afectan a los procesos viso-espaciales, aprendizaje no verbal, falta de conciencia del déficit, alteraciones en la pragmática de la comunicación y dificultades atencionales. Además, muchos pacientes con lesiones derechas presentan una marcada indiferencia emocional, desinhibición verbal así como presencia de anosognosia o falta de conciencia del déficit.

Desde el ámbito de la Neuropsicología, resulta esencial diseñar evaluaciones y rehabilitaciones individualizadas que se adapten lo máximo posible a las funciones cognitivas preservadas y alteradas del paciente. De esta manera es posible conseguir, en un intervalo de  tiempo determinado, mantener y fortalecer las áreas preservadas y minimizar al impacto de las áreas alteradas en el día a día del paciente, ofreciendo pautas y herramientas alternativas. Además, resulta altamente recomendable la combinación de rehabilitación neuropsicológica con terapia psicológica en muchos casos. Por ello, debemos trabajar desde un enfoque multidisciplinar en coordinación con otros compañeros sanitarios, dotándonos de toda fuente de información útil para diseñar una atención individualizada y eficaz.

Por otro lado, es esencial tener en cuenta el papel de la neuroplasticidad. Son numerosos los estudios que resaltan la importancia de que, tras un ictus, se inicie la rehabilitación cognitiva cuanto antes, ya que así se producirá una sinergia positiva entre la recuperación espontánea inducida por el propio cerebro y el efecto facilitador ejercido por la rehabilitación, aprovechando la mayor plasticidad cerebral que existe en la base inmediatamente posterior a la aparición del daño cerebral.

Un factor que favorece la recuperación a largo plazo es el aumento en el número de nuevas neuronas, en determinadas áreas como el hipocampo, como mecanismo de compensación frente a la pérdida de las neuronas dañadas. La neuroplasticidad también se expresa en el crecimiento de los axones enervados que activan su regeneración a una velocidad de 1mm/día. Por lo tanto, la recuperación del daño cerebral adquirido, en este caso un ictus, está condicionada por la acción combinada de diversos factores:

Los factores intrínsecos: edad, género, lateralidad, personalidad previa, nivel cognitivo premórbido, conciencia del déficit  y empleo de rehabilitación.

Los factores extrínsecos: modo de instauración, gravedad, localización y presencia de coma.

Resulta esencial tener en cuenta toda esta información para poder adaptar la rehabilitación neuropsicológica a las necesidades del paciente en ese momento y considerar sus posibles repercusiones a largo plazo. Por lo tanto, como psicólogos sanitarios, debemos concebir ciertos problemas que aparentemente son médicos como posibles áreas de trabajo dentro de la Psicología, en este caso, desde la Neuropsicología Clínica.

Artículo escrito por Isabel Martín.

Durante toda nuestra vida, el sueño ocupará una tercera parte de nuestro tiempo. Es decir: una persona, antes de morir, puede haber pasado 330.000 horas dormido, el equivalente a 37.4 años de nuestras vidas.

Todos los seres vivos necesitamos dormir de una manera reparadora que nos permita estar activos y descansados durante la vigilia. Sin embargo, el número de horas de descanso que se necesitan puede variar de una especie a otra, incluso de un ser humano a otro, dependiendo de la edad, los hábitos, o la naturaleza.

Por ejemplo: en el reino animal, los murciélagos son los que más duermen, unas 20 horas al día. Las jirafas, sin embargo, duermen solo unas 4 horas realizando, eso sí, varias siestas durante la vigilia. Entre los animales acuáticos las ballenas son un caso curioso porque mientras duermen, mantienen uno de los hemisferios cerebrales en actividad.

Por otro lado, entre los seres humanos podríamos decir que hay distintos patrones: Leonardo Da Vinci, por ejemplo, tan solo dormía 2 horas por la noche, y por el día realizaba siestas de 20 minutos cada 4 horas. Aunque este comportamiento en el sueño no deja de ser algo poco habitual.

El insomnio es en la actualidad uno de los trastornos que más desequilibrios produce en el bienestar de las personas. Vivimos en un mundo acelerado y donde pasamos mucha parte del tiempo trabajando, o conectados a las nuevas tecnologías hasta tarde y, en consecuencia, restando horas de sueño y descanso.

Las consecuencias de un mal descanso pueden empezar en forma de irritabilidad, somnolencia o falta de concentración y atención durante la vigilia, pudiendo haber también alteraciones físicas relacionadas con esa falta de sueño. En casos graves puede aparecer una confusión intensa, depresión respiratoria o incluso síndrome de abstinencia.

El problema no está en que durmamos menos de 7 u 8 horas, sino cuánto de ese sueño ha sido realmente reparador. Aunque el promedio esté en 7.5 horas, algunas personas tienen bastante con 5 o 6 horas, y otras entre 9 o 10 horas.

Cuando hemos roto el hábito del sueño a menudo buscamos remedios que sean inmediatos: los somníferos y tranquilizantes se han convertido, en la actualidad, en soluciones demasiado habituales. Y no están, sin embargo, exentos de considerables efectos secundarios a largo plazo. Por esta y otras razones resulta tan importante adquirir unos buenos hábitos de sueño que nos faciliten a su vez la desconexión de los problemas y el descanso.

El problema no está en que durmamos 7 u 8 horas, sino cuánto de ese sueño ha sido realmente reparador.

Algunos de los hábitos que ayudan a conciliar el sueño nocturno de una forma adecuada, mejorando la calidad en el descanso son:

En conclusión ¿Qué consecuencias tiene para nosotros y nuestro organismo dormir bien?

Cuando se tiene la percepción de no haber descansado adecuadamente, o sientes demasiada somnolencia durante el día o un cansancio continuo, puede ser importante ir a La Unidad de Sueño. Allí estudian las diversas alteraciones del sueño a través de una polisomnografía; es decir, una prueba que permite observar mientras se duerme el movimiento de los ojos, el tono del mentón, la actividad del cerebro, el ritmo cardiaco, la respiración y los movimientos de las piernas.

Un diagnóstico certero podrá ayudarte a aplicar las mejores soluciones para evitar el insomnio mejorando tu salud y tu calidad de vida

Bibliografía

Dormir bien para dummies (Dr Eduard Estivill). Edición Planeta de Libros.

Trastornos del sueño (Dr Francisco Marín). Edición especial Saber Vivir.

Artículo escrito por Sofía Pascual.

Pensamos que necesitamos de una pareja para poder disfrutar de una vida plena. Nos han hecho creer que somos medias naranjas, en busca de la otra media. De tal forma que si no existe esa colisión estaremos condenados a vivir con un sentimiento de vacío: un vacío que no podrá llenar nadie, ni amigos ni familiares, solamente esa persona que te da ese tipo de amor diferente. Y si bien es cierto que a un porcentaje elevado de la población le gustaría o preferiría tener a esa media naranja o persona especial, es importante saber diferenciar entre si lo prefieres o es que en verdad lo necesitas.

Cuando se rompe una relación de la que no se quería salir, y tras un periodo de continuos pensamientos y emociones desagradables relacionados en su mayoría con la tristeza, una persona que no es dependiente emocional es muy probable que, a pesar de la tristeza y de la dificultad de muchas situaciones, no tenga impedimentos a la hora de disfrutar o realizar otras actividades de la vida y, por lo tanto, consiga reponerse tras un periodo de tiempo saludable.

Cuando una persona es dependiente emocional es muy probable que no soporte el hecho de estar sola, por lo que sus energías estarán encaminadas a que esa situación de soledad no perdure ni sea eterna. Una persona dependiente suele simplificar todos sus recuerdos a situaciones felices vividas con la persona en cuestión, o bien buscando a otra pareja que sirva para llenar ese vacío y así mitigar ese dolor, provocando una cadena de relaciones.

La autoestima es el sentimiento que tenemos hacia nosotros/as mismos/as. Del mismo modo que cuando quieres a alguien, le/la proteges y valoras; lo mismo sucede cuando te quieres a ti mismo/a. Si no nos valoramos no nos queremos. Es difícil que elijamos libremente, por lo que acabaremos asumiendo a cualquiera que cubra esa necesidad. Si no nos aceptamos, no podremos disfrutar de nuestra soledad.

Es posible no darnos cuenta  que el amor de otro/a, aunque es maravilloso, no puede sustituir el amor propio, y lo que es peor, si no nos queremos no podremos dar lo que no tenemos. Si tu búsqueda va en ese sentido ¿Cómo vas a saber si estás con ésa persona porque lo has elegido o porque realmente lo necesitas?

¿Cuáles son los síntomas de un dependiente emocional?

Para estar en una relación sin dependencia es importante aprender a amar desde el conocimiento y la aceptación. Esto es: reconociendo las virtudes y defectos de la persona, sin idealización ni demasiada admiración. Con dependencia emocional no se logra disfrutar de las relaciones, ya que hay un enganche en tan poco tiempo que se pierde la capacidad de ser feliz por uno/a mismo/a y con los demás.

Disminuir, para después eliminar, esta dependencia es posible siempre y cuando se sea consciente y se trabaje en ello.

Existen algunas prácticas que podemos hacer poco a poco para superar esa dependencia emocional. Entre ellas destacamos:

Es fundamental que aprendamos a aceptarnos y priorizarnos, para después poder incorporar todo esto en nuestras relaciones. Generando una relación de respeto, tolerancia y entendimiento mutuo. No somos medias naranjas en busca de la otra mitad, somos naranjas completas que encuentran a otras enteras.

Artículo escrito por Guadalupe Mena

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