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El trastorno de aprendizaje no verbal (TANV) es un trastorno de base neurobiológica, no incluido en el DSM V, que afecta principalmente a las funciones dependientes del hemisferio derecho, en sujetos con una inteligencia general y habilidades lingüísticas óptimas.

En el TANV deben coexistir necesidades de apoyo en los siguientes ejes:

Las principales dificultades neurocognitivas aparecen en:

Perfil de puntos fuertes y débiles:

Desde el área motora estos niños durante los primeros años de vida son descritos como niños muy buenos y demasiado tranquilos. En cuanto a la exploración de los objetos, contrastando con una indagación usualmente manipulativa, se produce una aproximación verbal en forma de preguntas. Limitando así un periodo sensorio-motor indispensable para una óptima evolución, la adquisición de esquemas de su mundo físico, habilidades de exploración y solución de problemas.

Suelen presentar retraso en la adquisición de la marcha autónoma. Una vez alcanzada, la frecuencia de caídas y golpes es mucho más alta debido al empeoramiento en el control motor y en la percepción del espacio.

Según va creciendo continúa la torpeza motora global, presentando dificultades en las praxias globales, situación que se refleja en los parques con los columpios, la pelota, etc. Más adelante las dificultades aparecen en las praxias finas como atarse los cordones, abotonarse o incluso en las tareas escolares.

Si únicamente aparecen estas dificultades motoras podríamos encontrarnos ante un Trastorno del Desarrollo de la Coordinación o Dispraxia.

En el área viso-espacial aparecen dificultades en la percepción de las distancias aumentando el riesgo de golpes, caídas y accidentes. Demandan mayores necesidades de apoyo en actividades donde tienen que resolver puzles, rompecabezas y hacer construcciones.

Les cuenta mucho orientarse en los desplazamientos, por lo que utilizan claves verbales, ya que las claves visuales y posicionales no son una técnica efectiva para ellos. Debido a las limitaciones en la percepción espacial fallan en la organización en fichas y cuadernos y en la copia de dibujos.

Hay que tener en cuenta que en pruebas donde se evalúan aspectos básicos de la percepción visual, como la discriminación figura-fondo, pueden presentar un rendimiento normal. La dificultad aparece cuando introducimos un componente espacial. Esto es debido a que la percepción visual y la percepción espacial se pueden disociar, apareciendo en el cerebro vías neurales distintas.

Indistintamente presentan dificultades en la percepción temporal y en los niveles más elevados de la organización espacial, como puede ser en la capacidad de generar imágenes mentales y la memoria operativa viso-espacial; es decir, la capacidad de transformar las imágenes.

En cuanto al área social, en lo que respecta a la comprensión, buena parte de la información emocional se trasmite de manera no verbal, de ahí que en estos niños se produzcan interpretaciones erróneas, ingenuas, literales o fuera de lugar ante situaciones sociales; siendo mucho peor en contextos más desestructurados como una situación de patio o de ocio. A nivel expresivo es frecuente la aparición de comentarios fuera de lugar, siendo la expresión gestual y facial limitada.

Megan Livingston destaca el sesgo de atribución de hostilidad: la tendencia a interpretar el acercamiento de los demás de una manera agresiva, de una manera errónea.

Conjuntamente aparecen dificultades en las funciones ejecutivas, concretamente en la capacidad de organización que está influida por la orientación espacial y la planificación a partir de la secuenciación temporal, y necesidades de apoyo en la memoria episódica (autobiográfica) y en la memoria visual.

En el lenguaje aparecen desajustes en la pragmática y en el contenido. En lo que respecta a la comprensión presentan dificultades en captar la idea principal al igual que aparecen dificultades para ir al grano, dando detalles y más detalles.

A la hora de diagnosticarlo, el nivel cognitivo es una pista ya que es una medida cuantitativa fiable: en su perfil presentan una marcada diferencia entre el CI verbal y el CI manipulativo.

No se ha demostrado que haya anosognosia pero sí que surgen ciertas dudas al pedirles que describan sus dificultades, pareciéndose a los adultos con lesión documentada en el hemisferio derecho.

Para concluir, es importante resaltar que a la hora de trabajar con ellos, además de centrarse en las dificultades motoras y viso-perceptivas es imprescindible no olvidar la importancia de cubrir sus habilidades sociales, tanto a nivel individual como de grupo.

Comorbilidad.

En cuanto al diagnóstico diferencial, resulta difícil establecer diferencias con el TDAH ya que comparten muchas características comunes. En los primeros años son frecuentes los problemas de conducta que pueden derivar en un trastorno de TDAH. En la primaria y más claro a partir de los 12 o 14 años, son habituales los trastornos emocionales de tipo internalizante (ansiedad, depresión, somatización, fobias sociales, etc.). Es importante resaltar el riesgo de acoso en el que se encuentran estos niños, al ser tan vulnerables e ingenuos.

De la misma manera, hay que tener en cuenta la comorbilidad con otros trastornos como el TEA de alto rendimiento (antes Síndrome de Asperger).

Artículo escrito por Silvia Álvarez .

Walt Whitman

Disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante.

Nos pasamos la vida esperando el fin de semana, las navidades, el verano, volver a ver a ese amigo que vive en el extranjero.  Necesitamos planificar, organizar nuestra vida, estructurarla para motivarnos en nuestro día a día y en nuestra rutina, para darle sentido a nuestro presente; estamos constantemente viviendo en lo que vendrá, anticipándonos sin ser conscientes del aquí y del ahora, haciendo intentos por controlar nuestra realidad. Necesitamos tener certeza y creemos que las cosas son blancas o negras, evitamos sentir emociones que nos desagradan e idealizamos y generamos expectativas de futuro, y lo único que estamos consiguiendo es ahogarnos en la ansiedad.

¿Y qué pasa cuando de repente no puedo planificar? Vivimos en un momento en el que nos hemos encontrado con una parálisis de expectativas, lo que nos ha permitido tomar consciencia de por qué no somos capaces de tolerar la incertidumbre.

Definimos la incertidumbre como la falta de certeza, de evidencia, de todo aquello que no podemos saber o suponer. Aquellas personas que no poseen la cualidad de tolerar la incertidumbre están en contante preocupación por lo que vendrá y son incapaces de asumir el riesgo a lo impredecible, generando creencias irracionales que van más allá de la lógica. La reacción propia del ser humano ante lo que le provoca malestar es que tienda a ser rechazado o evitado, si bien es cierto que con esto lo único que conseguimos es que persista con más fuerza y que, por lo tanto, el exceso de preocupación lleve consigo un exceso de pensamientos rumiativos acerca de todo aquello que podría pasar.

Por otro lado, la persona con intolerancia a la incertidumbre tiende a revisar constantemente que todo esté en perfectas condiciones y no tenga errores. La búsqueda de seguridad también la consiguen a través de las preguntas a las personas de su entorno, para afianzar su creencia. Dejarlo todo por escrito y repasarlo es otra de las características de estas personas, así como no dejar que nadie haga sus tareas, encargarse de todo para tener máximo control y a colación del control, estar todo el tiempo ocupados y por tanto distraídos para no dejar espacio al pensamiento. La búsqueda de estas certezas a través de cualquier tipo de ritual desencadena el exceso de preocupación y en ningún caso reduce la intolerancia a la incertidumbre.

Aunque exponerse sería la solución, para las personas que tienen tanto miedo a lo desconocido esto no es tarea fácil y debe ser gradual. Para trabajar la intolerancia a la incertidumbre el primer paso sería trabajar nuestra la flexibilidad cognitiva, definida como la capacidad que tiene nuestro cerebro para adaptarse a los cambios, tanto a través del pensamiento como de la conducta. Esta es un elemento muy valioso para nuestro desarrollo personal, ya que nos permite cambiar nuestra perspectiva, aprender de nuestros errores y adquirir estrategias para la acción al cambio.

Son numerosos los autores que a lo largo de la historia han encontrado una relación directa entre nuestra manera de interpretar la realidad y los efectos que esto tiene en nuestro malestar y por tanto en nuestra manera de comportarnos. En la psicoterapia cognitiva actual se utiliza el diálogo socrático para cambiar aquellos pensamientos disfuncionales que emanan de la interpretación que hacemos de la realidad. El dialogo socrático nace en la antigua Grecia (en el siglo V a. de C.) a manos de Sócrates y llega a nuestros días por medio del filósofo Platón.

Una de las herramientas utilizadas actualmente para desarrollar la flexibilidad cognitiva sería el acompañamiento a través de preguntas inductivas que permitan esclarecer las creencias que tenemos sobre los problemas que nos acontecen y nos perturban en nuestro día a día.

El diálogo socrático se formula a través de preguntas empíricas y podemos resumirlo de la siguiente manera (Partarrieu, 2011):

Si bien es cierto que todos en algún momento de nuestra vida nos enredamos en pensamientos que nos generan malestar y nos dificultan salir del bucle, también es importante destacar que las numerosas investigaciones a lo largo de la historia y su posterior evidencia empírica nos demuestran que se pueden aprender herramientas y recursos de afrontamiento, para poder reeducar nuestro pensamiento con la práctica.

Cabe destacar la importancia que tiene, como venimos hablando a lo largo de este artículo, la constante preocupación por nuestro acontecer y no debemos olvidarnos del riesgo que puede acarrear la no detección de esta conducta de sobrepreocuparnos. Recientes investigaciones muestran la evidencia de que más del 38% de las personas se preocupan una vez al día, por lo que la preocupación es un proceso cognitivo bastante común en la población general (Davey, Tallis y Capuzzo, 1996).

La preocupación se vuelve problemática en el momento en el que las personas desarrollan creencias rígidas sobre las ventajas de preocuparse y seleccionan las preocupaciones como una manera de solucionar problemas, aunque conlleven consecuencias negativas como la ansiedad y la depresión.

Es debido al alto porcentaje de personas que se preocupan y a sus consecuencias perturbadoras que recientemente ha surgido un considerable interés por el abordaje clínico de la preocupación y los aspectos que se relacionan con la misma en el trastorno de ansiedad generalizada (TAG) (Gonzalez Rodriguez, Cubas León, Teresa Rovella, & Darias Herrera, 2006).

El ser humano está expuesto a la incertidumbre desde el nacimiento hasta su muerte. Intentar tener el control de nuestra vida, la búsqueda constante de certezas, genera un exceso de preocupación que nos puede llevar a padecer un trastorno de ansiedad. Si bien es cierto que existen numerosas herramientas que nos ayudan a enfrentarnos a lo desconocido cabe destacar la importancia de conocernos, de indagar en nuestro pensamiento para poder reeducarle, potenciando así los recursos que todos llevamos dentro. Bienvenido al maravilloso mundo de lo desconocido.

Albert Ellis

La persona emocionalmente madura debe aceptar por completo el hecho de que vivimos en un mundo de probabilidades y de azar, donde no hay, ni probablemente jamás habrá, certezas absolutas, y debe darse cuenta de que no es para nada horrible

Bibliografía

Gonzalez Rodriguez, M., Cubas León, R., Teresa Rovella, A., & Darias Herrera, M. (julio-diciembre de 2006). Adaptación española de la Escala de Intolerancia a la Incertidumbre: procesos cognitivos, ansiedad y depresión. Psicología y Salud, 16, 219-233.

Partarrieu, A. (2011). Diálogo Socrático en Psicoterapia Cognitiva. III Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología.

Artículo escrito por Isabel López.

La destreza digital y el conocimiento de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, o TIC, se han convertido en competencias básicas para el día a día. Muchas de las acciones que antes realizábamos de manera manual, ya fuese mirar un mapa o una receta de cocina, ahora las hacemos por medio de las tecnologías. Las usamos con fines laborales, académicos, culturales, informativos… Pero un área en el que han tenido especial impacto es en la social, gracias a las tan conocidas redes sociales. A partir de estas redes nos conectamos con otras personas con las que la comunicación es instantánea, global y sin necesidad de horarios. Pero estas características que pueden ser tan beneficiosas en muchos casos, también entrañan la posibilidad de que se haga un mal —y muy dañino— uso de ellas.

El ciberbullying o acoso en las redes

Así es como entre los menores en el ámbito escolar se ha desarrollado el fenómeno que se conoce como ciberbullying. El ciberbullying se ha definido por el psicólogo Smith y sus colaboradores (2008) como “una agresión intencional, llevada a cabo por una persona o grupo utilizando formas electrónicas de contacto repetidamente contra una víctima que no puede defenderse fácilmente”. Esta forma de acoso parte del fenómeno del bullying del que el psicólogo noruego Olweus (1986) indicaba que “un estudiante es acosado o victimizado cuando está expuesto de manera repetitiva a acciones negativas por parte de uno o más estudiantes”, a lo que se suma que debe haber intención de hacer daño por parte del agresor y un desequilibrio de poder entre el agresor y la víctima.

Debido a la naturaleza digital de los medios por los que se lleva a cabo, el ciberbullying tiene unas características particulares que hacen que sea más dañino aún que el bullying presencial. Las más importantes son la posibilidad de mantener la identidad del agresor en el anonimato, que los contenidos compartidos puedan difundirse masivamente y de manera inmediata, y que puedan perdurar indefinidamente en el espacio virtual. Además, como no hay un escenario físico, ni un momento concreto, la víctima siempre está expuesta.

Los tipos de conductas violentas que nos encontramos en el ciberbullying son:

¿Cuáles son las causas?

Es importante que nos preguntemos cuáles son los motivos por los que los menores realizan esta clase de actos: se ha visto que la causa principal es la búsqueda de aceptación social. Es decir, utilizan estas prácticas para ganar el apoyo de sus compañeros, pero no solo eso, sino también colocarse en una posición de superioridad, usando el miedo. Además, lo hacen también por otros motivos, como entender inadecuadamente el comportamiento de la víctima como provocador. Esto hace pensar al agresor que la persona se lo merece, justificando así su acción violenta.

También se hace sencillamente por aburrimiento, por considerarlo un entretenimiento. Y luego hay personas que lo llevan a cabo porque realmente disfrutan haciendo sufrir a sus víctimas. También los hay que utilizan estos medios para descargar emociones de ira, celos o culpa por no saber gestionarlos de una manera adecuada. Y por último, hay un notable componente de discriminación e intolerancia en el ciberbullying, ya que es habitual que se elija como víctima a una persona que se considera diferente al grupo.

Pero lo más reseñable del ciberbullying no son solo las conductas en sí o el papel que juegan el agresor o la víctima. Lo más importante es el papel de los observadores. Ya explicábamos que la causa principal es conseguir aceptación social. Por eso, el impacto que tienen estas prácticas en los ciberobservadores y su reacción es fundamental para que se mantenga o no la conducta. En general los observadores no aprueban esas conductas violentas, sino que las toleran por miedo a convertirse ellos mismos en víctimas.

En conclusión

El ciberbullying es un problema de actualidad sobre el que debemos tomar conciencia para poder detectarlo y ponerle fin. Aunque el ciberbullying haga referencia a la violencia cibernética entre menores que traspasa las barreras del colegio, como adultos es nuestra responsabilidad, si somos testigos de casos, tomar medidas, no siendo meros espectadores de ello.

Bibliografía

Artículo escrito por Reyes Maricalva.

En este artículo pretendo aportar mi perspectiva de la profesión del psicólogo con los retos a los que se enfrenta, en el ejercicio de la profesión,  así como las habilidades necesarias para el desarrollo de la misma con algunos matices deontológicos.

Me acerqué a la psicología casi por accidente, o por casualidad, cuando tenía 19 años; elegí estos estudios condicionada por las opciones de mi nota media y de mis circunstancias socioeconómicas. Cabe destacar que llevo vinculada a la psicología 20 años aproximadamente, y que albergo un cuestionamiento permanente sobre el rol de psicólogo y sobre las características, cualidades, habilidades, valores y preceptos que requiere el ejercicio de la profesión.

Hoy estoy dispuesta a dar respuesta a tales cuestiones y para conducir esta reflexión voy a centrarme en el concepto de la construcción de la identidad en la etapa adolescente:

Para Erikson (1950) “el esfuerzo por darle sentido al yo es parte de un proceso sano que se construye sobre las bases de los logros conseguidos en etapas anteriores (la confianza, la autonomía, la iniciativa y la industria) y que coloca los cimientos para enfrentarse a los retos de la vida adulta. Sin embargo, es raro que la crisis de identidad se resuelva por completo durante la adolescencia; las cuestiones relacionadas con la identidad surgen una y otra vez a lo largo de la adultez”.

Como todos sabemos, estoy hablando de la identidad adolescente, y he querido rescatarlo por tratarse de un proceso vivo, en constante movimiento que reaparece como una necesidad de adaptación constante en el rol personal de psicólogo. Para lograr las competencias de un Terapeuta Eficaz se requiere de una gran dedicación. Es fundamental adquirir habilidades tales como la cordialidad: entendida como capacidad para mostrarse cálido, afectuoso y amable en el trato tanto verbal como no verbal.

El concepto de auto-conocimiento y sistema de valores lo subrayo como una de las habilidades imprescindibles para el desarrollo práctico sobre cómo enfocar  los posibles diagnósticos, objetivos y tratamientos dentro del marco de referencia de la técnica.

Cabe destacar la importancia de un buen ajuste psicológico del terapeuta y la pericia de mantener la objetividad emocional ya que puede generar una contratransferencia, interfiriendo negativamente en el tratamiento y en el núcleo del valor terapéutico para el paciente.

La escucha Activa como habilidad junto a la fiabilidad, sin olvidar la capacidad de generar confianza con el cumplimiento de compromisos y respecto a las destrezas intelectuales: capacidad de análisis, reflexión y síntesis, asociación e integración de conceptos, etc.

Para finalizar, quisiera exponer el derecho del psicólogo a emocionarse así como de las auto-revelaciones: creo que es un escenario que hay que regular de modo consciente y no hacer de ello una limitación, pudiendo ayudar en el propio vínculo terapéutico. En mi reflexión, es mejor evitar las auto-revelaciones pero si hubiera que hacerlo, adecuarlas al contexto y con sentido.

Soy consciente de que la formación es continuada, el desarrollo personal es indefinido y la coherencia con los valores tiene que prevalecer como marca personal y de ser genuino. En este sentido y si me permiten, quiero hacer un alegato sobre las profesionales-psicólogas que combinan transversalmente el ejercicio de la psicología con la maternidad. En ocasiones nos encontramos con la necesidad de cambiar  itinerarios formativos, experiencias de campo, eventos y demás recorridos al contemplar humildemente la responsabilidad que requiere integrar este periodo tan vital. En este sentido, me congratulo con todas ellas y me comprometo a continuar haciendo de la psicología una profesión honesta y respetuosa con los valores humanos. Todo ello dentro de la capacidad para comprender a las personas desde su propio marco de referencia (empatía) y valorar al paciente como persona merecedora de dignidad (aceptación positiva).

Artículo escrito por Pilar Rubio.

El suicidio es uno de los problemas más graves de salud pública en la actualidad. La Organización Mundial de la Salud (OMS) informa que alrededor de 800.000 personas se suicidan al año.

El suicidio es la muerte producida por uno mismo con la intención precisa de poner fin a la propia vida. El intento de suicidio sería, a su vez, aquella tentativa de autoeliminación o autolesión intencionada sin resultado de muerte. Hay que tener en cuenta que no todas las personas que cometen una conducta suicida quieren morir.

Por cada suicidio suele haber muchas tentativas de suicidio detrás. Sin ir más lejos, figuras como Enrique Echeburúa ya informaban, en el año 2015, sobre las cifras en torno a las que el suicidio consumado y los intentos de suicidio se presentan en España. Esto lo podemos ver en su artículo Las múltiples caras del suicidio en la clínica psicológica, en el cual se hace referencia a que, por cada 2.500-4.500 casos al año de suicidios consumados, hay 25.000-50.000 casos de intentos de suicidio.

Actualmente estas cifras siguen estando presentes. Y al contrario de lo que muchos piensan el número de muertes por suicidio a nivel mundial, según manifiestan numerosos estudios científicos, parece haber aumentado con el paso de los años.

(Tasa de mortalidad por suicidios, 2017. En ese año, en España, el número de muertes por cada 100.000 individuos fue de 5,51) (Lee, Roser, y Ortiz Espina, 2019; Aparicio, 2019).

(Proporción de tasas de suicidio entre hombres y mujeres, 2017. En ese año, en España se suicidaron más varones que mujeres. Proporción de 3,37) (Lee, Roser, y Ortiz Espina, 2019; Aparicio, 2019).(Tasa de mortalidad por suicidio, a nivel mundial, medidas por cada 100.000 individuos en varias categorías de edad, desde 1990 hasta 2017) (Lee, Roser, y Ortiz Espina, 2019; Aparicio, 2019).

¿Cuál es el verdadero motivo por el que en torno a un millón de personas en el mundo se suicidan cada año? ¿Cuál es el verdadero motivo por el que hay una muerte cada 40 segundos? ¿Cuál es el verdadero motivo por el que millones de personas intentan suicidarse?

El suicidio es un tema tabú. Los medios de comunicación no suelen hablar de temas como este. Cada uno de nosotros somos únicos. Tan únicos que tenemos una forma de pensar, sentir, hacer o decir, distinta del resto. Sin embargo, presentamos numerosas características en común con otros individuos. Una de ellas sería las creencias y pensamientos que se nos pueden pasar por la cabeza ante una situación perjudicial, una situación dañina en la que no sepamos cómo reaccionar o cómo hacer frente a la realidad vivida.

Y, por qué no reconocerlo, muchas de estas creencias y pensamientos están en la línea de acabar con la propia existencia.

Pero ¿realmente es la única vía de escape ante dicha situación?

No, no lo es. De hecho, el suicidio no es ningún camino de afrontamiento y solución de problemas de la propia vida.

Cuando un individuo se expone a una situación no placentera (dificultades económicas, duelo, despido laboral, divorcios, infidelidades, conflictos a nivel social, así como enfermedades o dolor crónico), en la que se destaque una ineficacia para hacer frente a la situación, una inviabilidad de soluciones, así como teniendo en cuenta aspectos como la ansiedad o la culpa, es frecuente que se presenten una serie de creencias y pensamientos disfuncionales. Destacan algunos como:

Nadie se preocupa por mí” “Soy un fracaso, merezco morir” “No voy a mejorar, no vale la pena que siga viviendo” “Mi vida no tiene sentido” “No puedo con este sufrimiento” “Estoy cansado de luchar” “La situación no mejorará” “No valgo para nada, quiero quitarme de en medio”.

Estas son algunas de las creencias y pensamientos frecuentes de encontrar. Detrás de estas, hay muchas más. En algunos casos, están verbalizadas directamente. En otros, no. De cualquier forma, su presencia hace que la probabilidad de ideación suicida aumente.

Ante esta ineficacia para hacer frente a la situación, esta inviabilidad de soluciones, y la ansiedad o la culpa el individuo, al no encontrar respuestas reforzantes, se anticipa el suicidio como un operante para evitar y acabar con el propio sufrimiento, aliviando así ese malestar que influye en el día a día.

Esta decisión conlleva numerosas consecuencias, no solo para el individuo que se suicida al sucumbir a la evitación de una situación que le genera malestar, sino también, y especialmente, para su entorno más allegado. Es probable que su ambiente tenga que pasar por un proceso de duelo del que a veces no se recupera, marcado por sentimientos de culpabilidad, ira, tristeza, frustración o miedo.

Una vez llegados a este punto, es interesante plantear una serie de cuestiones que incluyen tu reflexión como lector si alguna vez, ante una situación problemática, has pensado en suicidarte:

Si has llegado a plantearte estas cuestiones, quizás sería interesante valorar la posibilidad de buscar ayuda profesional y actuar. Todo ello tratando de comprender por qué has llegado a desarrollar esas creencias y pensamientos, y reflexionando sobre si en verdad deseas morir o, por el contrario, deseas reducir o eliminar de tu vida determinadas situaciones que generan ese malestar. Ello te permitirá vivir, vivir con satisfacción y bienestar. El no intentarlo y desaparecer no te daría esa oportunidad.

Como dijo Napoleón Bonaparte “Abandonarse al dolor sin resistir, suicidarse para sustraerse de él, es abandonar el campo de batalla sin haber luchado”.  

Bibliografía

Artículo escrito por Iván Vinuesa.

Durante mi período estudiantil y formativo (que parece que nunca acabará) tuve la suerte de toparme con un profesor que nos explicaba la psicopatología con ejemplos y desvaríos bastante ilustrativos, facilitándonos la tarea. Por eso hoy creo que es una buena idea presentar alguno de los problemillas de la salud mental mediante el critiqueo de personajes de ficción, todo muy intuitivo y educativo.

Y ¡cómo no! vamos a desgranar los personajes de Disney (con los suyos tenemos de sobra), ya que ha llegado a crear incluso sus propios síndromes en la psicología popular: véase, por ejemplo, el síndrome de Peter Pan —esos adultos inmaduros que no quieren crecer— o el síndrome de Wendy —para esas mujeres que ejercen el rol de madre de forma continua—. Campanilla constituye una representación del histrionismo: trastorno de la personalidad caracterizado por la dramatización y la necesidad de atención. Y el pobre Garfio, que revive continuamente el momento en el que el cocodrilo le arrancó la mano, reacciona bruscamente (con sobresalto) cada vez que escucha un tic-tac que le recuerda al reloj que lleva su enemigo en la barriga: el Capitán padecería estrés postraumático.

No olvidemos al típico personaje preocupón que acompaña al protagonista, al cual todo le inquieta y que, con mucho desasosiego, realiza conductas para comprobar que todo va bien: véase Zazu en El Rey León, Ding Dong —el reloj de La Bella o y la Bestia— o Sebastián en La Sirenita. Pues todos ellos podrían representar el trastorno de ansiedad generalizada. Y hablando de la sirenita, a todos nos queda claro que no paraba de acumular cachivaches inservibles en su humilde morada, lo que nos lleva a pensar en un trastorno por acumulación. Pero ¿y lo de perder la voz así sin más, porque Úrsula le dice que se la ha quitado? Pues lo de perder una función motora o sensorial sin que exista una causa médica, relacionándose con aspectos psicológicos (la sugestión de nuestra bruja-pulpo), nos recuerda a eso que llamamos trastorno conversivo.

El Pato Donald, con ese habla ininteligible, sufre un trastorno del lenguaje. El entrañable Sheriff Woody todo el día detrás de Andy, sufriendo cada vez que él se va, no queriendo salir de casa para no alejarse de él, un trastorno de ansiedad por separación. El burro de Shreck, hiperactivo perdido, y Dori tiene un claro síndrome amnésico con problemas para retener información nueva. Pocahontas descubría colores en el viento, lo que nos hace sospechar que la princesa india percibe ciertos estímulos por el canal sensorial que no le toca, también conocido como sinestesia. El bebé de Los increíbles que, cuando se enfadaba, perdía el control e incluso se convertía en fuego de la rabia que le daba, padecería un trastorno explosivo intermitente.

¿Qué es la pseudología fantástica? La pseudología fantástica es Pinocho: Anton Delbrück lo describió como el comportamiento de mentir de forma compulsiva. ¿Y la prosopagnosia? la incapacidad de reconocer caras de gente conocida, o caras familiares, lo que nos lleva al príncipe de La Cenicienta. ¿Qué clase de persona, después de bailar hasta las doce con una chica, necesita probarle el zapato para reconocerla? pues o una fetichista del calzado que está aprovechando la situación para tocar/ver pies, o una que ha sufrido un daño cerebral que cursa con prosopagnosia.

No podemos pasar sin recordar a alguno de los personajes de Aladdin: a Abu que no contralaba el impulso de robar de todo (cleptomanía) o al Genio con esa expresión tan exagerada de la mímica (hipermimia).

Y cuando hablamos de sueño, que espero queridos lectores que no os esté dando leyendo esto, hablamos de nuestra fantástica Bella Durmiente, que es la princesa que menos hace en una película Disney; la menos protagonista de su propio cuento, porque sólo puede dormir… esto a lo mejor le estaba pasando porque tenía el síndrome de Kleine Levin, también más conocido y pronunciable como síndrome de la bella durmiente (papel relevante no, pero síndrome sí, ¿eh bella Aurora?) que cursa con una hipersomnia o aumento patológico de las horas de sueño. Pero que no pase desapercibida Anastasia, que nos ponía de los nervios cuando casi se arrojaba por la borda mientras soñaba que estaba en una piscina con sus hermanas, porque Anastasia también tenía un problemilla: una parasomnia o desviación del sueño bastante conocida, el sonambulismo.

Para el final Alicia en el País de las Maravillas. ¿Por dónde empezar? Podría alegar que todo el elenco de la pequeña Alicia tiene un trastorno por consumo de drogas, pero eso sería demasiado fácil. De quien no lo vamos a dudar es del Señor Oruga, que cada dos palabras se llevaba la pipa a la boca. Comencemos pues por el Conejo Blanco, siempre con prisas, obsesionado con el reloj, realizando rituales en torno al concepto del tiempo y con características bastante ansiosas, recordando un poco a un trastorno obsesivo compulsivo (TOC). Y pensaréis, el Sombrerero Loco estará fino, ¡pues no! Este personaje sufría una enfermedad, pero en este caso tenía un origen biológico, envenenamiento por mercurio. Los sombreros de fieltro en el siglo XVII estaban muy de moda, y este fieltro llevaba nitrato de mercurio que provocaba una sintomatología similar a la demencia: carácter irritable, excentricidades y temblores.

En cuanto a Alicia, también tiene su propio síndrome: síndrome de Alicia o síndrome de Todd. La pequeña sufría alucinaciones denominadas micropsias, donde ella percibía su propio cuerpo disminuyendo su tamaño, y macropsias, en las que aumentaba —entre otras alucinaciones, porque que te hablen los conejos tampoco es muy frecuente— . Es decir, tenía alterada tanto su percepción visual como su imagen corporal. Aunque, probablemente, todo esto reflejaba el propio sufrimiento del autor del cuento, Lewis Carroll, ya que se sospechaba que él también podría haber tenido el síndrome de Todd, con alucinaciones y padeciendo fuertes migrañas. Además, existían conjeturas que sostenían que Alicia era Alice, la vecina de corta edad del escritor, del que se sospechaba estar enamorado de la pequeña, y dada la diferencia más que notable de edad, se podría suponer una desviación sexual: la pedofilia.

Así que sí, muy bien traído el “we are all mad here”. Y con esto espero haber hecho algo más cercano el complejo (y aquí, en tono humorístico, frivolizado) mundo de la psicopatología, porque como buenos seres sociales que somos, el chismorreo nos gusta, y si eso facilita el aprendizaje y no ofende, bienvenido sea.

Artículo escrito por Celia Rodríguez.

Si les preguntáramos a los padres lo que más desearían para sus hijos, la gran mayoría responderían que fueran sanos, felices y seguros de sí mismos. Estos deseos les van a acompañar a lo largo de la crianza de sus hijos pero, también, a lo largo de sus vidas.

Sin embargo, el cuidado de los hijos no es una tarea fácil. A muchos nos han contado que los primeros años son los más difíciles, en los que hace falta invertir más tiempo y en los que se duerme menos, pero que esto irá disminuyendo a medida que los niños vayan creciendo.

No obstante, si queremos realmente que nuestros hijos crezcan sanos, felices y seguros de sí mismos, necesitaremos vincularnos con ellos emocionalmente de forma adecuada y segura, pues este vínculo que se va a establecer entre los papás y el pequeño influirá fuertemente en su posterior funcionamiento como adulto, tanto en sus relaciones afectivas y sociales como en su desarrollo psicológico y mental.

Pero ¿Qué hace falta para que este vínculo sea fuerte y seguro?

Pues un conjunto de buenas respuestas de alta sensibilidad por parte de los padres. Y, ¿a qué nos referimos con respuestas de alta sensibilidad? Pues a estar atentos a detectar las señales que emite el pequeño cuando tiene alguna necesidad y acudir para resolverla, dentro de un marco de cariño y seguridad, pues cuando este manifiesta una experiencia emocional como puede ser el hambre, el adulto le devolverá que lo que le está pasando no es grave y que ahí está el papá o la mamá para ayudarle y acompañarle en ese dolor que está sintiendo y que no supone un riesgo para su vida. Esto hará que el pequeño se sienta comprendido y aprenda a ir entendiendo lo que le va pasando, pues hay un adulto atento a esas respuestas con alta sensibilidad para etiquetarle cada emoción y situación por la que pasa.

Sin embargo, para ello el adulto debe estar en un estado de calma, diferente al del pequeño por esa necesidad que no sabe cubrir por sí mismo, y que el adulto, mediante el lenguaje, le irá transmitiendo esa tranquilidad. No obstante, el ritmo del día a día de trabajo y otras responsabilidades adultas nos hace que tengamos días mejores que otros, y que nuestra paciencia o estado de ánimo pueda afectar e influir en algunas situaciones con nuestros hijos. Por eso, tener una alta sensibilidad no es una cuestión de días o de un periodo de tiempo limitado, sino que abarca toda la crianza de nuestros hijos, por lo que ese conjunto de respuestas por parte de los padres debe mantenerse positivamente, generando así un vínculo de apego seguro.

Además de esta alta sensibilidad, es recomendable enseñarle a expresar sus emociones, que sienta que hay un espacio para ello y que va a ser siempre escuchado, que va a ser siempre visto. También, tener capacidad para disfrutar jugando con él, estimularle para el logro de objetivos y metas y un buen nivel de actividad física y verbal cuando interaccionamos. Una buena maestra y experta en psicología con niños y adolescentes, Begoña Aznárez, recomienda que cada noche, antes de que el pequeño se quede dormido en la cama, nos sentemos junto a él y preguntemos: “¿qué ha hecho mal hoy mamá?” Esto ayudará a que el niño pueda expresar lo que no ha entendido o simplemente lo impaciente que estuvo mamá hoy con él. Este momento íntimo con nuestro pequeño nos dará la oportunidad de explicarle, describirle y etiquetarle todas esas emociones que él y, también, mamá han sentido a lo largo del día, ofreciéndole ese espacio de expresión, de entendimiento y de crecimiento que no sólo el pequeño tanto necesita, sino también ese adulto: mamá o papá.

Muchos estudios evidencian los beneficios de un apego seguro entre padres e hijos, donde los padres facilitan que el niño vaya convirtiéndose en alguien autónomo y capaz de valerse por sí sólo, que tenga seguridad en sí mismo, crea en él y vea al resto como personas confiables y buenas. Sentirá que su opinión se tiene en cuenta y, por tanto, tendrá una autopercepción y autoestima muy favorables.

Conclusiones

Por todos estos motivos, el cuidado de los hijos debe ser una de las principales prioridades y motivaciones que tengamos los adultos que somos padres. El tener una alta sensibilidad a las señales de nuestros hijos asegurará la base de una buena salud física y psicológica para ellos, así como el establecimiento de relaciones afectivas seguras entre ambos; que es lo que todos, como padres, queremos y deseamos tener con nuestros hijos.

Referencias

Artículo escrito por José Ponferrada

La adicción, entendida según el DSM-5 (APA, 2013) como un trastorno por uso de sustancias, hace referencia a una enfermedad crónica y recurrente del cerebro, que se caracteriza por la búsqueda y consumo compulsivo de drogas, a pesar de sus consecuencias negativas.

Este trastorno por sustancias afecta a la estructura y funcionamiento cerebrales. Las modificaciones que se originan pueden durar años y en ocasiones producen conductas de riesgo en el individuo que lo consume. Algunos de estos peligros no solo se producen cuando una persona tiene dependencia de la sustancia, sino que el hecho de abusar ocasionalmente también es una conducta de riesgo. Por ejemplo el hecho de beber alcohol y conducir.

En cuanto a los cambios que se producen en el cerebro, encontramos que se deterioran áreas que tienen que ver con el juicio, la toma de decisiones, el aprendizaje y la memoria y el control del comportamiento, y este deterioro tiene que ver con la actitud compulsiva y destructiva de aquellos que abusan de la sustancia.

Entre los efectos que se producen como consecuencia de este abuso de sustancias están los accidentes cerebrovasculares, trastornos mentales, enfermedades pulmonares, cáncer o problemas cardiovasculares, entre otros.

Una de las sustancias de abuso más extendidas es el alcohol. En este caso concreto existen algunas áreas del cerebro que se ven especialmente deterioradas, como la corteza cerebral, que se encarga de la resolución de problemas y la toma de decisiones; el hipocampo, que es importante para la memoria y el aprendizaje; y el cerebelo, que coordina los movimientos.

A continuación se expondrán algunos conceptos básicos a la hora de tratar a pacientes con trastornos adictivos.

En primer lugar se va a matizar la diferencia entre consumo, abuso y dependencia.

El consumo de una droga hace referencia a la ingestión de la misma no produciéndose consecuencias negativas en el sujeto. Generalmente se corresponde a aquellos individuos que se relacionan con la droga de manera esporádica.

El abuso, en cambio, aparece cuando sí se dan consecuencias negativas, pero se lleva a cabo un consumo continuado de la droga a pesar de esas consecuencias.

Por último, la dependencia se da cuando el consumo de una sustancia es desproporcionado y afecta negativamente a múltiples aspectos de la vida del sujeto durante un largo período de tiempo.

Por otro lado, resulta de gran importancia conocer lo que es una intoxicación por sustancias y el síndrome de abstinencia.

En primer lugar, la intoxicación por sustancias surge tras consumir una o varias sustancias psicótropas o alcohol de forma excesiva, y como consecuencia, genera una serie de alteraciones que pueden afectar al nivel de conciencia, de la cognición, de la percepción, del estado afectivo, del comportamiento o de otras funciones y respuestas fisiológicas y psicológicas.

Podemos definir el síndrome de abstinencia como las reacciones fundamentalmente físicas que aparecen cuando el sujeto deja de consumir una sustancia a la que es adicto. Se relaciona con cualquier tipo de sustancias o conducta cuyo consumo pueda originar un estado de adicción.

La decisión de comenzar a consumir drogas normalmente es voluntaria, aunque cuando la persona consume con regularidad, esa capacidad de decisión se ve mermada, por lo tanto la persona deja de tener autocontrol para frenar el consumo.

En cuanto a la adicción, de la misma forma que otras enfermedades, existen  diferencias entre cada persona que consume, por lo que algunas personas pueden convertirse en adictas con más facilidad que otras. En este sentido existen una serie de factores que facilitan o dificultan esa transición entre consumo y dependencia. Son los factores de riesgo y los factores de protección.

Los factores de protección son aquellos que dificultan la aparición de la dependencia; sin embargo, los factores de riesgo hacen referencia a aquellas circunstancias que facilitan que una persona desarrolle una adicción.

Entre los de riesgo podemos encontrar los ambientales, entre los que destacan la familia y los amigos: el contexto del hogar, los padres y la infancia son fundamentales, puesto que si desde pequeños observamos en nuestra familia a personas que abusan de sustancias es más probable que nosotros lo hagamos de mayores. De la misma forma, los amigos y compañeros pueden ejercer una gran influencia en la etapa adolescente. Algunas de las situaciones que podrían favorecer el inicio del consumo serían el fracaso escolar o la falta de habilidades sociales.

Por otro lado existen los factores biológicos; es decir, que entre el 40 y el 60% de la vulnerabilidad de una persona a la adicción se explica por factores genéticos. Además el hecho de tener un trastorno mental también aumenta el riesgo de consumo.

Una vez que se ha desarrollado la adicción existen varias perspectivas psicológicas para intervenir; sin embargo, un factor profundamente relevante en este aspecto es la prevención, con vistas a que las cifras de adicciones no sigan creciendo a medida que pasan los años. Concretamente resulta fundamental la prevención en el ámbito de la familia. Este concepto incluye la estructura y las relaciones que se establecen entre sus miembros, estableciéndose como objetivo investigar y profundizar en el análisis del funcionamiento familiar  para poder crear programas eficaces de prevención.

Entendemos que la familia es el círculo más cercano del sujeto, por lo que es ahí donde aprende los valores e ideales de vida. Es por eso que tenemos que trabajar para incluir en el repertorio de los padres algunas conductas que enseñen a sus hijos mecanismos de defensa y de gestión emocional adecuada para que éstos sean capaces de hacer frente al extendido abuso de sustancias.

La dependencia de sustancias, lejos de quedar en el pasado, supone actualmente un problema de salud pública. Para trabajar en prevención, necesitamos indagar sobre las causas y los motivos que llevan a las personas a consumir.

Por otro lado, además de trabajar en el ámbito familiar, debemos prestar atención a la prevención primaria, que consiste en evitar o reducir el impacto y las consecuencias negativas de determinadas situaciones y comportamientos, tanto a nivel individual como social. (Mendes, F. J., 1999).

Según Gordon  (1987) hay varias vías de intervención: la prevención universal, que se basa en dar información y sensibilizar sobre el problema de las drogas a la población general; la prevención selectiva, que está orientada a grupos que se encuentran estadísticamente en riesgo  de consumir potencialmente. Por último, los programas de prevención específica que se centran en un objetivo más específico, con factores de riesgo claros, como fracaso escolar, delincuencia, abuso, etc.

Bibliografía

Caballo, V., Salazar, I. C., y Carrobles, J. A., (2014), Manual de Psicopatología y trastornos psicológicos, Madrid, España. Ediciones Pirámide.

Mendes, F. J. (1999). Drogadicción y Prevención familiar: una política para Europa. Adicciones11(3), 193-200

National Institute on Drug Abuse (2014). Adicción y Salud.  EEUU: National Institute of Health. Recuperado de https://www.drugabuse.gov/es/publicaciones/serie-de-reportes/las-drogas-el-cerebro-y-el-comportamiento-la-ciencia-de-la-adiccion/la-adiccion-y-la-salud

National Institute on Drug Abuse (2014). Las drogas, el cerebro y el comportamiento: La ciencia de la adicción.  EEUU: National Institute of Health. Recuperado de https://www.drugabuse.gov/es/publicaciones/serie-de-reportes/las-drogas-el-cerebro-y-el-comportamiento-la-ciencia-de-la-adiccion/abuso-y-adiccion-las-drogas

Artículo escrito por Irene Gómez.

¿Estás intentando tener un hijo, de forma natural o por medio de un tratamiento de reproducción asistida, y te está costando más de lo que esperabas?

En España, hoy en día, alrededor del 17% de las parejas en edad de tener hijos (aproximadamente unas 800.000) tienen dificultades para ser padres. Los hábitos de vida, el sobrepeso, la contaminación ambiental o diversas patologías, tanto físicas como mentales, son algunos de los factores que contribuyen a que la tasa de infertilidad haya aumentado en la última década en nuestro país.

Según la Organización Mundial de la Salud, la infertilidad se define como un trastorno reproductivo que impide conseguir el embarazo después de 12 meses o más teniendo relaciones sexuales sin medidas anticonceptivas (WHO, 2002).

Las alteraciones de fertilidad se han constituido como uno de los problemas más importantes de la salud reproductiva, especialmente en países desarrollados (Pérez-Millán, 2011), debido al retraso voluntario de la maternidad y la paternidad. Esto implica que haya un aumento de las alteraciones reproductivas que se traducen en una disminución progresiva de la reserva folicular y de la calidad de los ovocitos (Bruna, Sánchez de Rivera y Collado, 2011).

¿Cómo influye el estrés crónico en nuestro sistema reproductor?

El estrés crónico que muchas personas y parejas sufren, sea tras un diagnóstico de infertilidad o por el propio ritmo de vida que llevamos, conlleva una serie de manifestaciones orgánicas:

Un problema añadido a esta situación es que, a menudo, incluso negamos padecer de estrés o no logramos identificar las situaciones que nos causan estrés.

De cualquier forma, el estrés no afecta a todas las personas de la misma forma a nivel reproductivo.

El problema de la fertilidad ¿es solamente un trastorno físico?

La respuesta es NO, ya que en muchos casos deviene en un problema de salud mental al no ser capaz, después del tratamiento de fertilidad, de llegar a concebir, principalmente en el caso de las mujeres e incluso si se han tenido hijos previos. Parece ser que el factor más influyente en el deterioro de la salud mental, tras pasar por una experiencia de este tipo, no es haber conseguido o no ser padres, sino mantener el deseo de la maternidad tras el fracaso de los tratamientos.

Un diagnóstico de infertilidad implica un desajuste emocional en la pareja, aunque cada miembro lo vivirá de forma diferente; en algunos casos implica un largo y costoso camino a nivel emocional, psicológico y económico (si se tiene que acudir a un tratamiento de reproducción asistida).

La inviabilidad para reproducirse naturalmente puede causar sentimientos de vergüenza, culpa, miedo y baja autoestima, que pueden evolucionar hacia grados variables de depresión, ansiedad, angustia y peor calidad de vida.

Además, los tratamientos de fertilidad se asocian con mayores niveles de malestar psicológico. Las personas que se someten a tratamientos de reproducción asistida incluso corren el riesgo de experimentar mayor número de trastornos psiquiátricos, por lo que es importante reconocer a los más susceptibles y ayudarles a hacer frente al diagnóstico y tratamiento de la infertilidad.

¿Y cuál es la solución?

Frederiksen et al. (2015), en un trabajo en el que revisaban 39 estudios, señalaron que las intervenciones psicológicas en parejas con problemas de infertilidad eran eficaces (especialmente la terapia cognitivo-conductual) para reducir los problemas psicológicos, así como para incrementar las tasas de embarazo en aquellas pacientes que habían conseguido disminuir sus niveles de ansiedad.

Algunos rasgos de personalidad que se consideran protectores del riesgo de sufrir ansiedad o depresión son: el optimismo, las estrategias de afrontamiento ante el problema, el apoyo social tanto de la pareja como de la familia, las estrategias de aceptación de la situación y un estilo de apego seguro (Roctcliff, Lightman, Rhidian, Buchanan, Gordon y Vedhara, 2014).

Tanto la confrontación activa (buscar información para emprender un camino de solución) como la atribución de un significado positivo (este tiempo de espera nos permite profundizar en la relación de pareja y/o mejorar nuestros hábitos de vida) se asocian con una mejor adaptación al estrés de la infertilidad.

“Cada familia es diferente, y existen infinitas formas de ser feliz”

Por ello la psicología de la reproducción pretende ayudar a que la persona consiga su objetivo con el menor impacto psicológico posible: disminuyendo su malestar, enseñándole a gestionar las emociones negativas que puedan surgir a lo largo del proceso, ayudándole a mejorar sus relaciones sexuales y de pareja, y mejorando la capacidad de adaptación a las diferentes etapas del tratamiento. También se abordan pautas de comunicación para favorecer el apoyo social, puesto que en muchas ocasiones no es fácil hablar de ello.

Como veréis, nuestras emociones influyen en nuestra fertilidad y viceversa. Las buenas noticias son que, desde la Psicología, podemos ayudaros mucho en el camino.

Artículo escrito por Natalia Nogal.

Siendo hoy 19 de noviembre el Día Mundial para la Prevención del Abuso Sexual Infantil y mañana el Día del Niño, desde Psicólogos Princesa 81 queremos aprovechar para hablar de un problema que en nuestro país afecta a una de cada cuatro niñas y uno de cada siete niños (López, 1995). Se trata de uno de los tipos de maltrato infantil más difícil de detectar y visibilizar, y que provoca en las víctimas numerosas secuelas a nivel físico, psicológico y social, tanto a corto como a largo plazo.

Según el National Center of Child Abuse and Neglect (1978), se entiende por abuso sexual infantil todo tipo de contacto e interacción entre un niño y un adulto cuando el adulto (agresor) usa al niño para estimularse sexualmente él mismo, al niño  o a otra persona. El abuso sexual puede ser también cometido por una persona menor de 18 años cuándo esta es significativamente mayor que el niño (víctima) o cuando el agresor está en una posición de poder o control sobre el otro.

Mitos sobre el abuso sexual infantil

Para que este tipo de problemas pueda ser abordado con la mayor eficacia posible es importante visibilizarlo, saber cómo prevenirlo, cómo detectarlo y cómo actuar ante una posible agresión sexual. Por ello, el primer paso sería conocer algunos de los mitos y falsas creencias más comunes sobre el abuso sexual infantil, proporcionados por UNICEF (2018):

“Sólo lo sufren las niñas”. Como hemos comentado anteriormente, en España el 23% de las mujeres y un 15% de los hombres han sido víctimas de algún tipo de violencia sexual durante su infancia o adolescencia (Horno, Santos y Molino, 2001).

Sólo se produce en familias desestructuradas o de nivel sociocultural bajo”. El abuso sexual infantil es un problema que no distingue condición social, país, raza o cultura. Lo que sucede es que en familias con mayores recursos económicos se tiende a ocultar aún más la situación, produciéndose menos denuncias a instancias públicas o privadas (Arredondo, 2002).

“Los abusadores son personas desconocidas”. Según los datos de diversas asociaciones del abuso sexual infantil, más del 80% de los abusos sexuales son cometidos por personas del entorno familiar del niño (Horno, Santos y Molino, 2001).

“Los agresores son personas desequilibradas”. Los agresores no tienen un perfil psicológico común. En la mayoría de los casos los abusadores no muestran signos de enfermedad mental, sino que suelen ser personas normales que sufren deficiencias en la socialización, es decir, que no poseen valores morales o no saben controlar sus impulsos (Cely, 2003).

“Las personas que han sufrido abuso sexual se convertirán en agresores sexuales”. Esto no es necesariamente cierto, ya que muchos agresores provienen de familias sin historial de violencia. A día de hoy no se sabe porque algunas víctimas crecen y se convierten en agresores mientras otras no. Tampoco se sabe por qué algunos agresores no parecen haber tenido experiencias de abuso o maltrato en sus historias y sin embargo son sexualmente violentos (Noguerol, 2005).

El abuso sexual en la infancia es un fenómeno mucho más común de lo que se podría pensar, por lo que es muy importante dotar a las niñas/os de estrategias y recursos para evitar este tipo de situaciones. A continuación os dejamos algunos consejos para prevenir el abuso sexual infantil:

Crea un clima de confianza en casa. Interésate por su día a día, muestra una actitud positiva y empática, hazle saber que estáis ahí siempre para hablar de cualquier cosa que necesiten.

La educación sexual es fundamental. Al igual que es importante favorecer su autonomía y su gestión emocional, también es necesario que aprendan a identificar de forma correcta las diferentes partes de su cuerpo, enseñarles que tienen derecho a la privacidad y a la intimidad, que su cuerpo es suyo y que nunca deben permitir que nadie les haga nada que les incomode. Cuentos como La Regla de Kiko suelen ser muy útiles con los más pequeños de la casa para enseñarles a decir “no” ante situaciones de abuso.

Secretos buenos vs Secretos malos. Ayudarles a diferenciar secretos buenos de aquellos que les incomodan, les hace sentir tristes o les asuste es imprescindible para que puedan dar el paso de contarlo y pedir ayuda.

Respeta su espacio. En nuestra cultura es muy habitual que pidamos a los más pequeños dar un beso o abrazo para saludar o despedirse de otras personas adultas, sin embargo, este tipo de acciones son muy peligrosas. Si obligamos a las/os menores a despedirse o saludar con un beso aunque no quieran, les mostramos que su comodidad con respecto a los adultos es algo secundario, lo cual se contradice mucho con la idea de que su cuerpo es suyo que les intentamos transmitir para prevenir el abuso. Lo mejor es respetar su espacio vital y evitar este tipo de acciones para que sea la propia niña/o quien decida cómo quiere saluda o despedirse.

Cuidado con internet. A día de hoy es fundamental informar, especialmente a los adolescentes, de los riesgos de las nuevas tecnologías. El sexting, el phishing y especialmente el grooming, son formas de acoso a través de las redes que pueden llegar a ser muy peligrosas, por lo que debemos alertarles y supervisar su uso cotidiano de las nuevas tecnologías.

Cómo detectarlo

Según la organización Save the Children, una de las problemáticas más graves en el abuso sexual infantil consiste en que los síntomas que muestra la niña o el niño pueden ser a su vez indicadores de otro tipo de problemas psicopatológicos por los que esté pasando el menor.

Félix López (1995), catedrático de la Universidad de Salamanca, afirma en sus estudios que los indicadores que permitirían sospechar de un abuso sexual son los siguientes:

Indicadores Menores de 6 años Menores de 6 a 12 años Menores de 12 a 18 años
Físicos Sangrado en genitales.Fisuras anales.

Infección urinaria.

Moretones.

Dolor al sentarse o al andar.

Infecciones de transmisión sexual.

Enuresis o encopresis.

Dificultades en la defecación.

Presencia de esperma.

Embarazo.
Sexuales Comportamientos sexuales impropios de la edad.Conocimiento de conductas sexuales de los adultos.

Conciencia aguda de los propios órganos genitales.

Masturbación excesiva.

Comportamiento sexual provocador impropio de su edad.Juegos sexualizados. Sexualización de todas las relaciones.Asunción del rol de madre en la familia.
Sociales Miedo a los hombres.Aislamiento social.

Desconfianza en las relaciones humanas.

Rechazo del contacto afectivo que antes era aceptado.

Problemas de sueño o alimentación.

Miedo a que los bañen o los vean desnudos.

Problemas en el habla.

Problemas de atención.

Fugas del domicilio.Problemas escolares: falta de concentración y bajo rendimiento.

Accidentes frecuentes.

Psicomotricidad lenta.

Hiperactividad.

Retrasos en el crecimiento no orgánicos.

Rebeldía .Alcoholismo o consumo de drogas.

Agresiones.

Conductas delictivas

Conductas autodestructivas o intentos de suicidio.

Psicológicos Miedos.Fobias.

Insomnio.

Ansiedad.

Depresión.

Aislamiento.

Fantasías excesivas.

Conductas regresivas.

Falta de control emocional.

Cómo actuar

Ante la aparición de alguno de los indicadores, de la sospecha de un posible abuso o de que un menor os cuente que está sufriendo violencia sexual, os recomendamos contactar con un profesional y seguir los siguientes consejos de actuación recomendados por asociaciones como Márgenes y Vínculos, Save the Children y Fundación Anar:

Presta atención, escucha y haz que se sienta creída/o. En estos momentos es importante mantener la calma y evitar mostrar alarmismo, ya que esto puede preocupar y asustar más al menor. Del mismo modo, evita interrogarle o hacer preguntas que le puedan intimidar.

Hazle saber que no tiene la culpa de lo que le ocurre, que el único responsable es el agresor. Transmítele que se le va a proteger y se va a impedir que eso vuelva a pasar. Evita que el agresor siga teniendo acceso a él/ella.

Refuérzale, dile que ha sido muy valiente por haberlo contado y que estás muy orgullosa/o por ello. Dile que le sigues queriendo mucho y le vas a ayudar a superarlo.

Acude a los Servicios Sociales o Centro de Salud de tu zona, donde un profesional especializado te asesorará según tu caso particular. Puedes hablar con el trabajador social, psicólogo o pediatra.

En ocasiones será necesario un examen médico para asegurarse de que no tiene lesiones, y si las tuviera que éstas fueran tratadas y correctamente recogidas en un parte médico, donde se incluya lo que cuenta el menor de lo sucedido. Si el menor presenta alguna agresión física o tiene la ropa manchada, no le bañes antes de la exploración del médico y guarda la ropa sin ser lavada para que pueda ser analizada.

Pon la denuncia en la Policía o en el Juzgado a la mayor brevedad posible. Escribe de forma detallada todo lo que te ha contado el menor, ya que la denuncia se  recogerá por escrito. Es muy importante solicitar una copia de la denuncia y procurar que la/el menor sea entrevistado el menor número de veces posible para evitar la victimización secundaria.

Bibliografía

Arredondo, V. (2002). Guía básica de prevención del abuso sexual infantil. Viña del Mar, Chile: Paicabi.

Cely, L. A. R. (2003). Intervención interdisciplinaria en casos de abuso sexual infantil. Universitas Psychologica, 2(1), 57-60.

Horno, P., Santos, A., & Molino, C. (2001). Abuso sexual infantil: manual de formación para profesionales. Madrid: Save the Children España, 1-355.

López, F., Carpintero, E., Hernández, A., Martín, M. J., & Fuertes, A. (1995). Prevalencia y consecuencias del abuso sexual al menor en España. Child Abuse & Neglect, 19(9), 1039-1050.

National Center on Child Abuse and Neglect (1978). Interdisciplinary Glossary on child Abuse and Neglect. Washington D.C. US Department of Health, Education & Welfare.

Noguerol, V. (2005). Agresiones Sexuales. Madrid: Ed. Síntesis.

UNICEF. (2018). Mitos acerca del abuso sexual infantil.

Artículo escrito por Mar Suero.

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