El Principito (Saint-Exupéry)
Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Para mí, tú serás único en el mundo. Para ti, yo seré único en el mundo.
Las mayores dificultades que podemos experimentar en la vida adulta tienen más que ver con el amor que recibimos en la infancia, que con cualquier otra necesidad primaria. John Bowlby, psicólogo británico, estudió de qué manera le afectaban a los niños —huérfanos y/o hospitalizados— después de la Segunda Guerra Mundial el cuidado afectivo que recibían.
Él y su colega John Robertson grabaron cómo le afectaba a una niña de dos años la visita de sus padres al hospital en el que estaba ingresada. Cuando ellos estaban junto a ella, se mostraba alegre y jugaba; cuando ellos se iban pasaba a estar triste y decaída (Hoffman, Cooper, Powell, 2019).
Sus conclusiones cambiaron las normas para las visitas en los hospitales y han influido, de manera lenta pero progresiva e imparable, sobre cómo los profesionales deben atender el vínculo entre los padres y sus hijos. Hoy, por ejemplo, es una práctica habitual en casi todos los hospitales públicos de nuestro país realizar piel con piel con el recién nacido inmediatamente tras el parto.
Los efectos del apego perduran toda la vida, y está relacionado con la capacidad de autocontrol, autoestima, dependencia emocional, seguridad y toma de decisiones… Determina la manera en la que nos relacionamos de adultos, la pareja que elegimos y la forma en la que educaremos a nuestros hijos. Por otra parte, proporciona la guía para afrontar las situaciones dolorosas y de pérdida que inevitablemente viviremos a lo largo de nuestro ciclo vital.
Qué es el apego
El apego es la vinculación emocional que se establece entre el bebé y su cuidador principal, normalmente la madre.
El apego se relaciona directamente con la supervivencia y es un cimiento básico para el desarrollo de la identidad y la seguridad emocional, permitiéndonos explorar el entorno y generar representaciones de mi yo en el mundo.
En la relación que se establece entre el niño y sus padres debe haber un entendimiento sobre las necesidades del primero y cómo se responde a ellas por parte de los segundos. Los movimientos que se establecen en este vínculo, como si fuera una danza, entretejen la relación de tal forma que dura en el niño —y posterior adulto— toda la vida.
El niño emitirá una serie de señales que necesita que el adulto interprete adecuadamente: tal vez llora, balbucea, patalea, gime o ríe en búsqueda de una respuesta que sea afín a su necesidad.
Cuando el adulto entiende lo que el niño necesita, éste se calma, se siente satisfecho, se regula emocionalmente y puede continuar experimentando otras sensaciones nuevas. Sin embargo, cuando el adulto desatiende las señales del niño, las ignora o malinterpreta provoca en el niño tal insatisfacción que su sistema emocional se altera, con lo que buscará nuevas formas de ser atendido ya sea haciendo más intensa sus señales o apagándolas si no tiene expectativas de obtener una respuesta.
Esto es tan importante como la capacidad de separarse y explorar el mundo a solas. Cuando el niño aprende a regular proximidad y distancia de sus progenitores, y éstos aprueban su autonomía, es cuando podemos hablar de que la conducta de apego y el vínculo se ha establecido.
La química del amor
El apego tiene una función biológica-evolutiva para garantizar la supervivencia de la especie que sin los mecanismos neurobiológicos que se producen durante la gestación y parto del bebé sería imposible su establecimiento.
Este proceso es muy parecido al que vivimos cuando nos enamoramos, en el que se producen ajustes hormonales, neuroquímicos y de neurotransmisión que ayudan a establecer la conducta de apego. La oxitocina y prolactina, por ejemplo, están vinculados a la lactancia, la calma y el bienestar del bebé.
También intervendrán los opiáceos endógenos que regularán a la madre midiendo las separaciones con el bebé, la atención ante el llanto, y en definitiva el apego. La madre sentirá una especie de adicción que la mantendrá enfocada en el cuidado y el afecto hacia su hijo, sobre otras áreas de su vida. Cualquier desajuste que se de en este sistema inteligente podría suponer en el niño altos niveles de cortisol en sangre (sustancia relacionada con la respuesta al estrés).
Una vez que la biología ha cumplido su función, la manera en la que se relacionan los padres con sus hijos hará el resto y determinará el tipo de apego que desarrollarán.
Tipos de apego
M. Ainsworth, una de las colegas de Bowlby, desarrolló en los años 60 un modelo denominado Situación Extraña (Strange Situation): un procedimiento en el que podía observar a los bebés respondiendo frente a distintos estímulos (encontrarse en un lugar nuevo, una mujer adulta extraña, estar separado de la madre por un período breve y estar solo en un lugar no conocido por un momento). Como resultado de estas investigaciones, Ainsworth definió tres patrones de apego: el Apego Seguro, el Apego Ansioso-Evitativo y el Apego Ansioso-Ambivalente (Ainsworth, 1969).
En el Apego Seguro, los niños usaban a la figura de apego como su lugar seguro a partir del cual explorar el ambiente. Cuando se enfrentaban a algo que les estresaba, se acercaban o realizaban algún tipo de señal que les permitiera que su figura de apego se acercara. Cuando esto se producía, volvían a explorar y alejarse.
En el Apego Ansioso-Evitativo, los niños que enfrentaban un momento de separación con sus madres eran relativamente indiferentes cuando aquellas retornaban: no las saludaban, ignoraban sus intentos de tomar contacto y actuaban sin darle mayor importancia a su presencia.
En el caso del Apego Ansioso-Ambivalente, se observaron comportamientos combinados de ansiedad y acercamiento. Cuando estos niños se juntaban con sus madres luego de una breve separación emitían señales de ansiedad paralelamente a su comportamiento de apego.
Main y Solomon introdujeron en 1986 un cuarto tipo de codificación del apego: el estilo Desorganizado. Estos niños parecen no poseer una estrategia consistente para manejar el alejamiento y la proximidad. Se trata de niños cuyas experiencias tempranas son tan dolorosas que sus estrategias defensivas se vuelven caóticas.
El apego es la fuente de la autoestima y regulación emocional
La autoestima procede de sentirse seguro y reconocido tal como uno es. Un estudio longitudinal con 500 niños de primaria de la Universidad de Amsterdam en 2015 afirma que aquellos niños que decían que sus padres les decían que les querían mantuvieron su autoestima alta seis meses después del estudio; frente a aquellos que escuchaban de sus padres que eran especiales.
La autoestima procede de sentirse aceptado, no sobrevalorado. La fuente es el apego seguro que es la base de la confianza para desarrollar la propia autovaloración.
Cuando el apego es seguro el niño (Hoffman, Cooper, Powell, 2019):
- Es más feliz con sus padres
- Siente menos rabia hacia sus padres
- Se lleva mejor con sus amigos
- Tiene amistades más fuertes y estables
- Tienen una autoestima más alta
- Tienen mejores relaciones con sus hermanos
- Confían en que les sucederán cosas buenas
- Son amables con las personas de su entorno
El significado psicológico y trascendental del apego.
El apego nos muestra el deseo de amar y ser amados como eje de la vida; nos habla de que somos seres que necesitamos a otros para sobrevivir y para desarrollar nuestra identidad única.
El amor, en el que nos vinculamos y permitimos al otro su espacio de desarrollo y experimentación, trasciende los primeros años de vida para ser un pilar en todo el ciclo vital. A través de la relación con nuestros primeros cuidadores, buscamos la experiencia íntima de lo que somos en otras relaciones posteriores con los primeros amigos íntimos, parejas, y posteriormente hijos pero también nietos.
El apego es la fuente primaria de nuestro instinto de relación pero también de trascendencia en el que la herencia, la psicología, el propósito de la vida y el significado del mundo se unen.
Artículo escrito por Noelia Estévez (Psicóloga , terapeuta familiar).
El Sexting corresponde a los intercambios de material explícitamente sexual o de contenido provocativo a través de mensajes de texto, fotos y vídeos. El uso del Smartphone, Internet y las Redes Sociales (RRSS) como Snapchat o Instagram, entre otras, favorecen el fácil acceso e intercambio de contenido sexual entre personas de todas las edades. En este sentido la práctica de sexting consensuado puede favorecer la exploración de la sexualidad y el mantenimiento del vínculo emocional en una relación de pareja a distancia, mejorando tanto la satisfacción sexual como una mayor satisfacción de la relación de aquellas parejas consolidadas.
La cara opuesta del sexting comprende las relaciones sexuales de riesgo (contraer enfermedades de transmisión sexual, no utilizar protección o la coerción sexual), el consumo de drogas y la violencia en las relaciones de pareja. De hecho la práctica continuada de sexting dentro de una pareja influye sobre la conflictividad y ambivalencia en las relaciones. Sin embargo, el problema más prevalente de dicha práctica es la posible difusión del contenido sexual o erótico enviado por parte de la persona que lo ha recibido sin su consentimiento. En España esto supone un problema que ha experimentado aproximadamente el 4% de los adultos de 18 a 60 años.
Entre las formas más habituales encontramos la presión o amenaza de la pareja, amigos o extraños a:
- Enviar mensajes de texto con contenido erótico o sexualmente explícito
- Compartir información íntima o sexual
- Realizar un acto sexual y subirlo a algún dominio en Internet
- Mantener relaciones sexuales en directo
Estas prácticas corresponden a lo que se denomina sexting secundario, generalmente se hace sin consentimiento, por lo que aumentan los riesgos de dañar la reputación de la víctima. Esta forma de ciberacoso es más común entre adolescentes y adultos jóvenes debido a la familiaridad con las nuevas tecnologías, aunque ellas muestran una mayor vulnerabilidad a la victimización de esta forma de violencia que incrementa el riesgo de sufrir episodios de noviazgo violento (dating violence).
La doble moral que favorece a aquellos que practican sexting, un mejor estatus y la aceptación dentro de su círculo social resultan para ellas en insultos, humillaciones, sentimientos de vergüenza y el daño de su reputación sexual. Las consecuencias negativas del ciberacoso, con frecuencia a través de la pornovenganza por parte de sus parejas o exparejas, generan un alto impacto emocional y consecuencias negativas para las involucradas. El impacto negativo en los adolescentes se ha relacionado con depresión, ansiedad, impulsividad y el uso problemático del móvil o Internet. Aunque esta práctica puede realizarse con personas con las que no necesariamente se tiene una relación sentimental, es usual en las relaciones de noviazgo de los adolescentes a causa de su carácter más esporádico.
El noviazgo violento hace referencia a las primeras relaciones de pareja durante la juventud que se caracterizan por la manifestación de violencia psicológica, física, sexual y digital. Esto es particularmente importante de considerar dadas las altas tasas de agresión de pareja entre los adultos jóvenes. En este sentido, el sexting no deseado puede ser un mecanismo adicional a través del cual ocurre la violencia sexual y psicológica en las relaciones de pareja, por ejemplo en aquellos que son presionados a practicar sexting para evitar una discusión o el enfado de su pareja.
Las agresiones físicas suponen la principal forma de violencia dentro de la relación de pareja para los más jóvenes, por lo que la violencia psicológica pasa desapercibida debido a la dificultad para detectarla y se normaliza la violencia psicoemocional como forma de resolver conflictos y demostraciones de amor. Otros de los ingredientes necesarios para la aparición del noviazgo violento o dating violence son la justificación de los celos, el control obsesivo y las conductas violentas para demostrar el vínculo de pareja basado en la idealización del amor romántico en los primeros momentos de la relación.
En estas relaciones de noviazgo el uso de las RRSS facilita controlar a sus parejas o exparejas mediante el ciberacoso. Esta forma de violencia digital basada en la victimización por la pareja, el control coercitivo y la justificación de conductas de control y vigilancia incluye:
- Abuso emocional
- Acechar y espiar su teléfono o RRSS
- Conductas restrictivas como impedir relaciones con amigos y familiares
- Conductas de control como elegir sobre las fotos que sube su pareja a las RRSS
- Abuso psicológico
- Menospreciar
- Denigrar mediante la retirada hostil de la palabra sobre un tema o cambiar de tema a propósito cuando la otra persona intenta conversar sobre un problema
- Ridiculizar
- Abuso sexual a través del sexting secundario no consensuado
- Agresión física en forma de amenazas
En definitiva, la violencia en el noviazgo contra la mujer al igual que la violencia de género no depende de la desigualdad de género sino del aprendizaje temprano de la aceptación de la violencia como una forma de resolver problemas. Este aprendizaje puede tener lugar desde la infancia dentro de la familia o en el entorno social, de forma directa o por la vivencia de la violencia entre otras personas significativas. En cualquier caso la violencia de pareja puede originarse a cualquier edad por diferentes razones como los celos patológicos, el descontrol de la ira, el abuso de drogas como el alcohol, etc. En este sentido, la violencia en las parejas jóvenes es un precursor de la violencia en las parejas adultas, cuya identificación de los signos de alerta correspondientes puede ayudar a frenar la violencia de género mediante la acción preventiva.
Bibliografía
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Gassó, A., Mueller-Johnson, K. & Montiel, I. (2020). Sexting, Online Sexual Victimization, and Psychopathology Correlates by Sex: Depression, Anxiety, and Global Psychopathology. Int. J. Environ. Res. Public Health, 17, 1-18. doi:10.3390/ijerph17031018
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Quesada, S.; Fernández-González, L.; Calvete, E. (2018). El sexteo (sexting) en la adolescencia: Frecuencia y asociación con la victimización de ciberacoso y violencia en el noviazgo. Psicol. Conduct. Behav. Psychol. 2018, 26, 225–242.
Artículo escrito por María Santísima Gálvez.
Puede que lo primero que hayas pensado al leer el título sea que ya hay otra persona buscando visitas en internet o que es otra locura como inyectarse lejía, o, quizás, preguntarte cómo es posible que una persona introvertida pueda tener más éxito en algo que otra que sea extrovertida. Pues, aunque pueda chocarte al principio, te animo a que leas mi reflexión acerca del tema.
Para comenzar, vamos a aclarar a qué nos referimos con que una persona es introvertida, porque aún a día de hoy nos podemos encontrar a mucha gente que utiliza la palabra erróneamente.
La introversión consiste en un rasgo de la personalidad que predispone a una persona a actuar, pensar y sentir de una forma predeterminada. Las personas introvertidas son aquellas que tienen tendencia a ser tranquilas, reservadas e introspectivas. Les gusta el orden y la planificación, siendo personas prudentes y cuidadosas. Prefieren estar en grupos reducidos —de 2 ó 3 personas— y que haya distancia física, a no ser que la persona con la que se encuentrne sea alguien muy cercano y de su confianza. Sin embargo, en reuniones con mucha gente pueden desgastarse mucho, ya que se sienten más cómodos en la intimidad, donde las situaciones son sencillas y controladas, que en situaciones de mucho contacto físico, espontáneas e impredecibles. Además serían personas que se sienten cómodas cuando están solas, aprovechando para realizar actividades que les puedan generar bienestar como leer, jugar a videojuegos, escuchar música o, simplemente, disfrutar de un rato de silencio.
Es importante no confundir con las personas tímidas, donde la principal diferencia se encontraría en que éstas tendrían miedo o temor a situaciones donde concurren muchas personas. La persona introvertida puede hacerlo sin manifestar temor o ansiedad, pero se encuentra incómoda y prefiere limitar esas relaciones con grandes grupos. Esto no quiere decir que introversión y timidez sean incompatibles, pero es necesario puntualizar la diferencia.
En el otro polo se encontraría la extroversión que, por el contrario, caracteriza a aquellas personas que se sienten cómodas estando en grupos con mucha gente, donde hay mayor número de contactos y suelen buscar el contacto físico, pero sin embargo se encuentran incómodas en la soledad prefiriendo hacer actividades en grupo. Los extrovertidos tienen gran facilidad para conocer gente nueva ya que tienden a ser más divertidos, espontáneos, impulsivos, alegres y despreocupados. También pueden resultar muy impacientes y tener problemas para regular sus propias emociones si no es a través del contacto social.
Una de las diferencias, por ejemplo, sería que a las personas extrovertidas les puede generar agobio no tener un plan o varios con gente en el fin de semana, ya que no toleran tanto la soledad. Mientras que a las introvertidas les puede abrumar que haya muchos planes y disfrutan mucho más de los momentos de intimidad con pocas personas de confianza o actividades en solitario, ya que les ayudan a regularse y cargar energía.
Además, cabe añadir que en nuestra cultura occidental se tiende a considerar a las personas extrovertidas como personas exitosas en áreas como la profesional o la personal, dada su facilidad para relacionarse con gente de todo tipo, su espontaneidad y apertura a nuevas experiencias, las cuales son carácterísticas que actualmente se valoran muy positivamente. En contraparte a las personas introvertidas, quienes no cumplen estos criterios subjetivos, se les deja en una posición que no es tan reconocida o valorada por la sociedad al tender precisamente a lo contrario. Es decir, hay una valoración muy positiva del ser extrovertido frente a la valoración negativa de ser introvertido, llegando a considerar que ser extrovertido es mejor que introvertido.
Sin embargo, cualquiera de los dos polos tiene sus virtudes y sus defectos y, a través de esta reflexión, se pretende dar un punto de vista en el que no sólo existen virtudes en las personas introvertidas sino que pueden ser más adaptativas en este momento histórico concreto. También es necesario remarcar que hablamos de dos polos pero no son únicos; hay una amplia variedad de grises entre ambos conceptos que tampoco debemos olvidar, ya que habrá personas más o menos introvertidas y extrovertidas.
En el último año, nuestra sociedad ha sufrido una situacion de pandemia que ha condicionado nuestro día a día como especie: lavado de manos, mascarilla, distancia social y reuniones reducidas… son algunas de las medidas de prevención que venimos escuchando un día tras otro en los medios de comunicación para poder hacer frente a esta situación. ¡Vaya! parece que aspectos como el tener menos contacto físico o reuniones con menos gente entra dentro de las preferencias de las personas introvertidas, ayudando así a que la posibilidad de contagio, y posterior propagación, sea menor.
Seguramente hayas visto en las noticias a entrevistados diciendo “Si es que hay que vivir” o “El ser humano es un ser social y necesita estar en contacto con otras personas”, y efectivamente el contacto social es una de las necesidades que tenemos como especie, pero después de conocer las diferencias entre un polo y otro es esperable que una persona introvertida realice menos conductas de riesgo para que se propague el virus que otra extrovertida.
Un ejemplo prototípico sería el tipo de plan con amigos. Es esperable que las personas extrovertidas se reúnan con mayor frecuencia en terrazas, bares, discotecas o casas y, a mayor número de personas y el mismo espacio, más facilmente podrán contagiarse en caso de haber un positivo en el grupo. Por su parte, las personas introvertidas al preferir la intimidad o la soledad, es esperable que reduzcan la frecuencia con la que quedarán con otras personas. Además, al preferir la intimidad tenderán a limitar el número de contactos con los que ser contagiado o contagiar.
Además, podemos añadir que al ser mucho más planificadores, pensarán muy bien qué hacer, priorizando situaciones donde no se den sobresaltos o sorpresas, controlando más la posibilidad de ponerse en riesgo. Sin embargo, si un extrovertido se deja llevar por sus necesidades de contacto o espontaneidad, puede llevarle a sitios muy concurridos, a tener más descuidos con respecto a las medidas de prevención y en definitiva, a exponerse más al virus o expandirlo.
Otro detalle es que las personas introvertidas, al sentirse cómodas llamando menos la atención, tenderán a usar tonos de voz más bajos. Este detalle es importante: se ha visto que cuanto más alto se hable, más volumen de aerosoles expulsamos.
Incluso en los momentos de confinamiento, donde nos hemos visto obligados a pasar mucho más tiempo en soledad, las personas más extrovertidas son las que peor han pasado por este evento. No están tan acostumbradas ni se sienten cómodas estando en solitario, mientras que las introvertidas no han sentido ese impacto al poder seguir haciendo las actividades que ya hacían antes. Esto no quiere decir que no se haya podido pasar mal estando confinados: ser introvertido no es sinónimo de no querer contacto social o no necesitarlo, pero sí se es menos dependiente de él.
Para finalizar, es importante remarcar que esto no quiere decir que ser introvertido implique tener una especie de barrera protectora mejor que cualquier mascarilla, o que no podamos contagiar el virús, como si fuera la solución a la pandemia. Lo que se pretende es reflexionar acerca de que la forma de ser y actuar de las personas introvertidas les lleva a comportarse de modo más adaptativo, como especie, en este momento de la historia. También es necesario dejar claro que ser extrovertido tampoco significa ser un demonio que va expandiendo la pandemia a diestro y siniestro, sólo reflejar que presentan mayor predisposición a realizar estas conductas que, en este contexto concreto, pueden resultar desadaptativas. De hecho, aquellas personas extrovertidas que hayan cumplido a rajatabla las precauciones habrán hecho un enorme esfuerzo por controlar sus impulsos, y eso es algo que también se debería valorar.
Bibliografía
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Goldberg. L.R. (1990). An alternative "description od personality": The Big Five factor structure. fournal of Personality and Social Psychology, 59, 1216-1229.
Pueyo, A. A. (1997). Manual de Psicología Diferencial. Madrid: Mc Graw Hill.
Artículo escrito por Manuel Ruíz.
Voy a hablaros de una temática que me parece muy interesante abordar ya que muchas veces pasa desapercibida; ya sea por falta de empatía, de conocimiento e incluso por temor a sacar el tema con la persona que lo está sufriendo. Os hablo de las consecuencias psicológicas para la mujer derivadas de haber sufrido un aborto espontáneo e involuntario.
Pero ¿qué es un aborto espontáneo? ¿Cuál es su incidencia?
La Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO) define como aborto espontáneo precoz cuando se da antes de las 12 semanas de gestación, y se estima que son entre el 15 y el 25% de los embarazos (López, 2011). Las mujeres que ya han pasado por un aborto espontáneo tienen más posibilidades de volver a abortar, y la edad materna es el principal factor de riesgo de aborto espontáneo: 11.1% entre 20-24 años, 11.9% de 25-29 años, 15% de 30-34 años, 24.6% de 35-39 años, 51% de 40-44 años y del 93.4% a partir de los 44 años (Moscarello, 1989).
Se habla de aborto espontáneo cuando la causa es natural, y no es ni voluntario ni provocado. Las causas son diversas: desde alteraciones cromosómicas del feto hasta por enfermedades de la gestante de tipo endocrinas, inmunológicas, infecciosas y malformaciones del aparato genital o disfunción placentaria (Aleman et al., 2006 citado en Bouquet de Durán, 2012).
Visto la incidencia, muchas mujeres en la dulce espera se enfrentan a la dura realidad de un aborto de este tipo. La muerte en la etapa gestacional puede llegar a tener graves consecuencias psicológicas y sociales para la mujer que sufre la pérdida.
¿Qué consecuencias psicológicas pueden darse tras un aborto espontáneo?
“Tras una mala noche, con unos dolores abdominales terribles. Yo llegaba a consulta con mil dudas, temblando, con ganas de hablar, de desahogarme, pero no hubo más allá de un “Hola y túmbese ahí", ni un comentario que mostrara algo de empatía.
Tras la ecografía, las únicas palabras de la Ginecóloga fueron "Nada, no hay nada, lo has perdido”. Y, tras un largo silencio por mi parte, la Ginecóloga, me dijo… "No te preocupes, los abortos espontáneos son muy comunes. Ahora, a descansar, y cuando estés preparada de nuevo, a volver a intentarlo".
Así, sin más. En serio ¿no me va a decir nada más?”
El embarazo puede desencadenar emociones y sensaciones corporales muy intensas, dando lugar a respuestas psicológicas diversas, así como reactivar memorias traumáticas previas (cesárea, exploraciones ginecológicas).
Dentro de los problemas psicológicos, principalmente se hace referencia a reacciones depresivas, trastornos de ansiedad (trastorno por estrés agudo, trastorno por estrés postraumático), trastornos del comportamiento, trastorno adaptativo, trastornos de conducta alimentaria, sintomatología de duelo e incluso ideación suicida y suicidio.
Respecto a la temática del suicidio encontramos evidencias significativas: según Gissler et al., (1996) el nacimiento del niño protege a la madre de las ideas suicidas, así como de llevarlo a cabo, con una bajada en la tasa anual en mujeres en edad reproductiva de 11,3 por 100 000 a 5,9 por 100 000 en asociación con el nacimiento.
Igualmente, en un estudio realizado en Finlandia, Gissler et al., (1996) encontraron que los intentos suicidas son el síntoma más frecuente en esta población. Encontraron que la tasa de suicidio de la población finlandesa es de 11 personas por cada 100000 habitantes, siendo las mujeres que han tenido abortos inducidos uno de los grupos con mayor tasa —el 34.7% de estas mujeres realizan algún intento suicida— en comparación con el 18.1% de mujeres que sufrieron un aborto espontáneo y el 5.8 % de mujeres embarazadas.
La evidencia emergente ha sugerido que el aborto espontáneo podría estar asociado con consecuencias psicológicas significativas y posiblemente duraderas; se comenta que hasta el 50% de las mujeres que abortan sufren algún tipo de morbilidad psicológica en los meses posteriores a la pérdida (Lok et al., 2007).
Tras una pérdida gestacional y perinatal, aparece un periodo de duelo. Estos procesos acostumbran a ser difíciles; sin embargo, el duelo que resulta de las pérdidas perinatales es bastante complejo y único.
La práctica habitual ante un duelo gestacional y perinatal de los familiares y amigos, y según se ha visto en diferentes estudios, es el de evitar hablar del tema por temor a causar más daño, e incluso hay una minimización de la pérdida por parte de los otros.
Doka (2002) lo categoriza como un duelo desautorizado, ya que se trata de una pérdida que no puede ser abiertamente reconocida, expresada en público o apoyada por la red social, y que los padres suelen pasar en soledad.
Se pueden destacar nueve elementos que se dan en el duelo perinatal: dificultad de concentración, culpabilidad, rabia, confusión temporal, agotamiento, falta de energía, negación de la realidad, depresión y sueños continuos y repetitivos con el bebé perdido (Peppers y Knapp, 1980, citado en López Garcia (2011))
Siguiendo con el mismo estudio se descubrió que alrededor del 40% de las mujeres que tenían un aborto espontáneo desarrollaban síntomas de dolor patológico, un 10-50% padecían sintomatología relacionada con trastorno depresivo mayor, una ansiedad elevada, persistiendo dichos síntomas de 6 meses a 1 año después del aborto (Lok et al., 2007).
¿Se está haciendo todo lo que se tendría que hacer desde el punto de vista de asistencia psicológica?"
Cada vez son más los profesionales que dan importancia al aspecto emocional en las pérdidas gestacionales tempranas, pero aún queda muchísimo por hacer, tanto en el ámbito público como en lo privado.
¿Qué conclusiones podemos sacar de todo lo descrito anteriormente?
No demos nada por sabido, y no dejemos pasar que el apoyo en esos momentos es esencial para una buena salud mental, y para retomar de nuevo el equilibrio.
Bibliografía
- Bouquet de Durán, Romina Izzedin. (2012). Aborto espontáneo. Liberabit, 18(1), 53-58.
- Doka, K. (Ed.). (2002). Disenfranchised grief. New directions, challenges and strategies for practice. Champaing, Estados Unidos: Research Press.
- Gissler, M., Hemminki, E., Lonnqvist, J.
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- López García de Madinabeitia, Ana Pía. (2011). Duelo perinatal: un secreto dentro de un misterio. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 31(1), 53-70.
- Moscarello R. Perinatal bereavement support service: three-year review. J
Palliat Care 1989; 5:12-8
Artículo escrito por Ana Isabel San Joaquín.
A diario oímos comentarios sobre las casas de apuestas, sobre su legislación, sobre el juego patológico, sobre las páginas web de apuestas deportivas, etc. Pero ¿Existe en realidad una alarma social? ¿Son los medios los que lo están exagerando? ¿Qué riesgos existen realmente?
Poco a poco, hemos ido viendo como abren locales de apuestas deportivas en cada calle de los barrios más empobrecidos de las ciudades. ¿Tanta gente apuesta? ¿Qué hay de la frase “la banca siempre gana”? Parece que rápido se nos ha olvidado que si abren tantos locales es por ser un negocio lucrativo, no por afán solidario de regalar dinero a nadie; además a esto se debe añadir las páginas online, muchas de ellas ni siquiera tributan en España, como es el caso de William Hill, Bet365, Bwin o Betway que tienen su sede en Malta.
La alarma social nos hace ver a todas las personas que utilizan las apuestas deportivas o los juegos de azar como potencialmente adictas al juego. Nada más lejos de la realidad: existen numerosas personas que utilizan el juego como un mero pasatiempo, sin llegar a interferir en su vida diaria. Otras, en cambio, aumentan sus gastos dedicados a esta actividad, que irán interfiriendo en el resto de su vida diaria.
Antes de nada, aclarar que el juego tiene ya vigente una legislación en la que se impide apostar a menores de edad; por tanto, no se encuentra el debate en esto, pues claramente las casas de apuestas que permiten jugar a menores están incumpliendo la ley, siendo por tanto delito permitir que estas personas apuesten hasta que no cumplan la mayoría de edad.
Ahora pensamos en aquel hijo o hija de esos amigos (o conocidos) que comenta sus ganancias con estas apuestas, aquellas zapatillas nuevas que ganó con Codere ¿es algo problemático? ¿Existe el juego responsable? ¿Por qué nuestros jóvenes cada vez juegan más?
Variables que influyen entre nuestros jóvenes para que aumente el juego.
Ganancias económicas: En numerosas ocasiones la falta de recursos económicos hace ver el mundo de las apuestas deportivas o de los juegos de azar como una oportunidad para ganar más dinero, sobre todo en modalidades dónde se gana muy rápido al principio. Esto hace que sea más probable desembocar en juego patológico.
Accesibilidad al juego y disponibilidad 24/7: La oportunidad de poder jugar desde cualquier dispositivo, en cualquier lugar con cobertura hace que la accesibilidad sea ilimitada. Además, las numerosas páginas web y Apps permiten que puedas elegir dónde jugar e incluso crear cuentas diferentes y evadir la normativa legal vigente.
La normalización mediática: Qué famosos anuncien páginas web de apuestas deportivas, que existan programas donde salen torneos de póker y que se nos bombardee en todos los eventos deportivos con webs y casas de apuestas hace que estos juegos se vean como una oportunidad de ganar dinero fácil y segura.
Variables emocionales que pueden influir en el juego patológico entre las personas jóvenes
Fuertes sentimientos de imperfección: sienten que son poco queridos —o poco válidos— en su vida diaria; en ocasiones consideran que si les conocieran realmente tal como son, no podría quererles nadie.
Con dependencia hacia otras personas: Pueden considerar que sin la ayuda de otras personas no podrían afrontar su vida de manera competente.
Tienen una relación de apego hacia la persona de referencia (sus padres o su pareja) excesivamente cercana, considerando que no podrán ser felices sin ellos y que su existencia es sólo por tener a esa persona.
En ocasiones pueden sentir que sus emociones les desbordan: no son capaces de controlar los estados emocionales, sobre todo los negativos, y esto les influye en todos los aspectos de su vida: laboral/educativa, social e incluso en el sueño.
Generalmente, las personas con una autoestima baja y estas características tienen más probabilidades de caer en problemas de juego patológico que personas que se muestran más estables emocionalmente y con una mejor autoestima.
Qué hacer ante la sospecha de que nuestro hijo/a comienza a tener un problema con el juego
Debemos hablar claramente con nuestro hijo/a, saber de dónde obtiene el dinero o, por el contrario, que hace con este. Nunca desde el enfado, sino desde la comprensión de que algo está pasando.
Podemos explicar claramente cómo funcionan los juegos de azar e intentar que nuestro hijo/a comprenda que la ilusión de control que pueda tener sobre las apuestas es eso: una mera ilusión.
Debemos intentar crear en casa un ambiente de confianza, en el que no se sienta juzgado. Será fundamental que encuentre en el hogar un referente de ayuda a lo que le está pasando, para así poder expresar libremente lo que le sucede, y sentirse comprendido y apoyado.
Cuando la persona ha recapacitado sobre su problema y se encuentra motivada para el cambio, se debe acudir a un especialista que le guíe en el proceso de modificación de hábitos y conductas relacionadas con el juego.
Bibliografía
Casas-Mas, Belén (2018). Uso y abuso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación por adolescentes: Un estudio representativo de la ciudad de Madrid. Revista del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, 9.
Estévez, Ana; Sarabia, Izaskun y Herrero, David (2013). Factores facilitadores de conductas adictivas de juego patológico en jóvenes y adolescentes. Universidad de Deusto
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García Ropero, Javier (2019). Cinco empresas españolas mueven más de 2.000 millones solo en apuestas deportivas. CincoDías. Recuperado de: https://cincodias.elpais.com/cincodias/2019/09/04/companias/1567622757_301598.html
Artículo escrito por Laura Vaca.
La meditación es un proceso de autorregulación atencional y un estado de conciencia ampliada (Carlson y Garland, 2005). Es una vía de crecimiento espiritual, un camino hacia nuestro perfeccionamiento personal. En concreto, la meditación zen, vinculada a la filosofía budista, persigue el ideal de la iluminación, a la que define como la liberación espiritual de las posesiones mundanas y los apegos que nos esclavizan e impiden vivir plenamente el presente.
Una de las formas de meditación que se trabajan dentro de la corriente zen es la localización de los procesos atencionales en el campo global, como ocurre en la práctica del mindfulness.
El mindfulness es un estado de plena consciencia del presente, del aquí y del ahora dentro y fuera de nosotros, que se observa pero no se juzga. Permite desarrollar una gran sensibilidad hacia lo que nos rodea, una mayor apertura a la adquisición de nueva información y la contemplación de diversas perspectivas.
Además del desarrollo de nuestra dimensión espiritual (no necesariamente vinculada a la religión), la práctica de la meditación produce cambios tanto a corto como a largo plazo en nuestro cerebro. Estos cambios se dan a nivel neurofisiológico, estructural y funcional, y se traducen en una serie de beneficios para nuestra salud psicológica y nuestra vida en general.
Algunos de los cambios que la ciencia ha estudiado hasta el momento son:
- Una mayor activación neuronal en la ínsula anterior, que es la encargada del reconocimiento de las emociones y de vincular estas a las experiencias y percepciones.
- Una reducción del tamaño de la amígdala, implicada en las respuestas de estrés, miedo y ansiedad. También disminuyen las conexiones entre esta y otras áreas cerebrales.
- El hipotálamo recoge toda la información procedente del sistema límbico y controla la liberación de hormonas por parte de la hipófisis: se reducen los niveles de cortisol (hormona del estrés) y se elevan los de DHEA o dehidroepiandrosterona (hormona de la juventud), que palia las alteraciones producidas por el cortisol.
- Una mayor concentración de sustancia gris en el giro temporal inferior, implicado en el procesamiento de imágenes visuales, y en el hipocampo, que se encarga de mediar en la creación y recuperación de recuerdos, así como en la carga emocional que estos conllevan.
- Un aumento del tamaño del córtex prefrontal, implicado en tareas de concentración, toma de decisiones y autocontrol. El grosor del tejido se incrementa especialmente en las áreas 9 y 10 de Brodmann, encargadas de asociar experiencias para generar ideas abstractas.
- Un engrosamiento de la corteza cingulada anterior, involucrada en la regulación de las funciones endocrinas, en el almacenamiento de la memoria y en el control de la percepción de displacer por el dolor.
- Un crecimiento en las dimensiones de la unión temporo-parietal, responsable de las relaciones sociales: específicamente de la empatía y la comprensión.
Esta serie de cambios en nuestro cerebro optimizan nuestro rendimiento cognitivo, disminuyen los niveles de estrés y la intensidad de las emociones negativas, mejoran nuestras relaciones interpersonales y nuestra autoestima e incrementan nuestra sensación de bienestar. Además, favorecen la apertura a las distintas perspectivas acerca de todo lo que acontece dentro y fuera de nosotros, así como la flexibilidad ante el cambio y la resolución de problemas.
Por todos estos motivos, la práctica de la meditación está dirigida a cualquier persona que tenga interés en beneficiarse de ella. Sabiendo que conlleva una intencionalidad y un aprendizaje progresivo, puesto que no es fácil alcanzar el nivel de concentración y relajación óptimos para su práctica, sería recomendable comenzar con un guía que nos oriente. En la práctica clínica, podría ser adecuado trabajar la meditación como parte del proceso terapéutico, ya que además de los beneficios generales que aporta, puede resultar útil para el tratamiento de determinados trastornos o dificultades. Esto podría realizarse bien dentro de consulta, o bien como complemento a las sesiones que se lleven a cabo entre terapeuta y paciente, facilitándole a este las indicaciones necesarias para que pueda realizarla por su cuenta.
Artículo escrito por Elisa Puertas .
La primera tendencia es pensar que es una cuestión de orgullo. Pero ¿qué es el perdón? ¿Qué entendemos por perdonar?
En Psicología, el perdón ha estado muy olvidado por los investigadores. Se encuentran pocos trabajos. Quizás se deba a lo ligado que ha estado a ciertas creencias religiosas o a la filosofía, la teología o la moral. El auge de su estudio podría asociarse a que la Psicología Positiva lo considera una de las fortalezas humanas debido a que nos aporta felicidad y efectos positivos al bienestar de las personas.
Al igual que cualquier constructo psicológico, es complejo. Requiere una buena definición. La más acertada encontrada por ahora en la literatura es la propuesta por Robert Enright << el deseo de abandonar el derecho al resentimiento, al juicio negativo, y a la conducta indiferente hacia quien nos ha herido injustamente, a la vez que se fomentan las cualidades de compasión, la generosidad e incluso el amor hacia él o ella>> .
Cuando consideramos que alguien nos ha producido algún tipo de daño, nuestra respuesta automática es de no-perdón. Si dividimos esta respuesta en dimensiones encontramos elementos del perdón a tres niveles: afectivos, cognitivos y conductuales. La persona dañada experimenta sentimientos de traición, ira, dolor, tristeza, confusión. Se llevan a cabo pensamientos de venganza, nos preguntamos porqué. Y por último se realizan conductas de distanciamiento, evitación, expresión de rabia o llanto y en algunos casos se pone fin radicalmente a esa relación.
Lo que resulta evidente es que cuando nos hieren nos cuesta mucho frenar ese sufrimiento. ¿Cómo podemos mitigar ese malestar? Volviendo al principio, nuestro orgullo y nuestro significado de perdonar nos lleva a esperar que la otra persona haga algo para restablecer o compensar esa ofensa. Ahora bien, es muchas ocasiones no hemos sido capaces de perdonar incluso cuando hemos recibido disculpas por parte del ofensor. Esto podría deberse a la atribución realizada de la acción de perdonar: si partimos de un concepto erróneo, actuaremos erróneamente y esto puede aliviar cierto malestar pero no encontraremos ese sentimiento de plenitud.
El perdón es un proceso que se realiza completamente en el individuo dañado, con independencia de la posición del agresor, del pasado, del presente y del futuro.
El mismo autor de la definición previa hace para mi gusto una mejor y más reducida descripción del concepto diciendo que es <<un regalo incondicional que se da a quién ha producido el daño>>.
No es sano perdonar con intenciones de que así la conducta de la otra persona cambie. Solo cuando no buscamos nada en el otro hemos conseguido el objetivo. Esto nos lleva a distinguir dos tipos de perdón: el unilateral o intrapersonal y el perdón interpersonal o bilateral.
El primero sería al que se viene haciendo referencia y el segundo se entendería como un perdón negociado con la función de reparar relaciones o daños. A través del diálogo, el ofendido espera que el culpable realice una serie de pasos: admitir, reconocer su responsabilidad sin excusas y arrepentimiento. Si estas acciones se dan por parte del agresor, muchas personas estarían dispuestas a perdonar. Si consideramos que estos prerrequisitos son incompletos, el sentimiento de injusticia no desaparecerá. En ausencia de alguna de ellas la relación podría no restaurarse nunca.
Perdonar no es olvidar ni simular que nada sucedió. Seguramente hemos vivido situaciones en que miramos a otro lado como si nada y luego hemos observado como la calidad de la relación se ha ido deteriorando. El perdón debería experimentarse desde una posición de fuerza, no de debilidad. Si ha ocurrido una injusticia, se considerará como lo que es.
Ninguna relación es igual en cercanía ni importancia, y lo mismo ocurre con las situaciones o agresiones que generan el dolor. El tipo de perdón utilizado dependerá de ambas.
Para disminuir el malestar del no-perdón se pueden usar herramientas como la aceptación, retribución de sucesos, manejo del estrés o control de la ira A niveles más clínicos, cuando se busca estimular el perdón dentro de una psicoterapia se podrían resumir unos cuantos pasos:
Lo primero sería que la persona consiga ver la ofensa con perspectiva, ni negarla ni minimizar o magnificar su importancia. Debe objetivarlo y disminuir los sentimientos de victimización innecesarios.
En segundo lugar las personas no podemos perdonar sin intentar comprender el mundo del ofensor. Sin entendimiento no habría perdón completo.
En tercer lugar empatía. Componente fundamental del perdón.
Y por último recordar cuando nosotros hemos ofendido y el agradecimiento que hemos sentido al recibir perdón.
En general los efectos del perdón suelen ser positivos. Las investigaciones sugieren que las intervenciones que promueven el perdón reducen los efectos negativos en la salud mental. Se considera que la hostilidad y el perdón suelen tener una relación inversa y son muy conocidos los efectos adversos que conlleva la hostilidad en la salud.
La resolución de conflictos en múltiples ocasiones está igualmente ligada al perdón, como podemos imaginar, especialmente en las relaciones de pareja. Las dinámicas de perdón juegan un papel esencial en la construcción de una buena convivencia. Por otro lado y no menos importante, destacar el lado oscuro que puede tener el perdón. En ocasiones puede ocurrir que se incremente la probabilidad de recibir nuevas ofensas; un ejemplo claro que hoy en día tenemos muy presente es la reincidencia dentro de la violencia de género, donde el ciclo de perdón-agresión se suele repetir sucesivamente si no se pone fin.
En cualquier caso el papel del psicólogo juega un papel fundamental a la hora de analizar cuando puede ser un potenciador terapéutico y en que situaciones estaría desaconsejado.
De un modo u otro, la reconciliación con uno mismo siempre será un buen propósito.
Artículo escrito por Eva Álvarez Prieto.
El trastorno de aprendizaje no verbal (TANV) es un trastorno de base neurobiológica, no incluido en el DSM V, que afecta principalmente a las funciones dependientes del hemisferio derecho, en sujetos con una inteligencia general y habilidades lingüísticas óptimas.
En el TANV deben coexistir necesidades de apoyo en los siguientes ejes:
- Motor
- Visoespacial
- Social
Las principales dificultades neurocognitivas aparecen en:
- La atención y percepción táctil y visual. Este déficit puede llevar a la conclusión errónea de TDAH.
- La coordinación psicomotriz. Actividades como ponerse la chaqueta, saltar, lanzar una pelota, pedalear, recortar y escribir son todo un desafío para ellos.
- La adaptabilidad. Encuentran desahogo y seguridad en la rutina, generándoles los cambios gran ansiedad.
- La orientación espacial y temporal. Pueden extraviarse o desorientarse con facilidad en los espacios no familiares e incluso familiares, como el camino al parque.
- La flexibilidad mental. Ellos piensan y asimilan de manera concreta y así resuelven la información, en términos lógicos.
- La función ejecutiva y organización. Presentan dilemas para priorizar y constituir tanto sus pensamientos como su trabajo.
Perfil de puntos fuertes y débiles:
Desde el área motora estos niños durante los primeros años de vida son descritos como niños muy buenos y demasiado tranquilos. En cuanto a la exploración de los objetos, contrastando con una indagación usualmente manipulativa, se produce una aproximación verbal en forma de preguntas. Limitando así un periodo sensorio-motor indispensable para una óptima evolución, la adquisición de esquemas de su mundo físico, habilidades de exploración y solución de problemas.
Suelen presentar retraso en la adquisición de la marcha autónoma. Una vez alcanzada, la frecuencia de caídas y golpes es mucho más alta debido al empeoramiento en el control motor y en la percepción del espacio.
Según va creciendo continúa la torpeza motora global, presentando dificultades en las praxias globales, situación que se refleja en los parques con los columpios, la pelota, etc. Más adelante las dificultades aparecen en las praxias finas como atarse los cordones, abotonarse o incluso en las tareas escolares.
Si únicamente aparecen estas dificultades motoras podríamos encontrarnos ante un Trastorno del Desarrollo de la Coordinación o Dispraxia.
En el área viso-espacial aparecen dificultades en la percepción de las distancias aumentando el riesgo de golpes, caídas y accidentes. Demandan mayores necesidades de apoyo en actividades donde tienen que resolver puzles, rompecabezas y hacer construcciones.
Les cuenta mucho orientarse en los desplazamientos, por lo que utilizan claves verbales, ya que las claves visuales y posicionales no son una técnica efectiva para ellos. Debido a las limitaciones en la percepción espacial fallan en la organización en fichas y cuadernos y en la copia de dibujos.
Hay que tener en cuenta que en pruebas donde se evalúan aspectos básicos de la percepción visual, como la discriminación figura-fondo, pueden presentar un rendimiento normal. La dificultad aparece cuando introducimos un componente espacial. Esto es debido a que la percepción visual y la percepción espacial se pueden disociar, apareciendo en el cerebro vías neurales distintas.
Indistintamente presentan dificultades en la percepción temporal y en los niveles más elevados de la organización espacial, como puede ser en la capacidad de generar imágenes mentales y la memoria operativa viso-espacial; es decir, la capacidad de transformar las imágenes.
En cuanto al área social, en lo que respecta a la comprensión, buena parte de la información emocional se trasmite de manera no verbal, de ahí que en estos niños se produzcan interpretaciones erróneas, ingenuas, literales o fuera de lugar ante situaciones sociales; siendo mucho peor en contextos más desestructurados como una situación de patio o de ocio. A nivel expresivo es frecuente la aparición de comentarios fuera de lugar, siendo la expresión gestual y facial limitada.
Megan Livingston destaca el sesgo de atribución de hostilidad: la tendencia a interpretar el acercamiento de los demás de una manera agresiva, de una manera errónea.
Conjuntamente aparecen dificultades en las funciones ejecutivas, concretamente en la capacidad de organización que está influida por la orientación espacial y la planificación a partir de la secuenciación temporal, y necesidades de apoyo en la memoria episódica (autobiográfica) y en la memoria visual.
En el lenguaje aparecen desajustes en la pragmática y en el contenido. En lo que respecta a la comprensión presentan dificultades en captar la idea principal al igual que aparecen dificultades para ir al grano, dando detalles y más detalles.
A la hora de diagnosticarlo, el nivel cognitivo es una pista ya que es una medida cuantitativa fiable: en su perfil presentan una marcada diferencia entre el CI verbal y el CI manipulativo.
No se ha demostrado que haya anosognosia pero sí que surgen ciertas dudas al pedirles que describan sus dificultades, pareciéndose a los adultos con lesión documentada en el hemisferio derecho.
Para concluir, es importante resaltar que a la hora de trabajar con ellos, además de centrarse en las dificultades motoras y viso-perceptivas es imprescindible no olvidar la importancia de cubrir sus habilidades sociales, tanto a nivel individual como de grupo.
Comorbilidad.
En cuanto al diagnóstico diferencial, resulta difícil establecer diferencias con el TDAH ya que comparten muchas características comunes. En los primeros años son frecuentes los problemas de conducta que pueden derivar en un trastorno de TDAH. En la primaria y más claro a partir de los 12 o 14 años, son habituales los trastornos emocionales de tipo internalizante (ansiedad, depresión, somatización, fobias sociales, etc.). Es importante resaltar el riesgo de acoso en el que se encuentran estos niños, al ser tan vulnerables e ingenuos.
De la misma manera, hay que tener en cuenta la comorbilidad con otros trastornos como el TEA de alto rendimiento (antes Síndrome de Asperger).
Artículo escrito por Silvia Álvarez .
Walt Whitman
Disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante.
Nos pasamos la vida esperando el fin de semana, las navidades, el verano, volver a ver a ese amigo que vive en el extranjero. Necesitamos planificar, organizar nuestra vida, estructurarla para motivarnos en nuestro día a día y en nuestra rutina, para darle sentido a nuestro presente; estamos constantemente viviendo en lo que vendrá, anticipándonos sin ser conscientes del aquí y del ahora, haciendo intentos por controlar nuestra realidad. Necesitamos tener certeza y creemos que las cosas son blancas o negras, evitamos sentir emociones que nos desagradan e idealizamos y generamos expectativas de futuro, y lo único que estamos consiguiendo es ahogarnos en la ansiedad.
¿Y qué pasa cuando de repente no puedo planificar? Vivimos en un momento en el que nos hemos encontrado con una parálisis de expectativas, lo que nos ha permitido tomar consciencia de por qué no somos capaces de tolerar la incertidumbre.
Definimos la incertidumbre como la falta de certeza, de evidencia, de todo aquello que no podemos saber o suponer. Aquellas personas que no poseen la cualidad de tolerar la incertidumbre están en contante preocupación por lo que vendrá y son incapaces de asumir el riesgo a lo impredecible, generando creencias irracionales que van más allá de la lógica. La reacción propia del ser humano ante lo que le provoca malestar es que tienda a ser rechazado o evitado, si bien es cierto que con esto lo único que conseguimos es que persista con más fuerza y que, por lo tanto, el exceso de preocupación lleve consigo un exceso de pensamientos rumiativos acerca de todo aquello que podría pasar.
Por otro lado, la persona con intolerancia a la incertidumbre tiende a revisar constantemente que todo esté en perfectas condiciones y no tenga errores. La búsqueda de seguridad también la consiguen a través de las preguntas a las personas de su entorno, para afianzar su creencia. Dejarlo todo por escrito y repasarlo es otra de las características de estas personas, así como no dejar que nadie haga sus tareas, encargarse de todo para tener máximo control y a colación del control, estar todo el tiempo ocupados y por tanto distraídos para no dejar espacio al pensamiento. La búsqueda de estas certezas a través de cualquier tipo de ritual desencadena el exceso de preocupación y en ningún caso reduce la intolerancia a la incertidumbre.
Aunque exponerse sería la solución, para las personas que tienen tanto miedo a lo desconocido esto no es tarea fácil y debe ser gradual. Para trabajar la intolerancia a la incertidumbre el primer paso sería trabajar nuestra la flexibilidad cognitiva, definida como la capacidad que tiene nuestro cerebro para adaptarse a los cambios, tanto a través del pensamiento como de la conducta. Esta es un elemento muy valioso para nuestro desarrollo personal, ya que nos permite cambiar nuestra perspectiva, aprender de nuestros errores y adquirir estrategias para la acción al cambio.
Son numerosos los autores que a lo largo de la historia han encontrado una relación directa entre nuestra manera de interpretar la realidad y los efectos que esto tiene en nuestro malestar y por tanto en nuestra manera de comportarnos. En la psicoterapia cognitiva actual se utiliza el diálogo socrático para cambiar aquellos pensamientos disfuncionales que emanan de la interpretación que hacemos de la realidad. El dialogo socrático nace en la antigua Grecia (en el siglo V a. de C.) a manos de Sócrates y llega a nuestros días por medio del filósofo Platón.
Una de las herramientas utilizadas actualmente para desarrollar la flexibilidad cognitiva sería el acompañamiento a través de preguntas inductivas que permitan esclarecer las creencias que tenemos sobre los problemas que nos acontecen y nos perturban en nuestro día a día.
El diálogo socrático se formula a través de preguntas empíricas y podemos resumirlo de la siguiente manera (Partarrieu, 2011):
- Evidencia para mantener los pensamientos disfuncionales. ¿Qué pruebas tengo para creer que…? ¿Hay alguna prueba de lo contrario?...
- Alternativas interpretativas a los pensamientos disfuncionales. ¿Podría haber otra interpretación distinta para ese suceso? ¿Podría haber otra forma de ver esa situación?...
- Reconocer el efecto emocional de mantener el pensamiento disfuncional. ¿A qué te lleva pensar eso? ¿Qué función tiene dicho pensamiento?...
- Explorar la trascendencia de las predicciones negativas. ¿Qué probabilidad hay de que ocurra eso? suponiendo que fuese cierto ¿Cuáles serían sus efectos? ¿En qué medida podría hacer yo algo al respecto?...
- Conceptualizar pensamientos en su formulación. ¿Qué quiere decir con…? ¿Podría explicarlo de otra forma?...
Si bien es cierto que todos en algún momento de nuestra vida nos enredamos en pensamientos que nos generan malestar y nos dificultan salir del bucle, también es importante destacar que las numerosas investigaciones a lo largo de la historia y su posterior evidencia empírica nos demuestran que se pueden aprender herramientas y recursos de afrontamiento, para poder reeducar nuestro pensamiento con la práctica.
Cabe destacar la importancia que tiene, como venimos hablando a lo largo de este artículo, la constante preocupación por nuestro acontecer y no debemos olvidarnos del riesgo que puede acarrear la no detección de esta conducta de sobrepreocuparnos. Recientes investigaciones muestran la evidencia de que más del 38% de las personas se preocupan una vez al día, por lo que la preocupación es un proceso cognitivo bastante común en la población general (Davey, Tallis y Capuzzo, 1996).
La preocupación se vuelve problemática en el momento en el que las personas desarrollan creencias rígidas sobre las ventajas de preocuparse y seleccionan las preocupaciones como una manera de solucionar problemas, aunque conlleven consecuencias negativas como la ansiedad y la depresión.
Es debido al alto porcentaje de personas que se preocupan y a sus consecuencias perturbadoras que recientemente ha surgido un considerable interés por el abordaje clínico de la preocupación y los aspectos que se relacionan con la misma en el trastorno de ansiedad generalizada (TAG) (Gonzalez Rodriguez, Cubas León, Teresa Rovella, & Darias Herrera, 2006).
El ser humano está expuesto a la incertidumbre desde el nacimiento hasta su muerte. Intentar tener el control de nuestra vida, la búsqueda constante de certezas, genera un exceso de preocupación que nos puede llevar a padecer un trastorno de ansiedad. Si bien es cierto que existen numerosas herramientas que nos ayudan a enfrentarnos a lo desconocido cabe destacar la importancia de conocernos, de indagar en nuestro pensamiento para poder reeducarle, potenciando así los recursos que todos llevamos dentro. Bienvenido al maravilloso mundo de lo desconocido.
Albert Ellis
La persona emocionalmente madura debe aceptar por completo el hecho de que vivimos en un mundo de probabilidades y de azar, donde no hay, ni probablemente jamás habrá, certezas absolutas, y debe darse cuenta de que no es para nada horrible
Bibliografía
Gonzalez Rodriguez, M., Cubas León, R., Teresa Rovella, A., & Darias Herrera, M. (julio-diciembre de 2006). Adaptación española de la Escala de Intolerancia a la Incertidumbre: procesos cognitivos, ansiedad y depresión. Psicología y Salud, 16, 219-233.
Partarrieu, A. (2011). Diálogo Socrático en Psicoterapia Cognitiva. III Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología.
Artículo escrito por Isabel López.
La destreza digital y el conocimiento de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, o TIC, se han convertido en competencias básicas para el día a día. Muchas de las acciones que antes realizábamos de manera manual, ya fuese mirar un mapa o una receta de cocina, ahora las hacemos por medio de las tecnologías. Las usamos con fines laborales, académicos, culturales, informativos… Pero un área en el que han tenido especial impacto es en la social, gracias a las tan conocidas redes sociales. A partir de estas redes nos conectamos con otras personas con las que la comunicación es instantánea, global y sin necesidad de horarios. Pero estas características que pueden ser tan beneficiosas en muchos casos, también entrañan la posibilidad de que se haga un mal —y muy dañino— uso de ellas.
El ciberbullying o acoso en las redes
Así es como entre los menores en el ámbito escolar se ha desarrollado el fenómeno que se conoce como ciberbullying. El ciberbullying se ha definido por el psicólogo Smith y sus colaboradores (2008) como “una agresión intencional, llevada a cabo por una persona o grupo utilizando formas electrónicas de contacto repetidamente contra una víctima que no puede defenderse fácilmente”. Esta forma de acoso parte del fenómeno del bullying del que el psicólogo noruego Olweus (1986) indicaba que “un estudiante es acosado o victimizado cuando está expuesto de manera repetitiva a acciones negativas por parte de uno o más estudiantes”, a lo que se suma que debe haber intención de hacer daño por parte del agresor y un desequilibrio de poder entre el agresor y la víctima.
Debido a la naturaleza digital de los medios por los que se lleva a cabo, el ciberbullying tiene unas características particulares que hacen que sea más dañino aún que el bullying presencial. Las más importantes son la posibilidad de mantener la identidad del agresor en el anonimato, que los contenidos compartidos puedan difundirse masivamente y de manera inmediata, y que puedan perdurar indefinidamente en el espacio virtual. Además, como no hay un escenario físico, ni un momento concreto, la víctima siempre está expuesta.
Los tipos de conductas violentas que nos encontramos en el ciberbullying son:
- Flaming. Es el intercambio de mensajes breves insultantes en línea.
- Hostigamiento. Dirigirse repetidamente a una persona con el fin de molestarla de maneras diversas, como puede ser enviándole mensajes, imágenes o vídeos humillantes.
- Denigración. Difusión de información falsa e hiriente sobre una persona a partir de los medios informáticos.
- Difamación. Obtener y difundir información íntima y personal de la víctima con el fin de propagar rumores.
- Suplantación de identidad. Tomar la identidad de otra persona en las redes y realizar acciones que creen una mala imagen de ésta.
- Exclusión social. No permitir la entrada a grupos cibernéticos a otra persona.
- Cyberstalking o acoso cibernético. Perseguir a la víctima en la red, atacándola repetidamente con mensajes insultantes e incluso con amenazas con las que la persona puede ver comprometida su seguridad.
- Happy slapping. Grabación de agresiones físicas y posterior difusión en la red.
¿Cuáles son las causas?
Es importante que nos preguntemos cuáles son los motivos por los que los menores realizan esta clase de actos: se ha visto que la causa principal es la búsqueda de aceptación social. Es decir, utilizan estas prácticas para ganar el apoyo de sus compañeros, pero no solo eso, sino también colocarse en una posición de superioridad, usando el miedo. Además, lo hacen también por otros motivos, como entender inadecuadamente el comportamiento de la víctima como provocador. Esto hace pensar al agresor que la persona se lo merece, justificando así su acción violenta.
También se hace sencillamente por aburrimiento, por considerarlo un entretenimiento. Y luego hay personas que lo llevan a cabo porque realmente disfrutan haciendo sufrir a sus víctimas. También los hay que utilizan estos medios para descargar emociones de ira, celos o culpa por no saber gestionarlos de una manera adecuada. Y por último, hay un notable componente de discriminación e intolerancia en el ciberbullying, ya que es habitual que se elija como víctima a una persona que se considera diferente al grupo.
Pero lo más reseñable del ciberbullying no son solo las conductas en sí o el papel que juegan el agresor o la víctima. Lo más importante es el papel de los observadores. Ya explicábamos que la causa principal es conseguir aceptación social. Por eso, el impacto que tienen estas prácticas en los ciberobservadores y su reacción es fundamental para que se mantenga o no la conducta. En general los observadores no aprueban esas conductas violentas, sino que las toleran por miedo a convertirse ellos mismos en víctimas.
En conclusión
El ciberbullying es un problema de actualidad sobre el que debemos tomar conciencia para poder detectarlo y ponerle fin. Aunque el ciberbullying haga referencia a la violencia cibernética entre menores que traspasa las barreras del colegio, como adultos es nuestra responsabilidad, si somos testigos de casos, tomar medidas, no siendo meros espectadores de ello.
Bibliografía
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Artículo escrito por Reyes Maricalva.

