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La maternidad, los bebes y todo lo que rodea al mágico hecho de dar vida se encuentra asociado con emociones positivas: plenitud, felicidad e incluso euforia. No obstante, el largo camino de la maternidad, que se inicia con el planteamiento inicial de ser padres y no finaliza una vez que los hijos se independizan, presenta un amplio espectro emocional del que no siempre se habla, que es totalmente normal y al que habría que dar mayor importancia puesto que de ello depende que cada vez que una pareja se convierte en padres y por ende en una familia, se producen cambios irreversibles tanto a nivel individual como a nivel sistémico. Es decir, ya nunca volveremos a ser los mismos, porque un nuevo miembro llega a nuestra vida y generamos nuevos roles, produciéndose una crisis.

Durante el embarazo ocurren cambios tanto a nivel físico como psicológico, y que van cambiando conforme avanza la gestación, sin obviar el componente hormonal, que tiene un gran impacto en nuestra conducta; por ejemplo, los elevados niveles de estrógeno y progesterona afectan a la parte emocional del cerebro, por lo tanto y siendo conscientes de las diferencias individuales, es normal sentir emociones que van desde el miedo, soledad, ambivalencia, tristeza, alegría, vulnerabilidad hasta la plenitud, cansancio, impaciencia o fortaleza.

Además, la aceptación de la nueva situación y los cambios que esto genera en distintos aspectos de nuestra vida: trabajo, pareja, tiempo libre, rutinas… así como las preocupaciones derivadas de los cambios corporales, la competencia como madres, la adaptación al bebé y el temido parto, hacen de este periodo un momento de gran complejidad psicológica que no finaliza cuando damos a luz si no que continua con el posparto o puerperio.

Este periodo se caracteriza por ser otro proceso de adaptación psicoemocional, en el que la mujer que acaba de dar a luz tiene que acostumbrarse a una nueva etapa, en la que ya no está embarazada pero tampoco es la misma que antes de estarlo, lo cual genera nuevamente vulnerabilidad y estrés al tener que redescubrirse a sí misma, aceptarse, transformarse y encontrarse emocionalmente con un ser humano que depende 24h al día de ella, toda una aventura a la que no damos la importancia que merece.

Es por ello que debemos prestar especial atención para que esta transición se acompañe de los apoyos adecuados, entendiendo que todas esas emociones son normales y que forman parte del proceso.

Si eres pareja, tu apoyo y comprensión es fundamental para lograr el equilibrio. Infórmate, acompaña, se parte del proceso e involúcrate en todo lo relacionado con la llegada del bebé. Una vez que estéis en casa tu papel lejos de ser secundario es protagonista de la historia.

Si eres amigo o familiar, respeta este momento, los tiempos de cada uno y presta atención a las señales… hay quien solicita ayuda y quien prefiere vivir esta etapa en la más estricta intimidad; no obstante, trata de ser siempre ayuda y no una carga, en la mayoría de las ocasiones con cubrir tareas domésticas, cuidar unas horas al bebé o permitir el descanso de los padres ya estas contribuyendo.

Y por último… si eres tú o si sois vosotros los que estáis experimentando esta transformación: sed pacientes, confiad el uno en el otro, trabajar en equipo, expresad vuestras emociones, compartid con aquellos que estén en la misma etapa y con quien podáis vivir la experiencia. Por último, aceptad toda la ayuda que os ofrezcan amigos y familiares.

Ser padres es un camino que, lejos de ser fácil de transitar, construye como personas y aporta momentos únicos. Disfrutadlo con sus luces y sus sombras.

Artículo escrito por Judith Robledo.

El trabajo es donde ocupamos la mayor parte de nuestro tiempo y energía. En muchos casos se le dedica más de ocho horas al día, sin ningún problema. Pues como dijo Marx “El trabajo dignifica al hombre”.  Esto quiere decir que gracias al trabajo nos podemos sentir útiles, necesarios y autosuficientes. ¿Pero qué pasa si esto que debería ser tan idílico no lo es? ¿Y si en vez de sentirnos útiles y necesarios vemos que no se cuenta con nosotros, lo que nos hace sentir irrelevantes? Pues tenemos un gran problema. Y mayor es el conflicto si además sientes que tu malestar viene causado por circunstancias externas que no puedes cambiar, como que tu jefe no cuente contigo o que te manden hacer siempre un trabajo rutinario.

Pues bien, a pesar de que pensemos que no podemos cambiar las situaciones que nos perjudican en el trabajo, si que podemos modificar un elemento importante en todo: nuestro propio enfoque. En vez de esperar el cambio de arriba abajo desde aquí os proponemos empezar el cambio de abajo arriba.

Según Seligman, el creador de Psicología Positiva, el bienestar está formado por cinco elementos: Emociones positivas, Compromiso, Relaciones positivas, Significado y Logro. Este autor lo que propone para aumentar la felicidad es ir desarrollando estos aspectos. Y desde aquí os proponemos diferentes formas para ir aumentando nuestra felicidad.

Emociones positivas

De manera cotidiana realizamos multitud de actividades que conllevan emociones positivas, pero con el ajetreo del día a día no nos damos cuenta. Así que el primer ejercicio que se propone es al finalizar el día dar gracias por al menos cinco cosas buenas que te hayan pasado en el trabajo.

Para mejorar las emociones positivas también tenemos que aumentar nuestro optimismo, para ello podemos utilizar El Modelo ACCRR (adversidad, creencia, consecuencias, rebatimiento y revitalización) cada vez que tengamos un problema. Por ejemplo, el análisis se haría de la siguiente forma ante el problema mi jefe me dice que me quede una hora más.

Compromiso

Puede ser que nuestro trabajo sea uno de esos muy rutinarios, o que las tareas que nos mandan estén por debajo de nuestra capacidad. Todo esto hace que nuestro compromiso con la tarea decaiga y que la hagamos de mala de gana. Esta actitud que tomamos sobre la acción, que cada vez nos resulta más aburrida, acaba por ser insoportable. Pues bien, cuando tengas que pasar por esas horas interminables ponte retos y tómatelo como un juego donde tienes que conseguir a la meta en el menor tiempo posible. De esta forma podremos poner toda la atención en la tarea que estemos realizando y así entrar más fácilmente en Estado de Flow.

Relaciones positivas

"Al trabajo se viene a trabajar y no a hacer amigos”: esta frase la he oído en diferentes espacios y me ha chocado mucho. Pues a pesar de que el trabajo tenga un fin muy concreto —producir— los trabajadores somos seres sociales y como seres sociales tenemos que relacionarnos. Ya sea porque no tengas la necesidad de relacionarte o porque piensas que no tienes tiempo que perder en tu trabajo, no pongas excusas y sal al encuentro de los otros.  Para ello dedica al menos cinco minutos del día para tomarte un café con algún compañero evitando hablar del trabajo. También puedes realizar un acto desinteresado, que le reporte algún beneficio a algún compañero tuyo, sin esperar nada a cambio.

Significado

Como dice Nietzsche "quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo” Pues en el trabajo igual: busca actividades que te llenen el alma a poder ser. Pero si esto no fuera posible, busca como llenar tu alma de otra forma. Uno de los métodos que podemos aplicar para aumentar el significado de este trabajo rutinario y sin sentido es buscando y desarrollando nuevas maneras de usar tus fortalezas aplicándolas a las diferentes tareas que tienes que llevar a cabo en el ámbito laboral.

Para terminar reconoce todos los logros que has ido consiguiendo en tu trabajo. No te dejes ninguno por insignificante que te pueda parecer. Date cuenta de todos tus progresos y habilidades adquiridas. A partir de aquí crea una estrategia o plan de acción para conseguir tus metas laborales. Haz tus Metas Smart: específicas, medibles, alcanzables, realistas y a lograr en un tiempo determinado.

Artículo escrito por Miriam Maestro

En un momento donde se están dando grandes cambios en el mundo y la sociedad se está diversificando es importante, si queremos ir en consonancia, que nos paremos a observar hasta que punto somos tolerantes.

¿Por qué nos cuesta aceptar a personas diferentes a nosotros?

Es aquí donde entran en juego los prejuicios y los estereotipos.

Hay diversas opiniones sobre si los prejuicios son únicamente negativos o puede haber también positivos, pero de forma general cuando se habla de prejuicio se hace como algo perjudicial. Baron y Byrne (2005) lo definen como “una actitud usualmente negativa hacia los miembros de algún grupo, basada exclusivamente en la pertenencia a dicho grupo”.

La información relacionada con dicho grupo es procesada de forma distinta a la información de otros grupos, recibe mayor atención y es mejor recordada; el resultado es que esta idea se hace más fuerte con el tiempo.

A parte del procesamiento de información, lo peligroso es que sentimientos, creencias y comportamientos están influidos por ello. Grandes conflictos de la historia tienen prejuicios de base.

¿Y dónde están los estereotipos?

Los estereotipos son componentes clave del prejuicio: son aquellas creencias sobre la presencia de ciertos rasgos o características comunes que comparten los miembros de un grupo específico.

Tienen también un modo peculiar de funcionar, y es que hacen que prestemos más atención a aquella información que los mantiene; sin embargo, cuando la información es inconsistente tendemos a rechazarla o a modificarla para que cuadre con estos, en vez de plantearnos si nuestra visión de ese grupo está equivocada.

Prejuicio y estereotipo hacen un pack del cual es difícil librarnos ya que, en el caso de los prejuicios, nos permiten reforzar la autoimagen, afirmar la autoconfianza y sentirnos superiores y en el de los estereotipos, nos ahorran trabajo a nivel cognitivo, ya que, una vez formada la idea, no nos detenemos en el procesamiento de esa información porque confiamos en esas ideas preconcebidas y creemos saber cómo son los miembros del grupo. Además tendemos a ver muy parecidos entre sí a los miembros del grupo contrario, sin tener en cuenta la individualidad de cada integrante y sin embargo a los miembros del propio más diferenciados.

Pero ¿de dónde vienen los prejuicios?

Hay diferentes puntos de vista desde donde observar cómo se originan. en Baron y Byrne (2005) se señalan tres:

1º Teoría del conflicto realista: “el prejuicio deriva de la competencia directa entre varios grupos sociales por recursos escasos y valiosos”.

2º La perspectiva del Aprendizaje Social: sugiere que el prejuicio es aprendido de niños por lo que ven en sus grupos de referencia y por la experiencia temprana que tengan con los otros grupos.

3º Categorización social: por la cual tendemos a dividir el mundo separando nosotros de ellos, viendo de forma positiva a nuestro grupo y de forma más negativa a los demás.

Conociendo el origen deberíamos poder manejarlos mejor, pero aquí entra la conciencia que tengamos sobre su presencia en nosotros, ya que algunas actitudes derivadas de prejuicios y estereotipos pueden ser implícitas —con lo que no seríamos  conscientes de ellas— afectando a nuestra motivación por cambiarlos.

Actualmente formas de prejuicio como pueden ser el racismo, el sexismo o el clasismo, entre otras, se han vuelto más sutiles porque están mal vistas socialmente; sin embargo, siguen existiendo y mostrándose en situaciones íntimas, con familiares o amigos que puedan compartir las mismas ideas o por las que simplemente no vayan a ser señalados o sancionados.

¿Por qué debería modificar estos pensamientos?

Si somos empáticos e intentamos ponernos en el lugar del otro seguro que seremos capaces de llegar a la conclusión de que no nos gustaría estar del lado del prejuicio. Nuestros prejuicios pueden llegar muy fácilmente a convertirse en discriminación, lo que trae muchas consecuencias negativas para la otra persona como puede ser la inseguridad, el miedo, la baja autoestima, sentimientos de impotencia, frustración y desesperanza, infelicidad, problemas físicos debido al estrés, depresión y ansiedad, entre otros problemas psicológicos.

Las personas además nos comportamos como los otros esperan que nos comportemos: si lo que se espera de nosotros es negativo, limitará nuestro potencial, nuestro rendimiento y que podamos seguir libremente la trayectoria que queramos en la vida.

Por el lado de la persona que tiene prejuicios también hay consecuencias: veremos amenazas y peligros donde no los hay y viviremos con miedo, ansiedad y odio. La preocupación constante por el grupo prejuiciado disminuye notablemente la posibilidad de disfrutar de actividades y de la vida. Nos aleja también de conocer a otras personas de las que podríamos descubrir cosas nuevas.[

Y ahora ¿por dónde empiezo?

Todo aquello que se aprende se puede desaprender, por lo que teniendo esto en mente podemos trabajar en ello.

La educación es el principio del cambio por lo que es necesario que los padres y educadores no enseñen a los niños sus propios prejuicios. Comenzaremos preguntándonos y evaluando aquellos que tenemos, poniendo atención para así cambiar aquellas palabras o conductas asociadas a ese prejuicio. Tras esto es importante enseñar a los niños tolerancia, de forma que respeten las diferencias de los que no son como ellos, porque son éstas las que nos hacen únicos, así como la empatía, haciendo ver las consecuencias negativas que tiene no tenerla.

El contacto con otros grupos reduce también los prejuicios. El acercarnos hará que tengamos información real, que podamos percibir semejanzas con nosotros y que veamos a los individuos de forma más heterogénea, alterando los estereotipos al haber suficiente información inconsistente. Y no es específicamente necesario ese contacto directo, sino que está demostrado que con el simple hecho de conocer que miembros del grupo al que pertenecemos mantienen relaciones amistosas con el otro grupo, se reduce el prejuicio hacia este.

No haciendo tantas limitaciones entre nosotros y ellos, teniendo en cuenta que todos pertenecemos a una colectividad más amplia y que personas que en principio no son de tu grupo pueden pasar a ser vistas como tal, si lo miramos de forma más global.

Cuestionando nuestros estereotipos, de forma que aprendamos a ver personas individuales, con características propias, aparte de las que pueda compartir con uno u otro grupo y no como miembros de un conjunto homogéneo.

En definitiva y si en algún momento tenemos dudas, parémonos a pensar: “¿cómo me gustaría que me tratasen a mí?”

BIBLIOGRAFÍA

Baron, R.A., y Byrne, D. (2005). Psicología Social. Madrid: PEARSON EDUCACIÓN, S.A.

Artículo escrito por María Fernández.

Somos seres sociales, necesitamos a los demás para convivir. Ya lo dijo Aristóteles, por lo que no es raro que hayamos desarrollado determinadas conductas de ayuda para mejorar la cooperación en sociedad.

Para empezar ¿qué es el altruismo? Desde la psicología social, el altruismo se define como la conducta prosocial voluntaria e intencionada caracterizada por la búsqueda de bienestar en los demás, sin esperar que ello nos genere ningún beneficio, aunque incluso esta acción pueda llegar a ponernos en peligro o generarnos prejuicios. Dicho brevemente y desde un enfoque evolucionista, es la conducta enfocada a ayudar a los demás a expensas de nuestras propias posibilidades de supervivencia.

Dicho así suena bonito, pero en cierta forma desadaptativo, ¿cómo voy a ponerme en peligro de muerte para garantizar la supervivencia de otro? Darwin diría que si mantenemos lazos de parentesco con ese otro la conducta altruista es adaptativa de cierta manera, ya que estaríamos preservando nuestros genes a través de ese parentesco. De esto se habla en la Teoría de selección de parentesco de Hamilton, que defendía la idea de que el altruismo es generado para perpetuar nuestros genes. Casi como cuando criamos a nuestros hijos al nacer, tan indefensos y vulnerables. Pero, sin embargo, ¿por qué ayudamos a otros aun cuando no hay lazos de parentesco? Y más raro aún, ¿Por qué otras especies también lo hacen?

Existen casos datados en los que especies depredadoras como una leona, han adoptado a lo que podría ser su presa: un bebé de gacela. Es habitual ver como algunas especies adoptan crías de otras especies, esto es debido a la tendencia a responder con conductas parentales ante signos infantiles, pero no dejan de ser conductas altruistas, al fin y al cabo.

Hay veces en las que el altruismo afectará de forma mínima a las opciones de supervivencia, pero hay otras en las que puede suponer un peligro. Generalmente el altruismo suele suponer más beneficio a quien lo recibe que a quien lo realiza.

Todo con ejemplos se entiende mejor:

Hay un incendio y decidimos salvar a un niño, con el que no tenemos ningún vínculo y que está dentro de un edificio llorando muy asustado, aunque eso suponga poner en peligro nuestra propia vida. Esto sería un ejemplo extremo de una acción altruista, pero como hemos dicho anteriormente, también existen pequeños gestos que no atentan contra nuestra supervivencia de forma tan directa y que hacemos en beneficio ajeno. Por ejemplo, cuando cedemos el asiento a una persona mayor o con alguna discapacidad en un transporte público, aunque eso suponga ir una hora en pie después de haber salido de trabajar. Como vemos, la conducta altruista está presente en nuestro día a día, pero… ¿qué hay detrás de esta conducta y porque la ponemos en práctica?

Existen dos visiones completamente diferentes:

La primera de ellas son las teorías pseudo-altruistas, las cuales exponen que, en realidad, los actos altruistas no existen ya que ocultan un beneficio propio aunque sea a nivel inconsciente o en forma de refuerzo interno. Estaríamos hablando entonces de egoísmo.

En línea con los ejemplos anteriores, en el caso en el que cedemos el asiento a otra persona en un transporte público, esta teoría defendería la idea de que lo hacemos por un seguimiento de nuestro propio código moral, por dar una correcta imagen social y demostrar nuestro civismo o por sentir que hacemos algo bueno por los demás. Además, el hecho de no ayudar en determinados momentos puede suponernos un castigo, en forma de desaprobación o remordimiento. Este tipo de motivos son de algún modo recompensas internas que nos sirven como motor para realizar la conducta altruista que aparentemente parece en beneficio del otro, pero en realidad no es solo en su beneficio. En estos casos, hablaríamos de un beneficio compartido, ya que yo obtengo la recompensa interna de estar haciendo lo correcto y la otra persona obtiene su asiento.

Las teorías del altruismo reciproco encajarían dentro de esta visión, ya que son aquellas que defienden la idea de que la conducta altruista está motivada por la expectativa de recibir de vuelta el favor, garantizando la supervivencia o bienestar a la larga si hay escasez de recursos, generando en el otro el sentimiento de estar en deuda que fomenta la socialización entre dos personas sin parentesco.

La otra visión correspondería a las teorías puramente altruistas, donde se defiende la idea de que es una conducta motivada por la empatía o la búsqueda de justicia con el fin de reducir el malestar ajeno. Por ejemplo, si yo veo que una persona está sufriendo por que se ha caído, iré a ayudarla por un efecto de contagio emocional, con ayuda de las neuronas espejo, que favorecen la empatía. Este tipo de teorías reciben el nombre de Teoría de la reducción de la tensión: de alguna manera, la reducción de este malestar que nos genera una persona sufriendo no deja de ser en cierta forma un tipo de alivio personal, ya que, tranquilizándola a ella, conseguimos calmarnos nosotros.

Además de la empatía, la compasión también estaría presente. Mientras la primera sería el mecanismo de sentir y compartir lo mismo que el otro, la compasión sería el deseo de ayudar a los demás, una vez comprendidos los sentimientos ajenos. Por decirlo de alguna manera, una conducta compasiva es satisfactoria en sí misma, ya que estamos cumpliendo un deseo. Es decir, el ayudar nos refuerza, nos hace sentirnos bien intrínsecamente, lo cual favorece el bienestar personal y la tan ansiada felicidad.

¿Ayudamos a los demás para ayudarnos a nosotros mismos?

Galton, Darwin y Richard Dawkins, el autor del popular libro El gen egoísta, defendían la idea de que el egoísmo es adaptativo ya que garantiza la supervivencia aumentando las posibilidades de esparcir nuestro genoma, siendo posible la conducta altruista cuando actuamos por motivos morales y controlando de manera rigurosa nuestros instintos básicos. Pero hay muchas especies que viven y necesitan vivir en sociedad, y que realizan conductas puramente altruistas que al propio Darwin le costaba encajar en su teoría evolutiva.

Por ejemplo, un estudio realizado en Alemania por la Universidad de Ratisbona (Guilerá, 2019) muestra como las hormigas de la especie Temnothorax unifasciatus abandonan la colonia antes de morir para evitar contagiar al colectivo.

En otro estudio de la Universidad de Chicago (2011) analizaron como los roedores se ayudan entre ellos en situaciones de peligro, liberándose los unos a los otros cuando están atrapados o en aislamiento debido a una respuesta de contagio emocional producida por el sufrimiento de uno de ellos, demostrando como se manifiesta la empatía en mamíferos.

Se ha demostrado también que niños de dieciocho meses han ayudado al psicólogo infantil cuando se le ha caído un objeto; incluso niños bien alimentados de entre tres y siete años comparten el desayuno con algún compañero que no tiene (Guilerá, 2019).

De hecho, existen personas más altruistas que otras debido a sus bases genéticas. Se han descubierto genes específicos como la variación en el gen AVPR1a, que sugieren que existe un gen altruista, además de una leve variación del gen COMT, encontrado en la mayoría de las personas generosas.

En el caso de los humanos, al crecer, desarrollamos un mecanismo regulador para impedir que se produzcan abusos en las conductas altruistas, donde ya se genera un análisis de costes y beneficios. Es el principio de reciprocidad en los humanos, descubierto por Felix Warneken y Michael Tomasello en 2013. Este principio nos sitúa en una contabilidad de favores e intercambio de recursos, que con los años se va agudizando, volviéndonos más egoístas cuando hay falta de reciprocidad.

Por decirlo de algún modo, nacemos altruistas, pero en algún momento de nuestro desarrollo nos volvemos más egoístas. ¿Pero tiene este egoísmo una connotación tan negativa como se percibe? Si lo entendemos como un calculo de costes-beneficios para regular la conducta altruista, entonces no, ya que este “mirar por nosotros mismos” supone un acto adaptativo.

La cultura es otro de los moldeadores principales que hacen que la conducta altruista se potencie o se inhiba, dependiendo del contexto y con determinados grupos de personas. Así pues, en el caso de la religión, al compartir un ideal de “ayudar al prójimo” se entiende que la conducta altruista está presente, aunque muchas veces esta enmascarada en una relación de costes-beneficios con nuestro código moral. Es decir, si no ayudo al prójimo, Dios me castigara o seré un mal cristiano. Esto supone un daño a la autoimagen y hace que actuemos por “obligación religiosa”. Actuaremos de forma altruista dependiendo de si la otra persona comparte nuestro código moral, ya que religiones diferentes entre sí no tenderían a ayudarse mutuamente, sino a combatirse.

Otro ejemplo de cómo una cultura fomenta o inhibe el altruismo es el ejemplo de la Navidad. En esta época del año los actos de caridad y solidaridad están muy presentes, ya sea con ciertos colectivos o con nuestra familia. En esta época tenemos la costumbre sociocultural de ayudar a los más desfavorecidos, de hacer regalos a amigos, compañeros y familiares y de visitar y dedicar tiempo a aquellas personas importantes para nosotros. Diríamos que estamos casi condicionados a reunirnos en familia, en compartir momentos juntos e intercambiar ofrendas. No faltan los jefes de empresa que destinan dinero a alguna fundación o a sus empleados como gesto de caridad. No faltan los voluntariados sociales que con su labor desinteresada posibilitan que las personas sin hogar o en hospitales tengan una Navidad más placida. Se respira un ambiente de generosidad, solidaridad y altruismo. En este caso, se podría inferir que el altruismo y la generosidad son constructos influenciados por la cultura.

Finalmente, lo que podemos concluir sobre la existencia del altruismo es que, se ejecute como se ejecute, siempre que genere un bien en los demás y en nosotros mismos, ya sea en forma de refuerzo interno por hacernos sentir mejores personas o para aliviar un malestar derivado del contagio emocional, es un acto que suma. Me atrevería incluso a decir que el altruismo, ya sea mediante el efecto de la empatía o el principio de reciprocidad, es una contradicción, ya que como se ha expuesto anteriormente, toda conducta de ayuda refleja un intento de “paliar un malestar interno”, pero no deja de ser beneficioso para la parte receptora y emisora de ayuda. A este uno más uno, se le puede llamar altruismo.

La cuestión es que da igual el beneficio que obtengas al ayudar a otra persona: lo importante es el resultado, no tanto los motivos. Existirán actos altruistas que no sumen a ambas partes, sino a una, pero eso no le quita valor a los actos altruistas en los que se benefician ambas partes. La que ayuda y la ayudada.

Si te estás preguntando si eres una persona altruista, tú mismo puedes valorarlo de la siguiente forma y también ponerlo en práctica:

Por último, si sabemos que la conducta de ayuda nos hace sentirnos bien en sí misma, que es reforzante, que, por lo tanto, aumenta nuestros niveles de bienestar y, en resumidas cuentas, nos hace ser más felices: ¿por qué ahora que conocemos una vía para alcanzar la felicidad no la ponemos en práctica? Te invito a que, a partir de ahora, pruebes los beneficios del altruismo y experimentes el bienestar que trae consigo. No olvides el contagio emocional: si haces que los demás se sientan bien, probablemente tú también te sentirás genial.

Artículo escrito por Mónica Narváez.

¿Te has puesto a pensar por qué un niño se muestra irritable, triste, con fatiga, rabietas y demás la mayoría del tiempo? ¡Nos está comunicando algo!

¿Sabías que…..?

La depresión infantil es una situación afectiva de tristeza mayor en intensidad y duración que ocurre en un niño. Esto afecta en su desarrollo emocional, social, familiar y académico. La depresión en la infancia y adolescencia es una problemática en la cual se tiene mucho estigma en cuanto a su tratamiento. Esto es debido a que la sintomatología puede ser confundida con problemas de conducta, que son relacionadas comúnmente con la disciplina; además, existe una baja percepción sobre la posibilidad de que los niños padezcan de alguna enfermedad mental, como la depresión.

Existen diferentes causas y se han identificado diversos factores de riesgos, al igual que se han ido clarificando diferencias con la depresión que sufren los adultos.

La depresión, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, es la primera causa de discapacidad a nivel mundial, afectando a más de 300 millones de personas. Por otro lado, en estudios anteriores se han presentado porcentajes importantes de depresión infantil en edades tempranas, los cuales afirman que el 25.2% de niños entre el 8 y 12 años tienen depresión.

Complementando esta información, es esencial mencionar que la ideación suicida es un síntoma importante en el paciente con depresión y que se ha encontrado que el suicidio entre los niños menores a 14 años ha estado a la alza en muchos lugares del mundo.

¿Qué causa la depresión infantil?

  1. Causas biológicas: Factores hereditarios, bioquímicos, hormonales y neuronales.
  2. Causas estacionales: Se piensa que la cantidad de luz asociada con los cambios estacionales afecta al estado de ánimo de algunos niños, lo que se conoce como trastorno afectivo estacional.
  3. Causas psicológicas: Pérdida de seres queridos, malas relaciones entre padres e hijos, problemas de autoestima, etc.
  4. Causas del entorno: La presión a los que los niños están sometidos, estrés, tensión, bullying, etc.

¿Cómo puedo identificar la depresión infantil?

Existen diversas señales de alerta tales como: estado de ánimo irritable, pérdida de interés en actividades, aislamiento social, agitación, problemas de conducta/disciplina, autoestima baja, sentimientos de que no vale nada, sentimientos de desesperación, dificultad al concentrarse, llanto frecuente, quejas físicas, subida o bajada de peso, cambios en el apetito y sueño, cansancio, conducta dirigida a lastimarse a sí mismo, hablar acerca de morirse o intentarlo.

¿Quienes son más vulnerables?

Los factores de riesgo son circunstancias o características unidas a una mayor probabilidad de daños a la salud. Por otra parte existen los factores de protección que se definen como circunstancias o características que acercan al individuo a lograr la salud integral.

De estos factores podemos encontrar individuales que son dependientes del niño, factores familiares que tienen que ver con la dinámica familiar y relaciones familiares, y factores comunitarios que se basan en el entorno en que se desarrolla el niño.

Individuales:

Los principales determinantes en los factores de riesgo individuales nacen de la dificultad de la comunicación con los padres, maestros, figuras de autoridad, amigos o compañeros ya que crean en los infantes poca confianza y baja autoestima. Los bajos niveles de valores, creencias y cultura crean problemas de pertenencia en los niños así como expectativas altas con respecto a su desempeño por parte de él o sus padres, debido a que se tiene/puede desarrollar baja tolerancia al estrés.

Familiares:

Los factores de riesgo familiares son de los más importantes ya que estos pueden afectar los factores de riesgo individuales del niño al no brindarle las herramientas necesarias para crear mecanismos de defensa. La falta de comunicación dentro de la familia y las relaciones distantes fomenta la falta de seguridad en el niño, lo que lleva a la dificultad de comunicación con los amigos, malestar, mayor consumo de tabaco y alcohol desde edades tempranas. Los conflictos físicos entre familiares o discusiones violentas crean un distanciamiento entre los infantes y su familia, pudiéndoles llevar al consumo y abuso de sustancias sobretodo si es algo común o aprobable  por parte de las figuras paternas. Los dobles mensajes en los que los padres o figuras de autoridad del infante reprendan acciones que ellos hagan resultan especialmente perjudiciales para el niño,  pudiendo generarles confusión e inseguridad.

Comunitarios:

Los principales determinantes ambientales o comunitarios de la salud mental, en este caso de la depresión infantil, están relacionados con diversos factores tales como la situación económica, figuras de autoridad, relaciones y vínculos violentos, esquemas morales, modelos, medios y grupos sociales, tradiciones, roles, etc. Por ejemplo, en diversas ocasiones la depresión infantil y juvenil se asocia con la existencia de conflictos interpersonales y rechazo de diferentes miembros de su entorno, lo que incrementa los problemas de relaciones sociales, creando fuertes vínculos violentos. De esta manera, los niños pueden crecer con pocos amigos y presentar una mayor probabilidad de desarrollar depresión, entre otros trastornos.

Por otro lado, vivir bajo estructuras familiares diferentes a los padres biológicos, con problemas de salud en los adolescentes, con una situación económica difícil o baja, una mala adaptación con la familia, amigos, escuela, etc puede reflejar depresión en los niños ya que viven bajo esquemas en donde no se practica una disciplina, además de carecer de un entorno estable:

¿Qué aspectos protegen a los niños?

Individuales:

Los factores de protección individuales  como la buena autoestima no son dependientes simplemente del infante, también resultan importantes los logros escolares y las relaciones familiares para poder tener asertividad y resiliencia hacia los obstáculos que se le presenten en su día a día. El buen apego escolar en los niños les crea estructuras de límites, les ayuda en sus relaciones y  al afrontamiento al estrés activo.

Familiares:

Comunicación familiar asertiva crea un vínculo de confianza en el infante así como una fuerte vinculación emocional entre los miembros y mayor satisfacción familiar. La relación con la madre influye a su vez en modelos internos y tiene impacto en las relaciones que forma en niño con los demás.

La cohesión familiar crea menor probabilidad de consumo de sustancias, relaciones positivas así como una actitud no permisiva de los padres hacia las drogas. La congruencia en el discurso de los padres es un factor que se refiere a ser coherentes en las palabras y las acciones que pueden percibir sus hijos para no crear dobles mensajes: un ejemplo de esto sería el prohibir el uso de sustancias ilegales y tener estas en casa.

Comunitarios:

La creación de puentes de acceso a la información en donde los niños puedan explorar sus curiosidades con respecto a su desarrollo y se sientan libres de expresarse es un factor protector que está tomando mayor fuerza en las épocas actuales. Las tradiciones son igualmente un elemento de protección debido a que fomentan la unidad así como el apoyo familiar y comunitario.

La seguridad, a su vez, es un factor de protección esencial para que el niño se desarrolle con confianza, así como el crecer en un ambiente con oportunidades para llevar a cabo actividades de su agrado.

¿Qué hago si detecto síntomas de depresión infantil? Consulta con un profesional de la salud mental que te oriente en los diversos pasos a seguir.

Valeria Sabater

Detrás de todo niño difícil, hay una emoción que no sabe expresarse

BIBLIOGRAFÍA

Beyond Blue. (2014). Eating disorders , anxiety and depression, 1–6. Recuperado a partir de beyondblue.org.au

Craig, G. J., & Baucum, D. (2001). Desarrollo psicológico. Pearson Educación

Youth.gov (s.f.) School-Based Supports. Obtenido en: http://youth.gov/youth-topics/youth-mental-health/school-based

Navarro-Pardo, Meléndez, Sales y Sancerni. (2012). Desarrollo infantil y adolescente: trastornos mentales más frecuentes en función de la edad y el género. Psicothema. 24(3) 377-383.

Aguilar-Cárceles. (2012). La influencia del contexto familiar en el desarrollo de conductas violentas durante la adolescencia: factores de riesgo y de protección. Rev. crim., 54, 27-46. De Redalyc Base de datos.

Cid-Moncton, P. & Pedraño, L. (2011). Factores familiares protectores y de riesgo relacionados al consumo de drogas en adolescentes. Revista Latino-Americana de Enfermagem, 19, 738-745. De Redalyc Base de datos.

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Del Barrio, V. (2010). La depresión infantil a la altura de nuestro tiempo. Información psicológica, 49-59. Recuperado el 6 de diciembre de 2017 de http://www.informaciopsicologica.info/OJSmottif/index.php/leonardo/article/view/100/84

Artículo escrito por Stephanie Ramos.

¿Qué significa el término neuropolítica? ¿En base a qué candidato votamos? ¿Influyen nuestras estructuras cerebrales en esta decisión? ¿Tiene que ver el aspecto físico del líder político con nuestra elección? ¿Hay diferencias neurobiológicas entre las personas de izquierdas y derechas?

Neuropolítica es una rama del conocimiento que investiga las implicaciones de la neurociencia en el ámbito de la política; dicho de otra manera, es la explicación de cómo interactúa el cerebro en el ámbito político.

Al ser esta una ciencia, trata de estudiar el correlato neuronal en la toma de decisiones de la elección de un representante, la participación en el entorno político y la inclinación o no hacia los líderes políticos.

Las investigaciones han utilizado una gran serie de técnicas como: imágenes de Resonancia Magnética, electroenfacelogramas, electromiogramas, análisis de los niveles de hormonas y cuestionarios de evaluación sobre las diferentes actitudes políticas.

Si nos preguntaran ahora mismo: ¿Qué criterios has utilizado para decidir tu voto en estas elecciones? Seguramente obtendríamos miles de respuestas diferentes, pero lo que las investigaciones nos demuestran es qué los mecanismos de elección para votar a un líder político son los mismos que los mecanismos que utilizamos en situaciones más simples como por ejemplo la de escoger una marca de zapatillas.

Los criterios en los que se basa el ser humano son todos aquellos relacionados con la toma de decisiones, la empatía, la cognición social, las emociones, así como la implicación de varios neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, y algunas hormonas tales como la testosterona y oxitocina.

Existe un estudio de resonancia magnética funcional donde se mostró un aumento de la estimulación en la ínsula y la corteza anterior ventral en los participantes que observaron la cara de su líder político al éste perder las elecciones. En cambio, en los participantes que observaron ganar a su representante político no se mostró ninguna diferencia en la activación. Esto parece decir que es muy importante la primera impresión de la cara del candidato, el impacto emocional que tiene el político en sus electores y cómo las emociones tienen un papel determinante en las votaciones, dejando en segundo plano los procesos más racionales en la conformación de la conducta política.

El procesamiento que el cerebro lleva a cabo a partir del rostro de una persona para generar una atribución de confianza o desconfianza es espontáneo y automático e implica estructuras cerebrales como la amígdala o la ínsula inferior.

La forma de las cejas y la boca puede influir en la percepción que nos hagamos del candidato: las caras con la boca en forma de U y las cejas en forma de A suelen indicar confianza; en cambio las caras con la boca en forma de U invertida y las cejas en forma de V suelen ser rostros que nos denotan desconfianza.

Las emociones y cómo estas se reflejan en el rostro parecen ser de suma importancia. Así cuando un candidato coge a un niño en brazos, aprieta la mano a un anciano o replica de forma descortés a su oponente, a los votantes les genera una inconsciente y casi imperceptible expresión facial la cual es analizada por ciertos órganos del partido. El estudio de esos algoritmos delata lo que nos preocupa, conmueve o indigna.

Estos estudios faciales son propiamente neuropolítica y abro debate: ¿deberían los votantes disponer de este tipo de informaciones y herramientas, como el reconocimiento de expresiones faciales, para hacerse conscientes de si un político nos miente o si está convencido de lo que realmente habla en sus discursos? Pero no todo son procesos racionales o emotivos. Si hablamos de psicología social, varios estudios de neurociencia corroboran que los amigos y familia votan de forma similar. Cuando un individuo tiene que tomar una elección difícil y duda entre que escoger, éste mira a su alrededor y termina eligiendo lo que eligen los demás. Esto es lo que llamamos en psicología Teoría de la influencia social. Dicha teoría está basada en los cambios de conducta o pensamiento que se producen en una persona debido a una serie de procesos mentales derivados de la comunicación con otras personas de su entorno.

Algunos de estos factores que afectan al nivel de influencia son la cohesión grupal, el tipo de normas sociales, el tamaño de los grupos o las posiciones y roles de los diversos elementos que se van a influir entre sí, las expectativas sobre la conducta propia y ajena o el valor otorgado a la propia opinión y a la de los demás.

En cuanto a la cuestión de si hay diferencias neurobiológicas entre gente de izquierda y de derechas, nos encontramos con que las personas con una ideología de izquierdas son más sensibles a la reactividad emocional, mientras que las personas con una ideología de derechas tienen una mayor capacidad de reprimir sus emociones. Las personas de izquierdas son más colectivistas y más capaces de identificarse con el grupo de fuera, en cambio las personas conservadoras son más individualistas. Esto nos puede indicar que las personas de izquierdas rigen más su voto por las emociones y la influencia social del grupo, mientras que las personas de derechas se rigen más por lo puramente racional en base a sus propios intereses. Sin embargo se necesitaría más investigación para dilucidar los correlatos neurocognitivos con las actitudes políticas.

Del ámbito de la neuropolítica nos resultaría difícil sacar una serie de conclusiones ya que es un campo que ha nacido hace poco y se sigue investigando en él. Pero seguramente nos estén llegando a nuestra mente un montón de cuestiones, como por ejemplo si sabemos que esta ciencia de lo que se encarga es de saber cómo está funcionando el sistema nervioso y cómo se explican las conductas del ser humano: ¿puede haber quien le está sacando beneficio para incitar a que un individuo tenga ciertas tendencias como está haciendo el neuromarketing con ciertas modas como la del Black Friday? Y lo más importante, ¿llegará un punto en el que votemos inconscientemente lo que otros quieran debido a los avances en neuropolítica?...

Artículo escrito por Raquel Pousada Iglesias.

Si conoces a alguien que esté deprimido por favor nunca preguntes por qué. La depresión no es una respuesta directa a una mala situación; la depresión es simplemente… como el tiempo. Trata de entender la negrura, el letargo, la desesperanza y la soledad por la que estas personas están pasando. Tienes que estar presente para ellas cuando vuelvan de ese otro lado. Es duro ser un amigo de alguien que está deprimido, pero es una de las cosas más amables y generosas que harás jamás.

Desde hace varios años se comenta el aumento preocupante de la depresión, tanto que ha llegado a considerarse la epidemia de los últimos años.

Este aparente aumento que nos rodea en conversaciones, casos de conocidos y medios refleja realmente una mayor toma de conciencia acerca de un trastorno que según distintas estimaciones podría afectar a un porcentaje de entre el 8 y el 12% de la población y que supone —junto con los trastornos de ansiedad— más del 50% de casos atendidos en consulta por psicólogos.

Pero esta visibilidad tiene ventajas e inconvenientes: si bien por un lado hace posible abordar un  trastorno no siempre visible, por otro lado nos obliga a discernir de un modo riguroso la depresión de un estado temporal de tristeza al que se alude, de manera coloquial, como “estar deprimido”.

Es clave por ello afrontar la depresión desde un diagnóstico acertado y diferencial respecto a otros trastornos, de modo que se plantee una terapia en consonancia con los síntomas y contexto de cada paciente.

Para este diagnóstico la Psicología ha establecido varias consideraciones importantes:

En primer lugar, debemos distinguir entre un estado duradero e intenso de tristeza y  un trastorno depresivo. Si bien los sistemas diagnósticos actualmente aceptados por la comunidad científica reconocen varios posibles trastornos depresivos en función de su duración, manifestaciones clínicas y etiología, todos ellos tienen en común un ánimo triste, vacío o irritable, acompañado de cambios somáticos y cognitivos que afectan sobremanera a la persona que los padece.

A diferencia de otros trastornos mentales que cursan sin una percepción del propio paciente de su enfermedad la depresión supone una agudización del malestar psicológico por parte del paciente que conlleva un intenso sufrimiento, llegando en ocasiones a provocar el suicidio.

Para diagnosticar un  trastorno depresivo mayor es necesario que la persona haya tenido episodios durante al menos dos semanas con cambios en su estado de ánimo habitual (tristeza o sentimientos de desesperanza) así como una disminución continuada y llamativa a lo largo del día del interés o el placer por actividades anteriormente placenteras.  Es frecuente asimismo la pérdida de peso sin hacer dieta, aunque en algunos casos se produce aumento de peso, insomnio (se estima que afecta a 8 de cada 10 personas depresivas) o bien hipersomnia (necesidad de dormir en exceso, con una dificultad para levantarse por las mañanas), agitación de movimientos  o enlentecimiento, pérdida de energía y cansancio no explicado por la actividad que se ha llevado a cabo a lo largo del día, etc.

Respecto a cómo afecta la depresión a las emociones y pensamientos de las personas que la padecen debemos tener en cuenta que en muchas ocasiones sienten una  culpabilidad excesiva o incluso inapropiada, junto con sentimientos de inutilidad, con el consiguiente sufrimiento derivado.

Por otro lado resulta difícil concentrarse o decidir sobre temas de cualquier índole. Es habitual también pensar en la muerte, con ideas suicidas recurrentes.

Es posible igualmente un diagnóstico de una forma más crónica de depresión (conocido como distimia) siempre y cuando los síntomas duren al menos dos años en los adultos o un año en los niños.

Como vemos, se trata de un trastorno que puede llegar a ser incapacitante para mantener la vida Big pharma now helping to run King's College Hospital? most reputable online steroid source steroids testosterone levels, best anabolic steroid cycle – rexonaclinic – situs poker online terpercaya habitual del paciente. Este hecho, sumado a que cuanto más reciente sea el inicio del trastorno más probable será la recuperación, nos lleva a recomendar un tratamiento temprano y actividades de prevención en la población en general.

En la terapia es esencial partir de la individualidad de cada persona (más allá de los posibles criterios diagnósticos que están establecidos), dado que se pueden presentar una variedad de síntomas distintos, además de tener un contexto personal, familiar, laboral o social que influya en la evolución de la depresión y que hay que tener en cuenta a la hora de plantear dicha terapia, para que ésta tenga un verdadero sentido.

En las dos últimas décadas se ha despertado un enorme interés por investigar acerca de aquellos factores de riesgo que puedan ayudar a entender posibles elementos relacionados con el origen y mantenimiento de la depresión, lo que denominamos vulnerabilidad.

Así, la vulnerabilidad sería una interacción entre factores psicológicos, biológicos y ambientales:

Existirían factores temperamentales, principalmente debidos a esquemas de pensamiento disfuncionales que la persona adquiere en su infancia, como consecuencia de experiencias negativas. De acuerdo con este funcionamiento, una vez que el individuo que presenta esta vulnerabilidad experimenta un acontecimiento similar al vivido en la infancia, se reactivarían sus esquemas disfuncionales. Por ello en terapia se deben explorar dichos esquemas de pensamiento de la persona que acude a consulta.

Existirían también factores ambientales. En este caso se trataría de identificar determinados acontecimientos vitales que se caracterizan por ser sumamente estresantes y que pueden precipitar una depresión. Por ello será necesario evaluarlos junto con el paciente, así como su interpretación de estos.

Asimismo, consideraremos también los  factores genéticos y fisiológicos ya que cuando la persona tiene antecedentes familiares próximos que han sufrido de trastorno depresivo mayor, se puede presentar un riesgo de dos a cuatro veces mayor que otros pacientes para el desarrollo de la depresión (especialmente en aquellas de inicio temprano o que son recurrentes).

En general, el  hecho de que la persona presente otros trastornos  psicopatológicos de cierta gravedad sería también un factor de riesgo. Hay que tener en cuenta que lo más habitual en la práctica clínica es que los pacientes acudan a consulta con más de un trastorno, siendo especialmente común la presencia conjunta de ansiedad y depresión. Algunos de estos trastornos serían además de la depresión, el consumo habitual de drogas o alcohol o el trastorno límite de la personalidad.

Se debe prestar atención también a la presencia de otras enfermedades médicas, entre ellas las enfermedades crónicas que suponen una merma importante de la calidad de vida del paciente.

Concluiremos con la noción de que actualmente, si bien parece haber un aumento de casos, también avanzamos hacia una mejor delimitación de qué es la depresión y qué formas puede adoptar, entendiendo a través de una evaluación rigurosa la individualidad de cada una de las personas que pueden presentarla, así como la posible presencia de otros trastornos que puedan influir en el curso de la depresión.

Por otro lado,  la psicología ha abordado el tratamiento de la depresión con la terapia cognitivo-conductual, de eficacia probada a lo largo de diversos estudios validados científicamente; si bien actualmente la psicología presenta una perspectiva integradora que incorpora a esta terapia componentes de otros modelos que son de utilidad, lo que permite adecuar técnicas concretas a distintos conjuntos de síntomas, así como a las particularidades de cada paciente, con el fin de lograr el éxito en el tratamiento.

Artículo escrito por Ángel Secades.

El mismo proceso de envejecimiento conlleva una pérdida de neuronas en nuestro cerebro; esa pérdida neuronal es la que se encarga de hacer que nuestra memoria ya no funcione tan bien como antes. Según la Dra. Stella Diamanti fenómenos como la ansiedad, la depresión o las distracciones pueden generar problemas de memoria. El cerebro envejecido funciona más lentamente que el cerebro joven, ya que las personas mayores tardan más tiempo en reaccionar a los estímulos. Por esta razón, hay que tener más paciencia y darles un mayor tiempo para que puedan hacer las cosas a su ritmo.

Las investigaciones han mostrado que este enlentecimiento puede traducirse, en algunas ocasiones, en un mayor desempeño en la actividad. Por ejemplo, en el caso de la artesanía, actividad que requiere “tiempo y dedicación”, las personas mayores han mostrado mejores rendimientos que los jóvenes.

En el envejecimiento no todo son pérdidas, los mayores tienen mayor memoria semántica. Este tipo de memoria hace referencia a los conocimientos culturales (como por ejemplo recordar cual es la capital de Alemania o el año que se descubrió américa). También se relaciona con el almacén léxico (el acceso a la búsqueda de una determinada palabra para ser utilizada en una conversación).

Muchas personas mayores, de entre 65-70 años, se quejan de que su memoria ya no es la que era... A raíz de este hecho pueden aparecer una serie de preguntas relacionadas con su capacidad mnésica como, por ejemplo:“¿estaré empezando a tener Alzheimer?”, “¿esto es normal o no?” o “mi memoria ya no funciona como antes” …  Dichas quejas pueden generar cierta preocupación e inquietud, por lo que es conveniente dejar claro cuáles de estos fallos se consideran normales y cuáles no lo son.  El objetivo de esta clasificación es normalizar para así reducir la preocupación que ciertas personas mayores tienen de cara a sus olvidos. Pero ¿Qué olvidos son normales y cuáles no?

Olvidos normales

Los olvidos normales son ocasionales, de poca importancia y con una evolución lenta. Están relacionados con la recuperación de información que ya tenemos almacenada previamente y no nos impiden realizar actividades cotidianas como cocinar, ducharnos, vestirnos o ir al supermercado.  No acordarnos de donde hemos dejado las llaves, no encontrar la palabra adecuada cuando se necesita, no recordar el día que es, olvidar algunas cosas que teníamos que comprar u olvidar comunicar a la persona indicada un recado. Ante este tipo de olvidos no debemos preocuparnos, ya que son los propios de la edad.

Estos olvidos no se acompañan de otros déficits cognitivos como problemas de atención o problemas en las funciones ejecutivas: actividades mentales complejas, necesarias para planificar, organizar, guiar, revisar, regularizar y evaluar el comportamiento necesario para adaptarse eficazmente al entorno y alcanzar metas (Bauermeister, 2008).

Olvidos que no son normales

Son propios de procesos cerebrales neurodegenerativos existiendo pruebas neurológicas que lo demuestran. Estos olvidos se dan con mayor frecuencia y son más evidentes; por ejemplo la persona no se acuerda de ir a recoger al colegio a su nieto cuando siempre lo ha hecho, tampoco recuerda el nombre de un familiar muy cercano como es su hijo o su hija o incluso su propio nombre. También pueden ocurrir desorientaciones, como perderse en lugares conocidos. Los olvidos malignos evolucionan a peor rápidamente e incluso se es incapaz de recordar acontecimientos importantes que la persona ha vivido como el día de su boda.

Impiden el normal desarrollo de las actividades cotidianas pues no se sabe seguir los pasos para vestirse, ducharse, o hacer la comida (cuando nunca ha tenido problemas para ello). Tampoco se es capaz de registrar ni aprender algo, ya que no se puede almacenar casi ningún tipo de información nueva. Estos fallos suelen acompañarse de déficits en otros procesos cognitivos como pueden ser problemas de atención o fallos en alguna función ejecutiva. En estos casos, sería conveniente acudir al hospital de referencia para realizar una exploración neurológica o neuropsicológica apropiada.

¿Qué podemos hacer para que las pérdidas de memoria no vayan a más?

La memoria puede entrenarse y tratarse. Existen muchos recursos y medidas tanto para prevenir su deterioro como para mejorar su rendimiento en la edad adulta. Por ejemplo, existen instituciones como Cruz Roja que ofrecen talleres de memoria cuyo objetivo es estimular esta capacidad para prevenir un deterioro mayor con el paso del tiempo. En muchos centros de mayores públicos y privados también se ofrece este servicio.

Según el poeta Antonio Gala: “hacerse mayor es hacerse mejor”, poniendo de manifiesto que el envejecimiento puede ser una etapa activa de la vida donde potenciar nuestros conocimientos y crecer. Según indican las investigaciones, las personas más activas intelectualmente parecen estar más protegidas contra los efectos negativos del envejecimiento.

Para disminuir los olvidos cotidianos la profesora Duarte propone algunas recomendaciones:

Según el Instituto de Neurología Cognitiva: Fundación INECO de Buenos Aires y la Dra. Stella Diamanti hay que tener en cuenta los siguientes consejos si queremos prevenir y retrasar la aparición de los olvidos asociados a la edad:

BIBLIOGRAFÍA

Chetelat, G., y Lalevée, C. (2006). Pérdidas de memoria, normales y patológicas. Mente y cerebro, 17, 23-27.

Mesonero, A., y Fonbona, J. (2013). Envejecimiento y funciones cognitivas: las pérdidas de memoria y los olvidos frecuentes. International Journal of Developmental and Educational psychology, 1(2), 317-326.

Artículo escrito por Carlos Jara.

La concepción de los trastornos asociados a las conductas alimentarias ha sufrido una gran evolución a lo largo de los años. Su primera mención se orientó hacia la descripción de los síntomas y signos de la Anorexia nerviosa (AN) y data del siglo XVII a manos de Richard Morton, que consideró el origen del trastorno como una consecuencia de la perturbación del sistema nervioso unida a sentimientos de tristeza y una constante preocupación. He ahí la primera manifestación de la importancia de las preocupaciones sin descanso presentes en estos trastornos, ¡no olvidemos este punto!. A pesar de ello, no sería hasta el siglo XIX cuando se comenzaría a hablar del miedo intenso a la ganancia de peso y la distorsión corporal tan característica de esta patología.

Si bien los trastornos que integran este grupo de los TCA resultan bastante heterogéneos, todos ellos se caracterizan por presentar un patrón de ingesta alterada y/o comportamientos cuyo objetivo es el control del peso. ¿Por qué controlarlo? Te estarás preguntando, lector. Pues bien, he aquí donde reaparece de nuevo ese factor tan importante para la comprensión de estos trastornos: la extrema preocupación por la autoimagen y el peso corporal.

Pero, ¿Y esto es realmente relevante?. ¡Juzga por ti mismo! Solo te diré: los TCA constituyen el grupo de trastornos mentales con la mayor tasa de mortalidad y uno de los problemas de salud pública más severos y relevantes para nuestra sociedad en la actualidad.

Vale, son muy relevantes, pero, ¿me va a afectar esto a mí? En líneas generales, si bien esto parece estar cambiando cada vez más, estos trastornos se encuentran más presentes en mujeres y además van de la mano en muchas ocasiones con el diagnóstico adicional de otros trastornos, especialmente aquellos del estado de ánimo y la personalidad.

Pero, entonces, ¿Cómo se desarrolla un TCA?. Esta pregunta del millón ha despertado especial interés en los investigadores, los que han conseguido delimitar algunos factores que parecen estar presentes en aquellos que desarrollan un TCA:

Y, ¿Cómo puedo percibir si alguien de mi entorno está entrando en esta dinámica? Podemos mencionar ciertos aspectos que, si bien no nos permiten conocer con seguridad si la persona sufre un TCA, si que resultan señales de alarma y se deben tener en cuenta:

Esto en caso de que ya se estén mostrando indicadores de sufrir algún TCA, pero, ¿Podemos hacer algo para evitarlo? Esta misma pregunta dispara el interés de aquellos investigadores que ven posible la prevención primaria de este grupo de trastornos. Además, les resultó especialmente interesante ya que, si bien los costes tanto en términos de bienestar psicológico y físico como en el plano económico son significativamente elevados, estas patologías frecuentemente no se encuentran bajo tratamiento.

Así, algunos programas de prevención desarrollados en escuelas para adolescentes parecen tener un gran potencial de eficacia, tanto por el número de individuos a los que llega como por sus características y momento vital.

Entonces, ¿Qué sabemos que funciona? En lo que a prevención primaria se refiere, su finalidad pasa por reducir la potencial incidencia de los TCA en un futuro, por lo que en líneas generales estos programas perseguirán los siguientes objetivos:

  1. Reducir el efecto de los factores de riesgo
  2. Aumentar el efecto de los factores de protección
  3. Aumentar las estrategias de afrontamiento
  4. Mantener los logros

Para llegar a estos objetivos, la literatura científica hasta el momento ha podido señalar como eficaces, en alguna medida, los siguientes elementos:

Sin embargo, ya sabemos que el desarrollo de estos trastornos es complejo y, debido especialmente a su componente cultural y ambiental, la prevención debe asegurar a su vez la instrucción de las familias de los adolescentes en las siguientes cuestiones:

Como hemos podido ver, los TCA son un grupo de trastornos complejo, no solo por su heterogeneidad en cuanto a sintomatología y características, sino también por la multicausalidad de su desarrollo. Por todo ello, la prevención de estas patologías parece una estrategia con un gran potencial de cara a la disminución del coste asociado al desarrollo de la misma, de igual modo que todas las consecuencias individuales que la persona que la sufre soporta día a día.

BIBLIOGRAFÍA

  1. American Psychiatric Association. DSM-5. (2014). Manual diagnóstico y estadístico de enfermedades mentales. Washington DC: American Psychiatric Association.
  2. Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos de la Conducta Alimentaria. Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos de la Conducta Alimentaria. Madrid: Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad y Consumo. Agència d'Avaluació de Tecnologia i Recerca Mèdiques de Cataluña; 2009. Guías de Práctica Clínica en el SNS: AATRM Núm. 2006/05-01.
  3. Gómez, J.A., Gaite, L., Gómez, E., Carral, L., Herrero, S., Vázquez-Barquero, J.L. (2012). Guía de prevención de los trastornos de la conducta alimentaria y sobrepeso. Disponible en: www.saludcantabria.es.
  4. Hinojo, F. J., Aznar, I., Cáceres, M. P., Trujillo, J. M., & Romero, J. M. (2019, 9 septiembre). Problematic Internet Use as a Predictor of Eating Disorders in Students: A Systematic Review and Meta-Analysis Study. Recuperado de https://www.mdpi.com/2072-6643/11/9/2151/htm
  5. Hudson, J. I., Hiripi, E., Pope, H. G., Jr., & Kessler, R. C. (2007). The prevalence and correlates of eating disorders in the national comorbidity survey replication. Biological Psychiatry, 61(3), 348–358.
  6. Plasencia, M., Wilfred, S., Black, (2016). Preventing Eating Disorders in Adolescents. In: M. Koring, ed., Health Promotion for Children and Adolescents, 1st New York: Springer, pp-285-309
  7. Oliva, L., Gandarillas, A., Sonego, M., Díez-Gañan, L. y Ordobás, M. (2012). Vigilancia epidemiológica de los trastornos del comportamiento alimentario y conductas relacionadas, Comunidad de Madrid, 2011. Servicio de Epidemiología. Boletín Epidemiológico de la Comunidad de Madrid, 18(8), 3-23.

Artículo escrito por Alba Sierro.

Aquí conocerás los síntomas, formas de tratamiento, datos oficiales y cómo ayudar a alguien que lo padece.

En primer lugar, comenzar explicando que este trastorno en el DSM-5 (Manual donde se encuentra la clasificación oficial de los trastornos mentales) está dentro de los trastornos denominados "Trastornos relacionados con sustancias y trastornos adictivos".  Se incluye dentro de esta clasificación porque en el Juego Patológico se activan sistemas de recompensa similares a los que se activan con las drogas. Es decir, que las sensaciones corporales, psicológicas y comportamientos que se dan en una persona que tiene este trastorno es similar a otra que tenga alguna adicción a una sustancia tóxica.

¿Cómo se da el juego patológico?

Cuando la persona que lo padece juega de manera persistente y recurrente, provocando un deterioro o malestar clínicamente significativo en su día a día. Debe presentar cuatro o más de los siguientes síntomas:

Perfil de los/as jugadores/as

Según la Dirección General de Ordenación del Juego (DGOJ), el número de usuarios/as activos en España en 2017 fue de 1.394.949 con un incremento anual de 7.01% jugadores/as. Siendo el 81.6% hombres y el 15% mujeres.

Según la DGOJ el 81.6% de los/as usuarios/as tienen edades comprendidas entre los 18 y 45, en 2017.

La DGOJ establece que el 24.3% de los españoles no son jugadores, 69.4% son jugadores sin riesgo, el 4.4% jugadores en situación de riesgo, el 1% jugadores con problemas y el 0.9% son jugadores patológicos.

Desde estos datos podemos ver cómo a finales del año 2019 la media de edad ha descendido, generando con ello un elevado agravio y descontento ya no solo a las personas que lo padecen, sino también a nivel social.

¿Qué tratamientos existen?

Actualmente, varios estudios controlados sugieren que los tratamientos psicológicos y las intervenciones farmacológicas combinadas son eficaces en la reducción de los síntomas de jugadores patológicos.

Los tratamientos psicológicos que se emplean son:

¿Cómo podemos ayudar a alguien con Trastorno patológico?

  1. Debes comprender que está sufriendo una enfermedad, así que busca toda la información que puedas sobre dicho trastorno para que entiendas mejor tanto la situación como a la persona
  2. No juzgues, los juicios no os permiten avanzar; solo os van a limitar
  3. Proporciónale alternativas profesionales: busca centros y profesionales donde le puedan brindar la ayuda que necesita. Cuanto antes se comience a trabajar sobre el trastorno antes se comenzará a obtener buenos resultados
  4. Motívale para el cambio
  5. Busca actividades de ocio saludables
  6. Dale tu apoyo. Como cualquier enfermo necesita cuidado y atención, proporciónasela

Artículo escrito por Carmen Marcos

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