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Somos seres sociales, necesitamos a los demás para convivir. Ya lo dijo Aristóteles, por lo que no es raro que hayamos desarrollado determinadas conductas de ayuda para mejorar la cooperación en sociedad.

Para empezar ¿qué es el altruismo? Desde la psicología social, el altruismo se define como la conducta prosocial voluntaria e intencionada caracterizada por la búsqueda de bienestar en los demás, sin esperar que ello nos genere ningún beneficio, aunque incluso esta acción pueda llegar a ponernos en peligro o generarnos prejuicios. Dicho brevemente y desde un enfoque evolucionista, es la conducta enfocada a ayudar a los demás a expensas de nuestras propias posibilidades de supervivencia.

Dicho así suena bonito, pero en cierta forma desadaptativo, ¿cómo voy a ponerme en peligro de muerte para garantizar la supervivencia de otro? Darwin diría que si mantenemos lazos de parentesco con ese otro la conducta altruista es adaptativa de cierta manera, ya que estaríamos preservando nuestros genes a través de ese parentesco. De esto se habla en la Teoría de selección de parentesco de Hamilton, que defendía la idea de que el altruismo es generado para perpetuar nuestros genes. Casi como cuando criamos a nuestros hijos al nacer, tan indefensos y vulnerables. Pero, sin embargo, ¿por qué ayudamos a otros aun cuando no hay lazos de parentesco? Y más raro aún, ¿Por qué otras especies también lo hacen?

Existen casos datados en los que especies depredadoras como una leona, han adoptado a lo que podría ser su presa: un bebé de gacela. Es habitual ver como algunas especies adoptan crías de otras especies, esto es debido a la tendencia a responder con conductas parentales ante signos infantiles, pero no dejan de ser conductas altruistas, al fin y al cabo.

Hay veces en las que el altruismo afectará de forma mínima a las opciones de supervivencia, pero hay otras en las que puede suponer un peligro. Generalmente el altruismo suele suponer más beneficio a quien lo recibe que a quien lo realiza.

Todo con ejemplos se entiende mejor:

Hay un incendio y decidimos salvar a un niño, con el que no tenemos ningún vínculo y que está dentro de un edificio llorando muy asustado, aunque eso suponga poner en peligro nuestra propia vida. Esto sería un ejemplo extremo de una acción altruista, pero como hemos dicho anteriormente, también existen pequeños gestos que no atentan contra nuestra supervivencia de forma tan directa y que hacemos en beneficio ajeno. Por ejemplo, cuando cedemos el asiento a una persona mayor o con alguna discapacidad en un transporte público, aunque eso suponga ir una hora en pie después de haber salido de trabajar. Como vemos, la conducta altruista está presente en nuestro día a día, pero… ¿qué hay detrás de esta conducta y porque la ponemos en práctica?

Existen dos visiones completamente diferentes:

La primera de ellas son las teorías pseudo-altruistas, las cuales exponen que, en realidad, los actos altruistas no existen ya que ocultan un beneficio propio aunque sea a nivel inconsciente o en forma de refuerzo interno. Estaríamos hablando entonces de egoísmo.

En línea con los ejemplos anteriores, en el caso en el que cedemos el asiento a otra persona en un transporte público, esta teoría defendería la idea de que lo hacemos por un seguimiento de nuestro propio código moral, por dar una correcta imagen social y demostrar nuestro civismo o por sentir que hacemos algo bueno por los demás. Además, el hecho de no ayudar en determinados momentos puede suponernos un castigo, en forma de desaprobación o remordimiento. Este tipo de motivos son de algún modo recompensas internas que nos sirven como motor para realizar la conducta altruista que aparentemente parece en beneficio del otro, pero en realidad no es solo en su beneficio. En estos casos, hablaríamos de un beneficio compartido, ya que yo obtengo la recompensa interna de estar haciendo lo correcto y la otra persona obtiene su asiento.

Las teorías del altruismo reciproco encajarían dentro de esta visión, ya que son aquellas que defienden la idea de que la conducta altruista está motivada por la expectativa de recibir de vuelta el favor, garantizando la supervivencia o bienestar a la larga si hay escasez de recursos, generando en el otro el sentimiento de estar en deuda que fomenta la socialización entre dos personas sin parentesco.

La otra visión correspondería a las teorías puramente altruistas, donde se defiende la idea de que es una conducta motivada por la empatía o la búsqueda de justicia con el fin de reducir el malestar ajeno. Por ejemplo, si yo veo que una persona está sufriendo por que se ha caído, iré a ayudarla por un efecto de contagio emocional, con ayuda de las neuronas espejo, que favorecen la empatía. Este tipo de teorías reciben el nombre de Teoría de la reducción de la tensión: de alguna manera, la reducción de este malestar que nos genera una persona sufriendo no deja de ser en cierta forma un tipo de alivio personal, ya que, tranquilizándola a ella, conseguimos calmarnos nosotros.

Además de la empatía, la compasión también estaría presente. Mientras la primera sería el mecanismo de sentir y compartir lo mismo que el otro, la compasión sería el deseo de ayudar a los demás, una vez comprendidos los sentimientos ajenos. Por decirlo de alguna manera, una conducta compasiva es satisfactoria en sí misma, ya que estamos cumpliendo un deseo. Es decir, el ayudar nos refuerza, nos hace sentirnos bien intrínsecamente, lo cual favorece el bienestar personal y la tan ansiada felicidad.

¿Ayudamos a los demás para ayudarnos a nosotros mismos?

Galton, Darwin y Richard Dawkins, el autor del popular libro El gen egoísta, defendían la idea de que el egoísmo es adaptativo ya que garantiza la supervivencia aumentando las posibilidades de esparcir nuestro genoma, siendo posible la conducta altruista cuando actuamos por motivos morales y controlando de manera rigurosa nuestros instintos básicos. Pero hay muchas especies que viven y necesitan vivir en sociedad, y que realizan conductas puramente altruistas que al propio Darwin le costaba encajar en su teoría evolutiva.

Por ejemplo, un estudio realizado en Alemania por la Universidad de Ratisbona (Guilerá, 2019) muestra como las hormigas de la especie Temnothorax unifasciatus abandonan la colonia antes de morir para evitar contagiar al colectivo.

En otro estudio de la Universidad de Chicago (2011) analizaron como los roedores se ayudan entre ellos en situaciones de peligro, liberándose los unos a los otros cuando están atrapados o en aislamiento debido a una respuesta de contagio emocional producida por el sufrimiento de uno de ellos, demostrando como se manifiesta la empatía en mamíferos.

Se ha demostrado también que niños de dieciocho meses han ayudado al psicólogo infantil cuando se le ha caído un objeto; incluso niños bien alimentados de entre tres y siete años comparten el desayuno con algún compañero que no tiene (Guilerá, 2019).

De hecho, existen personas más altruistas que otras debido a sus bases genéticas. Se han descubierto genes específicos como la variación en el gen AVPR1a, que sugieren que existe un gen altruista, además de una leve variación del gen COMT, encontrado en la mayoría de las personas generosas.

En el caso de los humanos, al crecer, desarrollamos un mecanismo regulador para impedir que se produzcan abusos en las conductas altruistas, donde ya se genera un análisis de costes y beneficios. Es el principio de reciprocidad en los humanos, descubierto por Felix Warneken y Michael Tomasello en 2013. Este principio nos sitúa en una contabilidad de favores e intercambio de recursos, que con los años se va agudizando, volviéndonos más egoístas cuando hay falta de reciprocidad.

Por decirlo de algún modo, nacemos altruistas, pero en algún momento de nuestro desarrollo nos volvemos más egoístas. ¿Pero tiene este egoísmo una connotación tan negativa como se percibe? Si lo entendemos como un calculo de costes-beneficios para regular la conducta altruista, entonces no, ya que este “mirar por nosotros mismos” supone un acto adaptativo.

La cultura es otro de los moldeadores principales que hacen que la conducta altruista se potencie o se inhiba, dependiendo del contexto y con determinados grupos de personas. Así pues, en el caso de la religión, al compartir un ideal de “ayudar al prójimo” se entiende que la conducta altruista está presente, aunque muchas veces esta enmascarada en una relación de costes-beneficios con nuestro código moral. Es decir, si no ayudo al prójimo, Dios me castigara o seré un mal cristiano. Esto supone un daño a la autoimagen y hace que actuemos por “obligación religiosa”. Actuaremos de forma altruista dependiendo de si la otra persona comparte nuestro código moral, ya que religiones diferentes entre sí no tenderían a ayudarse mutuamente, sino a combatirse.

Otro ejemplo de cómo una cultura fomenta o inhibe el altruismo es el ejemplo de la Navidad. En esta época del año los actos de caridad y solidaridad están muy presentes, ya sea con ciertos colectivos o con nuestra familia. En esta época tenemos la costumbre sociocultural de ayudar a los más desfavorecidos, de hacer regalos a amigos, compañeros y familiares y de visitar y dedicar tiempo a aquellas personas importantes para nosotros. Diríamos que estamos casi condicionados a reunirnos en familia, en compartir momentos juntos e intercambiar ofrendas. No faltan los jefes de empresa que destinan dinero a alguna fundación o a sus empleados como gesto de caridad. No faltan los voluntariados sociales que con su labor desinteresada posibilitan que las personas sin hogar o en hospitales tengan una Navidad más placida. Se respira un ambiente de generosidad, solidaridad y altruismo. En este caso, se podría inferir que el altruismo y la generosidad son constructos influenciados por la cultura.

Finalmente, lo que podemos concluir sobre la existencia del altruismo es que, se ejecute como se ejecute, siempre que genere un bien en los demás y en nosotros mismos, ya sea en forma de refuerzo interno por hacernos sentir mejores personas o para aliviar un malestar derivado del contagio emocional, es un acto que suma. Me atrevería incluso a decir que el altruismo, ya sea mediante el efecto de la empatía o el principio de reciprocidad, es una contradicción, ya que como se ha expuesto anteriormente, toda conducta de ayuda refleja un intento de “paliar un malestar interno”, pero no deja de ser beneficioso para la parte receptora y emisora de ayuda. A este uno más uno, se le puede llamar altruismo.

La cuestión es que da igual el beneficio que obtengas al ayudar a otra persona: lo importante es el resultado, no tanto los motivos. Existirán actos altruistas que no sumen a ambas partes, sino a una, pero eso no le quita valor a los actos altruistas en los que se benefician ambas partes. La que ayuda y la ayudada.

Si te estás preguntando si eres una persona altruista, tú mismo puedes valorarlo de la siguiente forma y también ponerlo en práctica:

Por último, si sabemos que la conducta de ayuda nos hace sentirnos bien en sí misma, que es reforzante, que, por lo tanto, aumenta nuestros niveles de bienestar y, en resumidas cuentas, nos hace ser más felices: ¿por qué ahora que conocemos una vía para alcanzar la felicidad no la ponemos en práctica? Te invito a que, a partir de ahora, pruebes los beneficios del altruismo y experimentes el bienestar que trae consigo. No olvides el contagio emocional: si haces que los demás se sientan bien, probablemente tú también te sentirás genial.

Artículo escrito por Mónica Narváez.

¿Te has puesto a pensar por qué un niño se muestra irritable, triste, con fatiga, rabietas y demás la mayoría del tiempo? ¡Nos está comunicando algo!

¿Sabías que…..?

La depresión infantil es una situación afectiva de tristeza mayor en intensidad y duración que ocurre en un niño. Esto afecta en su desarrollo emocional, social, familiar y académico. La depresión en la infancia y adolescencia es una problemática en la cual se tiene mucho estigma en cuanto a su tratamiento. Esto es debido a que la sintomatología puede ser confundida con problemas de conducta, que son relacionadas comúnmente con la disciplina; además, existe una baja percepción sobre la posibilidad de que los niños padezcan de alguna enfermedad mental, como la depresión.

Existen diferentes causas y se han identificado diversos factores de riesgos, al igual que se han ido clarificando diferencias con la depresión que sufren los adultos.

La depresión, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, es la primera causa de discapacidad a nivel mundial, afectando a más de 300 millones de personas. Por otro lado, en estudios anteriores se han presentado porcentajes importantes de depresión infantil en edades tempranas, los cuales afirman que el 25.2% de niños entre el 8 y 12 años tienen depresión.

Complementando esta información, es esencial mencionar que la ideación suicida es un síntoma importante en el paciente con depresión y que se ha encontrado que el suicidio entre los niños menores a 14 años ha estado a la alza en muchos lugares del mundo.

¿Qué causa la depresión infantil?

  1. Causas biológicas: Factores hereditarios, bioquímicos, hormonales y neuronales.
  2. Causas estacionales: Se piensa que la cantidad de luz asociada con los cambios estacionales afecta al estado de ánimo de algunos niños, lo que se conoce como trastorno afectivo estacional.
  3. Causas psicológicas: Pérdida de seres queridos, malas relaciones entre padres e hijos, problemas de autoestima, etc.
  4. Causas del entorno: La presión a los que los niños están sometidos, estrés, tensión, bullying, etc.

¿Cómo puedo identificar la depresión infantil?

Existen diversas señales de alerta tales como: estado de ánimo irritable, pérdida de interés en actividades, aislamiento social, agitación, problemas de conducta/disciplina, autoestima baja, sentimientos de que no vale nada, sentimientos de desesperación, dificultad al concentrarse, llanto frecuente, quejas físicas, subida o bajada de peso, cambios en el apetito y sueño, cansancio, conducta dirigida a lastimarse a sí mismo, hablar acerca de morirse o intentarlo.

¿Quienes son más vulnerables?

Los factores de riesgo son circunstancias o características unidas a una mayor probabilidad de daños a la salud. Por otra parte existen los factores de protección que se definen como circunstancias o características que acercan al individuo a lograr la salud integral.

De estos factores podemos encontrar individuales que son dependientes del niño, factores familiares que tienen que ver con la dinámica familiar y relaciones familiares, y factores comunitarios que se basan en el entorno en que se desarrolla el niño.

Individuales:

Los principales determinantes en los factores de riesgo individuales nacen de la dificultad de la comunicación con los padres, maestros, figuras de autoridad, amigos o compañeros ya que crean en los infantes poca confianza y baja autoestima. Los bajos niveles de valores, creencias y cultura crean problemas de pertenencia en los niños así como expectativas altas con respecto a su desempeño por parte de él o sus padres, debido a que se tiene/puede desarrollar baja tolerancia al estrés.

Familiares:

Los factores de riesgo familiares son de los más importantes ya que estos pueden afectar los factores de riesgo individuales del niño al no brindarle las herramientas necesarias para crear mecanismos de defensa. La falta de comunicación dentro de la familia y las relaciones distantes fomenta la falta de seguridad en el niño, lo que lleva a la dificultad de comunicación con los amigos, malestar, mayor consumo de tabaco y alcohol desde edades tempranas. Los conflictos físicos entre familiares o discusiones violentas crean un distanciamiento entre los infantes y su familia, pudiéndoles llevar al consumo y abuso de sustancias sobretodo si es algo común o aprobable  por parte de las figuras paternas. Los dobles mensajes en los que los padres o figuras de autoridad del infante reprendan acciones que ellos hagan resultan especialmente perjudiciales para el niño,  pudiendo generarles confusión e inseguridad.

Comunitarios:

Los principales determinantes ambientales o comunitarios de la salud mental, en este caso de la depresión infantil, están relacionados con diversos factores tales como la situación económica, figuras de autoridad, relaciones y vínculos violentos, esquemas morales, modelos, medios y grupos sociales, tradiciones, roles, etc. Por ejemplo, en diversas ocasiones la depresión infantil y juvenil se asocia con la existencia de conflictos interpersonales y rechazo de diferentes miembros de su entorno, lo que incrementa los problemas de relaciones sociales, creando fuertes vínculos violentos. De esta manera, los niños pueden crecer con pocos amigos y presentar una mayor probabilidad de desarrollar depresión, entre otros trastornos.

Por otro lado, vivir bajo estructuras familiares diferentes a los padres biológicos, con problemas de salud en los adolescentes, con una situación económica difícil o baja, una mala adaptación con la familia, amigos, escuela, etc puede reflejar depresión en los niños ya que viven bajo esquemas en donde no se practica una disciplina, además de carecer de un entorno estable:

¿Qué aspectos protegen a los niños?

Individuales:

Los factores de protección individuales  como la buena autoestima no son dependientes simplemente del infante, también resultan importantes los logros escolares y las relaciones familiares para poder tener asertividad y resiliencia hacia los obstáculos que se le presenten en su día a día. El buen apego escolar en los niños les crea estructuras de límites, les ayuda en sus relaciones y  al afrontamiento al estrés activo.

Familiares:

Comunicación familiar asertiva crea un vínculo de confianza en el infante así como una fuerte vinculación emocional entre los miembros y mayor satisfacción familiar. La relación con la madre influye a su vez en modelos internos y tiene impacto en las relaciones que forma en niño con los demás.

La cohesión familiar crea menor probabilidad de consumo de sustancias, relaciones positivas así como una actitud no permisiva de los padres hacia las drogas. La congruencia en el discurso de los padres es un factor que se refiere a ser coherentes en las palabras y las acciones que pueden percibir sus hijos para no crear dobles mensajes: un ejemplo de esto sería el prohibir el uso de sustancias ilegales y tener estas en casa.

Comunitarios:

La creación de puentes de acceso a la información en donde los niños puedan explorar sus curiosidades con respecto a su desarrollo y se sientan libres de expresarse es un factor protector que está tomando mayor fuerza en las épocas actuales. Las tradiciones son igualmente un elemento de protección debido a que fomentan la unidad así como el apoyo familiar y comunitario.

La seguridad, a su vez, es un factor de protección esencial para que el niño se desarrolle con confianza, así como el crecer en un ambiente con oportunidades para llevar a cabo actividades de su agrado.

¿Qué hago si detecto síntomas de depresión infantil? Consulta con un profesional de la salud mental que te oriente en los diversos pasos a seguir.

Valeria Sabater

Detrás de todo niño difícil, hay una emoción que no sabe expresarse

BIBLIOGRAFÍA

Beyond Blue. (2014). Eating disorders , anxiety and depression, 1–6. Recuperado a partir de beyondblue.org.au

Craig, G. J., & Baucum, D. (2001). Desarrollo psicológico. Pearson Educación

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Aguilar-Cárceles. (2012). La influencia del contexto familiar en el desarrollo de conductas violentas durante la adolescencia: factores de riesgo y de protección. Rev. crim., 54, 27-46. De Redalyc Base de datos.

Cid-Moncton, P. & Pedraño, L. (2011). Factores familiares protectores y de riesgo relacionados al consumo de drogas en adolescentes. Revista Latino-Americana de Enfermagem, 19, 738-745. De Redalyc Base de datos.

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Del Barrio, V. (2010). La depresión infantil a la altura de nuestro tiempo. Información psicológica, 49-59. Recuperado el 6 de diciembre de 2017 de http://www.informaciopsicologica.info/OJSmottif/index.php/leonardo/article/view/100/84

Artículo escrito por Stephanie Ramos.

¿Qué significa el término neuropolítica? ¿En base a qué candidato votamos? ¿Influyen nuestras estructuras cerebrales en esta decisión? ¿Tiene que ver el aspecto físico del líder político con nuestra elección? ¿Hay diferencias neurobiológicas entre las personas de izquierdas y derechas?

Neuropolítica es una rama del conocimiento que investiga las implicaciones de la neurociencia en el ámbito de la política; dicho de otra manera, es la explicación de cómo interactúa el cerebro en el ámbito político.

Al ser esta una ciencia, trata de estudiar el correlato neuronal en la toma de decisiones de la elección de un representante, la participación en el entorno político y la inclinación o no hacia los líderes políticos.

Las investigaciones han utilizado una gran serie de técnicas como: imágenes de Resonancia Magnética, electroenfacelogramas, electromiogramas, análisis de los niveles de hormonas y cuestionarios de evaluación sobre las diferentes actitudes políticas.

Si nos preguntaran ahora mismo: ¿Qué criterios has utilizado para decidir tu voto en estas elecciones? Seguramente obtendríamos miles de respuestas diferentes, pero lo que las investigaciones nos demuestran es qué los mecanismos de elección para votar a un líder político son los mismos que los mecanismos que utilizamos en situaciones más simples como por ejemplo la de escoger una marca de zapatillas.

Los criterios en los que se basa el ser humano son todos aquellos relacionados con la toma de decisiones, la empatía, la cognición social, las emociones, así como la implicación de varios neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, y algunas hormonas tales como la testosterona y oxitocina.

Existe un estudio de resonancia magnética funcional donde se mostró un aumento de la estimulación en la ínsula y la corteza anterior ventral en los participantes que observaron la cara de su líder político al éste perder las elecciones. En cambio, en los participantes que observaron ganar a su representante político no se mostró ninguna diferencia en la activación. Esto parece decir que es muy importante la primera impresión de la cara del candidato, el impacto emocional que tiene el político en sus electores y cómo las emociones tienen un papel determinante en las votaciones, dejando en segundo plano los procesos más racionales en la conformación de la conducta política.

El procesamiento que el cerebro lleva a cabo a partir del rostro de una persona para generar una atribución de confianza o desconfianza es espontáneo y automático e implica estructuras cerebrales como la amígdala o la ínsula inferior.

La forma de las cejas y la boca puede influir en la percepción que nos hagamos del candidato: las caras con la boca en forma de U y las cejas en forma de A suelen indicar confianza; en cambio las caras con la boca en forma de U invertida y las cejas en forma de V suelen ser rostros que nos denotan desconfianza.

Las emociones y cómo estas se reflejan en el rostro parecen ser de suma importancia. Así cuando un candidato coge a un niño en brazos, aprieta la mano a un anciano o replica de forma descortés a su oponente, a los votantes les genera una inconsciente y casi imperceptible expresión facial la cual es analizada por ciertos órganos del partido. El estudio de esos algoritmos delata lo que nos preocupa, conmueve o indigna.

Estos estudios faciales son propiamente neuropolítica y abro debate: ¿deberían los votantes disponer de este tipo de informaciones y herramientas, como el reconocimiento de expresiones faciales, para hacerse conscientes de si un político nos miente o si está convencido de lo que realmente habla en sus discursos? Pero no todo son procesos racionales o emotivos. Si hablamos de psicología social, varios estudios de neurociencia corroboran que los amigos y familia votan de forma similar. Cuando un individuo tiene que tomar una elección difícil y duda entre que escoger, éste mira a su alrededor y termina eligiendo lo que eligen los demás. Esto es lo que llamamos en psicología Teoría de la influencia social. Dicha teoría está basada en los cambios de conducta o pensamiento que se producen en una persona debido a una serie de procesos mentales derivados de la comunicación con otras personas de su entorno.

Algunos de estos factores que afectan al nivel de influencia son la cohesión grupal, el tipo de normas sociales, el tamaño de los grupos o las posiciones y roles de los diversos elementos que se van a influir entre sí, las expectativas sobre la conducta propia y ajena o el valor otorgado a la propia opinión y a la de los demás.

En cuanto a la cuestión de si hay diferencias neurobiológicas entre gente de izquierda y de derechas, nos encontramos con que las personas con una ideología de izquierdas son más sensibles a la reactividad emocional, mientras que las personas con una ideología de derechas tienen una mayor capacidad de reprimir sus emociones. Las personas de izquierdas son más colectivistas y más capaces de identificarse con el grupo de fuera, en cambio las personas conservadoras son más individualistas. Esto nos puede indicar que las personas de izquierdas rigen más su voto por las emociones y la influencia social del grupo, mientras que las personas de derechas se rigen más por lo puramente racional en base a sus propios intereses. Sin embargo se necesitaría más investigación para dilucidar los correlatos neurocognitivos con las actitudes políticas.

Del ámbito de la neuropolítica nos resultaría difícil sacar una serie de conclusiones ya que es un campo que ha nacido hace poco y se sigue investigando en él. Pero seguramente nos estén llegando a nuestra mente un montón de cuestiones, como por ejemplo si sabemos que esta ciencia de lo que se encarga es de saber cómo está funcionando el sistema nervioso y cómo se explican las conductas del ser humano: ¿puede haber quien le está sacando beneficio para incitar a que un individuo tenga ciertas tendencias como está haciendo el neuromarketing con ciertas modas como la del Black Friday? Y lo más importante, ¿llegará un punto en el que votemos inconscientemente lo que otros quieran debido a los avances en neuropolítica?...

Artículo escrito por Raquel Pousada Iglesias.

Si conoces a alguien que esté deprimido por favor nunca preguntes por qué. La depresión no es una respuesta directa a una mala situación; la depresión es simplemente… como el tiempo. Trata de entender la negrura, el letargo, la desesperanza y la soledad por la que estas personas están pasando. Tienes que estar presente para ellas cuando vuelvan de ese otro lado. Es duro ser un amigo de alguien que está deprimido, pero es una de las cosas más amables y generosas que harás jamás.

Desde hace varios años se comenta el aumento preocupante de la depresión, tanto que ha llegado a considerarse la epidemia de los últimos años.

Este aparente aumento que nos rodea en conversaciones, casos de conocidos y medios refleja realmente una mayor toma de conciencia acerca de un trastorno que según distintas estimaciones podría afectar a un porcentaje de entre el 8 y el 12% de la población y que supone —junto con los trastornos de ansiedad— más del 50% de casos atendidos en consulta por psicólogos.

Pero esta visibilidad tiene ventajas e inconvenientes: si bien por un lado hace posible abordar un  trastorno no siempre visible, por otro lado nos obliga a discernir de un modo riguroso la depresión de un estado temporal de tristeza al que se alude, de manera coloquial, como “estar deprimido”.

Es clave por ello afrontar la depresión desde un diagnóstico acertado y diferencial respecto a otros trastornos, de modo que se plantee una terapia en consonancia con los síntomas y contexto de cada paciente.

Para este diagnóstico la Psicología ha establecido varias consideraciones importantes:

En primer lugar, debemos distinguir entre un estado duradero e intenso de tristeza y  un trastorno depresivo. Si bien los sistemas diagnósticos actualmente aceptados por la comunidad científica reconocen varios posibles trastornos depresivos en función de su duración, manifestaciones clínicas y etiología, todos ellos tienen en común un ánimo triste, vacío o irritable, acompañado de cambios somáticos y cognitivos que afectan sobremanera a la persona que los padece.

A diferencia de otros trastornos mentales que cursan sin una percepción del propio paciente de su enfermedad la depresión supone una agudización del malestar psicológico por parte del paciente que conlleva un intenso sufrimiento, llegando en ocasiones a provocar el suicidio.

Para diagnosticar un  trastorno depresivo mayor es necesario que la persona haya tenido episodios durante al menos dos semanas con cambios en su estado de ánimo habitual (tristeza o sentimientos de desesperanza) así como una disminución continuada y llamativa a lo largo del día del interés o el placer por actividades anteriormente placenteras.  Es frecuente asimismo la pérdida de peso sin hacer dieta, aunque en algunos casos se produce aumento de peso, insomnio (se estima que afecta a 8 de cada 10 personas depresivas) o bien hipersomnia (necesidad de dormir en exceso, con una dificultad para levantarse por las mañanas), agitación de movimientos  o enlentecimiento, pérdida de energía y cansancio no explicado por la actividad que se ha llevado a cabo a lo largo del día, etc.

Respecto a cómo afecta la depresión a las emociones y pensamientos de las personas que la padecen debemos tener en cuenta que en muchas ocasiones sienten una  culpabilidad excesiva o incluso inapropiada, junto con sentimientos de inutilidad, con el consiguiente sufrimiento derivado.

Por otro lado resulta difícil concentrarse o decidir sobre temas de cualquier índole. Es habitual también pensar en la muerte, con ideas suicidas recurrentes.

Es posible igualmente un diagnóstico de una forma más crónica de depresión (conocido como distimia) siempre y cuando los síntomas duren al menos dos años en los adultos o un año en los niños.

Como vemos, se trata de un trastorno que puede llegar a ser incapacitante para mantener la vida Big pharma now helping to run King's College Hospital? most reputable online steroid source steroids testosterone levels, best anabolic steroid cycle – rexonaclinic – situs poker online terpercaya habitual del paciente. Este hecho, sumado a que cuanto más reciente sea el inicio del trastorno más probable será la recuperación, nos lleva a recomendar un tratamiento temprano y actividades de prevención en la población en general.

En la terapia es esencial partir de la individualidad de cada persona (más allá de los posibles criterios diagnósticos que están establecidos), dado que se pueden presentar una variedad de síntomas distintos, además de tener un contexto personal, familiar, laboral o social que influya en la evolución de la depresión y que hay que tener en cuenta a la hora de plantear dicha terapia, para que ésta tenga un verdadero sentido.

En las dos últimas décadas se ha despertado un enorme interés por investigar acerca de aquellos factores de riesgo que puedan ayudar a entender posibles elementos relacionados con el origen y mantenimiento de la depresión, lo que denominamos vulnerabilidad.

Así, la vulnerabilidad sería una interacción entre factores psicológicos, biológicos y ambientales:

Existirían factores temperamentales, principalmente debidos a esquemas de pensamiento disfuncionales que la persona adquiere en su infancia, como consecuencia de experiencias negativas. De acuerdo con este funcionamiento, una vez que el individuo que presenta esta vulnerabilidad experimenta un acontecimiento similar al vivido en la infancia, se reactivarían sus esquemas disfuncionales. Por ello en terapia se deben explorar dichos esquemas de pensamiento de la persona que acude a consulta.

Existirían también factores ambientales. En este caso se trataría de identificar determinados acontecimientos vitales que se caracterizan por ser sumamente estresantes y que pueden precipitar una depresión. Por ello será necesario evaluarlos junto con el paciente, así como su interpretación de estos.

Asimismo, consideraremos también los  factores genéticos y fisiológicos ya que cuando la persona tiene antecedentes familiares próximos que han sufrido de trastorno depresivo mayor, se puede presentar un riesgo de dos a cuatro veces mayor que otros pacientes para el desarrollo de la depresión (especialmente en aquellas de inicio temprano o que son recurrentes).

En general, el  hecho de que la persona presente otros trastornos  psicopatológicos de cierta gravedad sería también un factor de riesgo. Hay que tener en cuenta que lo más habitual en la práctica clínica es que los pacientes acudan a consulta con más de un trastorno, siendo especialmente común la presencia conjunta de ansiedad y depresión. Algunos de estos trastornos serían además de la depresión, el consumo habitual de drogas o alcohol o el trastorno límite de la personalidad.

Se debe prestar atención también a la presencia de otras enfermedades médicas, entre ellas las enfermedades crónicas que suponen una merma importante de la calidad de vida del paciente.

Concluiremos con la noción de que actualmente, si bien parece haber un aumento de casos, también avanzamos hacia una mejor delimitación de qué es la depresión y qué formas puede adoptar, entendiendo a través de una evaluación rigurosa la individualidad de cada una de las personas que pueden presentarla, así como la posible presencia de otros trastornos que puedan influir en el curso de la depresión.

Por otro lado,  la psicología ha abordado el tratamiento de la depresión con la terapia cognitivo-conductual, de eficacia probada a lo largo de diversos estudios validados científicamente; si bien actualmente la psicología presenta una perspectiva integradora que incorpora a esta terapia componentes de otros modelos que son de utilidad, lo que permite adecuar técnicas concretas a distintos conjuntos de síntomas, así como a las particularidades de cada paciente, con el fin de lograr el éxito en el tratamiento.

Artículo escrito por Ángel Secades.

El mismo proceso de envejecimiento conlleva una pérdida de neuronas en nuestro cerebro; esa pérdida neuronal es la que se encarga de hacer que nuestra memoria ya no funcione tan bien como antes. Según la Dra. Stella Diamanti fenómenos como la ansiedad, la depresión o las distracciones pueden generar problemas de memoria. El cerebro envejecido funciona más lentamente que el cerebro joven, ya que las personas mayores tardan más tiempo en reaccionar a los estímulos. Por esta razón, hay que tener más paciencia y darles un mayor tiempo para que puedan hacer las cosas a su ritmo.

Las investigaciones han mostrado que este enlentecimiento puede traducirse, en algunas ocasiones, en un mayor desempeño en la actividad. Por ejemplo, en el caso de la artesanía, actividad que requiere “tiempo y dedicación”, las personas mayores han mostrado mejores rendimientos que los jóvenes.

En el envejecimiento no todo son pérdidas, los mayores tienen mayor memoria semántica. Este tipo de memoria hace referencia a los conocimientos culturales (como por ejemplo recordar cual es la capital de Alemania o el año que se descubrió américa). También se relaciona con el almacén léxico (el acceso a la búsqueda de una determinada palabra para ser utilizada en una conversación).

Muchas personas mayores, de entre 65-70 años, se quejan de que su memoria ya no es la que era... A raíz de este hecho pueden aparecer una serie de preguntas relacionadas con su capacidad mnésica como, por ejemplo:“¿estaré empezando a tener Alzheimer?”, “¿esto es normal o no?” o “mi memoria ya no funciona como antes” …  Dichas quejas pueden generar cierta preocupación e inquietud, por lo que es conveniente dejar claro cuáles de estos fallos se consideran normales y cuáles no lo son.  El objetivo de esta clasificación es normalizar para así reducir la preocupación que ciertas personas mayores tienen de cara a sus olvidos. Pero ¿Qué olvidos son normales y cuáles no?

Olvidos normales

Los olvidos normales son ocasionales, de poca importancia y con una evolución lenta. Están relacionados con la recuperación de información que ya tenemos almacenada previamente y no nos impiden realizar actividades cotidianas como cocinar, ducharnos, vestirnos o ir al supermercado.  No acordarnos de donde hemos dejado las llaves, no encontrar la palabra adecuada cuando se necesita, no recordar el día que es, olvidar algunas cosas que teníamos que comprar u olvidar comunicar a la persona indicada un recado. Ante este tipo de olvidos no debemos preocuparnos, ya que son los propios de la edad.

Estos olvidos no se acompañan de otros déficits cognitivos como problemas de atención o problemas en las funciones ejecutivas: actividades mentales complejas, necesarias para planificar, organizar, guiar, revisar, regularizar y evaluar el comportamiento necesario para adaptarse eficazmente al entorno y alcanzar metas (Bauermeister, 2008).

Olvidos que no son normales

Son propios de procesos cerebrales neurodegenerativos existiendo pruebas neurológicas que lo demuestran. Estos olvidos se dan con mayor frecuencia y son más evidentes; por ejemplo la persona no se acuerda de ir a recoger al colegio a su nieto cuando siempre lo ha hecho, tampoco recuerda el nombre de un familiar muy cercano como es su hijo o su hija o incluso su propio nombre. También pueden ocurrir desorientaciones, como perderse en lugares conocidos. Los olvidos malignos evolucionan a peor rápidamente e incluso se es incapaz de recordar acontecimientos importantes que la persona ha vivido como el día de su boda.

Impiden el normal desarrollo de las actividades cotidianas pues no se sabe seguir los pasos para vestirse, ducharse, o hacer la comida (cuando nunca ha tenido problemas para ello). Tampoco se es capaz de registrar ni aprender algo, ya que no se puede almacenar casi ningún tipo de información nueva. Estos fallos suelen acompañarse de déficits en otros procesos cognitivos como pueden ser problemas de atención o fallos en alguna función ejecutiva. En estos casos, sería conveniente acudir al hospital de referencia para realizar una exploración neurológica o neuropsicológica apropiada.

¿Qué podemos hacer para que las pérdidas de memoria no vayan a más?

La memoria puede entrenarse y tratarse. Existen muchos recursos y medidas tanto para prevenir su deterioro como para mejorar su rendimiento en la edad adulta. Por ejemplo, existen instituciones como Cruz Roja que ofrecen talleres de memoria cuyo objetivo es estimular esta capacidad para prevenir un deterioro mayor con el paso del tiempo. En muchos centros de mayores públicos y privados también se ofrece este servicio.

Según el poeta Antonio Gala: “hacerse mayor es hacerse mejor”, poniendo de manifiesto que el envejecimiento puede ser una etapa activa de la vida donde potenciar nuestros conocimientos y crecer. Según indican las investigaciones, las personas más activas intelectualmente parecen estar más protegidas contra los efectos negativos del envejecimiento.

Para disminuir los olvidos cotidianos la profesora Duarte propone algunas recomendaciones:

Según el Instituto de Neurología Cognitiva: Fundación INECO de Buenos Aires y la Dra. Stella Diamanti hay que tener en cuenta los siguientes consejos si queremos prevenir y retrasar la aparición de los olvidos asociados a la edad:

BIBLIOGRAFÍA

Chetelat, G., y Lalevée, C. (2006). Pérdidas de memoria, normales y patológicas. Mente y cerebro, 17, 23-27.

Mesonero, A., y Fonbona, J. (2013). Envejecimiento y funciones cognitivas: las pérdidas de memoria y los olvidos frecuentes. International Journal of Developmental and Educational psychology, 1(2), 317-326.

Artículo escrito por Carlos Jara.

La concepción de los trastornos asociados a las conductas alimentarias ha sufrido una gran evolución a lo largo de los años. Su primera mención se orientó hacia la descripción de los síntomas y signos de la Anorexia nerviosa (AN) y data del siglo XVII a manos de Richard Morton, que consideró el origen del trastorno como una consecuencia de la perturbación del sistema nervioso unida a sentimientos de tristeza y una constante preocupación. He ahí la primera manifestación de la importancia de las preocupaciones sin descanso presentes en estos trastornos, ¡no olvidemos este punto!. A pesar de ello, no sería hasta el siglo XIX cuando se comenzaría a hablar del miedo intenso a la ganancia de peso y la distorsión corporal tan característica de esta patología.

Si bien los trastornos que integran este grupo de los TCA resultan bastante heterogéneos, todos ellos se caracterizan por presentar un patrón de ingesta alterada y/o comportamientos cuyo objetivo es el control del peso. ¿Por qué controlarlo? Te estarás preguntando, lector. Pues bien, he aquí donde reaparece de nuevo ese factor tan importante para la comprensión de estos trastornos: la extrema preocupación por la autoimagen y el peso corporal.

Pero, ¿Y esto es realmente relevante?. ¡Juzga por ti mismo! Solo te diré: los TCA constituyen el grupo de trastornos mentales con la mayor tasa de mortalidad y uno de los problemas de salud pública más severos y relevantes para nuestra sociedad en la actualidad.

Vale, son muy relevantes, pero, ¿me va a afectar esto a mí? En líneas generales, si bien esto parece estar cambiando cada vez más, estos trastornos se encuentran más presentes en mujeres y además van de la mano en muchas ocasiones con el diagnóstico adicional de otros trastornos, especialmente aquellos del estado de ánimo y la personalidad.

Pero, entonces, ¿Cómo se desarrolla un TCA?. Esta pregunta del millón ha despertado especial interés en los investigadores, los que han conseguido delimitar algunos factores que parecen estar presentes en aquellos que desarrollan un TCA:

Y, ¿Cómo puedo percibir si alguien de mi entorno está entrando en esta dinámica? Podemos mencionar ciertos aspectos que, si bien no nos permiten conocer con seguridad si la persona sufre un TCA, si que resultan señales de alarma y se deben tener en cuenta:

Esto en caso de que ya se estén mostrando indicadores de sufrir algún TCA, pero, ¿Podemos hacer algo para evitarlo? Esta misma pregunta dispara el interés de aquellos investigadores que ven posible la prevención primaria de este grupo de trastornos. Además, les resultó especialmente interesante ya que, si bien los costes tanto en términos de bienestar psicológico y físico como en el plano económico son significativamente elevados, estas patologías frecuentemente no se encuentran bajo tratamiento.

Así, algunos programas de prevención desarrollados en escuelas para adolescentes parecen tener un gran potencial de eficacia, tanto por el número de individuos a los que llega como por sus características y momento vital.

Entonces, ¿Qué sabemos que funciona? En lo que a prevención primaria se refiere, su finalidad pasa por reducir la potencial incidencia de los TCA en un futuro, por lo que en líneas generales estos programas perseguirán los siguientes objetivos:

  1. Reducir el efecto de los factores de riesgo
  2. Aumentar el efecto de los factores de protección
  3. Aumentar las estrategias de afrontamiento
  4. Mantener los logros

Para llegar a estos objetivos, la literatura científica hasta el momento ha podido señalar como eficaces, en alguna medida, los siguientes elementos:

Sin embargo, ya sabemos que el desarrollo de estos trastornos es complejo y, debido especialmente a su componente cultural y ambiental, la prevención debe asegurar a su vez la instrucción de las familias de los adolescentes en las siguientes cuestiones:

Como hemos podido ver, los TCA son un grupo de trastornos complejo, no solo por su heterogeneidad en cuanto a sintomatología y características, sino también por la multicausalidad de su desarrollo. Por todo ello, la prevención de estas patologías parece una estrategia con un gran potencial de cara a la disminución del coste asociado al desarrollo de la misma, de igual modo que todas las consecuencias individuales que la persona que la sufre soporta día a día.

BIBLIOGRAFÍA

  1. American Psychiatric Association. DSM-5. (2014). Manual diagnóstico y estadístico de enfermedades mentales. Washington DC: American Psychiatric Association.
  2. Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos de la Conducta Alimentaria. Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos de la Conducta Alimentaria. Madrid: Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad y Consumo. Agència d'Avaluació de Tecnologia i Recerca Mèdiques de Cataluña; 2009. Guías de Práctica Clínica en el SNS: AATRM Núm. 2006/05-01.
  3. Gómez, J.A., Gaite, L., Gómez, E., Carral, L., Herrero, S., Vázquez-Barquero, J.L. (2012). Guía de prevención de los trastornos de la conducta alimentaria y sobrepeso. Disponible en: www.saludcantabria.es.
  4. Hinojo, F. J., Aznar, I., Cáceres, M. P., Trujillo, J. M., & Romero, J. M. (2019, 9 septiembre). Problematic Internet Use as a Predictor of Eating Disorders in Students: A Systematic Review and Meta-Analysis Study. Recuperado de https://www.mdpi.com/2072-6643/11/9/2151/htm
  5. Hudson, J. I., Hiripi, E., Pope, H. G., Jr., & Kessler, R. C. (2007). The prevalence and correlates of eating disorders in the national comorbidity survey replication. Biological Psychiatry, 61(3), 348–358.
  6. Plasencia, M., Wilfred, S., Black, (2016). Preventing Eating Disorders in Adolescents. In: M. Koring, ed., Health Promotion for Children and Adolescents, 1st New York: Springer, pp-285-309
  7. Oliva, L., Gandarillas, A., Sonego, M., Díez-Gañan, L. y Ordobás, M. (2012). Vigilancia epidemiológica de los trastornos del comportamiento alimentario y conductas relacionadas, Comunidad de Madrid, 2011. Servicio de Epidemiología. Boletín Epidemiológico de la Comunidad de Madrid, 18(8), 3-23.

Artículo escrito por Alba Sierro.

Aquí conocerás los síntomas, formas de tratamiento, datos oficiales y cómo ayudar a alguien que lo padece.

En primer lugar, comenzar explicando que este trastorno en el DSM-5 (Manual donde se encuentra la clasificación oficial de los trastornos mentales) está dentro de los trastornos denominados "Trastornos relacionados con sustancias y trastornos adictivos".  Se incluye dentro de esta clasificación porque en el Juego Patológico se activan sistemas de recompensa similares a los que se activan con las drogas. Es decir, que las sensaciones corporales, psicológicas y comportamientos que se dan en una persona que tiene este trastorno es similar a otra que tenga alguna adicción a una sustancia tóxica.

¿Cómo se da el juego patológico?

Cuando la persona que lo padece juega de manera persistente y recurrente, provocando un deterioro o malestar clínicamente significativo en su día a día. Debe presentar cuatro o más de los siguientes síntomas:

Perfil de los/as jugadores/as

Según la Dirección General de Ordenación del Juego (DGOJ), el número de usuarios/as activos en España en 2017 fue de 1.394.949 con un incremento anual de 7.01% jugadores/as. Siendo el 81.6% hombres y el 15% mujeres.

Según la DGOJ el 81.6% de los/as usuarios/as tienen edades comprendidas entre los 18 y 45, en 2017.

La DGOJ establece que el 24.3% de los españoles no son jugadores, 69.4% son jugadores sin riesgo, el 4.4% jugadores en situación de riesgo, el 1% jugadores con problemas y el 0.9% son jugadores patológicos.

Desde estos datos podemos ver cómo a finales del año 2019 la media de edad ha descendido, generando con ello un elevado agravio y descontento ya no solo a las personas que lo padecen, sino también a nivel social.

¿Qué tratamientos existen?

Actualmente, varios estudios controlados sugieren que los tratamientos psicológicos y las intervenciones farmacológicas combinadas son eficaces en la reducción de los síntomas de jugadores patológicos.

Los tratamientos psicológicos que se emplean son:

¿Cómo podemos ayudar a alguien con Trastorno patológico?

  1. Debes comprender que está sufriendo una enfermedad, así que busca toda la información que puedas sobre dicho trastorno para que entiendas mejor tanto la situación como a la persona
  2. No juzgues, los juicios no os permiten avanzar; solo os van a limitar
  3. Proporciónale alternativas profesionales: busca centros y profesionales donde le puedan brindar la ayuda que necesita. Cuanto antes se comience a trabajar sobre el trastorno antes se comenzará a obtener buenos resultados
  4. Motívale para el cambio
  5. Busca actividades de ocio saludables
  6. Dale tu apoyo. Como cualquier enfermo necesita cuidado y atención, proporciónasela

Artículo escrito por Carmen Marcos

Las agresiones sexuales son algo que como sociedad repudiamos por múltiples motivos, como por la gravedad que supone atentar contra la liberad sexual de alguien, el miedo que generan en el ámbito social y las consecuencias para la víctima.  Si bien las condenas por agresiones sexuales en España representan únicamente el 5% de todas las condenas penales, debemos tener en cuenta que dichas agresiones en muchas ocasiones no se denuncian. Se estima que únicamente el 45% de las mujeres denunciarán los hechos.

Como aproximación a estos sucesos, sabemos que el 35% de las mujeres universitarias se sentirán agredidas durante el curso de sus estudios superiores. Por otro lado, las mujeres universitarias suponen uno de los grupos más vulnerables a las agresiones sexuales en las que se ve involucrada alguna sustancia, ya sea alcohol o algún otro tipo de droga ilegal.

Pero no solo ser mujer de edad universitaria es un factor de cierta vulnerabilidad a la hora de sufrir alguna agresión bajo los efectos de sustancias. En general, el hecho de ser mujer junto a otros factores de riesgo como es la etnia, nivel educativo, orientación sexual o nivel económico influirán directa o indirectamente en el riesgo de padecer una agresión.

Los daños y abusos que se contemplan en las agresiones sexuales podemos desglosarlos en:

Por otro lado, sabemos que no todas las agresiones sexuales  son iguales:

Es decir, si bien las agresiones producidas por desconocidos son aquellas que las mujeres temen en muchas ocasiones, suelen ser casos muy graves y afortunadamente de baja prevalencia.

No obstante, las agresiones sexuales no son tan fáciles de identificar, ya que socialmente validamos ciertas conductas o situaciones que nunca deberían serlo. Estas justificaciones de la agresión no son hechas, en la mayoría, de manera consciente y con el fin de dañar a la víctima. Algunas de estas ideas pueden venir por parte de creencias basadas en la doble moral, en las que la valoración y aceptación de la conducta será más o menos positiva en función al género de la persona, como puede ser la agresividad o promiscuidad. Por otro lado, la presencia de creencias que pueden justificar o minimizar la importancia de la agresión está en la base de las siguientes verbalizaciones:

Cuando se trata de las agresiones sexuales producidas por la pareja o expareja, también hablamos de eventos sumamente complejos ya que pueden deberse a varios motivos:

Pero no solo son personas ajenas a la agresión quienes se ven influidas por estas creencias; dicho de otro modo, estas creencias pueden mediar en los derechos que un agresor puede pensar que tiene frente su pareja (como puede ser creer que tiene derecho a que su pareja satisfaga sus necesidades sexuales por el hecho de ser su pareja o depositar toda la responsabilidad de sus comportamientos en un instinto masculino que no puede ser reprimido), al igual que pueden interferir en la interpretación de la víctima a la hora de evaluar la situación y decidir si se siente agredida o no.

Conclusión

Aunque parece simple hacer esa valoración, llegar a esa conclusión tiene serias implicaciones: la primera aceptar que la condición de víctima de una agresión en la que sus derechos sexuales han sido vulnerados, implica posibles trámites legales (con su correspondiente gasto económico, de tiempo y emocional al tener que recordar durante todo el proceso lo sucedido), conlleva un posible estrés y desgaste emocional y por último, conlleva aceptar que alguien que consideraba de su confianza le ha hecho daño.

Si tenemos en mente los factores de vulnerabilidad vinculados con las agresiones sexuales, entenderemos que esos factores pueden darse solos, algunos o todos.

Es decir, si bien formar parte de una etnia minoritaria es un factor de riesgo, esa persona será más vulnerable a dichas situaciones si además no tiene estudios, sufre racismo por parte de la sociedad, tiene muchas creencias que justifican las agresiones sexuales y tiene una enfermedad mental estigmatizada.

Paradójicamente a su vez, estos factores se retroalimentan entre sí, dificultando de este modo que la víctima entienda su condición de agredida y pida ayuda.

Artículo escrito por Marta Ruiz.

Generalmente los pacientes que han pasado por un proceso terapéutico no hablan del cambio, del momento del antes y el después, si no generalmente hablan del resultado: “yo fui y me fue genial, me sirvió mucho”. Pero ¿exactamente cómo avanza un paciente para que se pueda señalar un cambio gracias a la terapia?

Los pensamientos, las emociones y las conductas tienen un origen común: las neuronas de nuestro sistema nervioso. En primer lugar, los pensamientos no son más que mensajes eléctricos y químicos entre neuronas en el sistema nervioso central (compuesto por el cerebro, cerebelo y tallo encefálico). Además, las emociones son el resultado de la interacción entre las neuronas y los órganos que segregan hormonas en nuestro cuerpo (que nos hacen sentirnos tristes, contentos, etc.). Y, por otro lado, la conducta no es más que la señal eléctrica de las neuronas a nuestros sistemas motores (músculos) para poder movernos. Si nos fijamos, el cambio en la terapia se resume en el cambio en el que las neuronas funcionan y se organizan en el cuerpo: “no quiero seguir sintiéndome triste, quiero sentirme contento”, “me gustaría poder ser capaz de usar el ascensor porque tengo miedo cuando me subo en él”, “me gustaría dejar de sentir tristeza y ansiedad cada vez que veo a mi expareja”, etc. Lo que se busca es cambiar la respuesta producida por las neuronas ante los problemas.

Este cambio que buscamos, ¿sucede en un punto crítico de la terapia, puntual y breve como el representado en películas o libros? Es cierto que en ocasiones se puede dar un proceso catártico, un momento de darse cuenta de una información, de una relación entre ideas que nunca habíamos tenido o nos habíamos planteado. Sin embargo, dependiendo del nivel y el tipo de realización el cambio puede necesitar un trabajo posterior de consolidación. Metafóricamente hablando, si queremos arreglar una herramienta que no es útil para nosotros ahora mismo (como la ansiedad), y queremos repararla para que sea útil, el herrero (o psicólogo) nos ayudará a trabajarla en caliente (gracias a la terapia). Pero puede darse el caso de que, al volver a casa, la herramienta que hace un momento volvía a funcionar, haya vuelto a estar como al principio. Se debe a que, de la misma forma que las neuronas tienen plasticidad para crear nuevas conexiones, es necesario afianzarlas porque si no desaparecerán de nuevo. Si nosotros atravesamos un campo de césped, apenas se notarán nuestras huellas al pasar. Sin embargo, si pasamos veinte, cincuenta, o cien veces, se irán notando cada vez más, e incluso se generará un camino de tierra donde no crecerá el césped. Las neuronas poseen la misma naturaleza de funcionamiento: en terapia podemos conseguir un cambio crítico, pero necesita ser mantenido en el tiempo para que se consolide en nosotros.

Y no sólo es importante la consolidación de la conexión entre dos neuronas, tenemos que poner en perspectiva la enorme cantidad que tenemos, que son necesarias para producir un cambio. Simplemente dos neuronas pueden generar, desde cero, puentes o conexiones sólidas entre ellas en cuestión de horas. Ahora tengamos en cuenta que las neuronas conforman fibras nerviosas mediante la conexión de cientos y miles de ellas conectadas entre sí. Hay que considerar que solamente el cerebro está formado por más de veinte partes diferentes que regulan la información de una forma única (y sin hablar siquiera de las conexiones necesarias con el cerebelo, o el tallo encefálico). Tendremos que tener en cuenta además las conexiones necesarias con los órganos corporales que segregan las hormonas que sentimos como emociones, y como estas conexiones en todas estas áreas, generan a su vez nuevos puentes. Es decir, al producir un cambio en el sistema nervioso, éste se reajusta de nuevo generando incluso más conexiones, lo que conlleva más tiempo por cada conexión nueva, así como su consolidación. Como resultado, mensajes como “me doy cuenta de que tengo miedo”, “no me siento querido”, “echo de menos a personas que no están” y otros similares expresados en terapia, generan imágenes y nuevos pensamientos en ese mismo momento. Es común oír mensajes donde se conectan contenidos con un sentido para nosotros como por ejemplo “curiosamente ahora que me siento triste me he acordado de un amigo” o “no sé por qué, pero intentando resolver mi preocupación he acabado hablando de mi hermana”.

Como conclusión, el cambio terapéutico se suele traducir, metafóricamente hablando, en gotas de agua que van permeando poco a poco en nosotros. Esto se puede conseguir mediante ideas que relacionamos, conceptos que aprendemos o bien pensamientos que rebatimos y que son una pequeña parte del problema general que padecemos. Esto se traduce en cambios lentos y constantes, en puentes nuevos entre neuronas de nuestro sistema nervioso hasta que, con los días o incluso meses, hayan generado un cambio lo suficientemente significativo como para poder darnos cuenta de él. Con el trabajo terapéutico, cualquier día puede ser el día esperado en el que cambiemos a una versión mejor de nosotros mismos.

Artículo escrito por Borja Alonso.

La situación que llevamos atravesando desde hace un par de meses por la aparición del Covid-19 en nuestras vidas nos ha obligado a un reajuste, en muchos aspectos, de nuestra forma de vivir, tanto con uno mismo como con los demás. Son los sociólogos los primeros en señalar que “después de cada catástrofe hay una revolución cultural”. Parece tan inevitable como un tanto imposible tener que eliminar hábitos que podrían considerarse innatos para nosotros, y sustituirlos por algunos aún por descubrir. No hay que alarmarse, pues es bien sabido que el ser humano siempre ha sobrevivido adaptándose. Pero ¿A qué nos toca adaptarnos esta vez? ¿Qué nos supone vivir de este modo?

Desde el punto de vista de un análisis funcional podríamos identificar como un estresor constante la situación en sí. Bien es sabido que nuestro cuerpo es capaz de soportar el estrés a lo largo del tiempo que este permanece presente, llegándolo a integrar en el caso más perjudicial. Sus síntomas son fácilmente identificables como efectivos si no llegamos a gestionarlo bien: sensación de angustia, alteración del sueño, catastrofismo… pudiendo afectar a nuestro entorno más inmediato. Las diferencias individuales son claves para entender la gravedad de la cuestión, ya que cada uno pondrá en marcha los recursos emocionales de los que dispone para gestionar la situación. Circunstancias o escenarios que ya eran altamente nocivos o peligrosos parecen estar condenados a agravarse debido a la carencia o mal uso de estas habilidades de afrontamiento, como por ejemplo situaciones de violencia en el hogar, cuadros de trastorno depresivo, o trastornos de angustia agudo.

Y ahora hay que añadir los propios estragos que ha ocasionado este virus en muchas familias: pérdida de seres queridos de los cuales no han podido despedirse, dando lugar a lutos muy complicados de resolver. También el temor y la incertidumbre constante de contagiarse o contagiar a algún ser querido.

La pandemia inevitablemente ha colocado el estrés como filtro a la hora de establecer pensamientos acorde a la realidad que se avecina, generando niveles perjudiciales de ansiedad.

¿Y qué significa convivir con una situación estresante?

Estrés es una palabra que en nuestra cultura del siglo XXI resulta altamente nociva, casi se podría clasificar como una patología propia… Sin embargo son numerosos los estudios que señalan que el estrés en sí es un tipo de respuesta que genera nuestro organismo ante una amenaza que nos acecha.

Así que en primera instancia, posee una función adaptativa y de supervivencia ya que nos alerta de los peligros del contexto. La respuesta en un primer momento alcanza niveles elevados de intensidad; suele ser de una alta sobreactivación fisiológica y cognitiva, que requiere de una demanda excesiva de nuestros recursos. Cuando la situación estresante se mantiene en el tiempo (como parece ser el caso del Covid-19) dicha respuesta fisiológica puede no ser tan adaptativa y convertirse en nociva para el organismo, produciendo alteraciones fisiológicas. Se le conoce como síndrome general de adaptación, termino acuñado por Selye (1926), quien propone tres etapas a la hora de que nuestro organismo gestione el estrés: La primera, fase de alarma, es la que hemos definido previamente cuando se genera una sobreactivación ante la presencia del estímulo nocivo, y nuestros recursos se predisponen para actuar, dando lugar a la segunda fase, la fase de resistencia, en la que nuestros recursos intentan resolver de la forma más óptima la situación.

Si el elemento estresor perdura en el tiempo, ya que no hemos podido resolverlo de forma deseable entramos en la fase de agotamiento, en la que se ponen de manifiesto dificultades o alteraciones en el organismo por mantener la sobreactivación fisiológica y cognitiva de manera indefinida. Estaríamos hablando de cefaleas, alteración del estado del ánimo, alteración del sueño, rumiaciones...

Es importante encontrar formas óptimas de gestionar dicho estrés, de darle salida, por ejemplo a través del ejercicio físico, ya que si no, corre el riesgo de integrarse de forma permanente en nuestra actividad cognitiva.

¿Y ahora? ¿Qué es lo siguiente?

El plan de desconfinamiento por fases ya se ha puesto en marcha, y ha quedado patente la idea de que se trata de otra transición adaptativa a la que tenemos que enfrentarnos.

En la propia ciudad china de Wuhan, cuna del Covid-19, tras el confinamiento se estima que más de la mitad de la población requirió de atención psicológica, mientras que un 5% había desarrollado algún tipo de trastorno mental. Esto nos puede servir de orientación para sociedades en las que estamos dando nuestros primeros pasos en la desescalada. Aunque no todo tiene que ser negativo; algún aprendizaje o ganancia habremos adquirido a través de esta experiencia. Es más que probable que hayamos reforzado nuestras capacidades de adaptación (como se anunciaba al inicio de este artículo), de resistencia al estrés, quizá algo de pragmatismo vital tal vez… No estaría nada mal.

Pero atendiendo al posible desencadenamiento de patologías mentales, los profesionales de la salud señalan que el desconfinamiento no va a ser igual para todos, ya que la percepción del riesgo es subjetiva. Una vez más salen a relucir nuestros recursos personales propios: el peligro sigue en el exterior, el virus continúa siendo una amenaza. Así nos lo recuerdan una y otra vez en los medios de comunicación. Por lo tanto podemos señalar, en relación con la situación previa de confinamiento, dos cosas:

Lo primero, que el elemento estresor perdura en el tiempo, llegando a integrarse en nuestra cotidianidad.

Lo segundo, que una alta dosis de información de los medios sigue siendo tan perjudicial y confusa como en el inicio de la pandemia.

Tras un periodo de dos meses de confinamiento, en el cual hemos pasado por momentos de incertidumbre, confusión, dificultad para la gestión de la ansiedad y las emociones... no sería de extrañar que nos encontrásemos con síntomas como apatía, fatiga, irritabilidad, intranquilidad, problemas de sueño... todos ellos propios de cuadros englobables en los trastornos de ánimo, que tienden a aflorar en esta etapa de reajuste, llegando a generar cuadros de ansiedad y malestar clínico si perduran a lo largo del tiempo. Algunos especialistas de la salud mental señalan que la mayoría de los problemas se solucionarán con respuestas más adaptativas en cuestiones puntuales: podemos por pasar por momentos de inquietud, de rabia o ansiedad... de forma episódica. Pero nuestras habilidades de resiliencia se van a empezar a manifestar.

Las herramientas, recordemos, las poseemos nosotros mismos, y la figura del sanitario mental actúa reforzando dichas habilidades, o bien descubriéndoselas al propio sujeto… A continuación expongo algunos consejos recogidos de diversos artículos que abordan como podemos afrontar psicológicamente esta nueva era post Covid-19:

Comprender y asumir que la realidad esta sujeta a cambios drásticos que escapan a nuestro control podría ser el primer paso para afrontar nuestros temores, haciéndonos conscientes de la situación que estamos viviendo. Sin embargo esta idea no nos exime de la responsabilidad de actuar sobre ella para mejorar nuestra calidad de vida y salud mental, así como la de nuestro entorno.

Evitar caer en pensamientos negativos recurrentes, estableciendo un control de la dosis de información que uno recibe puede ser un recurso para mantener el foco de atención en otros ámbitos que permitan nuestro desarrollo.

Fomentar una comunicación abierta entre el núcleo familiar, no reprimir lo que nos está pasando, ya que nos está pasando juntos y podemos apoyarnos los unos en los otros.

Esforzarse en la medida de lo posible en recuperar viejos hábitos agradables, luchar contra el sedentarismo constituyen formas de combatir el estrés y reducir el foco de atención en lo negativo, y poco a poco recuperar nuestra vida.

En conclusión, el apoyo y la orientación psicológica parece alcanzar un papel de extrema necesidad en estos momentos. Serán muchas las emociones que se nos muevan dada las circunstancias, y que influirán en nuestra forma de interpretar la realidad. Sobra decir que estas emociones están teñidas por las “funestas” y “alarmantes” predicciones de los analistas de nuestra sociedad.

Identificar dichas emociones es clave para entender nuestros pensamientos y conductas y no “dejarnos llevar por el miedo”. Un esfuerzo en la dirección del auto-conocimiento y la autoreflexión parece vital para combatir ese desajuste emocional.

Volver a la normalidad, a nivel personal y emocional, puede ser un camino arduo para algunas personas. Como hemos señalado al inicio, gente que ya presentaba un cuadro desadaptativo antes de esta situación puede haber agravado su condición. El temor y la incertidumbre al futuro son generadores permanentes de estrés, que van a formar parte durante un tiempo de la cotidianidad. Nuestra asistencia y acompañamiento se hace de nuevo indispensable para la transición, que nos aguarda, a la nueva normalidad.

BIBLIOGRAFÍA

Cyrulnik, B. (2020, Abril 21). Después de una catástrofe, siempre hay una revolución. Recuperado de www.xlsemanal.com/conocer/psicologia-c onocer/20200421/boris-cyr ulnikneurologo-y-psiquiatra-resiliencia-recuperarse-trauma-crisis-coronavirus.html

Harari, Y. (2020, Abril 12). Superaremos la pandemia, pero corremos el peligro de despertar a un mundo diferente. Recuperado de https://www.xlsemanal.com/personajes/20200412/yuval-noahharari-despues-coronavirus-mundo-crisis-historia.html

Chavarrías, M. (2020, Mayo 4). Estos son los trastornos psicológicos pueden surgir tras el confinamiento. Recuperado de https://www.eldiario.es/consumoclaro/cuidarse/Estres-depresionansiedad-confinamiento_0_1023648037.html

López, A. (2020, Mayo 2). El nuevo reto: lidiar con las secuelas psicológicas del confinamiento.
Recuperado https://www.lavanguardia.com/vivo/lifestyle/20200502/48850239606/confinamientosecuelas-psicologicas-ayuda.html

Colegio Oficial de Psicólogos (2020, Mayo 21). Guía para un afrontamiento psicológico eficaz del
proceso de desconfinamiento ¿Y ahora qué?. Recuperado de https://www.copmadrid.org/web/comunicacion/noticias/1554/guia-un-afrontamiento-psicologicoeficaz-proceso-desconfinamiento-y-ahora-que

Artículo escrito por Álvaro Fernández.

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