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Los psicólogos llevan décadas estudiando y abordando los distintos desórdenes mentales para lograr su cura. Como padres, poco nos hemos parado a pensar sobre dónde se originan y qué podemos hacer  para prevenir este devastador efecto en nuestros niños.

Los padres nos esforzamos en invertir incansables cantidades de dinero en una buena vida para nuestros hijos; traducido esto en disponer de los mejores colegios, los mejores médicos, mejores juguetes, mejores comidas, etc. No estamos entrenados para llevar a cabo la tarea que nos toca y el arte de educar queda suspendido en el aire, o a lo sumo, amparado en alguna lectura que otra sobre el tema. Pero ¿dónde está la clave para construir niños felices? El niño se debería construir desde dentro hacia fuera.

Hoy en día se oye cada vez más hablar sobre la autoestima. La autoestima es lo que sentimos cada uno por nosotros mismos. En qué medida nos gustamos. Cuando un niño la tiene dañada hará lo imposible para buscarla fuera y tratar de impresionar a los demás. Y el niño con alta autoestima no necesitará hacerlo, y tendrá más posibilidades de éxito. Como padres, debemos ayudarles a que crean en ellos mismos. ¿Cómo? Empezando nosotros por confiar en ellos. Hay dos conceptos  básicos que todo niño necesita:

- sentirse digno de que le amen

- sentirse valioso.

Según el estudio de Stanley Coopersmith, este factor de la autoestima no depende del status económico de la familia, ni de la educación, ni del país de residencia, ni del status social, ni de la profesión del padre o de si la madre está o no en casa, etc. Depende, en cambio, de la calidad de las relaciones del niño con aquellos que están al cuidado suyo. La mirada que de ellos reciba, se convertirá en su propia mirada el día de mañana.

Hace poco me contaron la historia de Dylan: Dylan era un niño que desde pequeño fue muy rechazado. Era muy movido. No paraba de hablar. Nadie quería quedarse con él. Incluso sus abuelos lo evitaban, cuando podían. Sus padres se separaron cuando él tenía apenas 2 años. Buscaba la manera de llamar la atención de la gente: hablando, o incordiando a los demás.  Su profesora, cuando él tenía 4 años, llamó a la madre para advertirle que no podía con él. Académicamente era muy bueno, consiguiendo muy buenos resultados siempre. La profesora llegó a decirle a su madre que como no le llevara al orientador del colegio, Dylan llegaría a ser un psicópata, porque no veía en él ningún grado de empatía, y siempre estaba molestando. La madre, alarmada, fue convencida por la profesora, y así lo hicieron. Un día antes de la cita con el orientador, Raquel llamó a la profesora para cancelarla. Sabía que si llevaba al orientador a su hijo, acabaría como muchos otros niños hoy en día; medicado, y profundamente marcado por el TDH.

Y así fue pasando el tiempo, hasta que con 9 años Dylan empezó a decir que no quería ir al cole. La madre comenzó a escuchar esta petición de ayuda que el niño estaba lanzando, pensando en otras alternativas: llevarle a un sitio nuevo, donde nadie supiera de él, donde la mirada de la gente fuera nueva y limpia, libre de cualquier comentario o juicio que enturbiara, aún más, su ya deteriorada imagen.

Para ello tuvo que cambiar de trabajo, de ciudad, de casa. Puso patas arriba su vida pero se negaba a aceptar el diagnóstico que se le había impuesto: “¿¿un psicópata??” Buscó pedagogías alternativas en internet y descubrió una donde hablaban de la tolerancia a la diferencia, la mirada sin juicio, el trabajo personal con las emociones y, sobre todo, lo que más le llamó la atención fue que al entrar cada mañana a clase, la profesora iba a mirar a su hijo a los ojos y le iba a decir con cariño y una sonrisa: “buenos días Dylan”. La madre de Dylan sumó todas las mañanas que hay en un curso escolar y pensó: “si cada día, unos segundos alguien puede mirar a mi hijo con amor, podría ser su salvación”. Había que probar.

Le llevaron tres días de prueba a ver si encajaba en la clase y si la profesora, María se llamaba, veía que podía integrarse bien. El primer día Raquel fue toda nerviosa a recogerle, porque quería hablar con ella. Se temía lo peor. María le dijo: “mire Raquel, no sé qué ha pensado usted hacer, pero yo me lo quedo. Su hijo tiene un corazón de oro”. Mientras escuchaba esto se le iluminaba la cara. La madre no pudo mas que romper a  llorar porque nunca nadie antes le había dicho ni siquiera que su hijo tuviera corazón. A su vez, Dylan se acercó al oído de su madre y le dijo: “mamá por favor, déjame aquí”

El primer curso fue de adaptación. Ocurrieron conflictos entre los niños, y Dylan se mostraba muy susceptible y a la defensiva, fruto de su experiencia anterior. Estaba dañado. La profesora hablaba mucho mucho al corazón de Dylan, y Dylan lloraba, de todo el dolor que llevaba arrastrado mientras ella le abrazaba. Eso se repitió a menudo durante el primer año. Los compañeros le arroparon también, porque habían sido educados en la tolerancia, el respeto, la empatía y el amor. Después de ese proceso terapéutico para él, Dylan pasó a ser otro niño: querido, buscado, incluso siempre votado para ser el delegado. Y empezó a crecer integrando en él una mirada diferente a la que ya conocía. Ganó en confianza y empezó a gustarse.

Iba siendo adolescente, y todos los amigos le pedían consejo para todo, porque él tenía un sentido de la justicia y lealtad impresionante; y porque como bien dijo su profesora, tenía un gran corazón… y eso fue lo que desarrolló Dylan esos años,  su corazón. Gracias a que María lo supo ver primero. Ya de mayor, decidió  estudiar psicología para ayudar y acompañar a otros en su proceso personal. Y encontró su camino sirviendo a los demás y extendiendo ese amor que le fue dado.

¿Por qué no se receta más amor? ¿Será que es gratis?

Artículo escrito por Lidia Serrano.

Blaise Pascal

El corazón tiene sus razones, que la razón no comprende

Comparación entre hemisferios y principales características.

El cerebro humano, que es sorprendentemente plástico, tiene su mayor virtud en la capacidad de aprender. Está formado por dos hemisferios que se relacionan con áreas muy diversas de actividad y funcionan de modo diferente pero complementario. Están separados físicamente, son relativamente independientes el uno del otro y están unidos por un pequeño conjunto de fibras nerviosas, que funcionan como conector, llamadas cuerpo calloso.

No hay uno más importante que el otro, son como las alas de un pájaro: somos la unión de los dos. Pero tienen funciones discretamente diferentes; ambos hemisferios operan paralelamente para procesar e interactuar con la información y la realidad que nos rodea.

Sin embargo, en muchas ocasiones en nuestra sociedad se maximiza la importancia del lado izquierdo: que es el lado analítico, estratégico, científico, racional, lógico y verbal, menospreciando las características y funciones del derecho: que es el intuitivo, el filosófico, el creativo, donde reposan los sueños, el que actúa de forma más global y cuando hay que tomar decisiones arriesgadas.

Nos han enseñado a pensar, a estudiar, a trabajar desde el hemisferio izquierdo pero la clave del éxito está en el derecho....... ¿por qué?

Porque nos conecta con nosotros mismos y con los demás a través de las emociones, nos permite tomar conciencia de ellas y evitar caer en el secuestro emocional, en esos momentos en que no somos capaces de reconocernos. Cuando se manifiestan emociones que no son las que esperamos ni las que queremos pero aparecen de forma automática; cuando tomamos conciencia de ello nos arrepentimos y preguntamos cómo y de dónde ha salido eso...

Es por ello que en este mundo que nos toca vivir predomina la preocupación por el pasado y por el futuro fomentando la ansiedad y la centralización en el problema,  dificultando proyectarnos hacia el éxito. Dificultando igualmente el desarrollo interno de la creatividad y en muchos casos nuestra comunicación con el mundo exterior, la capacidad de tomar decisiones novedosas o de vivir experiencias significativas y placenteras en el aquí y ahora.

Si queremos hacer las cosas de manera diferente, hemos de aprender a trabajar con nuestro hemisferio derecho. Para ello hay que estimularlo cada día, generando así nuevos circuitos neuronales que se convertirán en hábitos poderosos y que nos acercarán a la mejor versión de nosotros mismos.

A continuación vamos a proponer algunas formas de estimular el hemisferio derecho:

  1. Pensar los problemas en dibujos: cambia, utiliza el pensamiento proyectivo y no el inductivo. Dibujando somos capaces de ver los problemas desde otro lado.
  2. Cuidarnos: hacer deporte, utiliza la actividad física para estimular el cerebro, reducir el cortisol (la hormona del estres) para generar endorfinas, dopamina y diversas hormonas relacionadas con el bienestar y la felicidad.
  3. Meditar: De la forma que sea, nos ayuda a conectar con nosotros mismos, con el yo interior. Nos ayuda a avanzar, a conocer nuestra esencia.
  4. Poner el foco en lo importante de la vida: saber quién eres, donde estás y a donde vas.
  5. Bajo el agua: Uno de los pocos sitios donde no es posible llevar el móvil es en la ducha, momento que se puede aprovechar para desarrollar la creatividad, las mejores ideas. Menos conexión con la tecnología y más con nosotros mismos, amigos y familia.
  6. Aprender a crear: La creatividad tiene que ver con generar hábitos, con hacer cosas diferentes todos los días. La creatividad se aprende y se puede desarrollar, de nosotros depende.
  7. Olvidarse de los precedentes: El pasado no se puede cambiar, pero sí cada minuto de ahora en adelante y hasta el final de nuestros días. El pasado fue útil, pero el futuro puede ser excelente. Siempre hay opciones, hay que buscarlas.
  8. Sueña despierto: El sueño es inherente al ser humano, perseguirlos es lo que nos llevará a conseguirlos. A que de nosotros dependa nuestro futuro; soñar nos hace más poderosos, hay que recuperar los sueños que teníamos cuando éramos niños, cuando predominaba nuestro hemisferio derecho.

Artículo escrito por Julián Marcelo Caruso Selgas.

Observemos la siguiente escena:

Marta: “Otra vez Lunes y la oficina llena de papeles por resolver, ni con dos tazas de café acabaré esto antes de la hora de comer, y para colmo mi jefe me ha dado unos archivos que le urgen mucho, el teléfono no para de sonar y no voy a poder llegar a todo. De pronto se me cae la taza de café en la falda, acabo impregnado de ese fuerte olor y ese color de suciedad. En la reunión de las 12:00 confundo los papeles que debo leer frente a mis compañeros, estos se ríen y lo pasó fatal, cuando llegan las 14:00 y voy para casa mientras pienso que he tenido un día horrible y que no puede irme peor, me atiborro a comida mientras me lamento de mi situación”.

Sofía: “Es Lunes genial, cuando salga del trabajo tengo sesión de yoga, además con ese monitor nuevo voy a mejorar mi concentración. Esa que me ayuda para concentrarme más en mi trabajo, por lo que aligero mejor mí tiempo y aprendo a gestionar tanto las llamadas como los papeles que tengo que resolver. Al igual que a Marta, también se le cae el café en la falda, (se ríe), lo veo bien porque justo me había comprado una falda nueva antes de entrar a trabajar. Al entrar en la reunión de las 12:00 todos la miran y le alaban el gusto que tiene con la ropa, además hace una exposición clara frente a sus compañeros. Al llegar las 14:00 me voy a casa, me cambio de ropa y sonrío porque me toca la clase de yoga que estaba esperando toda la mañana”.

Tras este pequeño ejemplo, podemos ver que a Sofía le va mejor que a Marta y es porque practica el optimismo.

¿Qué es eso del optimismo?

Se trata de tener la capacidad de ver el lado positivo de lo que nos sucede a diario. Una manera de pensar buscando el lado bueno de las cosas.

¿Cómo consiguió Sofía ser optimista?

Ella tiene habilidades para saber mirar el lado bueno de las cosas; sabe darle la vuelta a las situaciones para buscar las ventajas que le ofrecen a pesar de no ser muy apetitosa, disfruta con esa actitud. Claro que todo esto a Sofía le supone que para ser optimista tiene que hacer un gran esfuerzo y mostrar mucha voluntad en querer ver el lado positivo de la situación. A medida que lo fue practicando más lo automatizaba, por lo que ahora le sale de forma espontánea. Lo que no quita que en momentos más complicados tenga que dedicar mayor esfuerzo y mayor voluntad para sacar su optimismo a pasear.

¿Cómo puede ser Marta optimista?

Para que Marta empiece a ser optimista tiene que empezar a cambiar su forma de verse, tiene que empezar a quererse más a sí misma. Por tanto dejar de ser su propia enemiga, dejar de lado sus frustraciones y límites que ella misma se pone. Aprender a valorarse de forma positiva, queriendo sus virtudes pero también sus defectos. Aprendiendo a ver de los demás que si ellos pueden, ella también. Potenciar sus virtudes, y reírse más de todo.

Marta tiene que ver que ella es capaz de tomar las decisiones adecuadas por sí misma, sin que nadie más que ella les dé el visto bueno. Dejar atrás lo que opinen los demás sobre sus decisiones, acciones o movimientos. Sus actos los tiene que consentir ella, nada de dejarse influir por lo que digan los amigos, o su entorno cercano. Ella tiene capacidad de tomar una buena decisión por sí sola.

Además Marta tiene que aprender a decir que no. En ocasiones se encuentra en situaciones en las que no sabe dar una negativa, y se ve colapsada de trabajo —o atendiendo peticiones que no le apetecen nada— pero como no sabe decir no, y pretende agradar a los demás se ve realizando actividades que no le apetecen nada. Ella debe aprender a poner sus propios límites y a saber decir a las personas un “no”. Esto la ayudará a controlar las situaciones en las que se venía viendo envuelta y que no le agradaban. Ganará confianza en sí misma y restará posibles miedos que podía tener ante una reacción negativa de la persona que le solicita algo.

Junto a todo esto Marta deberá aprender a gestionar sus fracasos. No pasa nada por equivocarnos, eso significa que debemos mejorar y seguir aprendiendo. Es más, para Marta es fundamental obtener una enseñanza positiva de cada uno de sus fracasos. De este modo obtendrá una lección enriquecedora de cada error sucedido.

Con todo esto Marta es capaz de darse cuenta de que es mejor encontrar el lado positivo de las cosas en vez de, como hacía antes, centrarse en cada momento en el lado negativo de las situaciones. Marta comprende que le va mejor desde que ha cambiado su enfoque: como cuando se le derramó el café en la falda, o cuando se equivocó de papeles en la reunión. Ahora piensa que esa falda estaba ya muy desgastada y que esos papeles los podía mejorar.

Marta comprende que desde que decidió ser optimista le funcionan mejor las cosas; es más ahora entiende en mayor medida sus emociones, comprendiéndolas, asimilándolas y sobre todo controlarlas para estar en buena armonía frente a las mismas.

¿Cuáles son los beneficios de ser optimista?

Ahora, tanto Sofía como Marta, al tener una actitud frente a la vida más optimista, presentan una mejora de su salud, ya que quienes practican el optimismo tienden a enfermar menos y recuperarse antes que quienes se quejan todo el día. Una actitud negativa nos perjudica tanto que llega hasta el punto de afectar a nuestro sistema inmunológico, deteriorándolo, dejando la puerta abierta a posibles enfermedades. En cambio, una persona con una actitud positiva influye en que su sistema inmunológico segregue hormonas de forma más rápida para combatir de manera más inmediata a los anticuerpos sobrevenidos.

Sofía y Marta obtienen igualmente un menor nivel de estrés frente a una persona que es pesimista. Ellas, al ser optimistas, creen en sí mismas: en su valía, en sus logros, en sus cualidades, pero además conocen sus defectos, aprenden de ellos además de ser capaces de ver el lado positivo de las circunstancias.

Sofía y Marta han mejorado sus relaciones por tener una actitud positiva frente a la vida, puesto que una persona optimista presenta mayor calidad en las relaciones con su familia, pareja, amigos y/o compañeros de trabajo, ya que saben relacionarse, aprender de los que les rodean obteniendo lo bueno de cada persona y de cada situación.

En general, Sofía y Marta han experimentado una mejora en su calidad de vida gracias a llevar a cabo este esfuerzo por ver la realidad desde esta perspectiva.

La vida no son solo estos ejemplos sencillos como hemos leído, también nos da reveses importantes; pero si prácticas de forma habitual el optimismo, esos reveses los podrás sobrellevar de mejor manera.

Artículo escrito por Carolina Lozano,

El fenómeno conocido como el Valle Inquietante o, en inglés, the Uncanny Valley, se basa en el efecto psicológico que se genera como consecuencia de la percepción humana sobre el grado de contraste entre el pretender, o aparentar, ser humano y el ser humano de manera auténtica. Profundizando en esto, encontramos que la biología reacciona cuando nuestro cerebro percibe que algo no es natural, y aunque lo racional sería pensar que, a mayor semejanza con la figura humana, mayor identificación y por tanto mayor respuesta emocional positiva (como empatía, aceptación, etc.), este fenómeno demuestra que no siempre es así. La explicación reside en que las diferencias existentes se ven acentuadas en aquellas entidades que se aproximan en apariencia a la humanidad, razón por la cual en la percepción se destacan éstas mismas diferencias que mencionamos por encima de las similitudes, activando así las alarmas del cerebro con el objetivo de protegernos de lo que puede resultar potencialmente una amenaza, mientras que nos centramos en los factores comunes cuando un ente es diferente al ser humano, y este conjunto de puntos coincidentes sí generan empatía.

Este es un concepto relativamente reciente basado en un principio de robótica que fue formulado por primera vez por Masashiro Mori en los años 70, cuando se observó y posteriormente se analizó la respuesta que dieron diferentes personas frente a los esfuerzos por emular la apariencia antropomorfa por parte de los robots androides. Este hecho es cuestionado o negado por muchos desarrolladores de animación en 3D, profesionales y empresas del sector de los videojuegos, y científicos como la prestigiosa Sara Kiesler, de la Universidad Carnegie Mellon (EEUU), que es una de las más reconocidas en el campo de investigación superior de ciencias de la computación y la robótica. Son muchos los ingenieros y psicólogos robóticos que centran actualmente sus esfuerzos en desarrollar a estos androides de manera que no destaquen por sus diferencias, evitando así generar inseguridad en los usuarios. Por otro lado, se está empezando a tener en cuenta el fenómeno en el ya mencionado mundo de los videojuegos, que es uno de los más afectados actualmente por la influencia potencial de este suceso.

El estilo de algunos videojuegos cae directamente en el Valle Inquietante, y el resultado parece en ocasiones reflejarse a posteriori de la mano de espectadores y consumidores, si bien no siempre se identifica con este concepto. Square Enix anunció en 2008 que estaban estudiándolo para evitar su influencia en el desarrollo de Final Fantasy XIII.  Wukmir plantea que para un ser vivo lo más relevante es la vida y la supervivencia, mientras que la emoción es el resultado de una medida subjetiva de la probabilidad de supervivencia del organismo en una situación determinada que nos informa sobre el nivel de favorabilidad, por lo que cuanto más positivas sean nuestras emociones, más saludable será nuestro estado. Por otro lado, los errores en las emociones acaban perjudicando al organismo inevitablemente.

Existen diversas teorías que tratan de justificar este hecho, siendo las más prestigiosas aquellas que encuentran su hipótesis explicativa en la disonancia cognitiva, partiendo del hecho de que se generan emociones negativas, y especialmente de rechazo que surgirían como resultado de la diferencia entre lo que parece, o pretende ser, y lo que auténticamente es, focalizando así sobre la falta de humanidad como punto de conflicto. También se han conceptualizado otras explicaciones desde la justificación que aporta una perspectiva adaptativa-evolutiva, que aborda la morbilidad y lo que puede ser considerado perjudicial o una amenaza, haciendo así referencia a la semejanza con enfermos, difuntos, seres deformes o monstruos antropomorfos, por ejemplo. Otra visión podría ser la psicoanalista, partiendo de las teorías de Freud y Lacan principalmente, en las que se destaca el papel del inconsciente reprimido ante la sensación de inseguridad o la precipitación de conflictos internos que podría provocar una entidad impostora, desencadenando la angustia.

Esta curiosidad, en apariencia poco relevante, cobra un nuevo sentido en un mundo tecnológico donde la robótica y las inteligencias artificiales (IAs) tienen un papel cada vez más relevante, en el cual a menudo se busca una figura semejante a la de su creador, lo que debería facilitar un espectro de emociones positivas avalados posiblemente por una adaptación evolutiva en relación al grado de semejanza o familiaridad que podemos encontrar en otros entes. La cuestión clave del Valle reside en que cuanto mayor es el grado de parecido con la figura humana, mayor es el rechazo potencial que éste puede provocar, situando este a través del símil en el cual se compara la brusquedad del cambio descendente en una línea imaginaria que previamente había ido ascendiendo en representación de nuestra respuesta ante una entidad robótica que guarde una elevada semejanza al comportamiento y apariencia humanos.

Una imagen estática generaría un menor sentimiento de rechazo, ya que las acciones de robots o personajes dan lugar a diferencias que el observador puede llegar a considerar como fallos, incrementando así el efecto del Valle Inquietante, aunque se ha demostrado que este puede atenuarse con pequeños gestos que aportan humanidad, como pausas entre acciones o frases, movimientos de corte fortuito, o un buen grado de fiabilidad en la interacción humana. Este inicio en el descenso de los niveles de simpatía se relaciona con unos determinados porcentajes que sitúan la similitud con la apariencia humana entre el 50% y el 70%, y en los cuales se genera una respuesta de repulsión. Cabe destacar la alta variación existente tanto en el grado de aceptación como en la respuesta que puede presentar cada individuo, desde un leve estremecimiento hasta experimentar la emoción del miedo, dependiendo entre otros factores de rasgos de personalidad como empatía o nivel de alerta.

El estudio del Valle Inquietante puede resultar de interés en la actualidad debido a la situación tecnológica en que nos encontramos, si bien aún queda mucho camino para superar los obstáculos mencionados; sin embargo, el campo de la robótica se encuentra en pleno auge, ya que cada vez son más los profesionales formados y la necesidad de expansión en éste ámbito, la evolución de los robots y de las inteligencias artificiales (IAs) así como las posibilidades y mejoras en la caracterización e interacción de los mismos de manera que faciliten la experiencia de los seres humanos en diferentes ámbitos.

Artículo escrito por María Jesús Martínez.

¿Cómo es la psicoterapia en personas con daño cerebral adquirido?

Una vez que hemos aceptado la utilidad o incluso el papel esencial de la psicoterapia en el proceso de recuperación del daño cerebral, empiezan a surgir otras dudas bastante razonables. En una terapia psicológica el cliente establece una relación con el terapeuta: ambos entablan un diálogo, se intercambian preguntas, respuestas y observaciones, y hay un acuerdo en que fuera de sesión el cliente realizará ciertas acciones en su vida cotidiana que serán las que acaben dando lugar al cambio que busca; sin embargo, antes hemos comentado que en el daño cerebral adquirido hay problemas de concentración, de memoria, de lenguaje o de cualquier otro proceso cognitivo. Las implicaciones de estos déficits conllevan que pueda ser difícil mantener una conversación con el terapeuta, o enterarse de lo que nos dice, o expresar adecuadamente nuestra opinión, o recordar qué es lo que habíamos acordado con el psicólogo que íbamos a hacer para la siguiente sesión. Por tanto, ¿en qué medida permiten estas limitaciones que la persona con daño cerebral adquirido (DCA) pueda someterse a un proceso psicoterapéutico?

Como todo en psicoterapia, la clave consiste en la consideración individualizada de cada persona. No todo el mundo con DCA va a experimentar la mismas alteraciones, ni en la misma medida, por lo que la labor inicial del psicólogo será la de establecer un perfil de los déficit y los puntos fuertes de quien tiene enfrente para elegir la modalidad de tratamiento idónea. Esto se lleva a cabo con cualquier tipo de cliente en psicoterapia, solo que en el caso de personas con daño cerebral adquirido habría que añadir a esta evaluación el estado de sus diferentes procesos cognitivos tras el daño cerebral. De esta manera, la psicoterapia en personas con DCA no tiene por qué ser muy distinta que en aquellas sin daño neurológico, pues sus principios y técnicas son los mismos aunque su aplicación pueda variar en función de las dificultades que haya podido generar la lesión neurológica.

En cualquier caso, la función cognitiva más importante y que debería estar mayormente preservada en alguien con daño cerebral adquirido para poder aplicar psicoterapia es el lenguaje. En las primeras fases del proceso de evaluación el psicólogo valorará la capacidad del individuo con DCA para comprender lo que le dicen y a su vez para expresarse adecuadamente. Aparte del papel del lenguaje como principal elemento de comunicación interpersonal, se debe señalar su importantísima función para regular la propia conducta, a través de lo que se conoce como autoinstrucciones: Las autoinstrucciones son frases o breves discursos verbales que la persona se recita a sí misma mentalmente para organizar mejor su propia conducta a responder adecuadamente a situaciones estresantes. Por ejemplo, ante una situación que provoque estrés la capacidad de irse diciendo a uno mismo los pasos a seguir para salir de esta o solucionarla proporciona una guía muy útil en comparación a ir probando formas de afrontamiento por ensayo y error. La técnica se ha probado en numerosos tipos de problemas y ha sido aprendida y aplicada por muchas personas que reciben psicoterapia, tanto con DCA como sin él.

Aparte del lenguaje y las autoinstrucciones, otra parte fundamental de la psicoterapia consiste en conseguir que el individuo con daño cerebral adquirido pueda volver a realizar actividades que le resulten placenteras. Está bien que se entrenen las rutinas de la vida diaria como el lavado, la cocina y otras similares para que recuperen su autonomía lo antes posible, pero intercalarlas con la práctica de las aficiones que tenían antes de sufrir DCA mejora su estado anímico y su motivación a la rehabilitación, por lo que no podemos dejar a un lado estas actividades meramente recreativas dada la importante función terapéutica que cumplen por sí mismas. El psicólogo hará un balance entre las actividades que proporcionan más disfrute a la persona y aquellas que puede realizar solo o con ayuda en su estado actual, motivando al paciente y animándole en su ejecución para que vuelva a disfrutar y a sentirse autónomo.

Para terminar, hablaremos de las técnicas cognitivas. A pesar de su nombre, no forman parte de los programas de rehabilitación centrados en la potenciación de facultades como la memoria, la atención o el lenguaje; si no que buscan cambiar la forma extremadamente pesimista o catastrofista con que uno puede llegar a percibir el mundo tras saber sufrido daño cerebral. No se trata se sustituir sus pensamientos o ideas negativas por otros excesivamente positivos o de engañar al paciente sobre sus capacidades y sus déficits, sino ayudarle a crearse una visión más realista de su situación considerando sus puntos fuertes y todo lo que todavía puede hacer, en vez de focalizarse exclusivamente en lo que ha perdido.

Estas son algunas de las formas en que la psicoterapia puede ayudar a las personas con DCA, pero hay otro grupo a quienes también se les debe ofrecer psicoterapia: sus familiares.

¿Qué ocurre con la familia?

El daño cerebral adquirido no afecta solamente a la persona que lo padece, sino que también genera un fuerte impacto en sus seres queridos, especialmente los familiares. Ante un acontecimiento así es normal que el sistema familiar deba reestructurarse, adoptando algunos o todos los miembros de la familia nuevos roles (aparece la figura del cuidador, por ejemplo). Además, puede haber problemas de comunicación que acaben generando o acrecentando tensiones entre ellos. Esto se debe a que a veces el daño cerebral adquirido o sus consecuencias se convierten en un tema tabú: no se sabe hasta qué punto el familiar con DCA podrá recuperarse, qué cosas podrá o no volver a hacer, si podrá ser autónomo o si necesitará el resto de su vida de alguien que le ayude en su día a día… Cada miembro de la familia puede tener sus ideas al respecto, pero muchas veces el tema se considera demasiado doloroso o sensible para expresarlo en voz alta. Por ello es muy recomendable que haya sesiones conjuntas con todos los integrantes de la familia y que, a través del papel mediador del psicólogo, cada uno pueda expresarse y se compartan opiniones y expectativas. Se produce un gran alivio al saber que los demás también tienen dudas, miedo o incertidumbre, y que entre todos pueden cooperar para afrontar esta situación lo mejor posible.

Por otra parte, el psicólogo escuchará y atenderá las dudas de la familia, intentando informarles en la medida de lo posible de todo lo que ellos quieran conocer sobre la situación actual, formas de ayudar en la mejoría del familiar con DCA y pronóstico de recuperación. Esto se conoce como psicoeducación. Y aparte de la psicoeducación, también puede ser altamente beneficiosa la formación de grupos de apoyo, donde se reúnen familiares de distintas personas con DCA y comparten sus experiencias, consejos y se sienten entendidos al tratar con gente que ha pasado o está pasando por lo mismo que ellos.

Como conclusión a este artículo simplemente señalar que el daño cerebral adquirido no es un problema meramente médico, ya que genera una reestructuración importante de la persona que lo padece y su entorno, y que por tanto la movilización de recursos terapéuticos por parte de los servicios de psicología y neuropsicología no deberían ir enfocados exclusivamente al entrenamiento de las funciones cognitivas, sino también al componente más humano de la persona: sus emociones, sus vivencias y sus relaciones.

Artículo escrito por Gonzalo Talamanca.

Cuando una persona ha sufrido, por la causa que sea, una lesión en su cerebro, decimos que padece daño cerebral adquirido (de aquí en adelante, DCA). Nuestro sistema nervioso central constituye la base biológica de nuestra mente, de lo que somos, y por ello una alteración en algún componente de esta estructura presenta peculiaridades en comparación con enfermedades o lesiones físicas en otras partes o estructuras de nuestro cuerpo. Cuando alguien sufre DCA a consecuencia, por ejemplo, de un accidente de coche, puede experimentar una gran variedad de afectaciones: limitaciones en su capacidad de percibir el entorno o de moverse, cambios súbitos en su forma de ser, sensación de haberse vuelto más lento a la hora de realizar actividades, notar que le cuesta más que antes prestar y mantener la atención en las cosas, o darse cuenta de que uno se ha vuelto mucho más impulsivo, y la lista sigue.

Muchos de estos cambios se deben a la lesión de estructuras o circuitos cerebrales específicos relacionados con varios procesos cognitivos: memoria, lenguaje, atención, percepción, planificación y solución de problemas… Frente a estos déficits existe una rama de la psicología que estudia la forma de conocerlos, evaluarlos y tratarlos adecuadamente: la neuropsicología. Gracias a esta y otras muchas disciplinas, y con el paso del tiempo, han surgido programas de rehabilitación para personas con daño cerebral adquirido centrados en la recuperación o compensación de sus dificultades cognitivas; hablamos de tratamientos centrados en la recuperación de la autonomía de la persona para que pueda volver a desempeñar las funciones de la vida cotidiana en la medida de lo posible. La rehabilitación cognitiva ha demostrado su eficacia en todos estos aspectos, pero hay otros puntos que han quedado algo más ignorados cuando se trata de atender a personas con DCA.

Tradicionalmente, se ha priorizado la atención a los procesos puramente cognitivos, dejando a un lado la dimensión emocional de la persona. Pero, ¿acaso no sería normal que alguien que ha sufrido daño cerebral adquirido y que ve cómo sus capacidades se han visto mermadas experimente un nivel de malestar emocional intenso? Cuando uno se despierta en el hospital y  ve que no puede hablar tan bien como antes, ni moverse tan bien como antes, ni pensar con la misma claridad que antes, o que le cuesta recordar ciertos aspectos de su vida, experimenta confusión; y ésta va a ser rápidamente sustituida o acompañada por ansiedad, tristeza, enfado, frustración… Ciertamente, el DCA es un acontecimiento que puede cambiar irrevocablemente nuestras vidas y que supone por tanto un proceso de duelo por lo perdido y de adaptación para lo que va a seguir siendo nuestra vida. Y es aquí donde va a entrar en juego y mostrar su utilidad la psicoterapia.

¿En qué puede ayudar la psicoterapia a alguien con daño cerebral adquirido?

El objetivo de la psicoterapia es precisamente la mejora de la calidad de vida de las personas a través del alivio de su sufrimiento emocional, en cualquiera de las formas en que se manifieste: depresión, ansiedad, preocupaciones insoportables sobre uno o más aspectos de la propia vida, etc. A través de un adecuado procedimiento psicoterapéutico, conseguiremos mejorar el bienestar y el ánimo de la persona con daño cerebral adquirido, lo cual no sólo contribuirá a su satisfacción a y la de sus seres queridos, sino que también incrementará su motivación de cara al proceso de rehabilitación cognitiva.

Además, cabe considerar que el daño cerebral también llega a producir cambios de personalidad, los cuales pueden ser muy variados: desde la exacerbación de características ya presentes en la persona (por ejemplo, si antes de sufrir DCA era alguien afable, tras la lesión puede volverse excesivamente amable y sumisa) hasta un cambio hacia una personalidad prácticamente opuesta (volviendo al ejemplo anterior, dicha persona podría volverse grosera o incluso agresiva). Si este cambio es altamente incapacitante, la psicoterapia también resulta eficaz, pues provee al individuo con DCA de las herramientas adecuadas, no para cambiar o revertir su personalidad (el objetivo de la psicoterapia no es ni pretende ser el de cambiar la identidad de una persona) sino para aumentar su capacidad de autocontrol y comportarse de una manera menos limitadora para sí misma y su entorno cercano.

Hasta aquí parece por tanto bastante evidente que las personas con daño cerebral adquirido pueden beneficiarse, como cualquier otra, de un proceso psicoterapéutico si experimentan un alto nivel de sufrimiento. Entonces, ¿por qué tantos programas de tratamiento para personas con daño cerebral adquirido se centran en lo puramente cognitivo y mencionan de pasada el componente emocional? Muchas veces se atribuye la afectación emocional a una causa orgánica, esto es, al propio daño cerebral, de manera que se presupone que la rehabilitación conseguirá también de manera espontánea reducir o aliviar el sufrimiento afectivo por la mera recuperación de funciones cerebrales.

Y esto puede ser cierto: del mismo modo que el daño a nuestras estructuras nerviosas puede dar lugar a déficits cognitivos o cambios de personalidad, también puede originar sintomatología semejante a la depresión, ira súbita e incontrolable, o incapacidad de regular las emociones. Pero ello no quita que una parte importante del padecimiento emocional se deba a la vivencia por parte del propio individuo con DCA de la situación en que se encuentra, y no totalmente al daño de estructuras cerebrales relacionadas con aspectos emocionales y motivacionales. Por ello, es necesaria una correcta evaluación para poder discernir qué aspectos son fruto de la lesión cerebral y cuáles conforman la reacción de la persona a las circunstancias que le está tocando vivir.

Artículo escrito por Gonzalo Talamanca.

Cuando presenciamos una situación en la que una persona puede necesitar ayuda, no siempre se responde de la misma manera. Esto es algo que a los psicólogos sociales siempre les ha suscitado preguntas: ¿Por qué ante la misma situación hay personas que ayudan y otras que no? ¿Por qué esa misma persona, que ayudó en un momento determinado, en otras situaciones no lo hace?

Un suceso en concreto llamó la atención de los psicólogos sociales Latané y Darley en el año 1964. En un barrio de Nueva York, Kitty Genovese fue asaltada cuando volvía a su apartamento a las 3 de la madrugada. Ella gritó diciendo que la iban a apuñalar y estuvo intentando huir durante cerca de media hora, pero nadie llamó a la policía. Los periódicos apuntaban a que 38 personas presenciaron el asalto. Aunque esto no fuera del todo cierto, lo que sí ocurrió es que nadie contestó a la llamada de socorro de Kitty, que fue lo que suscitó el comienzo de la investigación de estos dos psicólogos.

A través de su investigación, formularon un modelo que explicaría en 5 pasos cómo las personas deciden o no intervenir en una emergencia:

El primer paso para la toma de decisión es percibir que algo extraño está sucediendo, pues si no te das cuenta de que algo sucede a tu alrededor no lo atiendes y, por consiguiente, no actúas sobre ello.

Una vez que hemos percibido que algo extraño pasa, la siguiente pregunta que nos hacemos es si lo que está ocurriendo es una emergencia (Paso 2). Para solucionar esta cuestión, muchas veces nos fijamos en la reacción de los demás, lo que nos lleva a caer en lo que los investigadores denominaron ignorancia pluralista. Esto consiste en inhibir la expresión de una actitud o emoción porque se piensa que los demás no la comparten, es decir, lo que sucede es que si los demás no reaccionan, es probable que tú tampoco lo hagas o, incluso, que no lo interpretes como una emergencia.

El ejemplo más fácil de este segundo paso es pensar en cómo reaccionarías si vieras a un hombre sucio, con la ropa vieja y con un cartón de vino en la mano tirado en la calle. Y ahora, piensa en un hombre aseado, vestido de traje y un maletín en la mano. ¿La cosa cambia no? Quizá lo primero lo interpretarías como una situación normal de un hombre que vive en la calle; en el otro caso, quizá sí te acercarías a socorrerle. Además, en cuanto alguien se atreva a acercarse a ayudar inmediatamente habrá más gente que se acerque a interesarse por él.

Si lo que interpretamos es que existe emergencia se pasaría al paso 3: ¿tengo la responsabilidad de actuar? Esto quiere decir que, aunque se crea que existe una emergencia, si la persona no se considera responsable de ayudar puede que no intervenga. Además en este punto entra en juego otro sesgo, al que se le conoce como difusión de la responsabilidad: explica que el que haya muchas personas observando lo ocurrido puede tener un efecto inhibidor debido a que la responsabilidad acerca de lo que ahí ocurra se percibe dividida entre todos los presentes. En contra de lo que se puede creer intuitivamente, cuanta más gente presencie la situación menos probabilidad de ayuda existe y más tiempo pasará hasta tomar la decisión de ayudar.

Ahora vuelve a pensar en el hombre trajeado tirado en el suelo. Y ahora imagina una calle llena de gente donde nadie se acerca a socorrerlo. Es ahí donde la difusión de la responsabilidad actúa, ¿recuerdas haber presenciado algo parecido?

Antes de pasar a la acción, todavía nos haríamos una pregunta más: ¿nos consideramos capaces de ayudar (Paso 4)? Podemos creer que existe emergencia; que tenemos que prestar ayuda y, sin embargo, sentirnos incapaces de hacerlo o no saber cómo. Imaginemos que a nuestro hombre trajeado le está pegando otro hombre de dos metros de alto y visiblemente fuerte, ¿nos sentiríamos capaces de interceder?

Finalmente, como último paso, tomaríamos la decisión de ayudar y pasaríamos a intervenir en la situación.

Como hemos podido observar, múltiples razones pudieron existir en el hecho de que a Kitty nadie la ayudara aquella noche de 1964. Desde que los vecinos no interpretaran que era una urgencia y pensaran que eran simples borrachos, hasta que supusieran que con tal alboroto algún otro vecino ya habría llamado a la policía. Sin ninguna duda, conocer estos procesos y ser consciente de cómo funcionamos ante semejantes situaciones quizá haga que reaccionemos de otro modo cuando nos encontremos ante una situación en la que dudemos de si existe emergencia o no.

Artículo escrito por Alicia Casas.

“Cuando consiga ese trabajo, seré feliz”, “El día que tenga pareja, seré feliz”, “En las vacaciones de verano al lado de la playa, seré feliz”, son algunas de las frases que hemos escuchado o, tal vez, hemos dicho nosotros mismos, haciendo alusión a que la felicidad es algo que llegará a nuestras vidas cuando un evento en particular suceda.

¿Te ha pasado que llegas a esa meta que tanto deseaste, solo para pensar en que hay otro nuevo objetivo que te va a llevar a la felicidad? Es como si fuéramos unos pajaritos que van de árbol en árbol, pero nunca disfrutando del paisaje mientras volamos. En eso se ha convertido nuestra vida de adultos: una constante persecución de objetivos, sin permitirnos un espacio para recargar energías o siquiera para reconsiderar el objetivo que vamos persiguiendo.

La felicidad, confundida normalmente con el concepto de alegría y de acuerdo a la definición de Wikipedia: “La felicidad es una emoción que se produce en un ser vivo cuando cree haber alcanzado una meta deseada.” Esta aproximación al concepto nos lleva a una vida concebida en perseguir el placer y la gratificación de algo pasajero; una vida muy demandante ya que mientras más fuerte corramos detrás de ella, más propensos seremos a los síntomas de ansiedad y depresión.

¿Has considerado alguna vez en que todos los esfuerzos que haces para ser feliz pudieran impedirte alcanzarlo?

Existe otro concepto de felicidad que es menos conocido y es el que prefiero: “Felicidad es vivir una vida rica, plena y llena de sentido”, y eso solo lo podemos lograr enfocándonos en las cosas que realmente nos resultan importantes, las que mueven nuestro corazón y nos llenan de vitalidad, a pesar de que dentro de este concepto pueden entrar eventos que nos lleven a sentimientos negativos como el miedo y la tristeza. En el fondo se trata de una vida completamente vivida, entendiendo que vendrán altas y bajas.

Cuando hablamos de felicidad, autores como Russ Harris en su libro La Trampa de la Felicidad nos menciona los mitos que existen en torno a este tema:

Algunas trampas psicológicas en que podemos caer, que maximizan nuestra percepción de los problemas y nos alejan de una vida plena, en equilibrio y con sentido son:

Atendiendo a estas trampas psicológicas la autora Ruth Baer, en su libro Mindfulness para la Felicidad, nos proporciona algunas pautas que pueden ayudarnos a enfrentarlas:

Vivir trae consigo eventos inevitables que nos causarán dolor y emociones percibidas como negativas, pero una vida plena y llena de sentido implica abrazarlas para seguir adelante, realizando cambios en la forma en que las gestionamos.

Ya nos decía el Dalai Lama: “El propósito de la vida es la felicidad”, pero reflexionemos qué tipo de felicidad estamos deseando: ¿La que persigue objetivos puntuales o la que anhela una vida plena y en paz?

Artículo escrito por Liliana Pérez.

El trato, endulzado por diferentes corrientes terapéuticas como vínculo o adherencia terapéutica, es uno de los factores fundamentales que todo profesional de la salud debe considerar. Carl Rogers, en su terapia centrada en el cliente, postula que el terapeuta debe disponer de tres actitudes relacionales básicas: la autenticidad, la escucha o la empatía y la aceptación incondicional. Estas actitudes forman parte del componente humano, alejadas de técnicas específicas, programas, formación y experiencia personal de cada terapeuta; Son actitudes que, sin duda, resultan fundamentales para que nuestros pacientes se sientan comprendidos y escuchados.

Nuestro objetivo como terapeutas es facilitar una relación con el paciente en la que se sienta aceptado y comprendido, para lo cual es necesario entender sus vivencias. En este sentido, considero que son necesarias dos disposiciones más: la humildad y, sobre todo, el respeto. En ciertas ocasiones debemos olvidar lo aprendido para aprender de nuestro paciente, solo así podremos subsanar su sufrimiento y padecer. En otras ocasiones, el anhelo por sanarle, nuestra ceguera de diagnóstico, o incluso nuestras propias resistencias y debilidades personales, nos llevan a olvidar lo fundamental en cualquier terapia, el trato.

El trato con el paciente significa respeto por su identidad, sus síntomas y sus circunstancias, como personas únicas e incomparables.  Para ello necesitamos acércanos a su experiencia subjetiva mediante la escucha y el diálogo desde la prudencia. Resultará fundamental pues no precipitarnos en diagnósticos precoces, así como en la aplicación de técnicas que permitan paliar los síntomas y, en este sentido, debemos aprender a respetar la solicitud de la persona para aliviar su sufrimiento. Como me dijo una paciente, “No necesito a alguien que me cure mis síntomas, si no a alguien que me entienda y que escuche lo que me pasa”. Para conocer el diagnóstico del paciente debemos empezar el tratamiento desde fuera de los síntomas debido a que muchas indicaciones terapéuticas actuales están inducidas previamente por el diagnóstico y no por las necesidades concretas del paciente.

Es importante, independientemente de la evaluación o de la guía de tratamiento que usemos para abordar los diferentes problemas, dotar al paciente de estrategias y mecanismos para que pueda desarrollar su personalidad al margen de la problemática subyacente. Esto sucede proporcionando un trato adecuado, siempre fomentando su independencia y respetando su voluntad, aunque nuestra moral o la de la sociedad difiera de la suya. Pasa por entender igualmente cómo es el sujeto, qué mecanismos utiliza para relacionarse en la sociedad, o cómo es su manera de tratar con sus iguales.

Debemos tener presente que no todo es curable, no todo es tratable, ni diagnosticable. No debemos calificar lo diferente como patológico. Conviene no olvidar que independientemente de la experiencia y el conocimiento adquirido, nunca será mayor que el del propio paciente y, en consecuencia, tendremos que someternos a su propio conocimiento para intentar ayudarle. Consiguiendo un trato adecuado aspiramos a saber qué le pasa al paciente y porque le pasa; de esta forma elaborar la mejor estrategia o, al menos, la más adecuada para ayudarle a solucionar el problema. Durante mi formación en el centro donde realice las prácticas universitarias un paciente me confesó: “Me quitan las ganas de matarme, pero también las ganas de vivir”, a raíz de que su único tratamiento era farmacológico y no recibía ningún tipo de apoyo psicológico ni social.

La relación terapeuta-paciente se basa en una teoría que nos sirve de guía, permitiéndonos sustentar nuestro trabajo en unos conocimientos empíricos para que nuestra figura no sea la de meros consejeros, confidentes, o que nos conduzca a posturas más paternalistas que profesionales. La teoría son las bases donde nos apoyamos para poder brindar a nuestro paciente la mejor comprensión y entendimiento de su sufrimiento. Es por ello que tenemos que sustentarnos en una teoría organizada e identificada, de otro modo estaremos ofreciendo a nuestros pacientes una ayuda fuera del ámbito profesional.

Necesitamos intuición, experiencia profesional, aptitudes emocionales para lograr un trato adecuado. Mediante la teoría podremos explicar y dar sentido a los hechos, pero nunca la podremos considerar de manera absoluta. Resulta imprescindible individualizar, puesto que cada persona es única e inigualable y, en ocasiones, para poder comprender y entender su situación tendremos que alejarnos de la teoría aplicada, ya que el paciente puede no ajustarse a ella. No obstante, adquirir una formación y actuar conforme a una teoría es la mejor forma de mostrar a nuestro paciente el respeto que se merece, aunque en diferentes ocasiones sea necesario cuestionar su idoneidad. Solamente con autocrítica y sospecha estaremos dotándola de rigor, garantía y formalidad. La teoría es un instrumento para aprender de nuestro paciente, nunca un fin.

Con esta humilde opinión no pretendo dictar sentencia sobre la forma que se debe practicar la psicología, psiquiatría u otra ciencia de la salud. Hay muchas formas, muchas teorías y muchos modelos que seguramente sean eficaces en nuestro complejo mundo. Lo que sí considero que debe de ser un denominador común en todos nosotros es el trato que recibe la persona que se pone en contacto con nosotros: como he dicho, un trato basado en el respeto, en la experiencia subjetiva y la humildad. Un trato fundamentado en la persona. A veces es suficiente con escuchar, comprender y acompañarla en su camino personal.

Sigmund Freud

La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas

Artículo escrito por Eduardo Pérez

El Síndrome de Angelman es un trastorno neurológico de origen genético poco frecuente, que afecta al sistema nervioso y causa discapacidad tanto intelectual como física. A día de hoy no se conoce con exactitud la prevalencia de este trastorno, ya que suele tener un diagnóstico tardío (entre los 3 y los 7 años) debido a que es fácil confundirlo con otros trastornos del neurodesarrollo (por ejemplo, con parálisis cerebral, autismo o el Síndrome de Rett). Las personas que lo sufren pueden llegar a tener una esperanza de vida normal recibiendo los cuidados especiales que necesitan

Las principales características de este síndrome que se dan en todos los casos son:

Otras características de este síndrome son:

Los niños que padecen el Síndrome de Angelman tienen unos rasgos físicos característicos:

La pubertad y la menstruación aparecen en una edad normal y el desarrollo sexual es completo. En la edad adulta, los síntomas son similares a los de la niñez. Las convulsiones suelen remitir y, en algunos casos, incluso cesar; sin embargo, la hiperactividad y el insomnio se acrecientan. Las características físicas permanecen y tienen un marcado aspecto juvenil para su edad. La mayor parte de estos adultos llegan a ser capaces de comer con normalidad. Su esperanza de vida se mantiene en la media, aunque las mujeres que presentan el síndrome suelen tender a la obesidad.

No existe una cura para este síndrome, aunque hay tratamientos para paliar algunos de los síntomas y que pueda mejorar su calidad de vida y favorecer el desarrollo, por lo que es muy importante que se les ofrezca un apoyo individualizado. La intervención debe ser multidisciplinar, en la que intervengan pediatras, psicólogos, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales y logopedas.

Uno de los síntomas más incapacitantes que presentan son las convulsiones, las cuales se pueden controlar con medicación, así como los problemas de sueño. Las alteraciones motoras se pueden paliar administrando tratamiento farmacológico y con fisioterapia. La fisioterapia puede ayudar a mejorar la postura, el equilibrio y la capacidad para caminar.

La terapia de conducta se puede utilizar para el control de los comportamientos problemáticos, la hiperactividad o el déficit atencional, usando como reforzadores aquellas actividades que resulten más atractivas para el niño. Además, establecer un entorno estable en el hogar puede reducir el riesgo de conductas autistas o autolesivas.

Los logopedas son necesarios para apoyarles en el desarrollo y entrenamiento de sistemas alternativos de comunicación, como el lenguaje de señas o el uso de ayudas visuales, dada la ausencia de lenguaje oral.

Todos estos procedimientos ofrecen la oportunidad de mejorar el bienestar y la calidad de vida de estas personas y sus familias, a pesar de que tienen una eficacia limitada, ya que un bajo porcentaje de las personas afectadas logra desarrollar las mínimas habilidades de autonomía personal. Por último, cabe destacar la escasez de opciones terapéuticas más efectivas, lo que pone de manifiesto la necesidad de conocer e investigar más sobre la patogenia de este síndrome.

BIBLIOGRAFÍA

Neuropsicología Infantil: a través de casos clínicos. Arnedo, M.; Montes, A.; Bembibre, J.; Triviño, M. Editorial Panamericana

Artículo escrito por Blanca Gómez Carreño.

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