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¿Cuantas veces hemos visto una película de miedo en la que salía un psicópata? Seguro que en todas estas películas este tipo de personajes tenían una forma similar de comportamiento en la que siempre terminaban matando o mutilando a sus víctimas sin ningún remordimiento y como comúnmente se suele decir “con cara de loco”. Una persona psicópata tiene ciertos rasgos muchos más específicos que no necesariamente van a provocar que asesinen a alguien.

Hoy en día se ha comprobado que no solo existe la figura del psicópata sino también la del sociópata pero la diferenciación de estos dos términos se ve dificultada a causa de este tipo de películas. Tanto la psicopatía como la sociopatía son dos trastornos con una serie de similitudes pero que con el paso de los años han ido aumentando sus diferencias.

¿Cómo es un psicópata?

Un psicópata es una persona con un trastorno de la personalidad de base que no ha desarrollado una conciencia ni hábitos de respeto por las leyes y las normas, que le llevan a cometer actos mal vistos por la sociedad dificultando una socialización normal. Algunos pueden estar perfectamente adaptados al medio en que viven, a demás se sabe que tienen menos miedo que las personas de su entorno, lo que les facilita llevar a cabo actos ilegales.

La conceptualización actual de la psicopatía se fundamenta en gran  medida en las observaciones de H. Cleckley y R. Hare en su libro La máscara de la cordura: el psicópata se caracteriza por la falta de empatía y de sentimiento de culpa, así como de su egocentrismo y tendencia a la mentira y la manipulación. En contraposición los sociópatas se asocian en mayor medida a aspectos constitutivos del trastorno antisocial de la personalidad.

Según las clasificaciones de Cleckley y Hare un psicópata se define por los siguientes rasgos:

Falta de empatía: un psicópata no tiene capacidad para comprender el estado mental de las personas y mucho menos ponerse en su lugar, lo que a su vez hace que no tengan remordimientos de sus actos. Algunos estudios han demostrado que si que tiene cierta capacidad de empatizar pero la habilidad de poder activarla a su voluntad, por lo que como Simon Baron-Cohen afirmó, los psicópatas tienen una empatía cognitiva no emocional. Este déficit está relacionado con una menor activación en el córtex fusiforme y en el extrestriado relacionado con el reconocimiento de caras.

Egocentrismo y narcisismo: el egocentrismo es la incapacidad para asumir cono ciertos o validos los puntos de vista ajenos al propio, un aspecto muy relacionado con la característica anterior. El narcisismo significa, a su vez, que se consideran superiores a todo el mundo y, por lo tanto, los mejores en todo.

Encanto superficial: son personas encantadoras socialmente, con muy buenas habilidades. Como ejemplo definitorio de este rasgo tenemos el caso de Ted Bundy que seducía a sus victimas para ganárselas e incluso enamorarlas antes de matarlas.

Pobreza emocional: las alteraciones cerebrales de este tipo de sujetos provocan que el rango de sus emociones sea limitado; un ejemplo característico de esto, ya mencionado anteriormente, es que sienten menos emociones negativas, en especial el miedo.

Conducta antisocial y delictiva: son personas que abusan de sustancias, han sido encarceladas, han cometido violación o pederastia, etc. Esta predisposición al delito puede verse desde la infancia, al igual que los sociópatas, con conductas como el robo.

Dificultad para aprender la experiencia: sucede por las alteraciones de conexión entre el córtex prefrontal y la amígdala, relacionadas con las funciones ejecutivas de aprendizaje. Otra explicación podría ser la presencia de bajos niveles de serotonina y cortisol relacionados con el condicionamiento aversivo.

Impulsividad: causada por hipofunción de la corteza frontal combinada con los bajos niveles de testosterona y serotonina reduciendo así el autocontrol.

Manipulación: es una de la característica mas frecuente de los psicópatas a pesar de no mostrar algunos de los rasgos nombrados con anterioridad.

Predisposición al aburrimiento: sus alteraciones biológicas, sobretodo las relacionadas con la impulsividad, provocan que sean personas que necesiten una estimulación continua para no aburrirse.

¿Como es un sociópata y en qué se diferencia del psicópata?

Los sociópatas, a diferencia del psicópata, no han nacido con este trastorno. Un sociópata puede formarse, en el caso de un niño o adolescente, en un ambiente muy negativo en su hogar: pautas de educación disfuncional, abusos sexuales o traumas severos en la infancia. Este sería el caso de Beth; a pesar de ser tratada en las redes sociales como niña psicópata es en realidad una sociópata que sufría de abusos sexuales por parte de su padre desde muy pequeña. Con tratamiento se fue desarrollando adecuadamente como una persona normal.

https://youtu.be/oksKt21-jaY

A diferencia del psicópata el sociópata es una persona más impulsiva, presentan también dificultades para formar una relación de apego, pudiendo llegar a crear apego con personas con sus mismos ideales. A diferencia de los psicópatas estos llevan una vida normal, camuflándose muy bien entre las personas que constituyen el mundo exterior.

Son personas que si cometen un comportamiento criminal lo llevan a cabo de manera impulsiva y no planificada; al contrario que el psicópata, que es consciente en todo momento de lo que está haciendo, e incluso planifica sus actos antes de cometerlos. Lo cierto es que no tienen por qué ser violentos. No es una característica necesaria para ello aunque en las películas nos quieran hacer pensar que si.

Como punto final, y rasgo más diferenciador entre ambos términos, un psicópata nace debido a todas las modificaciones biológicas cerebrales producidas desde su concepción, en cambio un sociópata se va formando debido a los atributos socializadores, ya sea como consecuencia de una crianza negligente por parte de los padres o algún trauma que le ha llevado a comportarse así.

¿Cuántas veces habéis sido manipulados por una persona de vuestro entorno y que os ha hecho daño psicológico sin que sienta remordimiento alguno? ¿Es posible que estemos rodeados de más psicópatas o sociópatas de los que pensamos? quizás una persona cercana a ti o un familiar podría serlo.

Artículo escrito por Ana Queipo

Existen muchas causas diferentes acerca de la dificultad de tomar decisiones. Una de ellas puede ser no haber aprendido estrategias de resolución de problemas, o habilidades de afrontamiento, o tener un trastorno de ansiedad. Pero el motivo del que vamos a hablar en este artículo es la Indefensión Aprendida de Seligman: es un estado psicológico que se manifiesta cuando una persona comienza a sentir que es incapaz de modificar alguna situación, comportamiento o estado mediante sus conductas.

Este fenómeno tiene lugar cuando ante una situación aversiva o desagradable intentamos todo tipo de respuestas sin obtener ningún resultado positivo. En lugar de seguir intentando resolver esta situación, tiramos la toalla, dejamos de probar y nos quedamos sin hacer nada al respecto. Esto ocurre cuando percibimos una falta de control ante los castigos del medio. Este tipo de patrón de comportamiento aparece en los seres humanos cuando han estado expuestos a condiciones aversivas que parecen aleatorias e inevitables, con lo que la sensación de impotencia, de no poder hacer nada para mejorar las circunstancias es uno de los factores clave en la depresión.

Se ha demostrado en un experimento que aquellas personas que se encuentran desarrollando una actividad de concentración con un ruido muy alto y molesto de fondo, pero teniendo la posibilidad de apretar un interruptor para apagarlo cuando quieran, tendrán mayor capacidad de resolver problemas y de tomar decisiones que las personas que se encuentran en la misma situación pero sin la posibilidad de apagarlo.

Es la falta de control percibido, la sensación subjetiva de no poder hacer nada para cambiar la situación, lo que hace que nos quedemos “en una esquina”, esperando que llegue el próximo castigo y sin movernos, es decir, con miedo a tomar decisiones.

Este miedo genera muchos pensamientos automáticos negativos tales como: “no sirve para nada intentarlo”; “la vida siempre me castiga”, “todo va a estar mal siempre”, etc. Esta serie de pensamientos son peligrosos, ya que podríamos entrar en depresión si son constantes y duran mucho tiempo.

Ejemplos de Indefensión Aprendida pueden ser:

Y es que la Indefensión Aprendida termina con nuestras ganas de luchar.

De acuerdo, tengo Indefensión Aprendida; entonces ¿Qué puedo hacer?

Como bien se describe en el término, la Indefensión Aprendida es una conducta aprendida.

  1. Ser consciente de dónde viene esa conducta y las causas por las que he aprendido a actuar así. ¿Qué situación lo ha provocado? ¿Qué respuestas he dado para aprender esto?
  2. Cambia tu forma de actuar. Siempre que doy esta respuesta, me llevo un castigo. ¿Qué otras formas pueden existir de actuar en esta situación? ¿Estoy confundiendo esta nueva situación con otra del pasado? ¿Estoy confundiendo una posibilidad con un hecho?
  3. Detecta y cambia tus pensamientos negativos. Porque una época saliera mal, esto no significa que vaya a salir mal todas las veces. Prueba nuevas formas de enfrentar problemas.
  4. Aprende técnicas de toma de decisiones y de solucionar problemas. Si se te ha olvidado o has perdido la capacidad de solucionar problemas, siempre puedes aprender de nuevo. Dedica unas semanas a recuperar esta capacidad.

Recuerda: todo lo que se aprende se puede desaprender, solo es cuestión de crear nuevos hábitos conductuales y cognitivos.

Artículo escrito por Marta Gray

La llegada de un hijo a la pareja es un puente que conecta el patrón de apego que los padres han vivido en su niñez y adolescencia con el patrón de apego y estilo educativo que mostrarán con el pequeño.
Cuando un niño no tiene la posibilidad de establecer un apego primario de calidad en sus primeros dos años de vida, podría presentar déficits en su desarrollo, que se relacionan con insatisfacción marital, incompetencia conyugal y/o parental.

Es importante que los padres, como adultos, se conozcan a sí mismos y se preparen personalmente para afrontar la educación de los hijos. El desarrollo de estos es crucial y, para ello, la salud mental de los padres es también vital.

Para promover la buena salud mental en los padres, conviene que éstos conozcan ciertos aspectos de su personalidad, de sus relaciones con sus respectivos progenitores o figuras importantes en su vida, así como de que manera esto se entrelaza en su relación de pareja. Es interesante que ambos tengan la oportunidad de reflexionar acerca de qué fortalezas y debilidades les supone y, ¿por qué no? Trabajar en ello, de manera que el estilo educativo que adquieran sea gestionado con proactividad, eficacia y conciencia.

Para ello, vamos a ir describiendo y profundizando sobre uno de los aspectos esenciales de la parentalidad: el apego.

Desde el apego primario al apego adulto

La vulnerabilidad con la que las personas nacen implica necesariamente la dependencia de otro ser humano en el que recae el cuidado para sobrevivir, satisfaciendo por añadidura necesidades primarias: estimulación, alimento, sueño, protección en un contexto afectivo. Se establece una relación muy importante: el apego.

La forma en la cual las figuras de apego interaccionan con el niño determinará las representaciones, esquemas o ideas que tendrá sobre sí mismo, los demás y las relaciones con los otros, lo que influirá tanto en su autoconcepto como en las conductas de cercanía o afecto con los demás. La satisfacción (o no) de sus necesidades por parte de su figura de apego, proporcionando (o no) afecto, calidez, seguridad, atención y cuidado, conducirá a un estilo de apego que tiende a ser perdurable a lo largo de la vida de la persona. Por otro lado, con el objetivo de satisfacer la necesidad de seguridad, los niños tienden a responder priorizando la preservación del status quo psicológico de los padres, y a su vez los padres tienden a mantener los esquemas de interacción con los hijos, que refuerzan estados anímicos compartidos.

El apego adulto

Los diferentes estilos de apego conducen a establecer diferencias en el modo en que se relacionará el niño (y el futuro adulto) con los demás, así como en el desarrollo de procesos representacionales distintos. En este proceso, los modelos internos de los padres, a su vez, ejercen una influencia decisiva en la calidad de las interacciones con sus hijos y por tanto, en el estilo de apego desarrollado a partir de esta relación.

Si el niño, en lugar de experimentar la satisfacción por la atención recibida de su figura de apego, ha vivido un malestar mayor y mantenido debido a una inadecuada actuación de dicha figura, estas sensaciones registradas en la memoria implícita se activarán en situaciones futuras, pero no de manera consciente, por lo que el pequeño, luego el adulto, está mediatizado por estas experiencias de malestar o de carencia, y sus relaciones socioafectivas también lo estarán. Por ello, las relaciones sociales íntimas, como las de pareja, se pueden considerar como relaciones de apego, ya que en ellas se activan los modelos de apego de ambos miembros.

El apego adulto se fundamenta en la capacidad desarrollada para cuidar plenamente de sí mismo, lo que implica la capacidad para reconocer sus estados emocionales, autogestionarlos y solicitar el apoyo o cuidado de otro significativo en caso de necesitarlo. Es decir, autonomía en el cuidado sabiendo que no se puede hacer todo siempre por uno mismo, ni en todos los momentos de la vida.

Del apego adulto al apego en la relación de pareja.

El escenario que se promueve en una relación de pareja hace que el apego adulto se muestre como una relación significativa y bidireccional o simétrica de cuidado (sin dependencia de la figura de apego como en el apego infantil), en la que ambos se responsabilizan tanto de cuidar al otro cuando éste no pueda hacerlo por sí mismo como de cuidar el proyecto común que comparten. En esta relación de pareja se ponen en juego y se reactivan los estilos de apego de cada miembro, ya que dichos estilos son relativamente estables por la tendencia a asimilar las nuevas experiencias interpersonales desde los modelos internos existentes que se gestaron en la relación de apego con las figuras primarias.

La satisfacción marital depende pues de la combinación de los estilos de apego de los miembros de la pareja, siendo la combinación de los dos miembros seguros la que se relaciona con niveles más altos de satisfacción (efecto potenciador de la relación, experiencia de comodidad y cercanía, bajo temor al abandono y al rechazo). Las parejas compuestas por miembros inseguros, y en especial la combinación evitativo y temeroso o ansioso-ambivalente, correlaciona con la satisfacción marital más baja: el evitativo tiende a tomar distancia e inseguriza al ambivalente, mientras que éste realiza demandas excesivas a la vez que muestra temor o ansiedad ante la intimidad, lo que inseguriza al evitativo.

Transmisión intergeneracional del apego.

En lo referente a la función parental, cabe destacar que los adultos seguros tienden a criar hijos seguros, con un amplio repertorio conductual y afectivo (flexibilidad) que facilita la adaptación y satisfacción de sus necesidades, y a su vez que el niño sea capaz de adaptarse a las diferentes situaciones con flexibilidad y recursos (resiliencia). Por otro lado, los padres inseguros tienden a repertorios conductuales y atencionales más restringidos (rigidez como necesidad de autoprotección a causa de un apego no resuelto o inseguro) que reducen la capacidad de responder a las necesidades de los hijos, y por tanto los niños reflejarán este tipo de patrón también.

Según Main (2012) los niños elusivos minimizan la conducta de apego y maximizan la exploración, mientras que los preocupados minimizan la exploración y maximizan la conducta de apego. Por lo tanto, en la transmisión intergeneracional de los modelos de apego están implicados tanto los padres como los hijos.

Conclusión

La necesidad de los padres de perpetuar esquemas relacionales crea una pauta en la que el legado del apego no resuelto o inseguro puede generar una situación de apego inseguro o desorganizado que se perpetúa entre generaciones, visible en los diferentes estilos educativos que adoptan los padres con sus hijos.

Main (2012) afirma que la actitud consciente y reflexiva resulta crucial, pues permite tomar conciencia de las propias experiencias y aprendizajes vitales, y distinguir entre la apariencia y la realidad, comprendiendo que las propias percepciones son parciales, e incluso pueden estar sesgadas.

La reflexión sobre la propia experiencia hace posible que los esquemas o modelos con los que los futuros padres entienden el mundo sean flexibles, y por tanto se adapten a la nueva situación relacional que se crea en la pareja, re-elaborando el propio apego y facilitando el cambio del patrón de apego intergeneracional.

La reflexión sobre los propios esquemas, percepciones, patrones de relación con uno mismo, los demás y el mundo; la actitud proactiva, abierta al cambio y el conocimiento sobre los propios patrones de apego son elementos esenciales en la rampa de lanzamiento para la parentalidad consciente y adaptativa a los retos que supone la crianza de un hijo, y su acompañamiento a lo largo de la vida, hasta que sea una persona adulta e independiente, para continuar el ciclo vital.

REFERENCIAS

Barroso, O. (2014). El apego adulto: la relación de los estilos de apego desarrollados en la infancia en la elección y las dinámicas de pareja. Revista Digital de Medicina Psicosomática y Psicoterapia, 1(4).

Main, M. (2012) Representaciones mentales, metacognición y la entrevista de apego adulto. En Wallin, D. (Eds.), El apego en psicoterapia. (pp. 55-78). Bilbao: Desclee Brouwer.

Cohen, A. & Eagle, M. (2005). Prediction of relational functioning from attachment in adult romantic relationships. Journal of the American Psychoanalytic Association, 53, 1331-1333.

Collins, N. L. & Feeney, B. C. (2000). A safe haven: An attachment theory perspective on support seeking and caregiving in intimate relationships. Journal of Personality and Social Psychology, 78, 1053-1073. doi:10.1037/0022- 3514.78.6.1053 Collins, N. L. & Feeney, B. C. (2004). Working models of attachment shape perceptions of social support: Evidence from experimental and observational studies. Journal of Personality and Social Psychology, 87, 363-383.doi:10.1037/0022-3514.87.3.363

Feeney,J. Noller, N. (2001) Apego Adulto. Desclée de Brouwer

Hazan, C. y Shaver, P.R. (1987). Romantic love conceptialized as an attachment process. Journal of Personality and social Psychology, 52, 511-524.

Artículo escrito por Aurora Muñoz Mohedano.

El apego es el lazo afectivo entre dos personas. Generalmente, cuando hablamos de apego solemos referirnos al que surge entre padres e hijos, relación en la cual se desarrollan las capacidades sociales y emocionales necesarias para establecer relaciones sociales significativas, equilibradas y satisfactorias con otras personas.

Según Barroso (2014, p.3) el “desarrollo socioemocional de las personas depende en gran medida de cómo hayan sido tratadas por sus figuras de apego”.

Con el nacimiento de un hijo, se enhebra la niñez de este niño con la de sus padres. Se unen dos retales: el apego que recibieron los padres cuando crecieron, y el apego establecido con los hijos.

La forma de tratarles implica una relación entre la forma de expresar afecto y establecer límites (normas, autoridad), lo que da lugar a cuatro tipos de estilos educativos:

a. Estilo autoritario:

Las normas son claras y, si no se cumplen, se aplican consecuencias.

Los hijos aprenden a obedecer para evitar las consecuencias dañinas: aprenden a temer la autoridad de los padres, el niño suele quedar bloqueado en sus iniciativas y no aprende a realizar conductas adecuadas por propia convicción.
En este marco, la relación con la figura autoritaria se vive como poco cercana o accesible; es un bullir de frustración, quizás contenida, cargando la relación con el hijo de tensión.

El control de las consecuencias está en los padres, y el niño no tiene control sobre el cambio que puede hacer para mejorar; es una mera marioneta que responde a las consecuencias, positivas o negativas, que sus padres arbitran o juzgan necesarias en cada momento. El pequeño aprende a reaccionar y a prevenirse, en base a factores externos, por lo que su propia estima depende de la aceptación de sus padres.

b. Estilo permisivo:

El objetivo es no coartar las capacidades del niño ni sus libertades, o bien a veces el propio ritmo de vida nos hace caer en este tipo de actitudes: la idea de “para el poco tiempo que estoy con él, encima no me voy a pelear…”

Por otro lado, los padres no se muestran cercanos o accesibles, más bien basan la relación en que el pequeño actúe con libertad, pero evitan implicarse tanto en normas como en afecto.

Sin embargo, un ambiente sin normas a la larga genera inseguridad pues no hace predecible el control sobre el entorno, y se vive con expectación e incertidumbre; en este sentido, las normas a veces frustran, pero también protegen.

Los niños que son educados en este marco podrían convertirse en adolescentes conflictivos, con ausencia de sentido de responsabilidad, pues en su infancia no asumirán casi consecuencias negativas a sus actos, por lo que, de nuevo, no tienen control sobre el cambio que pueden hacer para mejorar, afectando a la conducta orientada a metas y buscando satisfacción de objetivos a corto o medio plazo, sin sentirse satisfechos.

Se potencia así una estima de sí mismo que no es real: muy elevada, lo que lleva a baja tolerancia a la frustración, actitudes poco tolerantes, conductas de riesgo…

c. Estilo sobreprotector:

Los padres intentan facilitar el camino al niño tanto que terminan por darle una visión amortiguada de la realidad: le ayudan en las cosas más básicas, incluso hacen las cosas por él, aunque él ya sea capaz de hacerlo solo.

Los padres tienen el control de las consecuencias, o al menos lo pretenden, pero no por exceso de autoridad sino por exceso de celo. Se muestran muy afectivos y cercanos, intentan darle lo mejor y evitarle lo peor a su hijo, con lo que este mantiene el patrón de dependencia más allá de lo esperado a su edad, y no desarrolla adaptativamente su capacidad de autonomía personal.

Esto afecta al desarrollo de la autoestima, al no tener experiencias de éxito, así como vivir a sus modelos haciendo las cosas por ellos. Esto, que al inicio puede resultar cómodo, resulta extremadamente dañino para el futuro adulto. Se potencia una estima de sí mismo que no es real: unas veces muy elevada (con las consecuencias ya destacadas) o bien muy limitada, al percibir el mensaje de “no puedes por ti mismo” (lo que lleva a actitudes de dependencia en las relaciones con los demás, baja tolerancia a la presión del grupo…).

d. Estilo democrático:

Permite al pequeño crecer y desarrollarse de acuerdo a sus potencialidades: plantea la necesidad y existencia de normas, límites y rutinas, y si estas no se cumplen existen consecuencias, aunque en este caso se insiste en que es el propio niño el que, con su conducta, llega a esas consecuencias y no es el padre quien actúa de árbitro o juez que impone sanción.

Los padres son guía y apoyo en caso necesario, de forma constante en los primeros años, y se van retirando, como el andamio de una casa, de modo que cuando ésta ya es estable no hace falta su presencia; fomenta la autonomía del niño. El control de las consecuencias está en la conducta del niño, por lo que siempre se puede mejorar, y la estima e integridad de este no se ve amenazada, aunque si se interviene sobre sus actos. Las consecuencias no son sólo negativas, sino que también existen consecuencias positivas: reconocimiento y afecto.

afecto y límites

La combinación flexible entre afecto y límites aporta seguridad y equilibrio, aunque al inicio levante una tempestad de protestas y enfado, por la frustración que puede implicar el límite, pero que el afecto da un sentido y suaviza, generando un estilo de afrontamiento seguro, que acepta la situación y procura ser parte activa en ella.

Dar y recibir afecto no sólo se consigue con palabras cariñosas, abrazos y sonrisas. A veces, el amor es un “te quiero, pero te has equivocado, ¿cómo puedes mejorar?”.

REFERENCIAS

Barroso, O. (2014). El apego adulto: la relación de los estilos de apego desarrollados en la infancia en la elección y las dinámicas de pareja. Revista Digital de Medicina Psicosomática y Psicoterapia, 1(4).

Main, M. (2012) Representaciones mentales, metacognición y la entrevista de apego adulto. En Wallin, D. (Eds.), El apego en psicoterapia. (pp. 55-78). Bilbao: Desclee Brouwer.

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Collins, N. L. & Feeney, B. C. (2000). A safe haven: An attachment theory perspective on support seeking and caregiving in intimate relationships. Journal of Personality and Social Psychology, 78, 1053-1073. doi:10.1037/0022- 3514.78.6.1053 Collins, N. L. & Feeney, B. C. (2004). Working models of attachment shape perceptions of social support: Evidence from experimental and observational studies. Journal of Personality and Social Psychology, 87, 363-383.doi:10.1037/0022-3514.87.3.363 Feeney,J. Noller, N. (2001) Apego Adulto. Desclée de Brouwer

Hazan, C. y Shaver, P.R. (1987). Romantic love conceptialized as an attachment process. Journal of Personality and social Psychology, 52, 511-524.

Artículo escrito por Aurora Muñoz Mohedano.

En la adolescencia la persona comienza a asumir las responsabilidades del adulto o lo que es lo mismo, comienza con su madurez física y psíquica. En este período, los cambios no sólo son físicos sino también emocionales, sociales y psicológicos. En la actualidad, quizás, por los métodos de crianza y de educación y debido también a la degradación del bienestar de la infancia y la escasez de oportunidades para los jóvenes, así como otros múltiples factores influyentes, hacen que la parentalidad tenga que alargarse y que los jóvenes adultos no terminen de abandonar la franja temporal de la adolescencia, que antes se consideraba terminada alrededor de los 18 años. Llegado este momento, los jóvenes adultos tienen que enfrentarse a nuevos retos, como es el asumir cambios en su entorno, acudir a la universidad, nuevas dificultades para relacionarse con gente nueva, problemas con el autoconcepto y autoestima… pero sobre todo, la presión de realizar pruebas continuas en un entorno, tremendamente competitivo, donde a menudo se les intenta inculcar la idea de que “en el futuro serán lo que logren hacer en ese momento; de que si no luchan por sus metas, tendrán un futuro vacío”. No todos los jóvenes están preparados para asumir esos retos. En ocasiones necesitan ayuda o una guía externa para poder acometerlos.

Piaget estudió el pensamiento de los niños siguiendo los diferentes hitos evolutivos. Así, el niño a partir de los 12 años se caracteriza por su capacidad para elaborar hipótesis, analizar las diferentes posibilidades, su razonamiento hipotético-deductivo, usar proposiciones, adquisición progresiva de un pensamiento universal, similar ya al pensamiento del adulto. La culminación del desarrollo intelectual se consigue con el pensamiento abstracto en la adolescencia, de manera que el joven es capaz de manejar ya no sólo hechos concretos, sino ideas y abstracciones, lo que le permitirá elaborar hipótesis y someterlas a prueba. Una vez adquirido este tipo de razonamiento, los jóvenes adultos podrán usar la crítica para analizar y cuestionar, desarrollando su propio criterio. Con todo ello queremos decir que se va dando en la persona, desde la adolescencia a la adultez, un tránsito progresivo en el que es necesario respetar los tiempos del joven, para que la persona pueda alcanzar, adecuadamente, la madurez en todos los sentidos.

Sin embargo, en ocasiones hay determinados rasgos que se pueden señalar como característicos de los jóvenes, sobre todo en la adolescencia, e incluso aún después para el caso de aquellos que todavía no han llegado a esa madurez psicológica, como por ejemplo: su tendencia a discutir con las figuras de autoridad (padres, profesores), su egocentrismo o que al tener una excesiva conciencia de sí mismos y querer ser “el ombligo del mundo”, no son conscientes de otras realidades, de las posibilidades que se les presentan. Como vemos, existen rasgos típicos en los diferentes hitos del desarrollo, y en ocasiones, para algunos padres es más fácil decir: “mi hijo no se esfuerza en la universidad o no quiere estudiar”, en lugar de, “a lo mejor mi hijo no es capaz de prestar atención”, puesto que no es raro que  los jóvenes vivan situaciones que los superan: cuando se les somete a un estrés continuo, interacciones no adecuadas, consumo de sustancias, hábitos no saludables, aislamiento, exceso de estímulos ambientales, etc.

En Psicopatología, suele hablarse de factores de riesgo, pero también suele hablarse de los mecanismos de protección, que ayudan a superar las adversidades. La capacidad que tiene la persona para superar las dificultades que se le presentan es un mecanismo de adaptación psicológica a los cambios ambientales. La resistencia es un recurso de protección que puede usar el joven frente a los problemas que le surjan, y se compone de numerosos factores: unos pueden ser genéticos, otros cognitivos, otros del contexto, como por ejemplo, la calidad de los amigos o la cohesión familiar, e incluso vivir experiencias emocionalmente beneficiosas, como podría ser el Mindfulness frente a las experiencias estresantes del ámbito universitario. Se le ha dado mucha importancia como factor de resistencia a la tendencia a planear, que se refiere a una autoreflexión, además de la capacidad de poder enfrentarse a los retos y de poseer la autoestima adecuada (Ezpeleta y Toro, 2017). Por ello, en la adolescencia es conveniente promover habilidades preventivas, como puede ser la metacognición (pensar que pensamos) y adquisición de habilidades sociales, junto con un adecuado cuidado del entorno. Claro está, que lo que va a influir en la capacidad de un individuo para poder enfrentarse en el futuro a situaciones estresantes no sólo está en la genética, en su ambiente temprano, en la sensibilidad materna o vinculación con la madre, sino que también se encuentra en su personalidad o temperamento, en el apoyo de la familia, pero sobre todo en la capacidad que posea para hacer frente a las adversidades sociales y desde luego, enfrentar posibles psicopatologías.

No es raro escuchar a profesores universitarios, en las tutorías de padres: “su hijo no atiende en clase, se despista con una mosca, es incapaz de centrarse en las explicaciones que se están dando en el aula”. En ocasiones, aunque se trata de jóvenes adultos afables, excepcionales y con múltiples capacidades para acometer los retos que se propongan, se muestran como personas irritables a las que les cuesta comunicarse con sus padres, viven una serie de conflictos por el ritmo frenético al que la propia sociedad los somete y, sobre todo, tienen muchas dificultades para seleccionar los estímulos precisos y adecuados, en una realidad que busca principalmente las respuestas automatizadas y deshumanizadas (Freire, 2017). Llegados a este punto, la competitividad en el ámbito universitario hace que los jóvenes hayan de someterse al ritmo que llevan sus compañeros, a las presiones de múltiples exámenes (que no sirven para ver su rendimiento real, y que les causa malestar y exceso de estrés), a los problemas y conflictos que se viven en el ámbito familiar, dificultades con las relaciones sociales, enfrentar, por adelantado, la imagen de las pocas oportunidades profesionales que tendrán para desarrollarse en el futuro y, sobre todo, el hecho de que serán esos jóvenes los que tengan que adaptarse a la universidad, no la institución a ellos. Aunque su futuro depende de la formación que reciban, las instituciones educativas no se lo ponen fácil. Quizás nadie forma para ir a una universidad o a estudios superiores profesionales, y los jóvenes no están preparados para los cambios fulminantes en esos entornos educativos.

Por lo dicho, no podemos eludir una reflexión sobre la cantidad de casos que se dan hoy, entre jóvenes universitarios, de aquellos que tienen dificultades para mantenerse atentos en una misma actividad, o que cometen muchos errores, o que son desorganizados o al no saber planificar, dejan todo para el último día, creyendo que van a aprobar toda la asignatura, estudiando la última noche. Cuando suspenden, entonces consideran que el problema es, o bien la dificultad de la asignatura, o que la carrera no es para ellos, o incluso se ven incapaces de superar las tareas universitarias y se ven abocados al fracaso, mientras que sus padres adquieren sentimientos de culpabilidad y fracaso educativo, dado que sus hijos han roto sus expectativas de futuro. Todas estas dificultades pueden explicarse, en algunos casos, “porque el joven no quiera”, pero en otros casos las dificultades que presentan es porque realmente “no puede”. Entonces es cuando podemos empezar a sospechar la presencia de alguna patología.  Algunos autores hablan de síndrome, otros de trastorno y para otros, sería una sintomatología; desde luego, todavía hoy es causa de debate (Freire, 2017). Nos estamos refiriendo al Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), que afecta a la capacidad de la persona para regular su hiperactividad, impulsividad y/o atención.

Según el DSM-5, el TDAH se caracteriza por un patrón persistente de inatención y/o hiperactividad-impulsividad, que interfiere en el funcionamiento de la persona.

Existen dos tipos de TDAH:

  1. Subtipo por hiperactividad-impulsividad:

Este se caracteriza porque la persona cumple seis o más síntomas, durante seis meses, en un grado que no concuerda con el nivel de desarrollo, por ejemplo: golpear manos y pies, con frecuencia se levanta en situaciones en las que se espera que permanezca sentado, habitualmente corretea donde no es apropiado, con frecuencia está ocupado, actuando como si lo impulsara un motor, hablando excesivamente, con frecuencia responde inesperadamente o antes de concluir la pregunta, tiene dificultad para esperar su turno o interrumpe o se inmiscuye en las actividades de otro.

  1. Subtipo de TDAH, es el inatento:

Este se caracteriza básicamente por un patrón de no atención: no presta atención a los detalles, por descuido se cometen errores, dificultad para mantener la atención en tareas, con frecuencia parece no escuchar, no sigue instrucciones, con frecuencia tiene dificultad para organizar tareas, etc... El individuo debe cumplir, al menos durante seis meses, seis o más de los anteriores síntomas, en un grado que no concuerda con el nivel de desarrollo, afectando a su funcionamiento social y académico-laboral. Además, algunos de estos síntomas deben estar presentes antes de los 12 años y en dos o más contextos, interfiriendo en su funcionamiento social, académico o laboral. Los síntomas no se producen en el curso de otros trastornos (ej. esquizofrenia).

El especificador Mixto o combinado, se da si se cumplen los criterios del subtipo de inatención y los del subtipo de hiperactividad-impulsividad, durante los últimos 6 meses.

El TDAH comienza en la infancia, pero el requisito es que varios síntomas estén presentes antes de los 12 años. Está claro que los diferentes síntomas variarán según el contexto del individuo, pero debido a las características del TDAH y también a los rasgos propios o típicos de la adolescencia tardía (por ejemplo, que estén tan centrados en sí mismos, ignorando otros estímulos, o que estén pendientes de varios estímulos o circunstancias que les causen fatiga y que no sean capaces de ver las diferentes posibilidades que les presenta la vida, o que a través de la hipocresía aparente, decidan no mover ficha, porque consideran que lo que les sucede en la vida, no depende de ellos, etc). Por ello, es necesario distinguir los problemas que van asociados a cada hito del desarrollo, y que se refieren a la edad, de los problemas que exceden de esas dificultades y que se trata de sintomatología del trastorno, sobre todo a partir de los 18 años, interfiriendo gravemente en su funcionamiento diario, y que de alguna manera predicen adversidad psicosocial y patología. Por lo dicho, no es raro que muchos universitarios estén infradiagnosticados en TDAH.

No existe ningún marcador biológico para diagnosticar el TDAH

En la mayoría de los individuos, la hiperactividad es menos visible durante la vida adulta, aunque “las dificultades pueden persistir debido a la inquietud, inatención y pobre planificación”. En la edad adulta, “junto con la inatención y la inquietud, puede ser problemática la impulsividad aun cuando la hiperactividad haya disminuido”. La resistencia a participar en actividades que requieran aptitudes académicas resulta frecuente en los adultos con TDAH (DSM-5, APA).

En todo caso, para hacer el diagnóstico de TDAH por inatención del joven adulto, es necesario un análisis médico-psiquiátrico pormenorizado, porque además en un ambiente muy estructurado, puede ocurrir que los síntomas del trastorno sean imperceptibles.

Es necesario efectuar a la hora de hacer el diagnóstico de TDAH (Ezpeleta y y Toro, 2017): una anamnesis detallada, revisando los diferentes criterios diagnósticos

- examen médico completo para conocer el estado de salud del individuo y descartar posibles problemas orgánicos como por ejemplo: déficit visual, auditivo, anemia, daño cerebral o carencia de determinados nutrientes (Freire, 2017)

- una historia clínica, recogiendo los síntomas actuales, la historia de los mismos, tratamientos…

- entrevista clínica con los padres, a solas

- entrevista clínica con el joven adulto, a solas

- entrevista familiar para examinar el funcionamiento del individuo

- revisar informes universitarios, evaluándolos en el tiempo

- exploración neuropsicológica (evaluación funciones ejecutivas, atención e impulsividad)

- exploración psicológica (con diferentes pruebas test: d2 para evaluar la atención, CI para examinar cociente intelectual). La evaluación psicológica debe hacerse no sólo a nivel cognitivo y examen del desarrollo intelectual, sino también a nivel emocional

- evaluar la presencia de otros trastornos (ej. dislexia, discalculia)

- no es necesario efectuar analíticas, ni neuroimagen, ni electroencefalograma para diagnosticar

- visita al psiquiatra, para posible tratamiento farmacológico, en caso de combinar terapia psicológica y farmacológica

El TRATAMIENTO que se ha mostrado eficaz para el TDAH es el MULTIDISCIPLINAR, que combina la terapia psicológica, farmacológica y psicopedagógica.

Presenta evidencia científica de eficacia la terapia cognitiva-conductual y es esencial, desde el inicio, crear una adecuada alianza terapéutica entre joven-padres-terapeuta. Pues como señala Heike Freire, dada la complejidad de los problemas en nuestra sociedad: “se necesita toda la tribu, para cuidar a un niño”.

REFERENCIAS

American Psychiatric Association. (2014). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. DSM-5. Madrid: Editorial médica panamericana.

Dosil, A. (2012). Desarrollo cognitivo, afectivo, lingüístico y social. Madrid: Ediciones CEF.

Ezpeleta, L., Toro, J. (2017). Psicopatología del desarrollo. Madrid: Pirámide.

Freire, H. (2017). ¡Estate quieto y atiende!. Barcelona: Herder.

Artículo escrito por Montse Quintas.

¿Qué es la ansiedad? La ansiedad es una reacción adaptativa que nos prepara para dar una respuesta adecuada. Pero en ocasiones surgen falsas alarmas y nos activamos sin saber muy bien la causa. Si tienes o has tenido la sensación​ ​de​ ​temor,​ ​amenaza​ ​o​ ​catástrofe, preocupaciones​ ​o​ ​análisis​ ​catastrofistas, ​hipervigilancia​ ​a​ ​estímulos​ ​potencialmente​ ​amenazantes, dificultad para concentrarte​ ​y​ ​tomar​ ​decisiones, palpitaciones,​ ​pulso​ ​rápido​, ​tensión​ ​elevada, ​sensación​ ​de​ ​sofoco,​ ​respiración​ ​rápida​ y ​superficial, aumento​ ​de​ ​la​ ​transpiración, problemas sexuales o incluso insomnio, puede ser que sufras o hayas sufrido un episodio de ansiedad.

La gestación en sí es un proceso que está ligado a cambios emocionales. Es muy común durante este periodo encontrarse casos de ansiedad general (miedo al parto, miedo a que el bebé porte una minusvalía, preocupación sobre su propia apariencia) y de depresión (puede darse también durante el puerperio).

Un embarazo normal dura aproximadamente unas cuarenta semanas. Durante la gestación las hormonas son las causantes de la variación experimentada en las emociones tanto positivas como negativas; de hecho, entre la semana 6 y la 10 y el final del embarazo, los cambios hormonales son más pronunciados. Son normales síntomas relacionados con la depresión, la ansiedad así como preocupaciones por los cambios que se están produciendo en el cuerpo o en el bebe. Los problemas relacionados con las emociones no tratados pueden afectar al bienestar físico del pequeño y aumentar el riesgo de partos prematuros o depresiones postparto. Por esta razón, en caso de que la sintomatología se agrave, se recomienda a la embarazada la psicoterapia o tratamientos médicos para una buena gestación.

Hasta no hace mucho, la mayoría de las mujeres embarazadas han sido tratadas por dolencias físicas o complicaciones obstétricas, sin embargo, debido a los grandes cambios hormonales y emocionales que provoca un embarazo, cada vez ha ido incrementándose el número de investigaciones, tratamientos e intervenciones de forma psicológica para el bienestar, no sólo de la madre, sino también de su bebé.

Tras numerosas investigaciones se ha creado nuevo concepto llamado ansiedad del embarazo (pregnancy anxiety) el cual hace referencia a la ansiedad específica de las gestantes. Este suceso resulta un buen predictor de malos resultados como, por ejemplo, un nacimiento prematuro, lo que ha generado una gran cantidad de investigaciones y experimentos relacionados con tratamientos para este tipo de trastorno, evitando la farmacología y centrándose en terapias cuerpo-mente basadas en la relajación.

¿Cómo afecta la ansiedad?

El estudio de la ansiedad en las mujeres embarazadas nos ha revelado las implicaciones que esta tiene para la madre y el bebé. Los niveles de ansiedad son mayores en las embarazadas primerizas o primigestas. También se ha concluido que se manifiesta con mayor medida en el tercer trimestre de cualquier tipo de gestante.

Además, estos altos niveles en las madres pueden provocar alteraciones en el movimiento y crecimiento del feto. Se ha comprobado que los fetos de las mujeres con altos niveles de ansiedad tienen un mayor movimiento de miembros de forma individual en el segundo trimestre, y que su crecimiento es más lento que el de madres que no la padecen.

Por otro lado, las madres con ansiedad general son más propensas a tener una ansiedad específica del embarazo, donde aparece el miedo al parto y/o a que su bebé porte discapacidades o minusvalías. Asimismo, tanto la ansiedad específica del embarazo como la ansiedad general en dichas gestantes actúan como factores predisponentes a la hora de recurrir a conductas de riesgo como la bebida durante la gestación.

Los cambios asociados al embarazo no se producen sólo en la madre. El padre suele verse igualmente afectado por este cambio en sus vidas, pudiendo ser una variable importante en la estabilidad emocional de la gestante: la ansiedad se presenta a lo largo de todo el embarazo, si bien el número de gestaciones de la madre puede hacer variar estos niveles de ansiedad. Los padres por segunda vez muestran niveles más altos que los padres primerizos. Aun así, los niveles de ansiedad (padres primerizos o por segunda vez) son mayores en el tercer trimestre, seguidos por el primero, y presentando niveles más bajos en el segundo trimestre.

Cuanto menor ansiedad fisiológica presenten las madres — es decir, las gestantes con síntomas de ansiedad explicadas anteriormente (palpitaciones, sudoración, nerviosismo…) — existe un mayor grado de vinculación prenatal con el nonato.

¿Qué técnicas de intervención se utilizan para reducir la ansiedad?

Ya hemos visto que la ansiedad puede provocar efectos adversos en el feto, y qué problemas médicos durante el embarazo pueden causarla. Por lo tanto, existe una serie de técnicas que posibilitan intervenciones no invasivas para reducirla.

Muchos profesionales recurren a técnicas de relajación como método, aplicándola durante cortas sesiones semanales para que se implemente de manera progresiva, con estimulación musical y focalizando la atención en el sonido de los latidos del corazón del bebé. También se realizan ejercicios de respiración, centrando la atención en el cuerpo para que tome conciencia del mismo y visualizando escenarios relajantes. Todo esto reduce los niveles de ansiedad de las gestantes de forma estadísticamente significativa.

Otras técnicas emplean la relajación implícita dentro de masajes y yoga, ya que éstos reducen los síntomas no sólo de ansiedad, también de ira y depresión. Sin embargo, donde se utilizaron técnicas de relajación muscular progresiva, relajación pasiva e imaginación guiada, aunque resultaron en diferencias de las medias de ansiedad, no fueron tan eficaces como las anteriores.

Algunos ejemplos de estas sesiones de relajación serían: para gestantes con depresión y ansiedad, con una hora semanal de psicoterapia grupal y 20 minutos de masajes; entrenamiento práctico en relajación durante sesiones semanales de 90 minutos en las que se comprobó que la relajación activa es mucho más eficaz que la relajación pasiva. Otro medio utilizado fue la musicoterapia durante 30 minutos todos los días.

Además, el Mindfulness es una técnica que ha tenido mucho éxito últimamente y que se ha extendido en muchas áreas de la psicología. Un programa de 2h semanales en gestantes con preocupaciones ha conseguido una reducción significativa de su sintomatología ansiosa, gracias a sus beneficios no sólo en ansiedad, sino en depresión.

Por lo tanto, podemos concluir que todas las técnicas mencionadas anteriormente basadas en la conexión cuerpo-mente, han resultado efectivas en la reducción de la sintomatología ansiosa en mujeres gestantes, algo que no sólo beneficia a la madre sino también a su bebé.

BIBLIOGRAFÍA

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Conde A., Figueiredo B., Tendais I., Teixeira C., Costa R., Pacheco A., Rodrigues M., and Nogueira R. Mother's anxiety and depression and associated risk factors during early pregnancy: effects on fetal growth and activity at 20–22 weeks of gestation. https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.3109/01674821003681464

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Field, T., Diego, M., Hernandez-Reif, M., Medina, L., Delgado, J., & Hernandez, A. (2012). Yoga and massage therapy reduce prenatal depression and prematurity. Journal of bodywork and movement therapies, 16(2), 204-209. https://www.bodyworkmovementtherapies.com/article/S1360-8592(11)00140-9/fulltext

Artículo escrito por Ester García

Voy a hablaros de la empatía, esa gran habilidad que parece que todo el mundo maneja: ¿te consideras una persona empática? Permíteme que lo comprobemos juntos.

Para empezar, creo que habría que distinguir niveles de empatía. No pienses que esto iba a ser tan sencillo como un “sí” o un “no” como respuesta absoluta.

¿Por qué digo esto? todos sabemos que el llanto, la risa, la ira, las ganas de bailar, los bostezos… incluso el acto de vomitar es contagioso. Sabemos también que existen ciertas neuronas, llamadas neuronas espejo. Si una persona que tenemos enfrente levanta un brazo, se activarán en su cerebro un grupo de neuronas específico encargado de realizar esta acción. Las neuronas espejo de mi cerebro se activarán exactamente con el mismo patrón que las de mi compañero de enfrente, simplemente observando cómo levanta su brazo. Esto se considera un mecanismo muy básico de supervivencia como seres sociales que somos; además las neuronas espejo no son exclusivas del ser humano sino que se ha encontrado en otras especies.

Para seguir en los niveles de la empatía, os expongo la llamada Teoría de la Mente, que es un fenómeno cognitivo que se adquiere en torno a los 4-5 años de edad. Para comprobar si esta capacidad se ha adquirido o no, a los psicólogos nos gusta realizar un experimento con niños de 3, 4 y 5 años: el experimentador se va a sentar frente al niño en una mesa. En esta mesa encontramos una hucha y unas cuantas monedas. Cogemos las monedas, las metemos dentro de la hucha y le preguntamos al niño: “¿Qué crees que hay dentro de la hucha?”, a lo que responderá “Monedas”. Tras esto sacamos las monedas de la hucha y las sustituimos por un puñado de canicas y le volvemos a preguntar: “¿Qué crees que hay en la hucha?”, a lo que contestará “Canicas”. Inmediatamente después le preguntamos “Y si llamamos ahora a un amiguito y le preguntamos qué hay en la hucha, ¿qué creerá que hay en la hucha?”. Si este niño tiene menos de 4-5 años responderá “Canicas”, puesto que aún no ha desarrollado la llamada Teoría de la Mente (o el fenómeno de entender otros puntos de vista diferentes al propio).

Bueno, si estás leyendo esto es obvio que tienes más de 5 años y por tanto este nivel de empatía ya lo posees, ¡felicidades! (excepto algunos casos que aquí no trataremos), pero esto no acaba aquí, no. Según vamos creciendo vamos viviendo circunstancias, experiencias o eventos distintos que desencadenan en nosotros una serie de emociones respecto a estos, una serie de conductas para afrontarlos, una serie de habilidades que se adquieren, etc. (El típico “no hay mal que por bien no venga”, “de todo se aprende” o “lo que no te mata te hace más fuerte”).

Esto quiere decir que cuando hablamos con alguien que ha pasado por experiencias similares a las nuestras, puedes intuir por tu propia experiencia cómo se siente la otra persona. ¿Pero hasta qué punto esto es cierto? Bien, aquí entran en juego muchos factores, entre ellos: tendencias o rasgos de personalidad de la persona, apoyo social con el que se cuenta, habilidades personales y/o sociales, nivel socioeconómico, género, edad, experiencias pasadas, estilos de afrontamiento, estilos de apego, situación laboral, etc. A su vez todas estas pueden o están relacionadas entre ellas.

Lo ilustraré con un ejemplo: “una persona de unos 50 años se queda de repente sin su puesto de trabajo. ¿Qué podrías decirle?” Probablemente si eres una persona de 20 años veas la situación de una manera distinta que si fueras una de 60, al igual que si tienes apoyo social y muchos contactos posiblemente lo veas de una manera distinta a alguien más bien introvertido,  sin muchos contactos. Si eres una persona que se ha apoyado mucho en su familia verás la situación de una manera muy distinta a otra persona que nunca ha tenido buena relación con sus padres. Probablemente si tienes un nivel socioeducativo alto verás la situación de una manera distinta a una persona con un nivel socioeducativo bajo. Si eres una persona sin preocupaciones económicas verás la situación de una manera distinta a  una persona que le cuesta llegar a fin de mes.

¿Te consideras ahora una persona empática?

Quizás la afirmación ya no es tan categórica. Por ello la psicología es una ciencia y un arte. Obviamente la vocación viene dada de cierta predisposición natural a un determinado nivel de empatía, sin embargo creo que la empatía real se estudia, se aprende. Cada vez que un paciente pasa por la consulta te empapas de su situación, su manera de ver la vida, el mundo, a los demás, a sí mismo, sus experiencias pasadas, sus rasgos de personalidad, sus maneras de afrontar los problemas, las habilidades que posee o no posee. Es decir, te sumerges en su mente y ves su problemática desde su marco de referencia, no desde el tuyo. Para realmente entender una persona hay que adentrarse en su mundo, hay que cambiar el marco de referencia.

Ser empático no es entender la problemática del otro desde tu punto de vista, sino desde el suyo. Este es un ejercicio muy complicado que requiere, desde mi punto de vista, mucha casuística; es decir, estudiar las problemáticas posibles por grupos de edades, por género, por tipos de personalidad, estilos de afrontamiento, tipo de apego, experiencias pasadas, etc.

Por tanto, ser empático requiere saber y conocimiento. Querer y poder escuchar todo lo que la persona tiene que decir y todo lo que la persona es.

Artículo escrito por Beatriz Ostalé Estévez.

¿Alguna vez te has sentido incapaz de hacer algo para cambiar las circunstancias que te rodean? ¿Por qué a veces no reaccionamos ante situaciones que nos producen dolor o son incómodas? ¿No somos capaces de actuar?

Para entenderlo mejor comencemos hablando del concepto de contingencia: es el grado de relación que hay entre dos acontecimientos. Si estos acontecimientos se tratan de las respuestas del individuo y las consecuencias que estas tienen en el ambiente, se puede establecer una relación de controlabilidad o incontrolabilidad. Mediante la respuesta podemos o no ejercer control sobre los resultados.

Según Seligman la indefensión es un “estado psicológico que se produce frecuentemente cuando los acontecimientos son incontrolables”, es decir, cuando no podemos hacer nada para cambiarlos. La consecuencia es incontrolable cuando la probabilidad de que ocurra es la misma independientemente de lo que hagamos.

En el momento que percibimos qué no tenemos control sobre las consecuencias, atribuimos una causa a esa falta de control de la situación en la que nos encontramos, y en función de ello desarrollamos la expectativa de no contingencia futura, lo que nos lleva a la indefensión aprendida.

La atribución causal cuenta con tres dimensiones:

Interno-Externo: hace referencia al grado en que la causa está relacionada con uno mismo o con otra persona.

Estable-Inestable: tiene en cuenta la variable temporal, si es estable siempre sucederá así, si es inestable no siempre sucederá así.

Global-Específico: hace referencia a si la situación se generaliza a todas las situaciones o a un evento determinado.

Así que si una persona cree que ha fracasado “porque soy tonta”, está llevando a cabo una atribución interna, estable y global.

Por tanto, a la larga esto nos va a generar una expectativa de falta de control en acontecimientos futuros, interfiriendo en la adquisición de nuevos aprendizajes, lo que provocará tres tipos de déficit que deterioran el rendimiento: motivacional, cognitivo y emocional.

A nivel motivacional: si esperamos que, independientemente de lo que hagamos, no vamos a conseguir ningún cambio en el resultado, poco a poco disminuirá la probabilidad de hacer algo al respecto.

A nivel cognitivo: consiste en creer que las respuestas son ineficaces en el control de las consecuencias, lo que dificulta el aprendizaje.

A nivel emocional: cuando las consecuencias son lo suficientemente traumáticas se pueden producir cambios, pudiendo desembocar en estados de ansiedad y depresión.

“De pequeño me gustaba el circo. Me encantaban los espectáculos con animales y el animal que más me gustaba era el elefante. Durante la función me impresionaban su tamaño y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente:

¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye? pregunté a mis padres.

Me contestaron que era porque estaba amaestrado. La respuesta, sin embargo, no me satisfizo. «Si estaba amaestrado, ¿por qué lo tenían atado?». Pregunté a parientes y maestros y pasó mucho tiempo, hasta que alguien me dió una respuesta convincente: «El elefante del circo no se escapa porque está atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño».

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo.La estaca era ciertamente muy fuerte para él.Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro... Hasta que un día, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree que no puede. Tiene grabado en su mente el recuerdo de su impotencia, y ahora ha dejado de luchar, no es libre porque ha dejado de intentar serlo. Nunca más intentó poner a prueba su fuerza.”

Este cuento de Jorge Bucay muestra de forma muy clara el concepto de indefensión aprendida.

¿Se puede inducir la indefensión aprendida?

https://www.youtube.com/watch?v=OtB6RTJVqPM

En este vídeo vemos como la profesora reparte un papel con tres anagramas, una actividad aparentemente sencilla en la cual los alumnos tienen que ir levantando la mano cuando hayan resuelto cada una de las palabras. Lo que ellos no saben es que se han repartido dos listas diferentes: una con tres anagramas que tenían solución; mientras que, en la otra lista, los dos primeros anagramas carecían de ella, salvo el último. Durante toda la realización del ejercicio se les pedía que fueran levantando la mano a medida que eran capaces de resolverlo. Como es de esperar sólo una parte de la clase alza la mano, mientras que la otra parte no ha podido resolverlo. Se puede observar la frustración e impotencia que sienten al ver que el resto si han sido capaces de hacerlo y ellos no.

Finalmente, la profesora les pregunta: ¿Por qué tuvieron tantos problemas en resolver la última palabra si era la misma para los dos grupos? ¿Vosotros qué opináis?

Pero… ¿siempre es así? ¿Realmente no podemos hacer nada?

La indefensión adquirida es un comportamiento aprendido y como tal puede ser modificado. Para ello deberemos aprender nuevos recursos, herramientas o habilidades que nos ayuden a superar nuestros déficits, planteando pequeñas metas y siendo capaces de resolver conflictos que nos permitan tomar conciencia del cambio producido. Así poco a poco podremos recuperar nuestra propia autoestima y tomar control de las situaciones difíciles de la vida.

Según Abramson las posibles estrategias a seguir son:

Cambiar los resultados con la introducción de modificaciones en el ambiente que nos rodea.

Proponer objetivos más sencillos y realistas que nos ayuden a disminuir las respuestas aversivas. Es decir, proponer metas asequibles.

Cambiar las expectativas de falta de control mediante habilidades sociales que permitan resolver problemas de distinto ámbito, aumentando progresivamente el grado de dificultad, reforzamiento en el aprendizaje, así como cambios en los sesgos atribucionales de éxito y fracaso.

BIBLIOGRAFÍA

Docampo, M. M. (2002). Influencia del estilo atribucional interno-externo en la indefensión aprendida y en su inmunización. Revista de psicología general y aplicaciones, 55 (2), 151-160. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=274671

Soria, M., Otamendi, A., Berrocal, C., Caño, A., y Rodríguez, C. (2004). Las atribuciones de incontrolabilidad en el origen de las expectativas de desesperanza en adolescentes. Psicothema, 16 (3), 476-480. http://atarazanas.sci.uma.es/docs/articulos/16494635.pdf

Vicente, F., y Díaz-Berciano, C. (2005). Efecto de la dominancia diádica sobre la indefensión aprendida. Psicothema, 17 (2), 292-296. http://www.psicothema.es/pdf/3102.pdf

http://www4.ujaen.es/~rmartos/IA.PDF[

Artículo escrito por Tania Alonso Gómez"

En el momento en que nuestra mente pierde completamente la confianza y la esperanza hacia el futuro, comienza a divagar y a generar incertidumbre, zozobra, angustia y miedo. Ésta percepción desesperanzadora sólo contribuye a fomentar en nosotros sentimientos de incapacidad y malestar tanto físicos como psicológicos. La desconfianza, la creencia de imposibilidad y la pérdida de esperanza hacia el porvenir, nos producen indudablemente emociones poco placenteras que, sostenidas en el tiempo, permiten la aparición de aquello que más tememos: el sufrimiento. Pero, ¿qué es realmente el sufrimiento? Y ¿cómo aliviarlo? Son sin duda algunas de las preguntas con mayor afán de respuesta.

Cuando se habla de sufrimiento por lo general nos referimos a aquellos sentimientos negativos sostenibles en el tiempo, que nos generan altos niveles de malestar y dolor. Es importante resaltar que una vez que se padece seremos capaces de escoger la actitud y perspectiva con la que vivimos la experiencia; dependiendo de esto, conseguiremos superación y progreso personal, o por el contrario seguiremos hundidos en nuestra desdicha.

Si retrocedemos en el tiempo, encontraremos que ya desde el 600 A.C. mentes brillantes como la de Buda Gautama intentaban explicar el verdadero sentido de la vida a través de ideas  que indicaban que la condición humana, además de vivencias placenteras, implicaba sufrimiento. Buda aludía a que el causante es el conflicto interno entre cómo son las cosas y cómo queremos que sean. Predicaba igualmente que el sufrimiento es capaz de reducirse e inclusive eliminarse cambiando nuestra actitud ante sucesos desagradables. Y por último, enumeró ciertas estrategias para acabar con dicho dolor (Germer, Siegel y Fulton, 2015). En pocas palabras, lo que buscaba ambiciosamente Buda era enseñar a otros a vivir en paz consigo mismo, a aceptar las experiencias y en caso de que ellas representen padecimiento, utilizar estrategias para manejarlas.

Por otro lado, tenemos el caso de Jesús, quien vino hace más de 2.000 años a enseñarle a la raza humana a vivir a través del Amor y de la Fe, siendo ésta la vía para aliviar el dolor de la humanidad. De esta manera, nos quiso dar a entender que cuando el ser humano se aleja de estos preceptos la vida en sí representa sufrimiento. Demostrándonos esto, se entregó a la cruz aún sabiendo que se exponía a la agonía. Con esta acción demostró al hombre que si existe Fe, confianza y una esperanza extraordinaria hacia el futuro, ese pesar se alivia, disminuye e inclusive se anula.

Por su parte, Albert Einstein (1879-1955) —uno de los más grandes genios y científicos de la humanidad— explicaba el sufrimiento desde el concepto de crisis. Afirmaba en uno de sus más famosos escritos que las crisis pretenden ser una de las más grandiosas bendiciones lejos de ser experiencias completamente negativas. Y esto lo confirmaba explicando que las dificultades son el motor de la superación y del progreso. Así, quien las supera se supera a sí mismo, pues estas representan un desafío, con lo que la única crisis que realmente existe es la tragedia de no querer luchar por superarlas.

Del mismo modo, nos encontramos con personalidades igualmente significativas en la historia como Viktor Frankl, psiquiatra preso en un campo de concentración nazi, quien posteriormente se convirtió en el padre de la Logoterapia;  nos manifiesta desde su propia vivencia que lo que necesitamos las personas es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida. En su libro de referencia El hombre en busca de sentido Frankl nos pretende ilustrar acerca de como “el modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que éste conlleva, le da muchas oportunidades…para añadir a su vida un sentido más profundo” (p. 42). Para este autor, la esencia de la existencia se basa en la capacidad del hombre de ser responsable; de cómo vive y afronta sus retos.

Ahora bien, todas estas perspectivas lo que pretenden es que aceptemos que la vida trae consigo momentos difíciles, y que el ser humano debe estar preparado para afrontarlos, puesto que son incontrolables, inevitables y forman parte esencial de nuestra existencia. En este sentido, entendemos que lo único que las personas sí podemos controlar es la manera en que estas experiencias nos afectan. Está dentro de nosotros elegir la actitud, confianza, esperanza así como la Fe con la que las asumimos.

En consecuencia, resulta elemental que comprendamos que durante el recorrido de la vida,  está bien sentir dolor para que podamos normalizar las sensaciones de displacer, miedo, angustia, ansiedad o malestar. Está bien que nos sintamos tristes o decaídos ante una pérdida, una ruptura o inclusive un desempleo; que experimentemos ansiedad o angustia ante una situación difícil, pues éstas son las respuestas más innatas y acertadas ante un acontecimiento. Sin embargo, existe una fina línea que separa aquello normal de sentir de aquello que se convierte en un estado patológico. El sufrimiento entonces es lo que creamos cuando nos resistimos a ese dolor o lo negamos (Germer, Siegel y Fulton, 2015). En este sentido, está en nosotros trabajar en pro de que estas emociones no perduren en el tiempo, generándonos un impacto mayor.

Entiendo que el desafío es aún mayor cuando nos dejamos sumergir en lo más profundo de nuestro dolor y realmente creemos que es casi imposible salir de ese sitio oscuro. Cuando nos sentimos desolados el camino es realmente cuesta arriba, por esta razón es vital que el individuo consiga un motivo por el cual sobreponerse y esto podría suponer una de las principales estrategias de afrontamiento. En este sentido, tal y como describía Frankl (1991) darle un sentido a ese dolor.

Desde este punto de vista, resulta substancial para el desarrollo individual que aceptemos que en algún punto de nuestras vidas tendremos que hacer frente a circunstancias muy duras pero que simplemente van a ocurrir. Por esta razón, es necesario que trabajemos día a día para aumentar y fortalecer el repertorio de herramientas que poseemos y que nos permitan hacerle frente a dichas experiencias; llegado el caso, pasar tiempo a solas en contacto con ese dolor, aceptándolo y dejándolo estar conseguirá aliviar nuestro cuerpo y nuestra alma.

En la medida en que aprendamos a estar con estos sentimientos maduraremos y progresaremos. Es importante que aprendamos a ver con otros lentes este tipo de situaciones y las convirtamos en aprendizajes, que poco a poco nos van haciendo más fuertes, más capaces y más confiados de lo que podemos lograr y superar. Sólo desde ésta perspectiva conseguiremos aliviar los mayores niveles de malestar.

Resulta imprescindible que logremos generar muy altos grados de confianza en nosotros mismos, de manera que sea posible levantarse y salir adelante. Motivémonos a buscar un cambio y trabajemos en pro de nosotros mismos para encontrar nuestras propias respuestas. Aprendamos a manejar aquello que uno si puede controlar. Generemos y reforcemos estrategias que nos permitan ver la vida con mayor disfrute y menos desdicha. Busquemos herramientas de afrontamiento con las que poder vivir plenamente y en paz con el sentir de cada uno.

Y lo más importante es que luego de todo este proceso de transformación, veamos hacia atrás y analicemos las situaciones difíciles que se interpusieron en nuestro camino y nos permitamos agradecer de corazón todas aquellas crisis que nos condujeron al crecimiento. Pues no hay mejor sentimiento que la satisfacción de superarnos.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Einstein, A. (s.f). Las Crisis.

Frankl, V. (1991). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Editorial Herder.

Germer, R. & Fulton (2015). Mindfulness y Psicoterapia. Bilbao: Editorial Desclée De Brouwer.

Artículo escrito por Clarissa Sucre

¿Quién no ha sufrido celos alguna vez? Desde que empezamos a tener conciencia del mundo que nos rodea, los celos nos acompañan. Todo empieza cuando de niños celamos a nuestros hermanos por adquirir la atención de nuestros padres y nos frustramos por ese cariño que consideramos superior al que nos dan a nosotros. Podemos sentir celos también de amigos, compañeros de clase o trabajo, o bien de familiares. Sin embargo, es una de las emociones que está más presente en las relaciones de pareja, en las cuales puede ir poco a poco creando un malestar psicológico y social en ambos miembros, que conduzca en algunos casos en agresiones físicas.

En 1991, Salovey definió los celos como una emoción que surge ante la sospecha (real o imaginaria) de amenaza a una relación considerada valiosa. Aludiendo a esta definición, tener celos sería algo normal cuando una persona realmente te importa y no quieres perderla, o incluso podría considerarse una emoción necesaria para demostrar el amor hacia ella. Frases como “si siente celos es porque realmente te quiere” o “soy celos@ porque te quiero y no quiero perderte” son propias de las parejas en las que esta emoción está presente. Pueden estar infundados o no, pero detrás estaría presente la inseguridad, falta de autoestima y desconfianza.

¿A partir de qué punto se convierten los celos en algo patológico?

No está establecido el límite que separe los celos normales de los patológicos. No obstante, estos últimos están definidos como un trastorno caracterizado por la preocupación excesiva e irracional ante la posibilidad de una infidelidad, que altera emocionalmente al sujeto llevándole a la realización de conductas de comprobación con el fin de controlar a su pareja. La principal diferencia entre ambos sería la reacción ante la amenaza. A este respecto cabe destacar que la aparición de los celos podría reflejarse en la inseguridad y baja autoestima de quien los presenta, considerándose inferior a esa tercera persona que supuestamente amenaza su relación, provocándole el miedo intenso de perder a su pareja ya que, de un modo u otro, este tipo de personas suelen ser muy dependientes.

Molière

El celoso ama más, pero el que no lo es ama mejor.

El sentimiento de posesión (“Eres solo mi@, soy solo tuy@”) como mito del amor, así como forma de expresar el máximo interés hacia la otra persona, es el comienzo de los celos patológicos. Con el deseo de poseer comienza el control obsesivo en el que se tiene que saber dónde, cuándo, con quién y el porqué de los actos de la pareja, llegando incluso a perseguir y acosar llevados por la desconfianza, y restándole así poco a poco su libertad hasta el punto de no poder hacer nada sin la compañía de él/ella. Absolutamente todo es considerado como amenaza para el celoso, el cual tiene su atención focalizada en el miedo, la desconfianza y la inseguridad: “si llega un poco tarde es porque ha estado con alguien”, “si tarda en coger el teléfono es porque está con alguien”, “si le sonríe al camarero es porque le gusta…”

Estas emociones que acompañan a los celos desembocan en sentimientos de tristeza, rabia y enfado, que se van manifestando a lo largo de las discusiones iniciadas por el celoso. En un principio, aparece la tristeza acompañada de frases victimistas como “No me quieres, no soy lo suficiente para ti, si me quisieras no me dejarías sol@ o no hablarías con esa persona”, consiguiendo disminuir el círculo social de su pareja —así como sus actividades o su libertad para vestirse, entre otras cosas— ya que debido al sufrimiento extremo de su pareja esta siente una gran culpabilidad, y si así es la forma de demostrar que realmente quiere estar con ella cede en sus chantajes.

No obstante, los celos continúan y siguen limitando a la otra persona. Al ir produciéndose gradualmente, la víctima de estos no es consciente de que lo que está viviendo son situaciones de maltrato psicológico: el celoso considera que tiene el control absoluto sobre su pareja, ya consiguió el “eres mi@”, pero su inseguridad y su desconfianza continúan persiguiendo todo aquello que escape de su control. Es ahí, cuando la rabia y la agresividad se apoderan de las discusiones, desembocando en episodios de violencia de género.

Llegados a este punto, hay cosas difíciles de entender: si tienes miedo de perder a quien quieres,  y sientes celos de terceras personas que podrían ser una amenaza, ya sea porque te sientes inferior o porque eres desconfiad@... ¿Por qué no mejoras tu autoestima? ¿Por qué no trabajas tu seguridad? ¿Por qué no pides ayuda? No solo estás sufriendo tú, también esa persona a la que tanto quieres. Amar no es poseer, amar no es controlar. En el mismo momento en el que se comienza a controlar todo lo que rodea a la victima de los celos (vestimenta, amigos, lugares, horarios, etc.) deja de ser persona para convertirse en objeto. Porque a las personas no se les puede poseer y a los objetos sí.

Ligerezas como el aire son para el celoso fuertes confirmaciones, como un testimonio de las Sagradas Escrituras.

Artículo escrito por Eliana Benguigui

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