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La era de la información: acceso para todo el mundo a información acerca de medicina, de farmacia, de economía, de derecho… en fin, de todas las disciplinas imaginables. Por supuesto, también hay acceso a información acerca de psicología. Pero… ¿quién escribe esto? ¿Es una fuente fiable?

A continuación, vamos a repasar un par de artículos que frecuentemente puedes encontrar en las redes sociales; nuestra intención es ofrecer una visión un poco más crítica y científica sobre el contenido de dichos artículos:

https://postcron.com/es/blog/como-ser-feliz/

¿Cómo ser feliz con 7 claves? Este tipo de artículos circula mucho por internet. En primer lugar, sería interesante debatir acerca de qué es la felicidad: la RAE define la felicidad como “un estado de grata satisfacción espiritual y física” y como “la ausencia de inconvenientes o tropiezos”.  Sin embargo, especialmente esta segunda definición parece poco realista: la vida supone tropiezos, supone dolor… pero eso no implica un estado de insatisfacción total (igual que la ausencia de problemas no implica un estado de satisfacción total). Una vida plena no es un vida llena de emociones agradables (o mal llamadas positivas), sino una vida en la que aceptemos nuestras emociones desagradables sin que éstas tengan un impacto sobre las cosas que más nos importan. No se trata de evitar la tristeza o la ansiedad, sino de, a pesar de sentirnos mal, continuar haciendo las cosas que nos acercan a nuestros valores.

Si consideramos la felicidad como un estado en el que siempre estamos contentos y nunca hay problemas, nunca lo alcanzaremos. Esta búsqueda puede frustrarnos mucho y terminar siendo tremendamente infelices al perseguir una meta inalcanzable. La vida plena no es un objetivo, es una forma de vida.

La búsqueda de una felicidad irrealista puede traernos mucha infelicidad:En mi opinión, la felicidad vendría a ser algo más parecido a esto:

Todos experimentamos miedo, tristeza, ansiedad, pereza, ira… estas emociones nos puede alejar de las cosas importantes de la vida si siempre respondemos a sus demandas. Son inevitables. Son parte de nosotros, pero no son nosotros en su totalidad. No podemos decidir estar tristes o contentos, pero sí podemos decidir qué hacer con esa tristeza (o con ese miedo, ansiedad…). Lo importante es que, a pesar de nuestras emociones desagradables, elijamos nuestra dirección. Haz las cosas con miedo, haz las cosas con ansiedad, haz las cosas con tristeza, pero sobretodo… ¡hazlas si son importantes para ti!

https://www.serpadres.es/1-2-anos/educacion-estimulacion/articulo/145968-acabar-con-las-rabietas-en-cuatro-pasos

Las rabietas: una de las grandes preocupaciones de los papás y mamás. A menudo los padres se sienten avergonzados cuando su hijo o hija patalea, grita, llora, etc. Este artículo pertenece a una web en la que se incluyen consejos acerca de cómo manejar algunas situaciones difíciles con los hijos, cómo mejorar el vínculo afectivo, etc.

Aunque no va desencaminado en algunas cosas, si que hay algunos detalles que deben ser matizados. Es cierto que las rabietas son parte del desarrollo evolutivo, que ocurren y, además, es bueno que se den; por supuesto, esto no quiere decir que las pasemos por alto: hay que atenderlas y corregirlas.

La propuesta que hace este artículo y que es además una idea muy extendida, es que se debe ignorar por completo al niño. Que no debemos prestar ningún tipo de atención… Bien. Vamos por partes:

Es cierto que las rabietas a menudo son una forma de demandar atención, que la atención del adulto actúa como un refuerzo positivo para el niño en esa situación. Es ampliamente conocido que, si un niño tiene una rabieta porque quiere unos dulces y nosotros cedemos y se los damos, está consiguiendo lo que quiere (consigue su refuerzo positivo), pero de una manera no muy deseable. Pues bien, con nuestra atención pasa algo parecido: si el niño tiene una rabieta para conseguir nuestra atención (por ejemplo, porque estamos haciendo caso a su hermano/a pequeño y a él no), y nosotros se la damos (aunque solo sea para reñirle), estamos reforzando su rabieta. Así, el niño aprende que, la próxima vez que se encuentre en una situación similar, haciendo lo mismo conseguirá lo que quiere.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Un niño es más que una rabieta; es decir, se debe ignorar la conducta (rabieta), no a la persona. ¿Acaso un niño de 2 o 3 años sabe autorregularse? ¿Va a aprender a regular sus emociones por arte de magia? La respuesta es clara: no. Los niños aprenden a entender sus propias emociones gracias a la interacción con los adultos. Si no recogemos la emoción de un niño tremendamente enfadado, la angustia sube, sube, sube… quizás luego baje… pero no habrá aprendido nada. Nosotros, como adultos, sí que sabemos lo que ocurre en una rabieta: está enfadado. Es nuestra responsabilidad ayudarle a reconocer esta emoción (bueno, en realidad, esta y todas). Podemos decir: “vaya, veo que estás bastante enfadado…”. Lo más probable es que, en ese momento, la intensidad de la rabieta disminuya algo. ¿Es un milagro? No, es la tranquilidad que a todos nos surge cuando nos comprendemos a nosotros mismos y cuando alguien nos comprende. No hace falta entrar en una conversación profunda acerca de cómo se siente (eso ya vendrá cuando sea más mayor). Es suficiente con ayudarle a poner nombre a eso que está sintiendo.

Quizás siga enfadado durante unos minutos. Es normal. ¿O es que una emoción puede desaparecer tan rápido? Necesita su tiempo, como cualquier otra emoción en cualquier otra persona.

En el artículo anterior, comentábamos la importancia de aceptar nuestras emociones desagradables: ¡Enseñemos esto a los niños! No hay por qué decir: “no te enfades” o “no llores”, pues es su experiencia interna, no se la podemos negar. Pero sí podemos ayudar a que la reconozca y la acepte. Al fin y al cabo, las emociones están presentes todos los días a lo largo de toda nuestra vida. ¡No tiene sentido rechazarlas!

En conclusión, es muy importante poner límites… pero siempre con afecto y aprendizaje.

PARA LEER

Artículo escrito por Irene Lorza

Gracias a los avances médicos y tecnológicos la esperanza de vida ha aumentado permitiendo que las personas vivan más años. Por ello se ha producido un aumento significativo de la población mayor de sesenta y cinco años que está influyendo en la estructura generacional, así como en el nuevo tipo de relaciones establecidas entre los miembros de dichas generaciones. Se dice que vamos hacia un modelo de familia más larga y más estrecha: más larga en el sentido de que coexisten más personas de más generaciones, más estrecha en cuanto a que se ha reducido el número de hijos.

La abuelidad, o todo aquello que tiene que ver con el hecho de ser abuela o abuelo, va incorporándose cada año con más fuerza a nuestras celebraciones sociales y a nuestra vida en general. La importancia que está adquiriendo el rol de abuelo/a en la actualidad está determinado por cambios en la sociedad debidos a la mayor longevidad conseguida en las últimas décadas, ya que hoy día se puede ser abuelo muchos más años y con mejor salud, lo que da lugar a una mayor relación y coexistencia entre las generaciones. La condición de abuelidad se adquiere sin buscarla, a diferencia de la de paternidad, y es recibida con agrado por la mayoría llegando a ser uno de los acontecimientos más importantes en la vida de las personas; sin embargo, si esta etapa llega con responsabilidades que tienen que ver con el cuidado y la educación de los nietos (que le correspondería a los padres), y además de manera obligatoria, puede ser poco gratificante.

Desde el punto de visto del abuelo/a, el nieto representa una continuidad de su nombre y su familia, con lo que se vuelca en su cariño y dedicación y se recibe con ilusión. El rol de abuelo/a determina una relación funcional cuando actúa como cuidador de su/s nieto/s en el momento en que  sus padres no puedan, y van a tener o van a poder gozar de una relación distinta con sus nietos, más lúdica, más dedicada a la sabiduría por encima de la instrumentación que es más propia de tutores, padres y responsables, por lo que el abuelo puede entretenerse en contar historias y en descubrir cosas juntos.

Los abuelos, más allá del papel afectivo y funcional que cumplen, son importantes para el crecimiento, la educación, la objetividad y tienen la función de transmisores de la historia y la cultura familiar, lo que resulta gratificante para los nietos y contribuye a conformar su identidad personal y familiar. También son fundamentales por el sólo hecho de ser unas figuras constantes a su lado con una edad biológica diferente y con unas formas de trato muy distintas: ir a casa del abuelo/a puede ser igual a ir a una fiesta, algo divertido y diferente de lo cotidiano.

A muchos niños les encanta estar con sus abuelos por diferentes razones: algunos porque a su lado no existen tantas órdenes ni obligaciones, otros porque pueden hacen cosas distintas con ellos, como preparar galletas, comer dulces, ir al parque y realizar actividades que hacen que ellos se sientan más libres. También hay algunos nietos que ven a sus abuelos como un amigo, una especie de guía, al ser divertidos, cariñosos y encantarles estar con ellos. Pero, claro, todo depende de la forma de ser de los abuelos porque los hay que apenas envejecen y continúan tratando a los más pequeños de una manera muy autoritaria y demasiado exigente.

Por lo general las familias en las que se pueden incluir los abuelos se ven enriquecidas con el encuentro intergeneracional que se da en su casa. Cuando estas relaciones no son conflictivas suponen intercambio, enriquecimiento y satisfacción, pues las generaciones se necesitan y crean lazos de interdependencia. Dichas necesidades de afecto, amistad o educación determinan una motivación mutua que produce satisfacción en los abuelos cuando se sienten útiles, así como en los nietos al adquirir nuevas experiencias.

Por otro lado, la condición de abuelidad no transforma a la persona pero según como se viva puede hacerle sentir una placentera expansión vital ya que se está integrando el presente, el pasado y el futuro: la vida y la muerte. En este sentido se produce la ambivalencia de sentir que se ha vencido a la propia muerte a través de la descendencia a la vez que el nieto le hace consciente de su vejez; esto le permite ubicarse en su identidad de abuelo. Por tanto, la abuelidad en si es una relación no sólo del abuelo con sus nietos, sino también de este consigo mismo y con todos los demás miembros del grupo familiar y social.

El proceso de abuelización es muy importante, el debut como abuelo/a es un hito en el desarrollo personal, familiar y generacional. A través de los genes trasciende la propia descendencia perpetuándose las características personales. El nacimiento del primer nieto/a tiene mucho impacto y significación psicológica, especialmente en la mujer, en quien suele coincidir el fin de la fertilidad con el momento enriquecedor de una nueva vida. Es un proceso complejo y multivariado, en el que la relación con el pequeño se va construyendo, a lo largo del tiempo, a través de las emociones y experiencias, sobre la base de varios factores: biológicos, psicológicos y socioeconómicos. Este proceso puede comenzar, por ejemplo, con el deseo, la fantasía y la experiencia de la llegada de un nieto cuando el hijo se casa o forma pareja. En ello se busca una compensación por la ausencia del descendiente que se va; que se aleja, no sólo de la casa, sino que forma su propia vida.

Por lo general, los abuelos sienten mucho placer con sus nietos. Estar con ellos es también una forma de renovarse personalmente, al tener más participación en la familia y sentirse más jóvenes y actualizados. Consideran que estar con ellos es un aprendizaje mutuo. La abuelidad constituye, en resumen, una función de indudable valor en la vida familiar. No tener abuelos o no tener ningún contacto con ellos representa un empobrecimiento en la vida de los niños, y para los abuelos la pérdida de un factor importante de bienestar psicológico.

Artículo escrito por Cristina Pérez Bernal

La respuesta la podemos encontrar en la definición de pasión.

El origen de la palabra pasión se deriva del latín passio, y esta a su vez se desprende del verbo pati, patior: significa padecer, sufrir o tolerar. Se infiere entonces que este es un vocablo que tiene un doble significado, y es por el hecho de que el padecimiento y el sufrimiento siempre conllevan al dolor; además el diccionario de la Real Academia la define como “lo contrario a la acción, o estado pasivo en el sujeto”, lo cual indica resignación o conformidad por parte de este, y también hace entender que mientras sentimos pasión no somos capaces de dominar el sentimiento, lo que lo lleva a sentirse de alguna manera inconforme por no haber cumplido algo.

Otras definiciones de pasión son:

  1. Sentimiento muy intenso y perturbador que domina la voluntad y la razón: “Se dejó llevar por la pasión y no pensó en las consecuencias de sus actos”. Arrebato
  2. Atracción intensa que una persona siente por otra: “Tiene pasión por el mayor de sus hijos”. Predilección
  3. Afición extraordinaria por una cosa: “Siente pasión por la música”. Entusiasmo

De alguna manera la pasión no permite razonar correctamente en el momento que se experimenta; por este motivo se habla de no ser capaz de dominar al sentimiento, simplemente se deja llevar debido a que se sufre un desborde emocional muy fuerte y la persona es capaz de atreverse a tomar decisiones por impulso. Cuando el deslumbramiento termina la pasión también lo hace, y es por no ser un suceso racional sino precisamente pasional.

Muchas personas tienen este amor pasional idealizado —bien pudiera llamarse enamoramiento patológico— que no llegando a ser el de Don Quijote también sufren en silencio por carecer de los otros dos componentes: la decisión y el compromiso, lo cual  implica mantener la relación, en los buenos y en los malos momentos. Por otro lado estaría la intimidad que promueven el acercamiento y el vínculo afectivo hacia la otra persona, que surge de los sentimientos de cercanía y relación.

Pero sin duda alguna para lograr los tres componentes y por tanto el amor perfecto según Stemberg, la clave es amarse a uno mismo, lo cual implica el compromiso  de mantener ese amor propio hacia sí mismo en los buenos y en los malos momentos; la intimidad y conexión con su Self; y la pasión para expresar los propios deseos y necesidades a los demás.

¿Estaba loco Don Quijote?

En un diario digital se escribió un artículo que lleva por encabezado esta cuestión.

En dicho artículo se exponen las principales conclusiones de un estudio  realizado por un grupo de más de 600 psiquiatras residentes en España, consistente en exponer sus respectivos criterios en relación  a la existencia o no de algún tipo de patología mental en la figura de don Alonso Quijano.

El diagnostico que recibe el personaje por parte de los diferentes psiquiatras es heterogéneo. Para la mayoría del grupo (un 30,33%)  Don Quijote no sería un enfermo mental; hablaríamos más bien de un inconformista, revolucionario y fanático en pos de alcanzar un ideal, adornado por la cualidad del altruismo.

Para otro grupo de especialistas (el 25,6%) sería un personaje de ficción y por tanto resultaría imposible realizar un diagnóstico certero según los criterios DSM-V o CIE-10.

Frente a estos dos grupos se encuentra un tercero (55,93%) que sí hallaría en Don Quijote síntomas claros de patología, siendo las opiniones diferentes respecto a los diferentes diagnósticos psiquiátricos con que se relaciona al personaje, tales como  el trastorno esquizotípico de la personalidad, el Síndrome de Ganser, la Parafrenia, el Delirio, el trastorno esquizoafectivo o el trastorno afectivo bipolar; este último diagnóstico en base  a la conducta desinhibida que mostraba en ciertos momentos: la excesiva exaltación del ánimo, la grandilocuencia o ideación megalómana… mientras que en otros momentos su conducta giraba al extremo opuesto —es decir a la parte depresiva—, mostrándose cansado, con decaimiento, perdida de ilusión, el insomnio, etc.

En lo que sí coinciden todos y cada uno de los que participaron en el estudio es que si una persona así hubiera existido realmente, deambulando por las calles, hubiese tenido muchas posibilidades de ser ingresado en una Unidad de Psiquiatría.

Personalmente comparto la idea que alude a su carácter de personaje de ficción, con lo que sería prácticamente imposible diagnosticarlo según los criterios de las herramientas de que disponemos en la actualidad (DSM-V y CIE-10), y como mucho lo podríamos considerar de subclínico. Sin embargo sí parece haber un nexo de unión entre los diferentes trastornos que se mencionan en este estudio: este nexo de unión sería la disociación.

La disociación según Briere (2002) es la separación de procesos funcionales que deberían de ser accesibles y habitualmente integrados, tales como la fragmentación de la conciencia, de la memoria, de la identidad y de la percepción de sí mismo y del entorno. La disociación según este autor incluye las siguientes facetas: desconexión (separación emocional y cognitiva del entorno inmediato), despersonalización (alteración en la percepción del propio cuerpo o de sí mismo), desrrealización (alteración en la percepción del mundo externo), alteraciones de la memoria (pérdida de memoria para acontecimientos personales específicos), constricción emocional (menor emotividad o capacidad de respuesta emocional disminuida) y disociación de la identidad (la percepción o experiencia de que existe más de una persona o sí mismo dentro de la propia mente).

La disociación también se atribuye a personas que han sido víctimas de episodios traumáticos. Janet en 1859 ya proponía una teoría de la disociación o desagregación como una predisposición constitucional en los individuos traumatizados. Esta sería, según Janet, una defensa frente a la ansiedad, que persistiría en forma de ideas fijas subconscientes en la mente del traumatizado, llevándole a un estrechamiento y fragmentación de la conciencia que impediría que unas experiencias se asociaran con otras.

Otro asunto bien distinto es preguntarse por el creador de dicho personaje literario, si tenía este conocimiento documentado sobre la disociación o era más bien un saber implícito. Podemos leer en su biografía que fue un soldado activo durante varias batallas, en una de las cuales perdió la funcionalidad de su mano izquierda. Posteriormente Cervantes estuvo 5 años cautivo en Argel, en los que prefirió la tortura a la delación, hasta que finalmente fue rescatado, junto a otros prisioneros, con la ayuda de los monjes trinitarios. Podría decirse que Don Miguel de Cervantes fue un auténtico veterano de guerra, la cual sin duda alguna dejó su huella en el autor. Cuál fue el calado de dicha huella y si le produjo o no alguna patología, es algo que como mínimo se debería de tener en cuenta a la hora de estudiar su obra.

Artículo Nueva tribuna: ¿Estaba loco Don Quijote?

Artículo escrito por Francisco Javier García"

En el proceso de atracción que conduce a la formación de la pareja y la búsqueda del amor perfecto nos encontramos con diferentes tipos de amor, los cuales surgen de  cuatro principios  relacionados con la relación interpersonal.

El principio de semejanza: Este principio indica que las personas tendemos a sentirnos atraídas por  personas semejantes a nosotros. Byrne formuló la ley de atracción que sostiene que hay una relación lineal directa entre semejanza de actitudes y atracción. las razones de por qué nos sentimos atraídos hacia otras personas parecidas a nosotros serían: porque nos ayudan a validar nuestro autoconcepto y forma de ver el mundo; además la interacción suele ser más agradable, ya que es más probable que compartamos intereses y actividades, y por tanto intimemos, con quienes percibimos parecidos a nosotros.

El principio de proximidad: El compartir el mismo entorno proporciona oportunidades para la interacción social, lo cual es probable que termine convirtiéndose en una relación de amistad o pareja. Las personas a las que vemos con frecuencia tienden a caernos mejor que aquellos que nos son desconocidos. La atracción hacia la otra persona suele explicarse, en este caso, por el mero hecho de la exposición repetida a un estímulo que en principio nos resulta neutro pero es condición suficiente para que nuestras actitudes hacia dicho estímulo mejoren con la exposición repetida. No obstante también se puede dar el efecto contrario, es decir que la exposición prolongada empeoren las actitudes hacia dicho estímulo.

El principio de reciprocidad: Este principio sostiene que nos sentimos atraídos por aquellas personas a las que creemos agradar. La investigación confirma que respondemos positivamente a quienes gustamos, debido al motivo de pertenencia. Ser aceptados por los otros  es una fuente importante de emociones positivas: El efecto espejo.

El  principio fisiológico, experimento de Dutton y Aron (1994): En este experimento los autores llegaron a la conclusión que cuando las personas están sometidas a un mayor nivel de ansiedad, es más probable que se sientan atraídos por la persona con la que comparten esa situación. Cuando se ve alguien atractivo el corazón se acelera, sube la tensión arterial y el cuerpo se prepara para la acción. Dutton y Aron demostraron que ante una situación en la que procesos fisiológicos similares se producen por otra causa (ej. situación de riesgo) aumenta igualmente la atracción.

Por otro lado, hay que tener en cuenta los rasgos psicológicos:

Las personas nos sentimos atraídas por aquellos que tienen las características que nos gustaría tener a nosotros, lo que sería el yo ideal. De ser así, solo podría existir relación cuando el yo real y el yo ideal se pareciesen. De estas características psicológicas habría tres componentes básicos relativamente independientes entre sí: la intimidad, la pasión y la decisión/compromiso. De la combinación de estos tres componentes surgen los diferentes tipos de amor de pareja, o clases de amor según la teoría triangular de Stemberg. Estas diferentes clases de amor serán o no adecuadas para cada persona dependiendo de sus valores y circunstancias personales, aunque si la persona lo que busca es el amor completo debe de valorar entonces si su relación tiene los tres componentes básicos antes citados:

Combinaciones de intimidad, pasión y compromiso
Tipo de amor Intimidad Pasión Compromiso
Ausencia de amor      
Cariño-Agrado X
Encaprichamiento X
Amor vacío X
Amor romántico X X
Amor sociable-Amor compañero X X
Amor fatuo-Amor necio X X
Amor completo-Amor consumado X X X

Los tres componentes del amor según Stemberg

  1. La intimidad, entendida como aquellos sentimientos dentro de una relación que promueven el acercamiento, el vínculo, la conexión y principalmente la autorrevelación. Dicho de otra forma, el afecto hacia otra persona que surge de la cercanía, vínculo afectivo y relación, implica el deseo de dar, recibir, compartir, etcétera.
  2. La pasión, como estado de intenso deseo de unión con el otro, como expresión de anhelos y necesidades, gran deseo sexual o romántico, acompañado de excitación psicológica.
  3. La decisión o compromiso, la decisión de amar a otra persona y el compromiso por mantener ese amor. Este componente implica mantener la relación en los buenos y en los malos momentos.

Artículo escrito por Francisco Javier García

Las habilidades sociales son el conjunto de conductas y actitudes que realiza una persona ante la interacción con otros individuos; están formadas por la expresión de opiniones, sentimiento y deseos. Forman parte de nuestra naturaleza por lo tanto se desarrollan desde los primeros meses de vida y están presentes en todas las etapas evolutivas.

Las personas somos seres sociales por lo que de manera inevitable tenemos que relacionarnos con los demás para sobrevivir. Por tanto, las habilidades sociales son necesarias ya que a todo el mundo le gusta tener amigos, una relación de pareja, que le aprecien... en caso de carecer de dichas habilidades las relaciones sociales pueden convertirse en fuente de malestar y estrés al no saber interaccionar con otras personas.

De hecho, los estudios demuestran que aquellos carentes de ellas suelen sufrir más depresiones y episodios de ansiedad por no controlar las relaciones con el entorno. Por esto, si conocemos y optimizamos nuestras habilidades sociales tendremos mayor éxito ya que tendremos un mayor control en las relaciones con quienes interaccionamos día a día.

Las habilidades sociales se aprenden desde una edad muy temprana, por lo que tanto padres como educadores tienen un papel muy importante en este campo. Como la mayoría de aprendizajes que realizamos a lo largo de nuestra vida las adquirimos a través de los siguientes mecanismos:

Para que logremos adaptarnos de manera satisfactoria a las diferentes situaciones que se nos presentan en el día a día es fundamental tener un buen repertorio de habilidades sociales. Entonces seremos capaces de generar buenos vínculos con otras personas, así como otros aspectos muy importantes y que están relacionados con la satisfacción vital, como son el defender nuestras opiniones y expresar nuestros sentimientos.

Las dos habilidades más importantes, debido a su gran utilidad, que se deben trabajar son la empatía y la asertividad. La asertividad resulta imprescindible para desenvolvernos en el ámbito social de manera satisfactoria. Esta consiste en expresar de forma adecuada las opiniones personales, defendiendo los propios derechos incluso cuando los otros tienen un punto de vista diferente. Por el contrario, personas poco asertivas son las que no dicen lo que piensan o aceptan todo lo que otros individuos les dicen. También las que de manera agresiva (aunque solo sea verbalmente) tratan de imponer sus opiniones sin respetar las de los demás.

Ejemplos de personas con dificultades en las habilidades sociales son las que tienen problemas para comunicarse con los demás, les cuesta transmitir sus emociones, están incómodas cuando se relacionan con gente que no conocen, no saben decir “no” cuando les piden un favor...  a este respecto es importante saber que las personas podemos ser asertivas en un ámbito de nuestra vida y no en los demás. Por ejemplo podemos tener unas buenas habilidades sociales con nuestra pareja pero en el trabajo tener dificultad para decir que no a un compañero o comportarse de manera agresiva con los amigos... dichas habilidades se dan en un contexto determinado ya que varían en función de la cultura, momento histórico así como la situación concreta en el que nos encontremos. Estas diferencias son las que provocan los choques culturales que se dan cuando nos encontramos en una cultura distinta a la de origen.

Gran parte de los problemas que tenemos las personas en la sociedad actual derivan en un déficit de habilidades sociales, ya que hay pocos trastornos psicológicos en los que no esté implicada, en mayor o menor medida, el área social. Resulta fundamental prestar atención y evaluar cómo nos desenvolvemos con los demás, y si nuestras relaciones sociales son satisfactorias. Las relaciones exitosas con nuestros amigos, jefes, compañeros de trabajo o pareja harán a su vez que nos sintamos valorados y respetados, lo cual mejora nuestra autoestima y está directamente relacionado con lo felices que seamos en nuestro día a día.

Una vez explicado todo esto y teniendo en cuenta que hay personas con mejores habilidades sociales que otras nos surge la pregunta de si se pueden mejorar. Lo bueno es que todo lo que consideramos como una habilidad puede ser aprendido y desarrollado con la práctica. De hecho, los expertos en comunicación y psicología coinciden en que se pueden aprender aspectos tales como la correcta gestión de las emociones, la comunicación eficaz y la empatía con los demás. También existen otros conceptos que podemos trabajar conjuntamente como son la escucha activa, la amabilidad, la postura corporal, la entonación y el lenguaje utilizado, la mirada, la sonrisa, ser capaz de hacer y recibir críticas constructivas, la cortesía, la empatía, la inteligencia emocional... En función de nuestras necesidades, adquirir o mejorar las habilidades sociales favorece el desarrollo personal y una mejor adaptación a las diferentes situaciones en las que nos encontramos en la vida, convirtiéndonos en personas más integradas y capaces de lograr más metas.

Como hemos mencionado anteriormente tener un buen repertorio de habilidades sociales nos abre muchas puertas hacia el éxito personal, ya que facilita la satisfacción laboral, familiar, de pareja, con los amigos… al estar directamente relacionadas con tantos aspectos clave de nuestra vida, resulta fundamental conocer si disponemos de un buen repertorio de habilidades; de no ser así sería recomendable acudir a un profesional de la psicología para que nos ayude a mejorarlas en función de nuestro caso en concreto.

Artículo escrito por Pilar Vicente

Me gustaría llamar la atención sobre la oposición de estas dos palabras y poder reflexionar sobre cómo nos condicionan en la toma de decisiones, o en cómo vemos o pensamos sobre las personas con las que interaccionamos todos los días. Estas palabras se suelen utilizar de forma indiscriminada. Incluso desde la psicología es difícil de definir, ya que se encuentra cargado de subjetividad.

Según la Real Academia de la Lengua Española, en sus tres primeras definiciones de la palabra normal dice:

Del lat. normālis.

  1. Adj. Dicho de una cosa: que se halla en su estado natural.
  2. Adj. Que sirve de norma o regla.
  3. Adj. Dicho de una cosa: que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.

El hecho de crear normas o considerar como normal un comportamiento es sumamente beneficioso para que podamos relacionarnos y minimizar la posibilidad de que surjan conflictos sociales. Esta normalización es en ocasiones utilizada de forma hegemónica por los poderes del estado, o bien por pueblos para ejercer control sobre los grupos sociales.

Las modas actuarían también como un tipo de norma social; estas nos influyen en nuestro día a día, explicando muchas de nuestras conductas, decisiones y actitudes. Nos cuesta llevar la contraria a la mayoría, ya que la influencia social ejercida por los distintos grupos sociales favorece que tengamos la tendencia de comportarnos igual que nuestro vecino, disfrutar de los eventos de los que los demás disfrutan, desear ser como nuestros ídolos… etc.

Las personas tenemos la necesidad de pertenecer al grupo: la pertenencia grupal se puede ver como un sentimiento de vinculación o dependencia que experimenta un miembro de una sociedad. Sentir que pertenece a un grupo, sentirse parte de ese grupo.  Pertenecer a un país, la familia, su grupo de trabajo, un club, un partido político, un grupo religioso… aminora el miedo a ser excluidos, que nos tachen de “no ser normales” “están locos, son maricas, lesbianas, excéntricos, enfermos mentales, discapacitados, raros…” En definitiva, seguir en el rebaño pero evitando convertirse en la oveja negra.

¿Estoy en el grupo de los normales o de los no normales?

Si nos paramos a reflexionar sobre todo lo expuesto, e intentando ser sinceros con nosotros mismos, quizá nos sorprendería el tiempo que necesitaríamos para decidir si incluirnos en uno u otro grupo, y las posibles dudas que surgirían.

Continuando con esta reflexión, fijándonos en nuestro alrededor y buscando entre nuestros amigos, conocidos o gente cercana: ¿Quién no tiene algún tipo de excentricidad, fobia absurda, manía obsesiva, una pasión extraña, debilidad inconfesable, costumbre irracional…?, ¡ojo!, sin llevarlas al extremo de que interfiera en nuestro día a día o nos genere malestar significativo.

Aun teniendo en cuenta todo ello, la mayoría de nosotros llegaríamos a la conclusión de que somos normales, en parte alentados por esta necesidad de pertenencia y de no ser excluidos del grupo mayoritario.

Ver lo diferente como normal.

Puede ser que, en ocasiones, esta tendencia a la normalización se vuelva en nuestra contra, dejando de servir como instrumento de socialización y propiciando la aparición del efecto rebote, surgiendo una serie de conflictos debidos a la no aceptación de la diversidad y variabilidad del ser humano; pilares estos, me atrevería a decir, de la evolución como especie.

Tenemos que darnos cuenta que el concepto de normalidad es un constructo que no en todas las épocas históricas ha sido el mismo, que cambia dependiendo de la cultura, clase social, etnia, género… etc.

Quizá debido a esta tendencia, en ocasiones exagerada, de normalizarlo todo, de utilizar incorrectamente estos términos, de dar una connotación negativa cargada de prejuicios, nosotros mismos nos alejemos de poder aceptar las diferencias, lo distinto, lo no habitual…Creando categorizaciones que en algunos casos aíslan o discriminan a las minorías.

El aumento de los casos de bullying podía verse alentado a consecuencia de esta exagerada tendencia a la normalización, categorizando y encasillando a personas que no se ajustan a los estándares fijados. En definitiva, a sesgar su definición, llevándola al extremo de considerarlas como raras, cuando en realidad son distintas o diferentes. Esta tendencia nos puede llevar a considerar como patológicas conductas o actitudes que habitualmente no son más que expresiones de creatividad, discrepancias o desacuerdos con lo que piensa o hace la mayoría.

Creo que, en la actualidad, existe la tendencia de justificar, incluso de alentar este sesgo. Me gustaría encuadrar todo lo argumentado en un contexto concreto. Por ejemplo, cuando a un niño no le gusta el fútbol y al resto de sus compañeros sí, unos padres que no son partidarios de que sus hijos realicen actividades extraescolares, cortarse el pelo de una forma determinada, tatuarse la mayor parte del cuerpo, tener una orientación sexual distinta a la de la mayoría, ponerse uno o varios piercings… de manera cada vez más frecuente nuestra reacción ante estas conductas  es criticar, rechazar o intentar convencer para que cambien de opinión, pensar que les sucede algo, apelando a expresiones del tipo “vaya educación que estará recibiendo” “pero cómo se  le puede ocurrir ” “qué dirán los vecinos” “es una tontería de adolescente” “le falta un hervor”, seguido de un intento de corrección, NORMALIZAR, interpretándolo como una desviación o intentando  buscar una causa externa, como culpabilizando a l@s amig@s con que se junta. Estos son algunos de los muchos ejemplos que se nos pueden ocurrir de lo que la sociedad considera socialmente correcto para cada edad, sexo, raza, cultura, etc.

Creo que se debería de divulgar la información de que lo normal es también lo distinto, diferente, creativo, genuino, único… de esta manera potenciaríamos la empatía y la integración, generando curiosidad por conocer, entender y llegar a comprender la función de estos repertorios de comportamiento, facilitando su expresión sin que ello implique sentirse señalado.

 

Charles Chaplin

Yo soy lo que soy, un individuo único y diferente

Artículo escrito por Julio Pico

¿Cuantas veces hemos visto una película de miedo en la que salía un psicópata? Seguro que en todas estas películas este tipo de personajes tenían una forma similar de comportamiento en la que siempre terminaban matando o mutilando a sus víctimas sin ningún remordimiento y como comúnmente se suele decir “con cara de loco”. Una persona psicópata tiene ciertos rasgos muchos más específicos que no necesariamente van a provocar que asesinen a alguien.

Hoy en día se ha comprobado que no solo existe la figura del psicópata sino también la del sociópata pero la diferenciación de estos dos términos se ve dificultada a causa de este tipo de películas. Tanto la psicopatía como la sociopatía son dos trastornos con una serie de similitudes pero que con el paso de los años han ido aumentando sus diferencias.

¿Cómo es un psicópata?

Un psicópata es una persona con un trastorno de la personalidad de base que no ha desarrollado una conciencia ni hábitos de respeto por las leyes y las normas, que le llevan a cometer actos mal vistos por la sociedad dificultando una socialización normal. Algunos pueden estar perfectamente adaptados al medio en que viven, a demás se sabe que tienen menos miedo que las personas de su entorno, lo que les facilita llevar a cabo actos ilegales.

La conceptualización actual de la psicopatía se fundamenta en gran  medida en las observaciones de H. Cleckley y R. Hare en su libro La máscara de la cordura: el psicópata se caracteriza por la falta de empatía y de sentimiento de culpa, así como de su egocentrismo y tendencia a la mentira y la manipulación. En contraposición los sociópatas se asocian en mayor medida a aspectos constitutivos del trastorno antisocial de la personalidad.

Según las clasificaciones de Cleckley y Hare un psicópata se define por los siguientes rasgos:

Falta de empatía: un psicópata no tiene capacidad para comprender el estado mental de las personas y mucho menos ponerse en su lugar, lo que a su vez hace que no tengan remordimientos de sus actos. Algunos estudios han demostrado que si que tiene cierta capacidad de empatizar pero la habilidad de poder activarla a su voluntad, por lo que como Simon Baron-Cohen afirmó, los psicópatas tienen una empatía cognitiva no emocional. Este déficit está relacionado con una menor activación en el córtex fusiforme y en el extrestriado relacionado con el reconocimiento de caras.

Egocentrismo y narcisismo: el egocentrismo es la incapacidad para asumir cono ciertos o validos los puntos de vista ajenos al propio, un aspecto muy relacionado con la característica anterior. El narcisismo significa, a su vez, que se consideran superiores a todo el mundo y, por lo tanto, los mejores en todo.

Encanto superficial: son personas encantadoras socialmente, con muy buenas habilidades. Como ejemplo definitorio de este rasgo tenemos el caso de Ted Bundy que seducía a sus victimas para ganárselas e incluso enamorarlas antes de matarlas.

Pobreza emocional: las alteraciones cerebrales de este tipo de sujetos provocan que el rango de sus emociones sea limitado; un ejemplo característico de esto, ya mencionado anteriormente, es que sienten menos emociones negativas, en especial el miedo.

Conducta antisocial y delictiva: son personas que abusan de sustancias, han sido encarceladas, han cometido violación o pederastia, etc. Esta predisposición al delito puede verse desde la infancia, al igual que los sociópatas, con conductas como el robo.

Dificultad para aprender la experiencia: sucede por las alteraciones de conexión entre el córtex prefrontal y la amígdala, relacionadas con las funciones ejecutivas de aprendizaje. Otra explicación podría ser la presencia de bajos niveles de serotonina y cortisol relacionados con el condicionamiento aversivo.

Impulsividad: causada por hipofunción de la corteza frontal combinada con los bajos niveles de testosterona y serotonina reduciendo así el autocontrol.

Manipulación: es una de la característica mas frecuente de los psicópatas a pesar de no mostrar algunos de los rasgos nombrados con anterioridad.

Predisposición al aburrimiento: sus alteraciones biológicas, sobretodo las relacionadas con la impulsividad, provocan que sean personas que necesiten una estimulación continua para no aburrirse.

¿Como es un sociópata y en qué se diferencia del psicópata?

Los sociópatas, a diferencia del psicópata, no han nacido con este trastorno. Un sociópata puede formarse, en el caso de un niño o adolescente, en un ambiente muy negativo en su hogar: pautas de educación disfuncional, abusos sexuales o traumas severos en la infancia. Este sería el caso de Beth; a pesar de ser tratada en las redes sociales como niña psicópata es en realidad una sociópata que sufría de abusos sexuales por parte de su padre desde muy pequeña. Con tratamiento se fue desarrollando adecuadamente como una persona normal.

https://youtu.be/oksKt21-jaY

A diferencia del psicópata el sociópata es una persona más impulsiva, presentan también dificultades para formar una relación de apego, pudiendo llegar a crear apego con personas con sus mismos ideales. A diferencia de los psicópatas estos llevan una vida normal, camuflándose muy bien entre las personas que constituyen el mundo exterior.

Son personas que si cometen un comportamiento criminal lo llevan a cabo de manera impulsiva y no planificada; al contrario que el psicópata, que es consciente en todo momento de lo que está haciendo, e incluso planifica sus actos antes de cometerlos. Lo cierto es que no tienen por qué ser violentos. No es una característica necesaria para ello aunque en las películas nos quieran hacer pensar que si.

Como punto final, y rasgo más diferenciador entre ambos términos, un psicópata nace debido a todas las modificaciones biológicas cerebrales producidas desde su concepción, en cambio un sociópata se va formando debido a los atributos socializadores, ya sea como consecuencia de una crianza negligente por parte de los padres o algún trauma que le ha llevado a comportarse así.

¿Cuántas veces habéis sido manipulados por una persona de vuestro entorno y que os ha hecho daño psicológico sin que sienta remordimiento alguno? ¿Es posible que estemos rodeados de más psicópatas o sociópatas de los que pensamos? quizás una persona cercana a ti o un familiar podría serlo.

Artículo escrito por Ana Queipo

Existen muchas causas diferentes acerca de la dificultad de tomar decisiones. Una de ellas puede ser no haber aprendido estrategias de resolución de problemas, o habilidades de afrontamiento, o tener un trastorno de ansiedad. Pero el motivo del que vamos a hablar en este artículo es la Indefensión Aprendida de Seligman: es un estado psicológico que se manifiesta cuando una persona comienza a sentir que es incapaz de modificar alguna situación, comportamiento o estado mediante sus conductas.

Este fenómeno tiene lugar cuando ante una situación aversiva o desagradable intentamos todo tipo de respuestas sin obtener ningún resultado positivo. En lugar de seguir intentando resolver esta situación, tiramos la toalla, dejamos de probar y nos quedamos sin hacer nada al respecto. Esto ocurre cuando percibimos una falta de control ante los castigos del medio. Este tipo de patrón de comportamiento aparece en los seres humanos cuando han estado expuestos a condiciones aversivas que parecen aleatorias e inevitables, con lo que la sensación de impotencia, de no poder hacer nada para mejorar las circunstancias es uno de los factores clave en la depresión.

Se ha demostrado en un experimento que aquellas personas que se encuentran desarrollando una actividad de concentración con un ruido muy alto y molesto de fondo, pero teniendo la posibilidad de apretar un interruptor para apagarlo cuando quieran, tendrán mayor capacidad de resolver problemas y de tomar decisiones que las personas que se encuentran en la misma situación pero sin la posibilidad de apagarlo.

Es la falta de control percibido, la sensación subjetiva de no poder hacer nada para cambiar la situación, lo que hace que nos quedemos “en una esquina”, esperando que llegue el próximo castigo y sin movernos, es decir, con miedo a tomar decisiones.

Este miedo genera muchos pensamientos automáticos negativos tales como: “no sirve para nada intentarlo”; “la vida siempre me castiga”, “todo va a estar mal siempre”, etc. Esta serie de pensamientos son peligrosos, ya que podríamos entrar en depresión si son constantes y duran mucho tiempo.

Ejemplos de Indefensión Aprendida pueden ser:

Y es que la Indefensión Aprendida termina con nuestras ganas de luchar.

De acuerdo, tengo Indefensión Aprendida; entonces ¿Qué puedo hacer?

Como bien se describe en el término, la Indefensión Aprendida es una conducta aprendida.

  1. Ser consciente de dónde viene esa conducta y las causas por las que he aprendido a actuar así. ¿Qué situación lo ha provocado? ¿Qué respuestas he dado para aprender esto?
  2. Cambia tu forma de actuar. Siempre que doy esta respuesta, me llevo un castigo. ¿Qué otras formas pueden existir de actuar en esta situación? ¿Estoy confundiendo esta nueva situación con otra del pasado? ¿Estoy confundiendo una posibilidad con un hecho?
  3. Detecta y cambia tus pensamientos negativos. Porque una época saliera mal, esto no significa que vaya a salir mal todas las veces. Prueba nuevas formas de enfrentar problemas.
  4. Aprende técnicas de toma de decisiones y de solucionar problemas. Si se te ha olvidado o has perdido la capacidad de solucionar problemas, siempre puedes aprender de nuevo. Dedica unas semanas a recuperar esta capacidad.

Recuerda: todo lo que se aprende se puede desaprender, solo es cuestión de crear nuevos hábitos conductuales y cognitivos.

Artículo escrito por Marta Gray

La llegada de un hijo a la pareja es un puente que conecta el patrón de apego que los padres han vivido en su niñez y adolescencia con el patrón de apego y estilo educativo que mostrarán con el pequeño.
Cuando un niño no tiene la posibilidad de establecer un apego primario de calidad en sus primeros dos años de vida, podría presentar déficits en su desarrollo, que se relacionan con insatisfacción marital, incompetencia conyugal y/o parental.

Es importante que los padres, como adultos, se conozcan a sí mismos y se preparen personalmente para afrontar la educación de los hijos. El desarrollo de estos es crucial y, para ello, la salud mental de los padres es también vital.

Para promover la buena salud mental en los padres, conviene que éstos conozcan ciertos aspectos de su personalidad, de sus relaciones con sus respectivos progenitores o figuras importantes en su vida, así como de que manera esto se entrelaza en su relación de pareja. Es interesante que ambos tengan la oportunidad de reflexionar acerca de qué fortalezas y debilidades les supone y, ¿por qué no? Trabajar en ello, de manera que el estilo educativo que adquieran sea gestionado con proactividad, eficacia y conciencia.

Para ello, vamos a ir describiendo y profundizando sobre uno de los aspectos esenciales de la parentalidad: el apego.

Desde el apego primario al apego adulto

La vulnerabilidad con la que las personas nacen implica necesariamente la dependencia de otro ser humano en el que recae el cuidado para sobrevivir, satisfaciendo por añadidura necesidades primarias: estimulación, alimento, sueño, protección en un contexto afectivo. Se establece una relación muy importante: el apego.

La forma en la cual las figuras de apego interaccionan con el niño determinará las representaciones, esquemas o ideas que tendrá sobre sí mismo, los demás y las relaciones con los otros, lo que influirá tanto en su autoconcepto como en las conductas de cercanía o afecto con los demás. La satisfacción (o no) de sus necesidades por parte de su figura de apego, proporcionando (o no) afecto, calidez, seguridad, atención y cuidado, conducirá a un estilo de apego que tiende a ser perdurable a lo largo de la vida de la persona. Por otro lado, con el objetivo de satisfacer la necesidad de seguridad, los niños tienden a responder priorizando la preservación del status quo psicológico de los padres, y a su vez los padres tienden a mantener los esquemas de interacción con los hijos, que refuerzan estados anímicos compartidos.

El apego adulto

Los diferentes estilos de apego conducen a establecer diferencias en el modo en que se relacionará el niño (y el futuro adulto) con los demás, así como en el desarrollo de procesos representacionales distintos. En este proceso, los modelos internos de los padres, a su vez, ejercen una influencia decisiva en la calidad de las interacciones con sus hijos y por tanto, en el estilo de apego desarrollado a partir de esta relación.

Si el niño, en lugar de experimentar la satisfacción por la atención recibida de su figura de apego, ha vivido un malestar mayor y mantenido debido a una inadecuada actuación de dicha figura, estas sensaciones registradas en la memoria implícita se activarán en situaciones futuras, pero no de manera consciente, por lo que el pequeño, luego el adulto, está mediatizado por estas experiencias de malestar o de carencia, y sus relaciones socioafectivas también lo estarán. Por ello, las relaciones sociales íntimas, como las de pareja, se pueden considerar como relaciones de apego, ya que en ellas se activan los modelos de apego de ambos miembros.

El apego adulto se fundamenta en la capacidad desarrollada para cuidar plenamente de sí mismo, lo que implica la capacidad para reconocer sus estados emocionales, autogestionarlos y solicitar el apoyo o cuidado de otro significativo en caso de necesitarlo. Es decir, autonomía en el cuidado sabiendo que no se puede hacer todo siempre por uno mismo, ni en todos los momentos de la vida.

Del apego adulto al apego en la relación de pareja.

El escenario que se promueve en una relación de pareja hace que el apego adulto se muestre como una relación significativa y bidireccional o simétrica de cuidado (sin dependencia de la figura de apego como en el apego infantil), en la que ambos se responsabilizan tanto de cuidar al otro cuando éste no pueda hacerlo por sí mismo como de cuidar el proyecto común que comparten. En esta relación de pareja se ponen en juego y se reactivan los estilos de apego de cada miembro, ya que dichos estilos son relativamente estables por la tendencia a asimilar las nuevas experiencias interpersonales desde los modelos internos existentes que se gestaron en la relación de apego con las figuras primarias.

La satisfacción marital depende pues de la combinación de los estilos de apego de los miembros de la pareja, siendo la combinación de los dos miembros seguros la que se relaciona con niveles más altos de satisfacción (efecto potenciador de la relación, experiencia de comodidad y cercanía, bajo temor al abandono y al rechazo). Las parejas compuestas por miembros inseguros, y en especial la combinación evitativo y temeroso o ansioso-ambivalente, correlaciona con la satisfacción marital más baja: el evitativo tiende a tomar distancia e inseguriza al ambivalente, mientras que éste realiza demandas excesivas a la vez que muestra temor o ansiedad ante la intimidad, lo que inseguriza al evitativo.

Transmisión intergeneracional del apego.

En lo referente a la función parental, cabe destacar que los adultos seguros tienden a criar hijos seguros, con un amplio repertorio conductual y afectivo (flexibilidad) que facilita la adaptación y satisfacción de sus necesidades, y a su vez que el niño sea capaz de adaptarse a las diferentes situaciones con flexibilidad y recursos (resiliencia). Por otro lado, los padres inseguros tienden a repertorios conductuales y atencionales más restringidos (rigidez como necesidad de autoprotección a causa de un apego no resuelto o inseguro) que reducen la capacidad de responder a las necesidades de los hijos, y por tanto los niños reflejarán este tipo de patrón también.

Según Main (2012) los niños elusivos minimizan la conducta de apego y maximizan la exploración, mientras que los preocupados minimizan la exploración y maximizan la conducta de apego. Por lo tanto, en la transmisión intergeneracional de los modelos de apego están implicados tanto los padres como los hijos.

Conclusión

La necesidad de los padres de perpetuar esquemas relacionales crea una pauta en la que el legado del apego no resuelto o inseguro puede generar una situación de apego inseguro o desorganizado que se perpetúa entre generaciones, visible en los diferentes estilos educativos que adoptan los padres con sus hijos.

Main (2012) afirma que la actitud consciente y reflexiva resulta crucial, pues permite tomar conciencia de las propias experiencias y aprendizajes vitales, y distinguir entre la apariencia y la realidad, comprendiendo que las propias percepciones son parciales, e incluso pueden estar sesgadas.

La reflexión sobre la propia experiencia hace posible que los esquemas o modelos con los que los futuros padres entienden el mundo sean flexibles, y por tanto se adapten a la nueva situación relacional que se crea en la pareja, re-elaborando el propio apego y facilitando el cambio del patrón de apego intergeneracional.

La reflexión sobre los propios esquemas, percepciones, patrones de relación con uno mismo, los demás y el mundo; la actitud proactiva, abierta al cambio y el conocimiento sobre los propios patrones de apego son elementos esenciales en la rampa de lanzamiento para la parentalidad consciente y adaptativa a los retos que supone la crianza de un hijo, y su acompañamiento a lo largo de la vida, hasta que sea una persona adulta e independiente, para continuar el ciclo vital.

REFERENCIAS

Barroso, O. (2014). El apego adulto: la relación de los estilos de apego desarrollados en la infancia en la elección y las dinámicas de pareja. Revista Digital de Medicina Psicosomática y Psicoterapia, 1(4).

Main, M. (2012) Representaciones mentales, metacognición y la entrevista de apego adulto. En Wallin, D. (Eds.), El apego en psicoterapia. (pp. 55-78). Bilbao: Desclee Brouwer.

Cohen, A. & Eagle, M. (2005). Prediction of relational functioning from attachment in adult romantic relationships. Journal of the American Psychoanalytic Association, 53, 1331-1333.

Collins, N. L. & Feeney, B. C. (2000). A safe haven: An attachment theory perspective on support seeking and caregiving in intimate relationships. Journal of Personality and Social Psychology, 78, 1053-1073. doi:10.1037/0022- 3514.78.6.1053 Collins, N. L. & Feeney, B. C. (2004). Working models of attachment shape perceptions of social support: Evidence from experimental and observational studies. Journal of Personality and Social Psychology, 87, 363-383.doi:10.1037/0022-3514.87.3.363

Feeney,J. Noller, N. (2001) Apego Adulto. Desclée de Brouwer

Hazan, C. y Shaver, P.R. (1987). Romantic love conceptialized as an attachment process. Journal of Personality and social Psychology, 52, 511-524.

Artículo escrito por Aurora Muñoz Mohedano.

El apego es el lazo afectivo entre dos personas. Generalmente, cuando hablamos de apego solemos referirnos al que surge entre padres e hijos, relación en la cual se desarrollan las capacidades sociales y emocionales necesarias para establecer relaciones sociales significativas, equilibradas y satisfactorias con otras personas.

Según Barroso (2014, p.3) el “desarrollo socioemocional de las personas depende en gran medida de cómo hayan sido tratadas por sus figuras de apego”.

Con el nacimiento de un hijo, se enhebra la niñez de este niño con la de sus padres. Se unen dos retales: el apego que recibieron los padres cuando crecieron, y el apego establecido con los hijos.

La forma de tratarles implica una relación entre la forma de expresar afecto y establecer límites (normas, autoridad), lo que da lugar a cuatro tipos de estilos educativos:

a. Estilo autoritario:

Las normas son claras y, si no se cumplen, se aplican consecuencias.

Los hijos aprenden a obedecer para evitar las consecuencias dañinas: aprenden a temer la autoridad de los padres, el niño suele quedar bloqueado en sus iniciativas y no aprende a realizar conductas adecuadas por propia convicción.
En este marco, la relación con la figura autoritaria se vive como poco cercana o accesible; es un bullir de frustración, quizás contenida, cargando la relación con el hijo de tensión.

El control de las consecuencias está en los padres, y el niño no tiene control sobre el cambio que puede hacer para mejorar; es una mera marioneta que responde a las consecuencias, positivas o negativas, que sus padres arbitran o juzgan necesarias en cada momento. El pequeño aprende a reaccionar y a prevenirse, en base a factores externos, por lo que su propia estima depende de la aceptación de sus padres.

b. Estilo permisivo:

El objetivo es no coartar las capacidades del niño ni sus libertades, o bien a veces el propio ritmo de vida nos hace caer en este tipo de actitudes: la idea de “para el poco tiempo que estoy con él, encima no me voy a pelear…”

Por otro lado, los padres no se muestran cercanos o accesibles, más bien basan la relación en que el pequeño actúe con libertad, pero evitan implicarse tanto en normas como en afecto.

Sin embargo, un ambiente sin normas a la larga genera inseguridad pues no hace predecible el control sobre el entorno, y se vive con expectación e incertidumbre; en este sentido, las normas a veces frustran, pero también protegen.

Los niños que son educados en este marco podrían convertirse en adolescentes conflictivos, con ausencia de sentido de responsabilidad, pues en su infancia no asumirán casi consecuencias negativas a sus actos, por lo que, de nuevo, no tienen control sobre el cambio que pueden hacer para mejorar, afectando a la conducta orientada a metas y buscando satisfacción de objetivos a corto o medio plazo, sin sentirse satisfechos.

Se potencia así una estima de sí mismo que no es real: muy elevada, lo que lleva a baja tolerancia a la frustración, actitudes poco tolerantes, conductas de riesgo…

c. Estilo sobreprotector:

Los padres intentan facilitar el camino al niño tanto que terminan por darle una visión amortiguada de la realidad: le ayudan en las cosas más básicas, incluso hacen las cosas por él, aunque él ya sea capaz de hacerlo solo.

Los padres tienen el control de las consecuencias, o al menos lo pretenden, pero no por exceso de autoridad sino por exceso de celo. Se muestran muy afectivos y cercanos, intentan darle lo mejor y evitarle lo peor a su hijo, con lo que este mantiene el patrón de dependencia más allá de lo esperado a su edad, y no desarrolla adaptativamente su capacidad de autonomía personal.

Esto afecta al desarrollo de la autoestima, al no tener experiencias de éxito, así como vivir a sus modelos haciendo las cosas por ellos. Esto, que al inicio puede resultar cómodo, resulta extremadamente dañino para el futuro adulto. Se potencia una estima de sí mismo que no es real: unas veces muy elevada (con las consecuencias ya destacadas) o bien muy limitada, al percibir el mensaje de “no puedes por ti mismo” (lo que lleva a actitudes de dependencia en las relaciones con los demás, baja tolerancia a la presión del grupo…).

d. Estilo democrático:

Permite al pequeño crecer y desarrollarse de acuerdo a sus potencialidades: plantea la necesidad y existencia de normas, límites y rutinas, y si estas no se cumplen existen consecuencias, aunque en este caso se insiste en que es el propio niño el que, con su conducta, llega a esas consecuencias y no es el padre quien actúa de árbitro o juez que impone sanción.

Los padres son guía y apoyo en caso necesario, de forma constante en los primeros años, y se van retirando, como el andamio de una casa, de modo que cuando ésta ya es estable no hace falta su presencia; fomenta la autonomía del niño. El control de las consecuencias está en la conducta del niño, por lo que siempre se puede mejorar, y la estima e integridad de este no se ve amenazada, aunque si se interviene sobre sus actos. Las consecuencias no son sólo negativas, sino que también existen consecuencias positivas: reconocimiento y afecto.

afecto y límites

La combinación flexible entre afecto y límites aporta seguridad y equilibrio, aunque al inicio levante una tempestad de protestas y enfado, por la frustración que puede implicar el límite, pero que el afecto da un sentido y suaviza, generando un estilo de afrontamiento seguro, que acepta la situación y procura ser parte activa en ella.

Dar y recibir afecto no sólo se consigue con palabras cariñosas, abrazos y sonrisas. A veces, el amor es un “te quiero, pero te has equivocado, ¿cómo puedes mejorar?”.

REFERENCIAS

Barroso, O. (2014). El apego adulto: la relación de los estilos de apego desarrollados en la infancia en la elección y las dinámicas de pareja. Revista Digital de Medicina Psicosomática y Psicoterapia, 1(4).

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Hazan, C. y Shaver, P.R. (1987). Romantic love conceptialized as an attachment process. Journal of Personality and social Psychology, 52, 511-524.

Artículo escrito por Aurora Muñoz Mohedano.

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