En la adolescencia la persona comienza a asumir las responsabilidades del adulto o lo que es lo mismo, comienza con su madurez física y psíquica. En este período, los cambios no sólo son físicos sino también emocionales, sociales y psicológicos. En la actualidad, quizás, por los métodos de crianza y de educación y debido también a la degradación del bienestar de la infancia y la escasez de oportunidades para los jóvenes, así como otros múltiples factores influyentes, hacen que la parentalidad tenga que alargarse y que los jóvenes adultos no terminen de abandonar la franja temporal de la adolescencia, que antes se consideraba terminada alrededor de los 18 años. Llegado este momento, los jóvenes adultos tienen que enfrentarse a nuevos retos, como es el asumir cambios en su entorno, acudir a la universidad, nuevas dificultades para relacionarse con gente nueva, problemas con el autoconcepto y autoestima… pero sobre todo, la presión de realizar pruebas continuas en un entorno, tremendamente competitivo, donde a menudo se les intenta inculcar la idea de que “en el futuro serán lo que logren hacer en ese momento; de que si no luchan por sus metas, tendrán un futuro vacío”. No todos los jóvenes están preparados para asumir esos retos. En ocasiones necesitan ayuda o una guía externa para poder acometerlos.
Piaget estudió el pensamiento de los niños siguiendo los diferentes hitos evolutivos. Así, el niño a partir de los 12 años se caracteriza por su capacidad para elaborar hipótesis, analizar las diferentes posibilidades, su razonamiento hipotético-deductivo, usar proposiciones, adquisición progresiva de un pensamiento universal, similar ya al pensamiento del adulto. La culminación del desarrollo intelectual se consigue con el pensamiento abstracto en la adolescencia, de manera que el joven es capaz de manejar ya no sólo hechos concretos, sino ideas y abstracciones, lo que le permitirá elaborar hipótesis y someterlas a prueba. Una vez adquirido este tipo de razonamiento, los jóvenes adultos podrán usar la crítica para analizar y cuestionar, desarrollando su propio criterio. Con todo ello queremos decir que se va dando en la persona, desde la adolescencia a la adultez, un tránsito progresivo en el que es necesario respetar los tiempos del joven, para que la persona pueda alcanzar, adecuadamente, la madurez en todos los sentidos.
Sin embargo, en ocasiones hay determinados rasgos que se pueden señalar como característicos de los jóvenes, sobre todo en la adolescencia, e incluso aún después para el caso de aquellos que todavía no han llegado a esa madurez psicológica, como por ejemplo: su tendencia a discutir con las figuras de autoridad (padres, profesores), su egocentrismo o que al tener una excesiva conciencia de sí mismos y querer ser “el ombligo del mundo”, no son conscientes de otras realidades, de las posibilidades que se les presentan. Como vemos, existen rasgos típicos en los diferentes hitos del desarrollo, y en ocasiones, para algunos padres es más fácil decir: “mi hijo no se esfuerza en la universidad o no quiere estudiar”, en lugar de, “a lo mejor mi hijo no es capaz de prestar atención”, puesto que no es raro que los jóvenes vivan situaciones que los superan: cuando se les somete a un estrés continuo, interacciones no adecuadas, consumo de sustancias, hábitos no saludables, aislamiento, exceso de estímulos ambientales, etc.
En Psicopatología, suele hablarse de factores de riesgo, pero también suele hablarse de los mecanismos de protección, que ayudan a superar las adversidades. La capacidad que tiene la persona para superar las dificultades que se le presentan es un mecanismo de adaptación psicológica a los cambios ambientales. La resistencia es un recurso de protección que puede usar el joven frente a los problemas que le surjan, y se compone de numerosos factores: unos pueden ser genéticos, otros cognitivos, otros del contexto, como por ejemplo, la calidad de los amigos o la cohesión familiar, e incluso vivir experiencias emocionalmente beneficiosas, como podría ser el Mindfulness frente a las experiencias estresantes del ámbito universitario. Se le ha dado mucha importancia como factor de resistencia a la tendencia a planear, que se refiere a una autoreflexión, además de la capacidad de poder enfrentarse a los retos y de poseer la autoestima adecuada (Ezpeleta y Toro, 2017). Por ello, en la adolescencia es conveniente promover habilidades preventivas, como puede ser la metacognición (pensar que pensamos) y adquisición de habilidades sociales, junto con un adecuado cuidado del entorno. Claro está, que lo que va a influir en la capacidad de un individuo para poder enfrentarse en el futuro a situaciones estresantes no sólo está en la genética, en su ambiente temprano, en la sensibilidad materna o vinculación con la madre, sino que también se encuentra en su personalidad o temperamento, en el apoyo de la familia, pero sobre todo en la capacidad que posea para hacer frente a las adversidades sociales y desde luego, enfrentar posibles psicopatologías.
No es raro escuchar a profesores universitarios, en las tutorías de padres: “su hijo no atiende en clase, se despista con una mosca, es incapaz de centrarse en las explicaciones que se están dando en el aula”. En ocasiones, aunque se trata de jóvenes adultos afables, excepcionales y con múltiples capacidades para acometer los retos que se propongan, se muestran como personas irritables a las que les cuesta comunicarse con sus padres, viven una serie de conflictos por el ritmo frenético al que la propia sociedad los somete y, sobre todo, tienen muchas dificultades para seleccionar los estímulos precisos y adecuados, en una realidad que busca principalmente las respuestas automatizadas y deshumanizadas (Freire, 2017). Llegados a este punto, la competitividad en el ámbito universitario hace que los jóvenes hayan de someterse al ritmo que llevan sus compañeros, a las presiones de múltiples exámenes (que no sirven para ver su rendimiento real, y que les causa malestar y exceso de estrés), a los problemas y conflictos que se viven en el ámbito familiar, dificultades con las relaciones sociales, enfrentar, por adelantado, la imagen de las pocas oportunidades profesionales que tendrán para desarrollarse en el futuro y, sobre todo, el hecho de que serán esos jóvenes los que tengan que adaptarse a la universidad, no la institución a ellos. Aunque su futuro depende de la formación que reciban, las instituciones educativas no se lo ponen fácil. Quizás nadie forma para ir a una universidad o a estudios superiores profesionales, y los jóvenes no están preparados para los cambios fulminantes en esos entornos educativos.
Por lo dicho, no podemos eludir una reflexión sobre la cantidad de casos que se dan hoy, entre jóvenes universitarios, de aquellos que tienen dificultades para mantenerse atentos en una misma actividad, o que cometen muchos errores, o que son desorganizados o al no saber planificar, dejan todo para el último día, creyendo que van a aprobar toda la asignatura, estudiando la última noche. Cuando suspenden, entonces consideran que el problema es, o bien la dificultad de la asignatura, o que la carrera no es para ellos, o incluso se ven incapaces de superar las tareas universitarias y se ven abocados al fracaso, mientras que sus padres adquieren sentimientos de culpabilidad y fracaso educativo, dado que sus hijos han roto sus expectativas de futuro. Todas estas dificultades pueden explicarse, en algunos casos, “porque el joven no quiera”, pero en otros casos las dificultades que presentan es porque realmente “no puede”. Entonces es cuando podemos empezar a sospechar la presencia de alguna patología. Algunos autores hablan de síndrome, otros de trastorno y para otros, sería una sintomatología; desde luego, todavía hoy es causa de debate (Freire, 2017). Nos estamos refiriendo al Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), que afecta a la capacidad de la persona para regular su hiperactividad, impulsividad y/o atención.
Según el DSM-5, el TDAH se caracteriza por un patrón persistente de inatención y/o hiperactividad-impulsividad, que interfiere en el funcionamiento de la persona.
Existen dos tipos de TDAH:
- Subtipo por hiperactividad-impulsividad:
Este se caracteriza porque la persona cumple seis o más síntomas, durante seis meses, en un grado que no concuerda con el nivel de desarrollo, por ejemplo: golpear manos y pies, con frecuencia se levanta en situaciones en las que se espera que permanezca sentado, habitualmente corretea donde no es apropiado, con frecuencia está ocupado, actuando como si lo impulsara un motor, hablando excesivamente, con frecuencia responde inesperadamente o antes de concluir la pregunta, tiene dificultad para esperar su turno o interrumpe o se inmiscuye en las actividades de otro.
- Subtipo de TDAH, es el inatento:
Este se caracteriza básicamente por un patrón de no atención: no presta atención a los detalles, por descuido se cometen errores, dificultad para mantener la atención en tareas, con frecuencia parece no escuchar, no sigue instrucciones, con frecuencia tiene dificultad para organizar tareas, etc... El individuo debe cumplir, al menos durante seis meses, seis o más de los anteriores síntomas, en un grado que no concuerda con el nivel de desarrollo, afectando a su funcionamiento social y académico-laboral. Además, algunos de estos síntomas deben estar presentes antes de los 12 años y en dos o más contextos, interfiriendo en su funcionamiento social, académico o laboral. Los síntomas no se producen en el curso de otros trastornos (ej. esquizofrenia).
El especificador Mixto o combinado, se da si se cumplen los criterios del subtipo de inatención y los del subtipo de hiperactividad-impulsividad, durante los últimos 6 meses.
El TDAH comienza en la infancia, pero el requisito es que varios síntomas estén presentes antes de los 12 años. Está claro que los diferentes síntomas variarán según el contexto del individuo, pero debido a las características del TDAH y también a los rasgos propios o típicos de la adolescencia tardía (por ejemplo, que estén tan centrados en sí mismos, ignorando otros estímulos, o que estén pendientes de varios estímulos o circunstancias que les causen fatiga y que no sean capaces de ver las diferentes posibilidades que les presenta la vida, o que a través de la hipocresía aparente, decidan no mover ficha, porque consideran que lo que les sucede en la vida, no depende de ellos, etc). Por ello, es necesario distinguir los problemas que van asociados a cada hito del desarrollo, y que se refieren a la edad, de los problemas que exceden de esas dificultades y que se trata de sintomatología del trastorno, sobre todo a partir de los 18 años, interfiriendo gravemente en su funcionamiento diario, y que de alguna manera predicen adversidad psicosocial y patología. Por lo dicho, no es raro que muchos universitarios estén infradiagnosticados en TDAH.
No existe ningún marcador biológico para diagnosticar el TDAH
En la mayoría de los individuos, la hiperactividad es menos visible durante la vida adulta, aunque “las dificultades pueden persistir debido a la inquietud, inatención y pobre planificación”. En la edad adulta, “junto con la inatención y la inquietud, puede ser problemática la impulsividad aun cuando la hiperactividad haya disminuido”. La resistencia a participar en actividades que requieran aptitudes académicas resulta frecuente en los adultos con TDAH (DSM-5, APA).
En todo caso, para hacer el diagnóstico de TDAH por inatención del joven adulto, es necesario un análisis médico-psiquiátrico pormenorizado, porque además en un ambiente muy estructurado, puede ocurrir que los síntomas del trastorno sean imperceptibles.
Es necesario efectuar a la hora de hacer el diagnóstico de TDAH (Ezpeleta y y Toro, 2017): una anamnesis detallada, revisando los diferentes criterios diagnósticos
- examen médico completo para conocer el estado de salud del individuo y descartar posibles problemas orgánicos como por ejemplo: déficit visual, auditivo, anemia, daño cerebral o carencia de determinados nutrientes (Freire, 2017)
- una historia clínica, recogiendo los síntomas actuales, la historia de los mismos, tratamientos…
- entrevista clínica con los padres, a solas
- entrevista clínica con el joven adulto, a solas
- entrevista familiar para examinar el funcionamiento del individuo
- revisar informes universitarios, evaluándolos en el tiempo
- exploración neuropsicológica (evaluación funciones ejecutivas, atención e impulsividad)
- exploración psicológica (con diferentes pruebas test: d2 para evaluar la atención, CI para examinar cociente intelectual). La evaluación psicológica debe hacerse no sólo a nivel cognitivo y examen del desarrollo intelectual, sino también a nivel emocional
- evaluar la presencia de otros trastornos (ej. dislexia, discalculia)
- no es necesario efectuar analíticas, ni neuroimagen, ni electroencefalograma para diagnosticar
- visita al psiquiatra, para posible tratamiento farmacológico, en caso de combinar terapia psicológica y farmacológica
El TRATAMIENTO que se ha mostrado eficaz para el TDAH es el MULTIDISCIPLINAR, que combina la terapia psicológica, farmacológica y psicopedagógica.
Presenta evidencia científica de eficacia la terapia cognitiva-conductual y es esencial, desde el inicio, crear una adecuada alianza terapéutica entre joven-padres-terapeuta. Pues como señala Heike Freire, dada la complejidad de los problemas en nuestra sociedad: “se necesita toda la tribu, para cuidar a un niño”.
REFERENCIAS
American Psychiatric Association. (2014). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. DSM-5. Madrid: Editorial médica panamericana.
Dosil, A. (2012). Desarrollo cognitivo, afectivo, lingüístico y social. Madrid: Ediciones CEF.
Ezpeleta, L., Toro, J. (2017). Psicopatología del desarrollo. Madrid: Pirámide.
Freire, H. (2017). ¡Estate quieto y atiende!. Barcelona: Herder.
Artículo escrito por Montse Quintas.
¿Qué es la ansiedad? La ansiedad es una reacción adaptativa que nos prepara para dar una respuesta adecuada. Pero en ocasiones surgen falsas alarmas y nos activamos sin saber muy bien la causa. Si tienes o has tenido la sensación de temor, amenaza o catástrofe, preocupaciones o análisis catastrofistas, hipervigilancia a estímulos potencialmente amenazantes, dificultad para concentrarte y tomar decisiones, palpitaciones, pulso rápido, tensión elevada, sensación de sofoco, respiración rápida y superficial, aumento de la transpiración, problemas sexuales o incluso insomnio, puede ser que sufras o hayas sufrido un episodio de ansiedad.
La gestación en sí es un proceso que está ligado a cambios emocionales. Es muy común durante este periodo encontrarse casos de ansiedad general (miedo al parto, miedo a que el bebé porte una minusvalía, preocupación sobre su propia apariencia) y de depresión (puede darse también durante el puerperio).
Un embarazo normal dura aproximadamente unas cuarenta semanas. Durante la gestación las hormonas son las causantes de la variación experimentada en las emociones tanto positivas como negativas; de hecho, entre la semana 6 y la 10 y el final del embarazo, los cambios hormonales son más pronunciados. Son normales síntomas relacionados con la depresión, la ansiedad así como preocupaciones por los cambios que se están produciendo en el cuerpo o en el bebe. Los problemas relacionados con las emociones no tratados pueden afectar al bienestar físico del pequeño y aumentar el riesgo de partos prematuros o depresiones postparto. Por esta razón, en caso de que la sintomatología se agrave, se recomienda a la embarazada la psicoterapia o tratamientos médicos para una buena gestación.
Hasta no hace mucho, la mayoría de las mujeres embarazadas han sido tratadas por dolencias físicas o complicaciones obstétricas, sin embargo, debido a los grandes cambios hormonales y emocionales que provoca un embarazo, cada vez ha ido incrementándose el número de investigaciones, tratamientos e intervenciones de forma psicológica para el bienestar, no sólo de la madre, sino también de su bebé.
Tras numerosas investigaciones se ha creado nuevo concepto llamado ansiedad del embarazo (pregnancy anxiety) el cual hace referencia a la ansiedad específica de las gestantes. Este suceso resulta un buen predictor de malos resultados como, por ejemplo, un nacimiento prematuro, lo que ha generado una gran cantidad de investigaciones y experimentos relacionados con tratamientos para este tipo de trastorno, evitando la farmacología y centrándose en terapias cuerpo-mente basadas en la relajación.
¿Cómo afecta la ansiedad?
El estudio de la ansiedad en las mujeres embarazadas nos ha revelado las implicaciones que esta tiene para la madre y el bebé. Los niveles de ansiedad son mayores en las embarazadas primerizas o primigestas. También se ha concluido que se manifiesta con mayor medida en el tercer trimestre de cualquier tipo de gestante.
Además, estos altos niveles en las madres pueden provocar alteraciones en el movimiento y crecimiento del feto. Se ha comprobado que los fetos de las mujeres con altos niveles de ansiedad tienen un mayor movimiento de miembros de forma individual en el segundo trimestre, y que su crecimiento es más lento que el de madres que no la padecen.
Por otro lado, las madres con ansiedad general son más propensas a tener una ansiedad específica del embarazo, donde aparece el miedo al parto y/o a que su bebé porte discapacidades o minusvalías. Asimismo, tanto la ansiedad específica del embarazo como la ansiedad general en dichas gestantes actúan como factores predisponentes a la hora de recurrir a conductas de riesgo como la bebida durante la gestación.
Los cambios asociados al embarazo no se producen sólo en la madre. El padre suele verse igualmente afectado por este cambio en sus vidas, pudiendo ser una variable importante en la estabilidad emocional de la gestante: la ansiedad se presenta a lo largo de todo el embarazo, si bien el número de gestaciones de la madre puede hacer variar estos niveles de ansiedad. Los padres por segunda vez muestran niveles más altos que los padres primerizos. Aun así, los niveles de ansiedad (padres primerizos o por segunda vez) son mayores en el tercer trimestre, seguidos por el primero, y presentando niveles más bajos en el segundo trimestre.
Cuanto menor ansiedad fisiológica presenten las madres — es decir, las gestantes con síntomas de ansiedad explicadas anteriormente (palpitaciones, sudoración, nerviosismo…) — existe un mayor grado de vinculación prenatal con el nonato.
¿Qué técnicas de intervención se utilizan para reducir la ansiedad?
Ya hemos visto que la ansiedad puede provocar efectos adversos en el feto, y qué problemas médicos durante el embarazo pueden causarla. Por lo tanto, existe una serie de técnicas que posibilitan intervenciones no invasivas para reducirla.
Muchos profesionales recurren a técnicas de relajación como método, aplicándola durante cortas sesiones semanales para que se implemente de manera progresiva, con estimulación musical y focalizando la atención en el sonido de los latidos del corazón del bebé. También se realizan ejercicios de respiración, centrando la atención en el cuerpo para que tome conciencia del mismo y visualizando escenarios relajantes. Todo esto reduce los niveles de ansiedad de las gestantes de forma estadísticamente significativa.
Otras técnicas emplean la relajación implícita dentro de masajes y yoga, ya que éstos reducen los síntomas no sólo de ansiedad, también de ira y depresión. Sin embargo, donde se utilizaron técnicas de relajación muscular progresiva, relajación pasiva e imaginación guiada, aunque resultaron en diferencias de las medias de ansiedad, no fueron tan eficaces como las anteriores.
Algunos ejemplos de estas sesiones de relajación serían: para gestantes con depresión y ansiedad, con una hora semanal de psicoterapia grupal y 20 minutos de masajes; entrenamiento práctico en relajación durante sesiones semanales de 90 minutos en las que se comprobó que la relajación activa es mucho más eficaz que la relajación pasiva. Otro medio utilizado fue la musicoterapia durante 30 minutos todos los días.
Además, el Mindfulness es una técnica que ha tenido mucho éxito últimamente y que se ha extendido en muchas áreas de la psicología. Un programa de 2h semanales en gestantes con preocupaciones ha conseguido una reducción significativa de su sintomatología ansiosa, gracias a sus beneficios no sólo en ansiedad, sino en depresión.
Por lo tanto, podemos concluir que todas las técnicas mencionadas anteriormente basadas en la conexión cuerpo-mente, han resultado efectivas en la reducción de la sintomatología ansiosa en mujeres gestantes, algo que no sólo beneficia a la madre sino también a su bebé.
BIBLIOGRAFÍA
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Artículo escrito por Ester García
Voy a hablaros de la empatía, esa gran habilidad que parece que todo el mundo maneja: ¿te consideras una persona empática? Permíteme que lo comprobemos juntos.
Para empezar, creo que habría que distinguir niveles de empatía. No pienses que esto iba a ser tan sencillo como un “sí” o un “no” como respuesta absoluta.
¿Por qué digo esto? todos sabemos que el llanto, la risa, la ira, las ganas de bailar, los bostezos… incluso el acto de vomitar es contagioso. Sabemos también que existen ciertas neuronas, llamadas neuronas espejo. Si una persona que tenemos enfrente levanta un brazo, se activarán en su cerebro un grupo de neuronas específico encargado de realizar esta acción. Las neuronas espejo de mi cerebro se activarán exactamente con el mismo patrón que las de mi compañero de enfrente, simplemente observando cómo levanta su brazo. Esto se considera un mecanismo muy básico de supervivencia como seres sociales que somos; además las neuronas espejo no son exclusivas del ser humano sino que se ha encontrado en otras especies.
Para seguir en los niveles de la empatía, os expongo la llamada Teoría de la Mente, que es un fenómeno cognitivo que se adquiere en torno a los 4-5 años de edad. Para comprobar si esta capacidad se ha adquirido o no, a los psicólogos nos gusta realizar un experimento con niños de 3, 4 y 5 años: el experimentador se va a sentar frente al niño en una mesa. En esta mesa encontramos una hucha y unas cuantas monedas. Cogemos las monedas, las metemos dentro de la hucha y le preguntamos al niño: “¿Qué crees que hay dentro de la hucha?”, a lo que responderá “Monedas”. Tras esto sacamos las monedas de la hucha y las sustituimos por un puñado de canicas y le volvemos a preguntar: “¿Qué crees que hay en la hucha?”, a lo que contestará “Canicas”. Inmediatamente después le preguntamos “Y si llamamos ahora a un amiguito y le preguntamos qué hay en la hucha, ¿qué creerá que hay en la hucha?”. Si este niño tiene menos de 4-5 años responderá “Canicas”, puesto que aún no ha desarrollado la llamada Teoría de la Mente (o el fenómeno de entender otros puntos de vista diferentes al propio).
Bueno, si estás leyendo esto es obvio que tienes más de 5 años y por tanto este nivel de empatía ya lo posees, ¡felicidades! (excepto algunos casos que aquí no trataremos), pero esto no acaba aquí, no. Según vamos creciendo vamos viviendo circunstancias, experiencias o eventos distintos que desencadenan en nosotros una serie de emociones respecto a estos, una serie de conductas para afrontarlos, una serie de habilidades que se adquieren, etc. (El típico “no hay mal que por bien no venga”, “de todo se aprende” o “lo que no te mata te hace más fuerte”).
Esto quiere decir que cuando hablamos con alguien que ha pasado por experiencias similares a las nuestras, puedes intuir por tu propia experiencia cómo se siente la otra persona. ¿Pero hasta qué punto esto es cierto? Bien, aquí entran en juego muchos factores, entre ellos: tendencias o rasgos de personalidad de la persona, apoyo social con el que se cuenta, habilidades personales y/o sociales, nivel socioeconómico, género, edad, experiencias pasadas, estilos de afrontamiento, estilos de apego, situación laboral, etc. A su vez todas estas pueden o están relacionadas entre ellas.
Lo ilustraré con un ejemplo: “una persona de unos 50 años se queda de repente sin su puesto de trabajo. ¿Qué podrías decirle?” Probablemente si eres una persona de 20 años veas la situación de una manera distinta que si fueras una de 60, al igual que si tienes apoyo social y muchos contactos posiblemente lo veas de una manera distinta a alguien más bien introvertido, sin muchos contactos. Si eres una persona que se ha apoyado mucho en su familia verás la situación de una manera muy distinta a otra persona que nunca ha tenido buena relación con sus padres. Probablemente si tienes un nivel socioeducativo alto verás la situación de una manera distinta a una persona con un nivel socioeducativo bajo. Si eres una persona sin preocupaciones económicas verás la situación de una manera distinta a una persona que le cuesta llegar a fin de mes.
¿Te consideras ahora una persona empática?
Quizás la afirmación ya no es tan categórica. Por ello la psicología es una ciencia y un arte. Obviamente la vocación viene dada de cierta predisposición natural a un determinado nivel de empatía, sin embargo creo que la empatía real se estudia, se aprende. Cada vez que un paciente pasa por la consulta te empapas de su situación, su manera de ver la vida, el mundo, a los demás, a sí mismo, sus experiencias pasadas, sus rasgos de personalidad, sus maneras de afrontar los problemas, las habilidades que posee o no posee. Es decir, te sumerges en su mente y ves su problemática desde su marco de referencia, no desde el tuyo. Para realmente entender una persona hay que adentrarse en su mundo, hay que cambiar el marco de referencia.
Ser empático no es entender la problemática del otro desde tu punto de vista, sino desde el suyo. Este es un ejercicio muy complicado que requiere, desde mi punto de vista, mucha casuística; es decir, estudiar las problemáticas posibles por grupos de edades, por género, por tipos de personalidad, estilos de afrontamiento, tipo de apego, experiencias pasadas, etc.
Por tanto, ser empático requiere saber y conocimiento. Querer y poder escuchar todo lo que la persona tiene que decir y todo lo que la persona es.
Artículo escrito por Beatriz Ostalé Estévez.
¿Alguna vez te has sentido incapaz de hacer algo para cambiar las circunstancias que te rodean? ¿Por qué a veces no reaccionamos ante situaciones que nos producen dolor o son incómodas? ¿No somos capaces de actuar?
Para entenderlo mejor comencemos hablando del concepto de contingencia: es el grado de relación que hay entre dos acontecimientos. Si estos acontecimientos se tratan de las respuestas del individuo y las consecuencias que estas tienen en el ambiente, se puede establecer una relación de controlabilidad o incontrolabilidad. Mediante la respuesta podemos o no ejercer control sobre los resultados.
Según Seligman la indefensión es un “estado psicológico que se produce frecuentemente cuando los acontecimientos son incontrolables”, es decir, cuando no podemos hacer nada para cambiarlos. La consecuencia es incontrolable cuando la probabilidad de que ocurra es la misma independientemente de lo que hagamos.
En el momento que percibimos qué no tenemos control sobre las consecuencias, atribuimos una causa a esa falta de control de la situación en la que nos encontramos, y en función de ello desarrollamos la expectativa de no contingencia futura, lo que nos lleva a la indefensión aprendida.
La atribución causal cuenta con tres dimensiones:
Interno-Externo: hace referencia al grado en que la causa está relacionada con uno mismo o con otra persona.
Estable-Inestable: tiene en cuenta la variable temporal, si es estable siempre sucederá así, si es inestable no siempre sucederá así.
Global-Específico: hace referencia a si la situación se generaliza a todas las situaciones o a un evento determinado.
Así que si una persona cree que ha fracasado “porque soy tonta”, está llevando a cabo una atribución interna, estable y global.
Por tanto, a la larga esto nos va a generar una expectativa de falta de control en acontecimientos futuros, interfiriendo en la adquisición de nuevos aprendizajes, lo que provocará tres tipos de déficit que deterioran el rendimiento: motivacional, cognitivo y emocional.
A nivel motivacional: si esperamos que, independientemente de lo que hagamos, no vamos a conseguir ningún cambio en el resultado, poco a poco disminuirá la probabilidad de hacer algo al respecto.
A nivel cognitivo: consiste en creer que las respuestas son ineficaces en el control de las consecuencias, lo que dificulta el aprendizaje.
A nivel emocional: cuando las consecuencias son lo suficientemente traumáticas se pueden producir cambios, pudiendo desembocar en estados de ansiedad y depresión.
“De pequeño me gustaba el circo. Me encantaban los espectáculos con animales y el animal que más me gustaba era el elefante. Durante la función me impresionaban su tamaño y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente:
¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye? pregunté a mis padres.
Me contestaron que era porque estaba amaestrado. La respuesta, sin embargo, no me satisfizo. «Si estaba amaestrado, ¿por qué lo tenían atado?». Pregunté a parientes y maestros y pasó mucho tiempo, hasta que alguien me dió una respuesta convincente: «El elefante del circo no se escapa porque está atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño».
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro... Hasta que un día, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree que no puede. Tiene grabado en su mente el recuerdo de su impotencia, y ahora ha dejado de luchar, no es libre porque ha dejado de intentar serlo. Nunca más intentó poner a prueba su fuerza.”
Este cuento de Jorge Bucay muestra de forma muy clara el concepto de indefensión aprendida.
¿Se puede inducir la indefensión aprendida?
https://www.youtube.com/watch?v=OtB6RTJVqPM
En este vídeo vemos como la profesora reparte un papel con tres anagramas, una actividad aparentemente sencilla en la cual los alumnos tienen que ir levantando la mano cuando hayan resuelto cada una de las palabras. Lo que ellos no saben es que se han repartido dos listas diferentes: una con tres anagramas que tenían solución; mientras que, en la otra lista, los dos primeros anagramas carecían de ella, salvo el último. Durante toda la realización del ejercicio se les pedía que fueran levantando la mano a medida que eran capaces de resolverlo. Como es de esperar sólo una parte de la clase alza la mano, mientras que la otra parte no ha podido resolverlo. Se puede observar la frustración e impotencia que sienten al ver que el resto si han sido capaces de hacerlo y ellos no.
Finalmente, la profesora les pregunta: ¿Por qué tuvieron tantos problemas en resolver la última palabra si era la misma para los dos grupos? ¿Vosotros qué opináis?
Pero… ¿siempre es así? ¿Realmente no podemos hacer nada?
La indefensión adquirida es un comportamiento aprendido y como tal puede ser modificado. Para ello deberemos aprender nuevos recursos, herramientas o habilidades que nos ayuden a superar nuestros déficits, planteando pequeñas metas y siendo capaces de resolver conflictos que nos permitan tomar conciencia del cambio producido. Así poco a poco podremos recuperar nuestra propia autoestima y tomar control de las situaciones difíciles de la vida.
Según Abramson las posibles estrategias a seguir son:
Cambiar los resultados con la introducción de modificaciones en el ambiente que nos rodea.
Proponer objetivos más sencillos y realistas que nos ayuden a disminuir las respuestas aversivas. Es decir, proponer metas asequibles.
Cambiar las expectativas de falta de control mediante habilidades sociales que permitan resolver problemas de distinto ámbito, aumentando progresivamente el grado de dificultad, reforzamiento en el aprendizaje, así como cambios en los sesgos atribucionales de éxito y fracaso.
BIBLIOGRAFÍA
Docampo, M. M. (2002). Influencia del estilo atribucional interno-externo en la indefensión aprendida y en su inmunización. Revista de psicología general y aplicaciones, 55 (2), 151-160. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=274671
Soria, M., Otamendi, A., Berrocal, C., Caño, A., y Rodríguez, C. (2004). Las atribuciones de incontrolabilidad en el origen de las expectativas de desesperanza en adolescentes. Psicothema, 16 (3), 476-480. http://atarazanas.sci.uma.es/docs/articulos/16494635.pdf
Vicente, F., y Díaz-Berciano, C. (2005). Efecto de la dominancia diádica sobre la indefensión aprendida. Psicothema, 17 (2), 292-296. http://www.psicothema.es/pdf/3102.pdf
http://www4.ujaen.es/~rmartos/IA.PDF[
Artículo escrito por Tania Alonso Gómez"
En el momento en que nuestra mente pierde completamente la confianza y la esperanza hacia el futuro, comienza a divagar y a generar incertidumbre, zozobra, angustia y miedo. Ésta percepción desesperanzadora sólo contribuye a fomentar en nosotros sentimientos de incapacidad y malestar tanto físicos como psicológicos. La desconfianza, la creencia de imposibilidad y la pérdida de esperanza hacia el porvenir, nos producen indudablemente emociones poco placenteras que, sostenidas en el tiempo, permiten la aparición de aquello que más tememos: el sufrimiento. Pero, ¿qué es realmente el sufrimiento? Y ¿cómo aliviarlo? Son sin duda algunas de las preguntas con mayor afán de respuesta.
Cuando se habla de sufrimiento por lo general nos referimos a aquellos sentimientos negativos sostenibles en el tiempo, que nos generan altos niveles de malestar y dolor. Es importante resaltar que una vez que se padece seremos capaces de escoger la actitud y perspectiva con la que vivimos la experiencia; dependiendo de esto, conseguiremos superación y progreso personal, o por el contrario seguiremos hundidos en nuestra desdicha.
Si retrocedemos en el tiempo, encontraremos que ya desde el 600 A.C. mentes brillantes como la de Buda Gautama intentaban explicar el verdadero sentido de la vida a través de ideas que indicaban que la condición humana, además de vivencias placenteras, implicaba sufrimiento. Buda aludía a que el causante es el conflicto interno entre cómo son las cosas y cómo queremos que sean. Predicaba igualmente que el sufrimiento es capaz de reducirse e inclusive eliminarse cambiando nuestra actitud ante sucesos desagradables. Y por último, enumeró ciertas estrategias para acabar con dicho dolor (Germer, Siegel y Fulton, 2015). En pocas palabras, lo que buscaba ambiciosamente Buda era enseñar a otros a vivir en paz consigo mismo, a aceptar las experiencias y en caso de que ellas representen padecimiento, utilizar estrategias para manejarlas.
Por otro lado, tenemos el caso de Jesús, quien vino hace más de 2.000 años a enseñarle a la raza humana a vivir a través del Amor y de la Fe, siendo ésta la vía para aliviar el dolor de la humanidad. De esta manera, nos quiso dar a entender que cuando el ser humano se aleja de estos preceptos la vida en sí representa sufrimiento. Demostrándonos esto, se entregó a la cruz aún sabiendo que se exponía a la agonía. Con esta acción demostró al hombre que si existe Fe, confianza y una esperanza extraordinaria hacia el futuro, ese pesar se alivia, disminuye e inclusive se anula.
Por su parte, Albert Einstein (1879-1955) —uno de los más grandes genios y científicos de la humanidad— explicaba el sufrimiento desde el concepto de crisis. Afirmaba en uno de sus más famosos escritos que las crisis pretenden ser una de las más grandiosas bendiciones lejos de ser experiencias completamente negativas. Y esto lo confirmaba explicando que las dificultades son el motor de la superación y del progreso. Así, quien las supera se supera a sí mismo, pues estas representan un desafío, con lo que la única crisis que realmente existe es la tragedia de no querer luchar por superarlas.
Del mismo modo, nos encontramos con personalidades igualmente significativas en la historia como Viktor Frankl, psiquiatra preso en un campo de concentración nazi, quien posteriormente se convirtió en el padre de la Logoterapia; nos manifiesta desde su propia vivencia que lo que necesitamos las personas es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida. En su libro de referencia El hombre en busca de sentido Frankl nos pretende ilustrar acerca de como “el modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que éste conlleva, le da muchas oportunidades…para añadir a su vida un sentido más profundo” (p. 42). Para este autor, la esencia de la existencia se basa en la capacidad del hombre de ser responsable; de cómo vive y afronta sus retos.
Ahora bien, todas estas perspectivas lo que pretenden es que aceptemos que la vida trae consigo momentos difíciles, y que el ser humano debe estar preparado para afrontarlos, puesto que son incontrolables, inevitables y forman parte esencial de nuestra existencia. En este sentido, entendemos que lo único que las personas sí podemos controlar es la manera en que estas experiencias nos afectan. Está dentro de nosotros elegir la actitud, confianza, esperanza así como la Fe con la que las asumimos.
En consecuencia, resulta elemental que comprendamos que durante el recorrido de la vida, está bien sentir dolor para que podamos normalizar las sensaciones de displacer, miedo, angustia, ansiedad o malestar. Está bien que nos sintamos tristes o decaídos ante una pérdida, una ruptura o inclusive un desempleo; que experimentemos ansiedad o angustia ante una situación difícil, pues éstas son las respuestas más innatas y acertadas ante un acontecimiento. Sin embargo, existe una fina línea que separa aquello normal de sentir de aquello que se convierte en un estado patológico. El sufrimiento entonces es lo que creamos cuando nos resistimos a ese dolor o lo negamos (Germer, Siegel y Fulton, 2015). En este sentido, está en nosotros trabajar en pro de que estas emociones no perduren en el tiempo, generándonos un impacto mayor.
Entiendo que el desafío es aún mayor cuando nos dejamos sumergir en lo más profundo de nuestro dolor y realmente creemos que es casi imposible salir de ese sitio oscuro. Cuando nos sentimos desolados el camino es realmente cuesta arriba, por esta razón es vital que el individuo consiga un motivo por el cual sobreponerse y esto podría suponer una de las principales estrategias de afrontamiento. En este sentido, tal y como describía Frankl (1991) darle un sentido a ese dolor.
Desde este punto de vista, resulta substancial para el desarrollo individual que aceptemos que en algún punto de nuestras vidas tendremos que hacer frente a circunstancias muy duras pero que simplemente van a ocurrir. Por esta razón, es necesario que trabajemos día a día para aumentar y fortalecer el repertorio de herramientas que poseemos y que nos permitan hacerle frente a dichas experiencias; llegado el caso, pasar tiempo a solas en contacto con ese dolor, aceptándolo y dejándolo estar conseguirá aliviar nuestro cuerpo y nuestra alma.
En la medida en que aprendamos a estar con estos sentimientos maduraremos y progresaremos. Es importante que aprendamos a ver con otros lentes este tipo de situaciones y las convirtamos en aprendizajes, que poco a poco nos van haciendo más fuertes, más capaces y más confiados de lo que podemos lograr y superar. Sólo desde ésta perspectiva conseguiremos aliviar los mayores niveles de malestar.
Resulta imprescindible que logremos generar muy altos grados de confianza en nosotros mismos, de manera que sea posible levantarse y salir adelante. Motivémonos a buscar un cambio y trabajemos en pro de nosotros mismos para encontrar nuestras propias respuestas. Aprendamos a manejar aquello que uno si puede controlar. Generemos y reforcemos estrategias que nos permitan ver la vida con mayor disfrute y menos desdicha. Busquemos herramientas de afrontamiento con las que poder vivir plenamente y en paz con el sentir de cada uno.
Y lo más importante es que luego de todo este proceso de transformación, veamos hacia atrás y analicemos las situaciones difíciles que se interpusieron en nuestro camino y nos permitamos agradecer de corazón todas aquellas crisis que nos condujeron al crecimiento. Pues no hay mejor sentimiento que la satisfacción de superarnos.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Einstein, A. (s.f). Las Crisis.
Frankl, V. (1991). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Editorial Herder.
Germer, R. & Fulton (2015). Mindfulness y Psicoterapia. Bilbao: Editorial Desclée De Brouwer.
Artículo escrito por Clarissa Sucre
¿Quién no ha sufrido celos alguna vez? Desde que empezamos a tener conciencia del mundo que nos rodea, los celos nos acompañan. Todo empieza cuando de niños celamos a nuestros hermanos por adquirir la atención de nuestros padres y nos frustramos por ese cariño que consideramos superior al que nos dan a nosotros. Podemos sentir celos también de amigos, compañeros de clase o trabajo, o bien de familiares. Sin embargo, es una de las emociones que está más presente en las relaciones de pareja, en las cuales puede ir poco a poco creando un malestar psicológico y social en ambos miembros, que conduzca en algunos casos en agresiones físicas.
En 1991, Salovey definió los celos como una emoción que surge ante la sospecha (real o imaginaria) de amenaza a una relación considerada valiosa. Aludiendo a esta definición, tener celos sería algo normal cuando una persona realmente te importa y no quieres perderla, o incluso podría considerarse una emoción necesaria para demostrar el amor hacia ella. Frases como “si siente celos es porque realmente te quiere” o “soy celos@ porque te quiero y no quiero perderte” son propias de las parejas en las que esta emoción está presente. Pueden estar infundados o no, pero detrás estaría presente la inseguridad, falta de autoestima y desconfianza.
¿A partir de qué punto se convierten los celos en algo patológico?
No está establecido el límite que separe los celos normales de los patológicos. No obstante, estos últimos están definidos como un trastorno caracterizado por la preocupación excesiva e irracional ante la posibilidad de una infidelidad, que altera emocionalmente al sujeto llevándole a la realización de conductas de comprobación con el fin de controlar a su pareja. La principal diferencia entre ambos sería la reacción ante la amenaza. A este respecto cabe destacar que la aparición de los celos podría reflejarse en la inseguridad y baja autoestima de quien los presenta, considerándose inferior a esa tercera persona que supuestamente amenaza su relación, provocándole el miedo intenso de perder a su pareja ya que, de un modo u otro, este tipo de personas suelen ser muy dependientes.
Molière
El celoso ama más, pero el que no lo es ama mejor.
El sentimiento de posesión (“Eres solo mi@, soy solo tuy@”) como mito del amor, así como forma de expresar el máximo interés hacia la otra persona, es el comienzo de los celos patológicos. Con el deseo de poseer comienza el control obsesivo en el que se tiene que saber dónde, cuándo, con quién y el porqué de los actos de la pareja, llegando incluso a perseguir y acosar llevados por la desconfianza, y restándole así poco a poco su libertad hasta el punto de no poder hacer nada sin la compañía de él/ella. Absolutamente todo es considerado como amenaza para el celoso, el cual tiene su atención focalizada en el miedo, la desconfianza y la inseguridad: “si llega un poco tarde es porque ha estado con alguien”, “si tarda en coger el teléfono es porque está con alguien”, “si le sonríe al camarero es porque le gusta…”
Estas emociones que acompañan a los celos desembocan en sentimientos de tristeza, rabia y enfado, que se van manifestando a lo largo de las discusiones iniciadas por el celoso. En un principio, aparece la tristeza acompañada de frases victimistas como “No me quieres, no soy lo suficiente para ti, si me quisieras no me dejarías sol@ o no hablarías con esa persona”, consiguiendo disminuir el círculo social de su pareja —así como sus actividades o su libertad para vestirse, entre otras cosas— ya que debido al sufrimiento extremo de su pareja esta siente una gran culpabilidad, y si así es la forma de demostrar que realmente quiere estar con ella cede en sus chantajes.
No obstante, los celos continúan y siguen limitando a la otra persona. Al ir produciéndose gradualmente, la víctima de estos no es consciente de que lo que está viviendo son situaciones de maltrato psicológico: el celoso considera que tiene el control absoluto sobre su pareja, ya consiguió el “eres mi@”, pero su inseguridad y su desconfianza continúan persiguiendo todo aquello que escape de su control. Es ahí, cuando la rabia y la agresividad se apoderan de las discusiones, desembocando en episodios de violencia de género.
Llegados a este punto, hay cosas difíciles de entender: si tienes miedo de perder a quien quieres, y sientes celos de terceras personas que podrían ser una amenaza, ya sea porque te sientes inferior o porque eres desconfiad@... ¿Por qué no mejoras tu autoestima? ¿Por qué no trabajas tu seguridad? ¿Por qué no pides ayuda? No solo estás sufriendo tú, también esa persona a la que tanto quieres. Amar no es poseer, amar no es controlar. En el mismo momento en el que se comienza a controlar todo lo que rodea a la victima de los celos (vestimenta, amigos, lugares, horarios, etc.) deja de ser persona para convertirse en objeto. Porque a las personas no se les puede poseer y a los objetos sí.
Ligerezas como el aire son para el celoso fuertes confirmaciones, como un testimonio de las Sagradas Escrituras.
Artículo escrito por Eliana Benguigui
Últimamente no paran de verse noticias en las que presenciamos, de alguna manera, la violencia que existe en el mundo. Esta violencia se ejerce en todas sus formas —tanto físicas y psicológicas como también estructurales, caso de la pobreza— según el indicador AROPE 2004-2016, que mide el riesgo de pobreza y exclusión; lo componen tres factores: baja intensidad de empleo, pobreza y carencia o privación material (PMS) (http://www.eapn.es/estadodepobreza/graficos-2017.php).
Estos datos confirman que, cada vez más, existen mayores diferencias socio-económicas y culturales entre las personas. Esta diferencia que se establece en la sociedad y que, a su vez, es una forma de violencia (como hemos dicho anteriormente) de tipo estructural, resulta difícil de detectar y reconocer, pues no se ejerce directamente y además es muy prolongada en el tiempo. En la situación que el mundo está sufriendo actualmente, existen dos grupos principales que crean esta pobreza: uno sería el de aquellas personas con grandes capitales formados por numerosos patrimonios, empresas, otras inversiones y con grandes ambiciones de aumentar su poder.
El segundo grupo es el formado por los trabajadores/as que cuentan con menos recursos económicos, menor patrimonio, pero es mucho más numeroso que el anterior.
El gran inversor llega a un país y establece una empresa ofreciendo trabajo con unas condiciones que empeoran lo anterior; en algunas ocasiones, esta diferencia puede ser promovida por la motivación personal del empresario de obtener mayor beneficio y generar menos costes. Ante esta coyuntura, el gran grupo de trabajadores que padecen unas malas condiciones de vida no tiene más opción, por ellos y en muchos casos por sus familias, de aceptar ese trabajo. Negarse puede significar estar más tiempo sin poder traer dinero a casa, y en pocos momentos nos plantearemos el porqué de esas situaciones tan abusivas, por lo tanto la decisión está clara.
Es cierto que en esta situación, protestar para la mejora de las condiciones laborales no te asegura el beneficio a corto plazo —como puede ser la primera nómina que cobres si aceptaras el trabajo—, también es cierto que negarse y tener que protestar es algo que se sale de nuestra zona de confort —espacio psicológico en el que sentimos tener el control de las cosas, situaciones en las que preferimos estar aunque las condiciones no sean muy buenas, permanecemos en ellas porque creemos que es mejor que lo que desconocemos, lo desconocido supone mayor esfuerzo cognitivo—. Supongamos que esa persona se niega a aceptar el trabajo porque las condiciones laborales ofrecidas no son aceptables. Esto puede provocar una reacción que no se espera y es el contagio emocional: cuando varias personas en la misma situación lo ven, esto aumenta las posibilidades de que se susciten reacciones de identificación con quien protesta, pues son normas que prácticamente todos/as hemos establecido, y estamos viendo como se quebrantan de manera injusta ante nuestros ojos.
Si varias personas se oponen a aceptar el trabajo, al empresario no le quedará más remedio que mejorar las condiciones si quiere seguir teniendo el negocio y a sus trabajadores. Es cierto que antes de ello, puede aparecer un pensamiento del tipo: “Si no acepto yo este trabajo seguro que lo cogerá otro y entonces nada servirá”; este pensamiento no es del todo cierto, pues como ya sabemos, en los negocios de mercado “lo que importa es que el cliente quede satisfecho”. En esta ocasión ocurrirá lo mismo; es decir, sin el grupo trabajadores/as no hay negocio y, por lo tanto, no habrá clientes. El trabajador/a sigue y seguirá teniendo más poder de influencia aunque existan intenciones para que este poder no se reconozca.
Por otro lado, cuando toda esa parte de la población acepta el trabajo, se establece que se asumen esas condiciones, y será a partir de ese momento cuando esa sea la norma a seguir.
Hoy en día, parece que las empresas valoran más a un trabajador sumiso y que no proteste que alguien simplemente eficaz en su trabajo; es decir, se reconoce más la actitud dócil y condescendiente que la propia aptitud y destreza en el trabajo. Es por ello que el trabajador que lo que quiere es conversar ese trabajo y estar feliz, modifica su conducta si es preciso para conseguir sus objetivos deseados, lo que le llevará a la conclusión de que debe mantener o adquirir esa actitud para poder trabajar en la empresa y así no tener miedo a ser despedido. Existe lo que definimos como indefensión aprendida en la sociedad, aquí su definición: condición del ser humano o animal que ha aprendido a comportarse pasivamente, con la sensación subjetiva de no poder hacer nada, y que no responde a pesar de que existen oportunidades reales de cambiar la situación aversiva, evitando las circunstancias desagradables o mediante la obtención de recompensas positivas.
Creo que estas situaciones cada vez están siendo más comunes al no existir una educación emocional en la sociedad, a través de la cual podamos conocernos más, saber el potencial que existe en cada uno de nosotros. Una educación para la paz promoviendo más el respeto mutuo, la aceptación de las diferencias, potenciando la cooperación, etc.
Hemos aprendido a lo largo de los años a mantenernos en una posición cómoda y de confort, y a no salirnos de ella protestando ni reclamando pues esto puede general alteraciones como estrés, ansiedad o preocupaciones constantes, y para fortalecer esta creencia nos decimos frases como las mencionadas anteriormente. El libre conocimiento, fomentando la inteligencia emocional, es una fuente de sabiduría que puede disminuir estos problemas de autoestima o de desesperanza e indefensión aprendida en una sociedad.
Artículo escrito por Diego S. Moreno
Probablemente no sepas a qué me refiero cuando menciono el Efecto Pigmalión. Probablemente tampoco sepas quiénes son Rosenthal y Jacobson, ni qué tiene que ver todo esto con la confianza. Sin embargo, estoy segura de que cuando termines de leer este artículo serás capaz de encontrar un ejemplo de efecto Pigmalión que hayas vivido en primera persona o de forma muy cercana: presta atención.
Hace unas cuantas décadas, Rosenthal y Jacobson, psicólogo y directora de escuela, respectivamente, llevaron a cabo un curioso experimento en un grupo de escolares de primaria. El experimento consistía en informar a los profesores de que se realizaría una prueba de capacidades intelectuales a los alumnos para, posteriormente, facilitarles un listado de quiénes eran los estudiantes con capacidades intelectuales superiores, poniéndoles en preaviso de que serían ellos los que obtendrían mejores resultados académicos a final de curso.
Al término del curso resultaron ser, efectivamente, esos alumnos los que mejor resultado presentaron en sus calificaciones. Hasta aquí todo parece lógico, ¿verdad?
¿Y si te dijera que nunca se realizó ninguna prueba a ningún alumno para medir ninguna capacidad?
¿Y si te dijera que los alumnos que supuestamente presentaban mayores puntuaciones en la prueba fueron elegidos completamente al azar sin tener en cuenta ningún tipo de capacidad intelectual?
Entonces, ¿cómo es posible que fueran exactamente esos alumnos los que mejor resultado obtuvieron?
¿Como por arte de magia?
Pues bien, diversos estudios han podido verificar que son las expectativas que se crearon en los profesores acerca del rendimiento de sus alumnos las que contribuyeron a que tuvieran mejores notas. ¿Por qué?
Según Rosenthal, cuatro factores son los que influyen en este hecho ya que:
- Tiende a crearse un clima más cálido entre los estudiantes de los que se espera mayor rendimiento, los profesores son más atentos con ellos.
- Cuando un profesor tiene mayores expectativas sobre un alumno tiende a enseñarle mejor y más cosas.
- Si un profesor espera más rendimiento de un alumno le brinda más oportunidades de respuesta e intervención en sus clases.
- Cuando se espera buen rendimiento de un alumno se le alaba más y se le refuerza positivamente en mayor medida.
Ahora tiene más sentido, ¿verdad? Y nada que ver con la magia…
Pero, ¡ojo!, este Efecto Pigmalión o profecía autocumplida también sucede a la inversa, es decir, peores expectativas sobre el rendimiento también tendrán su efecto en los resultados obtenidos.
Así, el Efecto Pigmalión se define como el efecto que ejercen las expectativas que una persona tiene sobre otra, en el comportamiento de la segunda, tanto en sentido positivo como negativo.
Ahora bien, los profesores y alumnos no son las únicas personas que están bajo el influjo de este fenómeno. Todos lo estamos. Y lo estamos en todos los ámbitos en los que una persona puede crearse expectativas sobre otra. Piensa acerca de esto un momento, y plantéate sus repercusiones.
Tú y tus expectativas
Yo y mis expectativas; mis expectativas y yo, podemos influir en el comportamiento de otras personas, para bien y para mal. Entonces… Si en mi trabajo tengo a mi cargo varios empleados, voy a tender a comportarme mejor con aquellos de los que espero mejores resultados, y así será. Y también a la inversa con los empleados de los que espero menos.
Y si mi comportamiento es diferente con amistades de las que espero más, mi relación de amistad será mucho mejor con ellas. Y también a la inversa.
Y si mi relación de pareja atraviesa una crisis y creo que no va a mejorar, voy a comportarme de acuerdo a esta creencia, y probablemente contribuya a que así sea. Y al revés.
Y si mi hijo ha traído tres asignaturas suspensas este trimestre y doy por hecho que no va a remontar y repetirá curso, lo más probable es que repita. ¡Y al revés!
¿Eres consciente de la enorme influencia que puedes tener sobre el comportamiento de una persona con tus expectativas sobre ella? ¿De qué estamos hablando?
No es magia, es confianza"
Estamos hablando de CONFIANZA. De la confianza que depositamos en alguien y de la creencia de que podrá alcanzar una meta u obtener un resultado. Creencia que, como hemos visto, contribuye a que se cumpla la profecía. De esta manera, nuestra confianza en las capacidades de una persona nos llevará a comportarnos con esa persona de acuerdo a esa expectativa previa; seremos más cálidos, brindaremos más apoyo, reforzaremos mucho más y mejor sus acciones… contribuyendo, favoreciendo un mejor resultado.
Ahora puedes recordar alguna situación en la que el apoyo recibido fue un elemento importantísimo para que lograras un objetivo, o fue tu confianza la que contribuyó al logro de otra persona.
Ahora sí, eres consciente de que tu confianza y comportamiento puede ser el impulso que alguien necesita para alcanzar un sueño; que cuanta más le aportes, mayor es el impulso y más lejos podrá llegar.
El Efecto Pigmalión no nos salva de encontrarnos con dificultades en la vida pero sí nos ayuda a entender que afrontarlas desde otra perspectiva, modificando nuestras creencias y manteniendo la confianza puede marcar la diferencia, diferencia que nos puede llevar mucho más lejos.
Puedes llevar mucho más lejos a tus empleados, tus compañeros, tus alumnos, tus amigos, tus padres, tus hermanos, tus hijos… y A TI, porque efectivamente, tus expectativas sobre ti mismo también están bajo el influjo del Efecto Pigmalión, recuerda:
Tanto si crees que puedes como si no, estás en lo cierto
Rovira, A. (2006). Superarse con el Efecto Pigmalión. El País Semanal. Recuperado de https://elpais.com/diario/2006/09/17/eps/1158474420_850215.html
Gargantilla-Madera, P., Arroyo-Pardo, N. y Madrigal, J.F. (2016). ¿Existe el Efecto Pigmalión entre los residentes? Revista de la Fundación Educación Médica, 19(1). Recuperado de http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2014-98322016000100002
Artículo escrito por María Martín Pinero
¿Qué es la neuropsicología?
Es la rama de la psicología que se ha especializado en el funcionamiento del cerebro y en los procesos cognitivos y mentales que se producen a ese nivel.
El neuropsicólogo, por tanto, ¿Qué es? ¿Qué problemas o dificultades trata?
El neuropsicólogo es un psicólogo que se ha especializado en el funcionamiento del cerebro y en los procesos cognitivos de las personas. Estos procesos cognitivos van desde la atención a la memoria, el aprendizaje, la percepción, lenguaje, el pensamiento, o las funciones ejecutivas entre otros.
Pero no solo se ha especializado en estos procesos, sino también aborda los problemas emocionales o de conducta que pueden surgir tras un daño cerebral.
Su principal cometido es ayudar a que las personas recuperen y mantengan buenas habilidades para la vida diaria, que ayudan a que su calidad de vida sea mucho mejor.
Entonces, ¿Quienes acuden a un neuropsicólogo?
Al neuropsicólogo puede acudir cualquier persona que haya sufrido un daño cerebral tanto de nacimiento como sobrevenido (después de nacer). Hablamos de un ictus, un traumatismo craneoencefálico, epilepsias, o con demencias (Alzheimer, Parkinson, ect) entre otros.
También quienes presentan alguna dificultad, como por ejemplo que se les olvidan cosas o que “piensan mas lento que antes”, y que piden una evaluación para descartar posibles patologías.
¿Cómo actúa un neuropsicólogo?
Actúa como cualquier psicólogo. Por norma general se suele hacer una entrevista preliminar con el paciente y/o sus familiares para conocer porque acuden a consulta. Posteriormente se realiza una o varias sesiones de evaluación y se diseña un plan de tratamiento consensuado tanto con el paciente como con los familiares. Y claro, se comienza el tratamiento.
¿En qué consiste el tratamiento?
Depende de las dificultades o déficits del paciente. Cada tratamiento es personalizado, en función de las necesidades de cada cual; no hay dos personas iguales, por lo que no hay dos tratamientos iguales.
Normalmente se suele actuar sobre los problemas que limitan más la vida cotidiana y/o sobre procesos que se consideran básicos (como la atención o la memoria). Por ejemplo, con un paciente se puede empezar a tratar y mejorar la memoria a medio plazo para posteriormente enseñarle otra vez a leer, mientras que en otro caso primero se le enseña a leer para después potenciar su toma de decisiones.
Este tratamiento se lleva a cabo a través de ejercicios. Estos ejercicios implican a uno o a varios procesos mentales, y van desde el nivel más básico al más alto, dependiendo en todo caso de la situación de cada persona. Cada ejercicio debe estar adaptado a cada caso particular, por lo que el profesional debe saber muy bien que procesos quiere potenciar o trabajar en cada momento y con qué nivel de dificultad.
Un ejemplo de ejercicio es el tachar figuras en una hoja; este consiste en presentar una hoja con figuras diferentes (desde figuras geométrica a letras o cosas), pidiéndole a la persona que tache las repetidas o bien los animales que vea. Con este tipo de ejercicio se puede trabajar muchos procesos, desde la atención y el rastreo visual (buscar con la mirada en la hoja), a la memoria y el lenguaje (distinguir letras o animales).
Otro ejemplo de ejercicio que se realiza en consulta, y que tiene más dificultad, es presentar situaciones al paciente que requieran una solución. Se le puede plantear desde “no hay leche en la nevera, ¿Qué hacemos?” hasta “tenemos un fin de semana libre, planifica que te apetece hacer”. Este tipo de tareas aborda el análisis de situaciones, la planificación y la toma de decisiones. Se trabaja con la persona para que analice que sucede, que posibles soluciones hay, que implicaciones tienen, analizar cuál es la mejor solución, y planificar su aplicación. A este respecto, uno de los ejercicios que suele gustar a la gente consiste en hacer una receta de cocina (de la más sencilla a más elaborada); aunque no lo parezca, es una actividad que implica muchos recursos y habilidades cognitivas.
Todos estos ejercicios necesitan esfuerzo y dedicación, por lo que siempre se mandan tareas para hacerlas en casa, ya que es fundamental que se trabaje todos los días para mejorar. Este trabajo en casa depende de las circunstancias de cada persona, y de la ayuda de los familiares.
Has hablado varias veces de los familiares, ¿Por qué?
Los familiares son fundamentales. Además, un neuropsicólogo no solo trata a los pacientes, sino también está para ayudar a los familiares.
Hay que entender que estos reciben una gran carga cuando una persona sufre un daño cerebral, ya que en muchos casos tienen que cuidarla, atenderla y estar pendiente 24 horas al día. Muchas veces los familiares no saben qué le sucede al paciente y porque actúa de esa manera, o sufren los problemas de conducta que a veces aparecen.
Es por ello que una de las labores importantes del neuropsicólogo es apoyar a la familia. Este apoyo va desde explicar por qué la persona se comporta así, a escucharles y servir de vía de alivio de la presión y cansancio que se sufre cuando hay que estar 24 horas atendiéndole.
Los familiares son, en la gran mayoría de casos, los que traen a las personas a consulta porque han detectado los problemas o dificultades. Y son los que ayudan en casa para que se realicen las actividades mandadas.
Se ha hablado mucho de ejercicios para recuperar procesos o habilidades, pero las personas que sufren una demencia ¿en qué se pueden beneficiar?
Desgraciadamente no hay un tratamiento que haga que estas personas mejoren o recuperen lo que han perdido, ya que están inmersas en un proceso degenerativo. Pero lo que sí se puede lograr es que ese deterioro vaya más lento y que ganen tiempo y, sobretodo, calidad de vida.
Artículo escrito por Rafael Escalera
La mujer, durante el embarazo y tras el parto, sufre una serie de alteraciones bioquímicas y psicológicas que repercuten en la aparición de trastornos en el estado de ánimo y, en especial, la depresión postparto. A pesar de que no se conocen con exactitud los orígenes de estas alteraciones posteriores al parto, es importante considerar su posible influencia en la madre, el bebé y la familia en su conjunto. La maternidad, sea por primera vez o no, cambia la vida y esta transformación no siempre es sencilla ni equiparable entre las mujeres. Por ello, vamos a tratar de ir aclarando algunos aspectos relacionados con la depresión postparto.
¿Qué es la depresión postparto?
La depresión postparto, ya sea leve o mayor, se caracteriza porque la madre experimenta un estado de ánimo triste persistente, cambios en el apetito, pérdida de concentración, sentimientos de estar retraída o desconectada, agitación, falta de interés o placer con la mayoría de actividades, cansancio e irritabilidad hacia el bebé y el resto de la familia. Frecuentemente, las madres que se encuentran en esta situación pueden sentirse extrañas; y es normal ya que la sociedad y la cultura tienden a considerar el embarazo y el nacimiento del bebé como un acontecimiento positivo, sinónimo de alegría. Entonces, ¿qué ocurre si la persona experimenta un estado de ánimo bajo/se encuentra triste tras el parto? Fácilmente podrían padecer incomprensión e, incluso, sentirse juzgadas negativamente por su entorno. Por este motivo, las madres en esta situación podrían evitar hablar abiertamente de su estado emocional con familiares y médicos. Así, resulta fundamental reconocer que esto puede ocurrir tras dar a luz y que se puede cambiar la situación.
¿Por qué se produce la depresión postparto?
En relación a sus orígenes, se han planteado diversas explicaciones acerca de la depresión postparto desde las perspectivas biológica, psicológica y social:
Desde la perspectiva biológica, se ha tratado de explicar por un descenso de la hormona tiroidea y también de los niveles de triptófano en el organismo.
Por su parte, la psicología pone el acento en la influencia de tener antecedentes personales y familiares de depresión así como disponer de modelos de maternidad exigentes, poco flexibles y con escasa adaptación a la situación particular de cada madre.
Finalmente, a nivel social, se ha señalado la percepción de falta de apoyo y también el hecho de experimentar situaciones de cambio inesperadas que coincidan con el momento del embarazo.
No obstante, este tipo de alteraciones tras el parto no deberían de extrañarnos mucho, ya que a lo largo de la vida las mujeres están especialmente expuestas a cambios hormonales que afectan a su estado de ánimo. Concretamente, durante todos los meses del ciclo menstrual y también en la menopausia la mujer sufre cambios bioquímicos constantes que afectan a su regulación emocional y no se debe olvidar que el parto no dejar de ser otro momento de especial vulnerabilidad a este respecto.
Con la llegada de los hijos, la pareja comienza a formar una familia, dentro de la cual se van a experimentar nuevos tipos de vínculos afectivos. Esta transformación requiere de bastante improvisación ya que las pautas anteriores al nacimiento de un bebé pueden no servir igual. De esta forma la pareja entra en una nueva fase de desarrollo, cambian profundamente las tareas a realizar, la orientación para el futuro y los papeles a desempeñar; ahora ambos tienen oportunidades nuevas para obtener satisfacciones pero también aparecerán tensiones que durarán hasta que el sistema familiar consiga alcanzar de nuevo un equilibrio.
Al tener un bebé se debe debe hacer “sitio emocional” al nuevo integrante. Mientras que cada miembro de la pareja era antes el producto de diferentes familias, con sus costumbres, ahora ambos se encuentran unidos por un hijo en común y, en ocasiones, las crecientes responsabilidades derivadas de tener un bebé en la familia pueden sobrepasarles, pudiendo derivar en una depresión postparto de la madre. No obstante, las dificultades tras el parto no se limitan solamente a ella; a menudo se olvidan los problemas que el padre también se plantea con la llegada del bebé (más responsabilidades, dificultad para mantener la intimidad con la pareja, temor a sentirse desplazado por el vínculo madre-bebé, etc). En definitiva, cada nueva fase de la vida de su hijo implica no sólo nuevas tareas, sino también cambio, diversidad y una novedosa aventura en el ejercicio de ser padres.
Con todo, ante cualquier dificultad que pueda surgir a la hora de desempeñar este nuevo rol es aconsejable pedir ayuda y apoyo profesionales ya que, lo que son tanto la madre como el padre, sus características personales y la forma en la que se relacionan entre sí va creando una dinámica familiar, así como una estructura vital, que influirán en el niño.
¿Qué se puede hacer ante la depresión postparto?
Generalmente, estas alteraciones del estado de ánimo tras el parto son transitorias. Por ello, lo importante es que las madres sepan que les puede ocurrir (tanto con el primer hijo como con los posteriores) y que no se alarmen o culpen por ello. En todo caso, si se apreciaran ya algunos síntomas de depresión postparto, el hecho de acudir a una terapia psicológica puede proporcionar información, tranquilidad y herramientas apropiadas tanto a la madre como a la familia a la hora de hacer frente a esta situación tras el nacimiento de un bebé. Además, es importante tener muy presente que en las primeras semanas posteriores al parto es habitual que se encuentren especialmente sensibles, experimentando por ello inseguridad; en caso de prolongarse mucho tiempo y de afectar a su calidad de vida sería igualmente recomendable buscar ayuda profesional.
Artículo escrito por Irene Jiménez.

