¿Quién no ha sufrido celos alguna vez? Desde que empezamos a tener conciencia del mundo que nos rodea, los celos nos acompañan. Todo empieza cuando de niños celamos a nuestros hermanos por adquirir la atención de nuestros padres y nos frustramos por ese cariño que consideramos superior al que nos dan a nosotros. Podemos sentir celos también de amigos, compañeros de clase o trabajo, o bien de familiares. Sin embargo, es una de las emociones que está más presente en las relaciones de pareja, en las cuales puede ir poco a poco creando un malestar psicológico y social en ambos miembros, que conduzca en algunos casos en agresiones físicas.
En 1991, Salovey definió los celos como una emoción que surge ante la sospecha (real o imaginaria) de amenaza a una relación considerada valiosa. Aludiendo a esta definición, tener celos sería algo normal cuando una persona realmente te importa y no quieres perderla, o incluso podría considerarse una emoción necesaria para demostrar el amor hacia ella. Frases como “si siente celos es porque realmente te quiere” o “soy celos@ porque te quiero y no quiero perderte” son propias de las parejas en las que esta emoción está presente. Pueden estar infundados o no, pero detrás estaría presente la inseguridad, falta de autoestima y desconfianza.
¿A partir de qué punto se convierten los celos en algo patológico?
No está establecido el límite que separe los celos normales de los patológicos. No obstante, estos últimos están definidos como un trastorno caracterizado por la preocupación excesiva e irracional ante la posibilidad de una infidelidad, que altera emocionalmente al sujeto llevándole a la realización de conductas de comprobación con el fin de controlar a su pareja. La principal diferencia entre ambos sería la reacción ante la amenaza. A este respecto cabe destacar que la aparición de los celos podría reflejarse en la inseguridad y baja autoestima de quien los presenta, considerándose inferior a esa tercera persona que supuestamente amenaza su relación, provocándole el miedo intenso de perder a su pareja ya que, de un modo u otro, este tipo de personas suelen ser muy dependientes.
Molière
El celoso ama más, pero el que no lo es ama mejor.
El sentimiento de posesión (“Eres solo mi@, soy solo tuy@”) como mito del amor, así como forma de expresar el máximo interés hacia la otra persona, es el comienzo de los celos patológicos. Con el deseo de poseer comienza el control obsesivo en el que se tiene que saber dónde, cuándo, con quién y el porqué de los actos de la pareja, llegando incluso a perseguir y acosar llevados por la desconfianza, y restándole así poco a poco su libertad hasta el punto de no poder hacer nada sin la compañía de él/ella. Absolutamente todo es considerado como amenaza para el celoso, el cual tiene su atención focalizada en el miedo, la desconfianza y la inseguridad: “si llega un poco tarde es porque ha estado con alguien”, “si tarda en coger el teléfono es porque está con alguien”, “si le sonríe al camarero es porque le gusta…”
Estas emociones que acompañan a los celos desembocan en sentimientos de tristeza, rabia y enfado, que se van manifestando a lo largo de las discusiones iniciadas por el celoso. En un principio, aparece la tristeza acompañada de frases victimistas como “No me quieres, no soy lo suficiente para ti, si me quisieras no me dejarías sol@ o no hablarías con esa persona”, consiguiendo disminuir el círculo social de su pareja —así como sus actividades o su libertad para vestirse, entre otras cosas— ya que debido al sufrimiento extremo de su pareja esta siente una gran culpabilidad, y si así es la forma de demostrar que realmente quiere estar con ella cede en sus chantajes.
No obstante, los celos continúan y siguen limitando a la otra persona. Al ir produciéndose gradualmente, la víctima de estos no es consciente de que lo que está viviendo son situaciones de maltrato psicológico: el celoso considera que tiene el control absoluto sobre su pareja, ya consiguió el “eres mi@”, pero su inseguridad y su desconfianza continúan persiguiendo todo aquello que escape de su control. Es ahí, cuando la rabia y la agresividad se apoderan de las discusiones, desembocando en episodios de violencia de género.
Llegados a este punto, hay cosas difíciles de entender: si tienes miedo de perder a quien quieres, y sientes celos de terceras personas que podrían ser una amenaza, ya sea porque te sientes inferior o porque eres desconfiad@... ¿Por qué no mejoras tu autoestima? ¿Por qué no trabajas tu seguridad? ¿Por qué no pides ayuda? No solo estás sufriendo tú, también esa persona a la que tanto quieres. Amar no es poseer, amar no es controlar. En el mismo momento en el que se comienza a controlar todo lo que rodea a la victima de los celos (vestimenta, amigos, lugares, horarios, etc.) deja de ser persona para convertirse en objeto. Porque a las personas no se les puede poseer y a los objetos sí.
Ligerezas como el aire son para el celoso fuertes confirmaciones, como un testimonio de las Sagradas Escrituras.
Artículo escrito por Eliana Benguigui
Últimamente no paran de verse noticias en las que presenciamos, de alguna manera, la violencia que existe en el mundo. Esta violencia se ejerce en todas sus formas —tanto físicas y psicológicas como también estructurales, caso de la pobreza— según el indicador AROPE 2004-2016, que mide el riesgo de pobreza y exclusión; lo componen tres factores: baja intensidad de empleo, pobreza y carencia o privación material (PMS) (http://www.eapn.es/estadodepobreza/graficos-2017.php).
Estos datos confirman que, cada vez más, existen mayores diferencias socio-económicas y culturales entre las personas. Esta diferencia que se establece en la sociedad y que, a su vez, es una forma de violencia (como hemos dicho anteriormente) de tipo estructural, resulta difícil de detectar y reconocer, pues no se ejerce directamente y además es muy prolongada en el tiempo. En la situación que el mundo está sufriendo actualmente, existen dos grupos principales que crean esta pobreza: uno sería el de aquellas personas con grandes capitales formados por numerosos patrimonios, empresas, otras inversiones y con grandes ambiciones de aumentar su poder.
El segundo grupo es el formado por los trabajadores/as que cuentan con menos recursos económicos, menor patrimonio, pero es mucho más numeroso que el anterior.
El gran inversor llega a un país y establece una empresa ofreciendo trabajo con unas condiciones que empeoran lo anterior; en algunas ocasiones, esta diferencia puede ser promovida por la motivación personal del empresario de obtener mayor beneficio y generar menos costes. Ante esta coyuntura, el gran grupo de trabajadores que padecen unas malas condiciones de vida no tiene más opción, por ellos y en muchos casos por sus familias, de aceptar ese trabajo. Negarse puede significar estar más tiempo sin poder traer dinero a casa, y en pocos momentos nos plantearemos el porqué de esas situaciones tan abusivas, por lo tanto la decisión está clara.
Es cierto que en esta situación, protestar para la mejora de las condiciones laborales no te asegura el beneficio a corto plazo —como puede ser la primera nómina que cobres si aceptaras el trabajo—, también es cierto que negarse y tener que protestar es algo que se sale de nuestra zona de confort —espacio psicológico en el que sentimos tener el control de las cosas, situaciones en las que preferimos estar aunque las condiciones no sean muy buenas, permanecemos en ellas porque creemos que es mejor que lo que desconocemos, lo desconocido supone mayor esfuerzo cognitivo—. Supongamos que esa persona se niega a aceptar el trabajo porque las condiciones laborales ofrecidas no son aceptables. Esto puede provocar una reacción que no se espera y es el contagio emocional: cuando varias personas en la misma situación lo ven, esto aumenta las posibilidades de que se susciten reacciones de identificación con quien protesta, pues son normas que prácticamente todos/as hemos establecido, y estamos viendo como se quebrantan de manera injusta ante nuestros ojos.
Si varias personas se oponen a aceptar el trabajo, al empresario no le quedará más remedio que mejorar las condiciones si quiere seguir teniendo el negocio y a sus trabajadores. Es cierto que antes de ello, puede aparecer un pensamiento del tipo: “Si no acepto yo este trabajo seguro que lo cogerá otro y entonces nada servirá”; este pensamiento no es del todo cierto, pues como ya sabemos, en los negocios de mercado “lo que importa es que el cliente quede satisfecho”. En esta ocasión ocurrirá lo mismo; es decir, sin el grupo trabajadores/as no hay negocio y, por lo tanto, no habrá clientes. El trabajador/a sigue y seguirá teniendo más poder de influencia aunque existan intenciones para que este poder no se reconozca.
Por otro lado, cuando toda esa parte de la población acepta el trabajo, se establece que se asumen esas condiciones, y será a partir de ese momento cuando esa sea la norma a seguir.
Hoy en día, parece que las empresas valoran más a un trabajador sumiso y que no proteste que alguien simplemente eficaz en su trabajo; es decir, se reconoce más la actitud dócil y condescendiente que la propia aptitud y destreza en el trabajo. Es por ello que el trabajador que lo que quiere es conversar ese trabajo y estar feliz, modifica su conducta si es preciso para conseguir sus objetivos deseados, lo que le llevará a la conclusión de que debe mantener o adquirir esa actitud para poder trabajar en la empresa y así no tener miedo a ser despedido. Existe lo que definimos como indefensión aprendida en la sociedad, aquí su definición: condición del ser humano o animal que ha aprendido a comportarse pasivamente, con la sensación subjetiva de no poder hacer nada, y que no responde a pesar de que existen oportunidades reales de cambiar la situación aversiva, evitando las circunstancias desagradables o mediante la obtención de recompensas positivas.
Creo que estas situaciones cada vez están siendo más comunes al no existir una educación emocional en la sociedad, a través de la cual podamos conocernos más, saber el potencial que existe en cada uno de nosotros. Una educación para la paz promoviendo más el respeto mutuo, la aceptación de las diferencias, potenciando la cooperación, etc.
Hemos aprendido a lo largo de los años a mantenernos en una posición cómoda y de confort, y a no salirnos de ella protestando ni reclamando pues esto puede general alteraciones como estrés, ansiedad o preocupaciones constantes, y para fortalecer esta creencia nos decimos frases como las mencionadas anteriormente. El libre conocimiento, fomentando la inteligencia emocional, es una fuente de sabiduría que puede disminuir estos problemas de autoestima o de desesperanza e indefensión aprendida en una sociedad.
Artículo escrito por Diego S. Moreno
Probablemente no sepas a qué me refiero cuando menciono el Efecto Pigmalión. Probablemente tampoco sepas quiénes son Rosenthal y Jacobson, ni qué tiene que ver todo esto con la confianza. Sin embargo, estoy segura de que cuando termines de leer este artículo serás capaz de encontrar un ejemplo de efecto Pigmalión que hayas vivido en primera persona o de forma muy cercana: presta atención.
Hace unas cuantas décadas, Rosenthal y Jacobson, psicólogo y directora de escuela, respectivamente, llevaron a cabo un curioso experimento en un grupo de escolares de primaria. El experimento consistía en informar a los profesores de que se realizaría una prueba de capacidades intelectuales a los alumnos para, posteriormente, facilitarles un listado de quiénes eran los estudiantes con capacidades intelectuales superiores, poniéndoles en preaviso de que serían ellos los que obtendrían mejores resultados académicos a final de curso.
Al término del curso resultaron ser, efectivamente, esos alumnos los que mejor resultado presentaron en sus calificaciones. Hasta aquí todo parece lógico, ¿verdad?
¿Y si te dijera que nunca se realizó ninguna prueba a ningún alumno para medir ninguna capacidad?
¿Y si te dijera que los alumnos que supuestamente presentaban mayores puntuaciones en la prueba fueron elegidos completamente al azar sin tener en cuenta ningún tipo de capacidad intelectual?
Entonces, ¿cómo es posible que fueran exactamente esos alumnos los que mejor resultado obtuvieron?
¿Como por arte de magia?
Pues bien, diversos estudios han podido verificar que son las expectativas que se crearon en los profesores acerca del rendimiento de sus alumnos las que contribuyeron a que tuvieran mejores notas. ¿Por qué?
Según Rosenthal, cuatro factores son los que influyen en este hecho ya que:
- Tiende a crearse un clima más cálido entre los estudiantes de los que se espera mayor rendimiento, los profesores son más atentos con ellos.
- Cuando un profesor tiene mayores expectativas sobre un alumno tiende a enseñarle mejor y más cosas.
- Si un profesor espera más rendimiento de un alumno le brinda más oportunidades de respuesta e intervención en sus clases.
- Cuando se espera buen rendimiento de un alumno se le alaba más y se le refuerza positivamente en mayor medida.
Ahora tiene más sentido, ¿verdad? Y nada que ver con la magia…
Pero, ¡ojo!, este Efecto Pigmalión o profecía autocumplida también sucede a la inversa, es decir, peores expectativas sobre el rendimiento también tendrán su efecto en los resultados obtenidos.
Así, el Efecto Pigmalión se define como el efecto que ejercen las expectativas que una persona tiene sobre otra, en el comportamiento de la segunda, tanto en sentido positivo como negativo.
Ahora bien, los profesores y alumnos no son las únicas personas que están bajo el influjo de este fenómeno. Todos lo estamos. Y lo estamos en todos los ámbitos en los que una persona puede crearse expectativas sobre otra. Piensa acerca de esto un momento, y plantéate sus repercusiones.
Tú y tus expectativas
Yo y mis expectativas; mis expectativas y yo, podemos influir en el comportamiento de otras personas, para bien y para mal. Entonces… Si en mi trabajo tengo a mi cargo varios empleados, voy a tender a comportarme mejor con aquellos de los que espero mejores resultados, y así será. Y también a la inversa con los empleados de los que espero menos.
Y si mi comportamiento es diferente con amistades de las que espero más, mi relación de amistad será mucho mejor con ellas. Y también a la inversa.
Y si mi relación de pareja atraviesa una crisis y creo que no va a mejorar, voy a comportarme de acuerdo a esta creencia, y probablemente contribuya a que así sea. Y al revés.
Y si mi hijo ha traído tres asignaturas suspensas este trimestre y doy por hecho que no va a remontar y repetirá curso, lo más probable es que repita. ¡Y al revés!
¿Eres consciente de la enorme influencia que puedes tener sobre el comportamiento de una persona con tus expectativas sobre ella? ¿De qué estamos hablando?
No es magia, es confianza"
Estamos hablando de CONFIANZA. De la confianza que depositamos en alguien y de la creencia de que podrá alcanzar una meta u obtener un resultado. Creencia que, como hemos visto, contribuye a que se cumpla la profecía. De esta manera, nuestra confianza en las capacidades de una persona nos llevará a comportarnos con esa persona de acuerdo a esa expectativa previa; seremos más cálidos, brindaremos más apoyo, reforzaremos mucho más y mejor sus acciones… contribuyendo, favoreciendo un mejor resultado.
Ahora puedes recordar alguna situación en la que el apoyo recibido fue un elemento importantísimo para que lograras un objetivo, o fue tu confianza la que contribuyó al logro de otra persona.
Ahora sí, eres consciente de que tu confianza y comportamiento puede ser el impulso que alguien necesita para alcanzar un sueño; que cuanta más le aportes, mayor es el impulso y más lejos podrá llegar.
El Efecto Pigmalión no nos salva de encontrarnos con dificultades en la vida pero sí nos ayuda a entender que afrontarlas desde otra perspectiva, modificando nuestras creencias y manteniendo la confianza puede marcar la diferencia, diferencia que nos puede llevar mucho más lejos.
Puedes llevar mucho más lejos a tus empleados, tus compañeros, tus alumnos, tus amigos, tus padres, tus hermanos, tus hijos… y A TI, porque efectivamente, tus expectativas sobre ti mismo también están bajo el influjo del Efecto Pigmalión, recuerda:
Tanto si crees que puedes como si no, estás en lo cierto
Rovira, A. (2006). Superarse con el Efecto Pigmalión. El País Semanal. Recuperado de https://elpais.com/diario/2006/09/17/eps/1158474420_850215.html
Gargantilla-Madera, P., Arroyo-Pardo, N. y Madrigal, J.F. (2016). ¿Existe el Efecto Pigmalión entre los residentes? Revista de la Fundación Educación Médica, 19(1). Recuperado de http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2014-98322016000100002
Artículo escrito por María Martín Pinero
¿Qué es la neuropsicología?
Es la rama de la psicología que se ha especializado en el funcionamiento del cerebro y en los procesos cognitivos y mentales que se producen a ese nivel.
El neuropsicólogo, por tanto, ¿Qué es? ¿Qué problemas o dificultades trata?
El neuropsicólogo es un psicólogo que se ha especializado en el funcionamiento del cerebro y en los procesos cognitivos de las personas. Estos procesos cognitivos van desde la atención a la memoria, el aprendizaje, la percepción, lenguaje, el pensamiento, o las funciones ejecutivas entre otros.
Pero no solo se ha especializado en estos procesos, sino también aborda los problemas emocionales o de conducta que pueden surgir tras un daño cerebral.
Su principal cometido es ayudar a que las personas recuperen y mantengan buenas habilidades para la vida diaria, que ayudan a que su calidad de vida sea mucho mejor.
Entonces, ¿Quienes acuden a un neuropsicólogo?
Al neuropsicólogo puede acudir cualquier persona que haya sufrido un daño cerebral tanto de nacimiento como sobrevenido (después de nacer). Hablamos de un ictus, un traumatismo craneoencefálico, epilepsias, o con demencias (Alzheimer, Parkinson, ect) entre otros.
También quienes presentan alguna dificultad, como por ejemplo que se les olvidan cosas o que “piensan mas lento que antes”, y que piden una evaluación para descartar posibles patologías.
¿Cómo actúa un neuropsicólogo?
Actúa como cualquier psicólogo. Por norma general se suele hacer una entrevista preliminar con el paciente y/o sus familiares para conocer porque acuden a consulta. Posteriormente se realiza una o varias sesiones de evaluación y se diseña un plan de tratamiento consensuado tanto con el paciente como con los familiares. Y claro, se comienza el tratamiento.
¿En qué consiste el tratamiento?
Depende de las dificultades o déficits del paciente. Cada tratamiento es personalizado, en función de las necesidades de cada cual; no hay dos personas iguales, por lo que no hay dos tratamientos iguales.
Normalmente se suele actuar sobre los problemas que limitan más la vida cotidiana y/o sobre procesos que se consideran básicos (como la atención o la memoria). Por ejemplo, con un paciente se puede empezar a tratar y mejorar la memoria a medio plazo para posteriormente enseñarle otra vez a leer, mientras que en otro caso primero se le enseña a leer para después potenciar su toma de decisiones.
Este tratamiento se lleva a cabo a través de ejercicios. Estos ejercicios implican a uno o a varios procesos mentales, y van desde el nivel más básico al más alto, dependiendo en todo caso de la situación de cada persona. Cada ejercicio debe estar adaptado a cada caso particular, por lo que el profesional debe saber muy bien que procesos quiere potenciar o trabajar en cada momento y con qué nivel de dificultad.
Un ejemplo de ejercicio es el tachar figuras en una hoja; este consiste en presentar una hoja con figuras diferentes (desde figuras geométrica a letras o cosas), pidiéndole a la persona que tache las repetidas o bien los animales que vea. Con este tipo de ejercicio se puede trabajar muchos procesos, desde la atención y el rastreo visual (buscar con la mirada en la hoja), a la memoria y el lenguaje (distinguir letras o animales).
Otro ejemplo de ejercicio que se realiza en consulta, y que tiene más dificultad, es presentar situaciones al paciente que requieran una solución. Se le puede plantear desde “no hay leche en la nevera, ¿Qué hacemos?” hasta “tenemos un fin de semana libre, planifica que te apetece hacer”. Este tipo de tareas aborda el análisis de situaciones, la planificación y la toma de decisiones. Se trabaja con la persona para que analice que sucede, que posibles soluciones hay, que implicaciones tienen, analizar cuál es la mejor solución, y planificar su aplicación. A este respecto, uno de los ejercicios que suele gustar a la gente consiste en hacer una receta de cocina (de la más sencilla a más elaborada); aunque no lo parezca, es una actividad que implica muchos recursos y habilidades cognitivas.
Todos estos ejercicios necesitan esfuerzo y dedicación, por lo que siempre se mandan tareas para hacerlas en casa, ya que es fundamental que se trabaje todos los días para mejorar. Este trabajo en casa depende de las circunstancias de cada persona, y de la ayuda de los familiares.
Has hablado varias veces de los familiares, ¿Por qué?
Los familiares son fundamentales. Además, un neuropsicólogo no solo trata a los pacientes, sino también está para ayudar a los familiares.
Hay que entender que estos reciben una gran carga cuando una persona sufre un daño cerebral, ya que en muchos casos tienen que cuidarla, atenderla y estar pendiente 24 horas al día. Muchas veces los familiares no saben qué le sucede al paciente y porque actúa de esa manera, o sufren los problemas de conducta que a veces aparecen.
Es por ello que una de las labores importantes del neuropsicólogo es apoyar a la familia. Este apoyo va desde explicar por qué la persona se comporta así, a escucharles y servir de vía de alivio de la presión y cansancio que se sufre cuando hay que estar 24 horas atendiéndole.
Los familiares son, en la gran mayoría de casos, los que traen a las personas a consulta porque han detectado los problemas o dificultades. Y son los que ayudan en casa para que se realicen las actividades mandadas.
Se ha hablado mucho de ejercicios para recuperar procesos o habilidades, pero las personas que sufren una demencia ¿en qué se pueden beneficiar?
Desgraciadamente no hay un tratamiento que haga que estas personas mejoren o recuperen lo que han perdido, ya que están inmersas en un proceso degenerativo. Pero lo que sí se puede lograr es que ese deterioro vaya más lento y que ganen tiempo y, sobretodo, calidad de vida.
Artículo escrito por Rafael Escalera
La mujer, durante el embarazo y tras el parto, sufre una serie de alteraciones bioquímicas y psicológicas que repercuten en la aparición de trastornos en el estado de ánimo y, en especial, la depresión postparto. A pesar de que no se conocen con exactitud los orígenes de estas alteraciones posteriores al parto, es importante considerar su posible influencia en la madre, el bebé y la familia en su conjunto. La maternidad, sea por primera vez o no, cambia la vida y esta transformación no siempre es sencilla ni equiparable entre las mujeres. Por ello, vamos a tratar de ir aclarando algunos aspectos relacionados con la depresión postparto.
¿Qué es la depresión postparto?
La depresión postparto, ya sea leve o mayor, se caracteriza porque la madre experimenta un estado de ánimo triste persistente, cambios en el apetito, pérdida de concentración, sentimientos de estar retraída o desconectada, agitación, falta de interés o placer con la mayoría de actividades, cansancio e irritabilidad hacia el bebé y el resto de la familia. Frecuentemente, las madres que se encuentran en esta situación pueden sentirse extrañas; y es normal ya que la sociedad y la cultura tienden a considerar el embarazo y el nacimiento del bebé como un acontecimiento positivo, sinónimo de alegría. Entonces, ¿qué ocurre si la persona experimenta un estado de ánimo bajo/se encuentra triste tras el parto? Fácilmente podrían padecer incomprensión e, incluso, sentirse juzgadas negativamente por su entorno. Por este motivo, las madres en esta situación podrían evitar hablar abiertamente de su estado emocional con familiares y médicos. Así, resulta fundamental reconocer que esto puede ocurrir tras dar a luz y que se puede cambiar la situación.
¿Por qué se produce la depresión postparto?
En relación a sus orígenes, se han planteado diversas explicaciones acerca de la depresión postparto desde las perspectivas biológica, psicológica y social:
Desde la perspectiva biológica, se ha tratado de explicar por un descenso de la hormona tiroidea y también de los niveles de triptófano en el organismo.
Por su parte, la psicología pone el acento en la influencia de tener antecedentes personales y familiares de depresión así como disponer de modelos de maternidad exigentes, poco flexibles y con escasa adaptación a la situación particular de cada madre.
Finalmente, a nivel social, se ha señalado la percepción de falta de apoyo y también el hecho de experimentar situaciones de cambio inesperadas que coincidan con el momento del embarazo.
No obstante, este tipo de alteraciones tras el parto no deberían de extrañarnos mucho, ya que a lo largo de la vida las mujeres están especialmente expuestas a cambios hormonales que afectan a su estado de ánimo. Concretamente, durante todos los meses del ciclo menstrual y también en la menopausia la mujer sufre cambios bioquímicos constantes que afectan a su regulación emocional y no se debe olvidar que el parto no dejar de ser otro momento de especial vulnerabilidad a este respecto.
Con la llegada de los hijos, la pareja comienza a formar una familia, dentro de la cual se van a experimentar nuevos tipos de vínculos afectivos. Esta transformación requiere de bastante improvisación ya que las pautas anteriores al nacimiento de un bebé pueden no servir igual. De esta forma la pareja entra en una nueva fase de desarrollo, cambian profundamente las tareas a realizar, la orientación para el futuro y los papeles a desempeñar; ahora ambos tienen oportunidades nuevas para obtener satisfacciones pero también aparecerán tensiones que durarán hasta que el sistema familiar consiga alcanzar de nuevo un equilibrio.
Al tener un bebé se debe debe hacer “sitio emocional” al nuevo integrante. Mientras que cada miembro de la pareja era antes el producto de diferentes familias, con sus costumbres, ahora ambos se encuentran unidos por un hijo en común y, en ocasiones, las crecientes responsabilidades derivadas de tener un bebé en la familia pueden sobrepasarles, pudiendo derivar en una depresión postparto de la madre. No obstante, las dificultades tras el parto no se limitan solamente a ella; a menudo se olvidan los problemas que el padre también se plantea con la llegada del bebé (más responsabilidades, dificultad para mantener la intimidad con la pareja, temor a sentirse desplazado por el vínculo madre-bebé, etc). En definitiva, cada nueva fase de la vida de su hijo implica no sólo nuevas tareas, sino también cambio, diversidad y una novedosa aventura en el ejercicio de ser padres.
Con todo, ante cualquier dificultad que pueda surgir a la hora de desempeñar este nuevo rol es aconsejable pedir ayuda y apoyo profesionales ya que, lo que son tanto la madre como el padre, sus características personales y la forma en la que se relacionan entre sí va creando una dinámica familiar, así como una estructura vital, que influirán en el niño.
¿Qué se puede hacer ante la depresión postparto?
Generalmente, estas alteraciones del estado de ánimo tras el parto son transitorias. Por ello, lo importante es que las madres sepan que les puede ocurrir (tanto con el primer hijo como con los posteriores) y que no se alarmen o culpen por ello. En todo caso, si se apreciaran ya algunos síntomas de depresión postparto, el hecho de acudir a una terapia psicológica puede proporcionar información, tranquilidad y herramientas apropiadas tanto a la madre como a la familia a la hora de hacer frente a esta situación tras el nacimiento de un bebé. Además, es importante tener muy presente que en las primeras semanas posteriores al parto es habitual que se encuentren especialmente sensibles, experimentando por ello inseguridad; en caso de prolongarse mucho tiempo y de afectar a su calidad de vida sería igualmente recomendable buscar ayuda profesional.
Artículo escrito por Irene Jiménez.
La sexualidad es una extensión más del ser humano, forma parte del buen desarrollo y la calidad de vida de las personas. Es por esto que la industria del cine ha encontrado el nicho de mercado perfecto para poder enriquecerse a su costa.
La Real Academia Española define la pornografía como “la presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación”. Resulta para sus consumidores una herramienta erógena más para experimentar placer y ampliar la vida sexual de forma individual o en pareja. El problema surge cuando el contenido de estas presentaciones no se ajusta con la práctica real del acto, afectando seriamente en el desarrollo sexual y afectivo de niños y adolescentes, y produciendo numerosas patologías y disfunciones sexuales en adultos.
Aunque existen diversos tipos de pornografía así como diferentes categorías a gusto del consumidor, la mayoría de la pornografía heterosexual que se oferta tiene que ver con la exhibición de contenidos sexuales obscenos, explícitos, agresivos y genitalizados que desvirtúan la realidad; en estos el rol que adquiere el hombre suele ser dominante y la mujer sumiso, haciendo de esta un mero objeto sexual, acatadora y complaciente de todos los deseos del compañero, aunque no disfrute con ello. De esta manera se normalizan escenas que promueven el sadomasoquismo, la pedofilia, la zoofilia, el maltrato, la denigración y la violación tanto de forma individual como en grupo.
Puede parecer imposible que toda persona con una buena educación y salud sexual sea susceptible de caer en la tentación de visionar este tipo de contenidos, incluso llegar a excitarse con ellos, pero es mucho más común y fácil de lo que uno piensa. Muchas personas se avergüenzan del tipo de pornografía que consumen, reconociendo como les repercute de manera muy negativa en su vida sexual, sintiéndose tremendamente insatisfechas; pese a ello no pueden evitar preguntarse : “¿Cómo he llegado hasta aquí?”.
Numerosos estudios han confirmado que la pornografía actúa como una droga en nuestro sistema nervioso. Cuando una persona se expone a contenidos sexuales que le excitan y experimenta placer por ello, se activan las mismas áreas corticales que en el consumidor de cualquier droga. De esta forma, nuestro cerebro se va acostumbrando a esa dosis de placer y cada vez necesitará una dosis mayor y más frecuente para generar en la persona el mismo efecto. Así, quien comience visualizando contenidos sexuales realistas y saludables, cada vez necesitará exponerse a estímulos más impactantes, duros, novedosos y llamativos, para que el cerebro pueda producir los mismos niveles de excitación y placer que al principio. Este es el proceso por el cual cualquiera puede desarrollar una adicción a la pornografía, repercutiendo significativamente en salud sexual y mental de la persona que la padece.
La pornografía que lleva consigo estas características también puede causar graves problemas de comportamiento sexual. Al igual que el cerebro se acostumbra a esas escenas duras y novedosas que tanto excitan y placer generan, la persona necesitará interiorizarlas en su repertorio sexual y hacerlas realidad. Esto lleva al hombre a adoptar actitudes y conductas antisociales, siendo más agresivo, punitivo y coercitivo con las mujeres, menos atento a sus preferencias sexuales así como más insensible ante el dolor y el sufrimiento de las víctimas de violación, llevando incluso a fantasear, excitarse y desear llevar a cabo alguna conducta coercitiva. Las mujeres, por el contrario, corren el riesgo de normalizar e interiorizar numerosas prácticas consideradas agresiones graves para sí mismas.
La autoestima y la imagen corporal también puede verse afectada en los espectadores de este tipo de contenidos, pues la perfección corporal y el tamaño de ciertas partes del cuerpo adquiere mucha importancia. Así, muchos hombres sienten frustración por no estar tan bien dotados, musculados o no ser capaces de practicar sexo el mismo tiempo que los actores porno, lo que les lleva a padecer problemas sexuales como disfunción eréctil o eyaculación precoz. Las mujeres sin embargo se ven obligadas a lucir un cuerpo imposible, operado o lo suficientemente perfecto para atraer al sexo opuesto.
Resulta innegable que este tipo de pornografía repercute de manera muy negativa en el ser humano, llegando a producir un número cada vez mayor de casos con trastornos psicológicos graves del tipo de la psicopatía y las parafilias. En la actualidad, la forma más común de acceder a estos contenidos es a través de la red y están al alcance de cualquiera. Existen un sin fin de páginas web de carácter sexual que surge en la pantalla de forma automática sin haber hecho ningún esfuerzo deliberado por buscarlo; por ello, y sabiendo el uso abusivo que hacemos de las nuevas tecnologías, no es difícil que este tipo de estímulos puedan caer en manos de menores que, bien de forma casual, bien de manera voluntaria y por curiosidad, comienzan a tener contacto con la sexualidad a través de estos, sobre todo si no hay un control por parte de los padres en su uso.
Las personas nos desarrollamos y aprendemos a través de la observación directa, absorbiendo del ambiente toda la información que nos rodea. Los niños y adolescentes con poca educación sexual y que se exponen a este tipo de contenidos, además de adoptar conductas sometedoras y sumisas, también tienden a considerar como normales ciertas prácticas sexuales de riesgo como por ejemplo prescindir el uso del preservativo, lo que conlleva numerosos casos de embarazos no deseados y el contagio de enfermedades de transmisión sexual.
Es muy importante prevenir a los más jóvenes acerca de este tipo de contenidos para que adopten actitudes apropiadas y puedan disfrutar de una vida sexual saludable, basada en la realidad, el respeto, la igualdad y la reciprocidad. Algunas de las pautas a llevar a cabo por parte de los padres y educadores son las siguientes:
- Educar a los hijos en sexualidad: muchos padres aún sienten cierto reparo a la hora de hablar con sus hijos al respecto. Una buena educación sexual impartida por personas de confianza es clave para un adecuado desarrollo sexual de niños y adolescentes. Aportarles información acerca las diferencias anatómicas y funcionales de los órganos sexuales masculinos y femeninos, como estos funcionan de forma distinta y a distinto ritmo, la normalización y la naturalidad del acto, el consentimiento por ambas partes de la pareja a la hora de realizar cualquier tipo de práctica sexual, la adopción de actitudes basadas en el respeto y la igualdad, así como la importancia del uso de métodos anticonceptivos para prevenir embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual. A este respecto, resulta muy importante crear en el hogar un ambiente de confianza para poder resolver cualquier duda respecto a la sexualidad, ya que los padres van a ser sin duda la fuente más fiable de información.
- Impartir talleres de sexualidad en los colegios por psicólogos y/o otros profesionales expertos en el campo como prevención de posibles problemas en salud sexual y mental: cada vez más colegios ven necesario impartir educación sexual en sus aulas y se suman a la propuesta aunque aún quedan muchos muros y tabúes por derribar.
- Supervisar todo aquello que los menores visualizan en internet y restringir la aparición en cualquier dispositivo de publicidad con contenido sexual.
- Desmitificar el contenido de la pornografía y el poco paralelismo que existe entre esta y la realidad.
- Acudir al psicólogo en caso de notar cualquier problema de conducta sexual.
Artículo escrito por María Belén Villegas
Hace unos días una compañera me envió este acertijo:
Un padre va en moto, llevando como paquete a su hijo de 10 años. Circulan a gran velocidad en un pavimento deslizante. La moto derrapa. El padre muere y el hijo resulta gravemente herido. Una ambulancia lo traslada al hospital más cercano para ser operado de urgencia.
Una vez allí, avisan al cirujano de guardia; cuando entra en quirófano y ve al niño, exclama: “me siento incapaz de operarlo, es mi hijo”.
Piensa la respuesta…es más sencillo de lo que crees: ¿La tienes?
Esta es la respuesta correcta… La persona que entra al quirófano y afirma que es su hijo, es su madre.
Si has fallado, no te frustres, la gran mayoría de la gente no consigue acertar; de hecho, sólo el 14% de los universitarios que formaron parte del estudio consiguió resolverlo con éxito. La respuesta correcta, a priori, es sencilla, y sin embargo no es la más habitual: ¿Cómo puede ser? La explicación radica en la forma en la que nuestro cerebro trabaja con la información que recibe, llevándonos en este caso al sesgo denominado parcialidad implícita. Para comprender este fenómeno, debemos conocer cómo almacenamos la información.
A lo largo de nuestro desarrollo recibimos multitud de datos y conocimientos que el cerebro no puede procesar por completo. Por ello, dispone de mecanismos que le ayudan a filtrar los contenidos y organizarlos de manera que, cuando volvamos a encontrarnos frente a datos similares, no se vea obligado a procesarlos como novedad y consiga identificar que en el pasado ya se trabajaron. Uno de estos mecanismos es la categorización; es decir, a medida que recibimos información, se van generando grupos que almacenan datos y experiencias semejantes, lo que nos facilita y acelera el procesamiento de la información nueva. De esta manera, cuando recibimos nuevos datos, existe un mecanismo automático que los compara con los que tenemos almacenados. Si son semejantes, se incluyen en la categoría correspondiente y se aceptan como propios de ésta.
Este procesamiento automático nos permite trabajar más rápido con la información que recibimos, disminuyendo el tiempo hasta que tomamos una decisión; ahora bien, no siempre nos ayuda a elegir la respuesta correcta. Cuando esto sucede, a este mecanismo se le denomina sesgo, pues nos guía a elegir una opción no adecuada en función de experiencias anteriores. La respuesta (errónea) que la mayoría de gente proporciona al acertijo inicial se explica por uno de estos sesgos: la parcialidad implícita o inconsciente.
Este sesgo, proveniente del procesamiento automático e intuitivo es responsable de parte de la formación de prejuicios. ¿Qué prejuicio se esconde detrás de este acertijo? Que los médicos son hombres. En el estudio inicial, existían respuestas tan insólitas como que el padre se reencarnaba en el médico, antes de decir que la cirujana era la madre; aunque, si queremos rizar más la cuestión, también podría establecerse otro prejuicio: poca gente responde que el médico es el otro padre del menor (si se tratase de un matrimonio homosexual).
¿Cómo es esto posible?
Ya hablamos anteriormente de la categorización, mecanismo que nos facilita el procesamiento de la información. Ligado a este concepto se encuentran los esquemas: generalizaciones que nos ayudan a manejar la información. Estos esquemas se forman desde la infancia y adquieren un gran poder en la forma en que categorizamos y analizamos todas las experiencias de nuestra vida. Y no se limitan exclusivamente a cuestiones de género, sino que también existen esquemas relativos a la etnia, religión, estatus socio-económico… Es decir, nuestra percepción y procesamiento de la información viene filtrada por nuestras experiencias y aprendizaje en la infancia; de esta forma, cuando intentamos resolver el acertijo pensamos alternativas que casi siempre involucran a un hombre, porque estamos acostumbrados a que la figura del cirujano sea masculina.
Es tal la repercusión que los esquemas cognitivos y la categorización tienen en nuestra forma de procesar la información, que el Departamento de Justicia de EE.UU. ha decidido comenzar un plan de formación en sus agentes y funcionarios sobre la parcialidad implícita. Conocer este mecanismo nos ayuda a ser conscientes de que nuestras decisiones, cuando son tomadas por la vía inconsciente, no siempre son las más adecuadas debido a los sesgos cognitivos.
Como se mencionaba al principio, la información que recibimos a lo largo del día es inmensa, y nuestro cerebro ha de disponer de mecanismos que le faciliten su procesamiento. Sin dichos mecanismos, nos sería imposible atender a toda la estimulación a la que estamos expuestos, con lo que su existencia nos facilita la comprensión del mundo que nos rodea, haciéndonos capaces de tomar decisiones en un tiempo menor. Por tanto, el hecho de que en ocasiones nos lleven a dar respuestas sesgadas no implica que su existencia no sea beneficiosa en términos generales. Estos mecanismos nos ayudan, además, a dotar de estabilidad nuestra percepción del mundo y hacernos ser más eficientes en nuestro día a día.
Dado que la formación de dichos esquemas se produce de forma cultural y en base a nuestra experiencia, el hecho de ser conscientes de estos sesgos y de propulsar un cambio cultural en ciertas cuestiones (como la relativa al género, la etnia o los prejuicios en general) puede provocar que, a largo plazo, disminuyan estos esquemas sesgados y la respuesta al acertijo que proporcione la mayoría de la gente sea la adecuada.
BIBLIOGRAFÍA
Guilar, M. E. (2009). Las ideas de Bruner: de la revolución cognitiva a la revolución cultural. Educere, 13(44), 235-241.
Artículo escrito por Alba Verdugo"
Empecemos con un pequeño experimento: si accedemos a Google y buscamos
“pensamiento positivo”, nos aparecen unas 2.630.000 entradas. Sin embargo si realizamos la misma operación escribiendo “pensamiento negativo”, tan solo nos aparecen 583.000 resultados, de los cuales un gran porcentaje son consejos para tratar de reducirlos o transformarlos en sus antagónicos.
Todo lo anterior es un reflejo de nuestra sociedad, en la que estamos constantemente bajo la influencia de mensajes positivos. Desde que nos levantamos todo está envuelto en frases como “procura despertar cada mañana con la idea de que algo maravilloso está a punto de suceder” pero, ¿qué pasa si no ocurre nada espectacular o maravilloso ese día? Otra de las frases que podemos encontrar es “hoy es un buen día para sonreír”, ¿y si no me apetece sonreír ese día? ¿y si ese día me diagnostican alguna enfermedad? ¿y si ese día tengo una sesión más de quimioterapia? Nos encontramos en una sociedad que no permite el fracaso, ni siquiera permite la enfermedad por el parón que supone a nuestra cotidianeidad.
Toda pérdida es un duelo, por tanto la pérdida de salud y de nuestro ritmo de vida a raíz de una enfermedad como es el cáncer también se puede considerar como tal. Si nos basamos en esa premisa, como todo duelo y con el objetivo de que no se patologice, se debe pasar por todas sus fases, incluso por aquellas que susciten sentimientos considerados como negativos; debemos pasar por días en los que nos levantemos una mañana y no queramos sonreír o que no esperemos algo maravilloso ese día.
Tanto es así que la American Cancer Society propone que en el transcurso de la enfermedad sentimientos como la rabia, la depresión, la ansiedad, la tristeza, el miedo o la culpabilidad se consideran normales. El problema viene cuando el paciente no se permite tenerlos por la presión externa de la sociedad que le recuerda lo positivo que se debe encontrar en todo momento. Además, tal y como se indica desde esta institución, esta represión deriva en sentimientos de soledad, al no sentirse comprendido, y más aún, en sentimientos de culpabilidad o de castigo por levantarse una mañana y no ver a través de esa óptica. En cierto modo se delega la responsabilidad del transcurso de una enfermedad en los pacientes cuando su etiología nada tiene que ver con eso.
Elisabeth Kübler-Ross, psiquiatra suizo-estadounidense, estableció en su libro Sobre la muerte y los moribundos (1969) cinco etapas de duelo que se pueden aplicar tanto para una pérdida como para un diagnóstico de enfermedad, si bien cabe destacar que no siempre se producen en este orden ni duran lo mismo para todas las personas. Estas etapas se dividen en:
Negación → “Esto no me está pasando”. Se usa la negación de la realidad como mecanismo de defensa ante un fuerte impacto emocional.
Ira → ”¿Por qué a mí? Es injusto”. Cuando se empieza a asumir el golpe, se expresa a través de la ira, ya sea hacia objetos o hacia el círculo social más cercano. El paciente en ocasiones es consciente de que no es racional, sin embargo la emoción domina, lo que genera mayores sentimientos de culpa y por consiguiente mayor enfado.
Pacto o negociación → “¿Y si hubiera… habría pasado esto?”. Se produce por la necesidad de volver a tener el control de una situación. También se puede dar una negociación con Dios o un ser superior: “si me curo, rezaré cada día”.
Depresión → “¿Por qué seguir?”. En esta fase se empieza a tener un mayor grado de conciencia acerca lo que está ocurriendo. Surgen fuertes sentimientos de tristeza, miedo o incertidumbre, que en ocasiones dan lugar a aislamiento; al paciente le apetece estar solo o bien más callado en situaciones sociales.
Aceptación → “Está pasando y tenemos que prepararnos para lo que viene”. En esta etapa final el paciente hace las paces consigo mismo, aprende a convivir con esa pérdida, la acepta y, a pesar de que puede que siga doliendo, se permite sentir ese dolor y lo gestiona de una manera más funcional que en las fases anteriores.
Tras el desglose de estas etapas, ¿qué sentido tiene tratar de empezar por la última?¿quizás intentar hacer esto provoca que consigamos justamente lo contrario, no superar —o no llegar nunca a sobrellevar— la enfermedad? Se ha demostrado que una actitud positiva no sirve de cura para un cáncer, quizás su bienestar emocional y mental mejore, pero desde luego lo contrario no le mata, por lo tanto permitámonos estar decaídos alguna vez, permitámonos llorar, dejemos que tanto los cuidadores como los pacientes experimenten esos llamados sentimientos negativos.
Barbara Ehrenreich, ensayista estadounidense, se hace eco de esto en su obra Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo. Diagnosticada de cáncer de mama hace 10 años, se dio cuenta de que la expresión “no estoy bien” no era posible, que cuando sentía enfado, miedo o pesimismo no encontraba un lugar donde expresarlo. Cuenta que todo lo que la rodeaba tras el diagnóstico eran lazos rosas, asociaciones, grupos de apoyo, páginas web y revistas mensuales que simplemente transmitían el mismo mensaje: “ánimo”, cuando lo que necesitaba en ese momento era otra persona que le dijese: “esto es horrible”.
¿Cuántas personas podrían sentirse así? Pensemos un segundo en nuestro estado cuando perdemos a un ser querido, y ahora imaginemos que nos imponen secarnos las lágrimas y salir cada día con una sonrisa de oreja a oreja, y que si no lo haces parece que estás fallando a tu familia, tus amigos o incluso a la enfermera que cada día te acompaña en la lucha. Debemos permitirnos sentir más en esta sociedad en la que vivimos, y sobretodo debemos reconciliarnos con sentimientos como la tristeza, la frustración, el enfado, la decepción… Ojalá algún día podamos ser capaces de contestar “no estoy bien” un “¿qué tal?”.
Artículo escrito por Eduardo Segura
Para comenzar se va a definir brevemente qué se entiende por miedo y por violación:
El miedo es una emoción primaria y desagradable provocada por la sensación de poder sufrir posibles peligros, reales o supuestos, en el presente, en el pasado o en el futuro. Dicha emoción produce cambios fisiológicos, psicológicos y bioquímicos.
La violación es el mantenimiento de relaciones sexuales sin el consentimiento de la otra persona, o con el consentimiento obtenido mediante coacción verbal o forzada (sin importar el grado de relación que mantenga con el violador).
Es importante destacar que España actualmente se encuentra en la cola de la Unión Europea en cuanto a denuncias de violación, es decir, que la gran parte de las que se producen no se denuncian. Además, hay que tener presente que la frecuencia es de una violación cada ocho horas en nuestro país.
De esta manera, el tema a tratar es el miedo ante el peligro real que sufren las víctimas en dichas situaciones y las posibles respuestas que pueden surgir del mismo: la lucha, la no resistencia y desconexión de la realidad. En todos estos casos la víctima padece un intenso miedo a sufrir un grave daño físico o mortal, a lo que se le añaden sensaciones de desesperanza e impotencia al no poder escapar, o bien evitar, dicha situación.
Entre el tipo de respuestas encontramos la de lucha por parte de la víctima, enfrentándose a su agresor y oponiéndose al mismo. Esta es la respuesta más esperada por parte de la población cuando se escucha que se ha cometido una violación, y la que tiene más peso al existir marcas de resistencia. Dentro de la respuesta sin lucha, puede ocurrir que la víctima sienta un bloqueo involuntario de su cuerpo (conocido como inmovilidad tónica+) al sentir un miedo intenso, que puede desembocar en una sensación de debilidad, pudiendo llegar a desmayarse. Además, dentro de la falta de resistencia física podría suceder que, con el fin de evitar más sufrimiento, se quede inmóvil y a la espera de que todo termine lo antes posible.
Por último, podría también producirse la desconexión de la realidad (es decir, una disociación) de las horribles sensaciones y emociones que se producen en esta situación, dejando que la mente esté en otro lugar alejado de su ataque. En estos casos no existirían pruebas físicas que demostraran la violación, lo cual no significa que no se haya producido, sencillamente las personas estarían respondiendo al miedo de la manera más adaptativa que su cuerpo les permite.
Tras señalar las posibles respuestas que pueden desencadenarse ante esta clase de ataque, sería conveniente remarcar el sentimiento de vergüenza y culpabilidad que podría dar lugar a no denunciar; es más, en caso de producirse la denuncia serían peor vistas y menos creíbles aquellas que no se resistieron. Llegados a este punto es necesario destacar que suelen percibirse y juzgarse de manera más contundente a las mismas víctimas, pudiendo ser objeto de preguntas como: ”¿Qué llevabas puesto cuando te violaron? ¿Qué hiciste después de la violación? ¿Seguiste tu vida normal?…“ Lo que puede desembocar en un empeoramiento de su estado. Contrariamente a lo que se pensaría, las víctimas son plenamente conscientes de que esto puede ocurrir si denuncian, y ante la posibilidad de tener que soportar estas conductas por parte de aquellos que deberían protegerlas, resultan bastante obvios los motivos para no denunciar.
Por tanto, no puedo evitar preguntarme:¿Por qué se cuestiona más a las víctimas en esta clase de delitos?
Es importante tener presente, además, que si se llevara a cabo el proceso judicial, es posible que desembocara en una victimización secundaria, pues al tener que recibir una atención multidisciplinar (de policías, de jueces, de fiscales y de médicos forenses) se produciría un reforzamiento del estresor a nivel psíquico, al tener que reexperimentar el suceso traumático en el juicio.
Existe la posibilidad de que pueda producirse un Trastorno de Estrés Agudo (hasta la cuarta semana después del suceso estresante) o un Trastorno de Estrés Postraumático (de la cuarta semana en adelante), que son cuadros de ansiedad que pueden sufrir las personas ante sucesos altamente estresantes en los que se ponen en peligro la integridad física de uno mismo o de los demás. Sin embargo, a pesar de lo señalado hasta el momento, no siempre van a producirse estos trastornos o la victimización secundaria, pues se puede hacer frente a dichos ataques sin que se den las consecuencias mencionadas.
Para terminar vamos a realizar un breve resumen de lo presentado. Las respuestas de miedo ante las violaciones son diversas: de enfrentamiento al atacante, sin resistencia por inmovilización tónica o bien por evitación de un mayor daño, y de disociación. Todas son normales en aquellas personas que sufren una violación, pues en ningún momento son dueñas de sus reacciones corporales, ya que el cuerpo, ante una situación de miedo intenso, genera cambios a nivel fisiológico, psicológico y bioquímico. Es importante tener presente que las consecuencias de la violación se pueden alargar en el futuro, tanto física como sobre todo psicológicamente, aunque no siempre va a tener que ocurrir esto.
Finalmente, veo importante remarcar que a la hora de atender judicialmente a una víctima de violación, con todo lo que ello conlleva, sería deseable que dicha atención sea integra, no remarcando o culpabilizando a la persona por su aspecto ese día o las conductas realizadas antes, durante y después del suceso. Lo deseable sería hacer lo más fácil y menos traumático posible estos trámites legales, además de intentar ayudar a conseguir una rápida recuperación de la persona, para que consiga llevar una vida lo más plena posible.
A continuación dejo un enlace de como en el Código Penal se expone dicho delito:
http://carris.wanadooadsl.net/leyes/leyesaccesodirecto/cp10.htm
Artículo escrito por Azahara López
Diagnóstico diferencial de los Hikikomoris
En mi opinión, se podría establecer un diagnóstico diferencial de los Hikikomoris con varias patologías. Una de ellas sería la agorafobia. En cambio, a diferencia de los que padecen este trastorno, los Hikikomoris se aíslan voluntariamente y no por la presencia de miedo o ansiedad intensa. Además, no muestran interés por formar parte de la sociedad ni deseo por salir al exterior como sí que presentan los diagnosticados de agorafobia.
Asimismo, la falta de relaciones con el exterior estaría ligada a varias patologías. De esta manera, los tumbadospodrían ser confundidos con la presencia de un trastorno de ansiedad social (fobia social), un trastorno esquizoide de la personalidad, un trastorno esquizotípico de la personalidad, un trastorno de la personalidad por evitación o incluso depresión. También me cuestiono la posibilidad de que presenten síntomas propios al espectro de la esquizofrenia y otros trastornos psicóticos, haciendo también difícil el diagnóstico con estas patologías.
En mi opinión, creo que habría que estudiar cada caso de Hikikomori en concreto, pudiendo extraer de ellos numerosos síntomas en común con estos diagnósticos que podrían formar parte de la base de su aislamiento, y evaluar los motivos que le han llevado a cada uno a ello. A la vez que podrían resultar caldo de cultivo para este fenómeno, las diversas patologías podrían ser la consecuencia de este aislamiento y presentarse como diagnóstico secundario y comórbido.
Tratamiento del fenómeno Hikikomori
Como comenta Beatriz Estébanez (s.f.), aún no se ha establecido un tratamiento estándar. No obstante, según Miravalles (s.f.) este puede seguir una de las dos líneas de intervención: la socialización o los métodos psicológicos.
El método de la socialización trata de obligar al afectado a interactuar con personas, cuidadosamente seleccionadas y siendo generalmente otros Hikikomori en fase de recuperación, separando a la vez a la familia del entorno protegido.
En cuanto al apoyo psicológico, este autor distingue entre los modelos de trabajo que insisten en que los afectados salgan de casa e ingresen en un centro hospitalario (ayudándose del uso de fármacos) y aquellos que defienden trabajar con ellos sin necesidad de salir, con asesoría a través del teléfono o internet.
García-Allen (2016) también hace referencia a la diferencia cultural en cuanto a la ayuda psicológica ofrecida ante estos casos. De esta manera, este autor menciona cómo los psicólogos europeos recomiendan la hospitalización mientras que los facultativos japoneses lo rechazan.
Hace casi dos décadas que se acuñó el término Hikikomori en 2002. Sin embargo, algunos autores apuntan a su existencia ya en los años 90.
Tras haberme informado en el tema, me cuestiono la existencia de patologías subyacentes o comórbidas a este fenómeno. Como se mencionó antes, Saito (2013) no considera que haya otro problema psicológico asociado como fuente principal. Sin embargo, bajo mi punto de vista, creo que detrás de este síndrome sí que hay una importante base psicológica y social a la vez, siendo cada caso diferente.
Al igual que mencionaban Gallego (2010) y otros autores, creo que en la base del aislamiento puede haber elevados niveles de ansiedad y/o falta de habilidades de gestión así como características de personalidad como la timidez, la sensibilidad, la introversión o la pasividad. También podría tratarse de personas con escasas o nulas habilidades sociales y con falta de recursos para tolerar el estrés o la frustración.
En cuanto al desarrollo de estas características de personalidad propias de un perfil vulnerable para el aislamiento, apoyo la idea de una fuerte influencia parental. Con ello me refiero a las pautas de crianza y de educación, no a una relación genética ni hereditaria. De esta manera, considero la sobreprotección por parte de los progenitores como factor muy influyente. Asimismo, se observa una influencia del nivel económico y un cambio generacional en cuanto a la ideología de la crianza de un hijo: hoy en día parece ser que los padres se lo pueden permitir económicamente y les conforta ayudarle reforzando su actitud y manteniendo una relación de dependencia, aunque a la vez se avergüenzan de reconocer que su hijo es disfuncional.
En conclusión, creo que este fenómeno, al igual que otras patologías, es el resultado de un cóctel de síntomas fruto de la vulnerabilidad psicológica y la influencia social. Asimismo, estoy convencida de que irán surgiendo nuevos síndromes y trastornos a medida que la sociedad continúe avanzando.
REFERENCIAS
American Psychiatric Association (2013). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition. Washington, DC: American Psychiatric Association.
Caballero, M. (17 de enero de 2016) . “Hikikomoris” en España: la cárcel es tu habitación. El Mundo. Recuperado de http://www.elmundo.es/papel/historias/2016/01/16/5698c889268e3eb17b8b4596.html
Estébanez, B. (s.f.). Hikikomori: jóvenes encerrados permanentemente en su habitación. [Entrada de blog]. Recuperado de https://psicologiaymente.net/clinica/hikikomori-sindrome-oriental-habitacion
Gallego Andrada, E. (2010). El escritor en su torre de marfil. Japón y España: tumbados y Hikikomori. Actas del I Congreso Ibro-asiático de Hispanistas Siglo de Oro e Hispanismo general K (pp. 177-190).
García-Allen, J. (2016). Hikikomori en España: el síndrome de aislamiento social no solo afecta a Japón. [Entrada de blog]. Recuperado de https://psicologiaymente.net/clinica/hikikomori-espana
Grandes, A. (20 de febrero de 2005). La amiga de Junior. El País Semanal, múm. 1482. Recuperado de https://elpais.com/diario/2005/02/20/eps/1108884416_850215.html
Kremer, W. y Hammon, C. (5 de julio de 2013). “Hikikomori”: por qué tantos japonés no quieren salir de sus cuartos. BBC. Recuperado de http://www.bbc.com/mundo/noticias/2013/07/130705_salud_japon_hikikomori_aislamiento_social_gtg
Martí, P. (16 de mayo de 2017). Los Hikikomoris también existen en España. La Vanguardia. Recuperado de http://www.lavanguardia.com/vida/20170415/421696958268/hikikomori-aislamiento-social.html
Saito, T. (28 de febrero de 2013). Hikikomori: Adolescence End. Recuperado de https://www.timeshighereducation.com/books/hikikomori-adolescence-without-end-by-tamaki-saito/2001992.article#survey-answer
Sánchez Rojo, A. (2017). El fenómeno hikikomori: tradición, educación y tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Arbor, 193 (785): a405. Doi: http://dx.doi.org/10.3989/arbor.2017.785n3010
Artículo escrito por Alicia Hernández

