La sexualidad es una extensión más del ser humano, forma parte del buen desarrollo y la calidad de vida de las personas. Es por esto que la industria del cine ha encontrado el nicho de mercado perfecto para poder enriquecerse a su costa.
La Real Academia Española define la pornografía como “la presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación”. Resulta para sus consumidores una herramienta erógena más para experimentar placer y ampliar la vida sexual de forma individual o en pareja. El problema surge cuando el contenido de estas presentaciones no se ajusta con la práctica real del acto, afectando seriamente en el desarrollo sexual y afectivo de niños y adolescentes, y produciendo numerosas patologías y disfunciones sexuales en adultos.
Aunque existen diversos tipos de pornografía así como diferentes categorías a gusto del consumidor, la mayoría de la pornografía heterosexual que se oferta tiene que ver con la exhibición de contenidos sexuales obscenos, explícitos, agresivos y genitalizados que desvirtúan la realidad; en estos el rol que adquiere el hombre suele ser dominante y la mujer sumiso, haciendo de esta un mero objeto sexual, acatadora y complaciente de todos los deseos del compañero, aunque no disfrute con ello. De esta manera se normalizan escenas que promueven el sadomasoquismo, la pedofilia, la zoofilia, el maltrato, la denigración y la violación tanto de forma individual como en grupo.
Puede parecer imposible que toda persona con una buena educación y salud sexual sea susceptible de caer en la tentación de visionar este tipo de contenidos, incluso llegar a excitarse con ellos, pero es mucho más común y fácil de lo que uno piensa. Muchas personas se avergüenzan del tipo de pornografía que consumen, reconociendo como les repercute de manera muy negativa en su vida sexual, sintiéndose tremendamente insatisfechas; pese a ello no pueden evitar preguntarse : “¿Cómo he llegado hasta aquí?”.
Numerosos estudios han confirmado que la pornografía actúa como una droga en nuestro sistema nervioso. Cuando una persona se expone a contenidos sexuales que le excitan y experimenta placer por ello, se activan las mismas áreas corticales que en el consumidor de cualquier droga. De esta forma, nuestro cerebro se va acostumbrando a esa dosis de placer y cada vez necesitará una dosis mayor y más frecuente para generar en la persona el mismo efecto. Así, quien comience visualizando contenidos sexuales realistas y saludables, cada vez necesitará exponerse a estímulos más impactantes, duros, novedosos y llamativos, para que el cerebro pueda producir los mismos niveles de excitación y placer que al principio. Este es el proceso por el cual cualquiera puede desarrollar una adicción a la pornografía, repercutiendo significativamente en salud sexual y mental de la persona que la padece.
La pornografía que lleva consigo estas características también puede causar graves problemas de comportamiento sexual. Al igual que el cerebro se acostumbra a esas escenas duras y novedosas que tanto excitan y placer generan, la persona necesitará interiorizarlas en su repertorio sexual y hacerlas realidad. Esto lleva al hombre a adoptar actitudes y conductas antisociales, siendo más agresivo, punitivo y coercitivo con las mujeres, menos atento a sus preferencias sexuales así como más insensible ante el dolor y el sufrimiento de las víctimas de violación, llevando incluso a fantasear, excitarse y desear llevar a cabo alguna conducta coercitiva. Las mujeres, por el contrario, corren el riesgo de normalizar e interiorizar numerosas prácticas consideradas agresiones graves para sí mismas.
La autoestima y la imagen corporal también puede verse afectada en los espectadores de este tipo de contenidos, pues la perfección corporal y el tamaño de ciertas partes del cuerpo adquiere mucha importancia. Así, muchos hombres sienten frustración por no estar tan bien dotados, musculados o no ser capaces de practicar sexo el mismo tiempo que los actores porno, lo que les lleva a padecer problemas sexuales como disfunción eréctil o eyaculación precoz. Las mujeres sin embargo se ven obligadas a lucir un cuerpo imposible, operado o lo suficientemente perfecto para atraer al sexo opuesto.
Resulta innegable que este tipo de pornografía repercute de manera muy negativa en el ser humano, llegando a producir un número cada vez mayor de casos con trastornos psicológicos graves del tipo de la psicopatía y las parafilias. En la actualidad, la forma más común de acceder a estos contenidos es a través de la red y están al alcance de cualquiera. Existen un sin fin de páginas web de carácter sexual que surge en la pantalla de forma automática sin haber hecho ningún esfuerzo deliberado por buscarlo; por ello, y sabiendo el uso abusivo que hacemos de las nuevas tecnologías, no es difícil que este tipo de estímulos puedan caer en manos de menores que, bien de forma casual, bien de manera voluntaria y por curiosidad, comienzan a tener contacto con la sexualidad a través de estos, sobre todo si no hay un control por parte de los padres en su uso.
Las personas nos desarrollamos y aprendemos a través de la observación directa, absorbiendo del ambiente toda la información que nos rodea. Los niños y adolescentes con poca educación sexual y que se exponen a este tipo de contenidos, además de adoptar conductas sometedoras y sumisas, también tienden a considerar como normales ciertas prácticas sexuales de riesgo como por ejemplo prescindir el uso del preservativo, lo que conlleva numerosos casos de embarazos no deseados y el contagio de enfermedades de transmisión sexual.
Es muy importante prevenir a los más jóvenes acerca de este tipo de contenidos para que adopten actitudes apropiadas y puedan disfrutar de una vida sexual saludable, basada en la realidad, el respeto, la igualdad y la reciprocidad. Algunas de las pautas a llevar a cabo por parte de los padres y educadores son las siguientes:
- Educar a los hijos en sexualidad: muchos padres aún sienten cierto reparo a la hora de hablar con sus hijos al respecto. Una buena educación sexual impartida por personas de confianza es clave para un adecuado desarrollo sexual de niños y adolescentes. Aportarles información acerca las diferencias anatómicas y funcionales de los órganos sexuales masculinos y femeninos, como estos funcionan de forma distinta y a distinto ritmo, la normalización y la naturalidad del acto, el consentimiento por ambas partes de la pareja a la hora de realizar cualquier tipo de práctica sexual, la adopción de actitudes basadas en el respeto y la igualdad, así como la importancia del uso de métodos anticonceptivos para prevenir embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual. A este respecto, resulta muy importante crear en el hogar un ambiente de confianza para poder resolver cualquier duda respecto a la sexualidad, ya que los padres van a ser sin duda la fuente más fiable de información.
- Impartir talleres de sexualidad en los colegios por psicólogos y/o otros profesionales expertos en el campo como prevención de posibles problemas en salud sexual y mental: cada vez más colegios ven necesario impartir educación sexual en sus aulas y se suman a la propuesta aunque aún quedan muchos muros y tabúes por derribar.
- Supervisar todo aquello que los menores visualizan en internet y restringir la aparición en cualquier dispositivo de publicidad con contenido sexual.
- Desmitificar el contenido de la pornografía y el poco paralelismo que existe entre esta y la realidad.
- Acudir al psicólogo en caso de notar cualquier problema de conducta sexual.
Artículo escrito por María Belén Villegas
Hace unos días una compañera me envió este acertijo:
Un padre va en moto, llevando como paquete a su hijo de 10 años. Circulan a gran velocidad en un pavimento deslizante. La moto derrapa. El padre muere y el hijo resulta gravemente herido. Una ambulancia lo traslada al hospital más cercano para ser operado de urgencia.
Una vez allí, avisan al cirujano de guardia; cuando entra en quirófano y ve al niño, exclama: “me siento incapaz de operarlo, es mi hijo”.
Piensa la respuesta…es más sencillo de lo que crees: ¿La tienes?
Esta es la respuesta correcta… La persona que entra al quirófano y afirma que es su hijo, es su madre.
Si has fallado, no te frustres, la gran mayoría de la gente no consigue acertar; de hecho, sólo el 14% de los universitarios que formaron parte del estudio consiguió resolverlo con éxito. La respuesta correcta, a priori, es sencilla, y sin embargo no es la más habitual: ¿Cómo puede ser? La explicación radica en la forma en la que nuestro cerebro trabaja con la información que recibe, llevándonos en este caso al sesgo denominado parcialidad implícita. Para comprender este fenómeno, debemos conocer cómo almacenamos la información.
A lo largo de nuestro desarrollo recibimos multitud de datos y conocimientos que el cerebro no puede procesar por completo. Por ello, dispone de mecanismos que le ayudan a filtrar los contenidos y organizarlos de manera que, cuando volvamos a encontrarnos frente a datos similares, no se vea obligado a procesarlos como novedad y consiga identificar que en el pasado ya se trabajaron. Uno de estos mecanismos es la categorización; es decir, a medida que recibimos información, se van generando grupos que almacenan datos y experiencias semejantes, lo que nos facilita y acelera el procesamiento de la información nueva. De esta manera, cuando recibimos nuevos datos, existe un mecanismo automático que los compara con los que tenemos almacenados. Si son semejantes, se incluyen en la categoría correspondiente y se aceptan como propios de ésta.
Este procesamiento automático nos permite trabajar más rápido con la información que recibimos, disminuyendo el tiempo hasta que tomamos una decisión; ahora bien, no siempre nos ayuda a elegir la respuesta correcta. Cuando esto sucede, a este mecanismo se le denomina sesgo, pues nos guía a elegir una opción no adecuada en función de experiencias anteriores. La respuesta (errónea) que la mayoría de gente proporciona al acertijo inicial se explica por uno de estos sesgos: la parcialidad implícita o inconsciente.
Este sesgo, proveniente del procesamiento automático e intuitivo es responsable de parte de la formación de prejuicios. ¿Qué prejuicio se esconde detrás de este acertijo? Que los médicos son hombres. En el estudio inicial, existían respuestas tan insólitas como que el padre se reencarnaba en el médico, antes de decir que la cirujana era la madre; aunque, si queremos rizar más la cuestión, también podría establecerse otro prejuicio: poca gente responde que el médico es el otro padre del menor (si se tratase de un matrimonio homosexual).
¿Cómo es esto posible?
Ya hablamos anteriormente de la categorización, mecanismo que nos facilita el procesamiento de la información. Ligado a este concepto se encuentran los esquemas: generalizaciones que nos ayudan a manejar la información. Estos esquemas se forman desde la infancia y adquieren un gran poder en la forma en que categorizamos y analizamos todas las experiencias de nuestra vida. Y no se limitan exclusivamente a cuestiones de género, sino que también existen esquemas relativos a la etnia, religión, estatus socio-económico… Es decir, nuestra percepción y procesamiento de la información viene filtrada por nuestras experiencias y aprendizaje en la infancia; de esta forma, cuando intentamos resolver el acertijo pensamos alternativas que casi siempre involucran a un hombre, porque estamos acostumbrados a que la figura del cirujano sea masculina.
Es tal la repercusión que los esquemas cognitivos y la categorización tienen en nuestra forma de procesar la información, que el Departamento de Justicia de EE.UU. ha decidido comenzar un plan de formación en sus agentes y funcionarios sobre la parcialidad implícita. Conocer este mecanismo nos ayuda a ser conscientes de que nuestras decisiones, cuando son tomadas por la vía inconsciente, no siempre son las más adecuadas debido a los sesgos cognitivos.
Como se mencionaba al principio, la información que recibimos a lo largo del día es inmensa, y nuestro cerebro ha de disponer de mecanismos que le faciliten su procesamiento. Sin dichos mecanismos, nos sería imposible atender a toda la estimulación a la que estamos expuestos, con lo que su existencia nos facilita la comprensión del mundo que nos rodea, haciéndonos capaces de tomar decisiones en un tiempo menor. Por tanto, el hecho de que en ocasiones nos lleven a dar respuestas sesgadas no implica que su existencia no sea beneficiosa en términos generales. Estos mecanismos nos ayudan, además, a dotar de estabilidad nuestra percepción del mundo y hacernos ser más eficientes en nuestro día a día.
Dado que la formación de dichos esquemas se produce de forma cultural y en base a nuestra experiencia, el hecho de ser conscientes de estos sesgos y de propulsar un cambio cultural en ciertas cuestiones (como la relativa al género, la etnia o los prejuicios en general) puede provocar que, a largo plazo, disminuyan estos esquemas sesgados y la respuesta al acertijo que proporcione la mayoría de la gente sea la adecuada.
BIBLIOGRAFÍA
Guilar, M. E. (2009). Las ideas de Bruner: de la revolución cognitiva a la revolución cultural. Educere, 13(44), 235-241.
Artículo escrito por Alba Verdugo"
Empecemos con un pequeño experimento: si accedemos a Google y buscamos
“pensamiento positivo”, nos aparecen unas 2.630.000 entradas. Sin embargo si realizamos la misma operación escribiendo “pensamiento negativo”, tan solo nos aparecen 583.000 resultados, de los cuales un gran porcentaje son consejos para tratar de reducirlos o transformarlos en sus antagónicos.
Todo lo anterior es un reflejo de nuestra sociedad, en la que estamos constantemente bajo la influencia de mensajes positivos. Desde que nos levantamos todo está envuelto en frases como “procura despertar cada mañana con la idea de que algo maravilloso está a punto de suceder” pero, ¿qué pasa si no ocurre nada espectacular o maravilloso ese día? Otra de las frases que podemos encontrar es “hoy es un buen día para sonreír”, ¿y si no me apetece sonreír ese día? ¿y si ese día me diagnostican alguna enfermedad? ¿y si ese día tengo una sesión más de quimioterapia? Nos encontramos en una sociedad que no permite el fracaso, ni siquiera permite la enfermedad por el parón que supone a nuestra cotidianeidad.
Toda pérdida es un duelo, por tanto la pérdida de salud y de nuestro ritmo de vida a raíz de una enfermedad como es el cáncer también se puede considerar como tal. Si nos basamos en esa premisa, como todo duelo y con el objetivo de que no se patologice, se debe pasar por todas sus fases, incluso por aquellas que susciten sentimientos considerados como negativos; debemos pasar por días en los que nos levantemos una mañana y no queramos sonreír o que no esperemos algo maravilloso ese día.
Tanto es así que la American Cancer Society propone que en el transcurso de la enfermedad sentimientos como la rabia, la depresión, la ansiedad, la tristeza, el miedo o la culpabilidad se consideran normales. El problema viene cuando el paciente no se permite tenerlos por la presión externa de la sociedad que le recuerda lo positivo que se debe encontrar en todo momento. Además, tal y como se indica desde esta institución, esta represión deriva en sentimientos de soledad, al no sentirse comprendido, y más aún, en sentimientos de culpabilidad o de castigo por levantarse una mañana y no ver a través de esa óptica. En cierto modo se delega la responsabilidad del transcurso de una enfermedad en los pacientes cuando su etiología nada tiene que ver con eso.
Elisabeth Kübler-Ross, psiquiatra suizo-estadounidense, estableció en su libro Sobre la muerte y los moribundos (1969) cinco etapas de duelo que se pueden aplicar tanto para una pérdida como para un diagnóstico de enfermedad, si bien cabe destacar que no siempre se producen en este orden ni duran lo mismo para todas las personas. Estas etapas se dividen en:
Negación → “Esto no me está pasando”. Se usa la negación de la realidad como mecanismo de defensa ante un fuerte impacto emocional.
Ira → ”¿Por qué a mí? Es injusto”. Cuando se empieza a asumir el golpe, se expresa a través de la ira, ya sea hacia objetos o hacia el círculo social más cercano. El paciente en ocasiones es consciente de que no es racional, sin embargo la emoción domina, lo que genera mayores sentimientos de culpa y por consiguiente mayor enfado.
Pacto o negociación → “¿Y si hubiera… habría pasado esto?”. Se produce por la necesidad de volver a tener el control de una situación. También se puede dar una negociación con Dios o un ser superior: “si me curo, rezaré cada día”.
Depresión → “¿Por qué seguir?”. En esta fase se empieza a tener un mayor grado de conciencia acerca lo que está ocurriendo. Surgen fuertes sentimientos de tristeza, miedo o incertidumbre, que en ocasiones dan lugar a aislamiento; al paciente le apetece estar solo o bien más callado en situaciones sociales.
Aceptación → “Está pasando y tenemos que prepararnos para lo que viene”. En esta etapa final el paciente hace las paces consigo mismo, aprende a convivir con esa pérdida, la acepta y, a pesar de que puede que siga doliendo, se permite sentir ese dolor y lo gestiona de una manera más funcional que en las fases anteriores.
Tras el desglose de estas etapas, ¿qué sentido tiene tratar de empezar por la última?¿quizás intentar hacer esto provoca que consigamos justamente lo contrario, no superar —o no llegar nunca a sobrellevar— la enfermedad? Se ha demostrado que una actitud positiva no sirve de cura para un cáncer, quizás su bienestar emocional y mental mejore, pero desde luego lo contrario no le mata, por lo tanto permitámonos estar decaídos alguna vez, permitámonos llorar, dejemos que tanto los cuidadores como los pacientes experimenten esos llamados sentimientos negativos.
Barbara Ehrenreich, ensayista estadounidense, se hace eco de esto en su obra Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo. Diagnosticada de cáncer de mama hace 10 años, se dio cuenta de que la expresión “no estoy bien” no era posible, que cuando sentía enfado, miedo o pesimismo no encontraba un lugar donde expresarlo. Cuenta que todo lo que la rodeaba tras el diagnóstico eran lazos rosas, asociaciones, grupos de apoyo, páginas web y revistas mensuales que simplemente transmitían el mismo mensaje: “ánimo”, cuando lo que necesitaba en ese momento era otra persona que le dijese: “esto es horrible”.
¿Cuántas personas podrían sentirse así? Pensemos un segundo en nuestro estado cuando perdemos a un ser querido, y ahora imaginemos que nos imponen secarnos las lágrimas y salir cada día con una sonrisa de oreja a oreja, y que si no lo haces parece que estás fallando a tu familia, tus amigos o incluso a la enfermera que cada día te acompaña en la lucha. Debemos permitirnos sentir más en esta sociedad en la que vivimos, y sobretodo debemos reconciliarnos con sentimientos como la tristeza, la frustración, el enfado, la decepción… Ojalá algún día podamos ser capaces de contestar “no estoy bien” un “¿qué tal?”.
Artículo escrito por Eduardo Segura
Para comenzar se va a definir brevemente qué se entiende por miedo y por violación:
El miedo es una emoción primaria y desagradable provocada por la sensación de poder sufrir posibles peligros, reales o supuestos, en el presente, en el pasado o en el futuro. Dicha emoción produce cambios fisiológicos, psicológicos y bioquímicos.
La violación es el mantenimiento de relaciones sexuales sin el consentimiento de la otra persona, o con el consentimiento obtenido mediante coacción verbal o forzada (sin importar el grado de relación que mantenga con el violador).
Es importante destacar que España actualmente se encuentra en la cola de la Unión Europea en cuanto a denuncias de violación, es decir, que la gran parte de las que se producen no se denuncian. Además, hay que tener presente que la frecuencia es de una violación cada ocho horas en nuestro país.
De esta manera, el tema a tratar es el miedo ante el peligro real que sufren las víctimas en dichas situaciones y las posibles respuestas que pueden surgir del mismo: la lucha, la no resistencia y desconexión de la realidad. En todos estos casos la víctima padece un intenso miedo a sufrir un grave daño físico o mortal, a lo que se le añaden sensaciones de desesperanza e impotencia al no poder escapar, o bien evitar, dicha situación.
Entre el tipo de respuestas encontramos la de lucha por parte de la víctima, enfrentándose a su agresor y oponiéndose al mismo. Esta es la respuesta más esperada por parte de la población cuando se escucha que se ha cometido una violación, y la que tiene más peso al existir marcas de resistencia. Dentro de la respuesta sin lucha, puede ocurrir que la víctima sienta un bloqueo involuntario de su cuerpo (conocido como inmovilidad tónica+) al sentir un miedo intenso, que puede desembocar en una sensación de debilidad, pudiendo llegar a desmayarse. Además, dentro de la falta de resistencia física podría suceder que, con el fin de evitar más sufrimiento, se quede inmóvil y a la espera de que todo termine lo antes posible.
Por último, podría también producirse la desconexión de la realidad (es decir, una disociación) de las horribles sensaciones y emociones que se producen en esta situación, dejando que la mente esté en otro lugar alejado de su ataque. En estos casos no existirían pruebas físicas que demostraran la violación, lo cual no significa que no se haya producido, sencillamente las personas estarían respondiendo al miedo de la manera más adaptativa que su cuerpo les permite.
Tras señalar las posibles respuestas que pueden desencadenarse ante esta clase de ataque, sería conveniente remarcar el sentimiento de vergüenza y culpabilidad que podría dar lugar a no denunciar; es más, en caso de producirse la denuncia serían peor vistas y menos creíbles aquellas que no se resistieron. Llegados a este punto es necesario destacar que suelen percibirse y juzgarse de manera más contundente a las mismas víctimas, pudiendo ser objeto de preguntas como: ”¿Qué llevabas puesto cuando te violaron? ¿Qué hiciste después de la violación? ¿Seguiste tu vida normal?…“ Lo que puede desembocar en un empeoramiento de su estado. Contrariamente a lo que se pensaría, las víctimas son plenamente conscientes de que esto puede ocurrir si denuncian, y ante la posibilidad de tener que soportar estas conductas por parte de aquellos que deberían protegerlas, resultan bastante obvios los motivos para no denunciar.
Por tanto, no puedo evitar preguntarme:¿Por qué se cuestiona más a las víctimas en esta clase de delitos?
Es importante tener presente, además, que si se llevara a cabo el proceso judicial, es posible que desembocara en una victimización secundaria, pues al tener que recibir una atención multidisciplinar (de policías, de jueces, de fiscales y de médicos forenses) se produciría un reforzamiento del estresor a nivel psíquico, al tener que reexperimentar el suceso traumático en el juicio.
Existe la posibilidad de que pueda producirse un Trastorno de Estrés Agudo (hasta la cuarta semana después del suceso estresante) o un Trastorno de Estrés Postraumático (de la cuarta semana en adelante), que son cuadros de ansiedad que pueden sufrir las personas ante sucesos altamente estresantes en los que se ponen en peligro la integridad física de uno mismo o de los demás. Sin embargo, a pesar de lo señalado hasta el momento, no siempre van a producirse estos trastornos o la victimización secundaria, pues se puede hacer frente a dichos ataques sin que se den las consecuencias mencionadas.
Para terminar vamos a realizar un breve resumen de lo presentado. Las respuestas de miedo ante las violaciones son diversas: de enfrentamiento al atacante, sin resistencia por inmovilización tónica o bien por evitación de un mayor daño, y de disociación. Todas son normales en aquellas personas que sufren una violación, pues en ningún momento son dueñas de sus reacciones corporales, ya que el cuerpo, ante una situación de miedo intenso, genera cambios a nivel fisiológico, psicológico y bioquímico. Es importante tener presente que las consecuencias de la violación se pueden alargar en el futuro, tanto física como sobre todo psicológicamente, aunque no siempre va a tener que ocurrir esto.
Finalmente, veo importante remarcar que a la hora de atender judicialmente a una víctima de violación, con todo lo que ello conlleva, sería deseable que dicha atención sea integra, no remarcando o culpabilizando a la persona por su aspecto ese día o las conductas realizadas antes, durante y después del suceso. Lo deseable sería hacer lo más fácil y menos traumático posible estos trámites legales, además de intentar ayudar a conseguir una rápida recuperación de la persona, para que consiga llevar una vida lo más plena posible.
A continuación dejo un enlace de como en el Código Penal se expone dicho delito:
http://carris.wanadooadsl.net/leyes/leyesaccesodirecto/cp10.htm
Artículo escrito por Azahara López
Diagnóstico diferencial de los Hikikomoris
En mi opinión, se podría establecer un diagnóstico diferencial de los Hikikomoris con varias patologías. Una de ellas sería la agorafobia. En cambio, a diferencia de los que padecen este trastorno, los Hikikomoris se aíslan voluntariamente y no por la presencia de miedo o ansiedad intensa. Además, no muestran interés por formar parte de la sociedad ni deseo por salir al exterior como sí que presentan los diagnosticados de agorafobia.
Asimismo, la falta de relaciones con el exterior estaría ligada a varias patologías. De esta manera, los tumbadospodrían ser confundidos con la presencia de un trastorno de ansiedad social (fobia social), un trastorno esquizoide de la personalidad, un trastorno esquizotípico de la personalidad, un trastorno de la personalidad por evitación o incluso depresión. También me cuestiono la posibilidad de que presenten síntomas propios al espectro de la esquizofrenia y otros trastornos psicóticos, haciendo también difícil el diagnóstico con estas patologías.
En mi opinión, creo que habría que estudiar cada caso de Hikikomori en concreto, pudiendo extraer de ellos numerosos síntomas en común con estos diagnósticos que podrían formar parte de la base de su aislamiento, y evaluar los motivos que le han llevado a cada uno a ello. A la vez que podrían resultar caldo de cultivo para este fenómeno, las diversas patologías podrían ser la consecuencia de este aislamiento y presentarse como diagnóstico secundario y comórbido.
Tratamiento del fenómeno Hikikomori
Como comenta Beatriz Estébanez (s.f.), aún no se ha establecido un tratamiento estándar. No obstante, según Miravalles (s.f.) este puede seguir una de las dos líneas de intervención: la socialización o los métodos psicológicos.
El método de la socialización trata de obligar al afectado a interactuar con personas, cuidadosamente seleccionadas y siendo generalmente otros Hikikomori en fase de recuperación, separando a la vez a la familia del entorno protegido.
En cuanto al apoyo psicológico, este autor distingue entre los modelos de trabajo que insisten en que los afectados salgan de casa e ingresen en un centro hospitalario (ayudándose del uso de fármacos) y aquellos que defienden trabajar con ellos sin necesidad de salir, con asesoría a través del teléfono o internet.
García-Allen (2016) también hace referencia a la diferencia cultural en cuanto a la ayuda psicológica ofrecida ante estos casos. De esta manera, este autor menciona cómo los psicólogos europeos recomiendan la hospitalización mientras que los facultativos japoneses lo rechazan.
Hace casi dos décadas que se acuñó el término Hikikomori en 2002. Sin embargo, algunos autores apuntan a su existencia ya en los años 90.
Tras haberme informado en el tema, me cuestiono la existencia de patologías subyacentes o comórbidas a este fenómeno. Como se mencionó antes, Saito (2013) no considera que haya otro problema psicológico asociado como fuente principal. Sin embargo, bajo mi punto de vista, creo que detrás de este síndrome sí que hay una importante base psicológica y social a la vez, siendo cada caso diferente.
Al igual que mencionaban Gallego (2010) y otros autores, creo que en la base del aislamiento puede haber elevados niveles de ansiedad y/o falta de habilidades de gestión así como características de personalidad como la timidez, la sensibilidad, la introversión o la pasividad. También podría tratarse de personas con escasas o nulas habilidades sociales y con falta de recursos para tolerar el estrés o la frustración.
En cuanto al desarrollo de estas características de personalidad propias de un perfil vulnerable para el aislamiento, apoyo la idea de una fuerte influencia parental. Con ello me refiero a las pautas de crianza y de educación, no a una relación genética ni hereditaria. De esta manera, considero la sobreprotección por parte de los progenitores como factor muy influyente. Asimismo, se observa una influencia del nivel económico y un cambio generacional en cuanto a la ideología de la crianza de un hijo: hoy en día parece ser que los padres se lo pueden permitir económicamente y les conforta ayudarle reforzando su actitud y manteniendo una relación de dependencia, aunque a la vez se avergüenzan de reconocer que su hijo es disfuncional.
En conclusión, creo que este fenómeno, al igual que otras patologías, es el resultado de un cóctel de síntomas fruto de la vulnerabilidad psicológica y la influencia social. Asimismo, estoy convencida de que irán surgiendo nuevos síndromes y trastornos a medida que la sociedad continúe avanzando.
REFERENCIAS
American Psychiatric Association (2013). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition. Washington, DC: American Psychiatric Association.
Caballero, M. (17 de enero de 2016) . “Hikikomoris” en España: la cárcel es tu habitación. El Mundo. Recuperado de http://www.elmundo.es/papel/historias/2016/01/16/5698c889268e3eb17b8b4596.html
Estébanez, B. (s.f.). Hikikomori: jóvenes encerrados permanentemente en su habitación. [Entrada de blog]. Recuperado de https://psicologiaymente.net/clinica/hikikomori-sindrome-oriental-habitacion
Gallego Andrada, E. (2010). El escritor en su torre de marfil. Japón y España: tumbados y Hikikomori. Actas del I Congreso Ibro-asiático de Hispanistas Siglo de Oro e Hispanismo general K (pp. 177-190).
García-Allen, J. (2016). Hikikomori en España: el síndrome de aislamiento social no solo afecta a Japón. [Entrada de blog]. Recuperado de https://psicologiaymente.net/clinica/hikikomori-espana
Grandes, A. (20 de febrero de 2005). La amiga de Junior. El País Semanal, múm. 1482. Recuperado de https://elpais.com/diario/2005/02/20/eps/1108884416_850215.html
Kremer, W. y Hammon, C. (5 de julio de 2013). “Hikikomori”: por qué tantos japonés no quieren salir de sus cuartos. BBC. Recuperado de http://www.bbc.com/mundo/noticias/2013/07/130705_salud_japon_hikikomori_aislamiento_social_gtg
Martí, P. (16 de mayo de 2017). Los Hikikomoris también existen en España. La Vanguardia. Recuperado de http://www.lavanguardia.com/vida/20170415/421696958268/hikikomori-aislamiento-social.html
Saito, T. (28 de febrero de 2013). Hikikomori: Adolescence End. Recuperado de https://www.timeshighereducation.com/books/hikikomori-adolescence-without-end-by-tamaki-saito/2001992.article#survey-answer
Sánchez Rojo, A. (2017). El fenómeno hikikomori: tradición, educación y tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Arbor, 193 (785): a405. Doi: http://dx.doi.org/10.3989/arbor.2017.785n3010
Artículo escrito por Alicia Hernández
Un abrazo, una caricia, un apretón de manos, una palmada en la espalda, una mano en el hombro, una palmada en el trasero; son distintos tipos de contacto que probablemente la mayor parte de nosotros hemos experimentado alguna vez: ¿Qué es lo que hace que el tipo y cantidad de contacto sea desigual hacia unas personas con respecto a otras?
En una investigación publicada por un grupo de psicólogos de la universidad de Oxford (Reino Unido) y de Aalto (Finlandia), publicada en PNAS (Procedings of the National Academic of Science of the United States of America), se acaba de revelar como diferentes culturas reaccionan al contacto físico. Para ello se realizaron estudios en diversos países: Finlandia, Inglaterra, Italia, Francia y Rusia. El estudio se llevó a cabo a una muestra de 1300 participantes cuyo objetivo consistía en analizar donde se dejarían tocar por distintas personas (familiares, amigos, conocidos, desconocidos, etc). Los resultados muestran que no ha habido diferencias marcadas entre los países. “Nuestros resultados indican que tocar es una manera muy importante de establecer relaciones sociales”, ha señalado la investigadora finlandesa Juulia Suvilehto. “El mapa espacial se asocia de manera estrecha con el placer causado por el toque. Cuanto más placer cause tocar un área específica del cuerpo, seleccionaremos más a quien dejemos que la toque”.
Entre los participantes de los diversos países Europeos, y con la importancia de hacer diferenciaciones entre los nórdicos y los países del sur, se ha llegado a las siguientes conclusiones: los británicos son más reacios al contacto personal y los italianos a su vez rechazan en mayor medida ser tocados por desconocidos que los rusos. Otro detalle significativo es que los finlandeses se muestran más cómodos por el contacto ajeno.
Con relación a la distinción entre sexos, las mujeres tienen una mayor tendencia a tocar y a ser tocadas que los hombres. Por ejemplo, mientras las mujeres permiten que sus madres y hermanas toquen sus zonas genitales, los hombres rehuyen cualquier contacto en dichas zonas por sus familiares. Los hombres además permiten que cualquier desconocido toque sus partes íntimas, siempre y cuando sea una mujer. En el hombre se convierte en un tema tabú e incluso se puede sentir rechazo si un desconocido, aún siendo masajista, le toca las piernas o el pecho, a no ser que sea mujer. La tendencia a sexualizar el contacto hace que tanto los hombres como las mujeres ejerzan diferentes influencias individuales sobre la persona encargada de ejercerlo.
En resumidas cuentas: “el contacto se interpreta en el contexto de la relación con la otra persona”; además, existe una gran diferenciación por áreas: “cuanto más íntima sea el área del cuerpo permitida al tacto, mayor será el vinculo emocional con la persona a la que se permite tal contacto”.
Algunos expertos señalan que de todos los canales de comunicación con otros seres vivos y ante la necesidad de llevar a cabo ese vinculo sensorial, el tacto es el sentido de comunicación más primitivo, y todos los humanos necesitamos de ese contacto aunque sea en distinto grado.
El valor cultural adoptado en el contacto físico con los distintos tipos de relaciones afectivas vinculantes —ya sean éstas familiares, amigos, pareja—influye directamente sobre el grado de aceptación del tacto que cada parte de nuestro cuerpo permite sobre el prójimo. Pudiendo gozar de esa necesidad a distintos niveles, en el caso de la ruptura de esos límites se produciría disconfort o bien nuevas conexiones vinculantes con la otra persona, desarrollando nuevos estereotipos de relación que puedan romper tabús o implementarlos hasta el punto de crear necesidades novedosas; incluso arraigar aún más los valores sociales asociados a esa necesidad primaria.
Al tacto se le quita valor frente a otros sentidos como la vista y el oído, que parecen determinantes, pero la importancia que posee este es fundamental en el crecimiento del bebé y el establecimiento del apego con sus cuidadores.
En un artículo escrito por Pau Navarro en habilidadsociales.com se desarrolla la importancia del contacto físico a través de una lista de 7 motivos que buscan darle el valor que le corresponde:
La mejora de la salud física y psicológica a través de la reducción de la emisión de la hormona del estrés, el cortisol, mediante la presión de la piel, lo cual estimula su inhibición. A su vez esa reducción aumenta la producción de linfocitos, primera defensa del sistema inmune frente a infecciones y enfermedades.
Comunicar mejor las emociones: En un estudio realizado en el año 2009 por el psicólogo Matther Hertenstein, se demostró que a través del tacto se podía comunicar con un 78% de eficacia 8 emociones: gratitud, enfado, miedo, desagrado, amor, simpatía, tristeza y felicidad.
Aumento de la capacidad de persuasión: en un estudio realizado por el Dr. Guéguen, se ha demostrado que tocar a alguien ligeramente en la parte superior de su brazo aumenta las probabilidades de que este acepte tu petición. En otro estudio se ha demostrado que pedir a alguien un cigarro mediante contacto físico hace que haya más probabilidades de que la persona acabe dándote un cigarro; el toque Midas, denominado así por la el efecto que tiene el contacto físico de una camarera sobre la cantidad de propina recibida, siendo mayor cuando este se realiza.
La mejora de la imagen personal sobre los demás: en un investigación realizada en 1976 sobre un grupo de bibliotecarios que devolvían las tarjetas a los estudiantes con un sutil toque sobre su mano, mientras otros lo hicieron sin contacto, demostró que aquellos que fueron tocados evaluaron de forma más positiva a aquellos bibliotecarios que les habían propiciado ese toque, incluso no siendo capaces de recordar el contacto recibido. Además hay estudios que avalan que el toque ayuda a adquirir mayor status y honestidad.
Aumenta el rendimiento: en el año 2010 se realizó un estudió a gran escala en la NBA para comprobar si el contacto físico estaba relacionado con el éxito en el baloncesto. Durante una liga se analizaron los distintos contactos físicos realizados (palmadas, abrazos, etc) llegando a la conclusión de que el grado de contacto físico podía predecir con mucha exactitud el éxito de cualquier equipo de la NBA.
Ayuda a seducir: El contacto desarrolla atracción, y sin este es muy probable que esa atracción no termine de establecerse.
Fortalecimiento de las relaciones sentimentales: El contacto físico favorece la segregación de oxitocina, la denominada hormona del amor, lo que provoca mayor apego hacia la otra persona y favorece la sensación de bienestar.
En definitiva, tocar sirve para influir, gustar más, vincularse con los demás, relajarse y fortalecer una relación. Además, cuando más contacto físico se establece, mayor satisfacción encuentra uno consigo mismo y con las relaciones que mantiene. Aunque como buen arte, el contacto interpersonal se trabaja en el día a día y en el fluir de las situaciones, donde el ser humano pueda encontrar a través de la experiencia la forma de llevarlo a cabo con las distintas personas de su entorno.
Maria Keynes (1963)
El contacto humano es tan importante como el agua, la comida, el aire, la risa y los zapatos nuevos.
Artículo escrito por Íñigo Cansado de Noriega
Según los datos anuales de la Internacional Society of Aesthetic Plastic Surgery (ISAP), el número de intervenciones estéticas aumenta cada año en todo el mundo, en su último informe publicado este mismo año indica que en 2016 ha sido de un 8% respecto al año anterior. En concreto, España se encuentra en la posición undécima en cuanto a procedimientos estéticos durante el 2016, lo que correspondería al 2% del total mundial; estos datos se traducen en 225.851 intervenciones quirúrgicas. En nuestro país la operación más solicitada sería el aumento de pecho seguida de la cirugía de párpados o blefaroplatia, liposucción, rinoplastia o cirugía de nariz y la abdominoplastia.
Estos datos podrían derivar de diversos factores: por un lado, a las mejoras en las técnicas quirúrgicas, mayor control sobre la anestesia y a los periodos y condiciones postoperatorios más cortos y de mejor calidad; y por supuesto, también debido al aumento de información referente a este tipo de intervenciones y su accesibilidad.
Como consecuencia al continuo aumento de las operaciones estéticas y debido a su lenta pero cada vez mayor presencia en la vida de las personas, las investigaciones y estudios sobre el tema tampoco han dejado de crecer. La mayoría de los autores concluyen que una buena parte de las personas que se someten a una intervención estética parecen estar satisfechos con los resultados obtenidos, ofreciendo datos muy positivos en mejora de calidad de vida, autoestima, satisfacción vital… Lamentablemente también nos advierten de que existen ciertos casos en los que no se han obtenido los resultados esperados. Nos ofrecen algunas cuestiones a tener en cuenta a la hora de replantearnos pasar por el quirófano.
¿Cuándo estaría desaconsejada una cirugía?
El primer punto en desaconsejar una cirugía sería debido a una contraindicación médica, el cual sería definitivo. Por otro lado, desde una perspectiva psicológica se deberían tener en cuenta varios aspectos antes de iniciar el proceso de la operación:
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En caso de no tener unas expectativas realistas respecto a los resultados de la cirugía o no ser consciente de los riesgos de todo el proceso.
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En el caso de tener incapacidad para tomar decisiones o alteración en el juicio como sería por ejemplo la presencia de trastorno Bipolar, Ansiedad, Depresión, Trastorno de Personalidad, Retraso Mental, Esquizofrenia, Trastorno Delirante…
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Mención aparte merece la existencia de un Trastorno de la Percepción Corporal (Trastorno Dismórfico, Bulimia o Anorexia…) que consistiría en una preocupación excesiva por alguna característica física del propio cuerpo, esta percepción puede ser real o imaginada.
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Y por último, cuando el autoconcepto y por consiguiente la autoestima está excesivamente centrada en el propio cuerpo.
¿Cuándo una cirugía podría conducir a resultados positivos a los pacientes?
En primer lugar, hablaremos de la cirugía reparadora o reconstructiva: ¿Qué es? Mientras que la cirugía estética se centraría en realizar mejoras en las estructuras normales del cuerpo, la cirugía reparadora sería otra parte de la cirugía plástica encargada de reparar o mejorar la función y aspecto físico de diversas lesiones, cicatrices, traumatismos, tumores, quemaduras o partes del cuerpo que se encuentran deformadas ya sea por causas congénitas o problemas en el desarrollo.
Por otro lado, también nos encontramos a personas que sin presentar contraindicaciones médicas o psicológicas, deciden someterse a una intervención quirúrgica por no estar de acuerdo con alguna parte de su cuerpo.
¿Qué aspectos tendría que tener en cuenta antes de someterme a una cirugía?
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Lo primero sería sincerarse con uno mismo y estudiar la verdadera motivación para llevar a cabo la operación, replantearse ¿Por qué quiero hacerlo? ¿para qué? ¿Realmente es necesario?
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Informarse de otras alternativas a la operación, otras intervenciones que puedan ayudarle a acercarse más a su objetivo sin tener que pasar por el proceso quirúrgico.
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Llegados al punto de estar seguros de que la mejor solución para su caso es llevar a cabo la operación, sería conveniente comentar su decisión a las personas de confianza con el objetivo de que le puedan ofrecer su opinión personal, así como ayudarla/o en su decisión y durante todo el proceso. tenga en cuenta que el apoyo emocional pre y post operatorio siempre es aconsejable y muy recomendable.
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A la hora de seleccionar cirujano asegúrese de recurrir a un profesional con la titulación adecuada, en este caso es la de Médico Especialista en Cirugía Plástica y Reparadora y que cuente con un equipo de profesionales cualificados.
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El centro hospitalario donde se lleve a cabo la operación debe contar con un quirófano homologado con las condiciones de seguridad adecuadas.
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Plantear al cirujano todas las dudas que tenga sobre la operación e informarse, todo lo posible, de cómo se desarrollará el proceso.
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Explicar con total claridad lo que espera de la operación, teniendo en cuenta que cada paciente es diferente y el resultado es impredecible al 100%.
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Valorar objetivamente la decisión tomada, teniendo presente el riesgo/beneficio y las posibles complicaciones que la intervención pueda acarrear, así como la realidad de las expectativas esperadas y por supuesto cuestionarse si se está preparado para el cambio.
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Contemplar la necesidad de una valoración psicológica previa a la decisión, con el fin de evitar cualquier consecuencia emocional negativa tras la intervención. Además, es especialmente importante tener en cuenta que pese a tener el visto bueno del cirujano para operarse y estar convencido/a de la decisión, es inevitable que los días o semanas previos a la intervención se sufran ciertos desajustes emocionales causados por: (1) la incertidumbre de cómo saldrá todo proceso, (2) el miedo a lo desconocido o lo no habitual (anestesia y quirófanos) o (3) el desajuste de la rutina habitual de la persona (bajas, reposo total), entre otros posibles motivos… reacción totalmente normal y ajustada a la realidad de la situación.
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Por último, en el caso de estar convencido de llevar a cabo la operación seguir todas las indicaciones del equipo médico tanto en el preoperatorio como en el post.
Como resumen final podemos concluir que el número de intervenciones estéticas está aumentando mundialmente. Las numerosas investigaciones al respecto nos indican que la mayoría de las personas que se someten a este tipo de operaciones manifiestan múltiples beneficios, así como una mejora en su calidad de vida y satisfacción corporal; no obstante, no podemos olvidarnos de una pequeña fracción de población que no obtiene los resultados deseados. Debido a ello, es muy aconsejable estudiar minuciosamente las motivaciones, expectativas, riesgos y beneficios antes de llevar a cabo la operación. Igualmente hay que tener presente que una valoración psicológica previa es muy aconsejable con el fin de aclarar estas cuestiones, así como de evitar malestar emocional posterior.
Artículo escrito por María de Gracia Pérez Morujo
¿Quién no ha escuchado alguna vez eso de “estoy quemado con el trabajo”? De hecho, es probable que tú mismo hayas pensado ocasionalmente algo similar, pues lo cierto es que los cambios en el mundo del trabajo están generando costes en las organizaciones y también en la salud de los trabajadores.
Según la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), en torno al 22% de la población activa padece estrés laboral y la Agencia Europa para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (EU-OSHA) calcula que el estrés de los trabajadores tiene un coste económico de 136.000 millones de euros al año. Con estos datos no resulta sorprendente conocer que estos temas fueron los que generaron más investigaciones en dos de las revistas con más impacto en el estudio de la psicología de la salud ocupacional (Work & Stress y Journal of Occupational Health Psychology). El 11% de los artículos científicos publicados en dichas revistas versaban sobre riesgos psicosociales (por ejemplo: sobrecarga laboral), destacando que el 5% de ellos eran sobre el Síndrome de Quemarse en el Trabajo.
Pero, ¿qué es exactamente el Síndrome de Quemarse en el Trabajo (SQT) o Burnout?
El SQT fue inicialmente un concepto del cual no existía una definición estándar, aunque había una amplia variedad de opiniones sobre lo que era y lo que se podía hacer al respecto. El uso del término burnout para este fenómeno comenzó a aparecer con cierta regularidad en los años 70 en los Estados Unidos, especialmente entre aquellos que trabajaban en los servicios de atención a personas (Maslach et al., 2001).
Desde una perspectiva clínica, Freudenberger (1974) lo definió como “fallar, agotarse, o llegar a desgastarse debido a una exceso de fuerzas, demandas excesivas de energía o recursos”. Si esto ocurre a un profesional, es sinónimo de que está “quemado”. Según esta orientación, el SQT sería un estado, que surgiría con más frecuencia en los profesionales más comprometidos y que trabajan de manera más intensa ante la presión y las demandas de su trabajo que intentan satisfacer, poniendo en un segundo plano sus propios intereses.
Desde una perspectiva psicosocial, Maslach (1977) ha definido el SQT como un síndrome de agotamiento físico y emocional que implica el desarrollo de actitudes negativas hacia el trabajo, pobre autoconcepto y pérdida de interés por los clientes, que aparece en los profesionales que trabajan en organizaciones de servicio. Surge como respuesta al estrés emocional crónico, con tres componentes: agotamiento emocional y/o físico, baja productividad y exceso de despersonalización (es decir, sensación de estar desconectado o separado del propio cuerpo y de los pensamientos).
Delimitar los síntomas del SQT es una tarea importante ya que permite, por un lado, una mejor comprensión del síndrome y por otro, poder distinguir a través de estos el burnout de otras patologías como la ansiedad, la fatiga o la depresión.
Sin embargo, existe un problema a la hora de delimitar los síntomas, pues son tan numerosos los que se asocian a este cuadro que se puede tener la idea equivocada de que todos los problemas psicológicos y de comportamiento asociados al mundo laboral tienen que ver con el SQT.
La literatura señala más de 100 síntomas asociados al SQT. Estos síntomas afectan negativamente a las:
- Emociones: agotamiento emocional, odio, irritabilidad.
- Cogniciones: baja autoestima, baja realización profesional, sentimiento de impotencia para el desempeño del rol profesional.
- Actitudes: cinismo, despersonalización.
- Conductas: aislamiento, absentismo, conductas agresivas hacia los clientes.
- Sistema fisiológico: insomnio, dolores de cabeza, de espalda, fatiga e hipertensión, alteraciones hormonales.
Existen diversos modelos que explican el SQT. Uno de ellos es el modelo de proceso del SQT de Gil-Monte (2005), el cual lo define como una respuesta psicológica al estrés laboral crónico que aparece en los profesionales que trabajan en el sector de servicios en contacto directo con los clientes o usuarios de la organización.
Siguiendo a este autor, se trata de un síndrome no psiquiátrico caracterizado por: manifestaciones cognitivas (pérdida de ilusión hacia el trabajo, desencanto profesional o baja realización), el deterioro emocional (es decir, el desgaste psíquico), actitudes y comportamientos de indiferencia y, a veces, actitudes abusivas hacia el cliente (indolencia). Además, en algunos casos, se presentan actitudes negativas, en especial hacia las personas con las que el trabajador establece relaciones de trabajo y esto conlleva altos sentimientos de culpa.
Según este modelo, el SQT se inicia primeramente con la aparición del deterioro cognitivo y emocional y después, al cabo de los años, aparecen actitudes negativas hacia los clientes. Para la mayoría de las personas esta estrategia de afrontamiento puede resultar adecuada para manejar su estrés laboral, sin embargo, existen casos en los que esto no ocurre y el cuadro se agrava llegando a producir problemas de salud. Teniendo en cuenta lo anterior, el modelo propone dos perfiles de trabajadores en el desarrollo del SQT:
Por un lado, tenemos los trabajadores a los cuales las estrategias de distanciamiento les son útiles para afrontar la pérdida de la ilusión por el trabajo y el desgaste psíquico. Estas estrategias son a menudo comportamientos indolentes y cínicos hacia los receptores del servicio o clientes, llevando a una pérdida de calidad del servicio prestado y originando quejas de los clientes. Sin embargo, estos trabajadores están cómodos con esta situación, pues pueden mantenerse en el puesto de trabajo muchos años sin consecuencias relevantes para su salud. Este perfil se denomina Perfil 1.
Por otro lado, tendríamos al Perfil 2 para incluir a los trabajadores para quienes esas estrategias de afrontamiento no han sido eficaces a la hora de manejar los problemas. Estos trabajadores se sienten culpables por el trato dado a los clientes de la organización. En estos casos, los trabajadores sienten que están violando las normas éticas y morales, llevándoles a desarrollar consecuencias negativas (ansiedad, problemas psicosomáticos o depresión) hasta el punto de no poder presentarse a trabajar.
Además, estos sentimientos de culpa pueden entonces generar un ciclo vicioso, ya que podrían generar una mayor implicación por parte del trabajador ya que siente remordimientos y se implica más como forma de disminuir su culpabilidad. Sin embargo, las condiciones laborales desfavorables siguen siendo las mismas, lo que llevará a que se incremente el deterioro cognitivo y emocional y volverán a surgir las actitudes de cinismo, indiferencia e indolencia hacia los clientes por parte del trabajador.
Modelo de proceso del SQT de Gil-Monte
Y bien, ¿qué podemos hacer para prevenirlo? Aunque en la prevención del SQT es necesaria la implicación de la empresa, nosotros mismos también podemos llevar a cabo algunas acciones, como por ejemplo:
- Adoptar un estilo asertivo con los compañeros, jefes, clientes o pacientes, lo cual significa ser capaces de defender nuestros derechos sin agredir ni ser agredido.
- No asumir tareas para las que no estamos capacitados, que no podamos asumir o que no se encuentren dentro de nuestras funciones en la empresa.
- Practicar técnicas de respiración y relajación para disminuir nuestros niveles de ansiedad.
- Cuidar otros aspectos de nuestra vida, como por ejemplo llevar una vida sana, mantener relaciones sociales satisfactorias y disponer de tiempo libre.
- Pedir ayuda a las personas de nuestro entorno (compañeros, jefes, amigos, etc.) o acudir a terapia psicológica para poder afrontarlo.
REFERENCIAS
Gil-Monte, P.R. (2014). Manual de psicosociología aplicada al trabajo y a la prevención de riesgos laborales. Madrid: Pirámide.
Freudenberger (1974). Staff burn-out. Journal of Social Issues. 30, 159-165. https://dx.doi.org/10.1111/j.1540-4560.1974.tb00706.x
Artículo escrito por Paula Pérez Marina
Si queremos ser buenos deportistas no solo tenemos que estar bien físicamente, también hay que tener una buena fortaleza psicológica. La mente constituye una parte muy importante para poder realizar un buen papel compitiendo, por eso cada vez se incorporan más a los entrenamientos personas con conocimientos en psicología. Tradicionalmente, se empleaban técnicas basadas en mantener la mente del deportista concentrada, motivada y con confianza, sobre todo en el momento previo a la competición. Actualmente, como resultado de las aportaciones a nuestra disciplina de corrientes novedosas, se están introduciendo terapias alternativas que consisten en la aceptación de los malos momentos, así como en ser capaces de seguir adelante a pesar de haber fallado o haberse lesionado. Son técnicas que se centran en la totalidad de la competición, es decir, el momento previo, durante y posterior.
Estas nuevas corrientes psicológicas de las que hablamos, han cambiado su orientación y ya no se focalizan en que la persona sea feliz, sino en aceptar que podemos sentirnos mal y que no pasa nada; se empieza a abandonar la idea de que tenemos que estar siempre bien, que somos perfectos y todos podemos ser felices. De hecho, se ha descubierto que para una persona que no se encuentra en un buen momento, el hecho de no ser feliz le hace ser aún más infeliz por la sensación de que algo malo le pasa. Se crea una culpa irracional que lo que hace es agravar el problema, cuando la realidad es que la felicidad es totalmente relativa.
Una de las terapias encuadrable en esta nueva corriente es la llamada Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), cuyos principios básicos son la aceptación, la defusión cognitiva, experiencia presente, yo observador, claridad de valores y acción comprometida. Vamos a ver de un modo más desarrollado estos principios en relación a su uso en la competición deportiva:
El primero de ellos es el de la aceptación, que podríamos definir como un modo de reconocer y aprobar nuestra experiencia emocional, ser capaces de tratarnos con cariño a pesar de no ser perfectos. Para aplicarlo al deporte habría que aceptar que en una competición podemos equivocarnos, fallar e incluso lesionarnos, pero lo importante es tomar esos momentos como algo que puede pasar; resulta fundamental, para poder superarlo, aceptarlo y continuar. A través de la ACT se enseña al deportista que de nada sirve frustrarse por estar lesionado y que, a veces, este hecho produce una paralización de los recursos psicológicos del paciente para recuperarse de un modo más positivo. Hay que aceptar, en definitiva, que esa es su realidad y a partir de ahí ver qué puede hacer para mejorar, afrontando el proceso de un modo más sano y productivo.
Otro principio es la defusión cognitiva, que consiste en observar los pensamientos y cogniciones como lenguaje, sin juzgarlos. Hay que tener en cuenta que un pensamiento no es un hecho, ya que a veces nos quedamos estancados en un pensamiento negativo como “que mal he jugado hoy, soy muy malo” o “no corro suficiente, soy el peor” y lo tomamos como verdades absolutas, cuando son tan solo palabras y no hechos. El problema de estos enunciados es el poder tan intenso que tienen en nosotros; nos cambian, etiquetan y hacen difícil que nos movamos de ese pensamiento. Por ello, es importante que el deportista se diga a sí mismo “pienso que he jugado mal, pero la verdad es que mi entrenador me ha felicitado por algunas cosas que he hecho, normalmente no lo hago así”. Esto no significa utilizar excusas, sino dejar de poner piedras en nuestro camino con palabras, y no etiquetarse en un rol a la primera de cambio.
El siguiente punto es muy importante y está cada vez más de moda por el llamado Mindfulness. Sería contemplar la experiencia presente como la capacidad para estar en el aquí y ahora con mentalidad abierta. No sirve de nada anclarnos en experiencias pasadas como un mal partido, una mala jugada o un fallo que tuvimos; lo importante es ser consciente de lo que está sucediendo ahora, y lo que voy a hacer para no volver a cometer ese error. Ése es, por ejemplo, el punto fuerte de Rafa Nadal en los partidos duros; él es capaz de borrar de su mente los malos resultados y continuar adelante sin desistir diciéndose a sí mismo “he perdido este punto, pero a partir de ahora voy a luchar por no perder ninguno”.
El siguiente principio es el que calificamos como yo observador: significa desprenderse del apego a nuestras propias narraciones. Es parecido a la defusión cognitiva pero va más allá, pues quiere decir que no solo debemos darnos cuenta de que nuestros pensamientos son palabras sino además observarlos como si fuésemos científicos, sin juzgarlos, analizando esta forma de pensar sin poner sentimientos por medio. Podemos decirnos “he pensado que soy muy malo porque he tenido un mal día, pero esto es debido a que ahora estoy en un mal momento, no es la realidad”.
Otro aspecto muy importante es la claridad de valores, que alude a la necesidad de tener un autoconocimiento amplio de nuestros propios valores o metas, pero siempre con honestidad, siendo realistas sobre lo que nos motiva, el porqué estoy haciendo esto o lo otro. Si soy un deportista y solo trabajo por el dinero, pero así estoy contento es igual de válido que si compito porque me apasiona el deporte que hago. No se puede juzgar a nadie como mejor o peor si ambos planteamientos surgen de los valores que cada uno tenga.
Algo que va muy unido a lo anterior es el principio que denominamos acción comprometida, que es lo que motiva nuestra acción en congruencia con nuestros propios valores. Si actuamos de acuerdo a ellos nos sentiremos mejor, más íntegros y capaces. Los triunfos serán más gratificantes y al mirar al pasado estaremos orgullosos de lo que hemos hecho.
Todos estos postulados de la terapia de aceptación y compromiso son aplicables en el momento previo a la competición, durante y después. Si el deportista trabaja con ellos en mente puede desarrollar una capacidad muy alta para reponerse ante las adversidades que seguro van a surgir en competición, y de ese modo no quedarse estancado en los “debería…”, “podría haber…”, “tendría que…” tan dañinos para nuestra concentración, y centrarse en lo que debe, puede y tiene que hacer en el momento actual.
Artículo escrito por Elia Pesquera.