Un abrazo, una caricia, un apretón de manos, una palmada en la espalda, una mano en el hombro, una palmada en el trasero; son distintos tipos de contacto que probablemente la mayor parte de nosotros hemos experimentado alguna vez: ¿Qué es lo que hace que el tipo y cantidad de contacto sea desigual hacia unas personas con respecto a otras?
En una investigación publicada por un grupo de psicólogos de la universidad de Oxford (Reino Unido) y de Aalto (Finlandia), publicada en PNAS (Procedings of the National Academic of Science of the United States of America), se acaba de revelar como diferentes culturas reaccionan al contacto físico. Para ello se realizaron estudios en diversos países: Finlandia, Inglaterra, Italia, Francia y Rusia. El estudio se llevó a cabo a una muestra de 1300 participantes cuyo objetivo consistía en analizar donde se dejarían tocar por distintas personas (familiares, amigos, conocidos, desconocidos, etc). Los resultados muestran que no ha habido diferencias marcadas entre los países. “Nuestros resultados indican que tocar es una manera muy importante de establecer relaciones sociales”, ha señalado la investigadora finlandesa Juulia Suvilehto. “El mapa espacial se asocia de manera estrecha con el placer causado por el toque. Cuanto más placer cause tocar un área específica del cuerpo, seleccionaremos más a quien dejemos que la toque”.
Entre los participantes de los diversos países Europeos, y con la importancia de hacer diferenciaciones entre los nórdicos y los países del sur, se ha llegado a las siguientes conclusiones: los británicos son más reacios al contacto personal y los italianos a su vez rechazan en mayor medida ser tocados por desconocidos que los rusos. Otro detalle significativo es que los finlandeses se muestran más cómodos por el contacto ajeno.
Con relación a la distinción entre sexos, las mujeres tienen una mayor tendencia a tocar y a ser tocadas que los hombres. Por ejemplo, mientras las mujeres permiten que sus madres y hermanas toquen sus zonas genitales, los hombres rehuyen cualquier contacto en dichas zonas por sus familiares. Los hombres además permiten que cualquier desconocido toque sus partes íntimas, siempre y cuando sea una mujer. En el hombre se convierte en un tema tabú e incluso se puede sentir rechazo si un desconocido, aún siendo masajista, le toca las piernas o el pecho, a no ser que sea mujer. La tendencia a sexualizar el contacto hace que tanto los hombres como las mujeres ejerzan diferentes influencias individuales sobre la persona encargada de ejercerlo.
En resumidas cuentas: “el contacto se interpreta en el contexto de la relación con la otra persona”; además, existe una gran diferenciación por áreas: “cuanto más íntima sea el área del cuerpo permitida al tacto, mayor será el vinculo emocional con la persona a la que se permite tal contacto”.
Algunos expertos señalan que de todos los canales de comunicación con otros seres vivos y ante la necesidad de llevar a cabo ese vinculo sensorial, el tacto es el sentido de comunicación más primitivo, y todos los humanos necesitamos de ese contacto aunque sea en distinto grado.
El valor cultural adoptado en el contacto físico con los distintos tipos de relaciones afectivas vinculantes —ya sean éstas familiares, amigos, pareja—influye directamente sobre el grado de aceptación del tacto que cada parte de nuestro cuerpo permite sobre el prójimo. Pudiendo gozar de esa necesidad a distintos niveles, en el caso de la ruptura de esos límites se produciría disconfort o bien nuevas conexiones vinculantes con la otra persona, desarrollando nuevos estereotipos de relación que puedan romper tabús o implementarlos hasta el punto de crear necesidades novedosas; incluso arraigar aún más los valores sociales asociados a esa necesidad primaria.
Al tacto se le quita valor frente a otros sentidos como la vista y el oído, que parecen determinantes, pero la importancia que posee este es fundamental en el crecimiento del bebé y el establecimiento del apego con sus cuidadores.
En un artículo escrito por Pau Navarro en habilidadsociales.com se desarrolla la importancia del contacto físico a través de una lista de 7 motivos que buscan darle el valor que le corresponde:
La mejora de la salud física y psicológica a través de la reducción de la emisión de la hormona del estrés, el cortisol, mediante la presión de la piel, lo cual estimula su inhibición. A su vez esa reducción aumenta la producción de linfocitos, primera defensa del sistema inmune frente a infecciones y enfermedades.
Comunicar mejor las emociones: En un estudio realizado en el año 2009 por el psicólogo Matther Hertenstein, se demostró que a través del tacto se podía comunicar con un 78% de eficacia 8 emociones: gratitud, enfado, miedo, desagrado, amor, simpatía, tristeza y felicidad.
Aumento de la capacidad de persuasión: en un estudio realizado por el Dr. Guéguen, se ha demostrado que tocar a alguien ligeramente en la parte superior de su brazo aumenta las probabilidades de que este acepte tu petición. En otro estudio se ha demostrado que pedir a alguien un cigarro mediante contacto físico hace que haya más probabilidades de que la persona acabe dándote un cigarro; el toque Midas, denominado así por la el efecto que tiene el contacto físico de una camarera sobre la cantidad de propina recibida, siendo mayor cuando este se realiza.
La mejora de la imagen personal sobre los demás: en un investigación realizada en 1976 sobre un grupo de bibliotecarios que devolvían las tarjetas a los estudiantes con un sutil toque sobre su mano, mientras otros lo hicieron sin contacto, demostró que aquellos que fueron tocados evaluaron de forma más positiva a aquellos bibliotecarios que les habían propiciado ese toque, incluso no siendo capaces de recordar el contacto recibido. Además hay estudios que avalan que el toque ayuda a adquirir mayor status y honestidad.
Aumenta el rendimiento: en el año 2010 se realizó un estudió a gran escala en la NBA para comprobar si el contacto físico estaba relacionado con el éxito en el baloncesto. Durante una liga se analizaron los distintos contactos físicos realizados (palmadas, abrazos, etc) llegando a la conclusión de que el grado de contacto físico podía predecir con mucha exactitud el éxito de cualquier equipo de la NBA.
Ayuda a seducir: El contacto desarrolla atracción, y sin este es muy probable que esa atracción no termine de establecerse.
Fortalecimiento de las relaciones sentimentales: El contacto físico favorece la segregación de oxitocina, la denominada hormona del amor, lo que provoca mayor apego hacia la otra persona y favorece la sensación de bienestar.
En definitiva, tocar sirve para influir, gustar más, vincularse con los demás, relajarse y fortalecer una relación. Además, cuando más contacto físico se establece, mayor satisfacción encuentra uno consigo mismo y con las relaciones que mantiene. Aunque como buen arte, el contacto interpersonal se trabaja en el día a día y en el fluir de las situaciones, donde el ser humano pueda encontrar a través de la experiencia la forma de llevarlo a cabo con las distintas personas de su entorno.
Maria Keynes (1963)
El contacto humano es tan importante como el agua, la comida, el aire, la risa y los zapatos nuevos.
Artículo escrito por Íñigo Cansado de Noriega
Según los datos anuales de la Internacional Society of Aesthetic Plastic Surgery (ISAP), el número de intervenciones estéticas aumenta cada año en todo el mundo, en su último informe publicado este mismo año indica que en 2016 ha sido de un 8% respecto al año anterior. En concreto, España se encuentra en la posición undécima en cuanto a procedimientos estéticos durante el 2016, lo que correspondería al 2% del total mundial; estos datos se traducen en 225.851 intervenciones quirúrgicas. En nuestro país la operación más solicitada sería el aumento de pecho seguida de la cirugía de párpados o blefaroplatia, liposucción, rinoplastia o cirugía de nariz y la abdominoplastia.
Estos datos podrían derivar de diversos factores: por un lado, a las mejoras en las técnicas quirúrgicas, mayor control sobre la anestesia y a los periodos y condiciones postoperatorios más cortos y de mejor calidad; y por supuesto, también debido al aumento de información referente a este tipo de intervenciones y su accesibilidad.
Como consecuencia al continuo aumento de las operaciones estéticas y debido a su lenta pero cada vez mayor presencia en la vida de las personas, las investigaciones y estudios sobre el tema tampoco han dejado de crecer. La mayoría de los autores concluyen que una buena parte de las personas que se someten a una intervención estética parecen estar satisfechos con los resultados obtenidos, ofreciendo datos muy positivos en mejora de calidad de vida, autoestima, satisfacción vital… Lamentablemente también nos advierten de que existen ciertos casos en los que no se han obtenido los resultados esperados. Nos ofrecen algunas cuestiones a tener en cuenta a la hora de replantearnos pasar por el quirófano.
¿Cuándo estaría desaconsejada una cirugía?
El primer punto en desaconsejar una cirugía sería debido a una contraindicación médica, el cual sería definitivo. Por otro lado, desde una perspectiva psicológica se deberían tener en cuenta varios aspectos antes de iniciar el proceso de la operación:
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En caso de no tener unas expectativas realistas respecto a los resultados de la cirugía o no ser consciente de los riesgos de todo el proceso.
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En el caso de tener incapacidad para tomar decisiones o alteración en el juicio como sería por ejemplo la presencia de trastorno Bipolar, Ansiedad, Depresión, Trastorno de Personalidad, Retraso Mental, Esquizofrenia, Trastorno Delirante…
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Mención aparte merece la existencia de un Trastorno de la Percepción Corporal (Trastorno Dismórfico, Bulimia o Anorexia…) que consistiría en una preocupación excesiva por alguna característica física del propio cuerpo, esta percepción puede ser real o imaginada.
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Y por último, cuando el autoconcepto y por consiguiente la autoestima está excesivamente centrada en el propio cuerpo.
¿Cuándo una cirugía podría conducir a resultados positivos a los pacientes?
En primer lugar, hablaremos de la cirugía reparadora o reconstructiva: ¿Qué es? Mientras que la cirugía estética se centraría en realizar mejoras en las estructuras normales del cuerpo, la cirugía reparadora sería otra parte de la cirugía plástica encargada de reparar o mejorar la función y aspecto físico de diversas lesiones, cicatrices, traumatismos, tumores, quemaduras o partes del cuerpo que se encuentran deformadas ya sea por causas congénitas o problemas en el desarrollo.
Por otro lado, también nos encontramos a personas que sin presentar contraindicaciones médicas o psicológicas, deciden someterse a una intervención quirúrgica por no estar de acuerdo con alguna parte de su cuerpo.
¿Qué aspectos tendría que tener en cuenta antes de someterme a una cirugía?
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Lo primero sería sincerarse con uno mismo y estudiar la verdadera motivación para llevar a cabo la operación, replantearse ¿Por qué quiero hacerlo? ¿para qué? ¿Realmente es necesario?
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Informarse de otras alternativas a la operación, otras intervenciones que puedan ayudarle a acercarse más a su objetivo sin tener que pasar por el proceso quirúrgico.
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Llegados al punto de estar seguros de que la mejor solución para su caso es llevar a cabo la operación, sería conveniente comentar su decisión a las personas de confianza con el objetivo de que le puedan ofrecer su opinión personal, así como ayudarla/o en su decisión y durante todo el proceso. tenga en cuenta que el apoyo emocional pre y post operatorio siempre es aconsejable y muy recomendable.
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A la hora de seleccionar cirujano asegúrese de recurrir a un profesional con la titulación adecuada, en este caso es la de Médico Especialista en Cirugía Plástica y Reparadora y que cuente con un equipo de profesionales cualificados.
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El centro hospitalario donde se lleve a cabo la operación debe contar con un quirófano homologado con las condiciones de seguridad adecuadas.
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Plantear al cirujano todas las dudas que tenga sobre la operación e informarse, todo lo posible, de cómo se desarrollará el proceso.
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Explicar con total claridad lo que espera de la operación, teniendo en cuenta que cada paciente es diferente y el resultado es impredecible al 100%.
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Valorar objetivamente la decisión tomada, teniendo presente el riesgo/beneficio y las posibles complicaciones que la intervención pueda acarrear, así como la realidad de las expectativas esperadas y por supuesto cuestionarse si se está preparado para el cambio.
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Contemplar la necesidad de una valoración psicológica previa a la decisión, con el fin de evitar cualquier consecuencia emocional negativa tras la intervención. Además, es especialmente importante tener en cuenta que pese a tener el visto bueno del cirujano para operarse y estar convencido/a de la decisión, es inevitable que los días o semanas previos a la intervención se sufran ciertos desajustes emocionales causados por: (1) la incertidumbre de cómo saldrá todo proceso, (2) el miedo a lo desconocido o lo no habitual (anestesia y quirófanos) o (3) el desajuste de la rutina habitual de la persona (bajas, reposo total), entre otros posibles motivos… reacción totalmente normal y ajustada a la realidad de la situación.
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Por último, en el caso de estar convencido de llevar a cabo la operación seguir todas las indicaciones del equipo médico tanto en el preoperatorio como en el post.
Como resumen final podemos concluir que el número de intervenciones estéticas está aumentando mundialmente. Las numerosas investigaciones al respecto nos indican que la mayoría de las personas que se someten a este tipo de operaciones manifiestan múltiples beneficios, así como una mejora en su calidad de vida y satisfacción corporal; no obstante, no podemos olvidarnos de una pequeña fracción de población que no obtiene los resultados deseados. Debido a ello, es muy aconsejable estudiar minuciosamente las motivaciones, expectativas, riesgos y beneficios antes de llevar a cabo la operación. Igualmente hay que tener presente que una valoración psicológica previa es muy aconsejable con el fin de aclarar estas cuestiones, así como de evitar malestar emocional posterior.
Artículo escrito por María de Gracia Pérez Morujo
¿Quién no ha escuchado alguna vez eso de “estoy quemado con el trabajo”? De hecho, es probable que tú mismo hayas pensado ocasionalmente algo similar, pues lo cierto es que los cambios en el mundo del trabajo están generando costes en las organizaciones y también en la salud de los trabajadores.
Según la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), en torno al 22% de la población activa padece estrés laboral y la Agencia Europa para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (EU-OSHA) calcula que el estrés de los trabajadores tiene un coste económico de 136.000 millones de euros al año. Con estos datos no resulta sorprendente conocer que estos temas fueron los que generaron más investigaciones en dos de las revistas con más impacto en el estudio de la psicología de la salud ocupacional (Work & Stress y Journal of Occupational Health Psychology). El 11% de los artículos científicos publicados en dichas revistas versaban sobre riesgos psicosociales (por ejemplo: sobrecarga laboral), destacando que el 5% de ellos eran sobre el Síndrome de Quemarse en el Trabajo.
Pero, ¿qué es exactamente el Síndrome de Quemarse en el Trabajo (SQT) o Burnout?
El SQT fue inicialmente un concepto del cual no existía una definición estándar, aunque había una amplia variedad de opiniones sobre lo que era y lo que se podía hacer al respecto. El uso del término burnout para este fenómeno comenzó a aparecer con cierta regularidad en los años 70 en los Estados Unidos, especialmente entre aquellos que trabajaban en los servicios de atención a personas (Maslach et al., 2001).
Desde una perspectiva clínica, Freudenberger (1974) lo definió como “fallar, agotarse, o llegar a desgastarse debido a una exceso de fuerzas, demandas excesivas de energía o recursos”. Si esto ocurre a un profesional, es sinónimo de que está “quemado”. Según esta orientación, el SQT sería un estado, que surgiría con más frecuencia en los profesionales más comprometidos y que trabajan de manera más intensa ante la presión y las demandas de su trabajo que intentan satisfacer, poniendo en un segundo plano sus propios intereses.
Desde una perspectiva psicosocial, Maslach (1977) ha definido el SQT como un síndrome de agotamiento físico y emocional que implica el desarrollo de actitudes negativas hacia el trabajo, pobre autoconcepto y pérdida de interés por los clientes, que aparece en los profesionales que trabajan en organizaciones de servicio. Surge como respuesta al estrés emocional crónico, con tres componentes: agotamiento emocional y/o físico, baja productividad y exceso de despersonalización (es decir, sensación de estar desconectado o separado del propio cuerpo y de los pensamientos).
Delimitar los síntomas del SQT es una tarea importante ya que permite, por un lado, una mejor comprensión del síndrome y por otro, poder distinguir a través de estos el burnout de otras patologías como la ansiedad, la fatiga o la depresión.
Sin embargo, existe un problema a la hora de delimitar los síntomas, pues son tan numerosos los que se asocian a este cuadro que se puede tener la idea equivocada de que todos los problemas psicológicos y de comportamiento asociados al mundo laboral tienen que ver con el SQT.
La literatura señala más de 100 síntomas asociados al SQT. Estos síntomas afectan negativamente a las:
- Emociones: agotamiento emocional, odio, irritabilidad.
- Cogniciones: baja autoestima, baja realización profesional, sentimiento de impotencia para el desempeño del rol profesional.
- Actitudes: cinismo, despersonalización.
- Conductas: aislamiento, absentismo, conductas agresivas hacia los clientes.
- Sistema fisiológico: insomnio, dolores de cabeza, de espalda, fatiga e hipertensión, alteraciones hormonales.
Existen diversos modelos que explican el SQT. Uno de ellos es el modelo de proceso del SQT de Gil-Monte (2005), el cual lo define como una respuesta psicológica al estrés laboral crónico que aparece en los profesionales que trabajan en el sector de servicios en contacto directo con los clientes o usuarios de la organización.
Siguiendo a este autor, se trata de un síndrome no psiquiátrico caracterizado por: manifestaciones cognitivas (pérdida de ilusión hacia el trabajo, desencanto profesional o baja realización), el deterioro emocional (es decir, el desgaste psíquico), actitudes y comportamientos de indiferencia y, a veces, actitudes abusivas hacia el cliente (indolencia). Además, en algunos casos, se presentan actitudes negativas, en especial hacia las personas con las que el trabajador establece relaciones de trabajo y esto conlleva altos sentimientos de culpa.
Según este modelo, el SQT se inicia primeramente con la aparición del deterioro cognitivo y emocional y después, al cabo de los años, aparecen actitudes negativas hacia los clientes. Para la mayoría de las personas esta estrategia de afrontamiento puede resultar adecuada para manejar su estrés laboral, sin embargo, existen casos en los que esto no ocurre y el cuadro se agrava llegando a producir problemas de salud. Teniendo en cuenta lo anterior, el modelo propone dos perfiles de trabajadores en el desarrollo del SQT:
Por un lado, tenemos los trabajadores a los cuales las estrategias de distanciamiento les son útiles para afrontar la pérdida de la ilusión por el trabajo y el desgaste psíquico. Estas estrategias son a menudo comportamientos indolentes y cínicos hacia los receptores del servicio o clientes, llevando a una pérdida de calidad del servicio prestado y originando quejas de los clientes. Sin embargo, estos trabajadores están cómodos con esta situación, pues pueden mantenerse en el puesto de trabajo muchos años sin consecuencias relevantes para su salud. Este perfil se denomina Perfil 1.
Por otro lado, tendríamos al Perfil 2 para incluir a los trabajadores para quienes esas estrategias de afrontamiento no han sido eficaces a la hora de manejar los problemas. Estos trabajadores se sienten culpables por el trato dado a los clientes de la organización. En estos casos, los trabajadores sienten que están violando las normas éticas y morales, llevándoles a desarrollar consecuencias negativas (ansiedad, problemas psicosomáticos o depresión) hasta el punto de no poder presentarse a trabajar.
Además, estos sentimientos de culpa pueden entonces generar un ciclo vicioso, ya que podrían generar una mayor implicación por parte del trabajador ya que siente remordimientos y se implica más como forma de disminuir su culpabilidad. Sin embargo, las condiciones laborales desfavorables siguen siendo las mismas, lo que llevará a que se incremente el deterioro cognitivo y emocional y volverán a surgir las actitudes de cinismo, indiferencia e indolencia hacia los clientes por parte del trabajador.
Modelo de proceso del SQT de Gil-Monte
Y bien, ¿qué podemos hacer para prevenirlo? Aunque en la prevención del SQT es necesaria la implicación de la empresa, nosotros mismos también podemos llevar a cabo algunas acciones, como por ejemplo:
- Adoptar un estilo asertivo con los compañeros, jefes, clientes o pacientes, lo cual significa ser capaces de defender nuestros derechos sin agredir ni ser agredido.
- No asumir tareas para las que no estamos capacitados, que no podamos asumir o que no se encuentren dentro de nuestras funciones en la empresa.
- Practicar técnicas de respiración y relajación para disminuir nuestros niveles de ansiedad.
- Cuidar otros aspectos de nuestra vida, como por ejemplo llevar una vida sana, mantener relaciones sociales satisfactorias y disponer de tiempo libre.
- Pedir ayuda a las personas de nuestro entorno (compañeros, jefes, amigos, etc.) o acudir a terapia psicológica para poder afrontarlo.
REFERENCIAS
Gil-Monte, P.R. (2014). Manual de psicosociología aplicada al trabajo y a la prevención de riesgos laborales. Madrid: Pirámide.
Freudenberger (1974). Staff burn-out. Journal of Social Issues. 30, 159-165. https://dx.doi.org/10.1111/j.1540-4560.1974.tb00706.x
Artículo escrito por Paula Pérez Marina
Si queremos ser buenos deportistas no solo tenemos que estar bien físicamente, también hay que tener una buena fortaleza psicológica. La mente constituye una parte muy importante para poder realizar un buen papel compitiendo, por eso cada vez se incorporan más a los entrenamientos personas con conocimientos en psicología. Tradicionalmente, se empleaban técnicas basadas en mantener la mente del deportista concentrada, motivada y con confianza, sobre todo en el momento previo a la competición. Actualmente, como resultado de las aportaciones a nuestra disciplina de corrientes novedosas, se están introduciendo terapias alternativas que consisten en la aceptación de los malos momentos, así como en ser capaces de seguir adelante a pesar de haber fallado o haberse lesionado. Son técnicas que se centran en la totalidad de la competición, es decir, el momento previo, durante y posterior.
Estas nuevas corrientes psicológicas de las que hablamos, han cambiado su orientación y ya no se focalizan en que la persona sea feliz, sino en aceptar que podemos sentirnos mal y que no pasa nada; se empieza a abandonar la idea de que tenemos que estar siempre bien, que somos perfectos y todos podemos ser felices. De hecho, se ha descubierto que para una persona que no se encuentra en un buen momento, el hecho de no ser feliz le hace ser aún más infeliz por la sensación de que algo malo le pasa. Se crea una culpa irracional que lo que hace es agravar el problema, cuando la realidad es que la felicidad es totalmente relativa.
Una de las terapias encuadrable en esta nueva corriente es la llamada Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), cuyos principios básicos son la aceptación, la defusión cognitiva, experiencia presente, yo observador, claridad de valores y acción comprometida. Vamos a ver de un modo más desarrollado estos principios en relación a su uso en la competición deportiva:
El primero de ellos es el de la aceptación, que podríamos definir como un modo de reconocer y aprobar nuestra experiencia emocional, ser capaces de tratarnos con cariño a pesar de no ser perfectos. Para aplicarlo al deporte habría que aceptar que en una competición podemos equivocarnos, fallar e incluso lesionarnos, pero lo importante es tomar esos momentos como algo que puede pasar; resulta fundamental, para poder superarlo, aceptarlo y continuar. A través de la ACT se enseña al deportista que de nada sirve frustrarse por estar lesionado y que, a veces, este hecho produce una paralización de los recursos psicológicos del paciente para recuperarse de un modo más positivo. Hay que aceptar, en definitiva, que esa es su realidad y a partir de ahí ver qué puede hacer para mejorar, afrontando el proceso de un modo más sano y productivo.
Otro principio es la defusión cognitiva, que consiste en observar los pensamientos y cogniciones como lenguaje, sin juzgarlos. Hay que tener en cuenta que un pensamiento no es un hecho, ya que a veces nos quedamos estancados en un pensamiento negativo como “que mal he jugado hoy, soy muy malo” o “no corro suficiente, soy el peor” y lo tomamos como verdades absolutas, cuando son tan solo palabras y no hechos. El problema de estos enunciados es el poder tan intenso que tienen en nosotros; nos cambian, etiquetan y hacen difícil que nos movamos de ese pensamiento. Por ello, es importante que el deportista se diga a sí mismo “pienso que he jugado mal, pero la verdad es que mi entrenador me ha felicitado por algunas cosas que he hecho, normalmente no lo hago así”. Esto no significa utilizar excusas, sino dejar de poner piedras en nuestro camino con palabras, y no etiquetarse en un rol a la primera de cambio.
El siguiente punto es muy importante y está cada vez más de moda por el llamado Mindfulness. Sería contemplar la experiencia presente como la capacidad para estar en el aquí y ahora con mentalidad abierta. No sirve de nada anclarnos en experiencias pasadas como un mal partido, una mala jugada o un fallo que tuvimos; lo importante es ser consciente de lo que está sucediendo ahora, y lo que voy a hacer para no volver a cometer ese error. Ése es, por ejemplo, el punto fuerte de Rafa Nadal en los partidos duros; él es capaz de borrar de su mente los malos resultados y continuar adelante sin desistir diciéndose a sí mismo “he perdido este punto, pero a partir de ahora voy a luchar por no perder ninguno”.
El siguiente principio es el que calificamos como yo observador: significa desprenderse del apego a nuestras propias narraciones. Es parecido a la defusión cognitiva pero va más allá, pues quiere decir que no solo debemos darnos cuenta de que nuestros pensamientos son palabras sino además observarlos como si fuésemos científicos, sin juzgarlos, analizando esta forma de pensar sin poner sentimientos por medio. Podemos decirnos “he pensado que soy muy malo porque he tenido un mal día, pero esto es debido a que ahora estoy en un mal momento, no es la realidad”.
Otro aspecto muy importante es la claridad de valores, que alude a la necesidad de tener un autoconocimiento amplio de nuestros propios valores o metas, pero siempre con honestidad, siendo realistas sobre lo que nos motiva, el porqué estoy haciendo esto o lo otro. Si soy un deportista y solo trabajo por el dinero, pero así estoy contento es igual de válido que si compito porque me apasiona el deporte que hago. No se puede juzgar a nadie como mejor o peor si ambos planteamientos surgen de los valores que cada uno tenga.
Algo que va muy unido a lo anterior es el principio que denominamos acción comprometida, que es lo que motiva nuestra acción en congruencia con nuestros propios valores. Si actuamos de acuerdo a ellos nos sentiremos mejor, más íntegros y capaces. Los triunfos serán más gratificantes y al mirar al pasado estaremos orgullosos de lo que hemos hecho.
Todos estos postulados de la terapia de aceptación y compromiso son aplicables en el momento previo a la competición, durante y después. Si el deportista trabaja con ellos en mente puede desarrollar una capacidad muy alta para reponerse ante las adversidades que seguro van a surgir en competición, y de ese modo no quedarse estancado en los “debería…”, “podría haber…”, “tendría que…” tan dañinos para nuestra concentración, y centrarse en lo que debe, puede y tiene que hacer en el momento actual.
Artículo escrito por Elia Pesquera.
La psicología consideraba que lo originario era que si una persona vivía una experiencia traumática, desarrollara alguna patología en relación a esa vivencia, pero actualmente desde modelos más optimistas, se considera que la persona es fuerte y activa, con una capacidad natural de resistir y rehacerse a pesar de las adversidades. Esta concepción se encuadra dentro del marco de la Psicología Positiva, aquí nace el concepto de resiliencia (Vera, Carbelo, y Vecina, 2007).
Este término era usualmente utilizado en la ingeniería para determinar la resistencia de los materiales; ahora, se trasladada a los ámbitos en los que se pide la cualidad de resistir y adaptarse a la adversidad, por lo tanto, encajaría en el ámbito de la Psicología. Según esta, es una capacidad común que aparece en personas que viven circunstancias dolorosas o traumáticas como pueden ser la muerte de un ser querido, desastres naturales… mediante la gestión y superación de dichas circunstancias recuperan una vida dentro de la normalidad. Eso no quiere decir que no haya sufrimiento: se experimentan emociones negativas y estrés; de hecho, sin ello no sería posible el crecimiento personal a través de ellas, puesto que no se elimina el dolor, sino que se coexiste con él.
El concepto de personalidad resistente aparece por primera vez en la literatura científica en 1972, se empieza a indagar y se observan múltiples factores que influyen en el desarrollo de la resiliencia. Uno de los más importantes es tener relaciones de cariño y apoyo tanto dentro como fuera del núcleo familiar, que favorezcan vínculos seguros y a imitar, donde se promueva la confianza y el afecto. Además, también influye la capacidad de planificación de metas y su consecución, al igual que la solución de problemas. Otro factor importante es la autogestión de sentimientos y emociones, conocerse y saber identificar que ocurre en nuestro lado emocional, además de tener una visión positiva y realista de sí mismo (APA, 2017).
La resiliencia no es absoluta, es una capacidad que resulta de un proceso dinámico y evolutivo. Las personas resilientes se enfrentan a las experiencias difíciles utilizando el humor, la exploración creativa y el pensamiento optimista (Fredickson y Tugade, 2003). Éste cambio positivo que experimentan —resultado del proceso de lucha— les lleva a una situación mejor respecto de la que se encontraba antes de ocurrir el suceso (Calhoun y Tedechi, 1999). Los cambios pueden ser en uno mismo (a nivel individual), en las relaciones interpersonales (con otras personas) y en la filosofía de vida.
Es de gran importancia distinguir el concepto de resiliencia del concepto de recuperación (Bonanno, 2004), ya que representan trayectorias temporales distintas. En esta línea, la recuperación supone una vuelta progresiva hacia la normalidad funcional, mientras que la resiliencia muestra la habilidad de mantener un equilibrio estable durante todo el proceso.
El origen de los trabajos sobre resiliencia se remonta a la observación de comportamientos individuales de superación que parecían casos aislados y anecdóticos (Vanistendael, 2001) y al estudio evolutivo de niños que habían vivido en condiciones difíciles. Uno de los primeros trabajos científicos que potenciaron el establecimiento de este concepto como tema de investigación fue un estudio longitudinal realizado a lo largo de 30 años con una cohorte de 698 niños nacidos en Hawái en condiciones muy desfavorables. Treinta años después, el 80% de estos niños había evolucionado positivamente, convirtiéndose en adultos competentes y bien integrados (Werner y Smith, 1982; 1992). Este estudio, realizado en un marco ajeno a la resiliencia, ha tenido un papel importante en el surgimiento de la misma (Manciaux, 2001).
Así, frente a la creencia tradicional fuertemente establecida de que una infancia infeliz determina necesariamente el desarrollo posterior del niño hacia formas patológicas del comportamiento y la personalidad, los estudios con menores resilientes han demostrado que son supuestos sin base científica, y que un niño con condiciones vitales difíciles no está necesariamente condenado a ser un adulto sin posibilidad de progresar en su vida y de desarrollarse felizmente.
Llegados a este punto, cabe plantearse el papel del psicólogo. El crecimiento postraumático no puede ser creado por el terapeuta, es importante destacar que este debe ser descubierto por la propia persona. El psicólogo debe ser capaz de acompañarnos a lo largo de todo el proceso para ayudar en su desarrollo (Calhoun y Tedeschi, 1999).
Concluyendo, la labor del psicólogo vista desde la Psicología Positiva debe servir para reorientar a las personas a encontrar la manera de aprender de la experiencia traumática y progresar a partir de ella, teniendo en cuenta la fuerza, la virtud y la capacidad de crecimiento de cada uno (Poseck, Carbelo, y Vecina, 2006).
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
APA (2017). El Camino a la Resiliencia. Recuperado de: [Acceso el 20 Nov. 2017].
Bonanno, G.A. (2004) Loss, trauma and human resilience: Have we underestimated the human capacity to thrive after extremely aversive events? American Psychologist, 59(1): 20-28
Calhoun, L.G. y Tedeschi, R.G. (1999). Facilitating Posttraumatic Growth: A Clinician’s Guide. Mahwah, N.J.: Lawrence Erlbaum Associates Publishers
Artículo escrito por Paula Padrón
Me gustaría iniciar el presente artículo con un dato tranquilizador, esperando que, al finalizar su lectura, podáis entender el porqué:
“La ansiedad es una enfermedad que afecta a muchas personas en todo el mundo. Según un estudio publicado por la Sociedad Internacional de trastornos afectivos, más del 10% de la población adulta en España ha sufrido al menos un ataque de ansiedad.”
La ansiedad suele encontrarse entre los motivos de consulta más frecuentes en los centros de psicología, y no se puede negar que juega hoy en día un papel muy importante, ya sea por nuestro estilo de vida, vivencias o gestión de las emociones. Todos conocemos a varias personas que la padecen o la han padecido, y es que constituye un mecanismo de defensa adaptativo que forma parte de nosotros, apareciendo cuando menos la esperamos. ¿Acaso si vieras a un león no echarías a correr?
Los síntomas de la ansiedad suelen ser:
Físicos. Taquicardia, palpitaciones, opresión en el pecho, falta de aire, sudoración, molestias en el estómago (náuseas, vómitos), tensión, rigidez en los músculos, mareo e inestabilidad.
Psicológicos. Agobio, amenaza, ganas de huir, sensación de vacío, dificultad a la hora de tomar decisiones, temor a la muerte.
Cognitivos. Problemas de atención, concentración y memoria. Preocupación excesiva, pensamientos distorsionados.
Conductuales. Dificultades para actuar y/o estarse quieto. Impulsividad.
Sociales. Irritabilidad, bloqueos, dificultad para expresar opiniones propias.
De hecho, casi todos sabemos de qué manera se manifiesta la ansiedad, pero lo más complicado es descubrir la causa por la que ha decidido aparecer.
En estos casos, la familia suele ser un pilar muy importante. Cuando sentimos que algo no va bien recurrimos a nuestros familiares o apoyos buscando que nos ayuden, comprendan y protejan. Lo que no sabemos es que, en muchas ocasiones, la ansiedad está directamente relacionada con el funcionamiento familiar.
Para poder entender lo que verdaderamente nos está sucediendo, se debe visualizar a la familia como un sistema, en el que cada miembro constituye una parte y debe adaptarse a ella. Este sistema familiar (unidad con unas reglas propias, donde sus integrantes se organizan y a su vez son independientes) está formado por el comportamiento de cada uno de los elementos que lo constituyen y, a la vez, la adaptación a cada uno de los comportamientos que comprenden el sistema. Por esta razón, cuando la ansiedad se manifiesta modificar la dinámica familiar (interacción y proceso que se genera al interior de un grupo) da lugar a cambios tanto en los miembros del sistema como en los síntomas que se presentan; en este caso, relativos a la ansiedad.
Las tipologías familiares en las que nos podemos encontrar esta sintomatología son:
Las familias desligadas. En este tipo los miembros suelen tener poco contacto y son personas independientes del propio sistema, aunque siguiendo la dinámica del mismo. Son familias que tienden al aislamiento y se percibe una grave falta de afecto y apoyo, además de evitarse los conflictos.
Familias aglutinadas. Que se encuentran en el otro extremo a las anteriores, y se caracterizan por una excesiva involucración entre los miembros, de manera que se deja de lado la independencia y la autonomía y suelen confundirse los roles familiares. Además, aunque pueda sorprender, suelen evitarse también los conflictos, de manera que se ignoran o niegan conviviendo bajo una capa invisible de perfección. Estas características familiares se deben a la rigidez de los componentes del sistema, siendo bastante reacios a los cambios que puedan surgir en el ciclo vital.
Las familias sobreprotectoras. Se caracterizan por el cuidado excesivo y la hipersensibilidad del sistema a los problemas individuales de alguno de los miembros que lo constituyen. Esta forma de relacionarse provoca sentimientos de inutilidad y dependencia, además de miedo, inseguridad así como síntomas de ansiedad.
Una vez comentados los tipos de familias que podrían generar mayor propensión a los trastornos de ansiedad, matizaré que no son los únicos responsables. Así, nuestras vivencias fuera de las dinámicas familiares —como una experiencia traumática o dolorosa—, los factores biológicos, otros psicológicos, algunos más generales y otros más específicos, también pueden provocar que seamos más sensibles a que la ansiedad se manifieste con frecuencia en nuestras vidas. No cabe duda de que no es algo que pueda medirse de manera exacta, ya que un solo factor no es suficiente si no que varios tienen que convivir para que se desarrolle un trastorno.
Para finalizar el artículo, me gustaría que pensarais en seis personas que forman parte de vuestra vida y a las que queréis y apreciáis; ahora podéis considerar que, según las estimaciones disponibles, una de esas seis personas en las que habéis pensado padecerá en algún momento de su vida un trastorno de ansiedad. Tales como:
Trastornos de ansiedad generalizada: Hay situaciones en las que una persona puede sentir ansiedad ante circunstancias normales como una entrevista de trabajo, pero cuando esta se generaliza, experimentándose la mayoría del tiempo, estamos ante un trastorno de ansiedad generalizada.
Las preocupaciones que sufren estas personas son intensas y no tienen un fundamento claro, además interfieren con el funcionamiento de la vida diaria a nivel del trabajo, los amigos o la familia.
Trastorno de pánico: La ansiedad que se produce se manifiesta de forma aguda. Las personas que sufren pánico sienten síntomas tales como sensación de muerte o de quedarse sin aire, que puede producir problemas psicológicos y físicos.
Trastorno obsesivo-compulsivo: A todos nos ha ocurrido que salimos del coche, nos alejamos y no recordamos si lo hemos cerrado. Este comportamiento es normal y constituye una forma de estar alerta, pero cuando se convierte en algo obsesivo y se comprueba varias veces, estamos ante un trastorno obsesivo-compulsivo.
Trastorno por estrés postraumático: Se produce cuando padecemos una situación de estrés grave debido a una situación traumática, como por ejemplo un accidente o acoso. La persona puede revivir el hecho que ha experimentado: pesadillas, ira, fatiga, desapego.
Igualmente quien sufre este tipo de trastorno evitará situaciones que le recuerden al trauma vivido.
Fobia/ ansiedad social: Se manifiesta en personas que tienen miedo a situaciones en las que interactúan socialmente. El escenario más común es hablar en público, experimentándose pánico a sentirse humillada o a que se rían de ella.
Por último, con este artículo y con toda la información aportada en su desarrollo, además de la importancia que tienen nuestras familias a la hora de padecer un trastorno de ansiedad, mi intención no es otra que normalizar una serie de síntomas que son muy frecuentes en todos nosotros/as, y así poder ayudarte a que los identifiques y lidies con ello sin temor, asumiéndolo como una parte más de ti mismo/a. Te será mucho más fácil sentirte mejor.
Artículo escrito por Carolina Alonso
Cataluña habita en todas las conversaciones de whatsapp; te levantas por la mañana y pones la radio, las noticias, consultas cualquier periódico nacional y todos tienen algo en común: cargas policiales, colegios electorales, Puigdemont, Independencia, Artículo 155 entre otros temas relacionados. Los medios de comunicación y, en concreto, las portadas de las publicaciones de ámbito nacional están formadas por algo relacionado con lo que se está viviendo en la región. En muchas ciudades llama la atención la invasión de las banderas españolas en los edificios.
En relación a todo lo que está ocurriendo, se manifiesta un problema de salud pública: cómo está viviendo la sociedad este proceso de cambio, de incertidumbre, de tensión continua. Así, están aumentando los casos de ansiedad relacionados con el momento político y social en Cataluña. Las protestas, tensión e incertidumbre asociadas comienzan a pasar factura a la sociedad. A la gente le cuesta dormir, está triste, desanimada… todo esto se puede traducir a un estrés psicosocial.
Las organizaciones independentistas están dando especial relevancia a la psicología en las últimas semanas, ofreciendo consejos psicológicos que iban a impedir la actuación de los policías en el referéndum ilegal celebrado el día 1 de Octubre. Según el psicólogo clínico Miguel Ángel Rizaldos “se trata de una cuestión que genera emociones desbordadas” .
Como señalaba antes, Cataluña presenta una situación de riesgo para la salud mental ya que en muy poco tiempo se han vivido dos acontecimientos de una alta conflictividad social: los atentados de La Rambla y todo el proceso de independentismo. La proximidad entre estos dos eventos refuerza la sensación de angustia y malestar por parte del pueblo catalán, llevando a que la ansiedad general que existe actualmente se vea incrementada.
Todavía es temprano, según los expertos, para disponer de datos objetivos sobre un potencial incremento del consumo de psicofármacos, así como de un aumento de las visitas a consultas de salud mental.
"El factor emocional"
Como señala el jefe de la unidad de psiquiatría del Hospital del Mar, Víctor Pérez, pese a que el sentimiento de angustia es normal puede llegar a patologizarse. Señala un par de ejemplos: por un lado pacientes que fueron atendidos porque las imágenes de las cargas policiales les evocan lo vivido y altera su recuperación; por otra parte, en algunas zonas rurales donde también se produjeron incidentes con los cuerpos de seguridad, los responsables sanitarios “han empezado a captar un aumento de la angustia y de la incertidumbre”.
“Son emociones que al profesional deben ponerle en alerta porque pueden desembocar en trastornos de estrés agudo o estrés postraumático que son expresiones patológicas de una angustia mal controlada después de vivir una situación crítica que se caracteriza por la pérdida de tu seguridad personal o la de tus allegados” señalan estas mismas fuentes.
Los síntomas más comunes del estrés agudo son taquicardia, nerviosismo, insomnio e irritación. Si estos se manejan de una manera adecuada se puede llevar a cabo una recuperación entre las 4 y 6 semanas. Sin embargo en el caso del trastorno de estrés postraumático la recuperación es mucho más larga y el síntoma más característico son las intrusiones, definidas como aquellos pensamientos que vienen a la mente de forma incontrolada en forma de recuerdos e imágenes que tienen relación con el suceso que causa malestar.
A parte de todo esto Jorge Moya, profesor de la facultad de psicología de la Universidad de Lleida, señala que estas personas están sufriendo un proceso de rumiación, que es ese estadio en el que la persona le da vueltas constantemente al mismo contenido sin poder desengancharse o desconectarse. Para hacer frente a esta situación de angustia y ansiedad por la que está atravesando la sociedad se podrían dar algunos consejos:
Protegerse del exceso de información:
los medios de comunicación son un arma de persuasión muy grande que puede posicionarnos en un lado u otro; dados los acontecimientos acaecidos son imprescindibles en nuestro día a día para enterarnos de todo lo que sucede, pero en su justa medida. En determinados momentos se hace necesario un poco de desconexión. Todos necesitamos espacios de calma.
Cuidarse más:
incrementar las actividades de ocio, tener más cuidado con la alimentación y la pauta de sueño para compensar el desgaste que se está teniendo. Llevar a cabo unos hábitos de vida saludables es fundamental.
Fomentar el sentido del humor
para desconectar de la sensación de angustia y estrés, ya que se está la mayoría del tiempo alerta.
Buscar apoyo del entorno:
es recomendable conseguir el apoyo social del entorno, no son momentos de quedarse a solas. Hay que buscar vínculos de unión y evitar los temas de conflicto que puedan generar cualquier tipo de discrepancia de opiniones.
Como conclusión, conviene tener presente que todas las reacciones por las que está pasando la sociedad son totalmente normales ante los acontecimientos que están ocurriendo en Cataluña, y pienso que poco a poco se tiene que normalizar la situación, hay que pensar en el presente y no en el futuro, vivir en el aquí y ahora. Si la situación es desbordante no hay que dudar en acudir a una consulta médica o psicológica.
Debemos echar mano de la resignación propiamente humana y aceptar que estamos en una etapa de la vida —o un momento histórico— un tanto peculiar; ha habido etapas mucho peores y por tanto todo esto es una gota en un vaso de agua que estamos viendo de manera sobredimensionada. Por último conviene ser precavidos y aplicar la tolerancia y el respeto con los demás. El ser humano tiende a imponer sus opiniones a los demás, con lo que resulta de vital importancia llevar a cabo una reflexión constante, y ejercitar la empatía.
Artículo escrito por Luis Felipe Vicente Arribas
Esta mañana, Rocío se ha despertado con un aluvión de mensajes de WhatsApp y redes sociales. Todos ellos le dicen que: hoy será un gran día, que sonría, que no se rinda, que ella puede con todo, que no esté triste, que si lo desea con fuerza conseguirá todo lo que quiere… De manera que se ha atornillado la sonrisa y guardado su cansancio en el bolso, junto a su nuevo y chic kit de agenda y bolígrafo; los dos impresos con frases motivacionales que te inspiran felicidad por un módico precio: siemprefeliz# 0%aburrida#
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Hoy para desayunar prueba esa nueva marca de cereales del anuncio donde aparece una familia feliz, ese con una guapa y esbelta madre del siglo XXI. La perfecta ama de casa y profesional de éxito: supermamá# supermujer#
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De camino al trabajo ojea una revista de belleza y bienestar, donde una conocida modelo desvela “los SECRETOS para recuperar la figura en MENOS de un mes después del parto y sentirte BIEN contigo misma”. A Rocío ese editorial le recuerda que ya no se encuentra tan atractiva como antes de quedarse embarazada de su segundo hijo de 5 meses… noexcuses# enforma#
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Trabaja distraída, no puede dejar de pensar en cómo estará su bebé y llama constantemente a la guardería para comprobarlo. Duda si hizo bien cuando rechazó la jornada reducida por maternidad, pero aparta esos pensamientos de su mente. Quiere que la empresa vea en ella una persona comprometida y proactiva. Son las claves número 8 y 9 de su nuevo libro de cabecera: clavesparatriunfar# proactividad100%#
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Asiste al curso de inglés entre cabezadas. Las vitaminas para mejorar la concentración no le están ayudando tanto como esperaba: túpuedescontodo# noterindas#
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Ya en la cama Rocío no puede dormir, no para de pensar que: no ha ido a visitar a su madre a la residencia, en la mala contestación que le dio al mayor mientras le preparaba la cena, en que el pequeño parece que no la reconocía cuando le recogió, en ese plato de pasta que no debió comerse… Agobiada, decide tomarse una pastilla para dormir, no sin antes publicar su último post del día: sueñosfelices# smileandtheworldsmileswithyou#
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Esta mañana Rocío se ha despertado con un aluvión de…
Una malinterpretación de la Psicología Positiva inunda nuestras vidas a través de las redes sociales, libros y publicidad, convirtiendo la felicidad en una obsesión, así como en un negocio muy rentable por parte de marcas y editoriales, que han encontrado en esta búsqueda devenida en necesidad la fórmula de éxito.
A través de las redes sociales las personas nos volvemos cómplices de esta idea perversa e imposible de felicidad eterna que nos venden. El problema es que en su lugar, este mal formulado constructo puede dejar a su paso frustraciones, culpabilidad e insatisfacciones existenciales al dramatizar las situaciones y emociones negativas.
Estos sentimientos —de culpa y frustración— están conectados con expectativas hacia nosotros/as mismos/as que nos autoimponemos o que nos impone la sociedad. Es por ello que aprender a reducir nuestras autoexigencias y tolerar la frustración mitigará esos sentimientos, además de ayudarnos a evitar la procrastinación y el abandono de tareas por vernos sobrepasados merced a una mala planificación.
No podemos negar la importancia de la relación entre cómo pensamos y cómo entendemos la realidad. Los pensamientos positivos ejercen como factor protector para prevenir trastornos mentales, reducción de estrés, enfermedades orgánicas y aumento en nuestra calidad de vida pero tenemos que huir de un pensamiento positivo ingenuo y moralista, ajustándolo a nuestro momento y situación actual.
Por tanto, autosuperarnos persiguiendo nuestros sueños es importante para nuestra realización como personas, pero no nos podemos quedar en un análisis superficial de nuestros recursos y limitaciones. ¡Ojo! No los límites que nos autoimponemos por miedo, o que nos ponen otras personas o la sociedad.
Sin este trabajo previo y profundo, los mensajes positivos se desvanecerán por el camino y no nos ayudaran a conseguir nuestras metas, pudiendo degenerar en un sentimiento de fraude. Sirva como ejemplo el Síndrome del Impostor —acuñado por las psicólogas clínicas Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978—, un fenómeno psicológico en el que las personas son incapaces de internalizar sus logros. No suelen existir las fórmulas mágicas y generales que nos sirvan a todos/as y en todas las circunstancias.
El concepto de Inteligencia Emocional popularizado por Daniel Goleman en 1995 nos enseña que parte de ella es el autoconocimiento emocional, definido como la percepción de nuestras propias emociones, de su regulación y de cómo nos afectan. Aprender a regularlas supone algo más que simplemente lograr satisfacción con los sentimientos positivos y tratar de evitar y/o ocultar nuestros afectos negativos. Para nuestro propio bienestar necesitamos comprender la forma en la que nuestro estado de ánimo interviene en nuestro comportamiento. Y conocer cuáles son nuestros puntos fuertes y débiles.
La tristeza es una de las emociones básicas del ser humano, junto con la ira, el miedo, el asco, la sorpresa y la felicidad. Y como todas ellas cumple una función; entre otras, permite que la persona haga introspección, genere cambios y promueva la empatía de nuestros semejantes.
Cuando la exigencia irracional de ser feliz se convierte en una obligación, una superficial y malentendida Psicología Positiva podría crear más obstáculos de los que soluciona. A título de ejemplo nos encontramos con el Síndrome de Bienestar (Cederström y Spicer, 2015), que ilustra la obsesión por sentirse permanentemente bien.
En definitiva, la búsqueda de la felicidad es inherente a las personas y es bueno perseguirla pero sin que esa persecución obsesiva te impida llegar al objetivo.
Incluso una vida feliz no puede medirse sin la oscuridad. La palabra feliz perdería su significado si no estuviese balanceada por la tristeza
"Viktor Frankl"
La felicidad no puede ser obtenida queriendo ser feliz. Tiene que aparecer como consecuencia no buscada de perseguir una meta mayor que uno mismo
Artículo escrito por Eva Diéguez
"Viviana Flain Binda" Cuando mi madre enfermó, no lo supimos, ni siquiera su médico, porque la demencia llega a escondidas, como un ladrón en la noche
La enfermedad comienza lentamente, insidiosa; hoy un pequeño olvido, un “no consigo explicarme”; mañana una salida de tono extemporánea, un llanto irracional e incontrolable y, por fin, la demencia. Y una vez instalada en el cerebro, sigue avanzando, implacable, arrebatándonos los recuerdos, arrebatándonos la vida…
Hace tiempo, cuando mi madre rondaba los ochenta años, yo ya venía observando sus pérdidas de memoria reciente, pérdidas leves que yo achacaba a problemas de la edad; a veces no conseguía expresarse, se quedaba atascada y se enfadaba consigo misma. Nunca fuimos conscientes de que la enfermedad comenzaba a hacer estragos en su cerebro. Fue una fase difícil, ya que mi madre se daba cuenta de la situación, pero no conseguía coordinar algunos movimientos; en más de una ocasión, algún vecino la acercaba a casa al verla desorientada en la calle y esa mujer fuerte e infatigable, de repente, entraba en la apatía más absoluta. Durante la noche, solía deambular errática por la casa y al acercarme a ella para devolverla a la cama, podía ver sus ojos ausentes, su dificultad para caminar, sus balbuceos…
Y como colofón, el golpe definitivo en forma de diagnóstico: Alzheimer.
Al sobresalto e incredulidad inicial le siguieron la angustia, la aceptación y, sobre todo, una mezcla de tristeza y de rabia.
Con el paso del tiempo y a pesar de los medicamentos, y de todo nuestro amor, el yo de mí madre se esfumaba día a día; sus cambios de humor eran cada vez más habituales, a veces sufría alucinaciones o comenzaba a gimotear sin venir a cuento. Ella, que siempre fue una mujer prudente, incapaz de ofender a una mosca, ahora se revolvía violentamente contra cualquiera, profiriendo incluso insultos que yo jamás hubiera imaginado que pudiesen salir por su boca.
En casa todos debíamos ejercitar la paciencia y un sin fin de virtudes más, pero para mí, como cuidadora, resultó especialmente estresante. Fue tanta la responsabilidad que me vi obligada a asumir, que la ansiedad acabó por apoderarse de mí.
En los momentos de calma, teníamos largas charlas en las que nos reíamos recordando el pasado. Me asombraba su capacidad, dado su estado a veces, para recordar hechos y personas de antaño con total lucidez. En esos momentos dulces, intentaba disfrutar al máximo de mi madre genuina e, interiormente, rogaba porque esa situación se dilatara lo máximo posible.
Pero no, la enfermedad seguía avanzando, implacable e inmisericorde y esto me obligaba a hacer un esfuerzo extra de alerta las veinticuatro horas del día; llegué a padecer de insomnio y casi sin darme cuenta, una tristeza profunda fue apoderándose de mí. Pasado un tiempo, me vi atrapada en una profunda depresión, de la que solo conseguí salir pidiendo ayuda profesional, para ambas.
Recurrimos a un Centro de Día y a terapia psicológica. He de que reconocer que fue un alivio para mí y muy beneficioso para ella. Lentamente, sus trastornos de conducta fueron moderándose, mejoró su autonomía y, en general, la calma parecía volver al hogar. Pero una cosa sí estaba clara, no existía cura.
Decidí entonces, una vez recuperada de mí abatimiento, indagar más a fondo sobre la enfermedad. Supe así que alrededor de cuarenta y siete millones de personas en el mundo la padecen —seiscientas mil en España— y que, hasta ese momento, se pensaba que era una enfermedad neurológica degenerativa, incurable y ligada al hipocampo, zona del cerebro asociada a la memoria; pero que estudios recientes demuestran que esta se desarrolla por la muerte de las neuronas encargadas de producir dopamina, esencial para la función motora, el humor, el sueño, la atención o el aprendizaje, entre otros. Son los niveles anormales de esta hormona en el cerebro los que producen Parkinson y diversas adicciones.
Finalmente, el Alzheimer lleva a quien lo sufre a un estado vegetativo, y debido a la falta de hidratación, desnutrición o por la propia necesidad de permanecer continuamente en la cama, produce la muerte, generalmente por problemas cardiovasculares.
Y seguí leyendo y leyendo… Recientísimas y esperanzadoras investigaciones de la Universidad de California afirman haber conseguido registrar que los efectos del deterioro cognitivo pueden llegar a ser reversibles. Pero, según el autor, “se trata de un estudio muy pequeño que necesita ser replicado en cantidades mayores en localizaciones distintas”; solo se ha experimentado con diez pacientes y parece que cada tratamiento debería ser desarrollado de forma diferente y personalizada, con la consiguiente dificultad para conseguirlo y lo caro que resultaría.
Sí, esperanzador, ¿pero cuánto tardará esto en ser efectivo para el común de los mortales? Supongo que para mi madre y para otros cientos de miles, de millones de personas quizás, será demasiado tarde.
Artículo escrito por Soledad Pareja Iglesias