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A diario, de forma inconsciente, mantenemos un diálogo interno sobre cómo vamos percibiendo las cosas. Entendemos por diálogo interno aquel que tenemos con nosotros mismos a raíz de ciertos planteamientos y reflexiones que llevamos a cabo ante determinadas situaciones.

En esta forma en que tendemos a analizar cada suceso entra en juego un aspecto muy importante que denominamos como estado de ánimo. Es decir, definimos cada uno de estos acontecimientos como buenos o malos según nuestro estado de ánimo así decida que lo valoremos, llevándonos incluso a percibir todo el día o incluso etapa de la misma manera.

A veces, no nos permitimos debatir si esta percepción que tenemos de las cosas se produce porque realmente lo hemos valorado y llegado a dicho juicio o nos hemos, simplemente, dejado llevar por las emociones que experimentamos en ese preciso momento.

Podríamos casi imaginarnos a las emociones tras nuestros propios ojos, señalándonos qué debemos mirar y qué no según la imagen que a cada una de ellas les convenga que veamos, sin dejarnos a veces percibir el paisaje entero.

Si me lo permitís, voy a contaros una historia que me pasó ayer y se me viene a la cabeza mientras hablo de esto:

Lo cierto es que no me había sonado la alarma aún y ya estaba despierta, así que lo primero que se me vino a la cabeza es “mal empezamos el día sin aprovechar todas las horas de sueño que tenía”. Me levanto pensando que por lo menos tendré más tiempo para disfrutar del desayuno y, conforme empiezo a hacer el café, empieza a sonar el ruido de una obra de las casas vecinas; me puse nerviosa por la situación y decidí bajar a desayunar para que se me pasara y mientras me dirigía al bar pensaba “encima voy a gastar dinero en desayunar porque la gente no sepa respetar horarios, esto deberían pagármelo ellos”. Al terminar el desayuno me monté en el coche y me puse en camino hasta el trabajo.

Para rematar la mañana, había un atasco interminable y mi enfado cada vez iba a más. Para pasar el rato tuve que llamar a mi hermana y hacer tiempo; al llegar al trabajo ya estaba bloqueada por la mañana que llevaba, apurada porque llegué casi media hora tarde y apenas conseguí concentrarme y rendir como otros días. Normalmente los jueves, al terminar la jornada, voy a un micro teatro con los compañeros, pero ayer no estaba de humor después de todo lo sucedido y decidí irme a casa y acostarme cuanto antes pensando “mañana será otro día”.

Y ahora, si me permitís de nuevo, voy a contaros otra historia muy curiosa que me sucedió ayer:

Aún me faltaba media hora para que sonara la alarma cuando ya estaba despierta, así que pensé “bueno, ¿por qué no aprovechar que ya estoy despierta para desayunar más tranquilamente?”. Me dispongo a hacer café y empieza a sonar las obras de un piso vecino así que, aprovechando que sigo teniendo tiempo, bajo a desayunar fuera que hace tiempo que no lo hago y lo cierto es que lo disfruto bastante, porque además el camarero es muy simpático y te alegra el día con esa energía.

Me monto en el coche para ir al trabajo y el atasco era considerable, pero pensé “bueno, es Madrid, en otra ciudad no habría atasco pero quizás tampoco podría ir a un micro teatro entre diario”. Además, aproveché para hablar con mi hermana que hace tiempo que nos tenemos descuidadas; y lo cierto es que el día en el trabajo no me cundió mucho pero al salir pensé “en casa solo le voy a dar más vueltas, así que me voy a despejar con los compañeros que mañana seguro que rindo más”.

Esto es sólo un pequeño ejemplo de la forma que tenemos de decirnos las cosas a nosotros mismos, dejando que las emociones que nos van surgiendo durante el día se vayan apoderando del resto de sucesos, impidiendo así que tengamos este libre diálogo interno que nos permita valorarlos racionalmente.

Existen cuatro tipos diferentes de diálogo interno que podrían actuar como detonantes de ansiedad o angustia:

Catastrófico: en este tipo tendemos a anticipar ciertos hechos sin tener prueba alguna de ello y a magnificarlos, con expresiones del tipo “todo lo que me pasa es una tragedia”

Autocrítico: en este caso la persona tiende a juzgar continuamente su comportamiento y a evaluarlo de una forma negativa, enfatizando sus defectos y limitaciones así como las virtudes de los demás. Expresiones típicas de este tipo de diálogo son tales como “no valgo para hacerlo” “no soy capaz”

Victimista: el diálogo de la persona es de tipo desesperanzado, no percibe avance alguno, se lamenta por la situación pero no intenta solventarlo. Lo vemos reflejado en expresiones como “nadie me entiende”

Autoexigente: propio de quienes tienden al perfeccionismo y les cuesta tolerar los errores, por lo que se encuentran en un estado continuo de agotamiento y estrés. Un ejemplo de expresiones autoexigentes serían “esto no era como yo esperaba” “no es suficiente”…

Por tanto, para lograr una mejora de nuestro diálogo interno es importante conocer y controlar este tipo de pensamientos erróneos que nos pueden llevar a generalizar una comunicación negativa con nosotros mismos que desemboque en ansiedad o angustia. Si logramos modificarlos, el resultado será no sólo un mayor éxito en los diferentes ámbitos vitales, sino que también lograremos incrementar nuestra propia autoestima y confiar más en nosotros mismos a la hora de afrontar las diferentes situaciones.

REFERENCIAS

http://psicologiayautoayuda.com/psicologia/el-dialogo-interno/

https://lamenteesmaravillosa.com/los-4-tipos-dialogo-interno-debes-evitar/

Artículo escrito por Cristina Caballero

Nuestra sociedad ha cambiado mucho en los últimos años; antes se nos educaba para ser esposas y madres y formar una familia (en ocasiones incluso se alentaba a que fuera numerosa). Ahora recibimos educación para estudiar y trabajar, también para formar una familia, solo que ahora hay muchos tipos de unidades familiares, así como diversas maneras de organizar la pareja y el hogar.

Quizás el orden en que hacemos las cosas ha cambiado, por lo que el momento de tener los hijos se va retrasando poco a poco y esto supone que cada vez se empiezan a buscar más tarde. Eso, entre otros factores, puede pasarnos factura ya que aunque nuestro aspecto físico, nuestro sistema sanitario, nuestra calidad y esperanza de vida haya aumentado en los últimos años, algunos de nuestros procesos vitales siguen manteniendo el mismo ritmo que antes; es decir, la mujer sigue siendo más fértil a los 20 que a los 30 y a partir de los 35 la calidad de los óvulos es mucho menor y las trompas de Falopio pueden padecer fibromas y endometriosis, provocando así algunos problemas de fertilidad. De la misma manera, la producción de espermatozoides del hombre va disminuyendo con el paso del tiempo, siendo cada vez menor el volumen y la calidad de éstos. Todo esto muestra claramente el por qué cada vez es más común en nuestra sociedad que las parejas recurran a pedir ayuda a los especialistas y a plantearse realizar tratamientos de fertilidad, pero ¿es tan sencillo someterse a este proceso a nivel emocional?

Resulta de suma importancia entender el duro camino al que se enfrentan las parejas en su deseo de convertirse en padres, sólo en cuestión de tiempos de espera habría que tener en cuenta que cuando se acude al especialista en busca de ayuda para tener un hijo llevan un mínimo de dos años de media intentándolo por su cuenta y, a esto, hay que sumarle el tiempo de espera desde las primeras entrevistas de evaluación hasta el inicio de las pruebas diagnósticas, que puede ser de hasta dos años. A esto hay que añadirle el plazo para realizar y recibir los resultados de dichas pruebas, que suelen ser unos 3 meses, sumado a la demora del inicio del tratamiento en sí, con lo que podríamos estar hablando de un proceso que dura unos seis años. Durante todo este tiempo, la pareja ha pasado de la ilusión y la esperanza de los primeros momentos a la frustración, la desesperación y los miedos que van surgiendo conforme pasan los meses.

El proceso de la búsqueda del hijo suele ser un acontecimiento estresante que pone a prueba a cada miembro de la pareja y a la relación entre ellos. Tras los primeros años de intentarlo por su cuenta pasarán por momentos desesperantes que hacen que puedan llegar ilusionados, aunque con miedo a la consulta del médico. El acudir a esa primera cita en la unidad de reproducción marca un nuevo camino, que supone un punto de partida hacia una posible solución del problema (y así, conseguir el tan deseado bebé), pero por desgracia el éxito del tratamiento/s no está garantizado. Es por ello que debemos prestar atención a sus consecuencias psicológicas.

Los procesos emocionales por los que pasa la pareja son diferentes en función del momento del tratamiento de fertilidad en el que se encuentren, pero pueden ser devastadores si no se cuidan en cualquiera de las etapas:

• La primera visita a la unidad de reproducción es un momento de nerviosismo, donde la ilusión y la incertidumbre van de la mano pero se abre una puerta a la esperanza tras haber estado frustrados durante tanto tiempo. Las parejas depositan toda su fe e ilusión en que las técnicas de reproducción funcionen y puedan, finalmente, tener un hijo.

• Durante el estudio de fertilidad son muchas las situaciones de estrés por las que se pasa. Un simple análisis de sangre puede adquirir un gran significado y la espera de los resultados puede resultar desesperante y angustiosa. Además, puede surgir la incertidumbre por tener que someterse a pruebas novedosas y a la posibilidad de que éstas sean dolorosas.

• En el momento del diagnóstico pueden producirse paralelamente dos hechos:

– Alivio al conocer el origen de los problemas de fertilidad y planificar el tratamiento para tratar de solucionarlo.
– La aceptación del diagnóstico a veces no es inmediata, cuesta asimilarlo, lo cual puede provocar enfado, sentimiento de injusticia, tristeza e impotencia. Esto será una prueba para la pareja, que tendrá que decidir qué medidas tomar (adoptar, resignarse a no tener hijos o realizar un tratamiento de reproducción asistida).

• El inicio del tratamiento será diferente en función del tipo de procedimiento que se realice. No obstante, las frecuentes visitas a la unidad de reproducción pueden alterar rutinas familiares y es fácil comenzar a sentir impaciencia por conseguir el objetivo final.

• Estar a la espera de los resultados del tratamiento es un momento de elevada tensión, se trata de comprobar si el esfuerzo ha merecido la pena. El paso del tiempo parece más lento de lo normal, los minutos parecen horas. Es en esta fase cuando la atención de la mujer suele estar más focalizada en cada respuesta de su cuerpo, intentando notar el más mínimo cambio que le muestre que realmente ha conseguido quedarse embarazada, llegando a temer la llegada de la menstruación. La espera se hace muy angustiosa, el nerviosismo, la esperanza, la euforia y la agonía se van turnando el protagonismo en función del momento del día.

• Cuando ya, por fin, están los resultados es algo que se vive con esperanza y miedo a la vez. Aunque parezca extraño o exagerado, sólo un 30% de los tratamientos obtienen el objetivo deseado, y aunque las probabilidades de conseguir un embarazo no son muy superiores en caso de intentarlo de forma natural si no existen problemas de fertilidad, la vivencia de fracaso tras un tratamiento es mucho más dolorosa, triste y frustrante por todo lo que se ha invertido en éste, y no hablamos sólo del tema económico sino de todo el tiempo, esfuerzo y esperanzas.

Así, vemos que el coste físico, emocional y psicológico que puede suponer un proceso como éste puede ser bastante acusado. Aunque la mayoría de las parejas se levantan y siguen adelante intentándolo de nuevo, se trata de volver al inicio, pasando otra vez por cada etapa con los altibajos que conllevan. Viendo todo esto, ¿cómo podemos ayudar a alguien a afrontarlo? La figura del psicólogo está cada vez más presente en los centros de reproducción asistida para, en caso de ser necesario, acompañar a lo largo de todo el proceso con el fin de mitigar las alteraciones emocionales, problemas de pareja y demás consecuencias de la infertilidad y sus tratamientos e incrementar la calidad de vida de las personas que desean ser padres por medios naturales y no lo consiguen.

Para lograrlo, será importante que la pareja esté bien informada de qué supone cada paso del tratamiento al que se están sometiendo y anticipar los estados emocionales que pueden aparecer a lo largo de este, así como ajustar las expectativas y eliminar la incertidumbre en la medida de lo posible. Por otro lado, será muy importante también crear o mantener una red social de apoyo y colaboración, clave para que ambos puedan desahogarse de manera que cada uno tenga su espacio a pesar de que exista una buena comunicación dentro de la pareja.

Artículo escrito por Ainhoa Otero

Muchos estaréis alarmados por el título de este artículo, pero al final entenderéis el porqué. Y es que la tecnología está generando muchos cambios en la manera en la que nos comunicamos y relacionamos. Hoy en día gran parte de las conversaciones tienen lugar a través de WhatsApp, redes sociales, e-mail y los más comunicativos utilizan la llamada telefónica. Pero, ¿dónde queda la comunicación no verbal? ¿Qué consecuencias puede estar teniendo esta manera de comunicarnos?

Según Albert Mehrabian, en el proceso comunicativo el 7% de la información se atribuye a la palabra, el 38% a la voz (entonación, proyección, resonancia…) y el 55% al lenguaje corporal (gestos, posturas, movimientos de ojos…). Sin duda, controlar este último es fundamental en nuestras relaciones sociales.

Sin embargo, cuando nos comunicamos por WhatsApp o redes sociales, no se tiene en cuenta ni el tono de voz ni el lenguaje corporal y, por ende, no se valoran los sentimientos y emociones del emisor ni del receptor. Tan solo nos quedamos con ese 7% que constituye la palabra y que, en la mayoría de ocasiones, puede dar lugar a malentendidos.

Al no tenerse en cuenta estas emociones y sentimientos mencionados, estamos evitando en nuestra vida diaria ciertas situaciones totalmente necesarias para entender el mecanismo de las personas, cómo funcionamos. Hoy en día, se comunican mensajes como “te dejo” a través de WhatsApp. ¿Qué sucede cuando hacemos esto? Estamos dejando de lado la emoción de la persona que recibe el mensaje, que haría que se generase en el receptor otra emoción a su vez, y probablemente la comunicación y nuestras reacciones fueran totalmente distintas.

Cuando evitamos ciertas emociones, impedimos que se desarrolle nuestra capacidad de empatizar con el otro, que se define como la participación afectiva de una persona en una realidad ajena a ella, generalmente en los sentimientos de otra persona. Por no hablar también de la ausencia de la comunicación asertiva, esto es: la habilidad social que se trabaja desde el interior de la persona, definiéndose como la habilidad para ser claros, francos y directos, diciendo lo que se quiere decir sin herir los sentimientos de los demás, ni menospreciar la valía de los otros, sólo defendiendo sus derechos como persona. En ese tipo de mensajes, ambas cualidades esenciales para tener relaciones interpersonales sanas no pueden implementarse.

Uno de los rasgos más característicos de la psicopatía es la ausencia de empatía. Antes de continuar, me gustaría aclarar algunos clichés a los que Hollywood nos tiene acostumbrados. La psicopatía —enfermedad o trastorno mental que se caracteriza por una alteración del carácter o de la conducta social y no comporta ninguna anormalidad intelectual— no implica que la persona tenga rasgos violentos o delictivos. No todos los psicópatas son asesinos en serie como Hannibal Lecter.

Los rasgos que caracterizan a las personas con psicopatía, entre otros, son la ausencia de empatía, el poder de manipulación, la irresponsabilidad, el encanto superficial, la ausencia de remordimientos o sentimientos de culpa, el aburrimiento fácil, la necesidad de tener poder y control, y también el narcisismo, definido como la admiración excesiva y exagerada que siente una persona por sí misma, por su aspecto físico o bien por sus dotes o cualidades.

Aunque por ahora esto puede seguir pareciendo una locura, estas características tienen mucho que ver con nuestra sociedad, con la manera en la que nos comunicamos y con el uso que le damos a las redes sociales. A día de hoy, estamos encantados de hacernos selfies para mostrarle al mundo lo felices que somos; sin embargo, según una noticia publicada en el diario Público, los selfies aburridos han pasado de moda y ahora los jóvenes están dispuestos a arriesgar su vida para hacerse una buena foto. Desde 2014, 49 personas han muerto mientras intentaban (auto) fotografiarse. La edad media de las mismas era de 21 años y el 75% eran hombres. Además, según un estudio de la Universidad de Ohio, los hombres que publican más cantidad de selfies suelen obtener en los test de personalidad puntuaciones más altas en los índices de narcisismo y psicopatía.

Parece que todo empieza a cobrar sentido.

Continuemos con un tema muy polémico, y que mucho tiene que ver con la actualidad. Hace poco tiempo, leí un artículo en el que se criticaba el contenido de los grupos de WhatsApp. ¿Qué sucede en estos grupos? Diariamente, estamos recibiendo en nuestro móvil vídeos en los que se degrada a personas y que son “no autorizados”. Estos archivos pueden ser de contenido sexual o violento. Muchas personas se ríen o disfrutan con ellos sin pararse a pensar o, como decíamos antes, a empatizar con esa persona que sufre al enterarse de que medio mundo la ha conocido a través de su móvil en condiciones denigrantes, cuando lo que estaría dentro de lo moral sería denunciarlo. Además, se ha publicado la noticia de que varias chicas se han quitado la vida por protagonizar estos videos a los que la sociedad se ha hecho inmune, normalizándolos.

Para ir terminando, aunque podría seguir con una larga lista, me gustaría hablar de ciertas aplicaciones para ligar. El ejemplo más conocido entre jóvenes y adolescentes es Tinder. En esta app aparecen, dependiendo de la orientación sexual, imágenes del perfil de chicos y chicas en las que tú puedes indicar si te gustan o no. Si ambas personas se gustan en sus fotos, se abre un chat para comenzar a hablar. Esto sería como elegir a tu pareja por catálogo, de tal manera que podríamos estar dejando pasar a nuestro compañero de vida por salir poco favorecido en su foto de perfil. Con este tipo de formatos del amor se está dejando de lado el permitirse conocer antes de juzgar y pasar a juzgar antes de conocer, de una manera muy superficial. En estos momentos, me gustaría saber dónde ha quedado aquello que se decía: “al principio no me gustaba nada, pero conforme he ido hablando con él/ella y lo/la he ido conociendo, me encanta”. Lo cierto es que estamos dejándonos llevar por una imagen, evitando la comunicación y el contacto con las personas sin una intención preestablecida.

La manera en que vivimos y la manera en que nos comunicamos repercuten en el desarrollo de nuestra personalidad.

Si:

“Te has conectado y no contestas”. Seguro que lo habéis leído alguna vez.

¿Qué consecuencias puede tener a largo plazo esta manera de entender el mundo? ¿Estamos dando lugar a desarrollar rasgos que tienen mucho que ver con los psicopáticos?


Enlaces y noticias de interés:

http://blogs.publico.es/strambotic/2017/03/muertes-por-selfie/
http://www.msn.com/es-us/noticias/mundo/avergonzada-por-whatsapp-el-video-que-llev%C3%B3-a-una-mujer-india-al-suicidio/ar-AAjTrxm?li=BBqdrQU
http://www.elconfidencial.com/mundo/2016-09-15/tiziana-cantone-suicidio-video-porno-venganza-conmociona-italia_1260220/
http://minoviomecontrola.com/ianire-estebanez/Ponencia.Del-amor-al-control-a-golpe-de-click.-La-violencia-de-genero-en-las-redes-sociales.Ianire-Estebanez.pdf

Artículo escrito por Carolina Alonso

El problema de los bocadillos

Un día como cualquier otro, mi amigo J. se encontró con un perro de aspecto amenazante de camino a la parada del autobús que lo llevaba a la universidad. Temeroso de que le atacase, y en respuesta a los ladridos del perro, J. le lanzó parte del bocadillo de jamón con tomate que se llevaba todos los días para el descanso entre clases; distrayendo al animal con esta jugarreta, Juan pudo alcanzar la parada del autobús a tiempo y prosiguió su día como si nada hubiese sucedido.

Sin embargo, al día siguiente, de camino a la parada del autobús, J. no se encontró con un perro sino con dos: el mismo del otro día se había traído un amigo. J., como había hecho el día anterior, les tiró un trozo de bocadillo, pero surtió un efecto distinto: los perros ladraron con más fuerza y más insistentemente. La situación comenzó a asustarle, así que mi amigo les lanzó el bocadillo completo y consiguió sortearles y alcanzar el autobús a tiempo, con cierta agitación y respiración entrecortada. En el camino se tranquilizó y su día prosiguió.

A la mañana siguiente, J. (que es una persona inteligente), previendo lo que iba a suceder, hizo dos bocadillos: uno para él y otro para los perros. Pero su estupefacción fue mayúscula al descubrir una jauría enorme esperándole. Sin saber muy bien qué hacer, lanzó los bocadillos a los perros hambrientos y se volvió a casa para preparar más para aplacarles y así poder ir a la universidad.

Desde entonces, mi amigo J. se ha comprado cinco máquinas de hacer bocadillos y ya no puede salir de casa, afanado en prepararlos para cuando decida salir.

El problema de J. es más común de lo que parece y Stephen Hayes (autor y principal desarrollador de la Terapia de Aceptación y Compromiso) emplearía la metafórica historia de J. para afirmar que su problema es, en definitiva, su afán por solucionarlo.


La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT)

La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT en sus siglas en inglés) responsabiliza al contexto verbal y social del malestar que padecen muchas personas. Desde este enfoque, el origen de los problemas psicológicos estaría sustentado en un proceso de valoración culturalmente impuesto por esta sociedad que entiende como negativos ciertos pensamientos, estados corporales, sensaciones, recuerdos o sentimientos y que, por lo tanto, debemos luchar por deshacernos de ellos.

Pero, como no es posible librarse de aquello que nos pasa por dentro igual que uno se desprende de los eventos del exterior, las personas quedamos enzarzadas en una pelea interminable e infructuosa que cada vez nos acarrea un mayor malestar.

Al igual que J., muchas personas se quedan bloqueadas en su vida haciendo bocadillos de forma interminable, pues entienden que lo que piensan o sienten es como un perro rabioso al que hay que distraer o evadir.

De esta forma, la clave de la ACT no radica en hacer bocadillos, es decir, en eliminar determinados pensamientos, sentimientos o emociones, sino en contextualizarlos, ponerlos en perspectiva con nuestra vida y nuestro pasado, comprender su función y alterar lo que nos decimos sobre ellos, dejando de juzgarlos como peligrosos perros rabiosos que acabarán por devorarnos.


El lenguaje y el origen del problema

La ACT atribuirá el origen del problema de J. a la forma en la que se nos ha enseñado a pensar, es decir, a la forma en la que hemos aprendido a entender y usar el lenguaje. Desde esta premisa, las palabras se corresponden de forma literal con el objeto o referente de las mismas, adquiriendo sus propiedades como si de este se tratara, valorando las propias palabras como malas o inapropiadas.

También asumimos, de forma generalizada, que dar razones verbales supone una explicación válida de nuestro comportamiento y que nuestras emociones y nuestros pensamientos describen adecuadamente las realidades a las que aluden.

Por último, se nos ha enseñado que tanto el control de nuestros pensamientos como de nuestras emociones deben alcanzarse para disfrutar de una vida plena y satisfactoria.

Volviendo a nuestro ejemplo, J. se afana en hacer bocadillos porque se le ha enseñado a identificar que los perros rabiosos son malos y, como malos que son, deben ser evitados, sorteados, controlados, solucionados. Si no, sufrirá, puesto que le harán daño como verdaderos perros malos que son.


El sufrimiento humano

Y es en su visión del sufrimiento donde radica otro pilar fundamental de la ACT: sufrir es algo normal e inevitable en el ser humano. Por su propia naturaleza, que vengan a la cabeza pensamientos desagradables, o sentir inseguridad, pena o desasosiego, resulta consustancial a la condición humana.

Sufrir y sentirse mal posee una fuerte capacidad simbólica y ha significado el mayor motor de aprendizaje y desarrollo del lenguaje y de las sociedades modernas. Por eso, el problema psicológico sería producto de una sociedad que afirma: “no sufras, no debes sufrir nunca, por ninguna cosa, demasiado tiempo”.

Esto muchas veces nos sitúa en una posición insalvable.
Por supuesto, la ACT no plantea que haya que sufrir por sufrir, sino que, si encaminarse en dirección a unos valores o a unos objetivos implica pasarlo mal, habrá que aceptarlo. Justo desde este punto de vista se comprende la aceptación del malestar propugnada por la terapia.


La enseñanza de Hayes

Llegados a este punto, Stephen Hayes probablemente intentaría hacer ver a mi amigo J. que su batalla por intentar que los perros no le ataquen a base de hacer bocadillos le está acarreando más problemas y más sufrimiento que intentar salir a la calle y seguir yendo a la universidad.

Sus intentos por controlar son el problema. Quizás entonces descubra que los perros no eran tan amenazantes, que se han marchado o que siguen ahí, pero que si continúa su camino solo ladran y no se acercan a él.

Porque los pensamientos y las emociones son perros ladrando en la distancia: uno puede caminar en la dirección que desee a pesar del ruido.

Y Hayes procuraría que J. se diera cuenta de esto: que aquellas cosas que son valiosas para él, las que hacían que se moviera en una dirección determinada —como su deseo de ir a la universidad y finalizar sus estudios— le pueden impulsar a salir de su casa cada mañana para encaminarse hacia la parada del autobús a pesar del ruido y la furia de los perros.

Hayes nos diría que son los valores de la persona los que posibilitan que, una vez que hemos aceptado el sufrimiento, nos pongamos en marcha y hagamos aquello que queremos hacer, aun cuando a veces implique padecer.

Los valores son ese horizonte hacia el que decidimos caminar y que nos empuja de forma paradójica a seguir hacia adelante. Es el trabajo en valores lo que, desde este enfoque, humaniza la terapia y humaniza el sufrimiento humano, pues no hay nada más valioso para una persona que aquello en lo que cree; en definitiva, aquello por lo que está dispuesta a sufrir.


Artículo escrito por Juan Carlos Tomás del Río

El tiempo como protagonista

Les ofrezco algunas frases en las que el tiempo es el protagonista, como punto de inicio para nuestra reflexión:

“Por mucho que disparemos contra el gallo, no por eso dejará de amanecer.”
Proverbio oriental

“El día es excesivamente largo para quien no lo sabe apreciar y emplear.”
Johann W. Goethe (Poeta y dramaturgo alemán)

“No pienso nunca en el futuro porque llega muy pronto.”
Albert Einstein (Científico alemán nacionalizado estadounidense)

En ocasiones, el tiempo es una obsesión; otras veces, un organizador de nuestra vida, aglutinando pasado, presente y futuro.
¿Qué es para usted el tiempo? ¿Qué asociaciones tiene cuando piensa en la palabra tiempo?

Le propongo que escriba a continuación las tres primeras palabras, frases o imágenes que surjan en su mente:


¿Qué es el tiempo?

No existe una única definición del término tiempo.
La Real Academia Española lo define como una magnitud física que nos permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro.
Rosa López (2012) afirma que el tiempo es una construcción personal que nos ayuda a coordinar nuestras actividades diarias y compromisos personales y sociales.

En base a estas definiciones podemos resaltar algunas de sus características:


La gestión del tiempo

Seguro que alguna vez ha deseado parar el tiempo, dar un poco del suyo a alguien que lo necesita o guardarlo para cuando lo desee emplear.
Nada de esto es posible, pero sí podemos aprender a optimizar nuestro ahora, es decir, a gestionar nuestro tiempo.

Piense por un momento: ¿cuántas veces ha dicho “¡No tengo tiempo!”?
Recuerde la última ocasión y complete el siguiente registro:

Situación Sensaciones físicas Emociones Pensamientos Acciones
... ... ... ... ...

Probablemente en esa escena hubo preocupaciones, inseguridad, respiración agitada, miedo o ganas de llorar.
Todo ello indica que su estrés aumentó mientras que su motivación y autoestima disminuyeron.


Algunas ideas importantes


Vampiros del tiempo

Elementos como la falta de confianza, el perfeccionismo, no saber delegar, asumir demasiadas tareas o la desorganización personal son auténticos “vampiros del tiempo”.
Identificarlos es clave para mejorar nuestra gestión.


Estrategias eficaces


Interrupciones y perfeccionismo

Evitar interrupciones no significa ser descortés: se trata de respetar nuestro tiempo y el de los demás.
Analice cuáles son necesarias y cuáles pueden reprogramarse.
Reserve momentos del día libres de interrupciones.

En cuanto al perfeccionismo, reflexione sobre su coste: muchas veces, el esfuerzo adicional no mejora de forma proporcional el resultado.


Conclusión

Las habilidades personales detrás de una buena gestión del tiempo incluyen la asertividad, la escucha activa, la responsabilidad, la comunicación, la organización y la planificación.
También ser firmes, flexibles y pensar en positivo a medio y largo plazo.

Para finalizar, piense en cómo distribuye su tiempo entre amigos, trabajo, estudio, salud, pareja, familia, ocio y otras áreas.
Si todas sumaran el 100%, ¿qué porcentaje dedica a cada una?

Reflexione sobre sus dificultades, alternativas de cambio y posibles mejoras.

Gestionar el tiempo es optimizar nuestro ahora.
Respetar nuestro tiempo y el de los demás es una forma de respeto hacia la vida.


Lecturas recomendadas

Artículo escrito por Carmen María Hinojosa

En muchas ocasiones nos llegan a consulta pacientes con graves problemas de autoestima, pero ¿qué es la autoestima? Y lo más difícil de todo, ¿cómo aumentar nuestra autoestima y por qué se ha visto dañada?

La autoestima es un conjunto de creencias, percepciones, pensamientos, evaluaciones, sentimientos y tendencias de comportamiento dirigidas hacia nosotros mismos, nuestra manera de ser así como los rasgos de nuestro cuerpo y nuestro carácter. Es la percepción evaluativa de nosotros mismos. La valoración que realizamos basándonos en nuestras experiencias.

La importancia de la autoestima estriba en que concierne a nuestro ser, a nuestra manera de ser y al sentido de nuestra valía personal; por lo tanto, puede afectar al modo en que estamos y actuamos en el mundo, y como nos relacionamos con los demás. Nada en nuestra manera de pensar, de sentir, de decidir y de actuar escapa a la influencia de la autoestima; de ahí el valor fundamental que esta adquiere en nuestras vidas.

Abraham Maslow, en su Jerarquía de las necesidades humanas, describe ”la necesidad de autoestima”, que incluye el reconocimiento, la confianza, el respeto y el éxito.

Carl Rogers, máximo exponente de la psicología humanista, expuso que la raíz de los problemas de muchas personas es que se desprecian y se consideran seres sin valor e indignos de ser amados; de ahí la importancia que le concedía a la aceptación incondicional del cliente. En efecto, el concepto de autoestima se aborda desde entonces en la escuela humanista como un derecho inalienable de toda persona, sintetizado en el siguiente axioma:

“Todo ser humano, sin excepción, por el mero hecho de serlo, es digno del respeto incondicional de los demás y de sí mismo; merece estimarse a sí mismo y que se le estime”.

Todos tenemos una imagen mental de quiénes somos, qué aspecto tenemos, en qué somos buenos y cuáles son nuestros puntos débiles. Nos formamos esa imagen a lo largo del tiempo, empezando en nuestra infancia. El término autoimagen se utiliza para referirse a la visión que una persona tiene de sí misma; gran parte de nuestra autoimagen se basa en las interacciones que mantenemos con otras personas, así como de nuestras experiencias vitales. Esta imagen mental contribuye a nuestra autoestima.

Como dice P. Jakubowski:

“Si sacrificamos nuestros derechos con frecuencia, estamos enseñando a los demás a aprovecharse de nosotros”.

Y ahí es cuando me planteo dónde están los límites y cómo podemos saber cuáles son nuestros derechos. Quizá los derechos asertivos puedan ayudarnos, pero ¿qué es la asertividad y qué son los derechos asertivos?

La asertividad es la capacidad que tenemos de defender lo que queremos, sentimos y necesitamos en cada momento de acuerdo con nuestras necesidades, con respeto hacia a los demás y expresándonos de forma adecuada.

La asertividad nos permite ser nosotros mismos y relacionarnos con los demás de manera honesta y adecuada. Es importante no perder de vista el respeto, ser capaces de autoafirmarnos y defender nuestros derechos respetando siempre al mismo tiempo los derechos y las necesidades de los demás.

La falta de asertividad puede hacer que las personas se comporten de dos maneras: agresiva o inhibida.

Las personas de estilo inhibido no son capaces de defender sus derechos e intereses, de negarse a peticiones que no quieren realizar y de expresar sus emociones, lo que les puede llevar a sentir que los demás se aprovechan de ellos; también a no tener en cuenta sus emociones, experimentando gran malestar y viendo como su autoestima se reduce hasta casi desaparecer.

Las personas con estilo agresivo, por el contrario, no respetan los derechos de los demás, ni sus sentimientos ni opiniones, pero además en ocasiones reaccionan ofendiendo, provocando o atacando. Al contrario que los inhibidos, sí consiguen lo que quieren pero a costa del enfado, rabia y violencia hacia los demás, lo que provoca que las personas se alejen de ellos.

La buena noticia es que la asertividad es una habilidad, y como tal se puede entrenar y desarrollar de manera adecuada en el día a día.

Para ello debemos poner en práctica los derechos asertivos: unos derechos no escritos, que todos poseemos, pero que muchas veces olvidamos a costa de nuestra autoestima.

No sirven para pisar al otro, pero sí para considerarnos a la misma altura que todos los demás.

A continuación te presentamos la lista de los principales derechos asertivos que todos poseemos; si te los lees, seguramente pensarás: “ya, claro, eso ya lo sabía yo”, pero párate a reflexionar un momento. ¿Realmente haces uso de tus derechos, te acuerdas de ellos en momentos puntuales? Tómate tu tiempo y léelos las veces que necesites:

Tengo derecho a ser tratado con respeto y dignidad. Si sientes que no eres tratado con el respeto y la dignidad que mereces tienes derecho a reclamarlo.

Tengo derecho a expresar críticas y a protestar por un trato injusto. Pero siempre de forma respetuosa a los demás.

Algunas veces, tengo derecho a ser el primero. Ceder siempre a los demás, no comunicar tus deseos o preferencias no te hace más cortés. No digas “lo que quieras” cuando tengas una preferencia.

Tengo derecho a elegir entre responder o no hacerlo.

Tengo derecho a tener y expresar mis propias opiniones. Que a veces no coincidan con las de la mayoría o con lo establecido no significa que estés equivocado.

Tengo derecho a sentir y expresar el dolor. Todos sentimos dolor, y tienes derecho a expresarlo ante aquellas personas que son importantes para ti, si lo necesitas.

Tengo derecho a ignorar los consejos de los demás. Cuando alguien te da un consejo es precisamente eso, no una orden de actuación.

Tengo derecho a pedir lo que quiero y a aceptar un NO por respuesta.

Tengo derecho a gozar, disfrutar y ser feliz.

Tengo derecho a descansar y a estar solo cuando así lo decida, aunque los demás deseen mi compañía o atención.

Tengo derecho a tener éxito y superarme, aun superando a los demás.

Tengo derecho a recibir el reconocimiento por un trabajo bien hecho. Esto se aplica a los demás, pero sobre todo a ti mismo. Reconoce tus méritos.

Tengo derecho a intentar cambiar lo que no me satisface. No te digas a ti mismo que no lo has intentado.

Tengo derecho a hacer menos de lo que soy capaz de hacer. No siempre podemos rendir al máximo. Todos tenemos días malos.

Tengo derecho a decidir qué hacer con mi cuerpo, mi tiempo y mi propiedad.

Tengo derecho a experimentar y expresar mis propios sentimientos, así como a ser mi único juez.

Tengo derecho a pedir ayuda o apoyo emocional si lo necesito.

Tengo derecho a detenerme y pensar antes de actuar.

Tengo derecho a interrumpir, a pedir información y aclaraciones.

Tengo derecho a tener mis propias necesidades y que estas necesidades sean tan importantes como las de los demás. Anteponer tus necesidades a las de los demás no te hace egoísta o desconsiderado, no siempre podemos contentar a todo el mundo.

Tengo derecho a no satisfacer las necesidades y expectativas de otras personas y comportarme siguiendo mis propios intereses.

Tengo derecho a no responsabilizarme de los problemas de los demás.

Tengo derecho a no anticiparme a los deseos y necesidades de los demás y a no tener que intuirlos.

Tengo derecho a decir que NO sin sentirme culpable o egoísta.

Tengo derecho a cometer errores y a equivocarme. Los errores forman parte de la vida y son necesarios para el aprendizaje. No te avergüences por ellos y defiende tu derecho a cometerlos.

Tengo derecho a cambiar de opinión, cambiar mi forma de actuar y a decir “no lo sé”. Cambiar de opinión no es una traición a ti mismo y no saber algo no te hace menos válido. Es evolucionar, aprender y ser flexible.

Tengo derecho a no necesitar la aprobación de los demás. Cada persona es válida por el hecho de ser persona, no por lo que los demás piensen de ella.

Tengo derecho a no tener que justificarme y a tomar mis propias decisiones. A veces con un “no gracias” es suficiente, no tienes por qué dar excusas y menos si no son sinceras.

Recuerda que todos ellos se supeditan a uno principal, que es el derecho a decidir si deseas hacerlos servir o no, y el criterio para tomar tal decisión será siempre personal.

Pero no olvides que todos cuantos te rodean tienen estos mismos derechos.

Ejerce tus derechos en libertad y respetando los derechos de quienes te rodean.

FUENTES

www.albertosoler.es

www.habilidademocional.com

www.psicocode.com

www.grupoxxi-psicologia.net

Artículo escrito por Rafael Escobar

Sóflocles (495 a.C. -406 a.C.)

Siempre se repite la misma historia: cada individuo no piensa más que en sí mismo.

“Me siento un egoísta cuando a la hora de hablar con determinadas personas y expresarles lo que quiero pienso en mí”. Esta es una frase característica de algunos de los pacientes que acuden a consulta y que genera mucho malestar; la cuestión está en qué concepto de egoísmo tengo sobre mí mismo, así como acerca de la distinción entre ser egoísta y ser interesado.

El egoísmo está en relación con el amor desproporcionado hacía uno mismo a la hora de tomar determinadas decisiones o acciones en la interacción con los otros. Lo opuesto sería el altruismo, sacrificar el propio bienestar en beneficio de los demás.

Existen varios tipos de egoísmo: por un lado tenemos el egoísmo biológico, que hace referencia a la búsqueda de un organismo de su propio bienestar a expensas de los otros; existen árboles en la naturaleza que necesitan más agua que otros, como es el caso del eucalipto —denominado socialmente “el árbol del dinero”—. Tras su cultivo se acaba produciendo la desertización del terreno debido a su crecimiento rápido, así como mayor necesidad de agua, que el resto de plantas, produciendo en muchos casos la muerte de otras especies. En relación a los seres humanos, depende de la cercanía de parentesco: a mayor cercanía y familiaridad, la relación de altruismo con esas personas aumenta, con lo que no es lo mismo la relación egoísta-altruista con un hermano o mejor amigo que con un desconocido o una persona con la que tengamos menos contacto.

Por otro lado, tenemos el egoísmo ético, doctrina filosófica que afirma que las personas deben tener como “norma” guiarse según sus propios intereses, siendo esta la única forma de actuar; aun así permite de manera “opcional” realizar acciones que ayuden a los otros, siempre y cuando se dé un beneficio como “intermediario” —conseguir algo para nosotros mismos—. Estos beneficios pueden ser a nivel material, intelectual o emocional, como forma de construcción personal; es decir, no solo depende del aporte económico.

Un tercer tipo de egoísmo es el racional, teoría que defiende la búsqueda del propio interés como algo racional, “con un sentido lógico y objetivo”. El concepto fue creado por Ayn Rand y defiende que las personas tengan como objetivo en su vida la satisfacción de sus propios proyectos racionales, sin violentar los derechos racionales de los demás ni aceptar que se destruyan los propios.

Un cuarto tipo es el egoísmo psicológico, el cual afirma que la propia conducta natural del ser humano está impulsada por motivaciones autointeresadas, negando la presencia de conductas “verdaderamente altruistas”. Se parte del supuesto que las personas, desde que son bebes, expresan lo que les agrada o desagrada de forma inesperada. En cambio, otros niños son “educados” en la idea de que deben de ocultar esas tendencias por considerarse algo negativo y así conceptualizar tal estado como “egoísta”, frente a lo que otros puedan querer o no, aportando un valor simbólico negativo a esa interacción espontánea con el medio: “hacer lo que yo quiero es ser egoísta”. Es como cuando uno elige quedar con determinadas personas porque le apetece y no con otras, o como cuando uno prefiere comer una manzana a una pera, o incluso cuando prefiere comprarse una camisa azul a una roja. Esas decisiones forman parte de la naturaleza humana, incluso cuando alguien se plantea como objetivo ayudar a los demás lo hace por su propio interés; de ahí que implique, y se manifieste, una motivación intrínseca hacia sus propios intereses generales de ayuda al prójimo.

Los seres humanos son definidos como personas que necesitan seguir sus propios procesos y motivaciones intrínsecas para sentirse liberados de sus cargas y por tanto ellos mismos, el problema aparece cuando anteponen las motivaciones de los demás a sus propios intereses, pudiendo generar rechazo, sentimientos de culpabilidad: hacia uno mismo (por no hacer lo que quiere y sentirse obligado a hacer lo que el otro quiere) ó hacia los demás (porque los demás no me dejan hacer lo que yo quiero), lo que genera una gran carga emocional negativa, ira, rabia, malestar, odio.

Tener intereses es un proceso natural; a nivel biológico para sobrevivir; a nivel ético para conseguir un beneficio; a nivel racional para llevar a cabo nuestros objetivos como necesidad intrínseca del ser humano, y a nivel psicológico como motivación para vivir la vida y para ser uno mismo…eso sí, respetando los intereses de los otros, lo que no significa hacer lo que los demás quieren, sino concebir como un aspecto “natural y no negativo” la opción de cada uno a llevar a cabo sus propios objetivos como algo universal y realista.

Arquelao (23 a.C. -18 d.C.)

El justo y el injusto no son productos de la naturaleza, sino de la ley.

Artículo escrito por Iñigo Cansado de Noriega

Podemos haber venido en diferentes barcos, pero ahora estamos en el mismo.

A menudo, muchas mujeres adoptan una actitud de rechazo ante los hombres, o son los hombres los que rechazan la forma de ser de las mujeres. En ambos casos, el sentimiento real y subyacente a estas conductas es el miedo y el desconocimiento de los unos por los otros; si aumentáramos nuestro saber sobre nosotros mismos y el sexo opuesto, se evitarían muchas frustraciones y veríamos en la consulta a menos parejas a punto de romperse. Hace tiempo que se vienen leyendo y oyendo artículos y opiniones sobre el tema, y en casi todos es palpable el trasfondo de que las mujeres están enfadadas y en pie de guerra (lo que asusta a los hombres), mientras que los hombres también se muestran enfadados con el tono de rencor, hartos de oír hablar del tema sin descanso, y sin entender muy bien en el fondo qué piden sus compañeras.

Mucho tienen que ver en esto los roles de género que de una forma muy sutil y desapercibida nos inculcan desde que nacemos. Las niñas reciben regalos que perpetúen su rol de cuidadora y su sensibilidad: muñecos a los que le enseñamos a cuidar, cocinas de juguete, equipos de limpieza en miniatura, sets de maquillaje… Y si dudamos, a la hora de hacer un regalo, de si es un artículo de niño o de niña tan solo hemos de mirar el color, ante la duda si es rosa es de niña.

Les leemos cuentos de princesas, les compramos películas de princesas, les llamamos “princesas” y les transmitimos que son frágiles y necesitadas de la protección de alguien más grande y fuerte que ellas. Afortunadamente, el mensaje ahora no es tan explícito como en otros tiempos; ya no les transmitimos que su fin último es el hogar y la familia, sino que verdaderamente queremos que sean libres, y les decimos que estudien mucho por supuesto, y que lleguen a ser lo que quieran, y que viajen, pero también que no pueden viajar solas, que no pueden volver solas a casa; papá les dice en broma que no saldrán hasta bien mayores, por si acaso, y que no se vistan de determinada forma para no provocar.

Es así como crecen, con mensajes subliminales de permanecer a la defensiva con el sexo opuesto, y con un autoconcepto sesgado, pensando que el hombre es el enemigo, un ser imprevisible y peligroso, más fuerte físicamente que ellas, que absolutamente siempre piensa en el sexo, y que todo cuanto querrá de ellas es precisamente eso, sexo. Ni que decir tiene que esto se ve de sobra reflejado en programas de televisión, series o películas, que nacen precisamente de estos modelos de crianza, y que a su vez los perpetúan confirmando al adolescente/joven/no tan joven que esa es la sociedad española y como tal ha de adecuarse a ella.

Es aquí donde por contraposición vamos a abordar ahora el punto de vista de los hombres, por alusiones. Mientras que resaltábamos el lado sensible y maternal de los juguetes de las niñas, los de los niños se encargan de potenciar su lado práctico, su autonomía y su fortaleza, siendo juegos con escaso manejo de las emociones, cualidad que a veces se ven obligados a llevarse a la vida adulta, donde la expresión libre de emociones por parte de un hombre es un tema aún sancionado y a veces incómodo entre iguales. Les mandamos mensajes destinados a potenciar su fortaleza a diario, cuando pensamos en que sería bueno que practicaran un deporte, les ofrecemos el fútbol como alternativa casi de forma sistemática, cuando salimos a jugar con ellos vamos preparados con un balón, les hacemos bromas sobre cómo va la evolución de sus bíceps, y les enseñamos que tienen que ser unos caballeros siempre con las mujeres.

¿Pero a que nos referimos con que sean caballeros?

A que si van con una mujer le abran siempre la puerta, que paguen ellos la cuenta en una cita, que las protejan, las acompañen para que no les pase nada, y que “ayuden” siempre en casa con la limpieza y los niños. Para quien esté acostumbrado a estas normas de caballerosidad le sonarán muy bien, tanto si es hombre como mujer, pero lo que nos venden es el mensaje una vez más de que la mujer es una criatura a proteger. ¿Por qué no abre la puerta simplemente quién esté más cerca?¿o se paga a medias, o un día cada uno?

Los estereotipos nos hacen mucho daño a todos, pues las mujeres no deberían ser vistas como mejores cuidadoras, ni como frágiles, ni caprichosas, ni volubles. Tampoco los hombres deberían ser vistos como seres arcaicos que solo piensan en el sexo, que no saben hacer varias cosas a la vez, que son simples o que se ahogan en un vaso de agua con el cuidado parental. En la época de las cavernas, cuando alguien tenía que quedarse en la cueva con los niños y alguien salir a cazar, era lógico que saliera el más fuerte, pero a día de hoy, donde no nos encontramos con esos peligros primitivos, la única razón para seguir dando importancia a la debilidad física de las mujeres es considerar que el hombre es un animal que no domina sus impulsos y debemos protegerla contra él. Y eso es triste y reduccionista.

Es evidente que asistimos a otra revolución de la mujer, pero como es habitual en las revoluciones, cada uno las entiende a su manera hasta que el movimiento se establece y se unifica. Por eso, aquí muchas mujeres han tomado varios caminos: unas han entendido que la igualdad es copiar a los hombres, también en lo que venían haciendo mal —claro está— como adoptar modales rudos, gritar obscenidades a otros hombres —lo que llamamos piropo pero que en realidad nos incomoda a todos—, sacrificar su vida familiar para aspirar a puestos típicamente de hombres, creerse completamente independientes de ellos o rechazar su valía directamente. Otras han adoptado como se esperaba de ellas el rol de princesa valorando mucho la imagen física que proyectan, esperando que su pareja masculina sea su príncipe perfecto y las mime, las proteja y las defienda, llegando a exhibir a veces un carácter cambiante que los hombres no comprenden. Mientras, un tercer grupo ha optado por la vía feminista a la que se refería el movimiento en sus orígenes.

La palabra feminismo asusta, pero lo que asusta es la malinterpretación del término y los movimientos fundamentalistas que han surgido en su nombre. Una persona feminista, hombre o mujer, aboga únicamente por la igualdad real, y está tan en contra del estereotipo femenino como del estereotipo masculino, una mujer feminista AMA a los hombres y no quiere temerlos, quiere ser libre de poder decir NO siempre que quiera; al igual que ellos, sabe lo que quiere y lo expresa claramente y con asertividad, no espera a que el otro adivine sus sentimientos ni lo castiga si no lo hace, no necesita que le insistan para cambiar su respuesta de un no a un sí, no quiere que la inviten por ser mujer ni pagar ella siempre para demostrar su independencia de los hombres, entiende que son seres igualmente complejos que no siempre quieren sexo y no piensa por ello que sean menos masculinos. Pero sobretodo, una mujer feminista no es agresiva en su mensaje, no desprecia a aquellas personas en las que observa rasgos aún machistas, sino que explica con paciencia las veces que haga falta su punto de vista como mujer para que otros realicen un ejercicio empático, da ejemplo con su comportamiento sereno, amable e igualitario, y da alas a sus parejas de la misma forma que ella necesita las suyas.

Ahora imaginemos que una pareja adopta estos valores feministas, este sentido real del término, que practica la verdadera equidad, la verdadera comunicación con el otro, apartándose poco a poco de los estereotipos de género que le han sido asignados culturalmente. ¿No estarían en condiciones más favorables que otras parejas de llegar a formar un verdadero equipo, que se comprende, se apoya y se complementa?

Crecer en esta dirección es un camino largo y lleno de obstáculos, pero maravilloso si se hace juntos.

Artículo escrito por Laura Quemada Muñoz.

El amor romántico suscita tanto interés como desconcierto en la historia vital de cualquiera de nosotros; podemos poseer una idea más o menos formulada de lo que creemos que es el amor pero es a lo largo de nuestra vida cuando va tomando forma, experimentando la fabulosa fortuna de enamorarnos o en otras padeciendo su cara menos amable. Probablemente ambas experiencias formen parte de la vorágine de sentimientos que acompañan a esta emoción y sin lugar a dudas del aprendizaje que conlleva. Porque sí, el amor es una constante evolución en la que vamos adaptando y aprendiendo en qué consiste, pero también cómo se ama de forma saludable tanto para la propia relación —entendida como entidad propia— como para los miembros que la componen.

Diseccionar las relaciones amorosas no es una tarea sencilla, el amor aúna un sin fin de emociones, ideales, valores, mecanismos biológicos, influencias sociales que, en definitiva, conforman un concepto tan amplio como subjetivo. Es probable que por ello cada persona disponga de sus propias ideas sobre el amor y que existan numerosas formas de entenderlo, vivirlo y también de terminarlo. Lo que parece una condición sine qua non para que haya una relación amorosa es que exista algún tipo de vinculación, ambos componentes de la relación existen por separado pero les une un nexo sólido, fuerte, que les conecta y en cierta medida completa ¿pero qué ocurre cuando esta unión desaparece? ¿Cómo manejamos psicológicamente la pérdida de esta vinculación? En cuestión de dos generaciones hemos pasado de una cultura que abogaba por el para siempre a una tendencia que se expresa en todos los ámbitos por lo fugaz e inmediato. Esta inmediatez también se ve reflejada en la duración de las parejas; existen más rupturas, pero también en la concepción y casi imposición de que el malestar que acompaña al fin de una relación sea un tránsito más que corto. Con estas circunstancias parece inevitable que a lo largo de nuestra vida, en algún momento, tengamos que vivir esta experiencia sea por el motivo que sea y que, probablemente, pasemos por algún mal momento derivado de su conclusión.

Con la pérdida de una pareja se pierde más que una relación; se pierden objetivos, proyectos, acompañamiento y comienza una fase de adaptación a la nueva realidad que mueve sentimientos que pueden ir desde la tristeza a la ira. Este momento forma parte de la ruptura y hay que vivirlo, pasarlo, sabiendo que requiere su tiempo de digestión y reflexión. Al igual que hablábamos antes del aprendizaje en el amor, también debemos aprender a sobrellevar la pérdida, eso que teníamos ya no está y no volverá, comienza el periodo en el que aprendemos a vivir sin algo que estaba con nosotros. El proceso adaptativo que acompaña la pérdida es conocido como duelo, en cierta manera similar al que se puede vivir cuando una persona querida fallece pero con la particularidad de que la persona con la que finalizamos la relación sabemos que sigue ahí y que hemos sido participes activamente en la elección y desarrollo de la pareja.

Habitualmente cuando una relación llega a su fin hay dos partes, la activa que toma la decisión de dejarlo y aquella pasiva que recibe la noticia. Esta situación no produce que uno de ellos evite pasar por el duelo, pero es innegable que el impacto inicial entre ambos será diferente; uno ha podido prepararse para la situación y otro puede no esperar tal desenlace. Y es aquí donde entra en juego la tan ejemplificada frase de series, películas y porque no de algún momento en la vida real: “no eres tú, soy yo” que viene a intentar suavizar un momento desagradable y angustioso, tratando de liberar de culpa al otro depositándola en el que toma la iniciativa del punto y final, pero ¿psicológicamente qué viene a decirnos? Probablemente reflejaría mejor lo que supone la ruptura si cambiásemos el orden de la frase: “soy yo, no eres tú” y la tomáramos en un sentido más que literal: “yo ya sólo soy yo, tú ya no formarás parte de mí”.

En ese instante dos vidas que decidieron unirse comienzan su andadura, la una sin la otra, con la huella presente de que en mayor o menor medida “siempre habrá una parte de ti en mí”. La ruptura nos brinda una experiencia que no es agradable pero que forma parte de nuestra realidad y debemos afrontarla, no sin sufrimiento, pues éste forma parte del duelo y en sus etapas finales nos permitirá aprender de lo vivido y nos ofrece diversas formas de crecer y mejorar. Este proceso habitualmente se supera de forma natural, en otras se encalla, incluso se puede tornar obsesivo, y es donde el duelo normalizado pasa a ser patológico. El papel del psicólogo en esta andadura no siempre es la misma, pues las casuísticas y características de cada ruptura son diferentes pero otorga una nueva vinculación centrada en el afecto educativo, ético y sincero que proporciona acompañamiento y escucha promoviendo cambios para el avance en el proceso del duelo. Pues al fin y al cabo el amor romántico es sólo una de las muchas formas de amar y vincularse, y una de las herramientas más potentes con las que cuenta el psicólogo para ayudar a sus pacientes es la vinculación que crea con el mismo.

Para que ocurra una relación amorosa saludable entre parejas, es necesario que exista la capacidad de estar solo, la concernencia, la afección o la ternura, el reconocimiento de las diferencias, la intimidad y el impulso sexual.

Artículo escrito por Carlos Santiago López de Lamela Suárez

¿Qué es lo último que haces antes de dormir?

Piénsalo y reflexiona. Años atrás, antes de la invención del móvil y la posibilidad de tener internet en todas partes, ¿qué hacías? Ahora párate a mirar a tu alrededor en una cafetería, en el metro o incluso en tu grupo de amigos, ¿No hay nada que te llame la atención, nada raro?

Nos creemos que somos inmunes a consumir determinadas drogas, pero el hecho de normalizarlas ¿hace entonces de ellas que se vean como algo normal? El alcohol es una droga, pero si lo tomas en determinadas ocasiones, es corriente. El tabaco lo mismo.

Veamos cual es el significado entonces de lo que es una droga: Sustancia que se utiliza con la intención de actuar sobre el sistema nervioso con el fin de potenciar el desarrollo físico o intelectual, de alterar el estado de ánimo o de experimentar nuevas sensaciones, y cuyo consumo reiterado puede crear dependencia o puede tener efectos secundarios indeseados (Según la primera búsqueda en Google).

Según esto, toda conducta no debería ser constitutiva de una drogadicción, ya que no es una sustancia física, palpable… ¿Y si le quitamos sustancia y la reemplazamos o incluimos igualmente conducta? El hecho de actuar siempre y reiteradamente de una misma manera, ¿no crea igualmente dependencia y hace que también llegues a olvidar todo lo que ocurre a tu alrededor?

Imaginemos por un momento que nadie puede permitirse un smartphone de última generación (con internet), y tenemos un amigo que está constantemente pegado al móvil, ¿no lo veríamos entonces como un problema? Este es precisamente el dilema, que acusamos, diagnosticamos o juzgamos cuando es algo que nosotros no realizamos o está mal visto por la sociedad —tomar drogas, o abusar del alcohol por ejemplo—, pero como lo hace todo el mundo entonces ya no es preocupante.

En mi opinión sí que lo es; las redes sociales, al igual que muchas otras cosas, son útiles, pueden llegar a divertir, a instruirnos y usarse como medio de comunicación muy eficaz, pero una vez que abusamos —como con cualquier otra conducta o sustancia— hasta el punto de sumergirnos y ser absorbidos en un mundo que no es el nuestro, es ahí cuando surge el problema, y es algo que a mucha gente de nuestro entorno le sucede, incluso a nosotros mismos. Pero es común, frecuente y no pasa nada.

No nos damos cuenta del impacto social que ha producido, y está produciendo, Internet poco a poco en nosotros; sin quererlo nos volvemos menos sociables, más cerrados al mundo, con temor a interaccionar con otras personas reales, a pesar de tener miles de seguidores en Facebook o Instagram ¿Con qué fin? si después lo único que hacemos es navegar por un mundo paralelo que no es real, que es ficticio.

¿Dónde está el límite?

Constantemente nos avisan de la importancia de poner límites respecto a las drogas. “No puedes consumir alcohol o tabaco si no tienes un mínimo de 18 años” “No puedes conducir si has bebido” “Es ilegal fumar porros”Todo eso está muy bien, pero ¿y si hablamos de internet? Dejemos de lado el hecho de estar pegado al móvil, centrémonos ahora en la idea de perder el control a la hora de exponer gratuitamente tu vida.

Piénsalo bien, ¿quién no lo ha hecho alguna vez? subir una foto inofensiva con amigos, enseñar un plato que estás comiendo, o un lugar al que has viajado. Pero exponer dónde vives, qué haces a todas horas, hasta contar tu primera experiencia sexual ¿no es quizás peligroso?

Mi intención no es ser radical, no pienso que lo correcto sea lógicamente prohibirlo, pero sí concienciarnos y ser prudentes, ya que todo esto no es gratuito e Internet es una base de datos enorme en la que no sabemos dónde va todo, y qué condiciones aceptamos cada vez que pinchamos un contrato sin leerlo.

La intimidad cada vez existe menos, y eso puede llevar a consecuencias muy nocivas a corto y largo plazo, como la difícil aceptación de las críticas, el Ciberbullying y muchos otros problemas con posibles repercusiones psicológicas, sin hablar de múltiples estrategias de robo. Pero quién es el único responsable de ello ¿las RRSS? No, es la persona en sí misma, y por eso es importante vigilarlo y saber ponernos nuestros propios límites

El nuevo héroe entre los jóvenes: el youtuber

Seguro que alguno de vosotros habéis oído hablar del Rubius, un youtuber gamer muy famoso; español de 26 años que juega a videojuegos, se graba y lo cuelga en Youtube. Este chico tiene más de 21 millones de seguidores, lo que supone unos ingresos notables proporcionados por la plataforma en la que sube sus videos, así como por la publicidad. Como él existen muchos más a los que les ha ido en general muy bien. Es un negocio más, no lo critico como tal, pero hay que pensar en la posible repercusión que puede llevar ese hecho…

El otro día un alumno al que le doy clases de refuerzo me habló del fanatismo de algunos chicos de su edad, él mismo tiene una cuenta en Youtube y sigue idéntico patrón, y me ha llegado a decir que lo que más feliz le haría sería conseguir al menos 1 millón de seguidores. Así que le plantee la siguiente pregunta, ¿por qué eso te haría tan feliz? Se quedó un rato pensando hasta que dijo que el simple hecho de que conozcan tu nombre tiene que ser impresionante y muy excitante, se le puso una cara de felicidad difícil de expresar, así que llegué a la conclusión de que los nuevos ídolos y héroes de esta generación son los aclamados youtubers, entre otros muchos términos.

¿No es quizás eso peligroso? ¿No puede hacer que miles de chic@s jóvenes y vulnerables cuenten cosas quizás personales, se hagan fotos comprometidas, acepten retos arriesgados, etc. con tal de conseguir seguidores? ¿Y qué otros, por consiguiente, aprovechen esa ocasión para hacer daño o que simplemente se lo hagan a sí mismos? En mi opinión, muchas de esas cuentas no tienen ningún fin nocivo en sí, pero la idea de pensar que para algunos jóvenes ser youtuberblogger o gamer resulta apasionante puede llevarles a hacer cosas que quizás escapen de su control.

Cada vez más jóvenes están sufriendo ciberbullying a causa de ello, y tiene un impacto muy grande sobre la persona, ya que se reproduce sin parar en muchas partes y es difícil erradicar algo una vez que está publicado.

Tengo 4 años y nada me agrada

Como futuros padres que seremos o que ya seréis algunos, normalizamos el hecho de darle la tablet a un niño con tal de tenerlo entretenido y que nos deje un poquito en paz. Todo eso es quizás gracioso algunas veces: “¡Ay míralo que ya sabe usar mejor el móvil que tú y tiene dos añitos!”.

Os voy a contar otro caso muy particular, esta vez una niña de 4 añitos a la que también le daba clase, usando el juego en este caso. Esta niña no iba a la guardería, y los padres la tenían en casa con un profesor tras otro con el objetivo de prepararla para el cole. Yo me preparaba mi clase con la idea de aprender jugando, pero una vez tras otra todo le aburría, mientras yo quizás en otra de mis lecciones usaba mi tablet, ella tenía su propio aparato, más nuevo incluso que el mío, con un montón de juegos para maquillar y vestir a princesas y sirenas. Lo tenía todo tan automatizado que sabía evitar los anuncios, y cada vez que salían se perturbaba de tal manera que zarandeaba y se enfadaba con el dispositivo. Cuando yo le enseñaba algo para jugar, todo le aburría y nada le divertía, y así constantemente una clase tras otra.

Sería muy precipitado por mi parte decir que quizás esta niña en un futuro no sea capaz de ser paciente con las cosas, y que el exceso de información que producen las nuevas tecnologías hace que sea muy difícil llegar a satisfacerla en otros ámbitos, pero desde luego que lo que observé no me gustó demasiado, y creo que es importante enseñar igualmente a los niños dónde están los límites de toda aplicación de la tecnología, así como del uso que se puede hacer de ellas.

En conclusión…

Las RRSS son muy recientes pero es importante vigilar el posible abuso que se hace de ellas, sin llegar a verlo como algo normal, justificándose en la idea de que como todo el mundo lo hace no pasa nada. Hay que adaptarse a las nuevas situaciones y tiempos, claro está, hoy es difícil vivir sin un móvil o cuenta de correo para cualquier cosa. La idea es no caer en el abuso, porque al igual que con cualquier adicción, y sin ir más lejos, ejemplos como la compra compulsiva, la obsesión al deporte, o la pérdida de control de la comida, son conductas en las que es importante saber dónde está el límite y darse cuenta cuando existe un problema, ya que todo ello puede producirnos serias consecuencias y perjudicarnos en nuestra vida tanto a nivel laboral y social como, por consiguiente, de manera psicológica y emocional.

Con todo lo dicho en este artículo, mi propósito no es estar en contra de las redes sociales; en general las uso mucho diariamente, me parecen muy eficaces, y creo que gracias a ellas podemos llegar a avanzar adecuadamente, siempre y cuando se haga un buen uso de las mismas, y sin llegar a estar enganchados como si se tratara de una droga.

Los ejemplos que he mencionado son de los pocos que vivimos en el día a día, pero estoy segura que ocurren cosas peores y de las que tenemos que estar pendientes, ya que crecemos con la tecnología, y es importante que no nos dejemos sobrepasar por ella.

Albert Einstein

Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo sólo tendrá una generación de idiotas.

Artículo escrito por Ghizlane Lahbabi

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