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La psicología consideraba que lo originario era que si una persona vivía una experiencia traumática, desarrollara alguna patología en relación a esa vivencia, pero actualmente desde modelos más optimistas, se considera que la persona es fuerte y activa, con una capacidad natural de resistir y rehacerse a pesar de las adversidades. Esta concepción se encuadra dentro del marco de la Psicología Positiva, aquí nace el concepto de resiliencia (Vera, Carbelo, y Vecina, 2007).

Este término era usualmente utilizado en la ingeniería para determinar la resistencia de los materiales; ahora, se trasladada a los ámbitos en los que se pide la cualidad de resistir y adaptarse a la adversidad, por lo tanto, encajaría en el ámbito de la Psicología. Según esta, es una capacidad común que aparece en personas que viven circunstancias dolorosas o traumáticas como pueden ser la muerte de un ser querido, desastres naturales… mediante la gestión y superación de dichas circunstancias recuperan una vida dentro de la normalidad. Eso no quiere decir que no haya sufrimiento: se experimentan emociones negativas y estrés; de hecho, sin ello no sería posible el crecimiento personal a través de ellas, puesto que no se elimina el dolor, sino que se coexiste con él.

El concepto de personalidad resistente aparece por primera vez en la literatura científica en 1972, se empieza a indagar y se observan múltiples factores que influyen en el desarrollo de la resiliencia. Uno de los más importantes es tener relaciones de cariño y apoyo tanto dentro como fuera del núcleo familiar, que favorezcan vínculos seguros y a imitar, donde se promueva la confianza y el afecto. Además, también influye la capacidad de planificación de metas y su consecución, al igual que la solución de problemas. Otro factor importante es la autogestión de sentimientos y emociones, conocerse y saber identificar que ocurre en nuestro lado emocional, además de tener una visión positiva y realista de sí mismo (APA, 2017).

La resiliencia no es absoluta, es una capacidad que resulta de un proceso dinámico y evolutivo. Las personas resilientes se enfrentan a las experiencias difíciles utilizando el humor, la exploración creativa y el pensamiento optimista (Fredickson y Tugade, 2003). Éste cambio positivo que experimentan —resultado del proceso de lucha— les lleva a una situación mejor respecto de la que se encontraba antes de ocurrir el suceso (Calhoun y Tedechi, 1999). Los cambios pueden ser en uno mismo (a nivel individual), en las relaciones interpersonales (con otras personas) y en la filosofía de vida.

Es de gran importancia distinguir el concepto de resiliencia del concepto de recuperación (Bonanno, 2004), ya que representan trayectorias temporales distintas. En esta línea, la recuperación supone una vuelta progresiva hacia la normalidad funcional, mientras que la resiliencia muestra la habilidad de mantener un equilibrio estable durante todo el proceso.

El origen de los trabajos sobre resiliencia se remonta a la observación de comportamientos individuales de superación que parecían casos aislados y anecdóticos (Vanistendael, 2001) y al estudio evolutivo de niños que habían vivido en condiciones difíciles. Uno de los primeros trabajos científicos que potenciaron el establecimiento de este concepto como tema de investigación fue un estudio longitudinal realizado a lo largo de 30 años con una cohorte de 698 niños nacidos en Hawái en condiciones muy desfavorables. Treinta años después, el 80% de estos niños había evolucionado positivamente, convirtiéndose en adultos competentes y bien integrados (Werner y Smith, 1982; 1992). Este estudio, realizado en un marco ajeno a la resiliencia, ha tenido un papel importante en el surgimiento de la misma (Manciaux, 2001).

Así, frente a la creencia tradicional fuertemente establecida de que una infancia infeliz determina necesariamente el desarrollo posterior del niño hacia formas patológicas del comportamiento y la personalidad, los estudios con menores resilientes han demostrado que son supuestos sin base científica, y que un niño con condiciones vitales difíciles no está necesariamente condenado a ser un adulto sin posibilidad de progresar en su vida y de desarrollarse felizmente.

Llegados a este punto, cabe plantearse el papel del psicólogo. El crecimiento postraumático no puede ser creado por el terapeuta, es importante destacar que este debe ser descubierto por la propia persona. El psicólogo debe ser capaz de acompañarnos a lo largo de todo el proceso para ayudar en su desarrollo (Calhoun y Tedeschi, 1999).

Concluyendo, la labor del psicólogo vista desde la Psicología Positiva debe servir para reorientar a las personas a encontrar la manera de aprender de la experiencia traumática y progresar a partir de ella, teniendo en cuenta la fuerza, la virtud y la capacidad de crecimiento de cada uno (Poseck, Carbelo, y Vecina, 2006).

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

APA (2017). El Camino a la Resiliencia. Recuperado de: [Acceso el 20 Nov. 2017].

Bonanno, G.A. (2004) Loss, trauma and human resilience: Have we underestimated the human capacity to thrive after extremely aversive events? American Psychologist, 59(1): 20-28

Calhoun, L.G. y Tedeschi, R.G. (1999). Facilitating Posttraumatic Growth: A Clinician’s Guide. Mahwah, N.J.: Lawrence Erlbaum Associates Publishers

Artículo escrito por Paula Padrón

Me gustaría iniciar el presente artículo con un dato tranquilizador, esperando que, al finalizar su lectura, podáis entender el porqué:

“La ansiedad es una enfermedad que afecta a muchas personas en todo el mundo. Según un estudio publicado por la Sociedad Internacional de trastornos afectivos, más del 10% de la población adulta en España ha sufrido al menos un ataque de ansiedad.”

La ansiedad suele encontrarse entre los motivos de consulta más frecuentes en los centros de psicología, y no se puede negar que juega hoy en día un papel muy importante, ya sea por nuestro estilo de vida, vivencias o gestión de las emociones. Todos conocemos a varias personas que la padecen o la han padecido, y es que constituye un mecanismo de defensa adaptativo que forma parte de nosotros, apareciendo cuando menos la esperamos. ¿Acaso si vieras a un león no echarías a correr?

Los síntomas de la ansiedad suelen ser:

Físicos. Taquicardia, palpitaciones, opresión en el pecho, falta de aire, sudoración, molestias en el estómago (náuseas, vómitos), tensión, rigidez en los músculos, mareo e inestabilidad.

Psicológicos. Agobio, amenaza, ganas de huir, sensación de vacío, dificultad a la hora de tomar decisiones, temor a la muerte.

Cognitivos. Problemas de atención, concentración y memoria. Preocupación excesiva, pensamientos distorsionados.

Conductuales. Dificultades para actuar y/o estarse quieto. Impulsividad.

Sociales. Irritabilidad, bloqueos, dificultad para expresar opiniones propias.

De hecho, casi todos sabemos de qué manera se manifiesta la ansiedad, pero lo más complicado es descubrir la causa por la que ha decidido aparecer.

En estos casos, la familia suele ser un pilar muy importante. Cuando sentimos que algo no va bien recurrimos a nuestros familiares o apoyos buscando que nos ayuden, comprendan y protejan. Lo que no sabemos es que, en muchas ocasiones, la ansiedad está directamente relacionada con el funcionamiento familiar.

Para poder entender lo que verdaderamente nos está sucediendo, se debe visualizar a la familia como un sistema, en el que cada miembro constituye una parte y debe adaptarse a ella. Este sistema familiar (unidad con unas reglas propias, donde sus integrantes se organizan y a su vez son independientes) está formado por el comportamiento de cada uno de los elementos que lo constituyen y, a la vez, la adaptación a cada uno de los comportamientos que comprenden el sistema. Por esta razón, cuando la ansiedad se manifiesta modificar la dinámica familiar (interacción y proceso que se genera al interior de un grupo) da lugar a cambios tanto en los miembros del sistema como en los síntomas que se presentan; en este caso, relativos a la ansiedad.

Las tipologías familiares en las que nos podemos encontrar esta sintomatología son:

Las familias desligadas. En este tipo los miembros suelen tener poco contacto y son personas independientes del propio sistema, aunque siguiendo la dinámica del mismo. Son familias que tienden al aislamiento y se percibe una grave falta de afecto y apoyo, además de evitarse los conflictos.

Familias aglutinadas. Que se encuentran en el otro extremo a las anteriores, y se caracterizan por una excesiva involucración entre los miembros, de manera que se deja de lado la independencia y la autonomía y suelen confundirse los roles familiares. Además, aunque pueda sorprender, suelen evitarse también los conflictos, de manera que se ignoran o niegan conviviendo bajo una capa invisible de perfección. Estas características familiares se deben a la rigidez de los componentes del sistema, siendo bastante reacios a los cambios que puedan surgir en el ciclo vital.

Las familias sobreprotectoras. Se caracterizan por el cuidado excesivo y la hipersensibilidad del sistema a los problemas individuales de alguno de los miembros que lo constituyen. Esta forma de relacionarse provoca sentimientos de inutilidad y dependencia, además de miedo, inseguridad así como síntomas de ansiedad.

Una vez comentados los tipos de familias que podrían generar mayor propensión a los trastornos de ansiedad, matizaré que no son los únicos responsables. Así, nuestras vivencias fuera de las dinámicas familiares —como una experiencia traumática o dolorosa—, los factores biológicos, otros psicológicos, algunos más generales y otros más específicos, también pueden provocar que seamos más sensibles a que la ansiedad se manifieste con frecuencia en nuestras vidas. No cabe duda de que no es algo que pueda medirse de manera exacta, ya que un solo factor no es suficiente si no que varios tienen que convivir para que se desarrolle un trastorno.

Para finalizar el artículo, me gustaría que pensarais en seis personas que forman parte de vuestra vida y a las que queréis y apreciáis; ahora podéis considerar que, según las estimaciones disponibles, una de esas seis personas en las que habéis pensado padecerá en algún momento de su vida un trastorno de ansiedad. Tales como:

Trastornos de ansiedad generalizada: Hay situaciones en las que una persona puede sentir ansiedad ante circunstancias normales como una entrevista de trabajo, pero cuando esta se generaliza, experimentándose la mayoría del tiempo, estamos ante un trastorno de ansiedad generalizada.

Las preocupaciones que sufren estas personas son intensas y no tienen un fundamento claro, además interfieren con el funcionamiento de la vida diaria a nivel del trabajo, los amigos o la familia.

Trastorno de pánico: La ansiedad que se produce se manifiesta de forma aguda. Las personas que sufren pánico sienten síntomas tales como sensación de muerte o de quedarse sin aire, que puede producir problemas psicológicos y físicos.

Trastorno obsesivo-compulsivo: A todos nos ha ocurrido que salimos del coche, nos alejamos y no recordamos si lo hemos cerrado. Este comportamiento es normal y constituye una forma de estar alerta, pero cuando se convierte en algo obsesivo y se comprueba varias veces, estamos ante un trastorno obsesivo-compulsivo.

Trastorno por estrés postraumático: Se produce cuando padecemos una situación de estrés grave debido a una situación traumática, como por ejemplo un accidente o acoso. La persona puede revivir el hecho que ha experimentado: pesadillas, ira, fatiga, desapego.

Igualmente quien sufre este tipo de trastorno evitará situaciones que le recuerden al trauma vivido.

Fobia/ ansiedad social: Se manifiesta en personas que tienen miedo a situaciones en las que interactúan socialmente. El escenario más común es hablar en público, experimentándose pánico a sentirse humillada o a que se rían de ella.

Por último, con este artículo y con toda la información aportada en su desarrollo, además de la importancia que tienen nuestras familias a la hora de padecer un trastorno de ansiedad, mi intención no es otra que normalizar una serie de síntomas que son muy frecuentes en todos nosotros/as, y así poder ayudarte a que los identifiques y lidies con ello sin temor, asumiéndolo como una parte más de ti mismo/a. Te será mucho más fácil sentirte mejor.

Artículo escrito por Carolina Alonso

Cataluña habita en todas las conversaciones de whatsapp; te levantas por la mañana y pones la radio, las noticias, consultas cualquier periódico nacional y todos tienen algo en común: cargas policiales, colegios electorales, Puigdemont, Independencia, Artículo 155 entre otros temas relacionados. Los medios de comunicación y, en concreto, las portadas de las publicaciones de ámbito nacional están formadas por algo relacionado con lo que se está viviendo en la región. En muchas ciudades llama la atención la invasión de las banderas españolas en los edificios.

En relación a todo lo que está ocurriendo, se manifiesta un problema de salud pública: cómo está viviendo la sociedad este proceso de cambio, de incertidumbre, de tensión continua. Así, están aumentando los casos de ansiedad relacionados con el momento político y social en Cataluña. Las protestas, tensión e incertidumbre asociadas comienzan a pasar factura a la sociedad. A la gente le cuesta dormir, está triste, desanimada… todo esto se puede traducir a un estrés psicosocial.

Las organizaciones independentistas están dando especial relevancia a la psicología en las últimas semanas, ofreciendo consejos psicológicos que iban a impedir la actuación de los policías en el referéndum ilegal celebrado el día 1 de Octubre. Según el psicólogo clínico Miguel Ángel Rizaldos “se trata de una cuestión que genera emociones desbordadas” .

Como señalaba antes, Cataluña presenta una situación de riesgo para la salud mental ya que en muy poco tiempo se han vivido dos acontecimientos de una alta conflictividad social: los atentados de La Rambla y todo el proceso de independentismo. La proximidad entre estos dos eventos refuerza la sensación de angustia y malestar por parte del pueblo catalán, llevando a que la ansiedad general que existe actualmente se vea incrementada.

Todavía es temprano, según los expertos, para disponer de datos objetivos sobre un potencial incremento del consumo de psicofármacos, así como de un aumento de las visitas a consultas de salud mental.

"El factor emocional"

Como señala el jefe de la unidad de psiquiatría del Hospital del Mar, Víctor Pérez, pese a que el sentimiento de angustia es normal puede llegar a patologizarse. Señala un par de ejemplos: por un lado pacientes que fueron atendidos porque las imágenes de las cargas policiales les evocan lo vivido y altera su recuperación; por otra parte, en algunas zonas rurales donde también se produjeron incidentes con los cuerpos de seguridad, los responsables sanitarios “han empezado a captar un aumento de la angustia y de la incertidumbre”.

“Son emociones que al profesional deben ponerle en alerta porque pueden desembocar en trastornos de estrés agudo o estrés postraumático que son expresiones patológicas de una angustia mal controlada después de vivir una situación crítica que se caracteriza por la pérdida de tu seguridad personal o la de tus allegados” señalan estas mismas fuentes.

Los síntomas más comunes del estrés agudo son taquicardia, nerviosismo, insomnio e irritación. Si estos se manejan de una manera adecuada se puede llevar a cabo una recuperación entre las 4 y 6 semanas. Sin embargo en el caso del trastorno de estrés postraumático la recuperación es mucho más larga y el síntoma más característico son las intrusiones, definidas como aquellos pensamientos que vienen a la mente de forma incontrolada en forma de recuerdos e imágenes que tienen relación con el suceso que causa malestar.

A parte de todo esto Jorge Moya, profesor de la facultad de psicología de la Universidad de Lleida, señala que estas personas están sufriendo un proceso de rumiación, que es ese estadio en el que la persona le da vueltas constantemente al mismo contenido sin poder desengancharse o desconectarse. Para hacer frente a esta situación de angustia y ansiedad por la que está atravesando la sociedad se podrían dar algunos consejos:

Protegerse del exceso de información:
los medios de comunicación son un arma de persuasión muy grande que puede posicionarnos en un lado u otro; dados los acontecimientos acaecidos son imprescindibles en nuestro día a día para enterarnos de todo lo que sucede, pero en su justa medida. En determinados momentos se hace necesario un poco de desconexión. Todos necesitamos espacios de calma.

Cuidarse más:
incrementar las actividades de ocio, tener más cuidado con la alimentación y la pauta de sueño para compensar el desgaste que se está teniendo. Llevar a cabo unos hábitos de vida saludables es fundamental.

Fomentar el sentido del humor
para desconectar de la sensación de angustia y estrés, ya que se está la mayoría del tiempo alerta.

 Buscar apoyo del entorno:
es recomendable conseguir el apoyo social del entorno, no son momentos de quedarse a solas. Hay que buscar vínculos de unión y evitar los temas de conflicto que puedan generar cualquier tipo de discrepancia de opiniones.

Como conclusión, conviene tener presente que todas las reacciones por las que está pasando la sociedad son totalmente normales ante los acontecimientos que están ocurriendo en Cataluña, y pienso que poco a poco se tiene que normalizar la situación, hay que pensar en el presente y no en el futuro, vivir en el aquí y ahora. Si la situación es desbordante no hay que dudar en acudir a una consulta médica o psicológica.

Debemos echar mano de la resignación propiamente humana y aceptar que estamos en una etapa de la vida —o un momento histórico— un tanto peculiar; ha habido etapas mucho peores y por tanto todo esto es una gota en un vaso de agua que estamos viendo de manera sobredimensionada. Por último conviene ser precavidos y aplicar la tolerancia y el respeto con los demás. El ser humano tiende a imponer sus opiniones a los demás, con lo que resulta de vital importancia llevar a cabo una reflexión constante, y ejercitar la empatía.

Artículo escrito por Luis Felipe Vicente Arribas

Esta mañana, Rocío se ha despertado con un aluvión de mensajes de WhatsApp y redes sociales. Todos ellos le dicen que: hoy será un gran día, que sonría, que no se rinda, que ella puede con todo, que no esté triste, que si lo desea con fuerza conseguirá todo lo que quiere… De manera que se ha atornillado la sonrisa y guardado su cansancio en el bolso, junto a su nuevo y chic kit de agenda y bolígrafo; los dos impresos con frases motivacionales que te inspiran felicidad por un módico precio: siemprefeliz# 0%aburrida#

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De camino al trabajo ojea una revista de belleza y bienestar, donde una conocida modelo desvela “los SECRETOS para recuperar la figura en MENOS de un mes después del parto y sentirte BIEN contigo misma”. A Rocío ese editorial le recuerda que ya no se encuentra tan atractiva como antes de quedarse embarazada de su segundo hijo de 5 meses… noexcuses# enforma#

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Trabaja distraída, no puede dejar de pensar en cómo estará su bebé y llama constantemente a la guardería para comprobarlo. Duda si hizo bien cuando rechazó la jornada reducida por maternidad, pero aparta esos pensamientos de su mente. Quiere que la empresa vea en ella una persona comprometida y proactiva. Son las claves número 8 y 9 de su nuevo libro de cabecera: clavesparatriunfar# proactividad100%#

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Asiste al curso de inglés entre cabezadas. Las vitaminas para mejorar la concentración no le están ayudando tanto como esperaba: túpuedescontodo# noterindas#

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Ya en la cama Rocío no puede dormir, no para de pensar que: no ha ido a visitar a su madre a la residencia, en la mala contestación que le dio al mayor mientras le preparaba la cena, en que el pequeño parece que no la reconocía cuando le recogió, en ese plato de pasta que no debió comerse… Agobiada, decide tomarse una pastilla para dormir, no sin antes publicar su último post del día: sueñosfelices# smileandtheworldsmileswithyou#

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Esta mañana Rocío se ha despertado con un aluvión de…

Una malinterpretación de la Psicología Positiva inunda nuestras vidas a través de las redes sociales, libros y publicidad, convirtiendo la felicidad en una obsesión, así como en un negocio muy rentable por parte de marcas y editoriales, que han encontrado en esta búsqueda devenida en necesidad la fórmula de éxito.

A través de las redes sociales las personas nos volvemos cómplices de esta idea perversa e imposible de felicidad eterna que nos venden. El problema es que en su lugar, este mal formulado constructo puede dejar a su paso frustraciones, culpabilidad e insatisfacciones existenciales al dramatizar las situaciones y emociones negativas.

Estos sentimientos —de culpa y frustración— están conectados con expectativas hacia nosotros/as mismos/as que nos autoimponemos o que nos impone la sociedad. Es por ello que aprender a reducir nuestras autoexigencias y tolerar la frustración mitigará esos sentimientos, además de ayudarnos a evitar la procrastinación y el abandono de tareas por vernos sobrepasados merced a una mala planificación.

No podemos negar la importancia de la relación entre cómo pensamos y cómo entendemos la realidad. Los pensamientos positivos ejercen como factor protector para prevenir trastornos mentales, reducción de estrés, enfermedades orgánicas y aumento en nuestra calidad de vida pero tenemos que huir de un pensamiento positivo ingenuo y moralista, ajustándolo a nuestro momento y situación actual.

Por tanto, autosuperarnos persiguiendo nuestros sueños es importante para nuestra realización como personas, pero no nos podemos quedar en un análisis superficial de nuestros recursos y limitaciones. ¡Ojo! No los límites que nos autoimponemos por miedo, o que nos ponen otras personas o la sociedad.

Sin este trabajo previo y profundo, los mensajes positivos se desvanecerán por el camino y no nos ayudaran a conseguir nuestras metas, pudiendo degenerar en un sentimiento de fraude. Sirva como ejemplo el Síndrome del Impostor —acuñado por las psicólogas clínicas Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978—, un fenómeno psicológico en el que las personas son incapaces de internalizar sus logros. No suelen existir las fórmulas mágicas y generales que nos sirvan a todos/as y en todas las circunstancias.

El concepto de Inteligencia Emocional popularizado por Daniel Goleman en 1995 nos enseña que parte de ella es el autoconocimiento emocional, definido como la percepción de nuestras propias emociones, de su regulación y de cómo nos afectan. Aprender a regularlas supone algo más que simplemente lograr satisfacción con los sentimientos positivos y tratar de evitar y/o ocultar nuestros afectos negativos. Para nuestro propio bienestar necesitamos comprender la forma en la que nuestro estado de ánimo interviene en nuestro comportamiento. Y conocer cuáles son nuestros puntos fuertes y débiles.

La tristeza es una de las emociones básicas del ser humano, junto con la ira, el miedo, el asco, la sorpresa y la felicidad. Y como todas ellas cumple una función; entre otras, permite que la persona haga introspección, genere cambios y promueva la empatía de nuestros semejantes.

Cuando la exigencia irracional de ser feliz se convierte en una obligación, una superficial y malentendida Psicología Positiva podría crear más obstáculos de los que soluciona. A título de ejemplo nos encontramos con el Síndrome de Bienestar (Cederström y Spicer, 2015), que ilustra la obsesión por sentirse permanentemente bien.

En definitiva, la búsqueda de la felicidad es inherente a las personas y es bueno perseguirla pero sin que esa persecución obsesiva te impida llegar al objetivo.

Incluso una vida feliz no puede medirse sin la oscuridad. La palabra feliz perdería su significado si no estuviese balanceada por la tristeza

"Viktor Frankl"

La felicidad no puede ser obtenida queriendo ser feliz. Tiene que aparecer como consecuencia no buscada de perseguir una meta mayor que uno mismo

Artículo escrito por Eva Diéguez

"Viviana Flain Binda" Cuando mi madre enfermó, no lo supimos, ni siquiera su médico, porque la demencia llega a escondidas, como un ladrón en la noche

La enfermedad comienza lentamente, insidiosa; hoy un pequeño olvido, un “no consigo explicarme”; mañana una salida de tono extemporánea, un llanto irracional e incontrolable y, por fin, la demencia. Y una vez instalada en el cerebro, sigue avanzando, implacable, arrebatándonos los recuerdos, arrebatándonos la vida…

Hace tiempo, cuando mi madre rondaba los ochenta años, yo ya venía observando sus pérdidas de memoria reciente, pérdidas leves que yo achacaba a problemas de la edad; a veces no conseguía expresarse, se quedaba atascada y se enfadaba consigo misma. Nunca fuimos conscientes de que la enfermedad comenzaba a hacer estragos en su cerebro. Fue una fase difícil, ya que mi madre se daba cuenta de la situación, pero no conseguía coordinar algunos movimientos; en más de una ocasión, algún vecino la acercaba a casa al verla desorientada en la calle y esa mujer fuerte e infatigable, de repente, entraba en la apatía más absoluta. Durante la noche, solía deambular errática por la casa y al acercarme a ella para devolverla a la cama, podía ver sus ojos ausentes, su dificultad para caminar, sus balbuceos…

Y como colofón, el golpe definitivo en forma de diagnóstico: Alzheimer.

Al sobresalto e incredulidad inicial le siguieron la angustia, la aceptación y, sobre todo, una mezcla de tristeza y de rabia.

Con el paso del tiempo y a pesar de los medicamentos, y de todo nuestro amor, el yo de mí madre se esfumaba día a día; sus cambios de humor eran cada vez más habituales, a veces sufría alucinaciones o comenzaba a gimotear sin venir a cuento. Ella, que siempre fue una mujer prudente, incapaz de ofender a una mosca, ahora se revolvía violentamente contra cualquiera, profiriendo incluso insultos que yo jamás hubiera imaginado que pudiesen salir por su boca.

En casa todos debíamos ejercitar la paciencia y un sin fin de virtudes más, pero para mí, como cuidadora, resultó especialmente estresante. Fue tanta la responsabilidad que me vi obligada a asumir, que la ansiedad acabó por apoderarse de mí.

En los momentos de calma, teníamos largas charlas en las que nos reíamos recordando el pasado. Me asombraba su capacidad, dado su estado a veces, para recordar hechos y personas de antaño con total lucidez. En esos momentos dulces, intentaba disfrutar al máximo de mi madre genuina e, interiormente, rogaba porque esa situación se dilatara lo máximo posible.

Pero no, la enfermedad seguía avanzando, implacable e inmisericorde y esto me obligaba a hacer un esfuerzo extra de alerta las veinticuatro horas del día; llegué a padecer de insomnio y casi sin darme cuenta, una tristeza profunda fue apoderándose de mí. Pasado un tiempo, me vi atrapada en una profunda depresión, de la que solo conseguí salir pidiendo ayuda profesional, para ambas.

Recurrimos a un Centro de Día y a terapia psicológica. He de que reconocer que fue un alivio para mí y muy beneficioso para ella. Lentamente, sus trastornos de conducta fueron moderándose, mejoró su autonomía y, en general, la calma parecía volver al hogar. Pero una cosa sí estaba clara, no existía cura.

Decidí entonces, una vez recuperada de mí abatimiento, indagar más a fondo sobre la enfermedad. Supe así que alrededor de cuarenta y siete millones de personas en el mundo la padecen —seiscientas mil en España— y que, hasta ese momento, se pensaba que era una enfermedad neurológica degenerativa, incurable y ligada al hipocampo, zona del cerebro asociada a la memoria; pero que estudios recientes demuestran que esta se desarrolla por la muerte de las neuronas encargadas de producir dopamina, esencial para la función motora, el humor, el sueño, la atención o el aprendizaje, entre otros. Son los niveles anormales de esta hormona en el cerebro los que producen Parkinson y diversas adicciones.

Finalmente, el Alzheimer lleva a quien lo sufre a un estado vegetativo, y debido a la falta de hidratación, desnutrición o por la propia necesidad de permanecer continuamente en la cama, produce la muerte, generalmente por problemas cardiovasculares.

Y seguí leyendo y leyendo… Recientísimas y esperanzadoras investigaciones de la Universidad de California afirman haber conseguido registrar que los efectos del deterioro cognitivo pueden llegar a ser reversibles. Pero, según el autor, “se trata de un estudio muy pequeño que necesita ser replicado en cantidades mayores en localizaciones distintas”; solo se ha experimentado con diez pacientes y parece que cada tratamiento debería ser desarrollado de forma diferente y personalizada, con la consiguiente dificultad para conseguirlo y lo caro que resultaría.

Sí, esperanzador, ¿pero cuánto tardará esto en ser efectivo para el común de los mortales? Supongo que para mi madre y para otros cientos de miles, de millones de personas quizás, será demasiado tarde.

Artículo escrito por Soledad Pareja Iglesias

A diario, de forma inconsciente, mantenemos un diálogo interno sobre cómo vamos percibiendo las cosas. Entendemos por diálogo interno aquel que tenemos con nosotros mismos a raíz de ciertos planteamientos y reflexiones que llevamos a cabo ante determinadas situaciones.

En esta forma en que tendemos a analizar cada suceso entra en juego un aspecto muy importante que denominamos como estado de ánimo. Es decir, definimos cada uno de estos acontecimientos como buenos o malos según nuestro estado de ánimo así decida que lo valoremos, llevándonos incluso a percibir todo el día o incluso etapa de la misma manera.

A veces, no nos permitimos debatir si esta percepción que tenemos de las cosas se produce porque realmente lo hemos valorado y llegado a dicho juicio o nos hemos, simplemente, dejado llevar por las emociones que experimentamos en ese preciso momento.

Podríamos casi imaginarnos a las emociones tras nuestros propios ojos, señalándonos qué debemos mirar y qué no según la imagen que a cada una de ellas les convenga que veamos, sin dejarnos a veces percibir el paisaje entero.

Si me lo permitís, voy a contaros una historia que me pasó ayer y se me viene a la cabeza mientras hablo de esto:

Lo cierto es que no me había sonado la alarma aún y ya estaba despierta, así que lo primero que se me vino a la cabeza es “mal empezamos el día sin aprovechar todas las horas de sueño que tenía”. Me levanto pensando que por lo menos tendré más tiempo para disfrutar del desayuno y, conforme empiezo a hacer el café, empieza a sonar el ruido de una obra de las casas vecinas; me puse nerviosa por la situación y decidí bajar a desayunar para que se me pasara y mientras me dirigía al bar pensaba “encima voy a gastar dinero en desayunar porque la gente no sepa respetar horarios, esto deberían pagármelo ellos”. Al terminar el desayuno me monté en el coche y me puse en camino hasta el trabajo.

Para rematar la mañana, había un atasco interminable y mi enfado cada vez iba a más. Para pasar el rato tuve que llamar a mi hermana y hacer tiempo; al llegar al trabajo ya estaba bloqueada por la mañana que llevaba, apurada porque llegué casi media hora tarde y apenas conseguí concentrarme y rendir como otros días. Normalmente los jueves, al terminar la jornada, voy a un micro teatro con los compañeros, pero ayer no estaba de humor después de todo lo sucedido y decidí irme a casa y acostarme cuanto antes pensando “mañana será otro día”.

Y ahora, si me permitís de nuevo, voy a contaros otra historia muy curiosa que me sucedió ayer:

Aún me faltaba media hora para que sonara la alarma cuando ya estaba despierta, así que pensé “bueno, ¿por qué no aprovechar que ya estoy despierta para desayunar más tranquilamente?”. Me dispongo a hacer café y empieza a sonar las obras de un piso vecino así que, aprovechando que sigo teniendo tiempo, bajo a desayunar fuera que hace tiempo que no lo hago y lo cierto es que lo disfruto bastante, porque además el camarero es muy simpático y te alegra el día con esa energía.

Me monto en el coche para ir al trabajo y el atasco era considerable, pero pensé “bueno, es Madrid, en otra ciudad no habría atasco pero quizás tampoco podría ir a un micro teatro entre diario”. Además, aproveché para hablar con mi hermana que hace tiempo que nos tenemos descuidadas; y lo cierto es que el día en el trabajo no me cundió mucho pero al salir pensé “en casa solo le voy a dar más vueltas, así que me voy a despejar con los compañeros que mañana seguro que rindo más”.

Esto es sólo un pequeño ejemplo de la forma que tenemos de decirnos las cosas a nosotros mismos, dejando que las emociones que nos van surgiendo durante el día se vayan apoderando del resto de sucesos, impidiendo así que tengamos este libre diálogo interno que nos permita valorarlos racionalmente.

Existen cuatro tipos diferentes de diálogo interno que podrían actuar como detonantes de ansiedad o angustia:

Catastrófico: en este tipo tendemos a anticipar ciertos hechos sin tener prueba alguna de ello y a magnificarlos, con expresiones del tipo “todo lo que me pasa es una tragedia”

Autocrítico: en este caso la persona tiende a juzgar continuamente su comportamiento y a evaluarlo de una forma negativa, enfatizando sus defectos y limitaciones así como las virtudes de los demás. Expresiones típicas de este tipo de diálogo son tales como “no valgo para hacerlo” “no soy capaz”

Victimista: el diálogo de la persona es de tipo desesperanzado, no percibe avance alguno, se lamenta por la situación pero no intenta solventarlo. Lo vemos reflejado en expresiones como “nadie me entiende”

Autoexigente: propio de quienes tienden al perfeccionismo y les cuesta tolerar los errores, por lo que se encuentran en un estado continuo de agotamiento y estrés. Un ejemplo de expresiones autoexigentes serían “esto no era como yo esperaba” “no es suficiente”…

Por tanto, para lograr una mejora de nuestro diálogo interno es importante conocer y controlar este tipo de pensamientos erróneos que nos pueden llevar a generalizar una comunicación negativa con nosotros mismos que desemboque en ansiedad o angustia. Si logramos modificarlos, el resultado será no sólo un mayor éxito en los diferentes ámbitos vitales, sino que también lograremos incrementar nuestra propia autoestima y confiar más en nosotros mismos a la hora de afrontar las diferentes situaciones.

REFERENCIAS

http://psicologiayautoayuda.com/psicologia/el-dialogo-interno/

https://lamenteesmaravillosa.com/los-4-tipos-dialogo-interno-debes-evitar/

Artículo escrito por Cristina Caballero

Nuestra sociedad ha cambiado mucho en los últimos años; antes se nos educaba para ser esposas y madres y formar una familia (en ocasiones incluso se alentaba a que fuera numerosa). Ahora recibimos educación para estudiar y trabajar, también para formar una familia, solo que ahora hay muchos tipos de unidades familiares, así como diversas maneras de organizar la pareja y el hogar.

Quizás el orden en que hacemos las cosas ha cambiado, por lo que el momento de tener los hijos se va retrasando poco a poco y esto supone que cada vez se empiezan a buscar más tarde. Eso, entre otros factores, puede pasarnos factura ya que aunque nuestro aspecto físico, nuestro sistema sanitario, nuestra calidad y esperanza de vida haya aumentado en los últimos años, algunos de nuestros procesos vitales siguen manteniendo el mismo ritmo que antes; es decir, la mujer sigue siendo más fértil a los 20 que a los 30 y a partir de los 35 la calidad de los óvulos es mucho menor y las trompas de Falopio pueden padecer fibromas y endometriosis, provocando así algunos problemas de fertilidad. De la misma manera, la producción de espermatozoides del hombre va disminuyendo con el paso del tiempo, siendo cada vez menor el volumen y la calidad de éstos. Todo esto muestra claramente el por qué cada vez es más común en nuestra sociedad que las parejas recurran a pedir ayuda a los especialistas y a plantearse realizar tratamientos de fertilidad, pero ¿es tan sencillo someterse a este proceso a nivel emocional?

Resulta de suma importancia entender el duro camino al que se enfrentan las parejas en su deseo de convertirse en padres, sólo en cuestión de tiempos de espera habría que tener en cuenta que cuando se acude al especialista en busca de ayuda para tener un hijo llevan un mínimo de dos años de media intentándolo por su cuenta y, a esto, hay que sumarle el tiempo de espera desde las primeras entrevistas de evaluación hasta el inicio de las pruebas diagnósticas, que puede ser de hasta dos años. A esto hay que añadirle el plazo para realizar y recibir los resultados de dichas pruebas, que suelen ser unos 3 meses, sumado a la demora del inicio del tratamiento en sí, con lo que podríamos estar hablando de un proceso que dura unos seis años. Durante todo este tiempo, la pareja ha pasado de la ilusión y la esperanza de los primeros momentos a la frustración, la desesperación y los miedos que van surgiendo conforme pasan los meses.

El proceso de la búsqueda del hijo suele ser un acontecimiento estresante que pone a prueba a cada miembro de la pareja y a la relación entre ellos. Tras los primeros años de intentarlo por su cuenta pasarán por momentos desesperantes que hacen que puedan llegar ilusionados, aunque con miedo a la consulta del médico. El acudir a esa primera cita en la unidad de reproducción marca un nuevo camino, que supone un punto de partida hacia una posible solución del problema (y así, conseguir el tan deseado bebé), pero por desgracia el éxito del tratamiento/s no está garantizado. Es por ello que debemos prestar atención a sus consecuencias psicológicas.

Los procesos emocionales por los que pasa la pareja son diferentes en función del momento del tratamiento de fertilidad en el que se encuentren, pero pueden ser devastadores si no se cuidan en cualquiera de las etapas:

• La primera visita a la unidad de reproducción es un momento de nerviosismo, donde la ilusión y la incertidumbre van de la mano pero se abre una puerta a la esperanza tras haber estado frustrados durante tanto tiempo. Las parejas depositan toda su fe e ilusión en que las técnicas de reproducción funcionen y puedan, finalmente, tener un hijo.

• Durante el estudio de fertilidad son muchas las situaciones de estrés por las que se pasa. Un simple análisis de sangre puede adquirir un gran significado y la espera de los resultados puede resultar desesperante y angustiosa. Además, puede surgir la incertidumbre por tener que someterse a pruebas novedosas y a la posibilidad de que éstas sean dolorosas.

• En el momento del diagnóstico pueden producirse paralelamente dos hechos:

– Alivio al conocer el origen de los problemas de fertilidad y planificar el tratamiento para tratar de solucionarlo.
– La aceptación del diagnóstico a veces no es inmediata, cuesta asimilarlo, lo cual puede provocar enfado, sentimiento de injusticia, tristeza e impotencia. Esto será una prueba para la pareja, que tendrá que decidir qué medidas tomar (adoptar, resignarse a no tener hijos o realizar un tratamiento de reproducción asistida).

• El inicio del tratamiento será diferente en función del tipo de procedimiento que se realice. No obstante, las frecuentes visitas a la unidad de reproducción pueden alterar rutinas familiares y es fácil comenzar a sentir impaciencia por conseguir el objetivo final.

• Estar a la espera de los resultados del tratamiento es un momento de elevada tensión, se trata de comprobar si el esfuerzo ha merecido la pena. El paso del tiempo parece más lento de lo normal, los minutos parecen horas. Es en esta fase cuando la atención de la mujer suele estar más focalizada en cada respuesta de su cuerpo, intentando notar el más mínimo cambio que le muestre que realmente ha conseguido quedarse embarazada, llegando a temer la llegada de la menstruación. La espera se hace muy angustiosa, el nerviosismo, la esperanza, la euforia y la agonía se van turnando el protagonismo en función del momento del día.

• Cuando ya, por fin, están los resultados es algo que se vive con esperanza y miedo a la vez. Aunque parezca extraño o exagerado, sólo un 30% de los tratamientos obtienen el objetivo deseado, y aunque las probabilidades de conseguir un embarazo no son muy superiores en caso de intentarlo de forma natural si no existen problemas de fertilidad, la vivencia de fracaso tras un tratamiento es mucho más dolorosa, triste y frustrante por todo lo que se ha invertido en éste, y no hablamos sólo del tema económico sino de todo el tiempo, esfuerzo y esperanzas.

Así, vemos que el coste físico, emocional y psicológico que puede suponer un proceso como éste puede ser bastante acusado. Aunque la mayoría de las parejas se levantan y siguen adelante intentándolo de nuevo, se trata de volver al inicio, pasando otra vez por cada etapa con los altibajos que conllevan. Viendo todo esto, ¿cómo podemos ayudar a alguien a afrontarlo? La figura del psicólogo está cada vez más presente en los centros de reproducción asistida para, en caso de ser necesario, acompañar a lo largo de todo el proceso con el fin de mitigar las alteraciones emocionales, problemas de pareja y demás consecuencias de la infertilidad y sus tratamientos e incrementar la calidad de vida de las personas que desean ser padres por medios naturales y no lo consiguen.

Para lograrlo, será importante que la pareja esté bien informada de qué supone cada paso del tratamiento al que se están sometiendo y anticipar los estados emocionales que pueden aparecer a lo largo de este, así como ajustar las expectativas y eliminar la incertidumbre en la medida de lo posible. Por otro lado, será muy importante también crear o mantener una red social de apoyo y colaboración, clave para que ambos puedan desahogarse de manera que cada uno tenga su espacio a pesar de que exista una buena comunicación dentro de la pareja.

Artículo escrito por Ainhoa Otero

Muchos estaréis alarmados por el título de este artículo, pero al final entenderéis el porqué. Y es que la tecnología está generando muchos cambios en la manera en la que nos comunicamos y relacionamos. Hoy en día gran parte de las conversaciones tienen lugar a través de WhatsApp, redes sociales, e-mail y los más comunicativos utilizan la llamada telefónica. Pero, ¿dónde queda la comunicación no verbal? ¿Qué consecuencias puede estar teniendo esta manera de comunicarnos?

Según Albert Mehrabian, en el proceso comunicativo el 7% de la información se atribuye a la palabra, el 38% a la voz (entonación, proyección, resonancia…) y el 55% al lenguaje corporal (gestos, posturas, movimientos de ojos…). Sin duda, controlar este último es fundamental en nuestras relaciones sociales.

Sin embargo, cuando nos comunicamos por WhatsApp o redes sociales, no se tiene en cuenta ni el tono de voz ni el lenguaje corporal y, por ende, no se valoran los sentimientos y emociones del emisor ni del receptor. Tan solo nos quedamos con ese 7% que constituye la palabra y que, en la mayoría de ocasiones, puede dar lugar a malentendidos.

Al no tenerse en cuenta estas emociones y sentimientos mencionados, estamos evitando en nuestra vida diaria ciertas situaciones totalmente necesarias para entender el mecanismo de las personas, cómo funcionamos. Hoy en día, se comunican mensajes como “te dejo” a través de WhatsApp. ¿Qué sucede cuando hacemos esto? Estamos dejando de lado la emoción de la persona que recibe el mensaje, que haría que se generase en el receptor otra emoción a su vez, y probablemente la comunicación y nuestras reacciones fueran totalmente distintas.

Cuando evitamos ciertas emociones, impedimos que se desarrolle nuestra capacidad de empatizar con el otro, que se define como la participación afectiva de una persona en una realidad ajena a ella, generalmente en los sentimientos de otra persona. Por no hablar también de la ausencia de la comunicación asertiva, esto es: la habilidad social que se trabaja desde el interior de la persona, definiéndose como la habilidad para ser claros, francos y directos, diciendo lo que se quiere decir sin herir los sentimientos de los demás, ni menospreciar la valía de los otros, sólo defendiendo sus derechos como persona. En ese tipo de mensajes, ambas cualidades esenciales para tener relaciones interpersonales sanas no pueden implementarse.

Uno de los rasgos más característicos de la psicopatía es la ausencia de empatía. Antes de continuar, me gustaría aclarar algunos clichés a los que Hollywood nos tiene acostumbrados. La psicopatía —enfermedad o trastorno mental que se caracteriza por una alteración del carácter o de la conducta social y no comporta ninguna anormalidad intelectual— no implica que la persona tenga rasgos violentos o delictivos. No todos los psicópatas son asesinos en serie como Hannibal Lecter.

Los rasgos que caracterizan a las personas con psicopatía, entre otros, son la ausencia de empatía, el poder de manipulación, la irresponsabilidad, el encanto superficial, la ausencia de remordimientos o sentimientos de culpa, el aburrimiento fácil, la necesidad de tener poder y control, y también el narcisismo, definido como la admiración excesiva y exagerada que siente una persona por sí misma, por su aspecto físico o bien por sus dotes o cualidades.

Aunque por ahora esto puede seguir pareciendo una locura, estas características tienen mucho que ver con nuestra sociedad, con la manera en la que nos comunicamos y con el uso que le damos a las redes sociales. A día de hoy, estamos encantados de hacernos selfies para mostrarle al mundo lo felices que somos; sin embargo, según una noticia publicada en el diario Público, los selfies aburridos han pasado de moda y ahora los jóvenes están dispuestos a arriesgar su vida para hacerse una buena foto. Desde 2014, 49 personas han muerto mientras intentaban (auto) fotografiarse. La edad media de las mismas era de 21 años y el 75% eran hombres. Además, según un estudio de la Universidad de Ohio, los hombres que publican más cantidad de selfies suelen obtener en los test de personalidad puntuaciones más altas en los índices de narcisismo y psicopatía.

Parece que todo empieza a cobrar sentido.

Continuemos con un tema muy polémico, y que mucho tiene que ver con la actualidad. Hace poco tiempo, leí un artículo en el que se criticaba el contenido de los grupos de WhatsApp. ¿Qué sucede en estos grupos? Diariamente, estamos recibiendo en nuestro móvil vídeos en los que se degrada a personas y que son “no autorizados”. Estos archivos pueden ser de contenido sexual o violento. Muchas personas se ríen o disfrutan con ellos sin pararse a pensar o, como decíamos antes, a empatizar con esa persona que sufre al enterarse de que medio mundo la ha conocido a través de su móvil en condiciones denigrantes, cuando lo que estaría dentro de lo moral sería denunciarlo. Además, se ha publicado la noticia de que varias chicas se han quitado la vida por protagonizar estos videos a los que la sociedad se ha hecho inmune, normalizándolos.

Para ir terminando, aunque podría seguir con una larga lista, me gustaría hablar de ciertas aplicaciones para ligar. El ejemplo más conocido entre jóvenes y adolescentes es Tinder. En esta app aparecen, dependiendo de la orientación sexual, imágenes del perfil de chicos y chicas en las que tú puedes indicar si te gustan o no. Si ambas personas se gustan en sus fotos, se abre un chat para comenzar a hablar. Esto sería como elegir a tu pareja por catálogo, de tal manera que podríamos estar dejando pasar a nuestro compañero de vida por salir poco favorecido en su foto de perfil. Con este tipo de formatos del amor se está dejando de lado el permitirse conocer antes de juzgar y pasar a juzgar antes de conocer, de una manera muy superficial. En estos momentos, me gustaría saber dónde ha quedado aquello que se decía: “al principio no me gustaba nada, pero conforme he ido hablando con él/ella y lo/la he ido conociendo, me encanta”. Lo cierto es que estamos dejándonos llevar por una imagen, evitando la comunicación y el contacto con las personas sin una intención preestablecida.

La manera en que vivimos y la manera en que nos comunicamos repercuten en el desarrollo de nuestra personalidad.

Si:

“Te has conectado y no contestas”. Seguro que lo habéis leído alguna vez.

¿Qué consecuencias puede tener a largo plazo esta manera de entender el mundo? ¿Estamos dando lugar a desarrollar rasgos que tienen mucho que ver con los psicopáticos?


Enlaces y noticias de interés:

http://blogs.publico.es/strambotic/2017/03/muertes-por-selfie/
http://www.msn.com/es-us/noticias/mundo/avergonzada-por-whatsapp-el-video-que-llev%C3%B3-a-una-mujer-india-al-suicidio/ar-AAjTrxm?li=BBqdrQU
http://www.elconfidencial.com/mundo/2016-09-15/tiziana-cantone-suicidio-video-porno-venganza-conmociona-italia_1260220/
http://minoviomecontrola.com/ianire-estebanez/Ponencia.Del-amor-al-control-a-golpe-de-click.-La-violencia-de-genero-en-las-redes-sociales.Ianire-Estebanez.pdf

Artículo escrito por Carolina Alonso

El problema de los bocadillos

Un día como cualquier otro, mi amigo J. se encontró con un perro de aspecto amenazante de camino a la parada del autobús que lo llevaba a la universidad. Temeroso de que le atacase, y en respuesta a los ladridos del perro, J. le lanzó parte del bocadillo de jamón con tomate que se llevaba todos los días para el descanso entre clases; distrayendo al animal con esta jugarreta, Juan pudo alcanzar la parada del autobús a tiempo y prosiguió su día como si nada hubiese sucedido.

Sin embargo, al día siguiente, de camino a la parada del autobús, J. no se encontró con un perro sino con dos: el mismo del otro día se había traído un amigo. J., como había hecho el día anterior, les tiró un trozo de bocadillo, pero surtió un efecto distinto: los perros ladraron con más fuerza y más insistentemente. La situación comenzó a asustarle, así que mi amigo les lanzó el bocadillo completo y consiguió sortearles y alcanzar el autobús a tiempo, con cierta agitación y respiración entrecortada. En el camino se tranquilizó y su día prosiguió.

A la mañana siguiente, J. (que es una persona inteligente), previendo lo que iba a suceder, hizo dos bocadillos: uno para él y otro para los perros. Pero su estupefacción fue mayúscula al descubrir una jauría enorme esperándole. Sin saber muy bien qué hacer, lanzó los bocadillos a los perros hambrientos y se volvió a casa para preparar más para aplacarles y así poder ir a la universidad.

Desde entonces, mi amigo J. se ha comprado cinco máquinas de hacer bocadillos y ya no puede salir de casa, afanado en prepararlos para cuando decida salir.

El problema de J. es más común de lo que parece y Stephen Hayes (autor y principal desarrollador de la Terapia de Aceptación y Compromiso) emplearía la metafórica historia de J. para afirmar que su problema es, en definitiva, su afán por solucionarlo.


La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT)

La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT en sus siglas en inglés) responsabiliza al contexto verbal y social del malestar que padecen muchas personas. Desde este enfoque, el origen de los problemas psicológicos estaría sustentado en un proceso de valoración culturalmente impuesto por esta sociedad que entiende como negativos ciertos pensamientos, estados corporales, sensaciones, recuerdos o sentimientos y que, por lo tanto, debemos luchar por deshacernos de ellos.

Pero, como no es posible librarse de aquello que nos pasa por dentro igual que uno se desprende de los eventos del exterior, las personas quedamos enzarzadas en una pelea interminable e infructuosa que cada vez nos acarrea un mayor malestar.

Al igual que J., muchas personas se quedan bloqueadas en su vida haciendo bocadillos de forma interminable, pues entienden que lo que piensan o sienten es como un perro rabioso al que hay que distraer o evadir.

De esta forma, la clave de la ACT no radica en hacer bocadillos, es decir, en eliminar determinados pensamientos, sentimientos o emociones, sino en contextualizarlos, ponerlos en perspectiva con nuestra vida y nuestro pasado, comprender su función y alterar lo que nos decimos sobre ellos, dejando de juzgarlos como peligrosos perros rabiosos que acabarán por devorarnos.


El lenguaje y el origen del problema

La ACT atribuirá el origen del problema de J. a la forma en la que se nos ha enseñado a pensar, es decir, a la forma en la que hemos aprendido a entender y usar el lenguaje. Desde esta premisa, las palabras se corresponden de forma literal con el objeto o referente de las mismas, adquiriendo sus propiedades como si de este se tratara, valorando las propias palabras como malas o inapropiadas.

También asumimos, de forma generalizada, que dar razones verbales supone una explicación válida de nuestro comportamiento y que nuestras emociones y nuestros pensamientos describen adecuadamente las realidades a las que aluden.

Por último, se nos ha enseñado que tanto el control de nuestros pensamientos como de nuestras emociones deben alcanzarse para disfrutar de una vida plena y satisfactoria.

Volviendo a nuestro ejemplo, J. se afana en hacer bocadillos porque se le ha enseñado a identificar que los perros rabiosos son malos y, como malos que son, deben ser evitados, sorteados, controlados, solucionados. Si no, sufrirá, puesto que le harán daño como verdaderos perros malos que son.


El sufrimiento humano

Y es en su visión del sufrimiento donde radica otro pilar fundamental de la ACT: sufrir es algo normal e inevitable en el ser humano. Por su propia naturaleza, que vengan a la cabeza pensamientos desagradables, o sentir inseguridad, pena o desasosiego, resulta consustancial a la condición humana.

Sufrir y sentirse mal posee una fuerte capacidad simbólica y ha significado el mayor motor de aprendizaje y desarrollo del lenguaje y de las sociedades modernas. Por eso, el problema psicológico sería producto de una sociedad que afirma: “no sufras, no debes sufrir nunca, por ninguna cosa, demasiado tiempo”.

Esto muchas veces nos sitúa en una posición insalvable.
Por supuesto, la ACT no plantea que haya que sufrir por sufrir, sino que, si encaminarse en dirección a unos valores o a unos objetivos implica pasarlo mal, habrá que aceptarlo. Justo desde este punto de vista se comprende la aceptación del malestar propugnada por la terapia.


La enseñanza de Hayes

Llegados a este punto, Stephen Hayes probablemente intentaría hacer ver a mi amigo J. que su batalla por intentar que los perros no le ataquen a base de hacer bocadillos le está acarreando más problemas y más sufrimiento que intentar salir a la calle y seguir yendo a la universidad.

Sus intentos por controlar son el problema. Quizás entonces descubra que los perros no eran tan amenazantes, que se han marchado o que siguen ahí, pero que si continúa su camino solo ladran y no se acercan a él.

Porque los pensamientos y las emociones son perros ladrando en la distancia: uno puede caminar en la dirección que desee a pesar del ruido.

Y Hayes procuraría que J. se diera cuenta de esto: que aquellas cosas que son valiosas para él, las que hacían que se moviera en una dirección determinada —como su deseo de ir a la universidad y finalizar sus estudios— le pueden impulsar a salir de su casa cada mañana para encaminarse hacia la parada del autobús a pesar del ruido y la furia de los perros.

Hayes nos diría que son los valores de la persona los que posibilitan que, una vez que hemos aceptado el sufrimiento, nos pongamos en marcha y hagamos aquello que queremos hacer, aun cuando a veces implique padecer.

Los valores son ese horizonte hacia el que decidimos caminar y que nos empuja de forma paradójica a seguir hacia adelante. Es el trabajo en valores lo que, desde este enfoque, humaniza la terapia y humaniza el sufrimiento humano, pues no hay nada más valioso para una persona que aquello en lo que cree; en definitiva, aquello por lo que está dispuesta a sufrir.


Artículo escrito por Juan Carlos Tomás del Río

El tiempo como protagonista

Les ofrezco algunas frases en las que el tiempo es el protagonista, como punto de inicio para nuestra reflexión:

“Por mucho que disparemos contra el gallo, no por eso dejará de amanecer.”
Proverbio oriental

“El día es excesivamente largo para quien no lo sabe apreciar y emplear.”
Johann W. Goethe (Poeta y dramaturgo alemán)

“No pienso nunca en el futuro porque llega muy pronto.”
Albert Einstein (Científico alemán nacionalizado estadounidense)

En ocasiones, el tiempo es una obsesión; otras veces, un organizador de nuestra vida, aglutinando pasado, presente y futuro.
¿Qué es para usted el tiempo? ¿Qué asociaciones tiene cuando piensa en la palabra tiempo?

Le propongo que escriba a continuación las tres primeras palabras, frases o imágenes que surjan en su mente:


¿Qué es el tiempo?

No existe una única definición del término tiempo.
La Real Academia Española lo define como una magnitud física que nos permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro.
Rosa López (2012) afirma que el tiempo es una construcción personal que nos ayuda a coordinar nuestras actividades diarias y compromisos personales y sociales.

En base a estas definiciones podemos resaltar algunas de sus características:


La gestión del tiempo

Seguro que alguna vez ha deseado parar el tiempo, dar un poco del suyo a alguien que lo necesita o guardarlo para cuando lo desee emplear.
Nada de esto es posible, pero sí podemos aprender a optimizar nuestro ahora, es decir, a gestionar nuestro tiempo.

Piense por un momento: ¿cuántas veces ha dicho “¡No tengo tiempo!”?
Recuerde la última ocasión y complete el siguiente registro:

Situación Sensaciones físicas Emociones Pensamientos Acciones
... ... ... ... ...

Probablemente en esa escena hubo preocupaciones, inseguridad, respiración agitada, miedo o ganas de llorar.
Todo ello indica que su estrés aumentó mientras que su motivación y autoestima disminuyeron.


Algunas ideas importantes


Vampiros del tiempo

Elementos como la falta de confianza, el perfeccionismo, no saber delegar, asumir demasiadas tareas o la desorganización personal son auténticos “vampiros del tiempo”.
Identificarlos es clave para mejorar nuestra gestión.


Estrategias eficaces


Interrupciones y perfeccionismo

Evitar interrupciones no significa ser descortés: se trata de respetar nuestro tiempo y el de los demás.
Analice cuáles son necesarias y cuáles pueden reprogramarse.
Reserve momentos del día libres de interrupciones.

En cuanto al perfeccionismo, reflexione sobre su coste: muchas veces, el esfuerzo adicional no mejora de forma proporcional el resultado.


Conclusión

Las habilidades personales detrás de una buena gestión del tiempo incluyen la asertividad, la escucha activa, la responsabilidad, la comunicación, la organización y la planificación.
También ser firmes, flexibles y pensar en positivo a medio y largo plazo.

Para finalizar, piense en cómo distribuye su tiempo entre amigos, trabajo, estudio, salud, pareja, familia, ocio y otras áreas.
Si todas sumaran el 100%, ¿qué porcentaje dedica a cada una?

Reflexione sobre sus dificultades, alternativas de cambio y posibles mejoras.

Gestionar el tiempo es optimizar nuestro ahora.
Respetar nuestro tiempo y el de los demás es una forma de respeto hacia la vida.


Lecturas recomendadas

Artículo escrito por Carmen María Hinojosa

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