En muchas ocasiones nos llegan a consulta pacientes con graves problemas de autoestima, pero ¿qué es la autoestima? Y lo más difícil de todo, ¿cómo aumentar nuestra autoestima y por qué se ha visto dañada?
La autoestima es un conjunto de creencias, percepciones, pensamientos, evaluaciones, sentimientos y tendencias de comportamiento dirigidas hacia nosotros mismos, nuestra manera de ser así como los rasgos de nuestro cuerpo y nuestro carácter. Es la percepción evaluativa de nosotros mismos. La valoración que realizamos basándonos en nuestras experiencias.
La importancia de la autoestima estriba en que concierne a nuestro ser, a nuestra manera de ser y al sentido de nuestra valía personal; por lo tanto, puede afectar al modo en que estamos y actuamos en el mundo, y como nos relacionamos con los demás. Nada en nuestra manera de pensar, de sentir, de decidir y de actuar escapa a la influencia de la autoestima; de ahí el valor fundamental que esta adquiere en nuestras vidas.
Abraham Maslow, en su Jerarquía de las necesidades humanas, describe ”la necesidad de autoestima”, que incluye el reconocimiento, la confianza, el respeto y el éxito.
Carl Rogers, máximo exponente de la psicología humanista, expuso que la raíz de los problemas de muchas personas es que se desprecian y se consideran seres sin valor e indignos de ser amados; de ahí la importancia que le concedía a la aceptación incondicional del cliente. En efecto, el concepto de autoestima se aborda desde entonces en la escuela humanista como un derecho inalienable de toda persona, sintetizado en el siguiente axioma:
“Todo ser humano, sin excepción, por el mero hecho de serlo, es digno del respeto incondicional de los demás y de sí mismo; merece estimarse a sí mismo y que se le estime”.
Todos tenemos una imagen mental de quiénes somos, qué aspecto tenemos, en qué somos buenos y cuáles son nuestros puntos débiles. Nos formamos esa imagen a lo largo del tiempo, empezando en nuestra infancia. El término autoimagen se utiliza para referirse a la visión que una persona tiene de sí misma; gran parte de nuestra autoimagen se basa en las interacciones que mantenemos con otras personas, así como de nuestras experiencias vitales. Esta imagen mental contribuye a nuestra autoestima.
Como dice P. Jakubowski:
“Si sacrificamos nuestros derechos con frecuencia, estamos enseñando a los demás a aprovecharse de nosotros”.
Y ahí es cuando me planteo dónde están los límites y cómo podemos saber cuáles son nuestros derechos. Quizá los derechos asertivos puedan ayudarnos, pero ¿qué es la asertividad y qué son los derechos asertivos?
La asertividad es la capacidad que tenemos de defender lo que queremos, sentimos y necesitamos en cada momento de acuerdo con nuestras necesidades, con respeto hacia a los demás y expresándonos de forma adecuada.
La asertividad nos permite ser nosotros mismos y relacionarnos con los demás de manera honesta y adecuada. Es importante no perder de vista el respeto, ser capaces de autoafirmarnos y defender nuestros derechos respetando siempre al mismo tiempo los derechos y las necesidades de los demás.
La falta de asertividad puede hacer que las personas se comporten de dos maneras: agresiva o inhibida.
Las personas de estilo inhibido no son capaces de defender sus derechos e intereses, de negarse a peticiones que no quieren realizar y de expresar sus emociones, lo que les puede llevar a sentir que los demás se aprovechan de ellos; también a no tener en cuenta sus emociones, experimentando gran malestar y viendo como su autoestima se reduce hasta casi desaparecer.
Las personas con estilo agresivo, por el contrario, no respetan los derechos de los demás, ni sus sentimientos ni opiniones, pero además en ocasiones reaccionan ofendiendo, provocando o atacando. Al contrario que los inhibidos, sí consiguen lo que quieren pero a costa del enfado, rabia y violencia hacia los demás, lo que provoca que las personas se alejen de ellos.
La buena noticia es que la asertividad es una habilidad, y como tal se puede entrenar y desarrollar de manera adecuada en el día a día.
Para ello debemos poner en práctica los derechos asertivos: unos derechos no escritos, que todos poseemos, pero que muchas veces olvidamos a costa de nuestra autoestima.
No sirven para pisar al otro, pero sí para considerarnos a la misma altura que todos los demás.
A continuación te presentamos la lista de los principales derechos asertivos que todos poseemos; si te los lees, seguramente pensarás: “ya, claro, eso ya lo sabía yo”, pero párate a reflexionar un momento. ¿Realmente haces uso de tus derechos, te acuerdas de ellos en momentos puntuales? Tómate tu tiempo y léelos las veces que necesites:
Tengo derecho a ser tratado con respeto y dignidad. Si sientes que no eres tratado con el respeto y la dignidad que mereces tienes derecho a reclamarlo.
Tengo derecho a expresar críticas y a protestar por un trato injusto. Pero siempre de forma respetuosa a los demás.
Algunas veces, tengo derecho a ser el primero. Ceder siempre a los demás, no comunicar tus deseos o preferencias no te hace más cortés. No digas “lo que quieras” cuando tengas una preferencia.
Tengo derecho a elegir entre responder o no hacerlo.
Tengo derecho a tener y expresar mis propias opiniones. Que a veces no coincidan con las de la mayoría o con lo establecido no significa que estés equivocado.
Tengo derecho a sentir y expresar el dolor. Todos sentimos dolor, y tienes derecho a expresarlo ante aquellas personas que son importantes para ti, si lo necesitas.
Tengo derecho a ignorar los consejos de los demás. Cuando alguien te da un consejo es precisamente eso, no una orden de actuación.
Tengo derecho a pedir lo que quiero y a aceptar un NO por respuesta.
Tengo derecho a gozar, disfrutar y ser feliz.
Tengo derecho a descansar y a estar solo cuando así lo decida, aunque los demás deseen mi compañía o atención.
Tengo derecho a tener éxito y superarme, aun superando a los demás.
Tengo derecho a recibir el reconocimiento por un trabajo bien hecho. Esto se aplica a los demás, pero sobre todo a ti mismo. Reconoce tus méritos.
Tengo derecho a intentar cambiar lo que no me satisface. No te digas a ti mismo que no lo has intentado.
Tengo derecho a hacer menos de lo que soy capaz de hacer. No siempre podemos rendir al máximo. Todos tenemos días malos.
Tengo derecho a decidir qué hacer con mi cuerpo, mi tiempo y mi propiedad.
Tengo derecho a experimentar y expresar mis propios sentimientos, así como a ser mi único juez.
Tengo derecho a pedir ayuda o apoyo emocional si lo necesito.
Tengo derecho a detenerme y pensar antes de actuar.
Tengo derecho a interrumpir, a pedir información y aclaraciones.
Tengo derecho a tener mis propias necesidades y que estas necesidades sean tan importantes como las de los demás. Anteponer tus necesidades a las de los demás no te hace egoísta o desconsiderado, no siempre podemos contentar a todo el mundo.
Tengo derecho a no satisfacer las necesidades y expectativas de otras personas y comportarme siguiendo mis propios intereses.
Tengo derecho a no responsabilizarme de los problemas de los demás.
Tengo derecho a no anticiparme a los deseos y necesidades de los demás y a no tener que intuirlos.
Tengo derecho a decir que NO sin sentirme culpable o egoísta.
Tengo derecho a cometer errores y a equivocarme. Los errores forman parte de la vida y son necesarios para el aprendizaje. No te avergüences por ellos y defiende tu derecho a cometerlos.
Tengo derecho a cambiar de opinión, cambiar mi forma de actuar y a decir “no lo sé”. Cambiar de opinión no es una traición a ti mismo y no saber algo no te hace menos válido. Es evolucionar, aprender y ser flexible.
Tengo derecho a no necesitar la aprobación de los demás. Cada persona es válida por el hecho de ser persona, no por lo que los demás piensen de ella.
Tengo derecho a no tener que justificarme y a tomar mis propias decisiones. A veces con un “no gracias” es suficiente, no tienes por qué dar excusas y menos si no son sinceras.
Recuerda que todos ellos se supeditan a uno principal, que es el derecho a decidir si deseas hacerlos servir o no, y el criterio para tomar tal decisión será siempre personal.
Pero no olvides que todos cuantos te rodean tienen estos mismos derechos.
Ejerce tus derechos en libertad y respetando los derechos de quienes te rodean.
FUENTES
Artículo escrito por Rafael Escobar
Sóflocles (495 a.C. -406 a.C.)
Siempre se repite la misma historia: cada individuo no piensa más que en sí mismo.
“Me siento un egoísta cuando a la hora de hablar con determinadas personas y expresarles lo que quiero pienso en mí”. Esta es una frase característica de algunos de los pacientes que acuden a consulta y que genera mucho malestar; la cuestión está en qué concepto de egoísmo tengo sobre mí mismo, así como acerca de la distinción entre ser egoísta y ser interesado.
El egoísmo está en relación con el amor desproporcionado hacía uno mismo a la hora de tomar determinadas decisiones o acciones en la interacción con los otros. Lo opuesto sería el altruismo, sacrificar el propio bienestar en beneficio de los demás.
Existen varios tipos de egoísmo: por un lado tenemos el egoísmo biológico, que hace referencia a la búsqueda de un organismo de su propio bienestar a expensas de los otros; existen árboles en la naturaleza que necesitan más agua que otros, como es el caso del eucalipto —denominado socialmente “el árbol del dinero”—. Tras su cultivo se acaba produciendo la desertización del terreno debido a su crecimiento rápido, así como mayor necesidad de agua, que el resto de plantas, produciendo en muchos casos la muerte de otras especies. En relación a los seres humanos, depende de la cercanía de parentesco: a mayor cercanía y familiaridad, la relación de altruismo con esas personas aumenta, con lo que no es lo mismo la relación egoísta-altruista con un hermano o mejor amigo que con un desconocido o una persona con la que tengamos menos contacto.
Por otro lado, tenemos el egoísmo ético, doctrina filosófica que afirma que las personas deben tener como “norma” guiarse según sus propios intereses, siendo esta la única forma de actuar; aun así permite de manera “opcional” realizar acciones que ayuden a los otros, siempre y cuando se dé un beneficio como “intermediario” —conseguir algo para nosotros mismos—. Estos beneficios pueden ser a nivel material, intelectual o emocional, como forma de construcción personal; es decir, no solo depende del aporte económico.
Un tercer tipo de egoísmo es el racional, teoría que defiende la búsqueda del propio interés como algo racional, “con un sentido lógico y objetivo”. El concepto fue creado por Ayn Rand y defiende que las personas tengan como objetivo en su vida la satisfacción de sus propios proyectos racionales, sin violentar los derechos racionales de los demás ni aceptar que se destruyan los propios.
Un cuarto tipo es el egoísmo psicológico, el cual afirma que la propia conducta natural del ser humano está impulsada por motivaciones autointeresadas, negando la presencia de conductas “verdaderamente altruistas”. Se parte del supuesto que las personas, desde que son bebes, expresan lo que les agrada o desagrada de forma inesperada. En cambio, otros niños son “educados” en la idea de que deben de ocultar esas tendencias por considerarse algo negativo y así conceptualizar tal estado como “egoísta”, frente a lo que otros puedan querer o no, aportando un valor simbólico negativo a esa interacción espontánea con el medio: “hacer lo que yo quiero es ser egoísta”. Es como cuando uno elige quedar con determinadas personas porque le apetece y no con otras, o como cuando uno prefiere comer una manzana a una pera, o incluso cuando prefiere comprarse una camisa azul a una roja. Esas decisiones forman parte de la naturaleza humana, incluso cuando alguien se plantea como objetivo ayudar a los demás lo hace por su propio interés; de ahí que implique, y se manifieste, una motivación intrínseca hacia sus propios intereses generales de ayuda al prójimo.
Los seres humanos son definidos como personas que necesitan seguir sus propios procesos y motivaciones intrínsecas para sentirse liberados de sus cargas y por tanto ellos mismos, el problema aparece cuando anteponen las motivaciones de los demás a sus propios intereses, pudiendo generar rechazo, sentimientos de culpabilidad: hacia uno mismo (por no hacer lo que quiere y sentirse obligado a hacer lo que el otro quiere) ó hacia los demás (porque los demás no me dejan hacer lo que yo quiero), lo que genera una gran carga emocional negativa, ira, rabia, malestar, odio.
Tener intereses es un proceso natural; a nivel biológico para sobrevivir; a nivel ético para conseguir un beneficio; a nivel racional para llevar a cabo nuestros objetivos como necesidad intrínseca del ser humano, y a nivel psicológico como motivación para vivir la vida y para ser uno mismo…eso sí, respetando los intereses de los otros, lo que no significa hacer lo que los demás quieren, sino concebir como un aspecto “natural y no negativo” la opción de cada uno a llevar a cabo sus propios objetivos como algo universal y realista.
Arquelao (23 a.C. -18 d.C.)
El justo y el injusto no son productos de la naturaleza, sino de la ley.
Artículo escrito por Iñigo Cansado de Noriega
Podemos haber venido en diferentes barcos, pero ahora estamos en el mismo.
A menudo, muchas mujeres adoptan una actitud de rechazo ante los hombres, o son los hombres los que rechazan la forma de ser de las mujeres. En ambos casos, el sentimiento real y subyacente a estas conductas es el miedo y el desconocimiento de los unos por los otros; si aumentáramos nuestro saber sobre nosotros mismos y el sexo opuesto, se evitarían muchas frustraciones y veríamos en la consulta a menos parejas a punto de romperse. Hace tiempo que se vienen leyendo y oyendo artículos y opiniones sobre el tema, y en casi todos es palpable el trasfondo de que las mujeres están enfadadas y en pie de guerra (lo que asusta a los hombres), mientras que los hombres también se muestran enfadados con el tono de rencor, hartos de oír hablar del tema sin descanso, y sin entender muy bien en el fondo qué piden sus compañeras.
Mucho tienen que ver en esto los roles de género que de una forma muy sutil y desapercibida nos inculcan desde que nacemos. Las niñas reciben regalos que perpetúen su rol de cuidadora y su sensibilidad: muñecos a los que le enseñamos a cuidar, cocinas de juguete, equipos de limpieza en miniatura, sets de maquillaje… Y si dudamos, a la hora de hacer un regalo, de si es un artículo de niño o de niña tan solo hemos de mirar el color, ante la duda si es rosa es de niña.
Les leemos cuentos de princesas, les compramos películas de princesas, les llamamos “princesas” y les transmitimos que son frágiles y necesitadas de la protección de alguien más grande y fuerte que ellas. Afortunadamente, el mensaje ahora no es tan explícito como en otros tiempos; ya no les transmitimos que su fin último es el hogar y la familia, sino que verdaderamente queremos que sean libres, y les decimos que estudien mucho por supuesto, y que lleguen a ser lo que quieran, y que viajen, pero también que no pueden viajar solas, que no pueden volver solas a casa; papá les dice en broma que no saldrán hasta bien mayores, por si acaso, y que no se vistan de determinada forma para no provocar.
Es así como crecen, con mensajes subliminales de permanecer a la defensiva con el sexo opuesto, y con un autoconcepto sesgado, pensando que el hombre es el enemigo, un ser imprevisible y peligroso, más fuerte físicamente que ellas, que absolutamente siempre piensa en el sexo, y que todo cuanto querrá de ellas es precisamente eso, sexo. Ni que decir tiene que esto se ve de sobra reflejado en programas de televisión, series o películas, que nacen precisamente de estos modelos de crianza, y que a su vez los perpetúan confirmando al adolescente/joven/no tan joven que esa es la sociedad española y como tal ha de adecuarse a ella.
Es aquí donde por contraposición vamos a abordar ahora el punto de vista de los hombres, por alusiones. Mientras que resaltábamos el lado sensible y maternal de los juguetes de las niñas, los de los niños se encargan de potenciar su lado práctico, su autonomía y su fortaleza, siendo juegos con escaso manejo de las emociones, cualidad que a veces se ven obligados a llevarse a la vida adulta, donde la expresión libre de emociones por parte de un hombre es un tema aún sancionado y a veces incómodo entre iguales. Les mandamos mensajes destinados a potenciar su fortaleza a diario, cuando pensamos en que sería bueno que practicaran un deporte, les ofrecemos el fútbol como alternativa casi de forma sistemática, cuando salimos a jugar con ellos vamos preparados con un balón, les hacemos bromas sobre cómo va la evolución de sus bíceps, y les enseñamos que tienen que ser unos caballeros siempre con las mujeres.
¿Pero a que nos referimos con que sean caballeros?
A que si van con una mujer le abran siempre la puerta, que paguen ellos la cuenta en una cita, que las protejan, las acompañen para que no les pase nada, y que “ayuden” siempre en casa con la limpieza y los niños. Para quien esté acostumbrado a estas normas de caballerosidad le sonarán muy bien, tanto si es hombre como mujer, pero lo que nos venden es el mensaje una vez más de que la mujer es una criatura a proteger. ¿Por qué no abre la puerta simplemente quién esté más cerca?¿o se paga a medias, o un día cada uno?
Los estereotipos nos hacen mucho daño a todos, pues las mujeres no deberían ser vistas como mejores cuidadoras, ni como frágiles, ni caprichosas, ni volubles. Tampoco los hombres deberían ser vistos como seres arcaicos que solo piensan en el sexo, que no saben hacer varias cosas a la vez, que son simples o que se ahogan en un vaso de agua con el cuidado parental. En la época de las cavernas, cuando alguien tenía que quedarse en la cueva con los niños y alguien salir a cazar, era lógico que saliera el más fuerte, pero a día de hoy, donde no nos encontramos con esos peligros primitivos, la única razón para seguir dando importancia a la debilidad física de las mujeres es considerar que el hombre es un animal que no domina sus impulsos y debemos protegerla contra él. Y eso es triste y reduccionista.
Es evidente que asistimos a otra revolución de la mujer, pero como es habitual en las revoluciones, cada uno las entiende a su manera hasta que el movimiento se establece y se unifica. Por eso, aquí muchas mujeres han tomado varios caminos: unas han entendido que la igualdad es copiar a los hombres, también en lo que venían haciendo mal —claro está— como adoptar modales rudos, gritar obscenidades a otros hombres —lo que llamamos piropo pero que en realidad nos incomoda a todos—, sacrificar su vida familiar para aspirar a puestos típicamente de hombres, creerse completamente independientes de ellos o rechazar su valía directamente. Otras han adoptado como se esperaba de ellas el rol de princesa valorando mucho la imagen física que proyectan, esperando que su pareja masculina sea su príncipe perfecto y las mime, las proteja y las defienda, llegando a exhibir a veces un carácter cambiante que los hombres no comprenden. Mientras, un tercer grupo ha optado por la vía feminista a la que se refería el movimiento en sus orígenes.
La palabra feminismo asusta, pero lo que asusta es la malinterpretación del término y los movimientos fundamentalistas que han surgido en su nombre. Una persona feminista, hombre o mujer, aboga únicamente por la igualdad real, y está tan en contra del estereotipo femenino como del estereotipo masculino, una mujer feminista AMA a los hombres y no quiere temerlos, quiere ser libre de poder decir NO siempre que quiera; al igual que ellos, sabe lo que quiere y lo expresa claramente y con asertividad, no espera a que el otro adivine sus sentimientos ni lo castiga si no lo hace, no necesita que le insistan para cambiar su respuesta de un no a un sí, no quiere que la inviten por ser mujer ni pagar ella siempre para demostrar su independencia de los hombres, entiende que son seres igualmente complejos que no siempre quieren sexo y no piensa por ello que sean menos masculinos. Pero sobretodo, una mujer feminista no es agresiva en su mensaje, no desprecia a aquellas personas en las que observa rasgos aún machistas, sino que explica con paciencia las veces que haga falta su punto de vista como mujer para que otros realicen un ejercicio empático, da ejemplo con su comportamiento sereno, amable e igualitario, y da alas a sus parejas de la misma forma que ella necesita las suyas.
Ahora imaginemos que una pareja adopta estos valores feministas, este sentido real del término, que practica la verdadera equidad, la verdadera comunicación con el otro, apartándose poco a poco de los estereotipos de género que le han sido asignados culturalmente. ¿No estarían en condiciones más favorables que otras parejas de llegar a formar un verdadero equipo, que se comprende, se apoya y se complementa?
Crecer en esta dirección es un camino largo y lleno de obstáculos, pero maravilloso si se hace juntos.
Artículo escrito por Laura Quemada Muñoz.
El amor romántico suscita tanto interés como desconcierto en la historia vital de cualquiera de nosotros; podemos poseer una idea más o menos formulada de lo que creemos que es el amor pero es a lo largo de nuestra vida cuando va tomando forma, experimentando la fabulosa fortuna de enamorarnos o en otras padeciendo su cara menos amable. Probablemente ambas experiencias formen parte de la vorágine de sentimientos que acompañan a esta emoción y sin lugar a dudas del aprendizaje que conlleva. Porque sí, el amor es una constante evolución en la que vamos adaptando y aprendiendo en qué consiste, pero también cómo se ama de forma saludable tanto para la propia relación —entendida como entidad propia— como para los miembros que la componen.
Diseccionar las relaciones amorosas no es una tarea sencilla, el amor aúna un sin fin de emociones, ideales, valores, mecanismos biológicos, influencias sociales que, en definitiva, conforman un concepto tan amplio como subjetivo. Es probable que por ello cada persona disponga de sus propias ideas sobre el amor y que existan numerosas formas de entenderlo, vivirlo y también de terminarlo. Lo que parece una condición sine qua non para que haya una relación amorosa es que exista algún tipo de vinculación, ambos componentes de la relación existen por separado pero les une un nexo sólido, fuerte, que les conecta y en cierta medida completa ¿pero qué ocurre cuando esta unión desaparece? ¿Cómo manejamos psicológicamente la pérdida de esta vinculación? En cuestión de dos generaciones hemos pasado de una cultura que abogaba por el para siempre a una tendencia que se expresa en todos los ámbitos por lo fugaz e inmediato. Esta inmediatez también se ve reflejada en la duración de las parejas; existen más rupturas, pero también en la concepción y casi imposición de que el malestar que acompaña al fin de una relación sea un tránsito más que corto. Con estas circunstancias parece inevitable que a lo largo de nuestra vida, en algún momento, tengamos que vivir esta experiencia sea por el motivo que sea y que, probablemente, pasemos por algún mal momento derivado de su conclusión.
Con la pérdida de una pareja se pierde más que una relación; se pierden objetivos, proyectos, acompañamiento y comienza una fase de adaptación a la nueva realidad que mueve sentimientos que pueden ir desde la tristeza a la ira. Este momento forma parte de la ruptura y hay que vivirlo, pasarlo, sabiendo que requiere su tiempo de digestión y reflexión. Al igual que hablábamos antes del aprendizaje en el amor, también debemos aprender a sobrellevar la pérdida, eso que teníamos ya no está y no volverá, comienza el periodo en el que aprendemos a vivir sin algo que estaba con nosotros. El proceso adaptativo que acompaña la pérdida es conocido como duelo, en cierta manera similar al que se puede vivir cuando una persona querida fallece pero con la particularidad de que la persona con la que finalizamos la relación sabemos que sigue ahí y que hemos sido participes activamente en la elección y desarrollo de la pareja.
Habitualmente cuando una relación llega a su fin hay dos partes, la activa que toma la decisión de dejarlo y aquella pasiva que recibe la noticia. Esta situación no produce que uno de ellos evite pasar por el duelo, pero es innegable que el impacto inicial entre ambos será diferente; uno ha podido prepararse para la situación y otro puede no esperar tal desenlace. Y es aquí donde entra en juego la tan ejemplificada frase de series, películas y porque no de algún momento en la vida real: “no eres tú, soy yo” que viene a intentar suavizar un momento desagradable y angustioso, tratando de liberar de culpa al otro depositándola en el que toma la iniciativa del punto y final, pero ¿psicológicamente qué viene a decirnos? Probablemente reflejaría mejor lo que supone la ruptura si cambiásemos el orden de la frase: “soy yo, no eres tú” y la tomáramos en un sentido más que literal: “yo ya sólo soy yo, tú ya no formarás parte de mí”.
En ese instante dos vidas que decidieron unirse comienzan su andadura, la una sin la otra, con la huella presente de que en mayor o menor medida “siempre habrá una parte de ti en mí”. La ruptura nos brinda una experiencia que no es agradable pero que forma parte de nuestra realidad y debemos afrontarla, no sin sufrimiento, pues éste forma parte del duelo y en sus etapas finales nos permitirá aprender de lo vivido y nos ofrece diversas formas de crecer y mejorar. Este proceso habitualmente se supera de forma natural, en otras se encalla, incluso se puede tornar obsesivo, y es donde el duelo normalizado pasa a ser patológico. El papel del psicólogo en esta andadura no siempre es la misma, pues las casuísticas y características de cada ruptura son diferentes pero otorga una nueva vinculación centrada en el afecto educativo, ético y sincero que proporciona acompañamiento y escucha promoviendo cambios para el avance en el proceso del duelo. Pues al fin y al cabo el amor romántico es sólo una de las muchas formas de amar y vincularse, y una de las herramientas más potentes con las que cuenta el psicólogo para ayudar a sus pacientes es la vinculación que crea con el mismo.
Para que ocurra una relación amorosa saludable entre parejas, es necesario que exista la capacidad de estar solo, la concernencia, la afección o la ternura, el reconocimiento de las diferencias, la intimidad y el impulso sexual.
Artículo escrito por Carlos Santiago López de Lamela Suárez
¿Qué es lo último que haces antes de dormir?
Piénsalo y reflexiona. Años atrás, antes de la invención del móvil y la posibilidad de tener internet en todas partes, ¿qué hacías? Ahora párate a mirar a tu alrededor en una cafetería, en el metro o incluso en tu grupo de amigos, ¿No hay nada que te llame la atención, nada raro?
Nos creemos que somos inmunes a consumir determinadas drogas, pero el hecho de normalizarlas ¿hace entonces de ellas que se vean como algo normal? El alcohol es una droga, pero si lo tomas en determinadas ocasiones, es corriente. El tabaco lo mismo.
Veamos cual es el significado entonces de lo que es una droga: Sustancia que se utiliza con la intención de actuar sobre el sistema nervioso con el fin de potenciar el desarrollo físico o intelectual, de alterar el estado de ánimo o de experimentar nuevas sensaciones, y cuyo consumo reiterado puede crear dependencia o puede tener efectos secundarios indeseados (Según la primera búsqueda en Google).
Según esto, toda conducta no debería ser constitutiva de una drogadicción, ya que no es una sustancia física, palpable… ¿Y si le quitamos sustancia y la reemplazamos o incluimos igualmente conducta? El hecho de actuar siempre y reiteradamente de una misma manera, ¿no crea igualmente dependencia y hace que también llegues a olvidar todo lo que ocurre a tu alrededor?
Imaginemos por un momento que nadie puede permitirse un smartphone de última generación (con internet), y tenemos un amigo que está constantemente pegado al móvil, ¿no lo veríamos entonces como un problema? Este es precisamente el dilema, que acusamos, diagnosticamos o juzgamos cuando es algo que nosotros no realizamos o está mal visto por la sociedad —tomar drogas, o abusar del alcohol por ejemplo—, pero como lo hace todo el mundo entonces ya no es preocupante.
En mi opinión sí que lo es; las redes sociales, al igual que muchas otras cosas, son útiles, pueden llegar a divertir, a instruirnos y usarse como medio de comunicación muy eficaz, pero una vez que abusamos —como con cualquier otra conducta o sustancia— hasta el punto de sumergirnos y ser absorbidos en un mundo que no es el nuestro, es ahí cuando surge el problema, y es algo que a mucha gente de nuestro entorno le sucede, incluso a nosotros mismos. Pero es común, frecuente y no pasa nada.
No nos damos cuenta del impacto social que ha producido, y está produciendo, Internet poco a poco en nosotros; sin quererlo nos volvemos menos sociables, más cerrados al mundo, con temor a interaccionar con otras personas reales, a pesar de tener miles de seguidores en Facebook o Instagram ¿Con qué fin? si después lo único que hacemos es navegar por un mundo paralelo que no es real, que es ficticio.
¿Dónde está el límite?
Constantemente nos avisan de la importancia de poner límites respecto a las drogas. “No puedes consumir alcohol o tabaco si no tienes un mínimo de 18 años” “No puedes conducir si has bebido” “Es ilegal fumar porros”Todo eso está muy bien, pero ¿y si hablamos de internet? Dejemos de lado el hecho de estar pegado al móvil, centrémonos ahora en la idea de perder el control a la hora de exponer gratuitamente tu vida.
Piénsalo bien, ¿quién no lo ha hecho alguna vez? subir una foto inofensiva con amigos, enseñar un plato que estás comiendo, o un lugar al que has viajado. Pero exponer dónde vives, qué haces a todas horas, hasta contar tu primera experiencia sexual ¿no es quizás peligroso?
Mi intención no es ser radical, no pienso que lo correcto sea lógicamente prohibirlo, pero sí concienciarnos y ser prudentes, ya que todo esto no es gratuito e Internet es una base de datos enorme en la que no sabemos dónde va todo, y qué condiciones aceptamos cada vez que pinchamos un contrato sin leerlo.
La intimidad cada vez existe menos, y eso puede llevar a consecuencias muy nocivas a corto y largo plazo, como la difícil aceptación de las críticas, el Ciberbullying y muchos otros problemas con posibles repercusiones psicológicas, sin hablar de múltiples estrategias de robo. Pero quién es el único responsable de ello ¿las RRSS? No, es la persona en sí misma, y por eso es importante vigilarlo y saber ponernos nuestros propios límites
El nuevo héroe entre los jóvenes: el youtuber
Seguro que alguno de vosotros habéis oído hablar del Rubius, un youtuber gamer muy famoso; español de 26 años que juega a videojuegos, se graba y lo cuelga en Youtube. Este chico tiene más de 21 millones de seguidores, lo que supone unos ingresos notables proporcionados por la plataforma en la que sube sus videos, así como por la publicidad. Como él existen muchos más a los que les ha ido en general muy bien. Es un negocio más, no lo critico como tal, pero hay que pensar en la posible repercusión que puede llevar ese hecho…
El otro día un alumno al que le doy clases de refuerzo me habló del fanatismo de algunos chicos de su edad, él mismo tiene una cuenta en Youtube y sigue idéntico patrón, y me ha llegado a decir que lo que más feliz le haría sería conseguir al menos 1 millón de seguidores. Así que le plantee la siguiente pregunta, ¿por qué eso te haría tan feliz? Se quedó un rato pensando hasta que dijo que el simple hecho de que conozcan tu nombre tiene que ser impresionante y muy excitante, se le puso una cara de felicidad difícil de expresar, así que llegué a la conclusión de que los nuevos ídolos y héroes de esta generación son los aclamados youtubers, entre otros muchos términos.
¿No es quizás eso peligroso? ¿No puede hacer que miles de chic@s jóvenes y vulnerables cuenten cosas quizás personales, se hagan fotos comprometidas, acepten retos arriesgados, etc. con tal de conseguir seguidores? ¿Y qué otros, por consiguiente, aprovechen esa ocasión para hacer daño o que simplemente se lo hagan a sí mismos? En mi opinión, muchas de esas cuentas no tienen ningún fin nocivo en sí, pero la idea de pensar que para algunos jóvenes ser youtuber, blogger o gamer resulta apasionante puede llevarles a hacer cosas que quizás escapen de su control.
Cada vez más jóvenes están sufriendo ciberbullying a causa de ello, y tiene un impacto muy grande sobre la persona, ya que se reproduce sin parar en muchas partes y es difícil erradicar algo una vez que está publicado.
Tengo 4 años y nada me agrada
Como futuros padres que seremos o que ya seréis algunos, normalizamos el hecho de darle la tablet a un niño con tal de tenerlo entretenido y que nos deje un poquito en paz. Todo eso es quizás gracioso algunas veces: “¡Ay míralo que ya sabe usar mejor el móvil que tú y tiene dos añitos!”.
Os voy a contar otro caso muy particular, esta vez una niña de 4 añitos a la que también le daba clase, usando el juego en este caso. Esta niña no iba a la guardería, y los padres la tenían en casa con un profesor tras otro con el objetivo de prepararla para el cole. Yo me preparaba mi clase con la idea de aprender jugando, pero una vez tras otra todo le aburría, mientras yo quizás en otra de mis lecciones usaba mi tablet, ella tenía su propio aparato, más nuevo incluso que el mío, con un montón de juegos para maquillar y vestir a princesas y sirenas. Lo tenía todo tan automatizado que sabía evitar los anuncios, y cada vez que salían se perturbaba de tal manera que zarandeaba y se enfadaba con el dispositivo. Cuando yo le enseñaba algo para jugar, todo le aburría y nada le divertía, y así constantemente una clase tras otra.
Sería muy precipitado por mi parte decir que quizás esta niña en un futuro no sea capaz de ser paciente con las cosas, y que el exceso de información que producen las nuevas tecnologías hace que sea muy difícil llegar a satisfacerla en otros ámbitos, pero desde luego que lo que observé no me gustó demasiado, y creo que es importante enseñar igualmente a los niños dónde están los límites de toda aplicación de la tecnología, así como del uso que se puede hacer de ellas.
En conclusión…
Las RRSS son muy recientes pero es importante vigilar el posible abuso que se hace de ellas, sin llegar a verlo como algo normal, justificándose en la idea de que como todo el mundo lo hace no pasa nada. Hay que adaptarse a las nuevas situaciones y tiempos, claro está, hoy es difícil vivir sin un móvil o cuenta de correo para cualquier cosa. La idea es no caer en el abuso, porque al igual que con cualquier adicción, y sin ir más lejos, ejemplos como la compra compulsiva, la obsesión al deporte, o la pérdida de control de la comida, son conductas en las que es importante saber dónde está el límite y darse cuenta cuando existe un problema, ya que todo ello puede producirnos serias consecuencias y perjudicarnos en nuestra vida tanto a nivel laboral y social como, por consiguiente, de manera psicológica y emocional.
Con todo lo dicho en este artículo, mi propósito no es estar en contra de las redes sociales; en general las uso mucho diariamente, me parecen muy eficaces, y creo que gracias a ellas podemos llegar a avanzar adecuadamente, siempre y cuando se haga un buen uso de las mismas, y sin llegar a estar enganchados como si se tratara de una droga.
Los ejemplos que he mencionado son de los pocos que vivimos en el día a día, pero estoy segura que ocurren cosas peores y de las que tenemos que estar pendientes, ya que crecemos con la tecnología, y es importante que no nos dejemos sobrepasar por ella.
Albert Einstein
Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo sólo tendrá una generación de idiotas.
Artículo escrito por Ghizlane Lahbabi
Dicen que el tiempo cambia las cosas, pero en realidad es uno el que tiene que cambiarlas.
A la hora de la verdad, muchas veces no sabemos qué cambiar y cómo. Desde la psicología podemos ayudar en gran medida a resolver estas cuestiones. No perdamos de vista que nuestra disciplina es una ciencia y, como tal, está en continuo desarrollo; en esta evolución, los psicólogos tenemos una gran responsabilidad y debemos adaptarnos a las circunstancias que se nos presentan.
Esto ha originado nuevas líneas de terapia. Una de las que se está desarrollando en la actualidad con bastante éxito es el uso de animales en terapia, gracias a que combina de forma asombrosa múltiples disciplinas del mundo animal (etología, adiestramiento, psicología animal, etc.) con la psicología humana, para crear un entorno fascinante que facilita la recuperación de personas que necesitan ayuda tanto física como mental o emocional.
¿Por qué tiene tanto éxito el uso de estas terapias?
Uno de los motivos es la aportación de la oxitocina, una hormona que libera el hipotálamo en situaciones sociales agradables y que actúa como neuromodulador del sistema nervioso central, reduciendo o evitando algunos de los efectos negativos de la ansiedad crónica. El hecho de relacionarnos y tener experiencias agradables con los animales nos permite segregar esta hormona. A esto hay que sumar otros beneficios; por ejemplo los perros son muy útiles en personas con depresión, no sólo por el hecho de acariciarlos, sino también merced a la creación de rutinas (alimentación, paseo, etc.) así como la socialización que suele implicar tenerlos.
Podemos también mejorar las habilidades motoras finas y gruesas, la movilidad, el equilibrio y las interacciones con los demás, aumentar la responsabilidad, las interacciones verbales, la capacidad de concentración y atención, la autoestima, el deseo de participar en actividades grupales y la realización de ejercicio, reducir los niveles de ansiedad y la sensación de soledad, mejorar la memoria y el conocimiento de conceptos como color y tamaño y ampliar vocabulario mediante la realización de tareas o ejercicios con los animales.
¿Qué ventajas tiene la terapia psicológica con animales?
Los animales son un gran atractivo, ya que resultan irresistibles ante la mayoría de las personas, y por lo que he podido comprobar trabajando con población infantil, si son de especies poco comunes, la motivación suele ser aún mayor. Es increíble como un solo ejemplar puede tener a una sala llena de niños pendiente de él, por lo que funcionan muy bien en problemáticas como hiperactividad y/o déficit de atención.
También nos permiten hacer las terapias mucho más dinámicas, en modo de juegos, pudiéndose realizar en espacios abiertos o cerrados y conectar con la naturaleza, por lo que nos facilita mucho la adhesión al tratamiento y la motivación en los pacientes. Además, a medida que el proceso avanza, se van creando vínculos entre estos y los animales, y sólo por la experiencia de compartir momentos agradables con ellos, los pacientes suelen estar mucho más comprometidos.[
¿Pero vale cualquier animal?
Se pueden emplear ejemplares de casi todas las especies, siempre que sean válidos y estén preparados para ello, pero los que más se suelen utilizar son delfines, caballos y perros, porque son los que más disfrutan de las interacciones con humanos gracias a su gran sociabilidad.
¿Esta terapia con animales es apta para mí?
Es apta para todas las edades y necesidades, pero se suele emplear más en niños y ancianos, ya que estos pacientes suelen requerir mayor motivación y los recursos terapéuticos de los que disponen son más escasos.
Por todo ello, son muchos los beneficios que las terapias con animales nos aportan. Así que recuerda: ellos no juzgan, no sienten lástima por la persona que tienen delante, sólo disfrutan del momento. ¡Disfruta tú también con ellos!
Artículo escrito por Raquel Escobar Sáez
"Una visión psicológico-individual de la migración"
Desde casi el comienzo de la humanidad la migración nos ha acompañado conformando nuestra realidad y sin duda colaborando en nuestro aparato psíquico para que hoy día sea como es. Los procesos migratorios habitualmente tienen un factor común: la búsqueda de una mejor calidad de vida, en ocasiones casi formando parte de un imaginario a perseguir, un sueño. Esta búsqueda puede originarse por muy diversas causas; desde las más urgentes y visibles hasta aquellas que anhelan la realidad que hemos dado forma en nuestra mente conviviendo en una dualidad entre el familiar sueño que hemos creado y lo desconocido que esconde el mismo. Integrar estas dos realidades supone un punto de partida para el migrante que se debe enfrentar a los miedos propios del que navega a lo desconocido, dejando atrás su hogar y las esperanzas, deseos y fantasías que se persiguen, permitiendo movilizarnos para dar el paso final.
Migrar por tanto supone una decisión que implica esfuerzos físicos, emocionales y económicos que pueden llevar a la persona a situaciones límite, poniendo a prueba nuestra salud mental. Existen multitud de estrategias que ponemos en marcha para hacer frente a esta nueva realidad, tratando de mantener nuestra estabilidad mental pero no siempre son suficientes para sobrellevar una situación tan compleja como en determinadas circunstancias angustiosas. Probablemente aquellos que se han visto forzados a hacerlo de forma repentina, clandestina u obligados por una migración extrema están sometidos a mayores fuentes estresoras pero lo cierto es que adaptarse a una nueva situación nunca es fácil; e incluso en aquellos casos con mayores facilidades pueden aparecer problemas para acomodarse e integrar esta desconocida realidad. Un sentimiento común entre los que han tenido que abandonar su país de origen es el de añorar y desear todo aquello que es característico de su lugar de procedencia, desde la comida hasta el idioma pasando por recuerdos de vivencias y preocupaciones por la familia que hemos dejado tan lejos. Rodearse de personas de tu mismo país puede ayudar a paliar algunas de estas sensaciones de añoranza pero enfrentarse a la necesidad de adaptarse a las nuevas características del entorno se torna inevitable en muchísimas circunstancias.
El proceso por el que debe pasar el migrante no deja de suponer riesgos para su salud mental y el hecho que sea esperado o el más habitual no implica que esté ausente de malestar. Este incluye la pérdida de elementos importantes para la persona que experimenta un duelo normalizado sobre diversos aspectos: la pérdida de la familia, la lengua, la cultura, la tierra, el estatus social, el grupo de pertenencia y los rasgos sociales (Achotegui, J. 2000). Dependiendo de las características propias de cada persona y el proceso migratorio se podrá experimentar ninguno o todos estos duelos; migrar no constituye por sí misma una condición para desarrollar un problema psicológico pero somete a las personas a condiciones que pueden favorecer la aparición de los mismos.
El migrante durante su proceso de adaptación posee una vulnerabilidad para experimentar angustia, estrés, ansiedad, tristeza o ira y en muchas ocasiones esta situación es elaborada y superada por la persona pero en otras es originaria de trauma —y se enquista una realidad a la que no consigue adaptarse— experimentando un gran malestar constante. Esta circunstancia es conocida como Síndrome del emigrante con estrés crónico y múltiple (también conocido como Síndrome de Ulises) que describe un cuadro en el que los estresores propios de la migración han superado al individuo provocando diferentes síntomas que podrían agruparse en depresivos (tristeza, llanto, culpa, ideas de muerte…), ansiógenos (nerviosismo, preocupaciones, irratibilidad, insomnio…), somáticos (cefaleas, fatiga…) y confusionales (sentirse perdido, fallos de memoria y atención, desorientación…) (Achotegui, J. 2005). Una vez más las manifestaciones clínicas de cada persona son diferentes y es importante entender que los procesos migratorios actuales incluyen nuevas amenazas a las que debemos atender.
Comprender las complejas y difíciles situaciones por las que atraviesa el migrante es uno de los objetivos de la Psicología, pues gracias a ello consigue dar respuesta al creciente número de personas que demandan los servicios psicológicos para afrontar las vicisitudes que acontecen a la adaptación en un nuevo país. Este objetivo no es el único ya que desde la posición protectora de la salud mental cada vez más se enfatiza la necesidad de prevenir las posibles reacciones adversas ante las diferentes vivencias estresantes, promoviendo y dando a conocer las estrategias que pueden ser útiles en el proceso adaptativo. La postura propia de la psicología clínica, con un carácter más focalizado a lo individual, es a veces engullida por un marco social enormemente útil en la compresión de los procesos migratorios pero que no puede dejar de lado la realidad que acontece a cada individuo. La persona siempre es algo más que un migrante y desde la Psicología ponemos énfasis en recordar que nuestra historia vital no comienza el día que partimos, ni tampoco termina cuando llegamos al destino. Buen viaje.
“….El destierro es redondo:
un círculo, un anillo:
le dan vuelta tus pies, cruzas la tierra, no es tu tierra,
te despierta la luz, y no es tu luz,
la noche llega: faltan tus estrellas,
hallas hermanos: pero no es tu sangre.
eres como un fantasma avergonzado
de no amar más que a los que tanto te aman,
y aún es tan extraño que te falten
las hostiles espinas de tu patria,
el ronco desamparo de tu pueblo,
los asuntos amargos que te esperan
y que te ladrarán desde la puerta…”
Exilio, Pablo Neruda.
BIBLIOGRAFÍA
Achotegui, Joseba. 2000. Los duelos de la migración: una perspectiva psicopatológica y psicosocial. En Medicina y cultura. E. Perdiguero y J.M. Comelles (comp). Pag 88-100. Editorial Bellaterra. Barcelona
Achotegui, Joseba (2005). Migrar en condiciones extremas: El síndrome de Ulises, Revista Norte de salud mental No. 21, Volumen V, 2005, págs 39-53.
Artículo escrito por Carlos Santiago López de Lamela Suarez.
El perdón es un puñado de sentimientos que a veces nos acaricia cuando el alma llora
“Lo lamento mucho” —dijo una voz quebrada que surgía de un cuerpo derrotado. A lo lejos, una voz fuerte y tensa que se alejaba señaló: “no sé si podré perdonarte alguna vez”.
El perdón forma parte de nuestras vidas. Estoy segura que ha escuchado o leído frases similares a alguna de las siguientes: un niño dice a otro: “¿Me perdonas? No lo hice a propósito”; un padre dice a su hijo: “Si no pides perdón a tu hermano, no podrás jugar con tus amigos”; el titular de una noticia en prensa es: “El delincuente arrepentido pidió perdón a sus víctimas ante los medios de comunicación”; el presentador de un programa de noticias afirma: “Los dirigentes del grupo armado piden perdón por el daño causado”. También tengo el absoluto convencimiento que usted podría relatar alguna experiencia en la que ha pedido perdón a alguien y alguna otra en la que le hayan pedido perdón. A lo largo de un día, cualquiera de nosotros interactúa con un gran número de personas con las que mantenemos diferentes niveles de intimidad. Nos relacionamos con familiares, amigos, compañeros de trabajo y también nos relacionamos con desconocidos. Durante estas interacciones, a veces la otra persona o nosotros mismos realizamos una acción que molesta o hiere al otro; por supuesto que no todas tienen la misma valoración: hay acciones de poca importancia, hay acciones sin intencionalidad, pero también hay acciones de gran importancia e incluso acciones ilegales que atentan contra los derechos de las personas.
En las líneas anteriores encontramos los elementos que se deben dar para que exista perdón:
- Una persona que sufre y percibe un daño
- Un causante del daño que puede ser otra persona, un grupo de personas o una situación
- La acción u ofensa que daña y que puede ser la presencia de algo que perjudica —como una agresión física, verbal y psicológica— o la ausencia de algo que se necesita para sobrevivir, como los cuidados básicos por parte de las figuras parentales
- La relación entre la persona y el causante del daño
Me gustaría que pensara en la última vez que usted sintió que le hicieron daño, ¿Qué experimentó? Quizás sus sensaciones coincidan con algunas de este listado: cuando uno percibe que ha sido dañado, suele tener una primera experiencia de no-perdón en la que son frecuentes: emociones como la rabia, el dolor, la tristeza, la confusión y la sensación de traición; fantasías o pensamientos de venganza; preguntas de por qué se ha comportado así el ofensor y si la víctima ha tenido alguna culpa en lo ocurrido; pensamientos de finalización de la relación con el ofensor; conductas de evitación del ofensor o distanciamiento en su presencia; expresiones de rabia o dolor llorando o enfrentándose al ofensor; y desconfianza en la relación (Williamson y Gonzalves, 2007, citado en Prieto y otros, 2012). ¿Cuáles son las opciones que tenemos tras esta primera experiencia? Algunas personas, con el objetivo de disminuir estas sensaciones, pueden aceptar el daño, pueden aprender a gestionar el estrés que experimentan, pueden decidir cambiar la forma de interpretar lo que ha ocurrido y pueden decidir perdonar. Otras personas dañadas pueden decidir buscar venganza demostrando al ofensor el daño causado excluyendo todo lo demás, pueden desconfiar de los demás y generar temor a abrirse a nuevas experiencias y desafíos. La decisión de perdonar o no es personal y supone un proceso voluntario.
Desde la perspectiva psicológica, algunas definiciones del término perdón resaltan sus beneficios positivos, por ejemplo la reparación de heridas emocionales, la neutralización de un estresor producto del daño sufrido, la disminución de los sentimientos negativos y el deseo de castigo y la confianza en las relaciones (Guzmán, 2010); pero el perdón no siempre tiene consecuencias positivas. Algunos autores señalan que en determinadas circunstancias —como en casos de abuso y maltrato— la persona que sufre el daño puede tener miedo a que si perdona vuelva a ocurrir y también puede sentir que con el perdón se muestra débil y vulnerable ante los demás. Parece que el perdón no es positivo en sí mismo para todas las personas ni para todas las situaciones.
En este momento considero oportuno exponer de forma muy concisa la diferencia entre el perdón y algunos términos con los que se ha relacionado:
No es lo mismo negación y perdón: cuando la persona no desea ver el daño ocurrido se habla de negación; en el perdón la persona sí reconoce que hay un daño.
No es lo mismo olvido y perdón: cuando la persona desea eliminar de su conciencia todo aquello que se relaciona con el daño se habla de olvido; en el perdón la persona realiza una tarea de integración del daño en su vida.
No es lo mismo justificación y perdón: cuando la persona acepta los argumentos que da el agresor para su acto se habla de justificación; en el perdón la persona busca la reparación del daño y no excluye la posibilidad de reclamar a la justicia eliminando en su actuación elementos vengativos.
Por último, no es lo mismo reconciliación y perdón: cuando la persona vuelve a confiar y restablece el vínculo con el otro se habla de reconciliación; en el perdón la persona puede decidir que no quiere volver a tener ninguna relación con el agresor.
Perdonar implica cambiar. Quien recibe el daño debe elaborar su enfado y ubicar el daño desde una visión integrada de aquel que se lo ha producido, y la persona que daña debe reconocer su culpa, responsabilizarse de su comportamiento y mostrar una actitud de querer solucionar las consecuencias surgidas. En ambos casos son cambios a nivel interno, individual o intrapersonal. El perdón también supone cambios interpersonales ya que se puede modificar el tipo de relación, el nivel de compromiso, las normas de interacción y los valores. Ahora piense por favor en la última vez que dijo alguna frase parecida a alguna de estas expresiones: “lo siento, no fue mi intención”, “perdón por lo que hice, no lo pensé bien” o “por favor, perdóname, no lo volveré a hacer”. Intente recordar las sensaciones que tuvo; si dar perdón es difícil, también lo es pedirlo ya que significa reconocer que somos el causante de un daño. La culpa y el remordimiento suelen ser los motores que nos llevan a pedir perdón, a afrontar el daño causado y a iniciar un proceso de cambio y reparación de la relación.
Si una persona da excusas para justificar su conducta incorrecta, culpabiliza al exterior de su comportamiento, no ve la necesidad de cambiar y no considera necesario reparar el daño se habla de falso perdón (Prieto-Ursúa y Echegoyen, 2015). La vergüenza es la emoción que se asocia con el falso perdón porque aquel que causa el daño se centra más en sí mismo que en la persona que lo ha recibido. Tanto para poder perdonar a los demás como para poder pedirlo, es importante el perdonarnos a nosotros mismos: el autoperdón supone mirarnos, reconocer nuestras cualidades, aquello que nos genera bienestar y aquello otro que nos genera malestar, reflexionar sobre nuestra responsabilidad. El autoperdón supone plantear cambios en nuestras conductas y valores e implicarnos en ellos para crecer y lograr nuestro propio respeto y aceptación.
Es momento de finalizar aunque aún queda mucho que contar sobre el perdón; me gustaría hacerlo parecido a cómo empecé. A lo largo de nuestra vida nos relacionamos con multitud de personas, algunas con roles más importantes que otras. Con todas ellas existen momentos en los que yo puedo sentirme dañada o sentir que daño al otro. Ser capaz de afrontar estas situaciones, reconociendo el impacto provocado y su importancia sin quedarme fijada a él, elaborando las emociones que me generan, reconociendo la situación en un contexto más amplio, aprendiendo empatía y comprensión hacia los demás, es un desafío que dura toda la vida. Cada uno de nosotros debe decidir en cada situación si cabe o no el perdón.
REFERENCIAS
A continuación le ofrezco algunas referencias de investigaciones científicas sobre el perdón en el ámbito de la Psicología que puede consultar si siente curiosidad por este tema. Son artículos recientes ya que el interés de los psicólogos sobre este tema también es relativamente reciente, los primeros artículos se publicaron en la última década del siglo XX:
Casullo, M. M. (2005). La capacidad para perdonar desde una perspectiva psicológica. Revista de Psicología de la PUCP, XXIII, 1.
Guzmán, M. (2010). El perdón en relaciones cercanas: conceptualización desde una perspectiva psicológica e implicancias para la práctica clínica. PSYKHE, 19, 1, 19-30.
Guzmán-González, M., Alfaro, I. y Armenta, C. (2013). Perdón y satisfacción marital: una mirada desde lo sistémico. Salud & Sociedad, 4, 3, 284-294.
García, J. (2014). Culpa, reparación y perdón: implicaciones clínicas y terapéuticas (III). Revista de Psicoterapia, 25, 99, 135-164.
López, A. F., Kadanzew, A. y Fernández, Mª. S. (2008). Los efectos psicoterapéuticos de estimular la connotación positiva en el incremento del perdón. Avances en Psicología Latinoamericana, 26 (2), 211-226.
Prieto-Ursúa, M., Carrasco, Mª. J., Cagigal, V., Gismero, E., Martínez, Mª. P. y Muñoz, I. (2012). El perdón como herramienta clínica en terapia individual y de pareja. Clínica Contemporánea, 3, 2, 121-134.
Prieto-Ursúa, M. y Echegoyen, I. (2015). ¿Perdón a uno mismo, autoaceptación o restauración intrapersonal? Cuestiones abiertas en Psicología del Perdón. Papeles del Psicólogo, 36 (3), 230237
Artículo escrito por Carmen María Hinojosa Alcobet
Como psicólogo, son muchas las ocasiones en las que amigos o conocidos me han hecho comentarios del tipo:“¿los psicólogos analizáis a la gente mientras habla?”, “ya me estás leyendo la mente, ¿verdad?”. Siempre he pensado que estas consideraciones no eran más que bromas, resultado inevitable de la imagen que se vende en televisión y películas de esta profesión; pero en otras ocasiones he sido yo quien se ha preguntado ¿qué es lo que la gente conoce realmente de la psicología? ¿Dónde acaba el mito y comienza la realidad? ¿Por qué aún las personas rehúyen ir a terapia?
Hoy, en este artículo, voy a intentar contestar a estas cuestiones con el fin de acercar esta profesión a la gente, para facilitar el conocimiento sobre cómo es un proceso terapéutico y poder desmentir, en la medida de lo posible, los tópicos falsos y los estigmas del psicólogo.
Espero de corazón que las reflexiones que siguen sirvan de ayuda para perder el miedo a la psicología, a eliminar los tabúes que existen alrededor de la misma, y animar a que la gente pueda plantearse el acudir a un psicólogo como una alternativa válida, lógica y real; sin inquietud, ni temor.
Para conseguir este propósito intentaré esclarecer qué es un psicólogo, qué hace, cómo lo hace, cuándo lo hace y para quién lo hace; destacando el hecho de que es una labor realizada con honestidad, trabajo duro, rigor científico y muchísima ilusión por dar lo mejor de nosotros mismos.
Como soporte empírico de estas palabras realicé una pequeña encuesta entre conocidos y amigos, la cual consistió en varias preguntas acerca de las creencias sobre la psicología, el proceso terapéutico y posibles miedos a recibir terapia psicológica (aquí tenéis el enlace de dicha encuesta por si os interesa revisarla ENCUESTA).
Las respuestas, como no podían ser de otra forma, son muy variopintas pero no es menos cierto que la mayoría de ellas tienen varios denominadores comunes que son los que trataremos a continuación:
El primero de ellos, es la idea de que el psicólogo se encarga únicamente de tratar problemas mentales graves. La realidad es que el motivo para comenzar una terapia no tiene que ser, ni mucho menos, un trastorno mental grave; ni siquiera padecer un trastorno. Podemos y debemos acudir a terapia cuando algo no funciona adecuadamente en nuestra vida; este malestar o incomodidad estaría producido por una gran variedad de circunstancias.
Pueden existir problemas con nuestra pareja, en el trabajo, con amigos o familiares. Incluso podemos empezar a encontrarnos más intranquilos, preocupados o con menos vitalidad que antes. Ni es necesario decir que estos malos momentos aparecerían igualmente ante una pérdida o situación complicada; o simplemente porque queremos mejorar, seguir creciendo como personas y modificar algunos comportamientos o rasgos.
Por lo tanto, dentro del marco de la terapia psicológica se tratan problemáticas de todos los tipos; desde depresiones, problemas de ansiedad, miedos, duelos, adicciones, hasta problemas de estrés laboral, de relación con otras personas, habilidades comunicativas, asertividad… Como no puede ser de otra manera, la terapia se ajustará a la demanda en cuestión y podrá realizarse de manera individual, en pareja, en grupo o en familia.
Si lo contemplamos de esta forma, ir al psicólogo es en sí un acto de valentía —y bastante razonado— ya que si algo no funciona, nos produce malestar o simplemente queremos mejorar alguna vertiente para encontrarnos mejor, acudir a un profesional que trate esa temática parece una buena opción.
El segundo de los puntos es contemplar la terapia psicológica como un proceso pasivo donde el paciente cuenta aquellas cosas durante la sesión que le preocupan, y el psicólogo simplemente escucha. Este punto, hoy en día, sí está muy alejado de la realidad y creo esencial cambiar está concepción generalizada: el proceso terapéutico es un proceso activo, y además por ambas partes. Es cierto que el terapeuta pedirá a su paciente que le hable acerca de su problemática; o qué es lo que le ha llevado a acudir a consulta, pero la característica principal de la terapia es que consiste en una conversación donde las dos personas tienen que participar.
El tercero de los puntos se enmarca en la concepción sobre ¿qué hace en realidad un psicólogo? Un psicólogo es un profesional que se ha formado en el estudio del comportamiento humano, conoce las leyes explicativas del mismo y utiliza estos conocimientos para comprender de una manera científica, objetiva y explicativa la problemática del paciente. Un psicólogo estudia las circunstancias y variables, tanto próximas como lejanas, que la han originado; así como los factores que en la actualidad la mantienen.
El psicólogo trabaja desde una perspectiva bio-psico-social. Según este modelo los problemas no pueden explicarse únicamente atendiendo a condiciones biológicas, sociales o psicológicas, si no que cada una de estas vertientes tiene su peso en el origen y mantenimiento de estos. Nosotros nos ocuparemos de la parte más comportamental de la ecuación, actuando sobre la forma que tiene el sujeto de comportarse y percibir el mundo; una forma que, por otra parte, ha sido aprendida y por lo tanto se puede desaprender e inculcar una nueva visión. La parte más biológica es estudiada por otros profesionales, como son los psiquiatras. Es por ello que en muchas ocasiones trabajaremos conjuntamente; ya que la conducta humana no puede entenderse sin biología, pero tampoco sin psicología.
El proceso terapéutico está dividido en varias fases. En la primera de ellas, que denominamos evaluación, el psicólogo recoge toda la información necesaria para poder establecer una formulación del caso. Para ello se utilizan varias herramientas como son: la entrevista clínica, cuestionarios, tareas de registro, observación…. Posteriormente, el terapeuta devuelve la información recogida al paciente explicando cómo y por qué se ha desarrollado la problemática. Además se establecerán conjuntamente los objetivos terapéuticos y el modo de trabajo.
A continuación, pasamos a la fase de tratamiento donde psicólogo y paciente aplican conjuntamente las técnicas más adecuadas para el caso en cuestión (recordemos que todos los procedimientos aplicados en consulta han sido estudiados científicamente, conociéndose su eficacia y efectividad). Finalmente, cuando los objetivos terapéuticos se consiguen se produce el alta del paciente, con la certeza de que lo aprendido durante el proceso le servirá para afrontar problemáticas futuras.
Como cierre para este artículo me gustaría destacar que lo que he intentado transmitir es la visión del psicólogo como una herramienta eficaz, científica y validada que nos ayuda a mejorar, aprender y adaptarnos a los cambios y dificultades que la vida nos plantea a diario. Espero haber conseguido inculcar la visión de la psicología como una ayuda útil en nuestra vida y no como una fuente de miedo o vergüenza. En ocasiones pedir y aceptar ayuda es el mayor gesto de fuerza y valentía.
Nuestros miedos no detienen a la muerte, sino a la vida
Artículo escrito por Rubén Pérez Pérez.
No puedes evitar que el pájaro de la tristeza vuele sobre tu cabeza, pero sí puedes evitar que anide en tu cabellera.
"Proverbio chino"
“No llores”, “venga, no estés triste”, “pero tú eres fuerte”. Seguro que a lo largo de la vida nos han dicho estas mismas frases montones de veces, y nosotros se las hemos dicho a otros. Vivimos en una cultura del bienestar que aborrece todo lo que no sea la felicidad y el placer inmediato, y que incluso ha terminado por llamar negativas a todas las emociones donde no se experimente dicho placer.
Es más, no solo rechazamos nuestro propio dolor, sino que nos aterra y nos incomoda verlo en los demás, de ahí el recurrir a frases rápidas y aprendidas de memoria como las de arriba. Necesitamos que el otro deje de llorar porque no nos gusta el sufrimiento de ningún tipo, ni siquiera el empático —aunque no sea propio—, y casi sin pensarlo, como un resorte le decimos que él puede con eso y con más, a veces con la esperanza de que así pare el mal trago, a veces con la intención real de ayudar.
"¿Quizá y solo quizá se nos haya ido de las manos la buena voluntad de la Psicología Positiva?"
La Psicología Positiva nació en 1998 de la mano de Seligman, en un discurso donde reclamaba que la Psicología estaba centrada exclusivamente en la enfermedad de las personas y no en sus potencialidades, en mejorar sus vidas; fue así como poco después se instauró como una rama de la Psicología, centrada en las emociones positivas del ser humano, como la alegría, la felicidad, el optimismo, el amor o la resiliencia. Es absolutamente cierto que una mentalidad positiva actúa como factor protector frente a multitud de trastornos mentales, incluso también contra enfermedades orgánicas, reduce el estrés, aumenta la calidad de vida, la autoestima, o se tienen relaciones más satisfactorias con los otros.
Han pasado 18 años desde el surgimiento de esta corriente y podemos decir que cada día está más en auge, pero también podemos afirmar que hemos tenido los suficientes años como para ver sus efectos siempre que ha sido mal entendida. Se ha pasado de una buena idea como era mantener un estado general de optimismo para prevenir la enfermedad, a buscar única y exclusivamente la felicidad y las sensaciones placenteras.
Se huye de la tristeza y se condena a quien la siente con la incomprensión, pues no es de recibo que en nuestra sociedad más o menos avanzada, con ciertas comodidades, y teniendo “de todo”, se sufra.
Los medios nos bombardean con las sensaciones placenteras, hemos de ser atractivos, exitosos, amados, divertidos, alegres y SIEMPRE felices; pero ser feliz siempre es sencillamente imposible para una persona, y tratar de lograrlo constantemente, agotador. No es posible sentir felicidad siempre, de la misma manera que no es posible sentir siempre la misma emoción, por ejemplo el asco, porque la maravillosa complejidad del ser humano radica en nuestro cambio constante de emociones, no en seleccionar una y experimentarla sin descanso.
Como dato curioso de la influencia de los medios, hay aldeas en África donde los padres de familia se gastan el poco dinero que tienen en comprar Coca Cola a sus hijos, para que crezcan alegres y vitales como los niños de los anuncios, y aunque esto solo les traiga desnutrición y perder dientes, siguen comprándola para lograr lo prometido. Hay personas que combaten su sufrimiento comprando artículos que en el anuncio lleva gente feliz, y personas que solo adquieren productos en los que hay escritas frases positivas para no permitirse que decaiga el ánimo.
¿Pero es la tristeza tan mala?
Pues de hecho no; no es ni buena ni mala, sino que como toda emoción cumple una función necesaria. La tristeza reduce la actividad, a la vez que disminuye la atención en el mundo externo para focalizarla en el mundo interno. Esto favorece el auto-examen, la reflexión y el análisis, necesarios tras una pérdida o fracaso. Además, este parón facilita la restauración de energía después de épocas de mucho desgaste.
Otra de sus funciones es procurarnos la ayuda de los demás, ya que despierta la cercanía y la atención de los otros, o el apaciguamiento de las reacciones de agresión, que se reducen al ver a la persona triste.
Pero debido al auge de esta Psicología Positiva mal entendida, en nuestra sociedad se lucha por evitar cualquier relación con la tristeza, el dolor, el sufrimiento o el displacer en cualquiera de sus formas, hasta el punto de que el consumo de ansiolíticos no ha dejado de crecer año tras año en España a partir del año 2000. Desde que somos pequeños nos invalidan esa emoción, cada vez que nos pasa algo se nos dice “venga, que no pasa nada”, o el clásico “los niños buenos no lloran”. Claro que es conveniente enseñar a no dramatizar a los niños cuando se dan un golpe, pero es que a veces, realmente se hacen daño, y en ese momento hemos de validar su pena o su llanto. Igualmente ocurre cuando vamos creciendo y enfrentándonos a distintos grados de tristeza, como un suspenso, el primer corazón roto en la adolescencia, perder al abuelo… A menudo tratamos de demostrarles que la vida sigue igual, que el dolor no nos va a parar, y es también con nuestro propio ejemplo como de nuevo aprenden a invalidar esta emoción. Cuando sean mayores muchos se unirán al club de los adultos con problemas depresivos que no se explican cómo pueden ser tan débiles, si lo tienen todo.
Como muy sabiamente nos dejaba de moraleja la película Del revés (Inside Out, Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015) parece que es Alegría la buena, la que debe encargarse de todo, y Tristeza la que debemos relegar siempre a un segundo plano, —¡si incluso la caracterizaron como la fea de las emociones!— pero negativizarla y postergarla solo trae más problemas a la larga. La película no se resuelve hasta que cada emoción ocupa su lugar y su función, aunque me surgen dudas acerca de si los padres supieron aclarar ese mensaje a sus hijos tras acabar de verla.
Cuando no nos dejamos vivir la tristeza pueden aparecer somatizaciones como problemas estomacales o dermatológicos, caída del cabello, defensas bajas, trastornos ansiosos o, en muchos casos, depresivos. Lo curioso de estos trastornos depresivos es que a menudo surgen a largo plazo, cuando la persona ya no cree que puedan deberse al momento pasado de pérdida, y es entonces cuando se observan en consulta pacientes rotos de dolor, con una sonrisa fingida en el rostro y repitiendo frases aprendidas del tipo “no tengo derecho a quejarme”, “no puedo estar triste con todo lo que tengo”, “no entiendo por qué estoy así, si yo pensaba que era fuerte”.
Porque esta es la idea que aún transmitimos hoy, a amigos, a familiares y a nuestros niños: que fuerte es el que no manifiesta la tristeza y débil el que sucumbe a ella. Cuando es verdaderamente un acto de valentía en nuestra sociedad del placer saber que la tristeza es una emoción más, y dejarse vivirla cuando toca.
Artículo escrito por Laura Quemada Muñoz.

