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Dicen que el tiempo cambia las cosas, pero en realidad es uno el que tiene que cambiarlas.

A la hora de la verdad, muchas veces no sabemos qué cambiar y cómo. Desde la psicología podemos ayudar en gran medida a resolver estas cuestiones. No perdamos de vista que nuestra disciplina es una ciencia y, como tal, está en continuo desarrollo; en esta evolución, los psicólogos tenemos una gran responsabilidad y debemos adaptarnos a las circunstancias que se nos presentan.

Esto ha originado nuevas líneas de terapia. Una de las que se está desarrollando en la actualidad con bastante éxito es el uso de animales en terapia, gracias a que combina de forma asombrosa múltiples disciplinas del mundo animal (etología, adiestramiento, psicología animal, etc.) con la psicología humana, para crear un entorno fascinante que facilita la recuperación de personas que necesitan ayuda tanto física como mental o emocional.

¿Por qué tiene tanto éxito el uso de estas terapias?

Uno de los motivos es la aportación de la oxitocina, una hormona que libera el hipotálamo en situaciones sociales agradables y que actúa como neuromodulador del sistema nervioso central, reduciendo o evitando algunos de los efectos negativos de la ansiedad crónica. El hecho de relacionarnos y tener experiencias agradables con los animales nos permite segregar esta hormona. A esto hay que sumar otros beneficios; por ejemplo los perros son muy útiles en personas con depresión, no sólo por el hecho de acariciarlos, sino también merced a la creación de rutinas (alimentación, paseo, etc.) así como la socialización que suele implicar tenerlos.

Podemos también mejorar las habilidades motoras finas y gruesas, la movilidad, el equilibrio y las interacciones con los demás, aumentar la responsabilidad, las interacciones verbales, la capacidad de concentración y atención, la autoestima, el deseo de participar en actividades grupales y la realización de ejercicio, reducir los niveles de ansiedad y la sensación de soledad, mejorar la memoria y el conocimiento de conceptos como color y tamaño y ampliar vocabulario mediante la realización de tareas o ejercicios con los animales.

¿Qué ventajas tiene la terapia psicológica con animales?

Los animales son un gran atractivo, ya que resultan irresistibles ante la mayoría de las personas, y por lo que he podido comprobar trabajando con población infantil, si son de especies poco comunes, la motivación suele ser aún mayor. Es increíble como un solo ejemplar puede tener a una sala llena de niños pendiente de él, por lo que funcionan muy bien en problemáticas como hiperactividad y/o déficit de atención.

También nos permiten hacer las terapias mucho más dinámicas, en modo de juegos, pudiéndose realizar en espacios abiertos o cerrados y conectar con la naturaleza, por lo que nos facilita mucho la adhesión al tratamiento y la motivación en los pacientes. Además, a medida que el proceso avanza, se van creando vínculos entre estos y los animales, y sólo por la experiencia de compartir momentos agradables con ellos, los pacientes suelen estar mucho más comprometidos.[

¿Pero vale cualquier animal?

Se pueden emplear ejemplares de casi todas las especies, siempre que sean válidos y estén preparados para ello, pero los que más se suelen utilizar son delfines, caballos y perros, porque son los que más disfrutan de las interacciones con humanos gracias a su gran sociabilidad.

¿Esta terapia con animales es apta para mí?

Es apta para todas las edades y necesidades, pero se suele emplear más en niños y ancianos, ya que estos pacientes suelen requerir mayor motivación y los recursos terapéuticos de los que disponen son más escasos.

Por todo ello, son muchos los beneficios que las terapias con animales nos aportan. Así que recuerda: ellos no juzgan, no sienten lástima por la persona que tienen delante, sólo disfrutan del momento. ¡Disfruta tú también con ellos!

Artículo escrito por Raquel Escobar Sáez

"Una visión psicológico-individual de la migración"

Desde casi el comienzo de la humanidad la migración nos ha acompañado conformando nuestra realidad y sin duda colaborando en nuestro aparato psíquico para que hoy día sea como es. Los procesos migratorios habitualmente tienen un factor común: la búsqueda de una mejor calidad de vida, en ocasiones casi formando parte de un imaginario a perseguir, un sueño. Esta búsqueda puede originarse por muy diversas causas; desde las más urgentes y visibles hasta aquellas que anhelan la realidad que hemos dado forma en nuestra mente conviviendo en una dualidad entre el familiar sueño que hemos creado y lo desconocido que esconde el mismo. Integrar estas dos realidades supone un punto de partida para el migrante que se debe enfrentar a los miedos propios del que navega a lo desconocido, dejando atrás su hogar y las esperanzas, deseos y fantasías que se persiguen, permitiendo movilizarnos para dar el paso final.

Migrar por tanto supone una decisión que implica esfuerzos físicos, emocionales y económicos que pueden llevar a la persona a situaciones límite, poniendo a prueba nuestra salud mental. Existen multitud de estrategias que ponemos en marcha para hacer frente a esta nueva realidad, tratando de mantener nuestra estabilidad mental pero no siempre son suficientes para sobrellevar una situación tan compleja como en determinadas circunstancias angustiosas. Probablemente aquellos que se han visto forzados a hacerlo de forma repentina, clandestina u obligados por una migración extrema están sometidos a mayores fuentes estresoras pero lo cierto es que adaptarse a una nueva situación nunca es fácil; e incluso en aquellos casos con mayores facilidades pueden aparecer problemas para acomodarse e integrar esta desconocida realidad. Un sentimiento común entre los que han tenido que abandonar su país de origen es el de añorar y desear todo aquello que es característico de su lugar de procedencia, desde la comida hasta el idioma pasando por recuerdos de vivencias y preocupaciones por la familia que hemos dejado tan lejos. Rodearse de personas de tu mismo país puede ayudar a paliar algunas de estas sensaciones de añoranza pero enfrentarse a la necesidad de adaptarse a las nuevas características del entorno se torna inevitable en muchísimas circunstancias.

El proceso por el que debe pasar el migrante no deja de suponer riesgos para su salud mental y el hecho que sea esperado o el más habitual no implica que esté ausente de malestar. Este incluye la pérdida de elementos importantes para la persona que experimenta un duelo normalizado sobre diversos aspectos: la pérdida de la familia, la lengua, la cultura, la tierra, el estatus social, el grupo de pertenencia y los rasgos sociales (Achotegui, J. 2000). Dependiendo de las características propias de cada persona y el proceso migratorio se podrá experimentar ninguno o todos estos duelos; migrar no constituye por sí misma una condición para desarrollar un problema psicológico pero somete a las personas a condiciones que pueden favorecer la aparición de los mismos.

El migrante durante su proceso de adaptación posee una vulnerabilidad para experimentar angustia, estrés, ansiedad, tristeza o ira y en muchas ocasiones esta situación es elaborada y superada por la persona pero en otras es originaria de trauma —y se enquista una realidad a la que no consigue adaptarse— experimentando un gran malestar constante. Esta circunstancia es conocida como Síndrome del emigrante con estrés crónico y múltiple (también conocido como Síndrome de Ulises) que describe un cuadro en el que los estresores propios de la migración han superado al individuo provocando diferentes síntomas que podrían agruparse en depresivos (tristeza, llanto, culpa, ideas de muerte…), ansiógenos (nerviosismo, preocupaciones, irratibilidad, insomnio…), somáticos (cefaleas, fatiga…) y confusionales (sentirse perdido, fallos de memoria y atención, desorientación…) (Achotegui, J. 2005). Una vez más las manifestaciones clínicas de cada persona son diferentes y es importante entender que los procesos migratorios actuales incluyen nuevas amenazas a las que debemos atender.

Comprender las complejas y difíciles situaciones por las que atraviesa el migrante es uno de los objetivos de la Psicología, pues gracias a ello consigue dar respuesta al creciente número de personas que demandan los servicios psicológicos para afrontar las vicisitudes que acontecen a la adaptación en un nuevo país. Este objetivo no es el único ya que desde la posición protectora de la salud mental cada vez más se enfatiza la necesidad de prevenir las posibles reacciones adversas ante las diferentes vivencias estresantes, promoviendo y dando a conocer las estrategias que pueden ser útiles en el proceso adaptativo. La postura propia de la psicología clínica, con un carácter más focalizado a lo individual, es a veces engullida por un marco social enormemente útil en la compresión de los procesos migratorios pero que no puede dejar de lado la realidad que acontece a cada individuo. La persona siempre es algo más que un migrante y desde la Psicología ponemos énfasis en recordar que nuestra historia vital no comienza el día que partimos, ni tampoco termina cuando llegamos al destino. Buen viaje.

“….El destierro es redondo:
un círculo, un anillo:
le dan vuelta tus pies, cruzas la tierra, no es tu tierra,
te despierta la luz, y no es tu luz,
la noche llega: faltan tus estrellas,
hallas hermanos: pero no es tu sangre.
eres como un fantasma avergonzado
de no amar más que a los que tanto te aman,
y aún es tan extraño que te falten
las hostiles espinas de tu patria,
el ronco desamparo de tu pueblo,
los asuntos amargos que te esperan
y que te ladrarán desde la puerta…”
Exilio, Pablo Neruda.

BIBLIOGRAFÍA

Achotegui, Joseba. 2000. Los duelos de la migración: una perspectiva psicopatológica y psicosocial. En Medicina y cultura. E. Perdiguero y J.M. Comelles (comp). Pag 88-100. Editorial Bellaterra. Barcelona

Achotegui, Joseba (2005). Migrar en condiciones extremas: El síndrome de Ulises, Revista Norte de salud mental No. 21, Volumen V, 2005, págs 39-53.

Artículo escrito por Carlos Santiago López de Lamela Suarez.

El perdón es un puñado de sentimientos que a veces nos acaricia cuando el alma llora

“Lo lamento mucho” —dijo una voz quebrada que surgía de un cuerpo derrotado. A lo lejos, una voz fuerte y tensa que se alejaba señaló: “no sé si podré perdonarte alguna vez”.

El perdón forma parte de nuestras vidas. Estoy segura que ha escuchado o leído frases similares a alguna de las siguientes: un niño dice a otro: “¿Me perdonas? No lo hice a propósito”; un padre dice a su hijo: “Si no pides perdón a tu hermano, no podrás jugar con tus amigos”; el titular de una noticia en prensa es: “El delincuente arrepentido pidió perdón a sus víctimas ante los medios de comunicación”; el presentador de un programa de noticias afirma: “Los dirigentes del grupo armado piden perdón por el daño causado”. También tengo el absoluto convencimiento que usted podría relatar alguna experiencia en la que ha pedido perdón a alguien y alguna otra en la que le hayan pedido perdón. A lo largo de un día, cualquiera de nosotros interactúa con un gran número de personas con las que mantenemos diferentes niveles de intimidad. Nos relacionamos con familiares, amigos, compañeros de trabajo y también nos relacionamos con desconocidos. Durante estas interacciones, a veces la otra persona o nosotros mismos realizamos una acción que molesta o hiere al otro; por supuesto que no todas tienen la misma valoración: hay acciones de poca importancia, hay acciones sin intencionalidad, pero también hay acciones de gran importancia e incluso acciones ilegales que atentan contra los derechos de las personas.

En las líneas anteriores encontramos los elementos que se deben dar para que exista perdón:

Me gustaría que pensara en la última vez que usted sintió que le hicieron daño, ¿Qué experimentó? Quizás sus sensaciones coincidan con algunas de este listado: cuando uno percibe que ha sido dañado, suele tener una primera experiencia de no-perdón en la que son frecuentes: emociones como la rabia, el dolor, la tristeza, la confusión y la sensación de traición; fantasías o pensamientos de venganza; preguntas de por qué se ha comportado así el ofensor y si la víctima ha tenido alguna culpa en lo ocurrido; pensamientos de finalización de la relación con el ofensor; conductas de evitación del ofensor o distanciamiento en su presencia; expresiones de rabia o dolor llorando o enfrentándose al ofensor; y desconfianza en la relación (Williamson y Gonzalves, 2007, citado en Prieto y otros, 2012). ¿Cuáles son las opciones que tenemos tras esta primera experiencia? Algunas personas, con el objetivo de disminuir estas sensaciones, pueden aceptar el daño, pueden aprender a gestionar el estrés que experimentan, pueden decidir cambiar la forma de interpretar lo que ha ocurrido y pueden decidir perdonar. Otras personas dañadas pueden decidir buscar venganza demostrando al ofensor el daño causado excluyendo todo lo demás, pueden desconfiar de los demás y generar temor a abrirse a nuevas experiencias y desafíos. La decisión de perdonar o no es personal y supone un proceso voluntario.

Desde la perspectiva psicológica, algunas definiciones del término perdón resaltan sus beneficios positivos, por ejemplo la reparación de heridas emocionales, la neutralización de un estresor producto del daño sufrido, la disminución de los sentimientos negativos y el deseo de castigo y la confianza en las relaciones (Guzmán, 2010); pero el perdón no siempre tiene consecuencias positivas. Algunos autores señalan que en determinadas circunstancias —como en casos de abuso y maltrato— la persona que sufre el daño puede tener miedo a que si perdona vuelva a ocurrir y también puede sentir que con el perdón se muestra débil y vulnerable ante los demás. Parece que el perdón no es positivo en sí mismo para todas las personas ni para todas las situaciones.

En este momento considero oportuno exponer de forma muy concisa la diferencia entre el perdón y algunos términos con los que se ha relacionado:

No es lo mismo negación y perdón: cuando la persona no desea ver el daño ocurrido se habla de negación; en el perdón la persona sí reconoce que hay un daño.

No es lo mismo olvido y perdón: cuando la persona desea eliminar de su conciencia todo aquello que se relaciona con el daño se habla de olvido; en el perdón la persona realiza una tarea de integración del daño en su vida.

No es lo mismo justificación y perdón: cuando la persona acepta los argumentos que da el agresor para su acto se habla de justificación; en el perdón la persona busca la reparación del daño y no excluye la posibilidad de reclamar a la justicia eliminando en su actuación elementos vengativos.

Por último, no es lo mismo reconciliación y perdón: cuando la persona vuelve a confiar y restablece el vínculo con el otro se habla de reconciliación; en el perdón la persona puede decidir que no quiere volver a tener ninguna relación con el agresor.

Perdonar implica cambiar. Quien recibe el daño debe elaborar su enfado y ubicar el daño desde una visión integrada de aquel que se lo ha producido, y la persona que daña debe reconocer su culpa, responsabilizarse de su comportamiento y mostrar una actitud de querer solucionar las consecuencias surgidas. En ambos casos son cambios a nivel interno, individual o intrapersonal. El perdón también supone cambios interpersonales ya que se puede modificar el tipo de relación, el nivel de compromiso, las normas de interacción y los valores. Ahora piense por favor en la última vez que dijo alguna frase parecida a alguna de estas expresiones: “lo siento, no fue mi intención”“perdón por lo que hice, no lo pensé bien” o “por favor, perdóname, no lo volveré a hacer”. Intente recordar las sensaciones que tuvo; si dar perdón es difícil, también lo es pedirlo ya que significa reconocer que somos el causante de un daño. La culpa y el remordimiento suelen ser los motores que nos llevan a pedir perdón, a afrontar el daño causado y a iniciar un proceso de cambio y reparación de la relación.

Si una persona da excusas para justificar su conducta incorrecta, culpabiliza al exterior de su comportamiento, no ve la necesidad de cambiar y no considera necesario reparar el daño se habla de falso perdón (Prieto-Ursúa y Echegoyen, 2015). La vergüenza es la emoción que se asocia con el falso perdón porque aquel que causa el daño se centra más en sí mismo que en la persona que lo ha recibido. Tanto para poder perdonar a los demás como para poder pedirlo, es importante el perdonarnos a nosotros mismos: el autoperdón supone mirarnos, reconocer nuestras cualidades, aquello que nos genera bienestar y aquello otro que nos genera malestar, reflexionar sobre nuestra responsabilidad. El autoperdón supone plantear cambios en nuestras conductas y valores e implicarnos en ellos para crecer y lograr nuestro propio respeto y aceptación.

Es momento de finalizar aunque aún queda mucho que contar sobre el perdón; me gustaría hacerlo parecido a cómo empecé. A lo largo de nuestra vida nos relacionamos con multitud de personas, algunas con roles más importantes que otras. Con todas ellas existen momentos en los que yo puedo sentirme dañada o sentir que daño al otro. Ser capaz de afrontar estas situaciones, reconociendo el impacto provocado y su importancia sin quedarme fijada a él, elaborando las emociones que me generan, reconociendo la situación en un contexto más amplio, aprendiendo empatía y comprensión hacia los demás, es un desafío que dura toda la vida. Cada uno de nosotros debe decidir en cada situación si cabe o no el perdón.

REFERENCIAS

A continuación le ofrezco algunas referencias de investigaciones científicas sobre el perdón en el ámbito de la Psicología que puede consultar si siente curiosidad por este tema. Son artículos recientes ya que el interés de los psicólogos sobre este tema también es relativamente reciente, los primeros artículos se publicaron en la última década del siglo XX:

Casullo, M. M. (2005). La capacidad para perdonar desde una perspectiva psicológica. Revista de Psicología de la PUCP, XXIII, 1.

Guzmán, M. (2010). El perdón en relaciones cercanas: conceptualización desde una perspectiva psicológica e implicancias para la práctica clínica. PSYKHE, 19, 1, 19-30.

Guzmán-González, M., Alfaro, I. y Armenta, C. (2013). Perdón y satisfacción marital: una mirada desde lo sistémico. Salud & Sociedad, 4, 3, 284-294.

García, J. (2014). Culpa, reparación y perdón: implicaciones clínicas y terapéuticas (III). Revista de Psicoterapia, 25, 99, 135-164.

López, A. F., Kadanzew, A. y Fernández, Mª. S. (2008). Los efectos psicoterapéuticos de estimular la connotación positiva en el incremento del perdón. Avances en Psicología Latinoamericana, 26 (2), 211-226.

Prieto-Ursúa, M., Carrasco, Mª. J., Cagigal, V., Gismero, E., Martínez, Mª. P. y Muñoz, I. (2012). El perdón como herramienta clínica en terapia individual y de pareja. Clínica Contemporánea, 3, 2, 121-134.

Prieto-Ursúa, M. y Echegoyen, I. (2015). ¿Perdón a uno mismo, autoaceptación o restauración intrapersonal? Cuestiones abiertas en Psicología del Perdón. Papeles del Psicólogo, 36 (3), 230237

Artículo escrito por Carmen María Hinojosa Alcobet

Como psicólogo, son muchas las ocasiones en las que amigos o conocidos me han hecho comentarios del tipo:“¿los psicólogos analizáis a la gente mientras habla?”, “ya me estás leyendo la mente, ¿verdad?”. Siempre he pensado que estas consideraciones no eran más que bromas, resultado inevitable de la imagen que se vende en televisión y películas de esta profesión; pero en otras ocasiones he sido yo quien se ha preguntado ¿qué es lo que la gente conoce realmente de la psicología? ¿Dónde acaba el mito y comienza la realidad? ¿Por qué aún las personas rehúyen ir a terapia?

Hoy, en este artículo, voy a intentar contestar a estas cuestiones con el fin de acercar esta profesión a la gente, para facilitar el conocimiento sobre cómo es un proceso terapéutico y poder desmentir, en la medida de lo posible, los tópicos falsos y los estigmas del psicólogo.

Espero de corazón que las reflexiones que siguen sirvan de ayuda para perder el miedo a la psicología, a eliminar los tabúes que existen alrededor de la misma, y animar a que la gente pueda plantearse el acudir a un psicólogo como una alternativa válida, lógica y real; sin inquietud, ni temor.

Para conseguir este propósito intentaré esclarecer qué es un psicólogoqué hacecómo lo hacecuándo lo hace y para quién lo hace; destacando el hecho de que es una labor realizada con honestidad, trabajo duro, rigor científico y muchísima ilusión por dar lo mejor de nosotros mismos.

Como soporte empírico de estas palabras realicé una pequeña encuesta entre conocidos y amigos, la cual consistió en varias preguntas acerca de las creencias sobre la psicología, el proceso terapéutico y posibles miedos a recibir terapia psicológica (aquí tenéis el enlace de dicha encuesta por si os interesa revisarla ENCUESTA).

Las respuestas, como no podían ser de otra forma, son muy variopintas pero no es menos cierto que la mayoría de ellas tienen varios denominadores comunes que son los que trataremos a continuación:

El primero de ellos, es la idea de que el psicólogo se encarga únicamente de tratar problemas mentales graves. La realidad es que el motivo para comenzar una terapia no tiene que ser, ni mucho menos, un trastorno mental grave; ni siquiera padecer un trastorno. Podemos y debemos acudir a terapia cuando algo no funciona adecuadamente en nuestra vida; este malestar o incomodidad estaría producido por una gran variedad de circunstancias.

Pueden existir problemas con nuestra pareja, en el trabajo, con amigos o familiares. Incluso podemos empezar a encontrarnos más intranquilos, preocupados o con menos vitalidad que antes. Ni es necesario decir que estos malos momentos aparecerían igualmente ante una pérdida o situación complicada; o simplemente porque queremos mejorar, seguir creciendo como personas y modificar algunos comportamientos o rasgos.

Por lo tanto, dentro del marco de la terapia psicológica se tratan problemáticas de todos los tipos; desde depresiones, problemas de ansiedad, miedos, duelos, adicciones, hasta problemas de estrés laboral, de relación con otras personas, habilidades comunicativas, asertividad… Como no puede ser de otra manera, la terapia se ajustará a la demanda en cuestión y podrá realizarse de manera individual, en pareja, en grupo o en familia.

Si lo contemplamos de esta forma, ir al psicólogo es en sí un acto de valentía —y bastante razonado— ya que si algo no funciona, nos produce malestar o simplemente queremos mejorar alguna vertiente para encontrarnos mejor, acudir a un profesional que trate esa temática parece una buena opción.

El segundo de los puntos es contemplar la terapia psicológica como un proceso pasivo donde el paciente cuenta aquellas cosas durante la sesión que le preocupan, y el psicólogo simplemente escucha. Este punto, hoy en día, sí está muy alejado de la realidad y creo esencial cambiar está concepción generalizada: el proceso terapéutico es un proceso activo, y además por ambas partes. Es cierto que el terapeuta pedirá a su paciente que le hable acerca de su problemática; o qué es lo que le ha llevado a acudir a consulta, pero la característica principal de la terapia es que consiste en una conversación donde las dos personas tienen que participar.

El tercero de los puntos se enmarca en la concepción sobre ¿qué hace en realidad un psicólogo? Un psicólogo es un profesional que se ha formado en el estudio del comportamiento humano, conoce las leyes explicativas del mismo y utiliza estos conocimientos para comprender de una manera científica, objetiva y explicativa la problemática del paciente. Un psicólogo estudia las circunstancias y variables, tanto próximas como lejanas, que la han originado; así como los factores que en la actualidad la mantienen.

El psicólogo trabaja desde una perspectiva bio-psico-social. Según este modelo los problemas no pueden explicarse únicamente atendiendo a condiciones biológicas, sociales o psicológicas, si no que cada una de estas vertientes tiene su peso en el origen y mantenimiento de estos. Nosotros nos ocuparemos de la parte más comportamental de la ecuación, actuando sobre la forma que tiene el sujeto de comportarse y percibir el mundo; una forma que, por otra parte, ha sido aprendida y por lo tanto se puede desaprender e inculcar una nueva visión. La parte más biológica es estudiada por otros profesionales, como son los psiquiatras. Es por ello que en muchas ocasiones trabajaremos conjuntamente; ya que la conducta humana no puede entenderse sin biología, pero tampoco sin psicología.

El proceso terapéutico está dividido en varias fases. En la primera de ellas, que denominamos evaluación, el psicólogo recoge toda la información necesaria para poder establecer una formulación del caso. Para ello se utilizan varias herramientas como son: la entrevista clínica, cuestionarios, tareas de registro, observación…. Posteriormente, el terapeuta devuelve la información recogida al paciente explicando cómo y por qué se ha desarrollado la problemática. Además se establecerán conjuntamente los objetivos terapéuticos y el modo de trabajo.

A continuación, pasamos a la fase de tratamiento donde psicólogo y paciente aplican conjuntamente las técnicas más adecuadas para el caso en cuestión (recordemos que todos los procedimientos aplicados en consulta han sido estudiados científicamente, conociéndose su eficacia y efectividad). Finalmente, cuando los objetivos terapéuticos se consiguen se produce el alta del paciente, con la certeza de que lo aprendido durante el proceso le servirá para afrontar problemáticas futuras.

Como cierre para este artículo me gustaría destacar que lo que he intentado transmitir es la visión del psicólogo como una herramienta eficaz, científica y validada que nos ayuda a mejorar, aprender y adaptarnos a los cambios y dificultades que la vida nos plantea a diario. Espero haber conseguido inculcar la visión de la psicología como una ayuda útil en nuestra vida y no como una fuente de miedo o vergüenza. En ocasiones pedir y aceptar ayuda es el mayor gesto de fuerza y valentía.

Nuestros miedos no detienen a la muerte, sino a la vida

Artículo escrito por Rubén Pérez Pérez.

No puedes evitar que el pájaro de la tristeza vuele sobre tu cabeza, pero sí puedes evitar que anide en tu cabellera.

"Proverbio chino"

“No llores”“venga, no estés triste”“pero tú eres fuerte”. Seguro que a lo largo de la vida nos han dicho estas mismas frases montones de veces, y nosotros se las hemos dicho a otros. Vivimos en una cultura del bienestar que aborrece todo lo que no sea la felicidad y el placer inmediato, y que incluso ha terminado por llamar negativas a todas las emociones donde no se experimente dicho placer.

Es más, no solo rechazamos nuestro propio dolor, sino que nos aterra y nos incomoda verlo en los demás, de ahí el recurrir a frases rápidas y aprendidas de memoria como las de arriba. Necesitamos que el otro deje de llorar porque no nos gusta el sufrimiento de ningún tipo, ni siquiera el empático —aunque no sea propio—, y casi sin pensarlo, como un resorte le decimos que él puede con eso y con más, a veces con la esperanza de que así pare el mal trago, a veces con la intención real de ayudar.

"¿Quizá y solo quizá se nos haya ido de las manos la buena voluntad de la Psicología Positiva?"

La Psicología Positiva nació en 1998 de la mano de Seligman, en un discurso donde reclamaba que la Psicología estaba centrada exclusivamente en la enfermedad de las personas y no en sus potencialidades, en mejorar sus vidas; fue así como poco después se instauró como una rama de la Psicología, centrada en las emociones positivas del ser humano, como la alegría, la felicidad, el optimismo, el amor o la resiliencia. Es absolutamente cierto que una mentalidad positiva actúa como factor protector frente a multitud de trastornos mentales, incluso también contra enfermedades orgánicas, reduce el estrés, aumenta la calidad de vida, la autoestima, o se tienen relaciones más satisfactorias con los otros.

Han pasado 18 años desde el surgimiento de esta corriente y podemos decir que cada día está más en auge, pero también podemos afirmar que hemos tenido los suficientes años como para ver sus efectos siempre que ha sido mal entendida. Se ha pasado de una buena idea como era mantener un estado general de optimismo para prevenir la enfermedad, a buscar única y exclusivamente la felicidad y las sensaciones placenteras.

Se huye de la tristeza y se condena a quien la siente con la incomprensión, pues no es de recibo que en nuestra sociedad más o menos avanzada, con ciertas comodidades, y teniendo “de todo”, se sufra.

Los medios nos bombardean con las sensaciones placenteras, hemos de ser atractivos, exitosos, amados, divertidos, alegres y SIEMPRE felices; pero ser feliz siempre es sencillamente imposible para una persona, y tratar de lograrlo constantemente, agotador. No es posible sentir felicidad siempre, de la misma manera que no es posible sentir siempre la misma emoción, por ejemplo el asco, porque la maravillosa complejidad del ser humano radica en nuestro cambio constante de emociones, no en seleccionar una y experimentarla sin descanso.

Como dato curioso de la influencia de los medios, hay aldeas en África donde los padres de familia se gastan el poco dinero que tienen en comprar Coca Cola a sus hijos, para que crezcan alegres y vitales como los niños de los anuncios, y aunque esto solo les traiga desnutrición y perder dientes, siguen comprándola para lograr lo prometido. Hay personas que combaten su sufrimiento comprando artículos que en el anuncio lleva gente feliz, y personas que solo adquieren productos en los que hay escritas frases positivas para no permitirse que decaiga el ánimo.

¿Pero es la tristeza tan mala?

Pues de hecho no; no es ni buena ni mala, sino que como toda emoción cumple una función necesaria. La tristeza reduce la actividad, a la vez que disminuye la atención en el mundo externo para focalizarla en el mundo interno. Esto favorece el auto-examen, la reflexión y el análisis, necesarios tras una pérdida o fracaso. Además, este parón facilita la restauración de energía después de épocas de mucho desgaste.

Otra de sus funciones es procurarnos la ayuda de los demás, ya que despierta la cercanía y la atención de los otros, o el apaciguamiento de las reacciones de agresión, que se reducen al ver a la persona triste.

Pero debido al auge de esta Psicología Positiva mal entendida, en nuestra sociedad se lucha por evitar cualquier relación con la tristeza, el dolor, el sufrimiento o el displacer en cualquiera de sus formas, hasta el punto de que el consumo de ansiolíticos no ha dejado de crecer año tras año en España a partir del año 2000. Desde que somos pequeños nos invalidan esa emoción, cada vez que nos pasa algo se nos dice “venga, que no pasa nada”, o el clásico “los niños buenos no lloran”. Claro que es conveniente enseñar a no dramatizar a los niños cuando se dan un golpe, pero es que a veces, realmente se hacen daño, y en ese momento hemos de validar su pena o su llanto. Igualmente ocurre cuando vamos creciendo y enfrentándonos a distintos grados de tristeza, como un suspenso, el primer corazón roto en la adolescencia, perder al abuelo… A menudo tratamos de demostrarles que la vida sigue igual, que el dolor no nos va a parar, y es también con nuestro propio ejemplo como de nuevo aprenden a invalidar esta emoción. Cuando sean mayores muchos se unirán al club de los adultos con problemas depresivos que no se explican cómo pueden ser tan débiles, si lo tienen todo.

Como muy sabiamente nos dejaba de moraleja la película Del revés (Inside Out, Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015) parece que es Alegría la buena, la que debe encargarse de todo, y Tristeza la que debemos relegar siempre a un segundo plano, —¡si incluso la caracterizaron como la fea de las emociones!— pero negativizarla y postergarla solo trae más problemas a la larga. La película no se resuelve hasta que cada emoción ocupa su lugar y su función, aunque me surgen dudas acerca de si los padres supieron aclarar ese mensaje a sus hijos tras acabar de verla.

Cuando no nos dejamos vivir la tristeza pueden aparecer somatizaciones como problemas estomacales o dermatológicos, caída del cabello, defensas bajas, trastornos ansiosos o, en muchos casos, depresivos. Lo curioso de estos trastornos depresivos es que a menudo surgen a largo plazo, cuando la persona ya no cree que puedan deberse al momento pasado de pérdida, y es entonces cuando se observan en consulta pacientes rotos de dolor, con una sonrisa fingida en el rostro y repitiendo frases aprendidas del tipo “no tengo derecho a quejarme”“no puedo estar triste con todo lo que tengo”“no entiendo por qué estoy así, si yo pensaba que era fuerte”.

Porque esta es la idea que aún transmitimos hoy, a amigos, a familiares y a nuestros niños: que fuerte es el que no manifiesta la tristeza y débil el que sucumbe a ella. Cuando es verdaderamente un acto de valentía en nuestra sociedad del placer saber que la tristeza es una emoción más, y dejarse vivirla cuando toca.

Artículo escrito por Laura Quemada Muñoz.

En la vida moderna occidental del siglo XXI, la competencia y la valoración personal individual y social forma parte del mecanismo de vida que intenta poner a uno por delante de los demás ante las diferentes demandas externas, sobre todo en el ámbito laboral, para conseguir determinados objetivos y recompensas, además de reconocimientos sociales que premian esa actitud competidora y competitiva: ¿Hasta qué punto uno/a se relaciona con esta afirmación? ¿Y si uno/a no cree estar “al nivel”?¿ Y si a uno/a le critican por no actuar como “debería” y se castiga por ello? En definitiva… ¿Qué significa hacer mal o hacer bien las cosas? Y lo que es más importante, ¿Existe realmente una verdad absoluta sobre como estaría hacer bien o hacer mal las cosas?

El sentimiento de culpa es una emoción y reacción subjetiva de malestar asociado a algún acontecimiento externo o interno del que una persona repara ante la percepción de equivocación ó mala actuación, sobre-responsabilizándose de las consecuencias asociadas al propio acontecimiento.

Las emociones humanas pueden separarse en dos categorías: las básicas y las sociales. Las emociones básicas son aquellas que vienen de fábrica , es decir, se desarrollan desde que nacemos, como son el miedo, la ira, la alegría, la sorpresa, la tristeza y el asco. Por otro lado existen las emociones sociales, que se aprenden a lo largo de la vida por circunstancias familiares y por la pertenencia a una determinada cultura social, cuyo proceso de aprendizaje va estrechamente vinculado a las experiencias vitales y a la significación subjetiva que se les da. Éstas necesitan del pensamiento y del análisis externo de los individuos para su correcta comprensión. Algunos ejemplos cotidianos son: el enamoramiento, celos, envidia, empatía, el sentimiento de culpa, etc.

El sentimiento de culpa es considerado una emoción que actúa en pos de la correcta inclusión del individuo en el entorno según unos cánones culturales de convivencia y adaptación, con el fin de establecer un control individual según unas normas sociales. La culpa tiene su desarrollo en la conciencia moral, es decir, aquello que implica lo que está bien y lo que está mal; Además, el proceso de aprendizaje de este sentimiento se inicia en la infancia, y se ve influido por las pautas educativas y las diferencias propias en la concepción sobre la misma ante diversas circunstancias.

¿Cuáles son los principales motivos proclives al sentimiento de culpa?

El estudio realizado en la universidad del país Vasco a manos de Itziar Etxebarria y Judith Pérez en el 2002 pone de manifiesto algunos de los acontecimientos que nos hacen sentir más culpables. Este se llevo a cabo con una muestra de 202 sujetos, entre ellos 64 adolescentes varones y 65 mujeres, y 34 varones y 39 mujeres en edad adulta. Los sujetos describían la última experiencia en la que había intervenido la culpabilidad y tres cosas que habitualmente les hacían experimentar esos sentimientos. Las conclusiones señalan que los principales motivos de culpa son: “descuido de la relación con alguien”, “implicación en alguna desgracia ajena”, “demora o descuido de los estudios o el trabajo” y “ser rudo, desagradable, frío o agresivo con alguien”. La misma investigación reveló que el 86,5% de las respuestas relativas a la culpa hacían referencia a eventos interpersonales, es decir, a la relación con otras personas.

A nivel social la culpa tiene un papel funcional de convivencia mutua entre los individuos.

¿Por qué la culpa es una emoción aprendida?

En un experimento realizado por Darren Brown para el Discovery channel, se trató de concienciar a un sujeto con características de buena persona —descritas así por sus parientes— a través de una serie de circunstancias representadas por actores reales, de que había cometido un crimen sin haberlo hecho, tratando de buscar todos los argumentos posibles que indicaran que lo había llevado a cabo con el fin de desarrollar en él el sentimiento de culpa, y que así confesara el delito.

Darren puso en marcha una serie de activadores para que la persona en cuestión se sintiera culpable siempre que este quisiera; para ello diseñó situaciones en las que se desarrollara la culpabilidad: en la primera, después de estimular diferentes sentimientos de culpa, uno de los actores apretaría su hombro ó el propio investigador emitiría el sonido de un timbre en todos los recintos del edificio en cuestión, en este caso un hotel; de esta forma, ante la presencia de esos estímulos, se aumentaría la sensación. En la segunda situación se realizarían pruebas que hicieran dudar al sujeto sobre su propia memoria y así perder la confianza que tendría sobre los sucesos acontecidos a su alrededor, para así generar más confusión sobre su capacidad de juicio.

En la tercera etapa, se implementarían diferentes motivos que justificarían una posible agresión a una persona insoportable, cuyo papel llevaría a cabo un actor —en presencia del resto de intérpretes que apoyarían su mala conducta— además de la presencia del sujeto del experimento, con el que esa persona insoportable jugaría en diversas situaciones, produciéndose la posterior confirmación por parte del resto de su comportamiento vejatorio hacia él. En la cuarta y última etapa, diversos acontecimientos como estar bajo los efectos del alcohol —supuesta forma de perder la memoria—, dormir a la intemperie, y la corroboración de andar por la casa durante la noche por actores, avalarían la conducta extraña de falta de memoria que, asociada con el sentimiento de culpabilidad, y matizada por los activadores (palmada en el hombro y timbre) conducirían a que, ante el supuesto asesinato del actor insoportable, el sujeto se viera como culpable.

El experimento resultó un éxito, finalizando con la confesión del asesinato en una comisaria ficticia cercana al lugar de los hechos.

Gracias a esta investigación se puede concluir que el sentimiento de culpabilidad no es propio de las emociones básicas humanas, sino que es aprendido, y en ese aprendizaje de la culpa están implicadas ciertas figuras cercanas que actúan como referentes en la vida, sean familiares u otras, cuya veracidad o lógica individual se puede sobreestimar por encima de la coherencia.

Las implicaciones del estudio, que avalan el aprendizaje de la culpabilidad en una persona buena y coherente, difícil de culpabilizar, y la emoción asociada a su esencia básica, el control, nos desvela que la culpa, al igual que cumple una función adaptativa y en cierta medida es necesaria para la convivencia entre los seres humanos, puede llegar a desintegrar nuestra autoestima si ésta es desproporcionada, infravalorando la necesidad de ser uno mismo/a y el uso del propio juicio ante los acontecimientos, convirtiéndola en una percepción social dependiente de las ideas y el escrutinio o valoración externa, apartándola así de su parte más propia y personal: ella misma.

Lucio Anneo Séneca. "Una persona que se siente culpable, se convierte en su propio verdugo"

Artículo escrito por Iñigo Cansado de Noriega

¿Estas cosas no pasan en las películas?”, “¿Por qué me ha tenido que pasar a mí?”, “yo no me merezco esto”… Estas son algunas de las frases que a muchas personas se les pasan por la cabeza en muchos momentos de desesperación, en aquellas ocasiones en que la vida se queda hundida, en un pozo de oscuridad donde no puede verse ni un ápice de claridad.

Cada año mueren miles de personas en todo el mundo. Según la última tasa de mortalidad recogida por el INE (Instituto Nacional de Estadística) , el pasado 2015 murieron en España alrededor de 70.000 personas, más de las que nacieron. La muerte es una transición más, es el destino que a todos nos viene impuesto, la razón de que hoy en día estemos aquí y ahora. Como dijo Mario Benedetti “Después de todo la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida”. Y esta es una autentica realidad; no puedes morir si antes no has vivido, no puedes llorar la muerte de un familiar si antes no compartiste bellos momentos en vida con él, no puedes odiar que este momento llegue si no necesitaras a esa persona tanto en tu vida. ¿Quiere decir esto entonces que debemos conciliar el hecho de morir como algo más que tiene que llegar para celebrar que esa persona ha vivido? ¿Qué ocurre con esas muertes injustas, o es que no existen muertes injustas?

Llevo mucho tiempo reflexionando acerca de esto y aún no tengo la respuesta exacta ni creo que la vaya a tener nunca. ¿Qué consideramos normal o no normal para la desaparición de un ser querido? Se supone que la muerte de un anciano es algo lógico, pues esa persona ya ha acabado su ciclo y debe abandonar este mundo; se supone que cuando se tiene una enfermedad grave que te incapacita resulta comprensible que algunos momentos desees apartarte de este mundo, e incluso que se te dé ese privilegio en determinados países, como la enfermedad de Stephen Hawking, uno de los científicos más brillantes de la historia. Este hombre padece una enfermedad —ELA (esclerosis lateral amiotrófica)— que afecta a todo su funcionamiento motor pero el cerebro permanece intacto y sin ninguna alteración. Y como él muchas personas la sufren, esta y otras enfermedades aversivas que nadie desearía para ningún conocido suyo. Gran parte de aquellos que pasan por estas circunstancias no desean seguir viviendo porque la propia vida resulta más cruel que la muerte. ¿Quién decide por su vida?, ¿Quién acepta que no se quiera seguir viviendo así? Estas preguntas muchas personas, entre las que me incluyo, nos las habremos hecho infinidad de veces y, por supuesto, lo único que se saca en claro es un gran debate que da para muchas horas y opiniones muy dispares.

Hablando con la gente de mi entorno sobre la muerte o el deseo de morir, mi valoración ha ido cambiando a lo largo de mi vida y hoy en día no tengo una opinión que sea adecuada y perfecta para defender todo esto. Por un lado se abre el gran debate de que cada uno tiene derecho a querer vivir o morir y que nadie puede decidir sobre ello excepto la persona involucrada. Y esta es una teoría que muchas veces he admitido e incluso defendido y hoy en día es muy probable que lo siga haciendo. Pero es al entrar al mundo de la psicología donde mis valores se contradicen; si empiezo a esgrimir que cada uno tiene derecho a elegir ¿por qué los psicólogos nos centramos tanto en paliar el suicidio? Muchas personas que padecen ideación suicida piensan que su vida no vale la pena, por razones como que han perdido a sus hijos, a sus parejas, les han despedido, violado y así con un sinfín de cosas; en psicología solemos decir que pueden estar padeciendo un duelo patológico, una depresión mayor o incluso un brote psicótico. En nuestra disciplina tenemos múltiples diagnósticos para explicar las patologías de la conducta, al fin y al cabo las personas que piensan en el suicidio puede ser que psicológicamente se encuentren en una situación equivalente a la de una persona que esté en silla de ruedas… la verdad que no lo sé, esto es pura suposición que me hace volver a lo mismo, no tener muy claro que posición defender.

Y este dilema que se plantea mucha gente es sólo uno más de la cantidad de problemas por los que pasan las personas, multitud de situaciones insostenibles de casos de películas. He tenido varios momentos en mi vida en los cuáles me hacía las preguntas que he mencionado en el principio de este articulo, y sin duda la que más gracia me hace hoy en día es la de ¿estás cosas no pasan sólo en las películas?, y es que estas son en el fondo representaciones de la realidad, no sólo ficción.

Con esto no quiero decir que todo lo que ocurra en las películas te va a pasar a ti, pero si que ocurre en el mundo real. Que tu hermana sea secuestrada, violada y asesinada ocurre, que tu novio se quede en silla de ruedas, ocurre, que tu madre muera, también ocurre.

Entonces, ¿debemos vivir con miedo? El miedo es una emoción adaptativa que realiza muchas funciones entre las que está la protección. No es malo que nos protejamos pero como siempre se dice, todo en su justa medida.

Este planteamiento me hace pensar en una palabra que se utiliza en psicología positiva y que cuando la descubrí me pareció brillante, resiliencia: se define como la capacidad del ser humano para recuperarse ante la vivencia de eventos traumáticos. Según numerosos estudios se observa que la resiliencia es un fenómeno común entre las personas que se enfrentan a experiencias adversas y que surge de procesos adaptativos del ser humano (Masten y Reed, 2002). Solamente pensar en esta definición ya me hace sentir un escalofrío, es decir, nosotros estamos preparados para ser resilientes y sin embargo muchos desconocemos de que se trata este fenómeno; puede ser que existan personas capaces de recuperarse de situaciones insuperables y logran salir airosos de ellas, y a lo mejor hasta desconocen el por qué. Las personas resilientes son capaces de identificar los problemas de sus vidas y evitar que se repitan en el futuro, así como de manejar sus emociones en situaciones de crisis, permaneciendo centrados en el aquí y ahora; igualmente pueden controlar sus impulsos en momentos de alta presión, piensan que las cosas pueden ir bien, tienen una visión positiva del futuro, sin dejarse llevar por la irrealidad. Ellos son los verdaderos héroes de las películas.

Ser resiliente es una virtud que todos nosotros deberíamos desarrollar, no solamente para salir airosos de situaciones inimaginables, sino para afrontar la vida de otra manera, ser capaces de luchar por lo que uno quiere y desea, ser competentes y confiar en nosotros mismos; la resiliencia proporciona una gran baza de cartas que a todos nos gustaría tener en esta partida que es la vida. Y esto es algo que si que tengo claro, de hecho lo único claro de todo el articulo, se que quiero ser resiliente y promover este fenómeno para que todos sepan de su existencia y tengan las mismas cartas que yo en el juego, pues como dijo Jorge Barudy “las adversidades cambian la dirección pero no determinan la vida”.

Artículo escrito por Noemí de la Cruz"

Un día estando en casa me encontraba revisando Facebook y, no sé por qué, comencé a leer una publicación. Podría haber sido un artículo más, pero este me hizo pensar y replantearme porqué elegí hacer esta carrera, ¿por qué psicología? pues como se suele decir, es una carrera de vocación, y en mi caso creía que no era así, ya que anteriormente no pensé en dedicarme a ello. Reflexionando acerca de ello me pareció interesante y curioso dar una explicación un poco más personal de esta ciencia… sí, es una ciencia, el problema está en que la gente sigue poniéndola en duda porque no tienen la información necesaria para poder entenderla; he de decir que a mí me pasó lo mismo. A lo largo de los años, me he dado cuenta de una cosa: a todo el mundo le fascina saber de psicología, pero pocos saben realmente en qué consiste.

En la carrera los profesores te enseñan unos criterios que tienen que seguir las terapias, los tratamientos y la rehabilitación de aquellas personas con procesos mentales dañados. Pero como suele pasar en las clases todo es teórico, que está muy bien, pero cuando realmente sabes en qué consiste esta profesión es cuando te encuentras físicamente ante una persona que se planta delante de ti, que sin conocerte de nada confía en que le ayudes a poner en orden su vida, solo así es cuando aprendes aún más a valorar la importancia que tenemos como profesionales. Leer un artículo de Gonzalo Hervás (profesor en la Universidad Complutense de Madrid) me hizo plantearme escribir este artículo sobre lo que para mí es la psicología.

Tratar con las personas, los seres humanos. Ellos, ellos son el motor de nuestras ganas de seguir luchando, de nuestro positivismo, de nuestra fuerza por seguir trabajando por y para sus ganas de vivir. Son ellos los que confían en ti, los que te cuentan sus secretos más íntimos, sus temores, sus preocupaciones; te confían cosas que nunca jamás habían contado antes ni a otro profesional, ni incluso a otra persona de su entorno más cercano. Tus oídos son privilegiados, pues tienes delante a una persona que vuelca todo lo que siente y piensa, para que tú y solo tú te beneficies de su relato. Un profesor de la universidad, llamado Jesús González Cajal —gran profesional donde los haya—, un día nos dijo “Cuando eliges a tu pareja, no te fijes solo en la apariencia física, pues con los años se deteriora. Céntrate en fijarte en el pensamiento, pues eso perdura y es lo que hace especial a las personas”. Con esto quiero decir que ellos, las personas que reclaman tu ayuda, son los que te permiten acceder a su pensamiento, a lo más íntimo que tenemos y a lo que nos caracteriza, y te hacen ser un privilegiado cuando se abren para ti.

¿Qué hacemos los psicólogos?

Nuestra labor es acompañarles en el proceso de cambio, a romper con las esposas que tenían impidiéndoles continuar su camino. Logras en ellos mejoras tales como que dejen de sufrir, que piensen en sí mismos, en sus logros y sus caídas para hacerles más fuertes, que sean capaces de valorar las cosas y las personas que tienen cerca, que no consideren la muerte como una solución de sus problemas, o que aguanten cosas imposibles. A la misma vez, les apoyas, y les haces ver la felicidad, la alegría que puedes encontrar en su día a día; que dejen a un lado esa carga que llevan consigo, la que les hace tropezar en su caminar.

Eres un privilegiado, pues puedes asistir a momentos únicos, como estar ante una persona que considera que nunca ha hecho nada malo y en tu presencia sea capaz de reconocer por primera vez que ha cometido errores, o que está dispuesto a luchar por una vida mejor. Les facilitas despejarse de muchas dudas que les han perseguido durante años e incluso toda la vida. Les acompañas para que puedan seguir adelante, y así esquivar y aprender de los baches que les pone la vida. Les propones una nueva visión de ver las cosas.

Detrás de cada persona hay una vivencia personal. Historias cuyos protagonistas han pasado calamidades, que han tenido tan mala suerte que cuando relatan sus vivencias puedes entender por qué han cometido esos actos; incluso llevándote a cuestionarte tus propias creencias. Historias que narran tragedias: hijos abusados de sus padres que luego repiten tal conducta con sus propios hijos, infancias desatendidas o sobreprotegidas, niños que demandan atención a través de conductas delictivas, muchos estilos educativos diferentes, núcleos familiares desestructurados, pasar por la pérdida de los padres a una edad muy temprana y vivir la infancia en orfanatos, niñez problemática que desemboca en abuso de sustancias o delincuencia en la adolescencia, violencia de género… Esto es similar a los puzzles, donde las piezas están todas descolocadas y hay que darles coherencia para conseguir llegar a un resultado final. Las piezas serían cada situación, pensamiento o acción que tiene la persona, y nosotros somos los que, junto a ellos, vamos dando sentido a su puzzle, para obtener una una visión global de su vida —integrando cada parte de su historia vital— que nos permita entender su forma de ser.

Hay muchas erratas en cuanto a la creencia social del trabajo que se realiza en una consulta. En nuestro lenguaje psicológico se llaman ideas irracionales acerca de nuestra profesión. ¡Qué hay mejor que un amigo psicólogo para que te aconseje o te dé una solución rápida a tus problemas!, eso es lo que piensa todo nuestro entorno, o es que nunca habéis escuchado frases tales como: “He tenido un sueño donde mataba a gente, ¿eso quiere decir que soy capaz de matar?”.

En un primer momento parece que nuestro trabajo solo es escuchar, y aplicar unos tests que nos han enseñado, pero que no sirven para nada. Que solo nos dedicamos a hablar, hablar y hablar, pero que no decimos nada. La gente nos demanda resolver los conflictos de la forma más inmediata posible, te lo exigen. Creen que sabemos todas las respuestas a las dudas que ellos plantean. Nos llegan con problemas como que no pueden dormir, que se encuentran angustiados y pretenden que les demos esa pastilla mágica para que mejoren…

Pero nuestra labor es algo más complicada que todo eso. No nos dedicamos a hablar por hablar; igual que cualquier otro profesional, cada consulta tienen su tiempo de preparación antes y después de la sesión, pues nosotros valoramos y hacemos preguntas acerca de la vida de las personas, no por ser pasante —palabra de mi tierra, cuyo significado equivale al de curiosidad— sino por tener conocimientos sobre qué vida ha llevado, en qué circunstancias se ha podido ver inmersa —pues han podido contribuir a desarrollar algún problema—, cómo se siente, etc. Nos interesa saber en qué estado se encuentra para así poder adaptarnos a su estado de ánimo.

Nos importa la persona, no lo que ha hecho, sino su mejoría, su bienestar. Además, al haber tantos mitos acerca de muchas situaciones, nuestro trabajo reside en desmontarles esas ideas, en explicarles nuevas alternativas, en hacerles ver nuevos caminos que no han considerado anteriormente, en apoyarles y sobretodo, acompañarles en una nueva etapa de cambio. Esto no es un trabajo individual: es un trabajo en conjunto, entre dos personas, para conseguir el fin último que es la felicidad. Cuando una persona mejora no solo le afecta a ella individualmente sino que también se ven afectados sus hijos, pareja, padres, amigos… y esto te hace valorar la responsabilidad tan grande que tenemos los psicólogos, pues estamos manejando la felicidad y el bienestar de mucha gente.

Sí que es cierto que aprendemos muchísimo con cada caso. Nosotros ahora estamos empezando, y la verdad cuando la gente dice “yo no creo en los psicólogos” me hierve la sangre, pues no somos una religión de la que valoras si creerte lo que defiende o no; somos una ciencia, tenemos estudios que sostienen lo que decimos y hacemos, que nuestro objetivo es ayudar a las personas a conseguir lo que ellos quieren. A lo largo de nuestra formación nos cuentan inmensidad de casos de personas que sufren, y algunos mejoran su situación y otros, sin embargo, no tienen esa suerte, pues es cuestión de un trabajo más profundo. Quede claro que no estamos hechos de piedra; somos personas y, por supuesto, hay situaciones que nos superan, y lloraremos igual que lo hacen los seres humanos, porque podremos vernos más sensibles afectivamente con esa situación. Pero he de decir que es una profesión donde la satisfacción personal que te llevas a casa es única, que tratas con seres humanos, con sus problemas y sus vivencias, y que el saber que TÚ has sido quien ha ayudado a esa vida a salir de un estado de sufrimiento, de ansiedad, de miedos, de infelicidad… ese bienestar no te lo dan todos los trabajos. Somos especiales, privilegiados de que la gente nos permita sentir esa sensación, ayudar a mejorar la vida a otra persona.

Aún quedan muchas cosas por contar, por decir, por experimentar y vivir, pero creo que incluso de los errores aprenderemos, pues no hay aprendizaje sin meteduras de pata para poder enseñarnos a nosotros mismos nuevas alternativas. Las personas que acuden a un profesional de la psicología vienen con problemas y la propia palabra lo indica, si es un problema es porque hay solución, y ahí es donde nosotros trabajamos.

Un día en sesión, me dijeron “creo que todos los psicólogos tenéis ese don, el hacernos ver a nosotros que hay más posibilidades, más alternativas. Ese positivismo, nos lo transmitís y gracias por ello”. Me quedo con eso. Gracias a la gente que acude a nosotros somos mejores profesionales pero, ante todo, nos ayudan a crecer como personas porque aprendemos mucho de cada vida que se nos cruza en nuestro camino. Incluso en los peores momentos, la gente te da una lección de cómo salir adelante.

Gracias a que existe una ciencia que se dedica a entender el comportamiento, la mente y los procesos mentales de las personas, somos capaces de valorarnos. Es por ello que agradezco a la psicología el haberme hecho darme cuenta de una cosa, como decía el anuncio de la bebida de Aquarius: El ser humano es un ser extraordinario.

Artículo escrito por Helena Koka

Desde el momento en que nos despertamos, nuestra cabeza se pone en marcha y no dejamos ni un instante de pensar en todo tipo de cosas, ya sean importantes o nimiedades; nos levantamos de la cama y ponemos el piloto automático mientras empezamos con la rutina de todas las mañanas sin detenernos a pensar como se prepara el café, como nos vestimos o nos cepillamos los dientes. El encargado de llevar a cabo estas tareas rutinarias es el inconsciente, mientras que la parte consciente está ocupada pensando dónde se dejaron las llaves del coche o si llegará tarde al trabajo.

Nuestros procesos mentales son una combinación entre los procesos conscientes y los inconscientes, interactuando de un modo dinámico. La parte inconsciente gestiona el 90% de lo que hacemos sin molestar a la parte consciente, sin prestar atención. Esta se activa para los estímulos nuevos o importantes ya que es imposible procesar todo lo que sucede a nuestro alrededor.

Se calcula que el inconsciente es capaz de absorber simultáneamente 11 millones de unidades de información mientras que conscientemente percibimos un máximo de 40 unidades; esto se traduce en que el primero procesa 200.000 veces más datos, lo que se debe a que la parte consciente de nuestro cerebro se limita únicamente al córtex cerebral, el área más superficial con aproximadamente un milímetro de espesor. No obstante, los procesos conscientes consumen la mayor parte de la energía que este utiliza. De este modo, se podría decir que el inconsciente es un filtro que selecciona la información relevante para que la procese el consciente, y obvia lo irrelevante. La estructura encargada de decidir qué es lo bastante nuevo e importante para compartir con nosotros es el tálamo. Este filtro permite que no nos saturemos con toda la cantidad de información que hay a nuestro alrededor y nos ayuda a adaptarnos a nuestro entorno. Dado que es imposible que podamos estar atentos a todo lo que percibimos, nuestro cerebro bloquea el tacto de nuestro reloj o de un collar y ni siquiera sentimos que lo llevamos puesto.

Constantemente nuestro pensamiento está dándole vueltas a cosas que sucedieron y planificando otras que tendremos que hacer, pero pocas veces nos centramos conscientemente en el presente. El inconsciente es el que se encarga de funciones en el momento actual mientras nuestra mente está divagando por el pasado o futuro. Se podría decir que nos protege del entorno en el presente y, si aparece un peligro, se encarga de focalizar la atención en este para poder reaccionar ante él.

Ante un peligro, si nuestra reacción fuera consciente usaríamos nuestro razonamiento, lo cual implicaría una mayor flexibilidad ante la situación; sin embargo, provocaría un retraso a la hora de actuar. Vivimos en el pasado, todo lo que experimentamos conscientemente ya ha sucedido aunque percibamos que lo estamos viviendo sin retraso ya que la información visual tarda al menos un tercio de segundo en ser procesada. Esta latencia de tiempo puede tener graves consecuencias a la hora de reaccionar ante un accidente de tráfico, por ejemplo. De todas maneras, ante una situación de riesgo, la primera reacción que tenemos es inconsciente: cualquier estímulo visual tarda 50 milisegundos en llegar al tálamo. Si lo percibido se categoriza como un peligro, este envía simultáneamente la información al córtex visual y a la amígdala, que es la encargada de disparar la señal de alarma y, en tan solo 150 milisegundos, nos ponemos en acción sin saber por qué. A partir de este momento, se empiezan a procesar y analizar los colores, siluetas y contrastes y se recomponen los fragmentos en una imagen significativa y consciente.

El inconsciente también tiene un importante papel a la hora de relacionarnos con los demás, más concretamente cuando conocemos a alguien por primera vez; en ese instante ya nos formamos una opinión de esta persona. Todos generalizamos, sin darnos cuenta, nuestras anteriores vivencias con los otros y nuestro cerebro es experto en clasificar los rostros y colocarlos en categorías específicas. Tan solo necesitamos 100 milisegundos de exposición a una nueva cara para juzgarla y realizar valoraciones como, por ejemplo, si esa persona es digna de confianza, competente o conflictiva; cuando se ve un rostro con los ojos juntos y la barbilla cuadrada, por lo general, se le evalúa como una persona agresiva. Aunque no tengamos la intención de juzgar, son procesos automáticos muy rápidos basados en las experiencias previas que se han registrado en el inconsciente.

Cada vivencia ha dejado una huella en nuestra memoria inconsciente. Esta base de datos influye en la toma de decisiones recuperando la información que tenemos almacenada, con lo que gran parte de las decisiones que tomamos a diario son instintivas y se basan en procesos ajenos a la lógica. Se ha demostrado que en muchas situaciones, si hay que decidir entre dos opciones, es mejor basarse en una buena razón que tener en cuenta muchas alternativas; es fácil pensar que cuantas más opciones e información tengamos para tomar una decisión, hay más posibilidades de optar por la más adecuada. Sin embargo, valorar los pros y los contras requiere invertir tiempo y recursos, resultando poco eficaz.

En esta línea, se ha comprobado que las decisiones instintivas son eficaces, a veces mucho más eficaces que las decisiones racionales. La intuición se basa en principios sencillos que ignoran la información que es más irrelevante y seleccionan una o dos buenas razones, es decir, se basa en una regla general para la toma de decisiones. En nuestra vida cotidana, en contra de la creencia popular, nos guiamos más a menudo por reglas generales que por la razón.

Es fácil caer en la creencia de que nuestra capacidad de raciocinio impera en nuestro día a día, sin embargo, cuantos más estudios e investigaciones se realizan sobre la mente humana más evidencias se tienen a favor de que nuestra parte inconsciente es la que determina nuestras acciones. Se podría decir que el inconsciente es el encargado de hacer el trabajo sucio, evitando que nuestro pensamiento se sature de información y en cierta medida nuestro ángel de la guarda, protegiéndonos de nuestro entorno mientras nosotros estamos distraídos en nuestro pensamiento consciente.

Artículo escrito por Carlos Muñoz

Cuando somos pequeños algunos cuentos nos enseñan cómo son los monstruos y cómo podemos hacerles frente. Si te encuentras una bruja malvada, no aceptes nada que te ofrezca. Si la abuelita tiene una boca muy grande, es para comerte mejor. Y si apareces en una casa de caramelo, será mejor que pases de largo de la tentación. Pero ¿qué pasa cuando nos hacemos mayores? Esos monstruos peludos que aparecían en la oscuridad de nuestras pesadillas, que se escondían debajo de la cama o dentro del armario, dejan paso a otros menos tangibles para nuestra mente: los miedos; Y esta es la reflexión que me trae hoy hasta aquí.

El día que encontré un libro infantil que se llama Yo mataré monstruos por ti me enterneció. Y no pude resistirme, tuvo que ser mío. Me hizo pensar en todas las veces en las que, normalmente mis padres, me hacían creer que todo iba a salir bien. Pero no es algo exclusivamente paternal, otros seres queridos y acompañantes han tenido palabras de consuelo en esos momentos en los que los monstruos acechaban. Y lo eché de menos; eché de menos confiar en alguien que vendrá y matará mis monstruos, porque lo que no nos cuentan es que cuando nos hacemos mayores las reglas del juego cambian.

El miedo forma parte de la condición humana. Es una respuesta adaptativa, surge de una forma innata de lo más profundo de nosotros para protegernos ante una posible amenaza. El miedo se asocia a la niñez, tiene algo de infantil; y esto me lleva a pensar que en algún momento los adultos pierden su derecho a experimentarlo: “Ya soy mayor, soy fuerte y soy valiente, no tengo que tener miedo”. Y por eso en muchos casos reconocerlo puede provocar sentimientos de vergüenza y de culpa: ya somos mayorcitos para asustarnos; y no deja de ser irónico.

Los niños están descubriendo el mundo y tienen miedo. Los adultos también se enfrentan a nuevas experiencias constantemente, y muchas veces si no lo hacen es por miedo. No dejo mi trabajo por miedo a no encontrar otro, no dejo a mi pareja por miedo a estar solo, no hago cosas que me gustan por miedo a sentir… Y estos son sólo algunos ejemplos. Parece mucho más legítimo temer a las alturas, a montar en avión o a los perros, que tener miedo a la muerte, a la soledad o al fracaso.

Ese es el momento en el que el adulto valiente decide hacer como si no lo tuviera y correr un tupido velo; como no le hace caso, el miedo se va haciendo cada vez más grande y el adulto valiente intenta disimular y disimular, hasta que llega el día que este le explota en la cara. Ya sea en forma de malestar físico — “¡Oh Dios creo que me voy a morir!”— o porque deja de hacer cosas, el miedo se apodera poco a poco de la vida de ese adulto valiente y le provoca una gran tristeza e incapacidad. Le va aislando hasta que al final sólo queda el miedo al miedo.

Llegados a este punto el adulto valiente tiene varias opciones: puede mirar al miedo a los ojos —en el caso de que los tenga—, plantarle cara y ver qué pasa; pero esta opción es complicada ya que el adulto valiente lleva demasiado tiempo haciendo como si el miedo no estuviera ahí. Otra posibilidad sería buscar alguna especie de superhéroe de cómic, que sin capa o con ella, se lo lleve de la vida del adulto valiente; pero claro, es demasiado mayor para correr a papá y a mamá con el cuento de que tiene miedo del mundo hostil. Y el adulto valiente no está nada acostumbrado a pedir ayuda. Parece que lo tiene complicado. ¿Podría haber evitado de alguna manera llegar a esta situación? Quizás sí, o quizás no. Y lo que es más importante, ¿qué puede hacer ahora?

Aceptar que tenemos miedo es un buen primer paso para poder plantarle cara; todos en mayor o menor medida tenemos miedos. Una parte importante es saber que pasarán, que no tienen por qué bloquearnos. Pero para eso tenemos que darles la mano, asumir que van a venir con nosotros durante parte de nuestro camino, y que incluso superando aquellos miedos que nos resultan conocidos no estamos libres de sufrir otros nuevos a lo largo de nuestra vida. Unas veces será una sombra y se llamará miedo a la soledad y otras veces será pequeño como una piedra, le pondremos miedo al fracaso y podremos llevarlo en el bolsillo. Y aunque no estaría mal que vinieran a matar nuestros monstruos, en realidad nosotros mismos tenemos el poder de hacerles frente; No me malinterpretes. No quiero decir que tengas que enfrentarte tú solo. Sólo te digo que no esperes que nadie venga a llevarse tus miedos, porque eso no pasará. Tú decides. Yo lo tengo claro.

Yo mataré monstruos por mí.

Artículo escrito por Irene Álvarez

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