En la vida moderna occidental del siglo XXI, la competencia y la valoración personal individual y social forma parte del mecanismo de vida que intenta poner a uno por delante de los demás ante las diferentes demandas externas, sobre todo en el ámbito laboral, para conseguir determinados objetivos y recompensas, además de reconocimientos sociales que premian esa actitud competidora y competitiva: ¿Hasta qué punto uno/a se relaciona con esta afirmación? ¿Y si uno/a no cree estar “al nivel”?¿ Y si a uno/a le critican por no actuar como “debería” y se castiga por ello? En definitiva… ¿Qué significa hacer mal o hacer bien las cosas? Y lo que es más importante, ¿Existe realmente una verdad absoluta sobre como estaría hacer bien o hacer mal las cosas?
El sentimiento de culpa es una emoción y reacción subjetiva de malestar asociado a algún acontecimiento externo o interno del que una persona repara ante la percepción de equivocación ó mala actuación, sobre-responsabilizándose de las consecuencias asociadas al propio acontecimiento.
Las emociones humanas pueden separarse en dos categorías: las básicas y las sociales. Las emociones básicas son aquellas que vienen de fábrica , es decir, se desarrollan desde que nacemos, como son el miedo, la ira, la alegría, la sorpresa, la tristeza y el asco. Por otro lado existen las emociones sociales, que se aprenden a lo largo de la vida por circunstancias familiares y por la pertenencia a una determinada cultura social, cuyo proceso de aprendizaje va estrechamente vinculado a las experiencias vitales y a la significación subjetiva que se les da. Éstas necesitan del pensamiento y del análisis externo de los individuos para su correcta comprensión. Algunos ejemplos cotidianos son: el enamoramiento, celos, envidia, empatía, el sentimiento de culpa, etc.
El sentimiento de culpa es considerado una emoción que actúa en pos de la correcta inclusión del individuo en el entorno según unos cánones culturales de convivencia y adaptación, con el fin de establecer un control individual según unas normas sociales. La culpa tiene su desarrollo en la conciencia moral, es decir, aquello que implica lo que está bien y lo que está mal; Además, el proceso de aprendizaje de este sentimiento se inicia en la infancia, y se ve influido por las pautas educativas y las diferencias propias en la concepción sobre la misma ante diversas circunstancias.
¿Cuáles son los principales motivos proclives al sentimiento de culpa?
El estudio realizado en la universidad del país Vasco a manos de Itziar Etxebarria y Judith Pérez en el 2002 pone de manifiesto algunos de los acontecimientos que nos hacen sentir más culpables. Este se llevo a cabo con una muestra de 202 sujetos, entre ellos 64 adolescentes varones y 65 mujeres, y 34 varones y 39 mujeres en edad adulta. Los sujetos describían la última experiencia en la que había intervenido la culpabilidad y tres cosas que habitualmente les hacían experimentar esos sentimientos. Las conclusiones señalan que los principales motivos de culpa son: “descuido de la relación con alguien”, “implicación en alguna desgracia ajena”, “demora o descuido de los estudios o el trabajo” y “ser rudo, desagradable, frío o agresivo con alguien”. La misma investigación reveló que el 86,5% de las respuestas relativas a la culpa hacían referencia a eventos interpersonales, es decir, a la relación con otras personas.
A nivel social la culpa tiene un papel funcional de convivencia mutua entre los individuos.
¿Por qué la culpa es una emoción aprendida?
En un experimento realizado por Darren Brown para el Discovery channel, se trató de concienciar a un sujeto con características de buena persona —descritas así por sus parientes— a través de una serie de circunstancias representadas por actores reales, de que había cometido un crimen sin haberlo hecho, tratando de buscar todos los argumentos posibles que indicaran que lo había llevado a cabo con el fin de desarrollar en él el sentimiento de culpa, y que así confesara el delito.
Darren puso en marcha una serie de activadores para que la persona en cuestión se sintiera culpable siempre que este quisiera; para ello diseñó situaciones en las que se desarrollara la culpabilidad: en la primera, después de estimular diferentes sentimientos de culpa, uno de los actores apretaría su hombro ó el propio investigador emitiría el sonido de un timbre en todos los recintos del edificio en cuestión, en este caso un hotel; de esta forma, ante la presencia de esos estímulos, se aumentaría la sensación. En la segunda situación se realizarían pruebas que hicieran dudar al sujeto sobre su propia memoria y así perder la confianza que tendría sobre los sucesos acontecidos a su alrededor, para así generar más confusión sobre su capacidad de juicio.
En la tercera etapa, se implementarían diferentes motivos que justificarían una posible agresión a una persona insoportable, cuyo papel llevaría a cabo un actor —en presencia del resto de intérpretes que apoyarían su mala conducta— además de la presencia del sujeto del experimento, con el que esa persona insoportable jugaría en diversas situaciones, produciéndose la posterior confirmación por parte del resto de su comportamiento vejatorio hacia él. En la cuarta y última etapa, diversos acontecimientos como estar bajo los efectos del alcohol —supuesta forma de perder la memoria—, dormir a la intemperie, y la corroboración de andar por la casa durante la noche por actores, avalarían la conducta extraña de falta de memoria que, asociada con el sentimiento de culpabilidad, y matizada por los activadores (palmada en el hombro y timbre) conducirían a que, ante el supuesto asesinato del actor insoportable, el sujeto se viera como culpable.
El experimento resultó un éxito, finalizando con la confesión del asesinato en una comisaria ficticia cercana al lugar de los hechos.
Gracias a esta investigación se puede concluir que el sentimiento de culpabilidad no es propio de las emociones básicas humanas, sino que es aprendido, y en ese aprendizaje de la culpa están implicadas ciertas figuras cercanas que actúan como referentes en la vida, sean familiares u otras, cuya veracidad o lógica individual se puede sobreestimar por encima de la coherencia.
Las implicaciones del estudio, que avalan el aprendizaje de la culpabilidad en una persona buena y coherente, difícil de culpabilizar, y la emoción asociada a su esencia básica, el control, nos desvela que la culpa, al igual que cumple una función adaptativa y en cierta medida es necesaria para la convivencia entre los seres humanos, puede llegar a desintegrar nuestra autoestima si ésta es desproporcionada, infravalorando la necesidad de ser uno mismo/a y el uso del propio juicio ante los acontecimientos, convirtiéndola en una percepción social dependiente de las ideas y el escrutinio o valoración externa, apartándola así de su parte más propia y personal: ella misma.
Lucio Anneo Séneca. "Una persona que se siente culpable, se convierte en su propio verdugo"
Artículo escrito por Iñigo Cansado de Noriega
¿Estas cosas no pasan en las películas?”, “¿Por qué me ha tenido que pasar a mí?”, “yo no me merezco esto”… Estas son algunas de las frases que a muchas personas se les pasan por la cabeza en muchos momentos de desesperación, en aquellas ocasiones en que la vida se queda hundida, en un pozo de oscuridad donde no puede verse ni un ápice de claridad.
Cada año mueren miles de personas en todo el mundo. Según la última tasa de mortalidad recogida por el INE (Instituto Nacional de Estadística) , el pasado 2015 murieron en España alrededor de 70.000 personas, más de las que nacieron. La muerte es una transición más, es el destino que a todos nos viene impuesto, la razón de que hoy en día estemos aquí y ahora. Como dijo Mario Benedetti “Después de todo la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida”. Y esta es una autentica realidad; no puedes morir si antes no has vivido, no puedes llorar la muerte de un familiar si antes no compartiste bellos momentos en vida con él, no puedes odiar que este momento llegue si no necesitaras a esa persona tanto en tu vida. ¿Quiere decir esto entonces que debemos conciliar el hecho de morir como algo más que tiene que llegar para celebrar que esa persona ha vivido? ¿Qué ocurre con esas muertes injustas, o es que no existen muertes injustas?
Llevo mucho tiempo reflexionando acerca de esto y aún no tengo la respuesta exacta ni creo que la vaya a tener nunca. ¿Qué consideramos normal o no normal para la desaparición de un ser querido? Se supone que la muerte de un anciano es algo lógico, pues esa persona ya ha acabado su ciclo y debe abandonar este mundo; se supone que cuando se tiene una enfermedad grave que te incapacita resulta comprensible que algunos momentos desees apartarte de este mundo, e incluso que se te dé ese privilegio en determinados países, como la enfermedad de Stephen Hawking, uno de los científicos más brillantes de la historia. Este hombre padece una enfermedad —ELA (esclerosis lateral amiotrófica)— que afecta a todo su funcionamiento motor pero el cerebro permanece intacto y sin ninguna alteración. Y como él muchas personas la sufren, esta y otras enfermedades aversivas que nadie desearía para ningún conocido suyo. Gran parte de aquellos que pasan por estas circunstancias no desean seguir viviendo porque la propia vida resulta más cruel que la muerte. ¿Quién decide por su vida?, ¿Quién acepta que no se quiera seguir viviendo así? Estas preguntas muchas personas, entre las que me incluyo, nos las habremos hecho infinidad de veces y, por supuesto, lo único que se saca en claro es un gran debate que da para muchas horas y opiniones muy dispares.
Hablando con la gente de mi entorno sobre la muerte o el deseo de morir, mi valoración ha ido cambiando a lo largo de mi vida y hoy en día no tengo una opinión que sea adecuada y perfecta para defender todo esto. Por un lado se abre el gran debate de que cada uno tiene derecho a querer vivir o morir y que nadie puede decidir sobre ello excepto la persona involucrada. Y esta es una teoría que muchas veces he admitido e incluso defendido y hoy en día es muy probable que lo siga haciendo. Pero es al entrar al mundo de la psicología donde mis valores se contradicen; si empiezo a esgrimir que cada uno tiene derecho a elegir ¿por qué los psicólogos nos centramos tanto en paliar el suicidio? Muchas personas que padecen ideación suicida piensan que su vida no vale la pena, por razones como que han perdido a sus hijos, a sus parejas, les han despedido, violado y así con un sinfín de cosas; en psicología solemos decir que pueden estar padeciendo un duelo patológico, una depresión mayor o incluso un brote psicótico. En nuestra disciplina tenemos múltiples diagnósticos para explicar las patologías de la conducta, al fin y al cabo las personas que piensan en el suicidio puede ser que psicológicamente se encuentren en una situación equivalente a la de una persona que esté en silla de ruedas… la verdad que no lo sé, esto es pura suposición que me hace volver a lo mismo, no tener muy claro que posición defender.
Y este dilema que se plantea mucha gente es sólo uno más de la cantidad de problemas por los que pasan las personas, multitud de situaciones insostenibles de casos de películas. He tenido varios momentos en mi vida en los cuáles me hacía las preguntas que he mencionado en el principio de este articulo, y sin duda la que más gracia me hace hoy en día es la de ¿estás cosas no pasan sólo en las películas?, y es que estas son en el fondo representaciones de la realidad, no sólo ficción.
Con esto no quiero decir que todo lo que ocurra en las películas te va a pasar a ti, pero si que ocurre en el mundo real. Que tu hermana sea secuestrada, violada y asesinada ocurre, que tu novio se quede en silla de ruedas, ocurre, que tu madre muera, también ocurre.
Entonces, ¿debemos vivir con miedo? El miedo es una emoción adaptativa que realiza muchas funciones entre las que está la protección. No es malo que nos protejamos pero como siempre se dice, todo en su justa medida.
Este planteamiento me hace pensar en una palabra que se utiliza en psicología positiva y que cuando la descubrí me pareció brillante, resiliencia: se define como la capacidad del ser humano para recuperarse ante la vivencia de eventos traumáticos. Según numerosos estudios se observa que la resiliencia es un fenómeno común entre las personas que se enfrentan a experiencias adversas y que surge de procesos adaptativos del ser humano (Masten y Reed, 2002). Solamente pensar en esta definición ya me hace sentir un escalofrío, es decir, nosotros estamos preparados para ser resilientes y sin embargo muchos desconocemos de que se trata este fenómeno; puede ser que existan personas capaces de recuperarse de situaciones insuperables y logran salir airosos de ellas, y a lo mejor hasta desconocen el por qué. Las personas resilientes son capaces de identificar los problemas de sus vidas y evitar que se repitan en el futuro, así como de manejar sus emociones en situaciones de crisis, permaneciendo centrados en el aquí y ahora; igualmente pueden controlar sus impulsos en momentos de alta presión, piensan que las cosas pueden ir bien, tienen una visión positiva del futuro, sin dejarse llevar por la irrealidad. Ellos son los verdaderos héroes de las películas.
Ser resiliente es una virtud que todos nosotros deberíamos desarrollar, no solamente para salir airosos de situaciones inimaginables, sino para afrontar la vida de otra manera, ser capaces de luchar por lo que uno quiere y desea, ser competentes y confiar en nosotros mismos; la resiliencia proporciona una gran baza de cartas que a todos nos gustaría tener en esta partida que es la vida. Y esto es algo que si que tengo claro, de hecho lo único claro de todo el articulo, se que quiero ser resiliente y promover este fenómeno para que todos sepan de su existencia y tengan las mismas cartas que yo en el juego, pues como dijo Jorge Barudy “las adversidades cambian la dirección pero no determinan la vida”.
Artículo escrito por Noemí de la Cruz"
Un día estando en casa me encontraba revisando Facebook y, no sé por qué, comencé a leer una publicación. Podría haber sido un artículo más, pero este me hizo pensar y replantearme porqué elegí hacer esta carrera, ¿por qué psicología? pues como se suele decir, es una carrera de vocación, y en mi caso creía que no era así, ya que anteriormente no pensé en dedicarme a ello. Reflexionando acerca de ello me pareció interesante y curioso dar una explicación un poco más personal de esta ciencia… sí, es una ciencia, el problema está en que la gente sigue poniéndola en duda porque no tienen la información necesaria para poder entenderla; he de decir que a mí me pasó lo mismo. A lo largo de los años, me he dado cuenta de una cosa: a todo el mundo le fascina saber de psicología, pero pocos saben realmente en qué consiste.
En la carrera los profesores te enseñan unos criterios que tienen que seguir las terapias, los tratamientos y la rehabilitación de aquellas personas con procesos mentales dañados. Pero como suele pasar en las clases todo es teórico, que está muy bien, pero cuando realmente sabes en qué consiste esta profesión es cuando te encuentras físicamente ante una persona que se planta delante de ti, que sin conocerte de nada confía en que le ayudes a poner en orden su vida, solo así es cuando aprendes aún más a valorar la importancia que tenemos como profesionales. Leer un artículo de Gonzalo Hervás (profesor en la Universidad Complutense de Madrid) me hizo plantearme escribir este artículo sobre lo que para mí es la psicología.
Tratar con las personas, los seres humanos. Ellos, ellos son el motor de nuestras ganas de seguir luchando, de nuestro positivismo, de nuestra fuerza por seguir trabajando por y para sus ganas de vivir. Son ellos los que confían en ti, los que te cuentan sus secretos más íntimos, sus temores, sus preocupaciones; te confían cosas que nunca jamás habían contado antes ni a otro profesional, ni incluso a otra persona de su entorno más cercano. Tus oídos son privilegiados, pues tienes delante a una persona que vuelca todo lo que siente y piensa, para que tú y solo tú te beneficies de su relato. Un profesor de la universidad, llamado Jesús González Cajal —gran profesional donde los haya—, un día nos dijo “Cuando eliges a tu pareja, no te fijes solo en la apariencia física, pues con los años se deteriora. Céntrate en fijarte en el pensamiento, pues eso perdura y es lo que hace especial a las personas”. Con esto quiero decir que ellos, las personas que reclaman tu ayuda, son los que te permiten acceder a su pensamiento, a lo más íntimo que tenemos y a lo que nos caracteriza, y te hacen ser un privilegiado cuando se abren para ti.
¿Qué hacemos los psicólogos?
Nuestra labor es acompañarles en el proceso de cambio, a romper con las esposas que tenían impidiéndoles continuar su camino. Logras en ellos mejoras tales como que dejen de sufrir, que piensen en sí mismos, en sus logros y sus caídas para hacerles más fuertes, que sean capaces de valorar las cosas y las personas que tienen cerca, que no consideren la muerte como una solución de sus problemas, o que aguanten cosas imposibles. A la misma vez, les apoyas, y les haces ver la felicidad, la alegría que puedes encontrar en su día a día; que dejen a un lado esa carga que llevan consigo, la que les hace tropezar en su caminar.
Eres un privilegiado, pues puedes asistir a momentos únicos, como estar ante una persona que considera que nunca ha hecho nada malo y en tu presencia sea capaz de reconocer por primera vez que ha cometido errores, o que está dispuesto a luchar por una vida mejor. Les facilitas despejarse de muchas dudas que les han perseguido durante años e incluso toda la vida. Les acompañas para que puedan seguir adelante, y así esquivar y aprender de los baches que les pone la vida. Les propones una nueva visión de ver las cosas.
Detrás de cada persona hay una vivencia personal. Historias cuyos protagonistas han pasado calamidades, que han tenido tan mala suerte que cuando relatan sus vivencias puedes entender por qué han cometido esos actos; incluso llevándote a cuestionarte tus propias creencias. Historias que narran tragedias: hijos abusados de sus padres que luego repiten tal conducta con sus propios hijos, infancias desatendidas o sobreprotegidas, niños que demandan atención a través de conductas delictivas, muchos estilos educativos diferentes, núcleos familiares desestructurados, pasar por la pérdida de los padres a una edad muy temprana y vivir la infancia en orfanatos, niñez problemática que desemboca en abuso de sustancias o delincuencia en la adolescencia, violencia de género… Esto es similar a los puzzles, donde las piezas están todas descolocadas y hay que darles coherencia para conseguir llegar a un resultado final. Las piezas serían cada situación, pensamiento o acción que tiene la persona, y nosotros somos los que, junto a ellos, vamos dando sentido a su puzzle, para obtener una una visión global de su vida —integrando cada parte de su historia vital— que nos permita entender su forma de ser.
Hay muchas erratas en cuanto a la creencia social del trabajo que se realiza en una consulta. En nuestro lenguaje psicológico se llaman ideas irracionales acerca de nuestra profesión. ¡Qué hay mejor que un amigo psicólogo para que te aconseje o te dé una solución rápida a tus problemas!, eso es lo que piensa todo nuestro entorno, o es que nunca habéis escuchado frases tales como: “He tenido un sueño donde mataba a gente, ¿eso quiere decir que soy capaz de matar?”.
En un primer momento parece que nuestro trabajo solo es escuchar, y aplicar unos tests que nos han enseñado, pero que no sirven para nada. Que solo nos dedicamos a hablar, hablar y hablar, pero que no decimos nada. La gente nos demanda resolver los conflictos de la forma más inmediata posible, te lo exigen. Creen que sabemos todas las respuestas a las dudas que ellos plantean. Nos llegan con problemas como que no pueden dormir, que se encuentran angustiados y pretenden que les demos esa pastilla mágica para que mejoren…
Pero nuestra labor es algo más complicada que todo eso. No nos dedicamos a hablar por hablar; igual que cualquier otro profesional, cada consulta tienen su tiempo de preparación antes y después de la sesión, pues nosotros valoramos y hacemos preguntas acerca de la vida de las personas, no por ser pasante —palabra de mi tierra, cuyo significado equivale al de curiosidad— sino por tener conocimientos sobre qué vida ha llevado, en qué circunstancias se ha podido ver inmersa —pues han podido contribuir a desarrollar algún problema—, cómo se siente, etc. Nos interesa saber en qué estado se encuentra para así poder adaptarnos a su estado de ánimo.
Nos importa la persona, no lo que ha hecho, sino su mejoría, su bienestar. Además, al haber tantos mitos acerca de muchas situaciones, nuestro trabajo reside en desmontarles esas ideas, en explicarles nuevas alternativas, en hacerles ver nuevos caminos que no han considerado anteriormente, en apoyarles y sobretodo, acompañarles en una nueva etapa de cambio. Esto no es un trabajo individual: es un trabajo en conjunto, entre dos personas, para conseguir el fin último que es la felicidad. Cuando una persona mejora no solo le afecta a ella individualmente sino que también se ven afectados sus hijos, pareja, padres, amigos… y esto te hace valorar la responsabilidad tan grande que tenemos los psicólogos, pues estamos manejando la felicidad y el bienestar de mucha gente.
Sí que es cierto que aprendemos muchísimo con cada caso. Nosotros ahora estamos empezando, y la verdad cuando la gente dice “yo no creo en los psicólogos” me hierve la sangre, pues no somos una religión de la que valoras si creerte lo que defiende o no; somos una ciencia, tenemos estudios que sostienen lo que decimos y hacemos, que nuestro objetivo es ayudar a las personas a conseguir lo que ellos quieren. A lo largo de nuestra formación nos cuentan inmensidad de casos de personas que sufren, y algunos mejoran su situación y otros, sin embargo, no tienen esa suerte, pues es cuestión de un trabajo más profundo. Quede claro que no estamos hechos de piedra; somos personas y, por supuesto, hay situaciones que nos superan, y lloraremos igual que lo hacen los seres humanos, porque podremos vernos más sensibles afectivamente con esa situación. Pero he de decir que es una profesión donde la satisfacción personal que te llevas a casa es única, que tratas con seres humanos, con sus problemas y sus vivencias, y que el saber que TÚ has sido quien ha ayudado a esa vida a salir de un estado de sufrimiento, de ansiedad, de miedos, de infelicidad… ese bienestar no te lo dan todos los trabajos. Somos especiales, privilegiados de que la gente nos permita sentir esa sensación, ayudar a mejorar la vida a otra persona.
Aún quedan muchas cosas por contar, por decir, por experimentar y vivir, pero creo que incluso de los errores aprenderemos, pues no hay aprendizaje sin meteduras de pata para poder enseñarnos a nosotros mismos nuevas alternativas. Las personas que acuden a un profesional de la psicología vienen con problemas y la propia palabra lo indica, si es un problema es porque hay solución, y ahí es donde nosotros trabajamos.
Un día en sesión, me dijeron “creo que todos los psicólogos tenéis ese don, el hacernos ver a nosotros que hay más posibilidades, más alternativas. Ese positivismo, nos lo transmitís y gracias por ello”. Me quedo con eso. Gracias a la gente que acude a nosotros somos mejores profesionales pero, ante todo, nos ayudan a crecer como personas porque aprendemos mucho de cada vida que se nos cruza en nuestro camino. Incluso en los peores momentos, la gente te da una lección de cómo salir adelante.
Gracias a que existe una ciencia que se dedica a entender el comportamiento, la mente y los procesos mentales de las personas, somos capaces de valorarnos. Es por ello que agradezco a la psicología el haberme hecho darme cuenta de una cosa, como decía el anuncio de la bebida de Aquarius: El ser humano es un ser extraordinario.
Artículo escrito por Helena Koka
Desde el momento en que nos despertamos, nuestra cabeza se pone en marcha y no dejamos ni un instante de pensar en todo tipo de cosas, ya sean importantes o nimiedades; nos levantamos de la cama y ponemos el piloto automático mientras empezamos con la rutina de todas las mañanas sin detenernos a pensar como se prepara el café, como nos vestimos o nos cepillamos los dientes. El encargado de llevar a cabo estas tareas rutinarias es el inconsciente, mientras que la parte consciente está ocupada pensando dónde se dejaron las llaves del coche o si llegará tarde al trabajo.
Nuestros procesos mentales son una combinación entre los procesos conscientes y los inconscientes, interactuando de un modo dinámico. La parte inconsciente gestiona el 90% de lo que hacemos sin molestar a la parte consciente, sin prestar atención. Esta se activa para los estímulos nuevos o importantes ya que es imposible procesar todo lo que sucede a nuestro alrededor.
Se calcula que el inconsciente es capaz de absorber simultáneamente 11 millones de unidades de información mientras que conscientemente percibimos un máximo de 40 unidades; esto se traduce en que el primero procesa 200.000 veces más datos, lo que se debe a que la parte consciente de nuestro cerebro se limita únicamente al córtex cerebral, el área más superficial con aproximadamente un milímetro de espesor. No obstante, los procesos conscientes consumen la mayor parte de la energía que este utiliza. De este modo, se podría decir que el inconsciente es un filtro que selecciona la información relevante para que la procese el consciente, y obvia lo irrelevante. La estructura encargada de decidir qué es lo bastante nuevo e importante para compartir con nosotros es el tálamo. Este filtro permite que no nos saturemos con toda la cantidad de información que hay a nuestro alrededor y nos ayuda a adaptarnos a nuestro entorno. Dado que es imposible que podamos estar atentos a todo lo que percibimos, nuestro cerebro bloquea el tacto de nuestro reloj o de un collar y ni siquiera sentimos que lo llevamos puesto.
Constantemente nuestro pensamiento está dándole vueltas a cosas que sucedieron y planificando otras que tendremos que hacer, pero pocas veces nos centramos conscientemente en el presente. El inconsciente es el que se encarga de funciones en el momento actual mientras nuestra mente está divagando por el pasado o futuro. Se podría decir que nos protege del entorno en el presente y, si aparece un peligro, se encarga de focalizar la atención en este para poder reaccionar ante él.
Ante un peligro, si nuestra reacción fuera consciente usaríamos nuestro razonamiento, lo cual implicaría una mayor flexibilidad ante la situación; sin embargo, provocaría un retraso a la hora de actuar. Vivimos en el pasado, todo lo que experimentamos conscientemente ya ha sucedido aunque percibamos que lo estamos viviendo sin retraso ya que la información visual tarda al menos un tercio de segundo en ser procesada. Esta latencia de tiempo puede tener graves consecuencias a la hora de reaccionar ante un accidente de tráfico, por ejemplo. De todas maneras, ante una situación de riesgo, la primera reacción que tenemos es inconsciente: cualquier estímulo visual tarda 50 milisegundos en llegar al tálamo. Si lo percibido se categoriza como un peligro, este envía simultáneamente la información al córtex visual y a la amígdala, que es la encargada de disparar la señal de alarma y, en tan solo 150 milisegundos, nos ponemos en acción sin saber por qué. A partir de este momento, se empiezan a procesar y analizar los colores, siluetas y contrastes y se recomponen los fragmentos en una imagen significativa y consciente.
El inconsciente también tiene un importante papel a la hora de relacionarnos con los demás, más concretamente cuando conocemos a alguien por primera vez; en ese instante ya nos formamos una opinión de esta persona. Todos generalizamos, sin darnos cuenta, nuestras anteriores vivencias con los otros y nuestro cerebro es experto en clasificar los rostros y colocarlos en categorías específicas. Tan solo necesitamos 100 milisegundos de exposición a una nueva cara para juzgarla y realizar valoraciones como, por ejemplo, si esa persona es digna de confianza, competente o conflictiva; cuando se ve un rostro con los ojos juntos y la barbilla cuadrada, por lo general, se le evalúa como una persona agresiva. Aunque no tengamos la intención de juzgar, son procesos automáticos muy rápidos basados en las experiencias previas que se han registrado en el inconsciente.
Cada vivencia ha dejado una huella en nuestra memoria inconsciente. Esta base de datos influye en la toma de decisiones recuperando la información que tenemos almacenada, con lo que gran parte de las decisiones que tomamos a diario son instintivas y se basan en procesos ajenos a la lógica. Se ha demostrado que en muchas situaciones, si hay que decidir entre dos opciones, es mejor basarse en una buena razón que tener en cuenta muchas alternativas; es fácil pensar que cuantas más opciones e información tengamos para tomar una decisión, hay más posibilidades de optar por la más adecuada. Sin embargo, valorar los pros y los contras requiere invertir tiempo y recursos, resultando poco eficaz.
En esta línea, se ha comprobado que las decisiones instintivas son eficaces, a veces mucho más eficaces que las decisiones racionales. La intuición se basa en principios sencillos que ignoran la información que es más irrelevante y seleccionan una o dos buenas razones, es decir, se basa en una regla general para la toma de decisiones. En nuestra vida cotidana, en contra de la creencia popular, nos guiamos más a menudo por reglas generales que por la razón.
Es fácil caer en la creencia de que nuestra capacidad de raciocinio impera en nuestro día a día, sin embargo, cuantos más estudios e investigaciones se realizan sobre la mente humana más evidencias se tienen a favor de que nuestra parte inconsciente es la que determina nuestras acciones. Se podría decir que el inconsciente es el encargado de hacer el trabajo sucio, evitando que nuestro pensamiento se sature de información y en cierta medida nuestro ángel de la guarda, protegiéndonos de nuestro entorno mientras nosotros estamos distraídos en nuestro pensamiento consciente.
Artículo escrito por Carlos Muñoz
Cuando somos pequeños algunos cuentos nos enseñan cómo son los monstruos y cómo podemos hacerles frente. Si te encuentras una bruja malvada, no aceptes nada que te ofrezca. Si la abuelita tiene una boca muy grande, es para comerte mejor. Y si apareces en una casa de caramelo, será mejor que pases de largo de la tentación. Pero ¿qué pasa cuando nos hacemos mayores? Esos monstruos peludos que aparecían en la oscuridad de nuestras pesadillas, que se escondían debajo de la cama o dentro del armario, dejan paso a otros menos tangibles para nuestra mente: los miedos; Y esta es la reflexión que me trae hoy hasta aquí.
El día que encontré un libro infantil que se llama Yo mataré monstruos por ti me enterneció. Y no pude resistirme, tuvo que ser mío. Me hizo pensar en todas las veces en las que, normalmente mis padres, me hacían creer que todo iba a salir bien. Pero no es algo exclusivamente paternal, otros seres queridos y acompañantes han tenido palabras de consuelo en esos momentos en los que los monstruos acechaban. Y lo eché de menos; eché de menos confiar en alguien que vendrá y matará mis monstruos, porque lo que no nos cuentan es que cuando nos hacemos mayores las reglas del juego cambian.
El miedo forma parte de la condición humana. Es una respuesta adaptativa, surge de una forma innata de lo más profundo de nosotros para protegernos ante una posible amenaza. El miedo se asocia a la niñez, tiene algo de infantil; y esto me lleva a pensar que en algún momento los adultos pierden su derecho a experimentarlo: “Ya soy mayor, soy fuerte y soy valiente, no tengo que tener miedo”. Y por eso en muchos casos reconocerlo puede provocar sentimientos de vergüenza y de culpa: ya somos mayorcitos para asustarnos; y no deja de ser irónico.
Los niños están descubriendo el mundo y tienen miedo. Los adultos también se enfrentan a nuevas experiencias constantemente, y muchas veces si no lo hacen es por miedo. No dejo mi trabajo por miedo a no encontrar otro, no dejo a mi pareja por miedo a estar solo, no hago cosas que me gustan por miedo a sentir… Y estos son sólo algunos ejemplos. Parece mucho más legítimo temer a las alturas, a montar en avión o a los perros, que tener miedo a la muerte, a la soledad o al fracaso.
Ese es el momento en el que el adulto valiente decide hacer como si no lo tuviera y correr un tupido velo; como no le hace caso, el miedo se va haciendo cada vez más grande y el adulto valiente intenta disimular y disimular, hasta que llega el día que este le explota en la cara. Ya sea en forma de malestar físico — “¡Oh Dios creo que me voy a morir!”— o porque deja de hacer cosas, el miedo se apodera poco a poco de la vida de ese adulto valiente y le provoca una gran tristeza e incapacidad. Le va aislando hasta que al final sólo queda el miedo al miedo.
Llegados a este punto el adulto valiente tiene varias opciones: puede mirar al miedo a los ojos —en el caso de que los tenga—, plantarle cara y ver qué pasa; pero esta opción es complicada ya que el adulto valiente lleva demasiado tiempo haciendo como si el miedo no estuviera ahí. Otra posibilidad sería buscar alguna especie de superhéroe de cómic, que sin capa o con ella, se lo lleve de la vida del adulto valiente; pero claro, es demasiado mayor para correr a papá y a mamá con el cuento de que tiene miedo del mundo hostil. Y el adulto valiente no está nada acostumbrado a pedir ayuda. Parece que lo tiene complicado. ¿Podría haber evitado de alguna manera llegar a esta situación? Quizás sí, o quizás no. Y lo que es más importante, ¿qué puede hacer ahora?
Aceptar que tenemos miedo es un buen primer paso para poder plantarle cara; todos en mayor o menor medida tenemos miedos. Una parte importante es saber que pasarán, que no tienen por qué bloquearnos. Pero para eso tenemos que darles la mano, asumir que van a venir con nosotros durante parte de nuestro camino, y que incluso superando aquellos miedos que nos resultan conocidos no estamos libres de sufrir otros nuevos a lo largo de nuestra vida. Unas veces será una sombra y se llamará miedo a la soledad y otras veces será pequeño como una piedra, le pondremos miedo al fracaso y podremos llevarlo en el bolsillo. Y aunque no estaría mal que vinieran a matar nuestros monstruos, en realidad nosotros mismos tenemos el poder de hacerles frente; No me malinterpretes. No quiero decir que tengas que enfrentarte tú solo. Sólo te digo que no esperes que nadie venga a llevarse tus miedos, porque eso no pasará. Tú decides. Yo lo tengo claro.
Yo mataré monstruos por mí.
Artículo escrito por Irene Álvarez
Mi pareja esta de mal humor gritando enfadada de mala manera, “¿será que habré hecho algo mal? ¿O puede que simplemente haya llegado a casa cansada o enfadada del trabajo y no tenga nada que ver conmigo?”.
“Este fin de semana ha sido un desastre, no he estudiado lo que tenía pensado y encima no he salido de casa creyendo que en algún momento estudiaría”.
¿Identificáis esta emoción? En efecto es la culpa.
La culpa está más presente de lo que creemos en nuestro día a día; esa emoción incomoda y compleja que se dispara ante situaciones de lo más inusuales y desacertadas que hace verse a uno mismo como imperfecto y causante de los problemas de alrededor. Aparece por un evento no resuelto del pasado, genera conflictos internos y se comporta de manera autodestructiva.
La culpa se define como la responsabilidad que recae sobre alguien por haber cometido un acto incorrecto; un afecto doloroso que surge de la creencia o sensación de haber traspasado las normas éticas personales o sociales especialmente si se ha perjudicado a alguien.
A menudo el sentirnos culpables nos lleva a acudir al psicólogo. Nos encontramos mal con nosotros mismos y no podemos dejar de darle vueltas a hechos pasados, viéndonos como responsables únicos de los mismos. Nos empeñamos en autoculparnos de lo que no tenemos responsabilidad alguna, en muchos casos, y asumimos que debimos hacer algo que no hicimos en el pasado.
Como toda emoción tiene su parte adaptativa y es que resulta necesaria para la correcta adecuación a nuestro entorno: la utilidad de la culpa reside en hacernos conscientes de qué hemos hecho mal y así poder compensarlo, además de ayudarnos a respetar las normas y a no perjudicar a los demás. Por ello funciona como un castigo cuando cometemos un error.
Características positivas de la culpa:
- Los demás se apiadan de nosotros pues produce pena.
- Nos hace conseguir lo que queremos de nuestro entorno.
- Evitamos enfrentarnos al problema.
- Conseguimos manipular a la otra persona haciéndole sentirse culpable: “Si me tuvieras algo de aprecio, vendrías a cenar conmigo”.
- Nos sirve para darnos cuenta de que actuamos mal.
- Nos permite analizar y corregir nuestra conducta para tener la oportunidad de cambio en un futuro.
- Nos ayuda a sentirnos menos “malos”, porque si realmente lo fuéramos no sentiríamos culpa.
Sin embargo esta emoción aparece en situaciones que no son las más útiles, ¿Por qué debo sentirme culpable cuando se ha muerto un familiar cercano hace escasas semanas y me encuentro feliz por otro tema? ¿Por qué aparece la culpa cuando he salido de fiesta y al día siguiente me encuentro mal?
No existe en estos ejemplos ninguna falta objetiva cometida que justifique este sentimiento. Este tipo de culpabilidad puede ser destructiva y desadaptativa.
Cuando el mecanismo de la culpa no funciona de manera correcta puede estar presente en procesos patológicos como la depresión o el perfeccionismo. Esta emoción además tiene repercusiones a nivel de baja autoestima —pues asumimos que todo es problema nuestro—, estando relacionada con la experimentación de ansiedad.
Características negativas de la culpa:
- Nos lleva a rumiar sobre lo que estuvo mal
- La utilizamos para criticarnos
- Nos demostramos que no valemos
- Nos paraliza y nos impide actuar
- No nos ayuda a resolver el problema
- No aprendemos las lecciones del pasado
- Aparece a modo de penitencia contra nosotros mismos
- No nos permite vivir a gusto
Aprendemos a sentirnos de esta manera, encerrándonos en un círculo vicioso del que es complicado salir. La culpa implica encontrarnos indefensos ante el acto incorrecto cometido sin posibilidad de manejarlo, por lo que la responsabilidad recae sobre nosotros y no somos nosotros los que tenemos control sobre el acontecimiento.
Es interesante reformular la culpa sufrida desde la toma de responsabilidad de nuestros actos y reorientarnos hacia aquellos acontecimientos sobre los que tenemos implicación directa, así como capacidad de manejo, para conseguir tomar conciencia del problema y solucionarlo.
Un ejercicio que solemos hacer los psicólogos con nuestros clientes es el llamado ejercicio de reatribución de rehm; este consiste en hacer atribuciones más ajustadas a la realidad. Se tienen en cuenta aquellos sucesos relevantes de las dos últimas semanas, y se evalúa con porcentajes el grado de responsabilidad que se haya podido tener en cada uno de ellos, además de si otras personas, la casualidad o el azar pueden haber intervenido de alguna manera.
Siguiendo estos principios, cuando te sientas culpable, en lugar de regañarte, atacarte o calificarte negativamente oriéntate hacia tu conducta:
- Analiza qué fue lo que hiciste o dejaste de hacer
- Piensa si estas juzgándote con ideas o valores de otras personas o de otros tiempos
- ¿Cuáles eran mis opciones y por qué elegí actuar así?
- ¿Lo podía haber evitado, sin causar problemas mayores?
- ¿Cuáles fueron las circunstancias que influyeron en mí conducta?
Estas preguntas nos ayudarán a comprender el porqué de nuestras acciones y centrarnos en nuestra conducta para aprender a no volver a actuar de la misma manera la próxima vez que ocurra algo parecido.
Si no quieres sentirte culpable, no tienes porque hacerlo. Tú eres el que maneja esta emoción y el que puede conseguir que la conducta, sentimientos y pensamientos se modifiquen para poder aceptarnos tal cual somos.
¡Aflojemos con nosotros mismos! Basta ya de darse caña que no todos los errores que suceden a nuestro alrededor son nuestra culpa. Vale ya de utilizarla como mecanismo para criticarnos, machacarnos y fustigarnos y tomemos conciencia y responsabilidad sobre el problema ocurrido.
Así pues, derivemos el sentimiento de culpa en aprender a perdonarse a uno mismo y hacerse responsable del error cometido, enfocándonos en la solución y no en buscar culpables.
Artículo escrito por Javier Verde.
Me dispongo a escribir este artículo y me encuentro en el salón de mi piso, frente al ordenador, con música tranquila que incita a la melancolía. Estoy solo, mis compañeros están en sus aislados cuartos. Me pongo a pensar en el día de hoy y me doy cuenta que me he despertado, he comido y he patinado solo. Esto me lleva a pensar que el tema del que te voy a hablar tiene sentido.
Lo primero que quiero decirte es que probablemente estés en una situación parecida a la mía. Leyendo el móvil, la tablet o el ordenador en tu casa, la oficina o el metro. No importa dónde estés ni quién haya a tu alrededor, lo que me importa es que tú y yo ahora mismo nos encontramos en la misma situación. Solos. Sabes de lo que te hablo, lo has sentido antes y ahora estás conectando con ello; sabes que no importa que haya personas a tu alrededor o incluso que estés hablando con ellas, ese sentimiento es tuyo e independiente de lo que te rodea.
Te iba a explicar qué es la soledad, pero lo mejor para entenderla es sentirla, así que ya está el trabajo hecho. Sólo te diré que me voy a centrar en esa carencia de compañía, ese pesar, esa melancolía, ese sentirte único, desprotegido y sin compañía real. Ese lugar en el que te falta algo.
Ahora que sabes de qué te hablo, te preguntarás —como en otras ocasiones lo has hecho— por qué aparece, y la razón es que todo lo que sentimos es útil y tiene su función, es por ello que emerge la soledad al igual que lo hacen muchas otras emociones.
El encontrarnos en este estado, a veces nos da tiempo para la reflexión y estar con uno mismo, y otras nos conecta con la tristeza y el dolor. A todos nos cuesta estar en ella y tendemos a huir y evitarla por la moderna fobia al dolor que parece que todos padecemos; sin embargo, la tristeza es la emoción que nos hace buscar al otro para que nos apoye, posibilitando que los demás se acerquen a nosotros para consolarnos: es la fórmula natural para acabar con la soledad, pero parece que en nuestra sociedad esto no encaja mucho. Me refiero al punto de recibir cuidados o dejar que nos cuiden. Ni la gente de nuestro alrededor ni nosotros mismos estamos con disposición a hacerlo.
Pero, ¿sabes qué? no es culpa tuya ni de la sociedad. La sociedad la forman personas como tú, y al igual que tú, todas ellas se encuentran sujetas y condicionadas por algo: la cultura.
De echarle la culpa a alguien o algo, se la echaríamos a esta. Para que no parezca una locura que se me acaba de ocurrir, te voy a contar por qué es la responsable: Bond nos dice que “la cultura es un sistema compartido de creencias, valores y expectativas para satisfacer necesidades básicas que define la forma en la que nos relacionamos con los demás.”
Y este punto es el que nos importa, el modo de relacionarnos.
A lo largo de la historia, la cultura hace que la sociedad siga adelante por el sentimiento de pertenencia que genera; aunque hay tendencias generales, cada país tiene su propia cultura. Yo me voy a centrar en la del país en el que vivimos, España, que es la que nos afecta directamente.
Llegados a este punto, te diré que estás sumergido en una cultura individualista; si no te habías dado cuenta, te diré por qué: se fomenta y recompensa el éxito individual, la autonomía, la competición, se acepta la desigualdad y se prima la independencia de la persona frente a los grupos. Estas características hacen que los integrantes de esta modalidad cultural estén menos unidos y miren más por sí mismos y sus familias, ¿Te suena?
A efectos prácticos, te das cuenta que vives en una cultura individualista cuando entras en un autobús cualquiera de Madrid y ves una fila de gente, hasta el final del pasillo, con la compañía de un asiento vacío y un móvil.
Después de esto, podemos afirmar que soledad e individualismo no casan bien. Si pretendemos salir de esta y para ello necesitamos al otro, pero la sociedad nos ha criado en el seno del egocentrismo y la fobia a enlazarnos con el otro, ¿qué hacemos?
Lo que nos queda es resignarnos y sentirnos solos estando rodeados de mucha gente, encontrando cierto alivio momentáneo en la pareja, los amigos o la familia, olvidarnos del resto de personas que nos rodean. Es como estar deshidratado en medio del mar.
Sin embargo, ¿queremos estar rodeados de agua y no poder beber de ella?
Quizá deberíamos fijarnos más en algunos aspectos de las culturas colectivistas de otros países en los que se otorga mayor importancia a la relación con los demás, dándose una comunicación y contacto más profundo.
En cierto modo llevamos el colectivismo improntado, somos seres gregarios, tendemos a buscar el encuentro con otros, por ello nos reunimos constantemente y usamos todo tipo de redes sociales en busca de contacto.
La ilusión que nos queda en la sociedad moderna es un simple aparato que llevamos siempre con nosotros, un invento que nos acerca y nos aleja a partes iguales de las personas. Nos hemos creado una fantasía virtual en la que nos acercamos a otros pero con la distancia que proporciona internet; parece que nuestro deseo es buscar a los demás, pero en la vida real, sin distancia alguna, no nos permitimos dicho contacto.
Te voy a poner un ejemplo. En el documental de Vice La industria japonesa del amor se explica que en Japón se han reducido los contactos de un modo tan exagerado que la natalidad se ha visto radicalmente afectada, por lo que se han creado figuras como falsas novias o amigos a los que pagas para que te den lo que necesites. Es un país que se está muriendo.
De momento, en España seguimos teniendo contacto con amigos, familia y pareja. Sin embargo, ¿estamos tomando el camino que siguió Japón? ¿Hay alguna alternativa? ¿Qué podemos hacer si toda la sociedad sigue el mismo patrón y estamos dentro de él?
No sé tú, pero yo voy a empezar a endulzar el agua y beber de ella,
¿Qué vas a hacer tú?
La locura individual es inmune a todas las consecuencias de la locura colectiva.
Artículo escrito por Jose Antonio Bueno
Quizás estés leyendo este artículo para conocer las claves del éxito, que están tan en boga hoy en día. Son muchos los escritos que nos bombardean con pautas de comportamiento para obtener el máximo rendimiento de nosotros mismos, la mayoría enfocados al mundo laboral.
Desde pequeños nos asedian con tareas y deberes con el objetivo de llegar a ser los más preparados y poder así optar al puesto de trabajo deseado. Aunque esto está cambiando, la sociedad en la que vivimos aún sigue otorgando los primeros puestos a las asignaturas clásicas: matemáticas y lengua. Nos desarrollamos en una atmosfera de presión, crecemos en un clima de competitividad, intentamos sacar el máximo rendimiento siempre de nosotros mismos, nos lo exigen en el colegio y en casa… pero haciendo tanto hincapié en eso ¿No nos estaremos perdiendo algo?
A lo largo de mi vida recuerdo que cuando en algunas ocasiones me costaba aprobar una asignatura mi profesora me decía: “Sí no apruebas es porque no quieres porque la capacidad la tienes, eres inteligente”; parecía que poseía un tesoro, el tesoro de la inteligencia: ¿Inteligente? ¿Qué es la inteligencia? Yo concedí una gran importancia al intelecto, y al poder llegar donde quisiera durante bastante tiempo, hasta que esto cambió.
Todo comenzó el día que empecé a trabajar con ellos; mi función era realizar evaluaciones psicológicas a personas con discapacidad intelectual. La teoría afirma que “La discapacidad intelectual se caracteriza por limitaciones significativas tanto en el funcionamiento intelectual como en las habilidades adaptativas conceptuales, sociales y prácticas, apareciendo siempre antes de los 18 años”.
Como nunca había trabajado con esta población los días anteriores a mi primer día me puse a profundizar más sobre el tema. A este respecto, me gustaría compartir con vosotros estos conceptos para adentrarnos en el entorno relacionado con el Síndrome de Down.
Todas las células del cuerpo humano tienen 23 pares de cromosomas, sumando un total de 46. Las personas con Síndrome de Down presentan un cromosoma de más en el par 21 dando lugar a 47 cromosomas en total.
Existen tres tipos de alteraciones cromosómicas:
- Trisomía libre del 21: En estos casos, la alteración genética (la no-disyunción cromosómica o aportación de 47 en vez de 46 cromosomas) tiene lugar al inicio del proceso de la reproducción celular, dando como resultado células iguales a sí mismas, es decir, con 47 cromosomas, produciéndose así el nacimiento de un niño con síndrome de Down.
- Translocación cromosómica: En casos raros, el cromosoma 21 extra, o un fragmento del mismo, se encuentra pegado a otro cromosoma (generalmente al cromosoma 14), con lo que sigue tratándose de una trisomía 21 ya que se duplica la dotación genética de este cromosoma.
- Mosaico: La no-disyunción ocurre después de fecundado el óvulo y ya iniciado el proceso de división celular, dando lugar a células con 46 cromosomas y células con 47 cromosomas. El porcentaje de células trisómicas puede abarcar desde unas pocas a casi todas, según el momento en que se haya producido la segregación anómala de los cromosomas.
Las personas con síndrome de Down tienen a menudo algunas características físicas comunes, que quizás te suenen: perfil facial plano, hendiduras palpebrales oblicuas, pliegue cutáneo en el canto interno, orejas pequeñas, manos anchas con dedos cortos, pliegue palmar único y también es característica la debilidad muscular (hipotonía). Además las capacidades mentales se ven reducidas en un grado variable.
Tras afianzar estos conceptos acudí el primer día con los nervios típicos y con unas ganas inmensas de ayudar. Además me acompañaba la creencia de que iba a poder poner mi granito de arena en fomentar su bienestar y quizás también su felicidad.
La experiencia de trabajar con ellos me ha servido para poder contestar a la pregunta que planteaba anteriormente: ¿Nos estamos perdiendo algo? Rotundamente sí, creo que dejamos a un lado valores importantes que nos definen como personas.
A pesar de sus limitaciones ellos se ayudan los unos a los otros con una sinceridad e ingenuidad envidiables, de hecho pude observar con mis propios ojos una escena que me conmovió: estábamos en clase trabajando los nervios ante un examen final muy próximo, cuando una de las alumnas comenzó a llorar porque no se le daba bien hacer esquemas y estaba agobiada porque no podía estudiar. No pasaron ni dos segundos cuando 4 de sus 6 compañeros se levantaron para ofrecerle sus esquemas; no pretendían nada a cambio solo que se calmara, para que pudiera estudiar y de esta manera aprobar. No reflexionaron sobre que si dejaban sus apuntes esa compañera pudiera superarles en nota. Ese simple gesto me impacto mucho, y me llamó la atención que se comportaran así ya que ¿No sería lo correcto? ¿Lo normal? Nos tiramos flores por ser capaces de aprobar con nota pero estoy segura de que en mi universidad no hubiera habido apenas voluntarios, ya que tenemos gravado a fuego la palabra competitividad.
Además se muestran tremendamente comprensivos con los errores de los demás y generalmente intentan que aunque falles no te sientas mal, hablándote siempre con una sonrisa, tratándote siempre con un cariño difícil de describir con palabras. Siempre tienen tiempo y ganas para decirte lo que haces bien, cosa que echaba de menos ya que generalmente nos centramos más en recalcar los defectos olvidando mencionar igualmente las virtudes. Somos unos abanderados de la capacidad intelectual (refiriéndonos a los resultados académicos) pero estamos olvidando otras habilidades tan importantes como la empatía, el compañerismo, la generosidad o el altruismo.
Con todo esto llego a la conclusión de que aquellas personas a las quería ayudar con mis conocimientos universitarios y mi desarrollo intelectual normal han sido las que me han recordado a mí todas esas capacidades que poseen y que yo había olvidado que eran importantes para la vida. Ellos han aportado el granito de arena en mi felicidad y bienestar haciendo del trabajo un placer, y sí, también han contribuido a hacerme sentir mejor como profesional y sobretodo como persona. Solo tengo palabras de agradecimiento y de admiración hacia todos ellos, sin olvidar a las personas que les rodean, como familiares y profesores, siempre ahí de manera incondicional ayudando a que puedan desarrollarse de una manera óptima.
Me gustaría que este artículo sirviese para que se deje de discriminar a una persona por el mero hecho de tener discapacidad; todos tenemos algo que aportar y que aprender. Cambia tus prejuicios por una oportunidad para ellos, pon tu granito de arena en la inclusión social y estoy convencida que te lo devolverán con un gran saco de harina de felicidad.
Artículo escrito por Carmen Álvarez
“Erase una vez…” un sitio cálido, hermoso, en el que la tranquilidad casi parecía poder respirarse. No había ruidos molestos, solo el suave sonido de algunos pájaros. La luz entraba cuidadosamente dando una bonita sensación de amplitud…
¿Cómo se siente uno leyendo esto? ¿Has percibido como un halo de relajación parecía apoderarse de ti? Quizás seas de los que piensan que no han conseguido notar nada, pero ¿qué te pasa cuando ves una peli de miedo? Probablemente sientas terror, angustia si es una catástrofe, te hará reír si es una comedia…
Y es que las películas son un gran ejemplo de cómo nos influyen las historias, de cómo nos hacen sentir y de cómo nos pueden llegar a cambiar.
Las historias tienen muchas formas de aparecer en nuestra vida, posiblemente las primeras sean los cuentos que escuchamos de nuestros padres; con ellas aprendemos desde pequeños, entre otras cosas, lo que está bien y lo que está mal. Pero esto ha sido así desde siempre.
Ya los primitivos habitantes de las cavernas nos han dejado muestras de aquellas primeras historias. En algunas cuevas ya existían pinturas en las que sólo a través de una antorcha se podía encontrar sentido, ya que con esa luz los dibujos parecían adquirir movimiento. Ya entonces las historias eran útiles para explicar a los pequeños cazadores como establecer un buen plan para cazar un mamut, pues era necesaria la coordinación del grupo para la supervivencia de la especie. Podemos decir que el ser humano tiene una gran predisposición a las historias.
Y este artículo habla de cómo algo tan cercano a nosotros como son los cuentos, puede convertirse en una potente herramienta de la mano de un buen terapeuta.
Investigaciones científicas han destacado que las palabras sueltas simplemente activan la parte cerebral en la que se decodifica el lenguaje; sin embargo, las buenas historias son capaces de activar las zonas que intervienen en la propia historia. Es decir, si describiéramos muy bien un color llegaría a activarse la parte sensorial relacionada con el propio color, si habláramos de una acción se activaría el área motora… por tanto, si yo describiera en detalle la acción de correr, en nuestro cerebro se reflejaría como que estoy corriendo aunque estuviera totalmente quieto.
Como nos comenta en un post Inma Jiménez “Esto significa que una buena historia nos hace vivirla, sentirla y recordarla en nuestro cerebro, además de identificarnos con ella en algunos casos. Una buena historia hace que el que la lee o el que la escucha se sienta identificado con ella porque ambos elementos se intercomunican de alguna forma, interviniendo, por supuesto, el elemento emocional”. "Entonces, llegados a este punto, ¿cómo pueden ayudarnos los cuentos en terapia?" Encontramos una potente herramienta en el uso de las metáforas. La importancia del lenguaje metafórico radica en su capacidad para burlar la inteligencia consciente y altamente estructurada que es la que, al final, mantiene el problema. El psicoterapeuta Jeffrey Zeig apunta que la utilización de este tipo de lenguaje tiene las siguientes ventajas:
- Las historias no implican una amenaza para el sistema de creencias del individuo.
- Captan el interés del oyente.
- Fomentan la independencia del individuo, quien al tener que conferir sentido al mensaje, extrae sus propias conclusiones o emprende acciones por propia iniciativa.
- Pueden ser utilizadas para eludir la natural resistencia al cambio.
- Pueden emplearse a fin de controlar la relación entablada con el sujeto.
- Ofrecen un modelo de flexibilidad.
- Pueden crear confusión y así promover en el sujeto una buena respuesta hipnótica.
- Imprimen su huella en la memoria, haciendo que la idea expuesta sea más rememorable.
- Afectan a la dimensión físico-corporal del individuo.
El psicólogo David Antón, a su vez, reconoce que esta forma de comunicar puede ser muy interesante en psicoterapia ya que: El cerebro humano cuenta historias. La identidad de la persona se establece en el cerebro mediante una narrativa. Hay un aumento de la alianza terapéutica. Investigaciones recientes plantean que escuchar una historia con una sencilla estructura clásica de presentación produce un aumento de la oxitocina, hormona relacionada con el establecimiento del vínculo de apego. Son fáciles de recordar gracias a la emocionabilidad implicada.
Aprendemos mejor con un modelo. Los protagonistas puede activar nuestras neuronas espejo que nos permite empatizar y aprender de esas acciones ajenas.Envuelven distintos mensajes y enseñanzas y su contenido puede adaptarse al objetivo terapéutico que se desee potenciar.
Son una maravillosa forma de envolver una comunicación compatible con cualquier modelo de intervención psicoterapéutica. En terapia encontramos muy útil hacer uso de pequeños cuentos con los pacientes ya que la información le llega al individuo de una forma distinta a la que tiene estructurada en su cerebro. Las personas solemos estar cansadas de escuchar en términos científico-didácticos la explicación de nuestros problemas. Podemos decir que se trata de un método muy cercano y sencillo para entender lo que nos pasa.
En materia de autoayuda podemos encontrar las publicaciones de Jorge Bucay y Paulo Coelho, entre otros, y creo que sería muy razonable utilizar esta herramienta en consulta para ayudar a los pacientes a encontrar su camino. Para terminar me gustaría decir que de pequeños nos han contado cuentos para ayudarnos a dormir; sin embargo con éste espero que logréis despertar:
El rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.
El roble dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el pino. El pino estaba triste porque no podía dar uvas como la vid. Y la vid se moría porque no podía florecer como el rosal, que a su vez lloraba porque no era fuerte y sólida como el roble.
Entonces encontró un clavel floreciendo y lozano como nunca.
El rey le preguntó:
– ¿Cómo es posible que crezcas tan saludablemente en medio de este jardín mustio y umbrío?
La flor contestó:
– Siempre pensé que, ya que me plantaste, querías claveles.
En aquel momento me dije .. seré el mejor clavel que pueda.
Y aquí me tienes, el más hermoso y bello clavel de tu jardín.
(Anónimo)
ENLACES DE INTERÉS
http://abriendonuestrointerior.blogspot.com.es/2012/07/el-potencial-terapeutico-de-los-cuentos.html
http://blog.aprendeviendoterapia.com/5-poderosas-razones-para-utilizar-storytelling-en-psicoterapia/
http://www.redesymarketing.com/storytelling-en-nuestro-cerebro/
Artículo escrito por Inma Sánchez.
Casi como con un aire redentor me dispongo a escribir este artículo que estás leyendo una semana antes de la fecha de entrega. Mientras, se me pasa por la cabeza que quizás debería hacer otras cosas de mi interminable lista de tareas pendientes como limpiar el baño o ir al super; en vez de eso, me dedico a escribir y, entre tanto, mirar innumerables veces el móvil, merendar, ver cuántas paginas tiene el libro que estoy leyendo, preguntarme quién es el presidente de Sudán, llamar a mi madre, volver a merendar… ¿qué hago con mi vida? Jesús, por favor, céntrate.
Total, que de lo que quería hablar era de la procrastinación, un término que parece estar de moda últimamente entre la gente. Por lo visto, proviene del latín (procrastinare) y significa nada más y nada menos que dejar las cosas que tienes que hacer para luego mientras te dedicas a otras cuestiones menos importantes y/o más agradables. Si, escribo luego porque tú y yo sabemos que ese momento nunca llega así que dejémoslo para después.
Y ahora que ya tenemos una breve definición de lo que es, ¿qué es lo que sentimos cuando tenemos que hacer algo y no lo hacemos? Algunas personas podrían decir que es simplemente pereza pero, ¿alguien se ha parado a pensarlo por un momento? Yo sí, pero porque soy un experto en el tema y tengo curiosidad.
Procrastinar, en un lenguaje algo más psicológico no es más que realizar conductas de evitación. ¿Por qué las realizamos? Depende de la tarea a la que nos enfrentemos pero todas esconden ciertas similitudes: suponen un cambio, causan dolor o incomodidad, requieren esfuerzo mental o físico… Por lo que para evitar esta serie de circunstancias, recurrimos a la procrastinación que nos salva de sufrir. Ciertamente, lo que estamos haciendo es sustituir unas por otras, pero estas conductas que a corto plazo nos producen una sensación de bienestar —y nos reducen la ansiedad que produce la tarea— a largo plazo, cuando procrastinamos una tarea detrás de otra, llegan otras sensaciones y sentimientos negativos aún más incomodos como ansiedad, estrés, frustración, culpa, etc.
Además, a esto hay que sumar una serie de falsas creencias que giran en torno a la tarea en cuestión. Pongamos el ejemplo de un estudiante al que le dan 15 días para entregar un trabajo; sabe que tiene que invertir tiempo y esfuerzo pero que no le llevara más de un par de horas aunque sea un tipo de trabajo que no haya hecho nunca, por lo que se relaja y decide hacer otras cosas. Pasados 14 días, llegan los sentimientos de culpa y la ansiedad debido a que se acerca la fecha de entrega y realiza la tarea atropelladamente de madrugada. Para colmo, una vez entregado, resulta que le felicitan por el buen trabajo realizado, entonces el estudiante se dice a sí mismo “parece que solo trabajo bien bajo presión”. ¿Qué hará la próxima vez? Creo que está claro. Bien, une vez desenmarañado el funcionamiento de este proceso, ¿cómo podemos hacer frente a la procrastinación?" Es evidente que el cambio recae sobre cada persona; aun así, aquí van una serie de recomendaciones para dejar de perder el tiempo:
En primer lugar, lo que decía Napoleón: “Divide y vencerás”. Segmenta las cosas que tienes que hacer en objetivos; estos deben ser específicos, medibles, realistas y acotados en el tiempo. A veces, nos ponemos metas desmesuradas que se alzan ante nosotros como imposibles de alcanzar. Cuando dividimos las tareas en pequeños objetivos y los vamos consiguiendo poco a poco, esto nos refuerza y nos motiva para seguir adelante. Haz una lista y organízalos en base a la prioridad —1. Lo más urgente, 2. Lo que puede posponerse pero sigue siendo importante, 3. Lo que puede posponerse mucho tiempo—.
ORGANIZATE: establece un horario de actividades o tareas, fija una fecha y una hora, y dedícales el tiempo establecido de antemano. También es útil conocerse un poco a uno mismo, saber cuándo uno es más productivo para enfocar las tareas que se presenten más difíciles en ese espacio de tiempo. Para esto, puedes utilizar una agenda de toda la vida pero si no te apetece ir de aquí para allá con ese trasto, Google Calendarpuede ser una aplicación muy acertada.
Por último, prémiate, celebra que has alcanzado algún objetivo de los propuestos anteriormente. Date un respiro, siéntete orgulloso de ti mismo, haz algo que te gusta, sal con tus amigos… Esto te ayudara aumentar la motivación de cara a los próximos objetivos a la vez que mejorar tu autoestima. Se tolerante contigo mismo, las distracciones seguirán ahí, habrá interrupciones, retrasos, objetivos a los que no llegues; no te presiones. No busques hacer las tareas perfectamente sino que estén bien hechas, que hayas disfrutado en el proceso.
Briconsejo extra: a veces es difícil pero no entres en disputas mentales, el cerebro te dará mil excusas para no hacer lo que tienes que hacer, hazle frente, demuéstrale que eres más fuerte. Lo difícil no es correr durante 30 minutos sino salir por la puerta. No te lo pienses, simplemente, hazlo.
Por último, quería apuntar como dato curioso que en el Antiguo Egipto relacionaban el termino procrastinación con “esperar el momento adecuado”. Esta frase, de la que se abusa en el mundo creativo o artístico, en mi opinión no es más que otra excusa, otra trampa, otra piedra que nos ponemos a nosotros mismos en el camino. Así que como bien decía Picasso, “que la inspiración me pille trabajando”.
Artículo escrito por Jesus de Velasco

