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Mi pareja esta de mal humor gritando enfadada de mala manera, “¿será que habré hecho algo mal? ¿O puede que simplemente haya llegado a casa cansada o enfadada del trabajo y no tenga nada que ver conmigo?”.

“Este fin de semana ha sido un desastre, no he estudiado lo que tenía pensado y encima no he salido de casa creyendo que en algún momento estudiaría”.

¿Identificáis esta emoción? En efecto es la culpa.

La culpa está más presente de lo que creemos en nuestro día a día; esa emoción incomoda y compleja que se dispara ante situaciones de lo más inusuales y desacertadas que hace verse a uno mismo como imperfecto y causante de los problemas de alrededor. Aparece por un evento no resuelto del pasado, genera conflictos internos y se comporta de manera autodestructiva.

La culpa se define como la responsabilidad que recae sobre alguien por haber cometido un acto incorrecto; un afecto doloroso que surge de la creencia o sensación de haber traspasado las normas éticas personales o sociales especialmente si se ha perjudicado a alguien.

A menudo el sentirnos culpables nos lleva a acudir al psicólogo. Nos encontramos mal con nosotros mismos y no podemos dejar de darle vueltas a hechos pasados, viéndonos como responsables únicos de los mismos. Nos empeñamos en autoculparnos de lo que no tenemos responsabilidad alguna, en muchos casos, y asumimos que debimos hacer algo que no hicimos en el pasado.

Como toda emoción tiene su parte adaptativa y es que resulta necesaria para la correcta adecuación a nuestro entorno: la utilidad de la culpa reside en hacernos conscientes de qué hemos hecho mal y así poder compensarlo, además de ayudarnos a respetar las normas y a no perjudicar a los demás. Por ello funciona como un castigo cuando cometemos un error.

Características positivas de la culpa:

Sin embargo esta emoción aparece en situaciones que no son las más útiles, ¿Por qué debo sentirme culpable cuando se ha muerto un familiar cercano hace escasas semanas y me encuentro feliz por otro tema? ¿Por qué aparece la culpa cuando he salido de fiesta y al día siguiente me encuentro mal?

No existe en estos ejemplos ninguna falta objetiva cometida que justifique este sentimiento. Este tipo de culpabilidad puede ser destructiva y desadaptativa.

Cuando el mecanismo de la culpa no funciona de manera correcta puede estar presente en procesos patológicos como la depresión o el perfeccionismo. Esta emoción además tiene repercusiones a nivel de baja autoestima —pues asumimos que todo es problema nuestro—, estando relacionada con la experimentación de ansiedad.

Características negativas de la culpa:

Aprendemos a sentirnos de esta manera, encerrándonos en un círculo vicioso del que es complicado salir. La culpa implica encontrarnos indefensos ante el acto incorrecto cometido sin posibilidad de manejarlo, por lo que la responsabilidad recae sobre nosotros y no somos nosotros los que tenemos control sobre el acontecimiento.

Es interesante reformular la culpa sufrida desde la toma de responsabilidad de nuestros actos y reorientarnos hacia aquellos acontecimientos sobre los que tenemos implicación directa, así como capacidad de manejo, para conseguir tomar conciencia del problema y solucionarlo.

Un ejercicio que solemos hacer los psicólogos con nuestros clientes es el llamado ejercicio de reatribución de rehm; este consiste en hacer atribuciones más ajustadas a la realidad. Se tienen en cuenta aquellos sucesos relevantes de las dos últimas semanas, y se evalúa con porcentajes el grado de responsabilidad que se haya podido tener en cada uno de ellos, además de si otras personas, la casualidad o el azar pueden haber intervenido de alguna manera.

Siguiendo estos principios, cuando te sientas culpable, en lugar de regañarte, atacarte o calificarte negativamente oriéntate hacia tu conducta:

Estas preguntas nos ayudarán a comprender el porqué de nuestras acciones y centrarnos en nuestra conducta para aprender a no volver a actuar de la misma manera la próxima vez que ocurra algo parecido.

Si no quieres sentirte culpable, no tienes porque hacerlo. Tú eres el que maneja esta emoción y el que puede conseguir que la conducta, sentimientos y pensamientos se modifiquen para poder aceptarnos tal cual somos.

¡Aflojemos con nosotros mismos! Basta ya de darse caña que no todos los errores que suceden a nuestro alrededor son nuestra culpa. Vale ya de utilizarla como mecanismo para criticarnos, machacarnos y fustigarnos y tomemos conciencia y responsabilidad sobre el problema ocurrido.

Así pues, derivemos el sentimiento de culpa en aprender a perdonarse a uno mismo y hacerse responsable del error cometido, enfocándonos en la solución y no en buscar culpables.

Artículo escrito por Javier Verde.

Me dispongo a escribir este artículo y me encuentro en el salón de mi piso, frente al ordenador, con música tranquila que incita a la melancolía. Estoy solo, mis compañeros están en sus aislados cuartos. Me pongo a pensar en el día de hoy y me doy cuenta que me he despertado, he comido y he patinado solo. Esto me lleva a pensar que el tema del que te voy a hablar tiene sentido.

Lo primero que quiero decirte es que probablemente estés en una situación parecida a la mía. Leyendo el móvil, la tablet o el ordenador en tu casa, la oficina o el metro. No importa dónde estés ni quién haya a tu alrededor, lo que me importa es que tú y yo ahora mismo nos encontramos en la misma situación. Solos. Sabes de lo que te hablo, lo has sentido antes y ahora estás conectando con ello; sabes que no importa que haya personas a tu alrededor o incluso que estés hablando con ellas, ese sentimiento es tuyo e independiente de lo que te rodea.

Te iba a explicar qué es la soledad, pero lo mejor para entenderla es sentirla, así que ya está el trabajo hecho. Sólo te diré que me voy a centrar en esa carencia de compañía, ese pesar, esa melancolía, ese sentirte único, desprotegido y sin compañía real. Ese lugar en el que te falta algo.
Ahora que sabes de qué te hablo, te preguntarás —como en otras ocasiones lo has hecho— por qué aparece, y la razón es que todo lo que sentimos es útil y tiene su función, es por ello que emerge la soledad al igual que lo hacen muchas otras emociones.

El encontrarnos en este estado, a veces nos da tiempo para la reflexión y estar con uno mismo, y otras nos conecta con la tristeza y el dolor. A todos nos cuesta estar en ella y tendemos a huir y evitarla por la moderna fobia al dolor que parece que todos padecemos; sin embargo, la tristeza es la emoción que nos hace buscar al otro para que nos apoye, posibilitando que los demás se acerquen a nosotros para consolarnos: es la fórmula natural para acabar con la soledad, pero parece que en nuestra sociedad esto no encaja mucho. Me refiero al punto de recibir cuidados o dejar que nos cuiden. Ni la gente de nuestro alrededor ni nosotros mismos estamos con disposición a hacerlo.

Pero, ¿sabes qué? no es culpa tuya ni de la sociedad. La sociedad la forman personas como tú, y al igual que tú, todas ellas se encuentran sujetas y condicionadas por algo: la cultura.

De echarle la culpa a alguien o algo, se la echaríamos a esta. Para que no parezca una locura que se me acaba de ocurrir, te voy a contar por qué es la responsable: Bond nos dice que “la cultura es un sistema compartido de creencias, valores y expectativas para satisfacer necesidades básicas que define la forma en la que nos relacionamos con los demás.”

Y este punto es el que nos importa, el modo de relacionarnos.

A lo largo de la historia, la cultura hace que la sociedad siga adelante por el sentimiento de pertenencia que genera; aunque hay tendencias generales, cada país tiene su propia cultura. Yo me voy a centrar en la del país en el que vivimos, España, que es la que nos afecta directamente.

Llegados a este punto, te diré que estás sumergido en una cultura individualista; si no te habías dado cuenta, te diré por qué: se fomenta y recompensa el éxito individual, la autonomía, la competición, se acepta la desigualdad y se prima la independencia de la persona frente a los grupos. Estas características hacen que los integrantes de esta modalidad cultural estén menos unidos y miren más por sí mismos y sus familias, ¿Te suena?

A efectos prácticos, te das cuenta que vives en una cultura individualista cuando entras en un autobús cualquiera de Madrid y ves una fila de gente, hasta el final del pasillo, con la compañía de un asiento vacío y un móvil.

Después de esto, podemos afirmar que soledad e individualismo no casan bien. Si pretendemos salir de esta y para ello necesitamos al otro, pero la sociedad nos ha criado en el seno del egocentrismo y la fobia a enlazarnos con el otro, ¿qué hacemos?

Lo que nos queda es resignarnos y sentirnos solos estando rodeados de mucha gente, encontrando cierto alivio momentáneo en la pareja, los amigos o la familia, olvidarnos del resto de personas que nos rodean. Es como estar deshidratado en medio del mar.

Sin embargo, ¿queremos estar rodeados de agua y no poder beber de ella?

Quizá deberíamos fijarnos más en algunos aspectos de las culturas colectivistas de otros países en los que se otorga mayor importancia a la relación con los demás, dándose una comunicación y contacto más profundo.

En cierto modo llevamos el colectivismo improntado, somos seres gregarios, tendemos a buscar el encuentro con otros, por ello nos reunimos constantemente y usamos todo tipo de redes sociales en busca de contacto.

La ilusión que nos queda en la sociedad moderna es un simple aparato que llevamos siempre con nosotros, un invento que nos acerca y nos aleja a partes iguales de las personas. Nos hemos creado una fantasía virtual en la que nos acercamos a otros pero con la distancia que proporciona internet; parece que nuestro deseo es buscar a los demás, pero en la vida real, sin distancia alguna, no nos permitimos dicho contacto.

Te voy a poner un ejemplo. En el documental de Vice La industria japonesa del amor se explica que en Japón se han reducido los contactos de un modo tan exagerado que la natalidad se ha visto radicalmente afectada, por lo que se han creado figuras como falsas novias o amigos a los que pagas para que te den lo que necesites. Es un país que se está muriendo.

De momento, en España seguimos teniendo contacto con amigos, familia y pareja. Sin embargo, ¿estamos tomando el camino que siguió Japón? ¿Hay alguna alternativa? ¿Qué podemos hacer si toda la sociedad sigue el mismo patrón y estamos dentro de él?

No sé tú, pero yo voy a empezar a endulzar el agua y beber de ella,

¿Qué vas a hacer tú?

La locura individual es inmune a todas las consecuencias de la locura colectiva.

Artículo escrito por Jose Antonio Bueno

Quizás estés leyendo este artículo para conocer las claves del éxito, que están tan en boga hoy en día. Son muchos los escritos que nos bombardean con pautas de comportamiento para obtener el máximo rendimiento de nosotros mismos, la mayoría enfocados al mundo laboral.

Desde pequeños nos asedian con tareas y deberes con el objetivo de llegar a ser los más preparados y poder así optar al puesto de trabajo deseado. Aunque esto está cambiando, la sociedad en la que vivimos aún sigue otorgando los primeros puestos a las asignaturas clásicas: matemáticas y lengua. Nos desarrollamos en una atmosfera de presión, crecemos en un clima de competitividad, intentamos sacar el máximo rendimiento siempre de nosotros mismos, nos lo exigen en el colegio y en casa… pero haciendo tanto hincapié en eso ¿No nos estaremos perdiendo algo?

A lo largo de mi vida recuerdo que cuando en algunas ocasiones me costaba aprobar una asignatura mi profesora me decía: “Sí no apruebas es porque no quieres porque la capacidad la tienes, eres inteligente”; parecía que poseía un tesoro, el tesoro de la inteligencia: ¿Inteligente? ¿Qué es la inteligencia? Yo concedí una gran importancia al intelecto, y al poder llegar donde quisiera durante bastante tiempo, hasta que esto cambió.

Todo comenzó el día que empecé a trabajar con ellos; mi función era realizar evaluaciones psicológicas a personas con discapacidad intelectual. La teoría afirma que “La discapacidad intelectual se caracteriza por limitaciones significativas tanto en el funcionamiento intelectual como en las habilidades adaptativas conceptuales, sociales y prácticas, apareciendo siempre antes de los 18 años”.

Como nunca había trabajado con esta población los días anteriores a mi primer día me puse a profundizar más sobre el tema. A este respecto, me gustaría compartir con vosotros estos conceptos para adentrarnos en el entorno relacionado con el Síndrome de Down.

Todas las células del cuerpo humano tienen 23 pares de cromosomas, sumando un total de 46. Las personas con Síndrome de Down presentan un cromosoma de más en el par 21 dando lugar a 47 cromosomas en total.

Existen tres tipos de alteraciones cromosómicas:
- Trisomía libre del 21: En estos casos, la alteración genética (la no-disyunción cromosómica o aportación de 47 en vez de 46 cromosomas) tiene lugar al inicio del proceso de la reproducción celular, dando como resultado células iguales a sí mismas, es decir, con 47 cromosomas, produciéndose así el nacimiento de un niño con síndrome de Down.
- Translocación cromosómica: En casos raros, el cromosoma 21 extra, o un fragmento del mismo, se encuentra pegado a otro cromosoma (generalmente al cromosoma 14), con lo que sigue tratándose de una trisomía 21 ya que se duplica la dotación genética de este cromosoma.
- Mosaico: La no-disyunción ocurre después de fecundado el óvulo y ya iniciado el proceso de división celular, dando lugar a células con 46 cromosomas y células con 47 cromosomas. El porcentaje de células trisómicas puede abarcar desde unas pocas a casi todas, según el momento en que se haya producido la segregación anómala de los cromosomas.

Las personas con síndrome de Down tienen a menudo algunas características físicas comunes, que quizás te suenen: perfil facial plano, hendiduras palpebrales oblicuas, pliegue cutáneo en el canto interno, orejas pequeñas, manos anchas con dedos cortos, pliegue palmar único y también es característica la debilidad muscular (hipotonía). Además las capacidades mentales se ven reducidas en un grado variable.

Tras afianzar estos conceptos acudí el primer día con los nervios típicos y con unas ganas inmensas de ayudar. Además me acompañaba la creencia de que iba a poder poner mi granito de arena en fomentar su bienestar y quizás también su felicidad.

La experiencia de trabajar con ellos me ha servido para poder contestar a la pregunta que planteaba anteriormente: ¿Nos estamos perdiendo algo? Rotundamente sí, creo que dejamos a un lado valores importantes que nos definen como personas.

A pesar de sus limitaciones ellos se ayudan los unos a los otros con una sinceridad e ingenuidad envidiables, de hecho pude observar con mis propios ojos una escena que me conmovió: estábamos en clase trabajando los nervios ante un examen final muy próximo, cuando una de las alumnas comenzó a llorar porque no se le daba bien hacer esquemas y estaba agobiada porque no podía estudiar. No pasaron ni dos segundos cuando 4 de sus 6 compañeros se levantaron para ofrecerle sus esquemas; no pretendían nada a cambio solo que se calmara, para que pudiera estudiar y de esta manera aprobar. No reflexionaron sobre que si dejaban sus apuntes esa compañera pudiera superarles en nota. Ese simple gesto me impacto mucho, y me llamó la atención que se comportaran así ya que ¿No sería lo correcto? ¿Lo normal? Nos tiramos flores por ser capaces de aprobar con nota pero estoy segura de que en mi universidad no hubiera habido apenas voluntarios, ya que tenemos gravado a fuego la palabra competitividad.

Además se muestran tremendamente comprensivos con los errores de los demás y generalmente intentan que aunque falles no te sientas mal, hablándote siempre con una sonrisa, tratándote siempre con un cariño difícil de describir con palabras. Siempre tienen tiempo y ganas para decirte lo que haces bien, cosa que echaba de menos ya que generalmente nos centramos más en recalcar los defectos olvidando mencionar igualmente las virtudes. Somos unos abanderados de la capacidad intelectual (refiriéndonos a los resultados académicos) pero estamos olvidando otras habilidades tan importantes como la empatía, el compañerismo, la generosidad o el altruismo.

Con todo esto llego a la conclusión de que aquellas personas a las quería ayudar con mis conocimientos universitarios y mi desarrollo intelectual normal han sido las que me han recordado a mí todas esas capacidades que poseen y que yo había olvidado que eran importantes para la vida. Ellos han aportado el granito de arena en mi felicidad y bienestar haciendo del trabajo un placer, y sí, también han contribuido a hacerme sentir mejor como profesional y sobretodo como persona. Solo tengo palabras de agradecimiento y de admiración hacia todos ellos, sin olvidar a las personas que les rodean, como familiares y profesores, siempre ahí de manera incondicional ayudando a que puedan desarrollarse de una manera óptima.

Me gustaría que este artículo sirviese para que se deje de discriminar a una persona por el mero hecho de tener discapacidad; todos tenemos algo que aportar y que aprender. Cambia tus prejuicios por una oportunidad para ellos, pon tu granito de arena en la inclusión social y estoy convencida que te lo devolverán con un gran saco de harina de felicidad.

Artículo escrito por Carmen Álvarez

“Erase una vez…” un sitio cálido, hermoso, en el que la tranquilidad casi parecía poder respirarse. No había ruidos molestos, solo el suave sonido de algunos pájaros. La luz entraba cuidadosamente dando una bonita sensación de amplitud…

¿Cómo se siente uno leyendo esto? ¿Has percibido como un halo de relajación parecía apoderarse de ti? Quizás seas de los que piensan que no han conseguido notar nada, pero ¿qué te pasa cuando ves una peli de miedo? Probablemente sientas terror, angustia si es una catástrofe, te hará reír si es una comedia…

Y es que las películas son un gran ejemplo de cómo nos influyen las historias, de cómo nos hacen sentir y de cómo nos pueden llegar a cambiar.

Las historias tienen muchas formas de aparecer en nuestra vida, posiblemente las primeras sean los cuentos que escuchamos de nuestros padres; con ellas aprendemos desde pequeños, entre otras cosas, lo que está bien y lo que está mal. Pero esto ha sido así desde siempre.

Ya los primitivos habitantes de las cavernas nos han dejado muestras de aquellas primeras historias. En algunas cuevas ya existían pinturas en las que sólo a través de una antorcha se podía encontrar sentido, ya que con esa luz los dibujos parecían adquirir movimiento. Ya entonces las historias eran útiles para explicar a los pequeños cazadores como establecer un buen plan para cazar un mamut, pues era necesaria la coordinación del grupo para la supervivencia de la especie. Podemos decir que el ser humano tiene una gran predisposición a las historias.

Y este artículo habla de cómo algo tan cercano a nosotros como son los cuentos, puede convertirse en una potente herramienta de la mano de un buen terapeuta.

Investigaciones científicas han destacado que las palabras sueltas simplemente activan la parte cerebral en la que se decodifica el lenguaje; sin embargo, las buenas historias son capaces de activar las zonas que intervienen en la propia historia. Es decir, si describiéramos muy bien un color llegaría a activarse la parte sensorial relacionada con el propio color, si habláramos de una acción se activaría el área motora… por tanto, si yo describiera en detalle la acción de correr, en nuestro cerebro se reflejaría como que estoy corriendo aunque estuviera totalmente quieto.

Como nos comenta en un post Inma Jiménez “Esto significa que una buena historia nos hace vivirla, sentirla y recordarla en nuestro cerebro, además de identificarnos con ella en algunos casos. Una buena historia hace que el que la lee o el que la escucha se sienta identificado con ella porque ambos elementos se intercomunican de alguna forma, interviniendo, por supuesto, el elemento emocional”. "Entonces, llegados a este punto, ¿cómo pueden ayudarnos los cuentos en terapia?" Encontramos una potente herramienta en el uso de las metáforas. La importancia del lenguaje metafórico radica en su capacidad para burlar la inteligencia consciente y altamente estructurada que es la que, al final, mantiene el problema. El psicoterapeuta Jeffrey Zeig apunta que la utilización de este tipo de lenguaje tiene las siguientes ventajas:

El psicólogo David Antón, a su vez, reconoce que esta forma de comunicar puede ser muy interesante en psicoterapia ya que: El cerebro humano cuenta historias. La identidad de la persona se establece en el cerebro mediante una narrativa. Hay un aumento de la alianza terapéutica. Investigaciones recientes plantean que escuchar una historia con una sencilla estructura clásica de presentación produce un aumento de la oxitocina, hormona relacionada con el establecimiento del vínculo de apego. Son fáciles de recordar gracias a la emocionabilidad implicada.

Aprendemos mejor con un modelo. Los protagonistas puede activar nuestras neuronas espejo que nos permite empatizar y aprender de esas acciones ajenas.Envuelven distintos mensajes y enseñanzas y su contenido puede adaptarse al objetivo terapéutico que se desee potenciar.

Son una maravillosa forma de envolver una comunicación compatible con cualquier modelo de intervención psicoterapéutica. En terapia encontramos muy útil hacer uso de pequeños cuentos con los pacientes ya que la información le llega al individuo de una forma distinta a la que tiene estructurada en su cerebro. Las personas solemos estar cansadas de escuchar en términos científico-didácticos la explicación de nuestros problemas. Podemos decir que se trata de un método muy cercano y sencillo para entender lo que nos pasa.

En materia de autoayuda podemos encontrar las publicaciones de Jorge Bucay y Paulo Coelho, entre otros, y creo que sería muy razonable utilizar esta herramienta en consulta para ayudar a los pacientes a encontrar su camino. Para terminar me gustaría decir que de pequeños nos han contado cuentos para ayudarnos a dormir; sin embargo con éste espero que logréis despertar:

El rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.

El roble dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el pino. El pino estaba triste porque no podía dar uvas como la vid. Y la vid se moría porque no podía florecer como el rosal, que a su vez lloraba porque no era fuerte y sólida como el roble.

Entonces encontró un clavel floreciendo y lozano como nunca.

El rey le preguntó:

– ¿Cómo es posible que crezcas tan saludablemente en medio de este jardín mustio y umbrío?

La flor contestó:

– Siempre pensé que, ya que me plantaste, querías claveles.

En aquel momento me dije .. seré el mejor clavel que pueda.

Y aquí me tienes, el más hermoso y bello clavel de tu jardín.

(Anónimo)

ENLACES DE INTERÉS

http://abriendonuestrointerior.blogspot.com.es/2012/07/el-potencial-terapeutico-de-los-cuentos.html

http://blog.aprendeviendoterapia.com/5-poderosas-razones-para-utilizar-storytelling-en-psicoterapia/

http://www.redesymarketing.com/storytelling-en-nuestro-cerebro/

Artículo escrito por Inma Sánchez.

Casi como con un aire redentor me dispongo a escribir este artículo que estás leyendo una semana antes de la fecha de entrega. Mientras, se me pasa por la cabeza que quizás debería hacer otras cosas de mi interminable lista de tareas pendientes como limpiar el baño o ir al super; en vez de eso, me dedico a escribir y, entre tanto, mirar innumerables veces el móvil, merendar, ver cuántas paginas tiene el libro que estoy leyendo, preguntarme quién es el presidente de Sudán, llamar a mi madre, volver a merendar… ¿qué hago con mi vida? Jesús, por favor, céntrate.

Total, que de lo que quería hablar era de la procrastinación, un término que parece estar de moda últimamente entre la gente. Por lo visto, proviene del latín (procrastinare) y significa nada más y nada menos que dejar las cosas que tienes que hacer para luego mientras te dedicas a otras cuestiones menos importantes y/o más agradables. Si, escribo luego porque tú y yo sabemos que ese momento nunca llega así que dejémoslo para después.

Y ahora que ya tenemos una breve definición de lo que es, ¿qué es lo que sentimos cuando tenemos que hacer algo y no lo hacemos? Algunas personas podrían decir que es simplemente pereza pero, ¿alguien se ha parado a pensarlo por un momento? Yo sí, pero porque soy un experto en el tema y tengo curiosidad.

Procrastinar, en un lenguaje algo más psicológico no es más que realizar conductas de evitación. ¿Por qué las realizamos? Depende de la tarea a la que nos enfrentemos pero todas esconden ciertas similitudes: suponen un cambio, causan dolor o incomodidad, requieren esfuerzo mental o físico… Por lo que para evitar esta serie de circunstancias, recurrimos a la procrastinación que nos salva de sufrir. Ciertamente, lo que estamos haciendo es sustituir unas por otras, pero estas conductas que a corto plazo nos producen una sensación de bienestar —y nos reducen la ansiedad que produce la tarea— a largo plazo, cuando procrastinamos una tarea detrás de otra, llegan otras sensaciones y sentimientos negativos aún más incomodos como ansiedad, estrés, frustración, culpa, etc.

Además, a esto hay que sumar una serie de falsas creencias que giran en torno a la tarea en cuestión. Pongamos el ejemplo de un estudiante al que le dan 15 días para entregar un trabajo; sabe que tiene que invertir tiempo y esfuerzo pero que no le llevara más de un par de horas aunque sea un tipo de trabajo que no haya hecho nunca, por lo que se relaja y decide hacer otras cosas. Pasados 14 días, llegan los sentimientos de culpa y la ansiedad debido a que se acerca la fecha de entrega y realiza la tarea atropelladamente de madrugada. Para colmo, una vez entregado, resulta que le felicitan por el buen trabajo realizado, entonces el estudiante se dice a sí mismo “parece que solo trabajo bien bajo presión”. ¿Qué hará la próxima vez? Creo que está claro. Bien, une vez desenmarañado el funcionamiento de este proceso, ¿cómo podemos hacer frente a la procrastinación?" Es evidente que el cambio recae sobre cada persona; aun así, aquí van una serie de recomendaciones para dejar de perder el tiempo:

En primer lugar, lo que decía Napoleón: “Divide y vencerás”. Segmenta las cosas que tienes que hacer en objetivos; estos deben ser específicos, medibles, realistas y acotados en el tiempo. A veces, nos ponemos metas desmesuradas que se alzan ante nosotros como imposibles de alcanzar. Cuando dividimos las tareas en pequeños objetivos y los vamos consiguiendo poco a poco, esto nos refuerza y nos motiva para seguir adelante. Haz una lista y organízalos en base a la prioridad —1. Lo más urgente, 2. Lo que puede posponerse pero sigue siendo importante, 3. Lo que puede posponerse mucho tiempo—.

ORGANIZATE: establece un horario de actividades o tareas, fija una fecha y una hora, y dedícales el tiempo establecido de antemano. También es útil conocerse un poco a uno mismo, saber cuándo uno es más productivo para enfocar las tareas que se presenten más difíciles en ese espacio de tiempo. Para esto, puedes utilizar una agenda de toda la vida pero si no te apetece ir de aquí para allá con ese trasto, Google Calendarpuede ser una aplicación muy acertada.

Por último, prémiate, celebra que has alcanzado algún objetivo de los propuestos anteriormente. Date un respiro, siéntete orgulloso de ti mismo, haz algo que te gusta, sal con tus amigos… Esto te ayudara aumentar la motivación de cara a los próximos objetivos a la vez que mejorar tu autoestima. Se tolerante contigo mismo, las distracciones seguirán ahí, habrá interrupciones, retrasos, objetivos a los que no llegues; no te presiones. No busques hacer las tareas perfectamente sino que estén bien hechas, que hayas disfrutado en el proceso.

Briconsejo extra: a veces es difícil pero no entres en disputas mentales, el cerebro te dará mil excusas para no hacer lo que tienes que hacer, hazle frente, demuéstrale que eres más fuerte. Lo difícil no es correr durante 30 minutos sino salir por la puerta. No te lo pienses, simplemente, hazlo.

Por último, quería apuntar como dato curioso que en el Antiguo Egipto relacionaban el termino procrastinación con “esperar el momento adecuado”. Esta frase, de la que se abusa en el mundo creativo o artístico, en mi opinión no es más que otra excusa, otra trampa, otra piedra que nos ponemos a nosotros mismos en el camino. Así que como bien decía Picasso, “que la inspiración me pille trabajando”.

Artículo escrito por Jesus de Velasco

El autismo es un trastorno del desarrollo neuropsiquiátrico cuyas manifestaciones aparecen desde antes de los 2 años de edad y persisten toda la vida. El origen de este trastorno no está claro, sin embargo las investigaciones actuales apuntan a su aparición durante el embarazo, si bien es cierto que se sigue investigando.

Se caracteriza por tres déficits básicos: el verbal, el comunicativo y el afectivo, y está acompañado de conductas obsesivas.

En general las personas con autismo presentan habilidades de interacción distintas a las de los demás, por ejemplo aislamiento social importante, poco interés en relacionarse con los demás.

En relación a las habilidades de comunicación, tanto verbales como no verbales, son muchas y diferentes. Podemos encontrar personas autistas que no emplean ningún lenguaje hasta otras con un lenguaje más fluido aunque siempre con algún problema en la comunicación con los demás; además, presentan un repertorio limitado de intereses y conductas. Pueden presentar los mismos comportamientos de forma repetitiva, llegando a convertirse en obsesivos.

Estas personas tienen dificultades para expresar sus sentimientos y emociones, así como para identificarlos en los demás. Pueden expresar sus sentimientos pero de forma diferente a como se hace normalmente y utilizando pautas poco comunes, que en ocasiones pueden no ser entendidas adecuadamente. Por ejemplo, una persona autista difícilmente te dirá que te quiere o que te necesita pero si utilizará otras maneras de demostrarlo, como sentarse a tu lado o bien rozarte la mano aunque sea levemente y rápido.

Por otra parte, cuando vivimos o conocemos a personas con autismo resulta muy importante tanto el establecimiento de rutinas como seguirlas completamente; de esta manera los autistas saben lo que va a pasar en el día y pueden prepararse para hacerle frente. Cuando hay algún cambio en la rutina, por ejemplo un día de fiesta en medio de la semana de clase, es muy importante avisarlo con tiempo, realizar un nuevo calendario de esa semana y explicarles lo que se va a hacer.

Todo esto hace que sea más difícil para ellos desenvolverse adecuadamente en el entorno social.

El hecho es que cada vez aparecen más casos de niños con autismo o con algún trastorno del desarrollo relacionado con éste. Si bien en la actualidad el autismo está más normalizado, se conocen más casos y existen más recursos, es cierto que hace unos años estos niños eran considerados “raros´´“retrasados´´ e incluso algunas personas podían llegar a sentir miedo en relación a su comportamiento.

Al tratar con esta población resulta muy importante seguir unas pautas determinadas, ya que tienen unas necesidades diferentes a los demás y hay que adaptarse a su desarrollo y a sus comportamientos.

Cuando se sospecha que tu hijo es diferente es fundamental llevarlo a un especialista que pueda identificar si presenta algún tipo de patología. En el caso del autismo, son niños que a edades muy tempranas no cumplen los hitos evolutivos propios para su edad: ya desde bebes de pocos meses, o con un año, se puede observar que no se desarrollan como los demás, por ejemplo presentan problemas de alimentación o sueño, están irritables, no juegan con los juguetes ni interactúan con las personas del entorno, no miran cuando les hablan, no les gusta que les cojan, sus actividades motoras se demoran… Estas son algunas de las características que los pequeños empiezan a desarrollar a partir de los 6 meses y que, si presentan autismo, no desarrollan o lo hacen de manera ineficaz.

Es muy importante para un buen desarrollo, y la consiguiente mejora, que se acuda a los servicios de atención temprana lo antes posible. La intervención temprana ayuda a que los niños aprendan destrezas importantes desde su nacimiento hasta los tres años de edad (36 meses). Estos servicios incluyen terapia para ayudar a que los pequeños hablen, caminen e interactúen con iguales.

¿Qué tratamientos existen para el autismo?

Para el autismo existen diferentes tipos de tratamiento, por ejemplo la integración educativa, los programas conductuales, los programas de aprendizaje, la terapia conductual… Uno de los más aceptados y utilizados por psicólogos y otros profesionales en los centros educativos es el ABA (Análisis Conductual Aplicado) (ABA, por sus siglas en inglés). Este método incentiva las conductas positivas y desalienta las negativas para mejorar distintas destrezas. Se realiza una medición del progreso y, posteriormente, se lleva a cabo un seguimiento.

Con este método se premia al niño cuando hace algo bien, como por ejemplo colocar los juguetes en su sitio, pero si no los guarda o lo hace mal no se le riñe ni se le recrimina nada sino que se le ayuda mediante una ayuda externa —guiar la mano del niño hasta donde está la caja de juguetes—. Al final se anota cuantas veces el niño ha guardado el juguete por sí solo y cuantas ha necesitado ayuda.

Los métodos ABA se utilizan para:

Enseñar nuevas destrezas

Crear nuevas conductas positivas

Reforzar conductas positivas

Disminuir las conductas que interfieren con el aprendizaje

Si estáis interesados en ampliar información, aquí tenéis unos vídeos ABA:

En conclusión, lo más importante de todo es que no hay que olvidar que los niños autistas sobre todas las cosas son NIÑOS y como tal hay que tratarlos, no de una manera diferente a como te gustaría que te trataran a ti. Uno de los comportamientos más usuales cuando se interacciona con ellos es agarrar su cara para dirigir su mirada a la nuestra y así poder interaccionar; ahora bien, ¿no será mejor movernos nosotros y situarnos en su campo visual? Cuando trates con una persona con autismo piensa que cosas no te gustaría que te hicieran a la hora de relacionarte y no las hagas: no agarres su cara, no grites, no te enfades si no muestra sus sentimientos o las cosas que quieren. Son niños con algunos déficits y solo es necesario adaptarse un poco.

Artículo escrito por Natalia Barrena

"Dolores Huerta": Si no te has perdonado algo, ¿cómo puedes perdonar a los demás?

¿Por qué es más fácil perdonar a otra persona que perdonarse a uno mismo? Llevar consigo el terrible sentimiento de culpa por algo que sucedió en el pasado es una carga demasiada pesada que no podemos cargar perpetuamente. ¿Por qué podemos perdonar a los demás aunque estos hayan cometido delitos atroces? mientras que… ¿no nos perdonamos por un error mucho menor? y sobre todo… ¿por qué somos tan duros con nosotros mismos? ¿por qué es tan importante saber perdonarse?

Como se suele decir, errar es humano; de hecho cometer errores es una parte fundamental en el aprendizaje emocional. Aprendemos a regular nuestras emociones de forma más eficaz cuando hemos estado expuestos a una situación fallida por intentar solucionar los problemas del día a día. A parte de la incontrolabilidad, lo que más nos molesta de aquello que nos toca afrontar es que nos muestra, como si fuera un espejo, el reflejo de un rasgo o conflicto que en realidad es nuestro, que forma parte de nuestro mundo interior. El daño o acto hiriente cometido alude, en realidad, a una característica de nuestra personalidad con la que no estamos conformes, que nos resulta desagradable o que intentamos combatir. Como señala Axel Piskulic, este proceso por el cual vemos “afuera” rasgos o conflictos que llevamos “adentro” se conoce en psicología con el término de proyección. Resulta necesario conocer estas características propias que consideramos negativas, entender que forman parte de un escalón en la escalera de crecimiento personal en el que nos encontramos en este momento, y aceptarlas de la misma manera que nos resulta fácil encariñarnos con niño a pesar de sus travesuras y errores, sabiendo que aún le queda completar su evolución y muchas cosas que aprender.

La psicóloga María Jesús Álava Reyes responde a estas y otras cuestiones en su libro Las tres claves de la felicidad: perdónate bien, quiérete mejor y coge las riendas de tu vida, en el que recoge el saber perdonarnos a nosotros mismos como la clave para hacernos sentir más seguros y mejorar nuestra autoestima: el autoperdón es diferente según las personas y las situaciones en las que infligimos algún daño; por ejemplo en lo relativo a nuestros hijos, pareja y familia, nos resulta más difícil perdonarnos que cuando se trata de jefes y compañeros de trabajo. Esto es así porque en las situaciones en las que hemos herido a alguien importante o cuando incumplimos nuestra palabra nos cuesta más que cuando nos sentimos engañados, en situación de injusticia o hemos hecho el ridículo. El perdón a uno mismo se relaciona con la salud mental y el bienestar incluso de forma más intensa que el perdón a los demás. Como apunta la autora: “perdonar nos hará más libres, pero perdonarnos a nosotros mismos nos hará más felices”

Son muchos los autores que hablan de fases, consejos y pautas para conseguir un adecuado autoperdón. Según Juan Masiá Clavel estas son las reflexiones más importantes que pueden llevar a un adecuado procesamiento del perdón: sentirse mal y lamentar el mal, desmitificar la acusación, reconocer la vulnerabilidad, saber que la capacidad de gratitud y perdón van unidas, personalizar la responsabilidad, reorientar el remordimiento, verbalizar el arrepentimiento y dejarse perdonar.

A este respecto, María Prieto-Ursúa e Ignacio Echegoyen marcan, en un estudio de la Universidad Pontificia de Comillas, el curso temporal del perdón hacia uno mismo:

Evitar el falso perdón: no asumir la responsabilidad propia culpando al exterior o justificando las acciones, huyendo además de toda situación o persona que recuerde a la ofensa. Se intenta neutralizar la culpa.

Auto-culpabilizarse en exceso o auto-condenación: en vez de externalizar la culpa, ésta se internaliza, produciéndose altos niveles de vergüenza, malestar y deseos de castigarse a uno mismo.

Afrontar el daño causado y llevar a cabo una restauración compensativa: de esta forma afrontar la ofensa cometida sería verdadero o genuino autoperdón.

Sin embargo, se ha comprobado que perdón hacia uno mismo puede conllevar también consecuencias negativas como el ya citado falso perdón, que correlaciona con características narcisistas de personalidad. Además, este puede igualmente reducir la motivación para recibir el perdón de la víctima (Enright, 1996). Otra posible característica negativa es que puede cegarnos, no dejarnos ver nuestras ofensas y hacer más probable que vuelvan a surgir sin que nos hagan sentirnos culpables.

Estos aspectos negativos pueden llevar a entender el autoperdón como un proceso centrado en uno mismo y despectivo para la víctima. Y llegados a este punto, me gustaría volver a sacar la controversia a relucir con el arrepentimiento de un individuo que perteneció a la banda terrorista E.T.A.: antes de nada, quiero aclarar mi respeto a las víctimas y sus familiares; y clarificar que el único propósito de esta alusión es mostrar puntos de vista diferentes —en el anterior artículo rescatamos la entrevista a una víctima del terrorismo—. De este modo, Iñaki Rekarte reconoce: lo difícil es perdonarse a uno mismo, es su libro homónimo. En el texto Iñaki narra qué le llevó a formar parte de la banda, y cómo a través del amor a su mujer —quien fuera su asistente social en la cárcel— descubre una sociedad antes rechazada y el camino del arrepentimiento y el perdón, no sólo de sus víctimas, si no de sí mismo. Rodrigo Tena Arregui hace una interesante reflexión acerca del libro, y lo que significa perdonarse a uno mismo. Destaca la importancia del “por qué” uno no ha hecho las cosas bien y “qué”es lo que te ha llevado a actuar así, aludiendo al testimonio autobiográfico de Rudolf Hoess, oficial de las SS, en Comandante en Auschwitz.

Como apunta el título del artículo, el arte del perdón es el autoperdón: saber cómo hacer las paces con uno mismo, un bien necesario que tiene que ver con la auto-aceptación, con permitirnos no ser perfectos cada minuto que conforma nuestro día a día y, con ello, dejar de exigirnos aquello para lo que todavía no estamos preparados. Es una liberación de la dictadura autoimpuesta que creemos que proviene de fuera, pero que nace de dentro de nosotros.

Y es que el perdón es diferente según la zona de procedencia. Para despedir este texto me gustaría rescatar la anécdota de Hisao Tanaka, el antiguo presidente de la compañía japonesa Toshiba, que dimitió tras un escándalo contable que implicaba a su empresa. El ex-presidente pidió disculpas ante la prensa, mostró vergüenza y culpa consigo mismo, y finalizó con una pronunciada reverencia que duró varios segundos, y que como apuntaba el diario El Mundo “es un gesto que no todos los días se ve en un hombre de su posición: pedir perdón públicamente”. En la nación nipona, la reverencia de Tanaka se denomina saikeirei, y se trata de una inclinación de 90º que se utiliza para pedir perdón por una falta grave. Aparte de esta, existen varias clasificaciones más para catalogar las diferentes formas de solicitarlo, incluyendo el nivel de inclinación, la duración de la misma y su significado. Todos ellos son factores que sirven para expresar tanto el nivel de arrepentimiento como la sinceridad de la disculpa. Un antiguo refrán japonés reza: las espigas de arroz, cuando tienen grano, inclinan la cabeza, y las que no tienen nada, permanecen erectas.

Artículo escrito por Luis Fernando Martín

"Honoré de Balzaz (1799-1850)" En cuanto nos enamoramos somos criaturas desprovistas de sentido común.

Corazón que palpita, mariposas en el estómago, ideas fantasiosas, sonrisas especiales, miradas cargadas de significado, etc; estas y otras muchas sensaciones marcan el estado denominado sentimiento de amor hacia otra persona: ¿De dónde viene el enamoramiento? ¿Es el enamoramiento el producto de una realidad emocional hacia otro/a individuo/a ó también esconde posibles significados alternativos?

En la edad media el amor alcanzó unas cotas emocionales elevadas debido a las nuevas concepciones idílicas de la época sobre este concepto, atraídas por los trovadores en Francia con sus melodías poéticas, de corte en corte —palacios y castillos— y de pueblo en pueblo, donde a través de diferentes historias de conquistas y fracasos amorosos, adornados con multitud de “excesos y sacrificios pasionales” —lo que es denominado amor cortés— derivó en una concepción del enamoramiento como algo más allá de la realidad, a lo que hoy en día se denomina amor romántico.

¿Qué es el amor Romántico?

Según Carlos Yela, profesor del departamento de psicología social de la Universidad complutense de Madrid, el amor romántico es un conjunto de mitos, ideas ó creencias que están formuladas de tal forma “embellecida” que a ojos del oyente y lector parecen verídicas, y por ello son resistentes al razonamiento y al cambio. El mismo autor nos habla de diferentes mitos transmitidos a lo largo de los siglos y sus consecuencias negativas: El mito de la media naranja a través del cual estamos predestinados a permanecer con una determinada persona y sería la única con la que podríamos estar. La consecuencia negativa asociada a esta idea podría llevar a un nivel excesivamente elevado de exigencia sobre la relación de pareja, y además derivar en decepción sobre la misma cuando no se cumplen tales expectativas, pudiendo generar una tolerancia excesiva —“permitirle más porque es mi media naranja”— ó por el contrario a una sobredemanda —“como es mi media naranja debería de hacer más”.

Otro de los mitos característicos a los que hace alusión el autor es el mito de los celos ó creencia de que los celos son una señal de amor, ó también llegar al punto de ser considerado un sentimiento indispensable para que el enamoramiento se produzca, lo que puede justificar patrones de comportamiento egoístas e incluso violentos como algo normal. Otro ejemplo característico es el mito del amor lo puede todo ó omnipotencia del amor: “si hay amor verdadero las dificultades externas o internas para/con la pareja no deben existir”, idea que puede acarrear una conceptualización negativa de los conflictos, y pasividad ante las discusiones de pareja.

Esta serie de mitos y creencias acerca de las relaciones sentimentales han podido desvirtuar el papel de ambos miembros de la pareja, creando una educación diferenciada por sexos donde cada parte ha de cumplir una serie de estereotipos asociados a la misma, según unos roles sociales que han permanecido a lo largo de los siglos hasta el día de hoy, donde cada cultura marca sus límites.

La manifestación más plausible del amor romántico, y consecuentemente del enamoramiento asociado a esos mitos, ha tenido su representación histórica con el Romanticismo de los siglos XVIII y XIX, donde autores como Goethe en una de sus obras más célebres —Las desventuras del joven Werther (Die Leiden des Jungen Werther)— nos habla del amor no correspondido y los ideales románticos del joven Werther, mitificando el amor y las creencias acerca del mismo hacia su amada como sentimiento único y verdadero, lo cual merece el suicidio. Además de la belleza de esta obra, que representa un talante literario exquisito, interesa destacar su contribución a la desvirtuación del enamoramiento y desarrollo de mitos acerca de este. Posteriormente a Goethe, una ola de suicidios sacudió la Europa central de la época a consecuencia de la desesperación vinculada a las altas expectativas asociadas a determinados amores imposibles e idealizados.

¿Qué diferencias hay entre el enamoramiento normal y el enamoramiento patológico?

El enamoramiento es un estado emocional positivo caracterizado por un “intenso deseo recíproco entre dos personas”, esto quiere decir que es un proceso bilateral, donde se comparten apetencias sexuales y personales de manera mutua. Entonces, ¿Qué es lo que pasa cuando una persona se enamora de otra que no le corresponde? Muchos estigmas sociales asociados a este concepto han culminado en la desesperación de algunas personas, donde determinadas ideas vinculadas a la idealización o magnificación hacia una figura a la que se cree amar, postergan un malestar asociado a los conceptos idílicos sobre esta, pudiendo aparecer pensamientos del estilo: “Es la mujer/hombre de mi vida”, “Nunca conoceré a alguien como él/ella”, lo que relacionado directamente con una baja autoestima puede llevar incluso a la desesperanza.

En una entrevista realizada a Walter Riso, terapeuta del enamoramiento patológico, para el diario La vanguardia, comentaba: “vivimos en una epidemia de amor patológico”, precisando además unas pautas para distinguir entre enamoramiento normal y patológico. Uno de los principales síntomas es cuando se pierde la dignidad, es decir, cuando se puede llegar a justificar la situación con “El amor lo significa todo” (mito asociado al amor); cuando uno/una es consciente de que algo le hace daño pero se siente incapaz de vivir sin ello, “Sin esta persona no soy nada”, apareciendo el miedo a perder al otro/a, dada la incapacidad de entender que esa situación le quita más que le da; pudiendo desarrollar así una dependencia a nivel de pensamiento.

Los mitos asociados al amor pueden llegar a destruir a una persona, pero igualmente la pueden reconstruir. Los estigmas asociados al enamoramiento están fundamentados sobre la cultura y la educación, y solo a través del cuestionamiento de las propias creencias personales, la racionalización y la coherencia con los propios sentimientos negativos que sirvan de alerta, uno/a puede llegar a replantearse la realidad de las cosas, con una idea clara: “Tengo derecho a la ternura y reconocimiento como igual” , y derivado de ello llegar a la conclusión de que hay más peces en el río y que eso no es algo negativo, sino al contrario, surge un campo de posibilidades mucho más amplio del que nuestras creencias culturales y mitos nos dejan imaginar.

"Mario Bennedetti (1920-2009)" Y para estar total, completa, absolutamente enamorado, hay que tener plena conciencia de que uno también es querido, que uno también inspira amor

Artículo escrito por Iñigo Cansado de Noriega

Es imposible no comunicar

Comunicar significa transmitir información de una entidad a otra. Esta información pueden ser ideas, opiniones, sentimientos, emociones…

No es necesario señalar la importancia que en nuestra vida tiene la comunicación y el uso del lenguaje. Según algunos estudios, diariamente pronuncias aproximadamente una media de 20.000 palabras al día si eres mujer y unas 7.000 al día si eres hombre.

Sin embargo, no todo en la comunicación son palabras; de hecho, en una comunicación cara a cara, el componente verbal es del 35% aproximadamente.

¿Y qué pasa con el 65% restante?

Pues ese porcentaje se corresponde con la comunicación no verbal, la cual puede definirse como aquella comunicación que tiene lugar a través de canales distintos del lenguaje hablado o escrito.

La comunicación no verbal consta de:

Expresión facial, mirada, postura, gestos.

Distancia personal que necesitamos para sentirnos seguros.

Factores asociados al lenguaje verbal como son tono, ritmo, volumen, silencios y timbre.

Factores asociados al comportamiento, cuya función es sustituir o contradecir el lenguaje verbal, regular la comunicación y expresar sentimientos y emociones.

Podemos identificar varias categorías dentro del lenguaje no verbal como son:

Emblemas: son movimientos que sustituyen a algunas palabras

Ilustrativos: son movimientos que acompañan, subrayan o modifican el discurso

Reguladores: movimientos que mantienen o señalan cambios en los roles de habla y escucha

Exhibidores de afecto: son expresiones vinculadas a la emoción

Batutas: acompañan el ritmo del lenguaje verbal

¿Cómo afecta la comunicación no verbal en terapia?

La ciencia que estudia la comunicación no verbal afirma que los beneficios que su adecuado desarrollo podrían proporcionar son muchos, ya que, a medida que las personas sean más conscientes de sus expresiones, paciente y terapeuta podrían interpretarse mejor; captar la ira, el placer o la tristeza y calibrar mejor la impresión que causan en el otro.

Cuando hablamos de la terapia, es claramente necesario observar los dos tipos de comunicación y comprobar si hay concordancia entre ellos; de esta forma podemos ver si lo que se está diciendo concuerda con cómo se está diciendo. Esto puede darnos mucha información muy útil de cara al seguimiento del proceso.

El papel que tiene la comunicación no verbal dentro de una terapia es fundamental para el fin de la misma, empatizar con el paciente o ayudarle a relacionarse mejor con su entorno. Por lo tanto es una herramienta imprescindible para los psicólogos. De esta manera, desarrollar habilidades de escucha en el ámbito del intercambio comunicativo consigue que haya una mayor sincronización con el ritmo emocional del paciente, propiciándose de esta forma un clima psico-emocional más favorable y, por tanto, generador de una mayor confianza, facilitándose la comunicación terapéutica.

Por ejemplo, cuando en las primeras sesiones de terapia de grupo los pacientes se muestran a la defensiva o no muy favorables a expresar sus sentimientos, se les pide a veces que abran los brazos y las piernas al sentarse, ya que de esta forma se sentirán más abiertos y menos reservados con los demás. De la misma forma si las personas toman más conciencia de lo que hacen con sus rostros y su cuerpo, se terminará consiguiendo un contacto mucho más cercano con sus sentimientos personales. Y este es precisamente uno de los objetivos que intentamos conseguir con la psicoterapia, sea individual o de grupo.

Las palabras que disponemos son demasiado técnicas, frías y clínicas. Muchas veces no importa tanto lo que decimos, si no como lo decimos. No le damos valor, pero la importancia que tiene en una conversación, sorprendentemente, la interpretación y comprensión de las pausas entre las palabras, y los gestos, debería llevarnos a prestar más atención a todos los matices silenciosos, que son tan importantes.

Artículo escrito por Marta Nieto

Si bien es cierto que solemos emplear esta frase en muchas ocasiones a lo largo de nuestra vida, no lo es tanto el hecho de ser conscientes de su significado y posible trasfondo. Muchas veces enunciamos proposiciones de este tipo como manual de instrucciones para elaborar juicios de confianza sobre lo que nos sucede, sobre quien nos rodea y sobre nosotros mismos. Todo ello unido a un uso masificado que parece se está dando de estas afirmaciones, hace que no valoremos la función que ejercen en nuestro día a día, ni qué utilidad les estamos atribuyendo sin darnos cuenta.

Todo este embrollo tiene mucho que ver con el perdón; de que manera entendemos tanto el perdón como el rencor, y en cómo asignamos cadenas perpetuas en nuestra memoria a determinados episodios de nuestra vida que no podemos superar. Pero… ¿Cómo entiendo yo el perdón? ¿Y el rencor? ¿De qué me sirve una postura eterna de odio?

Dado que nos encontramos en una sociedad con muchos tintes morales heredados de nuestra evolución histórica y religiosa, no podemos olvidar que el perdón forma parte de los comportamientos admirados y premiados por la colectividad. Como se puede ver en el tráiler del documental sobre el perdón En el corazón del asesino (The Heart of the Murdered, Catherine McGilvray, 2014) la directora cita: “es humanamente posible reaccionar, acoger un punto de vista superior, y no devolver mal con el mal, sino dar amor”, apelando al poder del perdón como medio para poder cambiar a la persona que te agrede, convertir al agresor en hermano del agredido. Existe todo un panteón de repertorio audiovisual que desarrolla ejemplos acerca de esta postura: El color púrpura (The Color Purple, Steven Spielberg, 1985), La misión (The Mission, Roland Joffé, 1986), Una historia verdadera (The Straight Story, David Lynch, 1999), Antwone Fisher (Id., Denzel Washington, 2002), etc.

Al igual que en el anterior párrafo, junto al anterior planteamiento del perdón coexisten ríos de tinta vertidos en pos de una conceptualización más crítica; por todos son conocidos los blogs, webs y foros en lo que se condena a los agresores a la vez que se sobreprotege a las víctimas. Como planteo al inicio, la frase “perdono, pero no olvido” y todas sus variantes apelan a no olvidar la ofensa, a guardar el rencor por la agresión sufrida, ya que si se hace equivalente el perdón a la reconciliación se puede incrementar el riesgo de que una persona se exponga a seguir siendo dañada por otra. El no perdonar pasaría a ser un estado positivo, pues hacerlo podría incluso ser dañino, poniendo en riesgo de re-victimizar a personas que se encuentren en condición de vulnerabilidad ante situaciones de abuso o maltrato. Por lo tanto, no se vería el perdón como un mecanismo que necesariamente apunte hacia la gratificación; usualmente, estas posturas son asumidas por quienes trabajan con poblaciones víctimas de violencia o injusticias más severas, como el abuso sexual. Se trata de una postura unida a la supervivencia más que otra cosa, cuyos valores que subyacen son los de equidad, justicia y empoderamiento.

Desde una perspectiva clínica, la psicología ha tratado de explicar el concepto como un instrumento adaptativo, capaz de hacernos la vida más llevadera. Pese a la diversidad de definiciones, existe un punto de consenso en considerar que este implica un descenso en la NEGATIVIDAD de los pensamientos, sentimientos y conductas hacia el ofensor; el “pero no olvido” determinaría, a su vez, un aumento del resentimiento hacia quien ha provocado el dolor. Perdonar significaría, además, que aún sabiendo la naturaleza hiriente de la ofensa y lo injustificable de la situación —y de no merecer un perdón—, la persona ofendida DECIDE hacerlo.

De lo anteriormente señalado se debe explicar que, a pesar de la intencionalidad de perdonar, esto no quiere decir que no se reclame justicia, en la manera que tal reclamo no sea solo por fines vengativos. Para ayudar a fomentar esta intencionalidad es importante entender a la a persona agresora en su conjunto de emociones, pensamientos y conductas que la llevaron a cometer el acto hiriente, dado que la agresión se produce dentro de un contexto interrelacional específico en el que los roles ofensor-ofendido suelen ser intercambiables —es importante tener en cuenta el contexto de población con la que se suele trabajar desde la psicología clínica.

Asimismo, los autores coinciden en que el constructo de perdón puede ser entendido de dos maneras: como una respuesta o como un estado. En cuanto al perdón como respuesta, existen ciertas unidades sociales, como una pareja o una familia, en las que este resulta más probable que en otras relaciones. Finalmente, el perdón como estado es entendido como un rasgo de personalidad que alude a la tendencia a perdonar a través del tiempo y las situaciones.

Una de las cualidades de personalidad que más se asocian al perdón es la resiliencia o la capacidad de sobreponerse y/o no quebrarse ante períodos o circunstancias de dolor emocional. Existe un grandioso ejemplo de resiliencia tras los pasados ataques terroristas, en los que desgraciadamente, ha habido muchas personas que han sufrido terribles secesos y pérdidas; pero experiencias como la siguiente aportan una riqueza infinita para crecer y aprender. Como no podría ser de otra forma, me refiero a la conmovedora carta de un padre que perdió a su esposa en los pasados atentados de París: No tendréis mi odio.

A modo de resumen y con el fin de no buscar el sensacionalismo, me gustaría evocar la idea de perdón como una actitud con nosotros mismos, no dependiente de factores externos. Debemos invocar esa condición casi egoísta en la que el perdón es simplemente una herramienta para poder continuar con nuestras vidas, o simplemente, vivir lo más feliz posible. Así lo refleja una víctima de terrorismo en nuestro país en la contraportada de su libro: Perdón para vivir, y en el siguiente vídeo: Forgive to live, donde lo más reseñable, a mi parecer, es la filosofía que ha adoptado la protagonista en contestar con “para qués” a las preguntas de los “por qués”“¿Por qué los has perdonado?” “Para poder ser feliz”.

George Herbert: Aquel que no puede perdonar a otros, destruye el puente sobre el cual debe pasar él mismo.

Artículo escrito por Luis Fernando Martín

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