El autismo es un trastorno del desarrollo neuropsiquiátrico cuyas manifestaciones aparecen desde antes de los 2 años de edad y persisten toda la vida. El origen de este trastorno no está claro, sin embargo las investigaciones actuales apuntan a su aparición durante el embarazo, si bien es cierto que se sigue investigando.
Se caracteriza por tres déficits básicos: el verbal, el comunicativo y el afectivo, y está acompañado de conductas obsesivas.
En general las personas con autismo presentan habilidades de interacción distintas a las de los demás, por ejemplo aislamiento social importante, poco interés en relacionarse con los demás.
En relación a las habilidades de comunicación, tanto verbales como no verbales, son muchas y diferentes. Podemos encontrar personas autistas que no emplean ningún lenguaje hasta otras con un lenguaje más fluido aunque siempre con algún problema en la comunicación con los demás; además, presentan un repertorio limitado de intereses y conductas. Pueden presentar los mismos comportamientos de forma repetitiva, llegando a convertirse en obsesivos.
Estas personas tienen dificultades para expresar sus sentimientos y emociones, así como para identificarlos en los demás. Pueden expresar sus sentimientos pero de forma diferente a como se hace normalmente y utilizando pautas poco comunes, que en ocasiones pueden no ser entendidas adecuadamente. Por ejemplo, una persona autista difícilmente te dirá que te quiere o que te necesita pero si utilizará otras maneras de demostrarlo, como sentarse a tu lado o bien rozarte la mano aunque sea levemente y rápido.
Por otra parte, cuando vivimos o conocemos a personas con autismo resulta muy importante tanto el establecimiento de rutinas como seguirlas completamente; de esta manera los autistas saben lo que va a pasar en el día y pueden prepararse para hacerle frente. Cuando hay algún cambio en la rutina, por ejemplo un día de fiesta en medio de la semana de clase, es muy importante avisarlo con tiempo, realizar un nuevo calendario de esa semana y explicarles lo que se va a hacer.
Todo esto hace que sea más difícil para ellos desenvolverse adecuadamente en el entorno social.
El hecho es que cada vez aparecen más casos de niños con autismo o con algún trastorno del desarrollo relacionado con éste. Si bien en la actualidad el autismo está más normalizado, se conocen más casos y existen más recursos, es cierto que hace unos años estos niños eran considerados “raros´´, “retrasados´´ e incluso algunas personas podían llegar a sentir miedo en relación a su comportamiento.
Al tratar con esta población resulta muy importante seguir unas pautas determinadas, ya que tienen unas necesidades diferentes a los demás y hay que adaptarse a su desarrollo y a sus comportamientos.
Cuando se sospecha que tu hijo es diferente es fundamental llevarlo a un especialista que pueda identificar si presenta algún tipo de patología. En el caso del autismo, son niños que a edades muy tempranas no cumplen los hitos evolutivos propios para su edad: ya desde bebes de pocos meses, o con un año, se puede observar que no se desarrollan como los demás, por ejemplo presentan problemas de alimentación o sueño, están irritables, no juegan con los juguetes ni interactúan con las personas del entorno, no miran cuando les hablan, no les gusta que les cojan, sus actividades motoras se demoran… Estas son algunas de las características que los pequeños empiezan a desarrollar a partir de los 6 meses y que, si presentan autismo, no desarrollan o lo hacen de manera ineficaz.
Es muy importante para un buen desarrollo, y la consiguiente mejora, que se acuda a los servicios de atención temprana lo antes posible. La intervención temprana ayuda a que los niños aprendan destrezas importantes desde su nacimiento hasta los tres años de edad (36 meses). Estos servicios incluyen terapia para ayudar a que los pequeños hablen, caminen e interactúen con iguales.
¿Qué tratamientos existen para el autismo?
Para el autismo existen diferentes tipos de tratamiento, por ejemplo la integración educativa, los programas conductuales, los programas de aprendizaje, la terapia conductual… Uno de los más aceptados y utilizados por psicólogos y otros profesionales en los centros educativos es el ABA (Análisis Conductual Aplicado) (ABA, por sus siglas en inglés). Este método incentiva las conductas positivas y desalienta las negativas para mejorar distintas destrezas. Se realiza una medición del progreso y, posteriormente, se lleva a cabo un seguimiento.
Con este método se premia al niño cuando hace algo bien, como por ejemplo colocar los juguetes en su sitio, pero si no los guarda o lo hace mal no se le riñe ni se le recrimina nada sino que se le ayuda mediante una ayuda externa —guiar la mano del niño hasta donde está la caja de juguetes—. Al final se anota cuantas veces el niño ha guardado el juguete por sí solo y cuantas ha necesitado ayuda.
Los métodos ABA se utilizan para:
Enseñar nuevas destrezas
Crear nuevas conductas positivas
Reforzar conductas positivas
Disminuir las conductas que interfieren con el aprendizaje
Si estáis interesados en ampliar información, aquí tenéis unos vídeos ABA:
En conclusión, lo más importante de todo es que no hay que olvidar que los niños autistas sobre todas las cosas son NIÑOS y como tal hay que tratarlos, no de una manera diferente a como te gustaría que te trataran a ti. Uno de los comportamientos más usuales cuando se interacciona con ellos es agarrar su cara para dirigir su mirada a la nuestra y así poder interaccionar; ahora bien, ¿no será mejor movernos nosotros y situarnos en su campo visual? Cuando trates con una persona con autismo piensa que cosas no te gustaría que te hicieran a la hora de relacionarte y no las hagas: no agarres su cara, no grites, no te enfades si no muestra sus sentimientos o las cosas que quieren. Son niños con algunos déficits y solo es necesario adaptarse un poco.
Artículo escrito por Natalia Barrena
"Dolores Huerta": Si no te has perdonado algo, ¿cómo puedes perdonar a los demás?
¿Por qué es más fácil perdonar a otra persona que perdonarse a uno mismo? Llevar consigo el terrible sentimiento de culpa por algo que sucedió en el pasado es una carga demasiada pesada que no podemos cargar perpetuamente. ¿Por qué podemos perdonar a los demás aunque estos hayan cometido delitos atroces? mientras que… ¿no nos perdonamos por un error mucho menor? y sobre todo… ¿por qué somos tan duros con nosotros mismos? ¿por qué es tan importante saber perdonarse?
Como se suele decir, errar es humano; de hecho cometer errores es una parte fundamental en el aprendizaje emocional. Aprendemos a regular nuestras emociones de forma más eficaz cuando hemos estado expuestos a una situación fallida por intentar solucionar los problemas del día a día. A parte de la incontrolabilidad, lo que más nos molesta de aquello que nos toca afrontar es que nos muestra, como si fuera un espejo, el reflejo de un rasgo o conflicto que en realidad es nuestro, que forma parte de nuestro mundo interior. El daño o acto hiriente cometido alude, en realidad, a una característica de nuestra personalidad con la que no estamos conformes, que nos resulta desagradable o que intentamos combatir. Como señala Axel Piskulic, este proceso por el cual vemos “afuera” rasgos o conflictos que llevamos “adentro” se conoce en psicología con el término de proyección. Resulta necesario conocer estas características propias que consideramos negativas, entender que forman parte de un escalón en la escalera de crecimiento personal en el que nos encontramos en este momento, y aceptarlas de la misma manera que nos resulta fácil encariñarnos con niño a pesar de sus travesuras y errores, sabiendo que aún le queda completar su evolución y muchas cosas que aprender.
La psicóloga María Jesús Álava Reyes responde a estas y otras cuestiones en su libro Las tres claves de la felicidad: perdónate bien, quiérete mejor y coge las riendas de tu vida, en el que recoge el saber perdonarnos a nosotros mismos como la clave para hacernos sentir más seguros y mejorar nuestra autoestima: el autoperdón es diferente según las personas y las situaciones en las que infligimos algún daño; por ejemplo en lo relativo a nuestros hijos, pareja y familia, nos resulta más difícil perdonarnos que cuando se trata de jefes y compañeros de trabajo. Esto es así porque en las situaciones en las que hemos herido a alguien importante o cuando incumplimos nuestra palabra nos cuesta más que cuando nos sentimos engañados, en situación de injusticia o hemos hecho el ridículo. El perdón a uno mismo se relaciona con la salud mental y el bienestar incluso de forma más intensa que el perdón a los demás. Como apunta la autora: “perdonar nos hará más libres, pero perdonarnos a nosotros mismos nos hará más felices”
Son muchos los autores que hablan de fases, consejos y pautas para conseguir un adecuado autoperdón. Según Juan Masiá Clavel estas son las reflexiones más importantes que pueden llevar a un adecuado procesamiento del perdón: sentirse mal y lamentar el mal, desmitificar la acusación, reconocer la vulnerabilidad, saber que la capacidad de gratitud y perdón van unidas, personalizar la responsabilidad, reorientar el remordimiento, verbalizar el arrepentimiento y dejarse perdonar.
A este respecto, María Prieto-Ursúa e Ignacio Echegoyen marcan, en un estudio de la Universidad Pontificia de Comillas, el curso temporal del perdón hacia uno mismo:
Evitar el falso perdón: no asumir la responsabilidad propia culpando al exterior o justificando las acciones, huyendo además de toda situación o persona que recuerde a la ofensa. Se intenta neutralizar la culpa.
Auto-culpabilizarse en exceso o auto-condenación: en vez de externalizar la culpa, ésta se internaliza, produciéndose altos niveles de vergüenza, malestar y deseos de castigarse a uno mismo.
Afrontar el daño causado y llevar a cabo una restauración compensativa: de esta forma afrontar la ofensa cometida sería verdadero o genuino autoperdón.
Sin embargo, se ha comprobado que perdón hacia uno mismo puede conllevar también consecuencias negativas como el ya citado falso perdón, que correlaciona con características narcisistas de personalidad. Además, este puede igualmente reducir la motivación para recibir el perdón de la víctima (Enright, 1996). Otra posible característica negativa es que puede cegarnos, no dejarnos ver nuestras ofensas y hacer más probable que vuelvan a surgir sin que nos hagan sentirnos culpables.
Estos aspectos negativos pueden llevar a entender el autoperdón como un proceso centrado en uno mismo y despectivo para la víctima. Y llegados a este punto, me gustaría volver a sacar la controversia a relucir con el arrepentimiento de un individuo que perteneció a la banda terrorista E.T.A.: antes de nada, quiero aclarar mi respeto a las víctimas y sus familiares; y clarificar que el único propósito de esta alusión es mostrar puntos de vista diferentes —en el anterior artículo rescatamos la entrevista a una víctima del terrorismo—. De este modo, Iñaki Rekarte reconoce: “lo difícil es perdonarse a uno mismo”, es su libro homónimo. En el texto Iñaki narra qué le llevó a formar parte de la banda, y cómo a través del amor a su mujer —quien fuera su asistente social en la cárcel— descubre una sociedad antes rechazada y el camino del arrepentimiento y el perdón, no sólo de sus víctimas, si no de sí mismo. Rodrigo Tena Arregui hace una interesante reflexión acerca del libro, y lo que significa perdonarse a uno mismo. Destaca la importancia del “por qué” uno no ha hecho las cosas bien y “qué”es lo que te ha llevado a actuar así, aludiendo al testimonio autobiográfico de Rudolf Hoess, oficial de las SS, en Comandante en Auschwitz.
Como apunta el título del artículo, el arte del perdón es el autoperdón: saber cómo hacer las paces con uno mismo, un bien necesario que tiene que ver con la auto-aceptación, con permitirnos no ser perfectos cada minuto que conforma nuestro día a día y, con ello, dejar de exigirnos aquello para lo que todavía no estamos preparados. Es una liberación de la dictadura autoimpuesta que creemos que proviene de fuera, pero que nace de dentro de nosotros.
Y es que el perdón es diferente según la zona de procedencia. Para despedir este texto me gustaría rescatar la anécdota de Hisao Tanaka, el antiguo presidente de la compañía japonesa Toshiba, que dimitió tras un escándalo contable que implicaba a su empresa. El ex-presidente pidió disculpas ante la prensa, mostró vergüenza y culpa consigo mismo, y finalizó con una pronunciada reverencia que duró varios segundos, y que como apuntaba el diario El Mundo “es un gesto que no todos los días se ve en un hombre de su posición: pedir perdón públicamente”. En la nación nipona, la reverencia de Tanaka se denomina saikeirei, y se trata de una inclinación de 90º que se utiliza para pedir perdón por una falta grave. Aparte de esta, existen varias clasificaciones más para catalogar las diferentes formas de solicitarlo, incluyendo el nivel de inclinación, la duración de la misma y su significado. Todos ellos son factores que sirven para expresar tanto el nivel de arrepentimiento como la sinceridad de la disculpa. Un antiguo refrán japonés reza: las espigas de arroz, cuando tienen grano, inclinan la cabeza, y las que no tienen nada, permanecen erectas.
Artículo escrito por Luis Fernando Martín
"Honoré de Balzaz (1799-1850)" En cuanto nos enamoramos somos criaturas desprovistas de sentido común.
Corazón que palpita, mariposas en el estómago, ideas fantasiosas, sonrisas especiales, miradas cargadas de significado, etc; estas y otras muchas sensaciones marcan el estado denominado sentimiento de amor hacia otra persona: ¿De dónde viene el enamoramiento? ¿Es el enamoramiento el producto de una realidad emocional hacia otro/a individuo/a ó también esconde posibles significados alternativos?
En la edad media el amor alcanzó unas cotas emocionales elevadas debido a las nuevas concepciones idílicas de la época sobre este concepto, atraídas por los trovadores en Francia con sus melodías poéticas, de corte en corte —palacios y castillos— y de pueblo en pueblo, donde a través de diferentes historias de conquistas y fracasos amorosos, adornados con multitud de “excesos y sacrificios pasionales” —lo que es denominado amor cortés— derivó en una concepción del enamoramiento como algo más allá de la realidad, a lo que hoy en día se denomina amor romántico.
¿Qué es el amor Romántico?
Según Carlos Yela, profesor del departamento de psicología social de la Universidad complutense de Madrid, el amor romántico es un conjunto de mitos, ideas ó creencias que están formuladas de tal forma “embellecida” que a ojos del oyente y lector parecen verídicas, y por ello son resistentes al razonamiento y al cambio. El mismo autor nos habla de diferentes mitos transmitidos a lo largo de los siglos y sus consecuencias negativas: El mito de la media naranja a través del cual estamos predestinados a permanecer con una determinada persona y sería la única con la que podríamos estar. La consecuencia negativa asociada a esta idea podría llevar a un nivel excesivamente elevado de exigencia sobre la relación de pareja, y además derivar en decepción sobre la misma cuando no se cumplen tales expectativas, pudiendo generar una tolerancia excesiva —“permitirle más porque es mi media naranja”— ó por el contrario a una sobredemanda —“como es mi media naranja debería de hacer más”.
Otro de los mitos característicos a los que hace alusión el autor es el mito de los celos ó creencia de que los celos son una señal de amor, ó también llegar al punto de ser considerado un sentimiento indispensable para que el enamoramiento se produzca, lo que puede justificar patrones de comportamiento egoístas e incluso violentos como algo normal. Otro ejemplo característico es el mito del amor lo puede todo ó omnipotencia del amor: “si hay amor verdadero las dificultades externas o internas para/con la pareja no deben existir”, idea que puede acarrear una conceptualización negativa de los conflictos, y pasividad ante las discusiones de pareja.
Esta serie de mitos y creencias acerca de las relaciones sentimentales han podido desvirtuar el papel de ambos miembros de la pareja, creando una educación diferenciada por sexos donde cada parte ha de cumplir una serie de estereotipos asociados a la misma, según unos roles sociales que han permanecido a lo largo de los siglos hasta el día de hoy, donde cada cultura marca sus límites.
La manifestación más plausible del amor romántico, y consecuentemente del enamoramiento asociado a esos mitos, ha tenido su representación histórica con el Romanticismo de los siglos XVIII y XIX, donde autores como Goethe en una de sus obras más célebres —Las desventuras del joven Werther (Die Leiden des Jungen Werther)— nos habla del amor no correspondido y los ideales románticos del joven Werther, mitificando el amor y las creencias acerca del mismo hacia su amada como sentimiento único y verdadero, lo cual merece el suicidio. Además de la belleza de esta obra, que representa un talante literario exquisito, interesa destacar su contribución a la desvirtuación del enamoramiento y desarrollo de mitos acerca de este. Posteriormente a Goethe, una ola de suicidios sacudió la Europa central de la época a consecuencia de la desesperación vinculada a las altas expectativas asociadas a determinados amores imposibles e idealizados.
¿Qué diferencias hay entre el enamoramiento normal y el enamoramiento patológico?
El enamoramiento es un estado emocional positivo caracterizado por un “intenso deseo recíproco entre dos personas”, esto quiere decir que es un proceso bilateral, donde se comparten apetencias sexuales y personales de manera mutua. Entonces, ¿Qué es lo que pasa cuando una persona se enamora de otra que no le corresponde? Muchos estigmas sociales asociados a este concepto han culminado en la desesperación de algunas personas, donde determinadas ideas vinculadas a la idealización o magnificación hacia una figura a la que se cree amar, postergan un malestar asociado a los conceptos idílicos sobre esta, pudiendo aparecer pensamientos del estilo: “Es la mujer/hombre de mi vida”, “Nunca conoceré a alguien como él/ella”, lo que relacionado directamente con una baja autoestima puede llevar incluso a la desesperanza.
En una entrevista realizada a Walter Riso, terapeuta del enamoramiento patológico, para el diario La vanguardia, comentaba: “vivimos en una epidemia de amor patológico”, precisando además unas pautas para distinguir entre enamoramiento normal y patológico. Uno de los principales síntomas es cuando se pierde la dignidad, es decir, cuando se puede llegar a justificar la situación con “El amor lo significa todo” (mito asociado al amor); cuando uno/una es consciente de que algo le hace daño pero se siente incapaz de vivir sin ello, “Sin esta persona no soy nada”, apareciendo el miedo a perder al otro/a, dada la incapacidad de entender que esa situación le quita más que le da; pudiendo desarrollar así una dependencia a nivel de pensamiento.
Los mitos asociados al amor pueden llegar a destruir a una persona, pero igualmente la pueden reconstruir. Los estigmas asociados al enamoramiento están fundamentados sobre la cultura y la educación, y solo a través del cuestionamiento de las propias creencias personales, la racionalización y la coherencia con los propios sentimientos negativos que sirvan de alerta, uno/a puede llegar a replantearse la realidad de las cosas, con una idea clara: “Tengo derecho a la ternura y reconocimiento como igual” , y derivado de ello llegar a la conclusión de que hay más peces en el río y que eso no es algo negativo, sino al contrario, surge un campo de posibilidades mucho más amplio del que nuestras creencias culturales y mitos nos dejan imaginar.
"Mario Bennedetti (1920-2009)" Y para estar total, completa, absolutamente enamorado, hay que tener plena conciencia de que uno también es querido, que uno también inspira amor
Artículo escrito por Iñigo Cansado de Noriega
Es imposible no comunicar
Comunicar significa transmitir información de una entidad a otra. Esta información pueden ser ideas, opiniones, sentimientos, emociones…
No es necesario señalar la importancia que en nuestra vida tiene la comunicación y el uso del lenguaje. Según algunos estudios, diariamente pronuncias aproximadamente una media de 20.000 palabras al día si eres mujer y unas 7.000 al día si eres hombre.
Sin embargo, no todo en la comunicación son palabras; de hecho, en una comunicación cara a cara, el componente verbal es del 35% aproximadamente.
¿Y qué pasa con el 65% restante?
Pues ese porcentaje se corresponde con la comunicación no verbal, la cual puede definirse como aquella comunicación que tiene lugar a través de canales distintos del lenguaje hablado o escrito.
La comunicación no verbal consta de:
Expresión facial, mirada, postura, gestos.
Distancia personal que necesitamos para sentirnos seguros.
Factores asociados al lenguaje verbal como son tono, ritmo, volumen, silencios y timbre.
Factores asociados al comportamiento, cuya función es sustituir o contradecir el lenguaje verbal, regular la comunicación y expresar sentimientos y emociones.
Podemos identificar varias categorías dentro del lenguaje no verbal como son:
Emblemas: son movimientos que sustituyen a algunas palabras
Ilustrativos: son movimientos que acompañan, subrayan o modifican el discurso
Reguladores: movimientos que mantienen o señalan cambios en los roles de habla y escucha
Exhibidores de afecto: son expresiones vinculadas a la emoción
Batutas: acompañan el ritmo del lenguaje verbal
¿Cómo afecta la comunicación no verbal en terapia?
La ciencia que estudia la comunicación no verbal afirma que los beneficios que su adecuado desarrollo podrían proporcionar son muchos, ya que, a medida que las personas sean más conscientes de sus expresiones, paciente y terapeuta podrían interpretarse mejor; captar la ira, el placer o la tristeza y calibrar mejor la impresión que causan en el otro.
Cuando hablamos de la terapia, es claramente necesario observar los dos tipos de comunicación y comprobar si hay concordancia entre ellos; de esta forma podemos ver si lo que se está diciendo concuerda con cómo se está diciendo. Esto puede darnos mucha información muy útil de cara al seguimiento del proceso.
El papel que tiene la comunicación no verbal dentro de una terapia es fundamental para el fin de la misma, empatizar con el paciente o ayudarle a relacionarse mejor con su entorno. Por lo tanto es una herramienta imprescindible para los psicólogos. De esta manera, desarrollar habilidades de escucha en el ámbito del intercambio comunicativo consigue que haya una mayor sincronización con el ritmo emocional del paciente, propiciándose de esta forma un clima psico-emocional más favorable y, por tanto, generador de una mayor confianza, facilitándose la comunicación terapéutica.
Por ejemplo, cuando en las primeras sesiones de terapia de grupo los pacientes se muestran a la defensiva o no muy favorables a expresar sus sentimientos, se les pide a veces que abran los brazos y las piernas al sentarse, ya que de esta forma se sentirán más abiertos y menos reservados con los demás. De la misma forma si las personas toman más conciencia de lo que hacen con sus rostros y su cuerpo, se terminará consiguiendo un contacto mucho más cercano con sus sentimientos personales. Y este es precisamente uno de los objetivos que intentamos conseguir con la psicoterapia, sea individual o de grupo.
Las palabras que disponemos son demasiado técnicas, frías y clínicas. Muchas veces no importa tanto lo que decimos, si no como lo decimos. No le damos valor, pero la importancia que tiene en una conversación, sorprendentemente, la interpretación y comprensión de las pausas entre las palabras, y los gestos, debería llevarnos a prestar más atención a todos los matices silenciosos, que son tan importantes.
Artículo escrito por Marta Nieto
Si bien es cierto que solemos emplear esta frase en muchas ocasiones a lo largo de nuestra vida, no lo es tanto el hecho de ser conscientes de su significado y posible trasfondo. Muchas veces enunciamos proposiciones de este tipo como manual de instrucciones para elaborar juicios de confianza sobre lo que nos sucede, sobre quien nos rodea y sobre nosotros mismos. Todo ello unido a un uso masificado que parece se está dando de estas afirmaciones, hace que no valoremos la función que ejercen en nuestro día a día, ni qué utilidad les estamos atribuyendo sin darnos cuenta.
Todo este embrollo tiene mucho que ver con el perdón; de que manera entendemos tanto el perdón como el rencor, y en cómo asignamos cadenas perpetuas en nuestra memoria a determinados episodios de nuestra vida que no podemos superar. Pero… ¿Cómo entiendo yo el perdón? ¿Y el rencor? ¿De qué me sirve una postura eterna de odio?
Dado que nos encontramos en una sociedad con muchos tintes morales heredados de nuestra evolución histórica y religiosa, no podemos olvidar que el perdón forma parte de los comportamientos admirados y premiados por la colectividad. Como se puede ver en el tráiler del documental sobre el perdón En el corazón del asesino (The Heart of the Murdered, Catherine McGilvray, 2014) la directora cita: “es humanamente posible reaccionar, acoger un punto de vista superior, y no devolver mal con el mal, sino dar amor”, apelando al poder del perdón como medio para poder cambiar a la persona que te agrede, convertir al agresor en hermano del agredido. Existe todo un panteón de repertorio audiovisual que desarrolla ejemplos acerca de esta postura: El color púrpura (The Color Purple, Steven Spielberg, 1985), La misión (The Mission, Roland Joffé, 1986), Una historia verdadera (The Straight Story, David Lynch, 1999), Antwone Fisher (Id., Denzel Washington, 2002), etc.
Al igual que en el anterior párrafo, junto al anterior planteamiento del perdón coexisten ríos de tinta vertidos en pos de una conceptualización más crítica; por todos son conocidos los blogs, webs y foros en lo que se condena a los agresores a la vez que se sobreprotege a las víctimas. Como planteo al inicio, la frase “perdono, pero no olvido” y todas sus variantes apelan a no olvidar la ofensa, a guardar el rencor por la agresión sufrida, ya que si se hace equivalente el perdón a la reconciliación se puede incrementar el riesgo de que una persona se exponga a seguir siendo dañada por otra. El no perdonar pasaría a ser un estado positivo, pues hacerlo podría incluso ser dañino, poniendo en riesgo de re-victimizar a personas que se encuentren en condición de vulnerabilidad ante situaciones de abuso o maltrato. Por lo tanto, no se vería el perdón como un mecanismo que necesariamente apunte hacia la gratificación; usualmente, estas posturas son asumidas por quienes trabajan con poblaciones víctimas de violencia o injusticias más severas, como el abuso sexual. Se trata de una postura unida a la supervivencia más que otra cosa, cuyos valores que subyacen son los de equidad, justicia y empoderamiento.
Desde una perspectiva clínica, la psicología ha tratado de explicar el concepto como un instrumento adaptativo, capaz de hacernos la vida más llevadera. Pese a la diversidad de definiciones, existe un punto de consenso en considerar que este implica un descenso en la NEGATIVIDAD de los pensamientos, sentimientos y conductas hacia el ofensor; el “pero no olvido” determinaría, a su vez, un aumento del resentimiento hacia quien ha provocado el dolor. Perdonar significaría, además, que aún sabiendo la naturaleza hiriente de la ofensa y lo injustificable de la situación —y de no merecer un perdón—, la persona ofendida DECIDE hacerlo.
De lo anteriormente señalado se debe explicar que, a pesar de la intencionalidad de perdonar, esto no quiere decir que no se reclame justicia, en la manera que tal reclamo no sea solo por fines vengativos. Para ayudar a fomentar esta intencionalidad es importante entender a la a persona agresora en su conjunto de emociones, pensamientos y conductas que la llevaron a cometer el acto hiriente, dado que la agresión se produce dentro de un contexto interrelacional específico en el que los roles ofensor-ofendido suelen ser intercambiables —es importante tener en cuenta el contexto de población con la que se suele trabajar desde la psicología clínica.
Asimismo, los autores coinciden en que el constructo de perdón puede ser entendido de dos maneras: como una respuesta o como un estado. En cuanto al perdón como respuesta, existen ciertas unidades sociales, como una pareja o una familia, en las que este resulta más probable que en otras relaciones. Finalmente, el perdón como estado es entendido como un rasgo de personalidad que alude a la tendencia a perdonar a través del tiempo y las situaciones.
Una de las cualidades de personalidad que más se asocian al perdón es la resiliencia o la capacidad de sobreponerse y/o no quebrarse ante períodos o circunstancias de dolor emocional. Existe un grandioso ejemplo de resiliencia tras los pasados ataques terroristas, en los que desgraciadamente, ha habido muchas personas que han sufrido terribles secesos y pérdidas; pero experiencias como la siguiente aportan una riqueza infinita para crecer y aprender. Como no podría ser de otra forma, me refiero a la conmovedora carta de un padre que perdió a su esposa en los pasados atentados de París: No tendréis mi odio.
A modo de resumen y con el fin de no buscar el sensacionalismo, me gustaría evocar la idea de perdón como una actitud con nosotros mismos, no dependiente de factores externos. Debemos invocar esa condición casi egoísta en la que el perdón es simplemente una herramienta para poder continuar con nuestras vidas, o simplemente, vivir lo más feliz posible. Así lo refleja una víctima de terrorismo en nuestro país en la contraportada de su libro: Perdón para vivir, y en el siguiente vídeo: Forgive to live, donde lo más reseñable, a mi parecer, es la filosofía que ha adoptado la protagonista en contestar con “para qués” a las preguntas de los “por qués”: “¿Por qué los has perdonado?” “Para poder ser feliz”.
George Herbert: Aquel que no puede perdonar a otros, destruye el puente sobre el cual debe pasar él mismo.
Artículo escrito por Luis Fernando Martín
En la actualidad nuestro entorno cambia a una velocidad atroz, pues la tecnología avanza a pasos de gigante y con ello el desarrollo de la sociedad. Sin embargo ¿Qué ocurre a nivel individual? La realidad actual, compleja y cambiante, implica una continua adaptación a nuestro contexto. Esta adaptación requiere de esfuerzo para ir modificando nuestros patrones de comportamiento acorde a las distintas normas, valores, estereotipos y reglas que rigen en nuestra cultura.
Desde hace unos años se ha visto como han aumentado los llamados trastornos comunes que engloban la depresión, la ansiedad y los trastornos adaptativos —o problemas de la vida diaria— en la atención primaria e, incluso, dentro de psiquiatría. El volumen de las consultas de este tipo puede suponer entre el 20% y el 30% de las demandas asistenciales (Ortiz, González y Rodríguez, 2006), pues esta continua adaptación a una sociedad que cambia tan deprisa nos puede llevar a la sensación de no tener tiempo para pararnos a disfrutar de los buenos momentos, a analizar las diferentes situaciones que nos encontramos en nuestro día a día o parar a tomar nuestra propia decisión.
En este contexto es fácil que percibamos un bajo control de nuestra propia vida; además, si unimos esto al gran marketing de ser feliz en todo momento y hacer aquello que nos guste, pueden surgir generalizaciones como hacer las cosas que solo nos proporcionen bienestar, que no requieran esfuerzo y no produzcan sentimientos negativos: la exigencia de una mejor calidad de vida, de no cumplirse en todo momento dichas expectativas, puede llevar a la frustración. Si es tolerada de forma adaptativa, la persona sentirá que es capaz de reconducir su vida, sino es así, y presenta una gran intolerancia al malestar emocional, puede llegar a sentirse incapaz de afrontar cualquier molestia o problema, derivando en la evitación o mala solución de los mismos y una situación de insatisfacción personal. Es en este clima donde aparece la medicalización de la vida, la psicopatologización de las dificultades de la vida cotidiana, pues los fármacos se presentan como los tratamientos de primera elección para estados o situaciones que antes no se consideraban objeto de atención sanitaria, ya que se trata de procesos normales de la vida. Esto se encuentra relacionado con la tendencia a asignar a todos los problemas un diagnóstico, unos síntomas y un tratamiento; lo que resulta acentuado además por el marketing de la industria farmacéutica dirigido a médicos y pacientes (Echeburúa, Salaberría, Corral, y Cruz-Sáez, 2012) que ofrecen fármacos que alivian el malestar, generando en muchas ocasiones dependencia física y psicológica. Tampoco hay que olvidar que la persona acude al médico con la necesidad de que su sufrimiento acabe de forma casi inmediata. En este punto, aunque el médico considere que se trata de un problema del día a día o valore la necesidad de atención psicológica, dicho recurso es escaso en nuestro sistema sanitario, por lo que la única opción que le queda para atender a la demanda de su paciente es recetarle el fármaco de su elección.
Este abordaje, efectivamente, alivia el malestar de las personas y les permite vivir de manera más confortable; pero, ¿Qué ocurre con el paso del tiempo?
Es probable que se genere dependencia, tanto física como psicológica, a dichos fármacos. Además, al no haber trabajado a fondo sobre el problema, pues únicamente puso su atención en el alivio de la sintomatología, no comprenderá el porqué de su malestar, ni incorporará a su experiencia ninguna herramienta para poder hacer frente a situaciones conflictivas futuras.
REFERENCIAS
Echeburúa, E., Salaberría, K., Corral, P., y Cruz-Sáez, S. (2012). Funciones y ámbitos de actuación del psicólogo clínico y del psicólogo general sanitario: una primera reflexión. Psicología Conductual, Vol. 20, Nº 2, pp. 423-435
Francés, A., (2014). ¿Somos todos enfermos mentales? Ariel
Ortiz, A., González, R. y Rodríguez, F. (2006). La derivación a salud mental de pacientes sin un trastorno psíquico diagnosticable. Atención Primaria, 38, 563-569.
Artículo escrito por Gema Pérez
Los trastornos de la conducta alimentaria son mucho más que una moda o una problemática nutricional, constituyen una enfermedad psiquiátrica que, como tal, se refleja clasificada en el manual de diagnóstico de los trastornos mentales (DSM). Además tienen un alto riesgo de cronificación: una cuarta parte de quienes lo padecen pueden mantener los síntomas durante muchos años o, incluso, el resto de su vida.
Hasta hace algunos años, los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) se podían considerar como parte de las enfermedades extravagantes y raras, de las que sólo tenían conocimiento los psiquiatras y psicólogos. En la actualidad esto ha cambiado de forma radical; desde hace alrededor de quince-veinte años, los TCA han irrumpido de forma explosiva en los servicios de salud.
Me parece importante que nos preguntemos, ¿Cómo es posible que en sociedades donde en mayor o menor grado la cantidad de alimentos es suficiente, y la alimentación no es una preocupación básica, una persona decida dejar de comer incluso hasta la desnutrición extrema?
Muchos factores, entre los cuales se encuentran el apetito, las prácticas culturales de la familia o del grupo social al que se pertenece, así como la disponibilidad de alimentos controlan la alimentación. No podemos olvidarnos de la moda, las campañas comerciales de venta de alimentos especiales y algunas profesiones o actividades relacionadas con el culto a la apariencia física que promueven la idea de tener un peso corporal mínimo como condición básica para una buena salud.
Dentro de los trastornos de la alimentación encontramos graves distorsiones cognitivas que van desde la reducción extrema de comida hasta la sobrealimentación mórbida, que afectan a los sentimientos de la persona llevándole a una angustia y culpa extrema sobre la imagen física y el peso corporal. En este artículo me voy a centrar especialmente en la Anorexia Nerviosa y Bulimia Nerviosa, ya que se trata de los trastornos alimentarios más conocidos, pero también existen otros, como el trastorno por atracón, la ortorexia (obsesión por la comida sana) y la vigorexia (obsesión por el ejercicio físico). La Clasificación Internacional de las Enfermedades (CIE 10) define la Anorexia Nerviosa (AN) como un trastorno caracterizado por la presencia de una pérdida deliberada de peso inducida o mantenida por el mismo enfermo.
La Bulimia Nerviosa (BN) es un síndrome caracterizado por episodios repetidos de ingesta excesiva de alimentos (atracones), y preocupación excesiva por el control del peso corporal, lo que lleva al enfermo a la adopción de medidas extremas para mitigar el aumento de peso; tales como el vómito autoinducido, abuso de laxantes, diuréticos, enemas o purgas y el ejercicio excesivo (conductas compensatorias).
Los trastornos de conducta alimentaria se encuentran muy asociados con otras enfermedades psiquiátricas como la depresión, el abuso de sustancias y los trastornos de ansiedad. Pero no podemos dejar de lado las consecuencias físicas que este tipo de trastornos acarrean y que en ocasiones pueden llevar a la persona a la muerte, pudiendo sufrir alteraciones cardíacas, fallos renales, hipotermia, pérdida del cabello, deterioro de la dentadura, fatiga, cansancio y sueño entre otros síntomas. Sin embargo quiero destacar una consecuencia que sirve como punto de inflexión para pedir ayuda en gran parte de los casos: la amenorrea, es decir, la pérdida temporal de la menstruación.
Con respecto al tratamiento, los TCA son enfermedades graves pero se pueden curar. Para alcanzar este objetivo se necesita un equipo multidisciplinar que trabaje conjuntamente, formado por médicos, psicólogos y psiquiatras especializados en este tipo de enfermedades. Son tratamientos largos y complejos, en los que la persona afectada necesitará gran apoyo, por lo que el papel de la familia es especialmente importante, más aún cuando se trate de menores de edad, donde la colaboración no solo será necesaria sino obligatoria.
El pronóstico y la evolución de los trastornos alimentarios, como la anorexia o la bulimia, van a depender en gran medida del diagnóstico precoz y del tratamiento adecuado que reciba el paciente: “La idea fundamental es que si estos pacientes se diagnostican a tiempo y se tratan, el pronóstico tiene que ser bueno”, asegura Ángel Villaseñor, psicólogo clínico de la Unidad de Trastornos de Alimentación del Hospital Niño Jesús, de Madrid, en el documental El peso de la vida.
Existen falsas creencias alrededor de los trastornos de la conducta alimentaria. Es algo habitual, yo misma cuando comencé a trabajar en este ámbito llevaba unas ideas prefijadas que con la experiencia eliminé, ayudándome a conseguir una mayor comprensión de estos. Me ha parecido interesante escribir y así poder corregir algunos de ellos: Siempre que alguien sufre un TCA está muy delgado: En muchos casos la apariencia física de la persona que sufre este tipo de enfermedad es normal. Es decir, no necesariamente tiene que estar delgada o excesivamente delgada. Este tipo de pensamiento puede dificultar la detección del trastorno.
Los trastornos de la conducta alimentaria no se curan nunca del todo: Tal y como refleja la Guía de Práctica Clínica sobre los Trastornos de la Conducta Alimentaria elaborada por el Ministerio de Salud y Consumo, alrededor del 50-60% de los casos se recupera totalmente, un 20-30% lo hace parcialmente, y sólo un 10-20% cronifica la enfermedad. Lo que sin lugar a dudas es imprescindible para la recuperación de un TCA es la realización de un tratamiento médico y psicológico especializado.
Alguien que sufre un TAC lo tiene porque “lo ha buscado”: esta no sólo es una afirmación falsa, sino que escuchada por alguien que padece este trastorno o lo ha padecido puede hacer mucho daño. Los TCA son trastornos mentales que nadie elige sufrir. Provocan un intenso sufrimiento que va más allá de la persona afectada, extendiéndose a su entorno familiar y social; ya que suelen verse rodeados de factores de vulnerabilidad que hacen más probable el padecerlos.
Los trastornos de la conducta alimentaria ocurren solo en mujeres: los hombres también pueden sufrir un desorden alimenticio, aunque la presentación es más frecuente en las mujeres. Hoy en día se registra un caso de varones por cada 6 mujeres, sin embargo no debemos olvidar que la cifra podría ser mayor si tenemos en cuenta que los hombres consultan menos por estos motivos. Los atracones propios de la bulimia y el trastorno por atracón son un problema de fuerza de voluntad: ambos son ejemplos de trastornos mentales en los cuales la persona afectada no tiene capacidad de controlar su ingesta. De ninguna manera esto puede estar relacionado con falta de voluntad.
Después de haber intentado acercaros a esta problemática e intentar con mi experiencia eliminar los prejuicios que la rodean, me gustaría finalizar recordando que los trastornos de la conducta alimentaria son algo más que eso. Son un problema social, que se va extendiendo de manera sigilosa sin discriminar edad, sexo, condición o nivel cultural; por lo que parece necesaria una profunda implicación, y ahí es donde los profesionales de la salud podemos ayudar, aportando nuestro granito de arena con un trabajo bien hecho.
Artículo escrito por Alicia Escribano
Las cuatro velas
Cuatro velas se quemaban lentamente.
En el ambiente había tal silencio que se podía oír el diálogo que mantenían:
La primera dijo: “¡Yo soy la paz! Pero las personas no consiguen mantenerme, creo que me apagaré pronto”. Y poco a poco fue disminuyendo su fuego hasta que su llama desapareció totalmente.
Dijo la segunda: “¡Yo soy la fe! Lamentablemente a los hombres les parezco superflua. Las personas no quieren saber de mí. Para ellos no tiene sentido que permanezca encendida”. Y cuando termino de hablar, la brisa del pesimismo pasó suavemente sobre ella y la apagó.
Rápida y triste la tercera vela se manifestó diciendo: “¡Yo soy el amor! No tengo fuerzas para seguir encendida. Las personas me dejan a un lado y no comprenden mi importancia. Se olvidan hasta de aquellos que están muy cerca y les aman“. Y sin esperar más, se apagó.
De repente… entró un niño y vio las tres velas apagadas: “Pero ¿qué es esto?” – dijo disgustado – “Deberían estar todas encendidas hasta el final” Al decir esto comenzó a llorar.
Entonces, la cuarta vela dijo al niño:
“No tengas miedo, mientras yo tenga fuego, podremos encender las demás velas. Mientras yo esté viva, ellas tres también lo estarán… Yo soy ¡la Esperanza!”
Con los ojos brillantes, el niño agarró la vela de la Esperanza, que todavía ardía… y encendió las demás”.
Generalmente cuando se habla de cáncer se alude a lo horrible que es la enfermedad, del sufrimiento vivido, de los tratamientos tediosos pero, ¿alguien cuenta que hay gente que sale de ello, QUE LO SUPERA? Soy consciente del proceso porque lo he vivido con familiares y en pacientes como voluntaria pero me da rabia, en muchas ocasiones, como se pierde esa esperanza. Aparece el miedo, un miedo bloqueante, a estar solo, a ser una carga, a dejar historias incompletas; miedo a la nada.
En el libro del Dr. David Servan-Schreiber Anti-Cáncer, el autor hace hincapié en que la palabra cáncer ha dejado de ser sinónimo de muerte pero sí evoca su sombra, no lo vamos a negar, pero para muchos pacientes esa sombra se convierte en una oportunidad para reflexionar sobre la vida, sobre lo que uno quiere hacer con ella. El Dr. Servan-Schreiber lo entendía como una oportunidad para empezar a vivir de tal manera que cuando echase la vista atrás el día de su muerte, lo hiciese con dignidad, integridad, y así poder despedirse en paz. Compartió este sentimiento con otros pacientes: “Sí, puede que muera antes de lo previsto, pero también es posible que viva más tiempo. Pase lo que pase, de ahora en adelante voy a vivir mi vida lo mejor que pueda. Es la mejor manera de prepararse para lo que pueda ocurrir”.
Una de las bases para poder afrontar el proceso es intentando mantener un estado de ánimo óptimo, en la medida de lo posible, luchando hasta el final apoyándote en los seres queridos. No digo que sea fácil pero sí invito a esforzarse por mantener encendida esa llama de la cuarta vela.
Existen numerosas maneras de comunicarle a nuestro cuerpo que cuenta, que lo cuidamos, respetamos y queremos, y de hacerle percibir las ganas de vivir: ¡Movimiento! Diversos estudios han demostrado que a través de la actividad física se pueden estimular directamente mecanismos de regulación y defensa que ayudan a combatir la enfermedad; no obstante, el ejercicio debe ser considerado como otra forma más de tratamiento y su eficacia depende de su adecuada prescripción en cuanto al tipo, dosis y duración, que es específica para cada paciente.
¿Qué beneficios psicológicos aporta este cuerpo en movimiento?
A nivel global, te hace sentir mucho mejor emocionalmente. Liberamos endorfinas, las llamadas hormonas de la felicidad, haciéndonos más felices y positivos.
Refuerza nuestro estado de ánimo. Liberación de tensiones, menos niveles de estrés y depresión.
Nivel cognitivo: aumento de Confianza, incremento de AE, mejora del autoconcepto. El cuidarte y ver que consigues objetivos que antes veías como difíciles te hace sentirte orgulloso de ti mismo, de tus pequeños logros. Los pensamientos negativos comienzan a cambiarse por positivos.
Aumento de capacidad cerebral: el ejercicio produce neuronas y más conexiones entre las mismas: NEUROGÉNESIS. Mayor capacidad de aprendizaje.
Mejora el carácter: desarrollo de disciplina, dedicación y determinación.
Ayuda a combatir la depresión: desequilibrio químico en el cerebro y como he mencionado antes, liberamos hormonas de la felicidad que combaten dicho desequilibrio.
Concentración
Reduce la ansiedad. La ansiedad es un cumulo de energía que tendemos a dirigir con preocupaciones y frustraciones hacia lo negativo, con el deporte redirigimos esa energía hacia algo productivo y positivo, nuestro bienestar; hacemos un uso efectivo.
Oportunidad de distracción: al realizar ejercicio uno tiene que estar concentrado en lo que tiene que hacer y en cómo hacerlo, así como asegurarse de que lo hace bien y que lo memoriza para poder practicarlo en casa. Esta concentración ayuda al paciente a evadirse de sus problemas, preocupaciones, frustraciones; disminuye la ansiedad.
Interacción social: Si encuentra un gimnasio especializado o donde acuden otros pacientes genera un ambiente de comprensión y ayuda, compartiendo experiencias, complicaciones, alegrías, progresos todos hacia un crecimiento conjunto que permita un nuevo enfoque. Acudiendo a gimnasios comunes también tiene la oportunidad de salir de todo lo que rodea dicha enfermedad, conocer gente nueva —ajena en muchos casos a todo el proceso que está viviendo, lo que le ayuda a desconectar— reír y pensar en otros temas.
"Charles Darwin": No es el más fuerte de las especies el que sobrevive, tampoco es el más inteligente el que sobrevive. Es aquel que es más adaptable al cambio.
Artículo escrito por Ana de Cevallos
Soy del tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito. Cuando pensamos en un interlocutor, es posible que nos cueste traer a la mente la imagen de una simple hoja de papel. Quizá lográsemos reducir nuestra extrañeza ante esta posibilidad si nos plateásemos la escritura como una herramienta que puede favorecer nuestro bienestar a nivel psicológico y con ciertas ventajas físicas.
El pensamiento es un lenguaje instantáneo, caótico, llegando en ocasiones a desbordarnos. Hay ideas a las que damos cientos de vueltas sin sacar nada en claro, solo repitiéndonoslas una y otra vez.
Es aquí donde entraría la escritura. A fin de cuentas, un cuaderno o un documento en blanco en el ordenador son interlocutores siempre disponibles en cualquier momento y en cualquier lugar. Ayudan a establecer un dialogo con nosotros mismos.
¿Qué tiene de especial la escritura?
El acto de escribir nos ayuda a contrarrestar la velocidad del pensamiento que mencionábamos con anterioridad. Ponemos distancia ante aquello que nos preocupa y aumentamos el tiempo dedicado a nuestro mundo interno, favoreciendo la reflexión, clarificación, mejor comprensión y gestión de uno mismo.
¿Qué debemos tener en cuenta a la hora de poner en marcha la escritura terapéutica?
Su función puede ir desde el desahogo o expresión de emociones y pensamientos, así como favorecer la reorganización de ideas; entre algunos de los posibles temas a tratar estarían situaciones que pueden provocarnos ansiedad o temor, algo que quisimos haberle dicho a alguien y en su momento no logramos hallar las palabras o el valor para comunicárselo, debates internos que mantengamos con nosotros mismos, valoraciones de nuestra vida si incluyésemos o eliminásemos algún elemento de nuestra actual realidad, así como reflexiones acerca de los cambios vitales.
Es imprescindible por ello eliminar las barreras autoimpuestas como la vergüenza, permitiéndonos una libre expresión sin remordimientos, conectando verdaderamente con nuestra situación.
No por ello resulta menos relevante encontrar un momento adecuado e íntimo, lo cual supone un reto en nuestro ritmo frenético del día a día. De la misma manera, el contexto favorecerá que logremos la comodidad necesaria para poner en marcha la escritura terapéutica; habrá quien prefiera escribir al aire libre o en una cafetería, mientras que otros es posible que se decanten por el hogar.
Tampoco se trata de convertirnos en grandes literatos; de hecho, ni el estilo, ni la ortografía son relevantes en estos escritos. Basta con que sean de utilidad para su autor. Sí es aconsejable su lectura personal tan solo una vez que se haya terminado. Si lo redactado se comparte o no posteriormente, es una elección del ensayista, de nuevo al servició de si considera que su difusión pueda o no ayudarle.
El momento más complicado de la puesta en marcha de esta técnica puede ser el comienzo, al no saber cómo empezar o por tener mucho que contar. Pero una vez iniciado, el proceso es sumamente enriquecedor, embarcando al autor en un autodescubrimiento y liberación personal.
En cuanto la frecuencia de su puesta en marcha pueden ser escritos puntuales o por el contrario, convertirse en un hábito en forma de diario.
Dentro del ámbito de la psicología son varias las corrientes que han contemplado los beneficios de escribir. Entre ellas, el psicoanálisis, promoviendo el uso de la escritura automática, que permite la libre expresión de la persona sin que se interponga como barrera la razón. La logoterapia, por su parte, promueve la escritura autobiográfica, mientras que la terapia parece tener cada vez más en cuenta los beneficios de escribir.
Como ejemplos de personas reales, que nos muestren los beneficios que puede tener la escritura para la expresión y superación de los complicados momentos que enfrentamos en la vida, tenemos a Viktor Frankl, conocido autor de El hombre en busca de sentido (1946), libro que constituye una muestra de que poner por escrito situaciones tan adversas, nos facilita una herramienta más de la cual valernos para superarlo: “Una casi irrefrenable necesidad de catarsis emotiva y vivencial, animaron y empujaron a Frankl a liberar las recientes experiencias vividas en los campos de concentración, recogiéndolas en un escrito”. De modo similar, escribir Paula (1994) supuso para Isabel Allende una ayuda en relación con el dolor por la muerte de su hija. Son casos en los que los escritos se dieron tiempo después de pasar por aquellos duros momentos. Pero bien es cierto que también puede ser de utilidad durante la vivencia de los mismos, como es el caso del Diario de Ana Frank(1947), con frases como “Espero poder confiártelo todo como aún no lo he podido hacer con nadie, espero que seas para mí un gran apoyo” en referencia a su diario.
Cuando le preguntaron a Saul Bellow cómo se sentía después de ganar el Premio Nobel de la literatura en 1976, respondió: “No lo sé. Aún no escribí sobre eso”
Existen estudios como el realizado por Mónica Bruder, profesora de la universidad de Palermo, titulado “Holocausto y Resiliencia. Sanando heridas a través de la escritura y cuento terapéutico”. En dicho trabajo, la autora nos muestra los beneficios de la puesta en práctica del cuento terapéutico, el cual supone la redacción en tercera persona de algunos de los hechos dolorosos vivenciados por la persona, solo que implica una elaboración mayor al buscar concluir con un final feliz, facilitando la superación del conflicto y abriendo la posibilidad a nuevos proyectos vitales. Los resultados contemplados en dicho artículo nos muestran un aumento del bienestar psicológico en aquellos que lo practican.
Una vez mencionados los beneficios a nivel psicológico, cabe destacar algunos de los beneficios que supone la escritura nivel físico; y es que la liberación de estrés a partir de la redacción no solo mejora el estado de ánimo, sino que además favorece unos ritmos cardíacos adecuados y una mejora en el sistema inmune.
Por último, tan solo un consejo en palabras de la autora Silvia Adela Kohan: Pon tus fantasmas en palabras para que te molesten menos. Pon tu corazón sobre el papel. Pon tus emociones en un texto para vivir mejor.
Artículo escrito por Isabel Quesada
A lo largo de la historia, el ser humano ha sido protagonista de los males más atroces que ha visto la naturaleza. Sería interminable la lista de capítulos en los que una persona, o grupo de personas, han llevado a cabo actos en los que la provocación de dolor es la principal motivación para cometerlos. Hoy en día no existe periódico en el mundo, ni programa de noticias que no se haga eco de más de una información que consiga ponernos los pelos de punta.
Pero un hecho aún más sorprendente es la consiguiente necesidad por aclarar la razón de que se hayan podido producir tales actos. Quizás porque a nadie le entra en la cabeza que alguien sea capaz de hacer algo así, o tal vez porque necesitamos una explicación que justifique que esto pueda ocurrir.
Es en ese momento cuando buscamos la respuesta en el mismo sitio: la enfermedad mental. Si echamos la vista atrás, a todos se nos ocurrirán ejemplos en los que al oír una noticia sobre un episodio violento en la televisión, posteriormente se ha querido comprobar cuál ha sido la patología mental que ha motivado este acto.
Haciendo un recorrido por la historia de la humanidad, encontramos varios ejemplos en los que recurrimos a causas externas a nosotros para justificar la crueldad del ser humano: durante la Edad Media, la Iglesia se encargó de declarar al demonio como principal autor de los crímenes que se cometían; es decir, aquella o aquellas personas que atentaban contra la vida de otro ser humano eran los que se encontraban poseídos por este ser. Es interesante observar, a este respecto, que la misma causa se empleara para explicar la razón de que ciertos grupos de individuos tuvieran una serie de síntomas anormales.
Yendo más adelante en la historia, encontramos que en el S. XX, concretamente durante la Segunda Guerra Mundial, el motivo por el cual una persona se consideraba mala o peligrosa era por los ideales políticos que defendía. Todos los crímenes tenían la misma explicación para justificar que se hubieran cometido: ser de izquierdas o es de derechas.
Hoy en día, vemos que este tipo de actos se justifican mediante la etiqueta de enfermedad mental. Un ejemplo reciente es el accidente de Germanwings en el que murieron 150 personas; cuando escuchamos que fue un accidente provocado por el copiloto del avión, toda la maquinaria burocrática se puso en marcha para encontrar el trastorno mental —en este caso depresión— que había llevado a este hombre a cometer tal homicidio. Pero probablemente fueron pocos los que se pararon a pensar durante unos minutos y llegaron a la conclusión de que, tal vez, la etiqueta más realista que pueda definir a este hombre es la de mala persona.
Esto me lleva a preguntarme si no será posible que el ser humano necesite etiquetar estos sucesos como productos de una disfunción psicológica para desculpabilizar a la humanidad de sus actos más deleznables.
Pero, admitámoslo, el ser humano tiene la capacidad moral para provocar dolor a todo aquel que le rodea. Nosotros continuaremos negándolo, para protegernos, porque nos duele aceptar que somos parte de una especie que no solo es capaz de herirse a sí mismo, sino que muchas veces actúa sin piedad con otras personas y con otros animales. Quizás con esto consigamos desculpabilizarnos, quizás nos haga sentir mejor ya que, si creo que solo soy capaz de hacer daño a los demás si tengo alguna enfermedad mental, estoy a salvo. Pero todos nosotros deberíamos aprender que una depresión no coge los mandos de un avión.
Por último, en numerosas ocasiones en lugar de quitarnos culpa y responsabilidad sobre estos actos, lo único que conseguimos es aumentar el estigma social que día a día sufren aquellas personas que verdaderamente sufren una patología mental. Personas cuyo único interés en la vida es tratar de ser feliz, no dañar a los demás.
Joseph Conrad, un novelista británico del siglo XIX escribió: la creencia en algún tipo de maldad sobrenatural no es necesaria. Los hombres por si solos ya son capaces de cualquier maldad.
Artículo escrito por Sandra Orozco

