En la actualidad nuestro entorno cambia a una velocidad atroz, pues la tecnología avanza a pasos de gigante y con ello el desarrollo de la sociedad. Sin embargo ¿Qué ocurre a nivel individual? La realidad actual, compleja y cambiante, implica una continua adaptación a nuestro contexto. Esta adaptación requiere de esfuerzo para ir modificando nuestros patrones de comportamiento acorde a las distintas normas, valores, estereotipos y reglas que rigen en nuestra cultura.
Desde hace unos años se ha visto como han aumentado los llamados trastornos comunes que engloban la depresión, la ansiedad y los trastornos adaptativos —o problemas de la vida diaria— en la atención primaria e, incluso, dentro de psiquiatría. El volumen de las consultas de este tipo puede suponer entre el 20% y el 30% de las demandas asistenciales (Ortiz, González y Rodríguez, 2006), pues esta continua adaptación a una sociedad que cambia tan deprisa nos puede llevar a la sensación de no tener tiempo para pararnos a disfrutar de los buenos momentos, a analizar las diferentes situaciones que nos encontramos en nuestro día a día o parar a tomar nuestra propia decisión.
En este contexto es fácil que percibamos un bajo control de nuestra propia vida; además, si unimos esto al gran marketing de ser feliz en todo momento y hacer aquello que nos guste, pueden surgir generalizaciones como hacer las cosas que solo nos proporcionen bienestar, que no requieran esfuerzo y no produzcan sentimientos negativos: la exigencia de una mejor calidad de vida, de no cumplirse en todo momento dichas expectativas, puede llevar a la frustración. Si es tolerada de forma adaptativa, la persona sentirá que es capaz de reconducir su vida, sino es así, y presenta una gran intolerancia al malestar emocional, puede llegar a sentirse incapaz de afrontar cualquier molestia o problema, derivando en la evitación o mala solución de los mismos y una situación de insatisfacción personal. Es en este clima donde aparece la medicalización de la vida, la psicopatologización de las dificultades de la vida cotidiana, pues los fármacos se presentan como los tratamientos de primera elección para estados o situaciones que antes no se consideraban objeto de atención sanitaria, ya que se trata de procesos normales de la vida. Esto se encuentra relacionado con la tendencia a asignar a todos los problemas un diagnóstico, unos síntomas y un tratamiento; lo que resulta acentuado además por el marketing de la industria farmacéutica dirigido a médicos y pacientes (Echeburúa, Salaberría, Corral, y Cruz-Sáez, 2012) que ofrecen fármacos que alivian el malestar, generando en muchas ocasiones dependencia física y psicológica. Tampoco hay que olvidar que la persona acude al médico con la necesidad de que su sufrimiento acabe de forma casi inmediata. En este punto, aunque el médico considere que se trata de un problema del día a día o valore la necesidad de atención psicológica, dicho recurso es escaso en nuestro sistema sanitario, por lo que la única opción que le queda para atender a la demanda de su paciente es recetarle el fármaco de su elección.
Este abordaje, efectivamente, alivia el malestar de las personas y les permite vivir de manera más confortable; pero, ¿Qué ocurre con el paso del tiempo?
Es probable que se genere dependencia, tanto física como psicológica, a dichos fármacos. Además, al no haber trabajado a fondo sobre el problema, pues únicamente puso su atención en el alivio de la sintomatología, no comprenderá el porqué de su malestar, ni incorporará a su experiencia ninguna herramienta para poder hacer frente a situaciones conflictivas futuras.
REFERENCIAS
Echeburúa, E., Salaberría, K., Corral, P., y Cruz-Sáez, S. (2012). Funciones y ámbitos de actuación del psicólogo clínico y del psicólogo general sanitario: una primera reflexión. Psicología Conductual, Vol. 20, Nº 2, pp. 423-435
Francés, A., (2014). ¿Somos todos enfermos mentales? Ariel
Ortiz, A., González, R. y Rodríguez, F. (2006). La derivación a salud mental de pacientes sin un trastorno psíquico diagnosticable. Atención Primaria, 38, 563-569.
Artículo escrito por Gema Pérez
Los trastornos de la conducta alimentaria son mucho más que una moda o una problemática nutricional, constituyen una enfermedad psiquiátrica que, como tal, se refleja clasificada en el manual de diagnóstico de los trastornos mentales (DSM). Además tienen un alto riesgo de cronificación: una cuarta parte de quienes lo padecen pueden mantener los síntomas durante muchos años o, incluso, el resto de su vida.
Hasta hace algunos años, los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) se podían considerar como parte de las enfermedades extravagantes y raras, de las que sólo tenían conocimiento los psiquiatras y psicólogos. En la actualidad esto ha cambiado de forma radical; desde hace alrededor de quince-veinte años, los TCA han irrumpido de forma explosiva en los servicios de salud.
Me parece importante que nos preguntemos, ¿Cómo es posible que en sociedades donde en mayor o menor grado la cantidad de alimentos es suficiente, y la alimentación no es una preocupación básica, una persona decida dejar de comer incluso hasta la desnutrición extrema?
Muchos factores, entre los cuales se encuentran el apetito, las prácticas culturales de la familia o del grupo social al que se pertenece, así como la disponibilidad de alimentos controlan la alimentación. No podemos olvidarnos de la moda, las campañas comerciales de venta de alimentos especiales y algunas profesiones o actividades relacionadas con el culto a la apariencia física que promueven la idea de tener un peso corporal mínimo como condición básica para una buena salud.
Dentro de los trastornos de la alimentación encontramos graves distorsiones cognitivas que van desde la reducción extrema de comida hasta la sobrealimentación mórbida, que afectan a los sentimientos de la persona llevándole a una angustia y culpa extrema sobre la imagen física y el peso corporal. En este artículo me voy a centrar especialmente en la Anorexia Nerviosa y Bulimia Nerviosa, ya que se trata de los trastornos alimentarios más conocidos, pero también existen otros, como el trastorno por atracón, la ortorexia (obsesión por la comida sana) y la vigorexia (obsesión por el ejercicio físico). La Clasificación Internacional de las Enfermedades (CIE 10) define la Anorexia Nerviosa (AN) como un trastorno caracterizado por la presencia de una pérdida deliberada de peso inducida o mantenida por el mismo enfermo.
La Bulimia Nerviosa (BN) es un síndrome caracterizado por episodios repetidos de ingesta excesiva de alimentos (atracones), y preocupación excesiva por el control del peso corporal, lo que lleva al enfermo a la adopción de medidas extremas para mitigar el aumento de peso; tales como el vómito autoinducido, abuso de laxantes, diuréticos, enemas o purgas y el ejercicio excesivo (conductas compensatorias).
Los trastornos de conducta alimentaria se encuentran muy asociados con otras enfermedades psiquiátricas como la depresión, el abuso de sustancias y los trastornos de ansiedad. Pero no podemos dejar de lado las consecuencias físicas que este tipo de trastornos acarrean y que en ocasiones pueden llevar a la persona a la muerte, pudiendo sufrir alteraciones cardíacas, fallos renales, hipotermia, pérdida del cabello, deterioro de la dentadura, fatiga, cansancio y sueño entre otros síntomas. Sin embargo quiero destacar una consecuencia que sirve como punto de inflexión para pedir ayuda en gran parte de los casos: la amenorrea, es decir, la pérdida temporal de la menstruación.
Con respecto al tratamiento, los TCA son enfermedades graves pero se pueden curar. Para alcanzar este objetivo se necesita un equipo multidisciplinar que trabaje conjuntamente, formado por médicos, psicólogos y psiquiatras especializados en este tipo de enfermedades. Son tratamientos largos y complejos, en los que la persona afectada necesitará gran apoyo, por lo que el papel de la familia es especialmente importante, más aún cuando se trate de menores de edad, donde la colaboración no solo será necesaria sino obligatoria.
El pronóstico y la evolución de los trastornos alimentarios, como la anorexia o la bulimia, van a depender en gran medida del diagnóstico precoz y del tratamiento adecuado que reciba el paciente: “La idea fundamental es que si estos pacientes se diagnostican a tiempo y se tratan, el pronóstico tiene que ser bueno”, asegura Ángel Villaseñor, psicólogo clínico de la Unidad de Trastornos de Alimentación del Hospital Niño Jesús, de Madrid, en el documental El peso de la vida.
Existen falsas creencias alrededor de los trastornos de la conducta alimentaria. Es algo habitual, yo misma cuando comencé a trabajar en este ámbito llevaba unas ideas prefijadas que con la experiencia eliminé, ayudándome a conseguir una mayor comprensión de estos. Me ha parecido interesante escribir y así poder corregir algunos de ellos: Siempre que alguien sufre un TCA está muy delgado: En muchos casos la apariencia física de la persona que sufre este tipo de enfermedad es normal. Es decir, no necesariamente tiene que estar delgada o excesivamente delgada. Este tipo de pensamiento puede dificultar la detección del trastorno.
Los trastornos de la conducta alimentaria no se curan nunca del todo: Tal y como refleja la Guía de Práctica Clínica sobre los Trastornos de la Conducta Alimentaria elaborada por el Ministerio de Salud y Consumo, alrededor del 50-60% de los casos se recupera totalmente, un 20-30% lo hace parcialmente, y sólo un 10-20% cronifica la enfermedad. Lo que sin lugar a dudas es imprescindible para la recuperación de un TCA es la realización de un tratamiento médico y psicológico especializado.
Alguien que sufre un TAC lo tiene porque “lo ha buscado”: esta no sólo es una afirmación falsa, sino que escuchada por alguien que padece este trastorno o lo ha padecido puede hacer mucho daño. Los TCA son trastornos mentales que nadie elige sufrir. Provocan un intenso sufrimiento que va más allá de la persona afectada, extendiéndose a su entorno familiar y social; ya que suelen verse rodeados de factores de vulnerabilidad que hacen más probable el padecerlos.
Los trastornos de la conducta alimentaria ocurren solo en mujeres: los hombres también pueden sufrir un desorden alimenticio, aunque la presentación es más frecuente en las mujeres. Hoy en día se registra un caso de varones por cada 6 mujeres, sin embargo no debemos olvidar que la cifra podría ser mayor si tenemos en cuenta que los hombres consultan menos por estos motivos. Los atracones propios de la bulimia y el trastorno por atracón son un problema de fuerza de voluntad: ambos son ejemplos de trastornos mentales en los cuales la persona afectada no tiene capacidad de controlar su ingesta. De ninguna manera esto puede estar relacionado con falta de voluntad.
Después de haber intentado acercaros a esta problemática e intentar con mi experiencia eliminar los prejuicios que la rodean, me gustaría finalizar recordando que los trastornos de la conducta alimentaria son algo más que eso. Son un problema social, que se va extendiendo de manera sigilosa sin discriminar edad, sexo, condición o nivel cultural; por lo que parece necesaria una profunda implicación, y ahí es donde los profesionales de la salud podemos ayudar, aportando nuestro granito de arena con un trabajo bien hecho.
Artículo escrito por Alicia Escribano
Las cuatro velas
Cuatro velas se quemaban lentamente.
En el ambiente había tal silencio que se podía oír el diálogo que mantenían:
La primera dijo: “¡Yo soy la paz! Pero las personas no consiguen mantenerme, creo que me apagaré pronto”. Y poco a poco fue disminuyendo su fuego hasta que su llama desapareció totalmente.
Dijo la segunda: “¡Yo soy la fe! Lamentablemente a los hombres les parezco superflua. Las personas no quieren saber de mí. Para ellos no tiene sentido que permanezca encendida”. Y cuando termino de hablar, la brisa del pesimismo pasó suavemente sobre ella y la apagó.
Rápida y triste la tercera vela se manifestó diciendo: “¡Yo soy el amor! No tengo fuerzas para seguir encendida. Las personas me dejan a un lado y no comprenden mi importancia. Se olvidan hasta de aquellos que están muy cerca y les aman“. Y sin esperar más, se apagó.
De repente… entró un niño y vio las tres velas apagadas: “Pero ¿qué es esto?” – dijo disgustado – “Deberían estar todas encendidas hasta el final” Al decir esto comenzó a llorar.
Entonces, la cuarta vela dijo al niño:
“No tengas miedo, mientras yo tenga fuego, podremos encender las demás velas. Mientras yo esté viva, ellas tres también lo estarán… Yo soy ¡la Esperanza!”
Con los ojos brillantes, el niño agarró la vela de la Esperanza, que todavía ardía… y encendió las demás”.
Generalmente cuando se habla de cáncer se alude a lo horrible que es la enfermedad, del sufrimiento vivido, de los tratamientos tediosos pero, ¿alguien cuenta que hay gente que sale de ello, QUE LO SUPERA? Soy consciente del proceso porque lo he vivido con familiares y en pacientes como voluntaria pero me da rabia, en muchas ocasiones, como se pierde esa esperanza. Aparece el miedo, un miedo bloqueante, a estar solo, a ser una carga, a dejar historias incompletas; miedo a la nada.
En el libro del Dr. David Servan-Schreiber Anti-Cáncer, el autor hace hincapié en que la palabra cáncer ha dejado de ser sinónimo de muerte pero sí evoca su sombra, no lo vamos a negar, pero para muchos pacientes esa sombra se convierte en una oportunidad para reflexionar sobre la vida, sobre lo que uno quiere hacer con ella. El Dr. Servan-Schreiber lo entendía como una oportunidad para empezar a vivir de tal manera que cuando echase la vista atrás el día de su muerte, lo hiciese con dignidad, integridad, y así poder despedirse en paz. Compartió este sentimiento con otros pacientes: “Sí, puede que muera antes de lo previsto, pero también es posible que viva más tiempo. Pase lo que pase, de ahora en adelante voy a vivir mi vida lo mejor que pueda. Es la mejor manera de prepararse para lo que pueda ocurrir”.
Una de las bases para poder afrontar el proceso es intentando mantener un estado de ánimo óptimo, en la medida de lo posible, luchando hasta el final apoyándote en los seres queridos. No digo que sea fácil pero sí invito a esforzarse por mantener encendida esa llama de la cuarta vela.
Existen numerosas maneras de comunicarle a nuestro cuerpo que cuenta, que lo cuidamos, respetamos y queremos, y de hacerle percibir las ganas de vivir: ¡Movimiento! Diversos estudios han demostrado que a través de la actividad física se pueden estimular directamente mecanismos de regulación y defensa que ayudan a combatir la enfermedad; no obstante, el ejercicio debe ser considerado como otra forma más de tratamiento y su eficacia depende de su adecuada prescripción en cuanto al tipo, dosis y duración, que es específica para cada paciente.
¿Qué beneficios psicológicos aporta este cuerpo en movimiento?
A nivel global, te hace sentir mucho mejor emocionalmente. Liberamos endorfinas, las llamadas hormonas de la felicidad, haciéndonos más felices y positivos.
Refuerza nuestro estado de ánimo. Liberación de tensiones, menos niveles de estrés y depresión.
Nivel cognitivo: aumento de Confianza, incremento de AE, mejora del autoconcepto. El cuidarte y ver que consigues objetivos que antes veías como difíciles te hace sentirte orgulloso de ti mismo, de tus pequeños logros. Los pensamientos negativos comienzan a cambiarse por positivos.
Aumento de capacidad cerebral: el ejercicio produce neuronas y más conexiones entre las mismas: NEUROGÉNESIS. Mayor capacidad de aprendizaje.
Mejora el carácter: desarrollo de disciplina, dedicación y determinación.
Ayuda a combatir la depresión: desequilibrio químico en el cerebro y como he mencionado antes, liberamos hormonas de la felicidad que combaten dicho desequilibrio.
Concentración
Reduce la ansiedad. La ansiedad es un cumulo de energía que tendemos a dirigir con preocupaciones y frustraciones hacia lo negativo, con el deporte redirigimos esa energía hacia algo productivo y positivo, nuestro bienestar; hacemos un uso efectivo.
Oportunidad de distracción: al realizar ejercicio uno tiene que estar concentrado en lo que tiene que hacer y en cómo hacerlo, así como asegurarse de que lo hace bien y que lo memoriza para poder practicarlo en casa. Esta concentración ayuda al paciente a evadirse de sus problemas, preocupaciones, frustraciones; disminuye la ansiedad.
Interacción social: Si encuentra un gimnasio especializado o donde acuden otros pacientes genera un ambiente de comprensión y ayuda, compartiendo experiencias, complicaciones, alegrías, progresos todos hacia un crecimiento conjunto que permita un nuevo enfoque. Acudiendo a gimnasios comunes también tiene la oportunidad de salir de todo lo que rodea dicha enfermedad, conocer gente nueva —ajena en muchos casos a todo el proceso que está viviendo, lo que le ayuda a desconectar— reír y pensar en otros temas.
"Charles Darwin": No es el más fuerte de las especies el que sobrevive, tampoco es el más inteligente el que sobrevive. Es aquel que es más adaptable al cambio.
Artículo escrito por Ana de Cevallos
Soy del tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito. Cuando pensamos en un interlocutor, es posible que nos cueste traer a la mente la imagen de una simple hoja de papel. Quizá lográsemos reducir nuestra extrañeza ante esta posibilidad si nos plateásemos la escritura como una herramienta que puede favorecer nuestro bienestar a nivel psicológico y con ciertas ventajas físicas.
El pensamiento es un lenguaje instantáneo, caótico, llegando en ocasiones a desbordarnos. Hay ideas a las que damos cientos de vueltas sin sacar nada en claro, solo repitiéndonoslas una y otra vez.
Es aquí donde entraría la escritura. A fin de cuentas, un cuaderno o un documento en blanco en el ordenador son interlocutores siempre disponibles en cualquier momento y en cualquier lugar. Ayudan a establecer un dialogo con nosotros mismos.
¿Qué tiene de especial la escritura?
El acto de escribir nos ayuda a contrarrestar la velocidad del pensamiento que mencionábamos con anterioridad. Ponemos distancia ante aquello que nos preocupa y aumentamos el tiempo dedicado a nuestro mundo interno, favoreciendo la reflexión, clarificación, mejor comprensión y gestión de uno mismo.
¿Qué debemos tener en cuenta a la hora de poner en marcha la escritura terapéutica?
Su función puede ir desde el desahogo o expresión de emociones y pensamientos, así como favorecer la reorganización de ideas; entre algunos de los posibles temas a tratar estarían situaciones que pueden provocarnos ansiedad o temor, algo que quisimos haberle dicho a alguien y en su momento no logramos hallar las palabras o el valor para comunicárselo, debates internos que mantengamos con nosotros mismos, valoraciones de nuestra vida si incluyésemos o eliminásemos algún elemento de nuestra actual realidad, así como reflexiones acerca de los cambios vitales.
Es imprescindible por ello eliminar las barreras autoimpuestas como la vergüenza, permitiéndonos una libre expresión sin remordimientos, conectando verdaderamente con nuestra situación.
No por ello resulta menos relevante encontrar un momento adecuado e íntimo, lo cual supone un reto en nuestro ritmo frenético del día a día. De la misma manera, el contexto favorecerá que logremos la comodidad necesaria para poner en marcha la escritura terapéutica; habrá quien prefiera escribir al aire libre o en una cafetería, mientras que otros es posible que se decanten por el hogar.
Tampoco se trata de convertirnos en grandes literatos; de hecho, ni el estilo, ni la ortografía son relevantes en estos escritos. Basta con que sean de utilidad para su autor. Sí es aconsejable su lectura personal tan solo una vez que se haya terminado. Si lo redactado se comparte o no posteriormente, es una elección del ensayista, de nuevo al servició de si considera que su difusión pueda o no ayudarle.
El momento más complicado de la puesta en marcha de esta técnica puede ser el comienzo, al no saber cómo empezar o por tener mucho que contar. Pero una vez iniciado, el proceso es sumamente enriquecedor, embarcando al autor en un autodescubrimiento y liberación personal.
En cuanto la frecuencia de su puesta en marcha pueden ser escritos puntuales o por el contrario, convertirse en un hábito en forma de diario.
Dentro del ámbito de la psicología son varias las corrientes que han contemplado los beneficios de escribir. Entre ellas, el psicoanálisis, promoviendo el uso de la escritura automática, que permite la libre expresión de la persona sin que se interponga como barrera la razón. La logoterapia, por su parte, promueve la escritura autobiográfica, mientras que la terapia parece tener cada vez más en cuenta los beneficios de escribir.
Como ejemplos de personas reales, que nos muestren los beneficios que puede tener la escritura para la expresión y superación de los complicados momentos que enfrentamos en la vida, tenemos a Viktor Frankl, conocido autor de El hombre en busca de sentido (1946), libro que constituye una muestra de que poner por escrito situaciones tan adversas, nos facilita una herramienta más de la cual valernos para superarlo: “Una casi irrefrenable necesidad de catarsis emotiva y vivencial, animaron y empujaron a Frankl a liberar las recientes experiencias vividas en los campos de concentración, recogiéndolas en un escrito”. De modo similar, escribir Paula (1994) supuso para Isabel Allende una ayuda en relación con el dolor por la muerte de su hija. Son casos en los que los escritos se dieron tiempo después de pasar por aquellos duros momentos. Pero bien es cierto que también puede ser de utilidad durante la vivencia de los mismos, como es el caso del Diario de Ana Frank(1947), con frases como “Espero poder confiártelo todo como aún no lo he podido hacer con nadie, espero que seas para mí un gran apoyo” en referencia a su diario.
Cuando le preguntaron a Saul Bellow cómo se sentía después de ganar el Premio Nobel de la literatura en 1976, respondió: “No lo sé. Aún no escribí sobre eso”
Existen estudios como el realizado por Mónica Bruder, profesora de la universidad de Palermo, titulado “Holocausto y Resiliencia. Sanando heridas a través de la escritura y cuento terapéutico”. En dicho trabajo, la autora nos muestra los beneficios de la puesta en práctica del cuento terapéutico, el cual supone la redacción en tercera persona de algunos de los hechos dolorosos vivenciados por la persona, solo que implica una elaboración mayor al buscar concluir con un final feliz, facilitando la superación del conflicto y abriendo la posibilidad a nuevos proyectos vitales. Los resultados contemplados en dicho artículo nos muestran un aumento del bienestar psicológico en aquellos que lo practican.
Una vez mencionados los beneficios a nivel psicológico, cabe destacar algunos de los beneficios que supone la escritura nivel físico; y es que la liberación de estrés a partir de la redacción no solo mejora el estado de ánimo, sino que además favorece unos ritmos cardíacos adecuados y una mejora en el sistema inmune.
Por último, tan solo un consejo en palabras de la autora Silvia Adela Kohan: Pon tus fantasmas en palabras para que te molesten menos. Pon tu corazón sobre el papel. Pon tus emociones en un texto para vivir mejor.
Artículo escrito por Isabel Quesada
A lo largo de la historia, el ser humano ha sido protagonista de los males más atroces que ha visto la naturaleza. Sería interminable la lista de capítulos en los que una persona, o grupo de personas, han llevado a cabo actos en los que la provocación de dolor es la principal motivación para cometerlos. Hoy en día no existe periódico en el mundo, ni programa de noticias que no se haga eco de más de una información que consiga ponernos los pelos de punta.
Pero un hecho aún más sorprendente es la consiguiente necesidad por aclarar la razón de que se hayan podido producir tales actos. Quizás porque a nadie le entra en la cabeza que alguien sea capaz de hacer algo así, o tal vez porque necesitamos una explicación que justifique que esto pueda ocurrir.
Es en ese momento cuando buscamos la respuesta en el mismo sitio: la enfermedad mental. Si echamos la vista atrás, a todos se nos ocurrirán ejemplos en los que al oír una noticia sobre un episodio violento en la televisión, posteriormente se ha querido comprobar cuál ha sido la patología mental que ha motivado este acto.
Haciendo un recorrido por la historia de la humanidad, encontramos varios ejemplos en los que recurrimos a causas externas a nosotros para justificar la crueldad del ser humano: durante la Edad Media, la Iglesia se encargó de declarar al demonio como principal autor de los crímenes que se cometían; es decir, aquella o aquellas personas que atentaban contra la vida de otro ser humano eran los que se encontraban poseídos por este ser. Es interesante observar, a este respecto, que la misma causa se empleara para explicar la razón de que ciertos grupos de individuos tuvieran una serie de síntomas anormales.
Yendo más adelante en la historia, encontramos que en el S. XX, concretamente durante la Segunda Guerra Mundial, el motivo por el cual una persona se consideraba mala o peligrosa era por los ideales políticos que defendía. Todos los crímenes tenían la misma explicación para justificar que se hubieran cometido: ser de izquierdas o es de derechas.
Hoy en día, vemos que este tipo de actos se justifican mediante la etiqueta de enfermedad mental. Un ejemplo reciente es el accidente de Germanwings en el que murieron 150 personas; cuando escuchamos que fue un accidente provocado por el copiloto del avión, toda la maquinaria burocrática se puso en marcha para encontrar el trastorno mental —en este caso depresión— que había llevado a este hombre a cometer tal homicidio. Pero probablemente fueron pocos los que se pararon a pensar durante unos minutos y llegaron a la conclusión de que, tal vez, la etiqueta más realista que pueda definir a este hombre es la de mala persona.
Esto me lleva a preguntarme si no será posible que el ser humano necesite etiquetar estos sucesos como productos de una disfunción psicológica para desculpabilizar a la humanidad de sus actos más deleznables.
Pero, admitámoslo, el ser humano tiene la capacidad moral para provocar dolor a todo aquel que le rodea. Nosotros continuaremos negándolo, para protegernos, porque nos duele aceptar que somos parte de una especie que no solo es capaz de herirse a sí mismo, sino que muchas veces actúa sin piedad con otras personas y con otros animales. Quizás con esto consigamos desculpabilizarnos, quizás nos haga sentir mejor ya que, si creo que solo soy capaz de hacer daño a los demás si tengo alguna enfermedad mental, estoy a salvo. Pero todos nosotros deberíamos aprender que una depresión no coge los mandos de un avión.
Por último, en numerosas ocasiones en lugar de quitarnos culpa y responsabilidad sobre estos actos, lo único que conseguimos es aumentar el estigma social que día a día sufren aquellas personas que verdaderamente sufren una patología mental. Personas cuyo único interés en la vida es tratar de ser feliz, no dañar a los demás.
Joseph Conrad, un novelista británico del siglo XIX escribió: la creencia en algún tipo de maldad sobrenatural no es necesaria. Los hombres por si solos ya son capaces de cualquier maldad.
Artículo escrito por Sandra Orozco
Gustavo Adolfo Becker (1836-1870): La soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo.
El vínculo del ser humano con la soledad ha estado presente a lo largo de la evolución. ¿Quién puede decir que no se ha sentido solo ó ha estado solo alguna vez? El término soledad tiene distintas connotaciones tanto positivas como negativas en su definición social: “estar solo sin acompañamiento de una persona u otro ente viviente”. Palabra difícil de definir según la lingüística, ya que contiene diferentes variantes semánticas implicadas en las emociones del individuo, como por ejemplo: la búsqueda de la soledad debido a la soledad necesitada, la soledad impuesta, la soledad como sentimiento de malestar producto del vacío emocional, etc… Y es por esto que la concepción de este término no es sencilla e implica la necesidad de un acercamiento a su esencia fundamental: “estar con uno mismo”.
Según el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) hay distintos tipos de soledad:
Por un lado tenemos la soledad objetiva, terminología que hace referencia a las personas que están solas, a aquellas con ausencia de relaciones sociales debido a la carencia de las mismas; por otro lado tenemos la soledad subjetiva, que se refiere a esas con sentimientos de soledad, independientemente de que tenga relaciones sociales, es decir, sentirse sola.
El aislamiento social, relacionado con la falta de integración y participación activa con otros individuos, es un estresor que está en relación directa con síntomas psicológicos negativos, mientras que la inclusión social o socialización con otros individuos es potenciador de sentimientos de pertenencia o seguridad y apoyo emocional. En definitiva, las redes de apoyo social contribuyen a la satisfacción de necesidades individuales emocionales y son predictores del bienestar.
Según un estudio Realizado por investigadores de la Universidad de Chicago a la dirección de John Cacioppo, psicólogo pionero de la neurociencia social, en el que se valora la capacidad de las personas mayores para desarrollar resistencia a la soledad, se llegó a las siguientes conclusiones: la soledad aumenta un 14% la posibilidad de muerte prematura en personas mayores. Según el mismo autor, las consecuencias de la soledad subjetiva, es decir el sentimiento de soledad, conlleva aspectos relacionados con la interrupción del sueño, elevación de la presión arterial y los niveles de la denominada hormona del estrés en sangre, el cortisol, además de la disminución del funcionamiento del sistema inmune y de producir síntomas depresivos acusados. Son muchas las personas mayores que viviendo solas se desenvuelven con facilidad y sin problemas, pero también hay otras que se sumergen en una profunda soledad. El mismo autor señala tres niveles que ayudan a sosegar el sentimiento de soledad: relaciones íntimas, colectividad relacional, es decir el contacto cara a cara o tercero (teléfono), y la conectividad colectiva ó el sentimiento positivo producido por la pertenencia a un grupo.
En otro estudio realizado por César Venero y colaboradores, del departamento de psicobiología de la UNED (Universidad Nacional de Estudios a Distancia), se buscaron las consecuencias que tiene en ratones degús con características muy sociables el estado de aislamiento social a largo plazo. La investigación fue realizada a hembras entre 39 y 44 meses, donde la mitad fueron separadas en un grupo y las otras seis no tuvieron contacto físico entre ellas durante un periodo de seis meses y medio. En los análisis postmortem se detectó una reducción del volumen del hipocampo, área cerebral asociada a la memoria y el aprendizaje. Así llegaron a la conclusión de que la soledad prolongada en etapas adultas produce alteraciones cerebrales y un déficit de aprendizaje.
La soledad puede conllevar connotaciones negativas, pero también pueden existir sentimientos de placer y bienestar asociados a ese estado, que en muchas ocasiones resultan más difíciles de entender y aceptar culturalmente, debido al significado que conlleva este término en la sociedad actual.
¿Qué beneficios puede una persona encontrar en la soledad?
María manes, autora de un artículo publicado en Psichological today, asocia la concepción negativa de la soledad al estilo de vida occidental, donde las urbes en continuo crecimiento demográfico y la sobreactividad, además de la relación constante de los individuos de forma masificada, ha desvirtuado el concepto, transformándolo en algo negativo, triste, antisocial, lo cual puede haber provocado que culturalmente se haya vinculado a emociones negativas.
María también comenta los beneficios que puede conllevar para la salud la soledad buscada, como son: el reiniciar el cerebro y descansar —con los beneficios que el descanso conlleva para la salud—, aumento de la concentración y actividad, la oportunidad para descubrirse a uno mismo y su funcionamiento, además de tiempo para reflexionar y disfrutar de las pasiones propias.
Los aspectos asociados a la soledad, tanto los positivos como los negativos y, sobre todo, la percepción que uno tenga sobre este concepto, relacionada directamente con las emociones, puede ser el principio de un cambio de perspectiva asociada a la búsqueda del bienestar personal en ese estado de desvinculación con el resto. Mantener lazos sociales es vital por los beneficios que estos conllevan, pero también la soledad puede ayudar a encontrarnos a nosotros mismos como seres sociales con necesidades vitales asociadas a nuestra individualidad, y así potenciar el autodescubrimiento personal.
Charles Bukowsky (1920-1994) "…ah, sí existen cosas peores que estar solo, pero a menudo lleva décadas darse cuenta y la mayoría de las veces cuando lo haces es demasiado tarde y no hay nada más terrible que demasiado tarde…"
Artículo escrito por Iñigo Cansado de Noriega
¿Has notado la evolución del culto al cuerpo? ¿Sabes que nombre recibe esto?
Actualmente, en pleno siglo XXI cada vez se va extendiendo más la epidemia, sobre la sociedad industrializada, del culto y perfección por el cuerpo.
Son los adolescentes a los que mayormente afecta, ya que es en esta etapa en la cual, de manera alarmante para la sociedad, más se ha incrementado esta búsqueda de perfección. Afecta principalmente al género masculino, aunque también hay mujeres que se encuentran dentro de este círculo. El rango de edad en el que resulta más frecuente su aparición oscila entre los 18 y 35 años.
¿Cuándo aparece el concepto vigorexia?
La vigorexia fue descrita, por primera vez, por el psiquiatra Harrison G. Pope en el año 1993, tras estudiar los efectos secundarios del abuso de esteroides anabolizantes en personas que se entrenaban en gimnasios diariamente.
Pope observó que en ese momento había deportistas que, además de querer ganar cada vez más masa muscular, tenían una alteración de la imagen corporal por la cual se veían pequeños y débiles; aquellos que se veían afectados por esta alteración realizaban también una práctica compulsiva de ejercicio para ganar abundante masa muscular y tenían pensamientos obsesivos sobre su cuerpo. Sólo dedicaban tiempo al gimnasio, por lo que el resto de los factores de su vida personal se veían gravemente alterados.
Además, no solo realizaban una práctica compulsiva de ejercicio y dieta estricta, sino que abusaban de hormonas y anabolizantes para potenciar sus efectos.
¿Cómo está clasificada la vigorexia?
La vigorexia es un trastorno que en la actualidad aún no está incluido en los sistemas de clasificación diagnostica, ni está registrada por la Organización Mundial de la Salud.
Se encuentra en estudio ya que comparte abundantes rasgos con los trastornos de la conducta alimentaria: anorexia y bulimia nerviosa pero también con el trastorno obsesivo compulsivo y el dismórfico corporal, problemas emocionales y de conducta, y una elevación del nivel de activación que hace que el paciente se aísle de sus relaciones sociales para atender a sus responsabilidades y rutinas diarias.
¿En qué consiste la vigorexia?
Este trastorno se basa en una obsesión continua y persistente por conseguir el crecimiento de la masa muscular y, además, la persona que lo sufre persigue alcanzar la perfección de su cuerpo.
Suele ir acompañado de una distorsión de la imagen corporal así como de una alteración de los patrones alimenticios, a los que añaden complementos para el desarrollo de la musculatura.
De este modo, la persona con vigorexia persigue conseguir un cuerpo musculado sin tener en cuenta otra cosa y sin mirar el precio que eso conlleva, entrena diariamente en el gimnasio, consume complementos proteínicos o incluso hormonas del crecimiento, se priva de tener relaciones sociales o de hacer otras actividades que le proporcionan placer y lleva a cabo una dieta que se vuelve selectiva, priorizando el consumo de proteínas de forma continuada en detrimento de otros nutrientes.
Los factores precipitantes que provocan la aparición del cuadro son: la necesidad de aceptación social, el culto al cuerpo, el deseo de una imagen perfecta que encaje con los cánones sociales así como aquellas características de personalidad y vulnerabilidad psicológica propias de cada individuo.
¿Cuáles son las causas de la vigorexia?
Las causas de la vigorexia son múltiples, incluyendo factores sociales, personales, familiares y biológicos; pero uno de los que adquiere mayor influencia en todos los trastornos de la conducta alimentaria en general es el modelo socio-cultural estético presente en nuestra sociedad, que tanto refuerza esto.
Hoy en día, se tienen muy en cuenta las medidas, tallas e incluso la altura para un prototipo de belleza casi inalcanzable. Diariamente vemos en los medios de comunicación rostros y cuerpos perfectos, sin pensar en lo que todo ello conlleva.
Como no miramos a la realidad con detenimiento no nos damos cuenta de que ese modelo estético en la mayoría de las ocasiones no es real, sino montajes o retoques por programas informáticos.
¿Qué consecuencias tiene todo esto?
Este cuadro conlleva que, aparte de provocar que la persona deje de atender sus responsabilidades para centrarse en sus rutinas de entreno diarias, también presenten un componente obsesivo elevado.
Además aparecen unas repercusiones emocionales y psicológicas como son ansiedad, baja autoestima, síntomas depresivos, pensamientos obsesivos, tendencia de introversión, sentimientos de culpa e irritabilidad y frustración si no van al gimnasio.
Estas circunstancias a su vez estimulan el hecho de que abandonen todas sus actividades sociales, culturales y hasta las laborales con el fin de dedicarse única y exclusivamente a realizar entrenamiento físico.
La gran complicación que tiene dicho cuadro psicológico es la gran —y consensuada— aceptación social que tiene en la actualidad el hecho de hacer ejercicio de forma diaria, ir al gimnasio, comer bien y hacer dieta, cuidarse, etc.
No debemos olvidar, a este respecto, el peligro que conlleva la alteración de la alimentación de manera continuada, sin llevar a cabo una dieta completa y con todo tipo de alimentos y nutrientes naturales.
¿Cuál es el tratamiento?
Principalmente, el tratamiento está basado en una detección precoz, donde sería adecuado intentar elaborar una guía para que la persona sepa el límite entre realizar deporte de manera sana y llevarlo a cabo de manera excesiva, y por ello poder empezar a desarrollar el trastorno.
Una vez que la vigorexia está presente, sería adecuado un tratamiento interdisciplinar en el que colabore un médico para regular los niveles de afectación corporal, un psiquiatra por la necesidad de medicación y por supuesto un psicólogo para poder identificar y tratar la obsesión por el culto al cuerpo, los síntomas depresivos y de frustración que aparecen si no consiguen realizar la suficiente cantidad de deporte diaria, los sentimientos de culpa por no entrenar un día y sobre todo la pérdida del entorno socio-cultural, laboral y familiar que puede aparecer por el descuido en estas áreas.
Igualmente sería adecuado que todas estas normas y directrices estén en los gimnasios para poder concienciar de ello y que, ante la aparición de los primeros síntomas, las personas puedan darse cuenta de que están desarrollando un trastorno.
Artículo escrito por Silvia Delgado
¿Por qué preferimos comernos una hamburguesa en lugar de un plato de brócoli? ¿Por qué sigo fumando? ¿Por qué no todos nos abrochamos el cinturón para conducir?
Desde hace años los especialistas de la salud nos vienen advirtiendo sobre los malos hábitos de vida de las sociedades industrializadas. Mensajes como “fumar mata” están presentes incluso en las propias cajetillas de tabaco. En los restaurantes de comida rápida nos indican las calorías y grasas que tienen sus productos; y hasta en la televisión vemos publicidad donde nos intentan convencer de que ponerse el cinturón salva vidas.
Por si no fuera poco, nos echamos las manos a la cabeza cada vez que vemos a jóvenes en las calles consumiendo drogas o con intoxicaciones por alcohol.
Pero si esto es así, ¿A qué se debe que nos gusten estos hábitos negativos para nuestra salud?
La explicación más sencilla sería la siguiente: El castigo por los malos hábitos es demorado, mientras el refuerzo de la conducta se percibe en el mismo momento.
¿Y esto qué significa? Vamos por partes:
Con Castigo nos referimos a una consecuencia negativa a una conducta, que sería la pérdida de algo. En este caso lo que perderíamos sería la salud debido a las conductas de fumar, comer grasas saturadas, no abrocharnos el cinturón… etc.
Con Refuerzo aludimos, por otro lado, a una consecuencia positiva a una conducta. Cuando fumamos, por ejemplo, lo que sucede es que nos sentimos más tranquilos y desaparece esa necesidad de fumar que nos perseguía.
Por tanto, cuando fumamos lo que percibimos en el momento es el disfrute de fumar, pero los efectos negativos del tabaco se producen muchos años después. Esto es lo que se denomina Demora del Castigo.
Esta demora conlleva que nos compense más fumar para sentirnos bien en ese momento que no fumar, o comer comida basura en lugar de comida sana.
Esta explicación de por qué hacemos lo que hacemos es muy básica e incompleta realmente, ya que a la hora de continuar con nuestros hábitos influyen otros factores importantes. Entre otros podemos encontrar nuestras preferencias, ideas, aspectos externos…etc. Todos estos elementos regularían lo ya explicado hasta ahora.
Un ejemplo de estos otros factores se puede apreciar claramente en el hábito de no ponernos el cinturón de seguridad. La DGT nos informa todos los años de que la mayor parte de los accidentes se producen en trayectos cortos. Aquí nuestra preferencia es no ponernos el cinturón porque es molesto para el poco tiempo que estaremos en el coche y la idea que nos surge es que no pasará nada en un trayecto tan corto. Esto hace que decidamos no ponernos el cinturón.
Sin embargo en ocasiones se puede presentar otro factor externo que hace que si nos pongamos el cinturón. ¿Sabéis cual sería? Un policía. ¿Qué sucedería en esta situación? A pesar de todas las valoraciones que la persona ha hecho este elemento tiene una capacidad casi divina que es la de emitir un castigo inmediato, una multa.
No sólo a base de castigos cambiamos nuestros hábitos. También nuestra ideología o nuestras creencias los cambian. Un ejemplo está en una persona vegetariana que a pesar de que le pueda gustar la carne decide por sus ideas no comerla más, modificando por tanto sus patrones alimenticios.
Cuando llevamos muchos años fumando, esa conducta se convierte en un hábito que finalmente recibe beneficios de todo tipo como puede ser el salir a fumar con los amigos en el trabajo, relajarnos, el cigarrillo de la mañana…Todo se convierte en refuerzos, pero los castigos aún no los percibimos, ni lo haremos hasta dentro de mucho tiempo.
Por todo esto nos resulta tan difícil cambiar nuestros hábitos. Cuando nos proponemos dejarlos luchamos contra nosotros mismos, contra el propio cuerpo que quiere sentirse bien de inmediato frente a un hipotético malestar en el futuro que nos queda muy lejos.
¿Pero por qué nos gustan tanto estos hábitos no saludables?
Justamente porque están preparados para gustarnos. El cuerpo, cuando hacemos deporte, responde con cansancio, dolor o sudores y esto a pesar de ser algo bueno para el organismo, a nosotros nos hace sentirnos mal. Sin embargo el quedarnos en el sofá viendo la tele y disfrutando de un batido de chocolate nos hace sentirnos bien, aunque a largo plazo sea negativo.
En realidad todos los hábitos en exceso pueden ser negativos para la persona. Por ejemplo el agua es un elemento esencial para nuestra vida, y beber un litro o dos al día resulta muy saludable. Pero en ocasiones las personas desarrollan la costumbre de beber mucha más cantidad de agua y el organismo acaba sufriendo a largo plazo. Como dijo Aristóteles “La virtud está en el término medio”.
Los hábitos poco saludables están presentes en todos los ámbitos de nuestra vida, a nivel escolar, laboral e incluso a nivel familiar. Muchas veces estos son obviados y otras veces las personas no son capaces de abandonarlos por sí solos; sin embargo su modificación por otros más saludables puede reducir el absentismo laboral, la mortalidad de la población, mejorar el desarrollo de los más pequeños así como la calidad de vida en general de todas las personas.
Por ello es fundamental la presencia de psicólogos en todos los ámbitos ya mencionados que sirvan como ayuda a todas las personas que quieran abandonar estos hábitos para mejorar su calidad de vida.
Artículo escrito por Cristóbal Pereira
Sin lugar a dudas el mundo de la Empresa, el entorno laboral, no es diferente al mundo familiar o de ocio, las personas somos las mismas ya sea en un entorno o en otro. Cada día soy más consciente de la dificultad que tenemos en el mundo empresarial para planificar nuestras tareas; buscamos excusas para justificar nuestra falta de planificación, pero lo gracioso es que si pensamos en nuestro entorno personal sucede lo mismo: los niños, el dentista, la compra, etc…
Todo ello me ha hecho reflexionar acerca de que parte de nuestro cerebro nos ayuda en esto de planificar, que puede ser una fórmula —no mágica— de conseguir reducir nuestros niveles de ansiedad y estrés que tanto encontramos en consulta.
Parece ser que un área de nuestra corteza cerebral, ubicada en su parte anterior denominada cerebro prefrontal, es la responsable de ayudarnos a planificar nuestras tareas y la que más tarda en madurar en el ser humano, siendo la parte más racional de nuestra mente.
Habitualmente, cuando maduramos actuamos de manera racional, pero como señala J. Amador Delgado Montoto en su libro Mi hijo no estudia, no ayuda, no obedece, en el momento en que nos sentimos agredidos de alguna forma esa información pasa antes a nuestro cerebro emocional que al racional y es entonces, señala J.Amador, cuando en lugar de planificar y pensar la respuesta o la tarea reaccionamos huyendo o luchando, en definitiva, retrocedemos 100.000 años y nos comporto amos como Neandertales, tomando decisiones equivocadas o actuando como pollo sin cabeza.
Consideran los expertos que la maduración del prefrontal se produce a los veintitantos años; teniendo en cuenta que los jóvenes actuales comienzan a desarrollar su actividad laboral a partir de los veintitantos largos y que la vida en pareja o familia se inicia a los veintimuchos, en ambos entornos el prefrontal debería dominar … ¿O no?
Si el cerebro prefrontal domina nuestro comportamiento, ¿Qué deberíamos conseguir?
Tomar decisiones: Esta área cerebral realiza los procesos mentales necesarios para tomar decisiones correctas y adecuadas a cada momento. Puede ser actuar, huir, luchar, quedarse quieto. Las decisiones pueden ser inmediatas o tomarse su tiempo, pero en cualquier caso serán analizadas pormenorizadamente.
Comparación: Para tomar decisiones tendremos que analizar, y para ello recuperaremos datos de la memoria, que realizará analogías y similitudes por si la situación ya se vivió en otro momento. Todo esto lo consigue a través del hipocampo en el que como bien sabemos se localiza este proceso mental. Esta modalidad de memoria es la conocida como memoria ejecutiva.
Planificación: Se encarga de la organización, analizar toda la información necesaria para generar planes y procesos de trabajo, así como buscar los recursos necesarios.
Atención: Es un gran seleccionador de toda la información que le llega al cerebro, va priorizando aquellos estímulos que deben ser atendidos en primer lugar y prescinde de los que considera post-ponibles en ese momento. Básicamente selecciona teniendo en cuenta la supervivencia.
Motivador: Al estar conectado con el cerebro emocional —aunque no se sabe muy bien como— obtiene energía para concentrarnos en las tareas que más nos gustan, ayudándonos a resolver y actuar.
Empatía: Como sabemos la capacidad de percibir y sentir como los que nos rodean. Ponerte en el lugar de otros; de hecho las lesiones en el prefrontal provocan en este sentido alteraciones del comportamiento, tendiendo el paciente a parecer apático, distraído, como si no les importará nada ni nadie.
En definitiva, el cerebro prefrontal es el que nos ayuda a concentrarnos, a encontrar el momento adecuado para reaccionar, es el que planifica nuestras decisiones teniendo en cuenta las consecuencias y las personas a las que afectarán, el que consigue que el día a día sea motivador y no simple rutina, el que hace que tengamos en cuenta no sólo el corto plazo también el futuro, el largo plazo.
Son muchas las metáforas que en el mundo de la psicología y la empresa tienen en cuenta el cerebro ejecutivo; la que mejor lo define es la que alude a Director de Orquesta ya que como el prefrontal recibe toda la información, aunque no toca ningún instrumento, consigue que ninguno desafine o se imponga al resto. Los instrumentos del prefrontal serían la impulsividad, la emocionalidad excesiva, la rutina, la concentración, etc.
En base a todo esto, podríamos decir que los adolescentes aún no tienen desarrollado el prefrontal al 100%, lo que justificaría en parte su comportamiento. Los sociópatas o personas que se han desarrollado en un ambiente difícil presentarían características similares; pero no obstante entre las personas etiquetadas como normales también podemos concluir que existe la necesidad de trabajar y desarrollar este órgano cerebral que al final dirige nuestra vida. Y en parte es lo que trabajamos los psicólogos a diario en consulta o en el mundo de la Empresa: el dominio y desarrollo de las funciones ejecutivas, que nos ayudan a afrontar nuestro día a día.
Artículo escrito por Fernando Lucas
Sin lugar a dudas, durante años los psicólogos hemos buscado la fórmula mágica que nos permita conseguir curar a nuestros pacientes o al menos que se sientan mejor consigo mismos, alcanzando cierta paz interior. Son múltiples las técnicas que utilizamos en pro de la consecución de este objetivo: relajación, parada de pensamiento, reestructuración cognitiva… un sin fin de procedimientos que nos ayudan en nuestro cometido. En los últimos tiempos están proliferando nuevos enfoques que incluyen un contexto distinto al de la clínica, o el despacho convencional; se trata de trabajar en un entorno natural donde pacientes, animales, terapeutas y la propia naturaleza como decorado consigan la mejora de los primeros. ¿Realidad o Moda?
Parece según las investigaciones que un contexto natural ayuda a relajarnos y a encontrar paz interior; lo demuestra un estudio realizado por un equipo de investigadores británicos y alemanes. Para ello utilizaron un escáner cerebral en el que los probandos visionaban dos escenas diferentes, parte de ellos veía una autopista con gran circulación y el resto una playa paradisiaca.
El resultado de las imágenes por resonancia magnética funcional reveló diferencias en la actividad cerebral según cuales fueran las escenas. Los 12 participantes que habían observado el paisaje natural tuvieron un aumento notable de la actividad de la corteza cerebral auditiva —centro auditivo del cerebro—, la corteza prefrontal medial y la cingulada posterior —estas dos estructuras se activan, entre otras situaciones, cuando la persona dirige con la mente la mirada a su interior y se concentra en sí misma. Es decir, a pesar del tubo del escáner la película que proyectaba escenarios naturales ayudó a los probandos a conseguir una introspección, que no consiguieron el resto (Fuente: Mente y Cerebro nº54/2012).
Parece, según las investigaciones, que el entorno natural puede ayudar o facilitar a desarrollar ciertas técnicas. "Pero … ¿Y los animales qué papel juegan? ¿Forman parte del ambiente natural y esa es su función?" El hecho de que se trabaje en terapia con distintas especies animales, perros y caballos especialmente, puede tener algo que ver con la llamada Empatía animal.
Entramos en un terreno bastante movedizo, ya que salvo algunos conductistas de la vieja escuela casi nadie pone en duda la capacidad empática de los perros, como gran animal de compañía. Pero sin embargo siempre ha existido cierta resistencia a admitir que otras especies presenten esta habilidad; según las últimas investigaciones, este tipo de pensamiento va cambiando.
Los más recientes estudios realizados en ratones confirman que los que han presenciado molestias o dolores en otros de su especie son más sensibles al dolor propio, resultando más empáticos con ratones que eran compañeros de jaula, y por tanto más conocidos. El estudio confirma así la aparición de rasgos afines a la empatía hasta en los roedores, reforzando que esta tiene su origen en mecanismos neuronales básicos elaborados en el curso de la evolución. En los primates, el interés suele centrarse en las neuronas espejo como mediadoras de las respuestas empáticas, pero lo estudios confirman que no sólo estos simios cuentan con esta habilidad (Fuente: Science, 30 de junio 2006).
Quizá por esto la terapia con perros y caballos constituye una de las más exitosas, principalmente con niños autistas y personas con discapacidad.
En esta modalidad el elemento central es la naturaleza + el caballo (Agente Terapéutico) y tiene como principal objetivo el mejorar la autonomía de los pacientes y favorecer su integración social. Es un tratamiento de tipo terapéutico, educativo y recreativo que contribuye a mejorar significativamente las condiciones del desarrollo psico-físico-social de las personas con discapacidad y necesidades educativas especiales para una mejor calidad de vida, comenzando a ser conocido entre los profesionales de la medicina.
Parece que este tipo de terapia contaría con dos de los principales elementos que ayudan a mejorar la salud mental, la naturaleza y los animales, ya que es una actividad que se realiza al aire libre, en contacto con un entorno natural y relajado como es el centro hípico, con lo que podremos contar con la motivación de los pacientes, quienes tienden a implicarse más en las actividades que realizan con el caballo, ya que las llevan a cabo con agrado pues desean interactuar con él, e incluso, llegando a realizar movimientos y a expresar sentimientos por propia iniciativa o respondiendo de forma espontánea a las demandas del animal, al ser un elemento novedoso, divertido y dinamizador. Como además las sesiones están basadas en juegos con pelotas, aros, pinzas, canciones infantiles…. el paciente se divierte y con ello conseguimos una mayor motivación y participación en el tratamiento. Finalmente este no es siquiera consciente de estar haciendo rehabilitación.
La terapia asistida por caballos actúa sobre la globalidad de la persona, debido a la capacidad de empatía y de relación que tiene como animal doméstico, estando recomendados para mejorar trastornos de la personalidad, sensitivos o cognitivos, así como ayudando en el tratamiento y rehabilitación de las personas afectadas por diferentes trastornos motores debido a las características físicas y de movimiento que tiene, ya que se desplaza rítmicamente en los tres ejes del espacio.
El tipo de comunicación empleada por el caballo también es un elemento facilitador, sobre todo en trastornos de comunicación y relación.
Este animal supone una inagotable fuente de estimulación multi-sensorial en su interacción con los humanos dado su gran tamaño, olor, contacto físico, movimientos y sonidos; la presencia del caballo generalmente centra y mantiene toda la atención del paciente y potencia la participación activa en la terapia.
Es importante destacar que su utilización constituye un gran elemento igualador, que hace que personas con discapacidad o dificultad de cualquier tipo se sientan tan capaces como individuos sin necesidades especiales. El hecho de montar a caballo rompe el aislamiento de la persona respecto al mundo, poniendo al paciente en igualdad de condiciones respecto al jinete sano. Por ejemplo, personas que tengan limitado su movimiento y necesiten la ayuda de un andador o una silla de ruedas, si los colocamos sobre un caballo podremos liberarlos temporalmente de ese objeto-ancla del que son esclavos y que continuamente les recuerda que tienen una limitación, así, conseguimos adquirir o recuperar esa ansiada sensación de AUTONOMÍA, que es el objetivo final a conseguir en todas las terapias y la palabra que más veces escuchamos en boca de todos los terapeutas. "¿Y tú qué piensas?¿Moda y Terapia con buenos resultados?" Lo cierto es que a la espera de datos estadísticos que reflejen la mejoría en el tiempo de los pacientes en general, se observa en los casos particulares del autismo o de los problemas de comunicación un avance espectacular, así como un incremento del estado de ánimo.
Artículo escrito por Teresa de la Viuda y Fernando Lucas

