Las relaciones sociales son básicas para el ser humano. Todos nosotros presentamos un nivel medio de ansiedad al relacionarnos con otra persona por primera vez —una situación novedosa—, lo que nos permite estar a la altura de la situación, por lo que resulta adaptativo. En cambio, las personas con fobia social presentan un nivel muy elevado de ansiedad lo que les provoca una sensación de angustia difícil de eliminar.
La ansiedad social se caracteriza por un temor desmesurado ante diversas situaciones sociales por parte de la persona, que se percibe evaluada de manera negativa por los demás, y tiene la sensación de quedar continuamente en ridículo (American Psychiatric Association, 2000). Esta se diferencia de otros trastornos de ansiedad por el miedo excesivo, y porque los individuos evitan la mayoría de situaciones de interacción social, lo que afecta significativamente a su calidad de vida; los fóbicos sociales también padecen síntomas psico-fisiológicos tales como: taquicardias, sudoración, temblores y enrojecimiento facial —el cual se vive de forma muy angustiosa—, además de experimentar pensamientos negativos en lugar de positivos y con una atribución causal interna, por lo que los errores que piensan haber cometido en esas interacciones los atribuyen más a sí mismos que a la propia situación. A menudo, el individuo presenta una ansiedad anticipatoria lo que le hace estar en constante preocupación al pensar en una futura situación social.
Conforme al Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V), en la fobia social aparece una ansiedad que viene dada por situaciones sociales o intervenciones en público por parte del sujeto, lo que lleva a sesgos comportamentales tales como la evitación de esas situaciones.
Según Echeburúa (1993), las situaciones sociales más temidas por los fóbicos sociales serían las siguientes:
Iniciar y/o mantener conversaciones
Quedar o citarse con alguien
Asistir a una reunión social
Hablar con personas con autoridad
Telefonear a personas poco conocidas o realizar gestiones
Devolver un producto en una tienda
Hacer y recibir cumplidos
Hablar en público
Ser el centro de atención
Comer/beber en público
Escribir o trabajar mientras le están observando
Temor a que nos miren y observen lo que hacemos
Temor a conocer a alguien o encontrarse con alguien
Dificultad para confrontarse con alguien o hacer reclamaciones
Tendencia a rehuir espacios cerrados donde hay gente
Sensación de que todos nos miran y desvalorizan
Temor a que nuestras intervenciones parezcan ridículas, pobres o inadecuadas
Miedo a quedarse en blanco o no saber qué decir
Tipos de fobia social
Los trabajos actuales acerca de este trastorno señalan la importancia de diferenciar dos tipos: fobia social específica y fobia social generalizada. En la primera existen ciertos estímulos concretos que provocan ansiedad como hablar, comer o asearse en público, mientras que la segunda se asocia a una gran variedad de situaciones sociales. El miedo a la evaluación social negativa que existe en la ansiedad social generalizada viene dado por la comparación social que realiza el individuo con respecto a los demás, así como por la gran inseguridad que siente en cuanto a sus capacidades, lo que influye en la autoestima y la autoevaluación del sujeto.
A este respecto, en un estudio de Alden y Mellings (2004) se enuncia que los individuos con fobia social generalizada presentan un alto nivel de ansiedad relacionado con las autoafirmaciones que realizan.
Para llegar a comprender mejor este problema, M. W. Eysenck propone la Teoría de la Hipervigilancia (1992), donde existen tres tipos de sesgos cognitivos que experimentan los sujetos con ansiedad de evaluación:
Sesgo interpretativo: predisposición a interpretar las situaciones como amenazantes o negativas en lugar de neutras.
Sesgo atencional: el sujeto centra la atención hacia los estímulos amenazantes obviando los neutros.
Sesgo de memoria: tendencia a recordar las situaciones negativas o interpretadas como negativas.
De esta teoría deriva el Modelo de los Cuatro Factores en el que el grado de ansiedad es el resultado de la interacción de cuatro factores: la estimulación ambiental —como son las situaciones que se nos presentan—, la activación fisiológica —cómo reacciona nuestro cuerpo ante esa situación—, la propia conducta —qué hacemos— y las cogniciones del sujeto —lo que pensamos a cerca de lo anterior—. Según Eysenck (1997), las personas con sesgos atencionales e interpretativos sobre sus propias conductas podrían desarrollar fobia social.
Los sesgos cognitivos tienen un peso muy importante en la ansiedad social; estos se mantienen por la búsqueda de conductas de seguridad que limitan la retroalimentación de su propia conducta social y porque el sujeto focaliza su atención en sus síntomas fisiológicos (sesgo atencional) utilizando esa información para suponer que es evaluado negativamente por los demás (sesgo interpretativo).
Es muy común que individuos con baja autoestima presenten altos niveles de ansiedad social; el motivo es la puesta en marcha de un proceso de percepción de evaluación negativa por parte de los demás, así como la generación de ciertas expectativas en cuanto a la imagen social dada. Esta valoración sesgada lleva a que el sujeto experimente las distorsiones cognitivas y autoafirmaciones negativas tan frecuentes.
Por otro lado, existe una relación significativa entre ansiedad social y percepción de rendimiento: resultados reflejados en los trabajos de Eysenck (1979) indican que el rendimiento de las personas puede alterarse debido a sus altos niveles de ansiedad social, sobre todo en tareas complejas de contenido cognitivo, con lo que la alteración vendría determinada por la preocupación ansiosa que percibe el sujeto. Los resultados de diferentes estudios sobre sesgos interpretativos concluyen que los sujetos con ansiedad social perciben su ejecución como inadecuada o incorrecta, siendo muy negativos evaluando su propia conducta y no así la de los demás (Clark y Arkowitz, 1975).
Artículo escrito por Sandra Sánchez López
Las pérdidas forman parte de la vida, y todos las sufrimos en algún momento, así como acompañamos a otras personas que las sufren. Es importante que tengamos en cuenta que cuando hablamos de pérdidas, lo primero que se nos viene a la cabeza es la de nuestros seres queridos cuando estos fallecen, cuando nos enfrentamos a una ruptura sentimental o el fin de una amistad. Sin embargo, el mundo de las pérdidas y el proceso que las acompaña no se queda ahí; las personas sufrimos pérdidas de muy diversa índole, desde objetos o aspectos materiales a los que otorgamos un gran valor, hasta etapas de la vida de las que nos despedimos con gran tristeza, pasando claro está, por las nombradas perdidas de allegados, posiblemente la más dolorosa.
Desde que nacemos, empezamos a dar significado a todo, y a su vez ese significado que damos nos construye a nosotros, es una relación recíproca. Construye nuestra identidad, y por ende, no es difícil entender que cuando sobreviene una pérdida de cualquier cosa o persona que para nosotros tenía un sentido, necesitemos un proceso de reintegración de significados de nuestra realidad.
La recomposición de nuestro mundo interno de significados tras dicha pérdida es lo que se conoce como DUELO. Un proceso de enorme complejidad que a pesar de tener aspectos comunes entre unos individuos y otros, es sin duda alguna y ante todo, un proceso personal. Esto es así porque cada vínculo que establecemos a lo largo de nuestra vida y a través de nuestras experiencias es tan único como nosotros mismos; al igual que no hay dos personas iguales, no habrá dos vínculos exactamente iguales, pues cada uno damos un valor y significados determinados y característicos a aquello a lo que estamos unidos.
No obstante y a pesar de las diferencias individuales, podemos discernir aspectos comunes. Una de las autoras que más se ha sumergido en el mundo del duelo es Elisabeth Kübler-Ross, quien ha señalado que son cinco las FASES por las que pasa una persona en duelo ante una pérdida significativa:
LA NEGACIÓN: En esta primera fase rechazamos la realidad de la pérdida, estamos en shock y puede invadirnos la incredulidad. Podemos pensar “Esto no está ocurriendo”, “No me puede estar pasando a mí”, “No es verdad”.
LA IRA: La negación va dejando paso a un sentimiento de ira; la realidad de la pérdida se empieza a hacer consciente, emergiendo a su vez, el dolor. Nos sobreviene un sentimiento de rabia, injusticia e incluso de resentimiento con la vida, pagándolo en ocasiones con quienes nos rodean. Es frecuente pensar “¿Por qué a mí?”, “¡No es justo!”.
LA NEGOCIACIÓN: Intentamos negociar la pérdida, deseando volver al momento previo. Una frase que representa esa fase sería “¿Qué hubiera sucedido si…?”; nos balanceamos entre la nueva y dolorosa realidad y momentos del pasado.
LA DEPRESIÓN: Se va elaborando una comprensión de la pérdida de modo que ésta se va convirtiendo en una certeza. Vislumbramos que aquello con lo que teníamos un vínculo no podrá estar en nuestra vida de la forma en la que antes lo estaba, así que nos sentimos tristes y contemplamos un vacío irremplazable… “¿Para qué seguir?”, “Nada tiene sentido”.
LA ACEPTACIÓN: La vida se impone. Una vez pasadas las fases anteriores, empezamos a retomar nuestro ritmo y a ir dando valor a esas cosas que habíamos dejando en un segundo plano, otorgándole a nuestra vivencia nuevos sentidos y significados; entendemos que las pérdidas forman parte de la vida. Podemos sentirnos tranquilos y pensar “Su recuerdo siempre estará conmigo”.
Resulta muy útil conocer tales fases a la hora de enfrentarnos a una pérdida. A este respecto considero interesante tener en cuenta dos aspectos: Por un lado, sabemos que en numerosas ocasiones el simple hecho de saber que nos ocurre o porqué nos ocurre puede llegar a ser un alivio y en este sentido, comprender que estamos en un proceso donde no sólo no tenemos porqué entender todo sino que podemos darnos licencia y permiso para sentir todo tipo de emociones y contradicciones, nos permitirá ser más libres y condescendientes con nosotros mismos.
Por otro lado, considero relevante conocer tales fases por la implicación que podemos tener en los procesos de pérdida de otras personas. Es frecuente que cuando un ser querido se siente invadido por emociones negativas ante un suceso de estas características, intentemos animarlo de todas formas y maneras, descuidando que a veces lo más importante es estar ahí, sin más, dejándole expresar sus emociones y contradicciones sin juicio alguno.
En realidad, nuestra mente es sabia y encuentra habitualmente en qué momentos dar un paso más, pues debemos tener en cuenta que a pesar de ser un proceso natural, resulta en ocasiones tremendamente doloroso, y el afectado puede sentir una gran incomprensión durante el proceso. Necesitamos dar tiempo y aceptar el propio proceso, para que poco a poco nuestro mundo de significados vuelva a tener un sentido sólido.
Para hacerlo algo más llevadero puede ser beneficiosa la ayuda psicológica durante el mismo, y será especialmente recomendable en aquellos casos en los que la persona quede estancada en alguna de las fases mencionadas o bien el malestar adquiera unas dimensiones desproporcionadas.
Artículo escrito por Cristina Contreras
El nacimiento de la World Wide Web (WWW), lo que hoy día llamamos Internet, ha supuesto un avance en la comunicación entre millones de personas en todo el mundo. Nació como medio empresarial, pero su rápido crecimiento se ha extendido a cualquier tipo de usuario.
Su influencia en nuestras vidas ha cambiado la manera de comunicarnos y relacionarnos, facilitando un nuevo marco de interacción virtual mucho más cómodo, rápido, inmediato y menos costoso.
La expansión en los adolescentes, durante los siglos XX y XXI, ha motivado a los profesionales de la salud para investigar ciertos comportamientos que se salen del uso adecuado de las nuevas tecnologías; estas ha pasado de ser un medio de comunicación a convertirse en muchos casos en un refugio, un ámbito para la solución de problemas, el escape e incluso un recurso utilizado de manera inadecuada por los más jóvenes.
En este sentido, estudios exploratorios muestran una relación entre el abuso de Internet y los criterios por los cuales se diagnostican las adicciones a sustancias.
Como padres y madres nos preocupa la posibilidad de que nuestr@s hij@s pueden estar utilizando la Red de forma inadecuada. Por tanto, nos preguntamos, ¿es mi hij@ adicta?
No existe todavía en el campo de la salud un consenso sobre qué criterios determinan la adicción a Internet, pero sí que comportamientos suponen un factor de riesgo que pueden desembocar en un problema que llegue a interferir en sus vidas, relaciones sociales, entorno familiar, estudios, trabajo, pareja, etc., pudiendo intensificar trastornos presentes o bien motivar otros.
Dentro de estos comportamientos encontramos las siguientes consecuencias de un abuso de Internet:
Demasiadas horas de uso: la media considerada como problemática se encuentra en el rango de 2 a más de 5 horas diarias. Aquí se suele cometer un error muy común por nuestra parte: es el considerar que porque estén muchas horas en internet ya presentan una adicción. La frecuencia de uso por sí misma no sería la causa, ya que hablamos de un fenómeno multicausal. Esta supone un primer factor de riesgo y un indicador de posible abuso, por lo que resulta importante tener en cuenta la distribución que nuestr@s hij@s hacen de su tiempo. Y lo que esto interfiere en sus vidas.
Dejan de hacer otras obligaciones, tales como estudios, baja su rendimiento, ayuda en casa, faltas a clase o el trabajo, tareas domésticas.
Experimentan perdida de horas de sueño, generalmente están hasta altas horas de la noche en internet y durante el día se muestran muy irritables y susceptibles, falta de concentración en las tareas, fatiga durante el día. Suelen dormir menos de 5 horas diarias.
Muestran un estado ansioso por querer conectarse a Internet, esto también le sumerge en un estado emocional negativo, irascible, apático e incluso agresivo, si se les interrumpe durante la conexión.
No son capaces de acortar las horas de uso, a pesar de que hayan intentado reducir la frecuencia, no lo consiguen. Los fines de semana esta se incrementa.
Relegan otras actividades que antes les resultaban gratificantes, ahora su prioridad es conectarse a Internet, con lo que dejan de salir con los amig@s, de hacer deporte, hobbies.
Malestar familiar: peleas continuas en casa, conductas disruptivas, gasto excesivo de dinero (compras, juegos online, etc.)
Malestar físico y psicológico por no poder utilizar Internet o por la necesidad de conectarse.
Y, ¿qué primeros síntomas podemos identificar?
Dificultad para estar uno o dos días sin conexión
El joven se queda absorto en la pantalla: pérdida de la noción del tiempo
Gasto de dinero excesivo en programas, juegos, accesorios, etc.
Absentismo y disminución del rendimiento escolar
Cambios repentinos de humor y personalidad
Irritabilidad, especialmente cuando se le corta su actividad tecnológica
Ocultación, negación o justificación de un uso excesivo
Más interés por internet, que por interaccionar en la vida real con jóvenes de su edad
Quejas orgánicas inespecíficas, habitualmente leves, como sueño excesivo por la mañana
Acudir al ordenador ante pequeños problemas o dificultades cotidianas: conducta de evitación, mal afrontamiento, pensamientos intrusivos, etc.
La siguiente pregunta que debemos hacernos es, ¿y qué puedo hacer? Esto es algo que dependerá de cada adolescente, pero existen algunas pautas que pueden ayudarles en la consecución de un manejo apropiado:
Potenciar aficiones: lectura, cine, actividades cultuales que enriquezcan el tiempo libre y de ocio.
Fomentar las actividades al aire libre o con otras personas: visitas de amigos al domicilio, vivir buenos momentos agradables con nuestros hijos, construir momentos que permitan adquirir conductas sanas, etc.
Control de estímulos: no colocar el ordenador en su habitación o dispositivos con acceso a internet, crear una sala de uso exclusivo para este fin.
Limitar la utilización de aparatos pactando franjas horarias: utilizar un contrato de contingencias donde se concertarán las actividades, permitiendo el uso como si fuera un premio, no un “derecho”.
Aumentar, mejorar o mantener buenos canales de comunicación (dar fluidez) con nuestros hijos respecto al uso de Internet (informarnos de las páginas web que visitan, los contenidos y que uso hacen de ellos, cuánto tiempo se suelen conectar, explicar problemas por un manejo inadecuado, etc.).
Fomentar unas normas más flexibles para evitar un exceso de rigidez que desencadene conductas impulsivas, con necesidad de buscar sensaciones inapropiadas o perjudiciales.
En resumidas cuentas, la clave en el proceso de prevención y adicción es que nuestr@s hij@s reaprendan a utilizar Internet.
J. W. Goethe: El comportamiento es un espejo en el que cada uno muestra su imagen.
Artículo escrito por Mateo Pérez
La psicología se ha centrado históricamente en el estudio y comprensión de los trastornos y enfermedades mentales, convirtiéndose así en una ciencia dedicada a la curación. Esto ha permitido la proliferación de grandes conocimientos y progresos que han abierto la puerta a nuevas teorías acerca del funcionamiento mental humano y al desarrollo de nuevos y mejorados tratamientos, favoreciendo la recuperación de aquellas personas con problemas psicológicos. No obstante, existe escaso conocimiento acerca de la forma en la que las personas normales son capaces de sobrevivir, soportar o prosperar ante situaciones de adversidad. La focalización en la patología ha hecho descuidar aspectos importantes como las fortalezas y las virtudes humanas, la felicidad, el contento o el bienestar.
En este sentido, recientes estudios han puesto de manifiesto que existe una importante mayoría de la población que posee fortalezas y capacidades suficientes para mantener unos adecuados niveles de bienestar psicológico y felicidad. Esta situación invita a reflexionar acerca de lo que hace que ciertas personas posean unos mayores niveles de bienestar psicológico o de felicidad que otras, explorando, por tanto, la existencia de factores mas o menos estables que puedan actuar como pronosticadores o favorecedores de un mayor nivel de esta dimensión fundamental, uno de los aspectos positivos e importantes para la salud del ser humano.
En este contexto, se llevó a cabo un estudio con la intención de comprobar el peso que pudieran tener a la hora de explicar el bienestar psicológico ciertas variables como la edad, el sexo, la experiencia de sucesos vitales estresantes percibidos en el último mes, el autoconcepto o la personalidad, entendida desde el modelo de los cinco grandes (Goldberg, 1993) que sostiene que esta se divide en cinco grandes factores: neuroticismo, extraversión, apertura a la experiencia, responsabilidad y cordialidad. Para ello se utilizó una muestra poblacional formada por un total de 86 participantes de los cuales 45 fueron varones y 41 fueron mujeres, con un rango de edad comprendido entre 18 y 57 años.
Los resultados del estudio mostraron que las variables edad, sexo y presencia de eventos vitales estresantes en el último mes no presentaron una relación significativa con el bienestar psicológico. En cuanto a la personalidad, tres de los cincos factores fueron los que mostraron una relación significativa con el bienestar psicológico, estos fueron: la extraversión, la responsabilidad y el neuroticismo, relacionándose de forma positiva la extraversión y la responsabilidad y de forma negativa el neuroticismo. Por su parte el autoconcepto, aunque en menor medida, mostró igualmente una relación significativa y de carácter positivo con el bienestar psicológico.
Sobre las variables de personalidad que mostraron una relación significativa con el bienestar psicológico, cabe mencionar lo siguiente para poder entender los resultados obtenidos:
La extraversión se compone de las siguientes cinco facetas: Afecto, Asertividad, Gregarismo, Actividad, Búsqueda de emociones y Emociones positivas; por tanto, su alta relación positiva con el bienestar psicológico es probable que sea debida a que la personas que puntúan alto en extraversión muestran un alto nivel de sociabilidad y de asertividad, lo que les posibilita poseer una amplía red social en la que apoyarse, así como una tendencia a la actividad, a la diversión o la búsqueda de sensaciones que les lleva a poseer un gran número de emociones y experiencias positivas.
Por su parte, la responsabilidad se compone de las siguientes cinco facetas: Competencia, Orden, Necesidad de logro, Sentido del deber, Deliberación y Auto-disciplina; por tanto, su alta relación positiva con el bienestar psicológico es probable que sea debida a que un alto grado de responsabilidad propiciaría una correcta ejecución de las tareas, metas u objetivos propuestos previamente, con cuya realización se obtendrían éxitos personales que provocarían un aumento del bienestar psicológico en la persona.
Por último, el neuroticismo se compone de las siguientes cinco facetas: Ansiedad, Hostilidad, Depresión, Timidez, Impulsividad y Vulnerabilidad; por tanto, su alta relación negativa con el bienestar psicológico es probable que sea debida a que las personas que puntúan alto en neuroticismo presentan un inadecuado afrontamiento o gestión de las situaciones complicadas de la vida, dificultad para tolerar la frustración y desajuste emocional, lo que les lleva a la inseguridad y a la preocupación, así como a poseer una gran variedad de emociones negativas que les hacen sentir irritados, inquietos, enfadados, nerviosos, alterados o con rabia. La impulsividad, a su vez, les lleva a cometer excesos y a presentar dificultad para controlarlos.
En lo relativo al autoconcepto, y teniendo en cuenta que su formación se debe a la percepción de uno mismo en diferentes áreas de la vida tales como: la laboral o académica, familiar, social, emocional y física, los resultados de este estudio estarían poniendo de manifiesto que una adecuada percepción sobre uno mismo en estas áreas favorecería unos adecuados niveles de bienestar psicológico.
Por tanto, y en base a los resultados y conclusiones expuestas anteriormente, existiría la posibilidad de entrenar o desarrollar, y por tanto controlar, el bienestar psicológico de uno mismo. Esto se lograría mediante el favorecimiento de aquellas variables que han mostrado relacionarse de forma positiva con el bienestar psicológico y mediante el control de aquellas variables que han mostrado una relación negativa con el bienestar psicológico. Con el objetivo de operativizar todo esto, se propone a continuación de forma breve y sencilla una serie de pautas que darían lugar al desarrollo de esta dimensión fundamental para nuestra salud física y mental:
Fomentar la concentración, organización, disciplina y persistencia en la ejecución de las tareas que llevan a los objetivos propuestos por uno mismo.
Favorecer el desarrollo de la asertividad, así como la ejecución de actividades nuevas, de carácter gratificante, divertidas, que permitan una alta interacción social y con las que experimentar emociones y experiencias positivas.
Desarrollar un adecuado afrontamiento y gestión de las situaciones complicadas a las que nos enfrentamos, ajustándonos correctamente de forma emocional a ellas, reduciendo las conductas impulsivas y tratando de tolerar la frustración que estas nos provocan muchas veces.
Realizar una correcta interpretación de las situaciones vividas, favoreciendo evaluaciones positivas, así como una correcta atribución sobre la propia conducta que favorezcan adecuados niveles de nuestro autoconcepto.
Artículo escrito por Emilio Miguel Muñoz de la Nava
En nuestra vida cotidiana resulta habitual que nos asalten dudas de qué hacer con los problemas que van surgiendo. Las preocupaciones son normales y tenemos que hacernos a la idea que van a existir siempre; no saber que va a pasar en el futuro y no poder controlarlo, sobre todo para hechos importantes, puede generar angustia.
Para ser capaces de sobrellevar la ansiedad generada por nuestras preocupaciones primero debemos identificar de qué tipo son, para luego aplicar las estrategias adecuadas. Vamos a basarnos a este respecto en la teoría de Dugas y Ladouceur (1998), que es de plena actualidad.
Tipos de preocupaciones:
Las preocupaciones que están basadas en la realidad y son de carácter modificable: hay que llevar a cabo un plan centrado en el problema de manera específica, sobre lo que se quiere resolver. Este plan debe de ser elaborado de la manera más minuciosa y objetiva posible, pudiéndose solicitar la ayuda de personas especializadas de nuestro entorno para que nos aporten ideas, si estamos bloqueados a la hora de generar alternativas plausibles.
Un ejemplo de este tipo de preocupación podría ser el de una persona que ha perdido su trabajo y tiene que elaborar un plan de búsqueda de empleo. Este debe ser lo más práctico posible, y centrado en la cuestión concreta; si no se dispone de las herramientas suficientes, podemos consultar a trabajadores sociales de la administración, para que nos ayuden con ello.
Las preocupaciones que están basadas en la realidad y son de carácter inmodificable: en este tipo de casos, debemos centrarnos principalmente en las emociones que nos generan, puesto que es una realidad que no podemos cambiar. Nuestra actitud va a ser el arma más importante para hacerles frente.
Un ejemplo de esta situación sería que nuestro cónyuge enfermase, con lo que lo único que podríamos hacer para sobrellevar esta situación, ya que no está en nuestra mano resolverla, es tener una actitud positiva y darle mucho apoyo a nivel moral y emocional; para que el proceso, dentro de la gravedad, sea lo menos traumático posible.
Las preocupaciones que son irreales o poco probables: con este tipo de preocupaciones debemos descomponer por partes lo que tanto nos atormente. Una de las técnicas más usadas es preguntarnos, por ejemplo: “¿cuánta sería la probabilidad de que esto mismo le ocurriera a mi vecina?”. De esta manera podríamos llegar a un punto más objetivo.
Un ejemplo de este tipo de preocupación sería el de María, que no quiere que su hijo vaya de excursión por miedo a un accidente de tráfico. Para hacer frente a este temor, María debe preguntarse: “¿cuánta probabilidad real hay de que ocurra esto?”, “¿cuál va a ser el beneficio que su hijo obtenga al conocer y aprender junto a sus compañeros cosas nuevas?”, “¿cuánta probabilidad hay de que esto mismo le ocurra al hijo de la vecina?”…
Tener localizado el tipo de preocupación concreta que nos asalta va a facilitar que elijamos el Plan de Acción más adecuado y por consiguiente, resolver o sobrellevar la situación de la mejor forma posible. Recapitulando todo lo hablado anteriormente, cabe distinguir:
Las preocupaciones que están basadas en la realidad y son de carácter modificable: tenemos que aprender a elaborar un plan para ponerles solución. Pidiendo opinión de un experto, o de alguien cercano si fuese necesario.
Las preocupaciones que están basadas en la realidad y son de carácter inmodificable: lo que podemos hacer es cambiar nuestra actitud ante ellas, para que nos sean más llevaderas. En estos casos lo recomendable es ser lo más positivos y proactivos que podamos.
Las preocupaciones que son irreales o poco probables: se trata de aprender a verlas de un modo más objetivo descontextualizando el hecho, llevándolo incluso hasta la más absurda de las consecuencias, para darnos cuenta de la poca probabilidad que tiene, y si tiene alguna posibilidad de ocurrencia aceptarlo y aprender a sobrellevar cierto grado de incertidumbre. Por desgracia todavía no se ha demostrado científicamente que las bolas de cristal y el tarot nos den una respuesta, al menos no la dan para los más escépticos.
La mayoría de los problemas psicológicos se enraízan en no identificar el tipo concreto de preocupación y por consiguiente la imposibilidad de encontrar un plan de acción correcto para ponerles solución.
Para eso estamos los terapeutas, digamos que en esta área seríamos unos especialistas en distinguir los tipos de preocupaciones, pues estamos entrenados en el uso de técnicas según el tipo de problemática. Si alguna vez en el camino de la vida, sientes que algo te sobrepasa no es porque seas débil, sino porque no estás identificando correctamente lo que sucede. Acudir a un experto puede ayudarte a dilucidar y comprender que está pasando, es un recurso muy acertado para que la dificultad dure el menor tiempo posible o que la sepamos gestionar de otro modo.
Artículo escrito por Carmen de Castro Esgueva
La felicidad es como el carbón de Coque: es algo que se obtiene como un subproducto de la fabricación de otra cosa.
A lo largo de la vida, más tarde o más temprano las personas nos planteamos cuestiones relacionadas con la felicidad: ¿Soy feliz? ¿Realmente estoy haciendo lo que me gusta? ¿Cómo consigo una felicidad plena y constante? ¿Cuál es el verdadero camino a la felicidad? Como uno de los padres de la psicología positiva diría: “sería muy arrogante si os dijera la receta de la felicidad”, pero si hay indicadores que ayudan a encontrar nuestra propia receta.
La felicidad (del latín felicitas, a su vez de felix: “fértil”, “fecundo”) es un estado emocional que se produce en la persona cuando cree haber alcanzado una meta deseada.
La felicidad suele aparecer acompañada de una condición interna o subjetiva de satisfacción y alegría. Algunos psicólogos han intentado medir su grado a través de test, y en sus resultados la conceptualizan como una medida de bienestar interno (autopercibido) que influye en las actitudes y el comportamiento de los individuos. Aquellas personas que poseen un grado de felicidad alto interpretan el medio de manera positiva, y sienten una gran motivación para la consecución de metas y objetivos.
Martin Seligman, padre de la psicología positiva, define la felicidad en función de dos aspectos: por una parte tenemos el placer cuyos vehículos de sensación placentera son variados, como por ejemplo el consumo de bienes, las relaciones sexuales, las calificaciones personales en los exámenes, etc. Este aspecto se decanta por la “felicidad momentánea” y búsqueda de sensaciones que nos hagan sentir bien de la manera más rápida posible. Pero la propia sensación acaba extinguiéndose.
Por otro lado tenemos el aspecto relacionado con la búsqueda de significado, es decir, darle sentido a aquello que rodea nuestra vida. Este aspecto es más duradero en el tiempo y más propio de la belleza que desprendemos como seres únicos e irrepetibles.
¿Qué ocurre cuando a las personas felices les ocurren cosas malas?
La ventaja más clara que poseen estas personas para desarrollar recursos físicos es su capacidad de enfrentarse a los acontecimientos adversos. Ryck Snyder, profesor de Kansas y uno de los padres de la psicología positiva, realizó un experimento en el programa de televisión Good morning America, en el que aplicó un test de emoción positiva a los presentadores habituales, entre los que destacó C.G. con una puntuación que superaba con un amplio margen al resto; posteriormente, ante la cámara, cada uno de ellos introdujo una mano en un cubo de agua helada. Todos las apartaron rápidamente antes de que transcurrieran noventa minutos, excepto C.G., el cual mantuvo su mano mucho más tiempo que sus compañeros, acompañando la situación de una sonrisa. Cuando hubo que realizar una pausa todavía tenía la mano en el cubo.
Ante amenazas, la gente feliz además de soportar mejor el dolor y tomar más precauciones relacionadas con la salud y la seguridad, es capaz de anular mediante las emociones positivas las negativas.
En la vida diaria nos vemos rodeados de multitud de placeres rápidos cuya consecución no implica ningún esfuerzo: la tele, la comida precocinada, etc. Pero entonces ¿Dónde radica la búsqueda de la felicidad? Algunos autores la consideran el producto de la curiosidad y esfuerzo personal en la realización de las tareas diarias, y que solo desde esa perspectiva encontramos un punto de inflexión o de gratitud en el que valoramos el proceso como algo propio y personal, que ha llevado a una meta determinada. Sin ese esfuerzo realizado en cada tarea o búsqueda de disfrute personal, no sentiríamos un valor al que subyacen el sentido de belleza y reconocimiento subjetivo.
Dentro de la psicología positiva se distinguen los términos de actitudes y fortalezas: las primeras son tendencias y capacidades personales que tenemos desde que nacemos, como por ejemplo el oído para la música. No todo el mundo tiene la misma capacidad para tocar, y esas capacidades presentan un componente innato, es decir, que por mucho que nos esforcemos y entrenemos igual, podemos no llegar al nivel esperado. Por otro lado tenemos las fortalezas, que son una serie de valores personales que se pueden fomentar en la vida diaria, y estas si se pueden aprender y desarrollar a lo largo de nuestra experiencia vital. Gracias a la práctica de las mismas, podemos encontrar una perspectiva de bienestar subjetivo del mundo.
Si a lo largo de los días nos adaptarnos a las circunstancias que nos rodean y que surgen en nuestra mente a través del optimismo, la expresión de nuestros propios sentimientos, nuestras fortalezas y las actividades gratificantes, conseguiremos un equilibrio que nos producirá bienestar subjetivo, y es en ese equilibrio en el que desarrollaremos una sensación de satisfacción personal asociada a las emociones positivas propias del positivismo.
El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere sino querer siempre lo que se hace.
Artículo escrito por Iñigo Cansado de Noriega
En 1859 Charles Darwin publicó El origen de las especies; en este libro se hablaba de la llamada selección natural, fenómeno a través del cual las especies evolucionaban generación tras generación de manera selectiva transmitiendo prioritariamente las cualidades más beneficiosas para la supervivencia del individuo.
Este proceso consiste en la preferencia que presentaban las hembras por el macho más preparado para sobrevivir, ya que este garantizaba que sus crías presentaran mayores probabilidades de adaptación al medio. Del mismo modo, los machos mostraban una mayor predilección por aquellas hembras que manifestaban signos de fertilidad (juventud, atractivo físico, aspecto saludable, etc). Por tanto, las características favorables para la supervivencia y la reproducción se heredaban de unas generaciones a otras mientras que los individuos con características desadaptativas encontraban dificultades para reproducirse.
¿Hasta qué punto ha cambiado el proceso de selección natural desde sus comienzos hasta hoy?
La elección de pareja en nuestra época también se encuentra marcada por una serie de pautas que se han ido adaptando a los tiempos en los que vivimos pero que, ahondando en sus raíces, son comparables a las que poseían nuestros antepasados. Por ejemplo, para ambos sexos el hecho de que la otra persona muestre una apariencia saludable, inteligencia, generosidad, honestidad y fidelidad resultan primordiales. En el caso de la apariencia saludable esto puede ser interpretado tanto con una finalidad estrictamente reproductiva —“Si está enfermo/a no podrá tener descendencia y/o mi descendencia estará enferma”— como ligada a la fidelidad —“Es la persona que elijo para compartir mi vida”. Por su parte rasgos como la generosidad o la honestidad son claramente adaptativos para los integrantes de una pareja ya que constituyen una forma de garantizar el buen trato entre las partes. Por último, el hecho de que la inteligencia sea una de las características esenciales que tanto hombres como mujeres demandan viene dado por el funcionamiento de la sociedad actual, en la que el inteligente presenta más probabilidades de éxito que el fuerte.
Sin embargo, como no podía ser de otra forma, existen diferencias entre sexos: las mujeres muestran predilección por rasgos como higiene, independencia, simpatía, sentido del humor y compromiso; los hombres por su parte refieren una preferencia significativa por el atractivo físico del cuerpo y una cara bonita frente a características como la capacidad económica que no parece resultar importante. Ninguno de los dos sexos considera atractivas a las personas que se sienten atraídas por relaciones esporádicas o por personas comprometidas.
De este modo, tanto hombres como mujeres consideran esencial que exista una fidelidad y un compromiso por parte de las dos partes pero ¿Entendemos del mismo modo la infidelidad?
En términos de fidelidad, existen diferencias significativas en su interpretación: Para el género masculino, el hecho de ser engañados de forma carnal es totalmente inadmisible. Más allá del sentimiento de traición que esto provoca, visto en términos evolutivos, el hombre ha querido desde el inicio tener la certeza de que su descendencia es realmente suya y se muestra más decepcionado con este tipo de comportamientos. Sin embargo, el género femenino vería con peores ojos —de forma general— que su pareja se enamore de otra mujer que el hecho de que se produzca una infidelidad carnal; esto podría traducirse en una mayor importancia hacia el compromiso que hacia la propia fidelidad, al contrario que en el caso de los hombres. La explicación es que la mujer, como encargada en primer lugar de la descendencia, busca un hombre que se comprometa tajantemente con la labor de crianza y, por tanto, el hecho de ser sustituida le resulta inadmisible.
Todo lo descrito anteriormente sobre las prioridades de uno y otro sexo en la elección de pareja muestra no solo una gran compatibilidad a nivel general, sino también muchos puntos en común por ambas partes que deberían garantizar el éxito de la unión
¿Qué puede estar fallando entonces en la actualidad con respecto a generaciones anteriores?
En las últimas décadas se han producido grandes cambios en nuestra sociedad que influyen de forma determinante en la concepción actual de la pareja. La posición actual de la mujer constituye uno de los más significativos: el rol femenino dos generaciones atrás era primordialmente el de ama de casa, existía una dependencia económica total respecto de su marido así como este dependía de su esposa en cuestiones relativas a la crianza de los hijos o los quehaceres del hogar. La mujer actual cuenta con independencia económica y es capaz de salir adelante por sí misma así como el hombre ayuda en mayor medida con las tareas de crianza y del hogar; de este modo todas las responsabilidades se reparten entre ambos y surge un conflicto que anteriormente era desconocido como es la competencia por el liderazgo en la toma de decisiones. Es natural que los miembros de la pareja tiendan a dominar en diferentes aspectos de la relación dependiendo de los intereses y capacidades de cada uno de ellos; el problema surge cuando ambos manifiestan un intento de dominancia sobre el mismo aspecto y qué decir si esta se pretende ejercer en varios puntos comunes. El hecho de que exista una igualdad de ambos miembros en lo referente a todos los aspectos de su vida genera más disputas en aspectos tales como la educación de los hijos, gastos o la propia relación.
Otro factor a considerar, en mi opinión, es el retraso en la llegada de la descendencia. El hecho de que la edad a partir de la cual se forma una familia se retrase a partir de los 30 años crea un periodo de tiempo previo dedicado, en muchos casos, a la independencia. Durante este periodo tanto hombres como mujeres suelen darse prioridad a ellos mismos y se muestran reacios a la idea de hacer grandes sacrificios que puedan suponer la pérdida de este estatus, el cual ha adquirido mayor valor ya que anteriormente era un concepto que no se consideraba prioritario.
La transición en las distintas etapas del amor también es un motivo importante de conflicto. La aparición de la primera crisis, la cual suele darse tras los primeros años de relación, puede tener dos finales como serían: 1) El reforzamiento de la pareja tras la superación de la crisis pasando de una etapa pasional a otra caracterizada por confianza y sensación de estabilidad o 2) La ruptura de la pareja por el establecimiento de objetivos y planes incompatibles con la relación. Este factor se encuentra estrechamente relacionado con el anteriormente mencionado ya que aquí es donde el concepto de independencia puede haberse visto afectado, en la medida en que haya sido calificado como indispensable.
Por último, conviene dar una especial importancia a las capacidades comunicativas ya que suponen la herramienta para solucionar los problemas existentes. Cuando una pareja no consigue hallar solución al conflicto mediante la comunicación, la entrada en un bucle continuo de disputas se hace irremediable y esto lleva a percibir la situación como un problema de convivencia más que como una incapacidad de expresión fructífera para ambas partes.
Artículo escrito por Eva Calvo
Una fábula cuenta que un hombre buscaba bajo una farola las llaves de su casa que había perdido. Entonces, su vecino que paseaba por allí, se acerca a él y se ofrece para ayudarle a encontrar la llave perdida. Al cabo de un buen rato de buscar sin éxito alguno la llave bajo la farola, el vecino, algo fastidiado, le pregunta: pero, ¿está usted seguro de haberla perdido aquí? Y el otro replica: no, pero es aquí donde hay luz.
El cambio es una constante en nuestra vida. Desde que nacemos nos enfrentamos con mayor o menor conciencia, con más o menos éxito, a continuas situaciones que nos permiten aprender cómo adaptarnos al entorno.
Así, durante la etapa infantil, los cambios vienen en su mayoría motivados desde el exterior y otros toman las decisiones por nosotros: el momento en el que deciden que tenemos que dejar de usar chupete, el día en el que salimos de casa y dejamos a las personas que nos cuidan para comenzar a ir a la escuela, cambios de ciudad o de colegio por trabajo de nuestros padres…
A medida que vamos creciendo, esa realidad cambiante externa permanece, pero también comenzamos a tomar decisiones que obedecen a inquietudes o necesidades intrínsecas.
En ese caso, la necesidad de cambio viene motivada desde dentro de cada uno de nosotros, impulsada por la insatisfacción en cualquiera de las áreas de nuestra vida. Pero hay veces que aunque somos conscientes de nuestro malestar y deseamos mejorar, nos da miedo.
Ese miedo nos paraliza, nos bloquea a la hora de tomar decisiones, nos sentimos ansiosos y tenemos dificultades para poder avanzar hacia nuestros objetivos. Y alguna de esas veces nos estancamos. Entonces, prolongamos en el tiempo relaciones aunque no nos aporten felicidad, permanecemos quemados en el mismo puesto de trabajo aunque sepamos que si nos esforzáramos podríamos mejorar, mantenemos los mismos hábitos un año tras otro a pesar de saber que no son saludables para nosotros, seguimos sin establecer límites a los demás por nuestras dificultades y temores a decir “no”…
Quizá la mayoría de nosotros podamos sentirnos identificados con alguna de esas situaciones y las hayamos experimentado en algún momento de nuestra vida. Pero hemos de tener en cuenta que mantenerlas en el tiempo puede pasarnos factura, haciéndonos más vulnerables emocional y físicamente… ¿Cuántas personas van al médico por enfermedades derivadas del estrés?
El caso es que, finalmente, no salimos de la llamada zona de confort. La zona de confort contiene lo conocido para nosotros, es aquella en la que nos sentimos seguros y protegidos, pero no necesariamente a gusto.
Sentir miedo por lo novedoso es legítimo… ¡cuánta seguridad nos proporciona la rutina y cuánto temor la pérdida de ésta! El miedo a lo nuevo, a lo extraño es muy común, “… aunque compensado por la curiosidad, que es, precisamente, el interés por lo nuevo. Por eso se pueden dar conductas de evitación y acercamiento, y no se sabe cuál de los dos sentimientos prevalecerá, si el miedo, o el interés”. J.A. MARINA, Anatomía del miedo.
Todas las personas sentimos miedo ante la posibilidad de intentar cambiar y fracasar en ello, ante el hecho de coger las riendas de la vida y ser responsables de nuestras decisiones. Todas las personas tenemos miedo en el fondo, a ser libres:
La libertad significa responsabilidad, por eso la mayoría de los hombres le tienen tanto miedo.
Pero si optamos por quedarnos como estamos y no ser partícipes de nuestro cambio seríamos como el hombre que busca sus llaves cerca de la farola; sabremos que la respuesta no está ahí, pero salir a buscar a la oscuridad nos asusta.
A veces nos resulta más sencillo y confortable pensar que no se puede cambiar nada, que es imposible, y nos quedamos bajo la luz de la farola. Pero en realidad muchas veces tenemos la certeza de que la llave se encuentra en lo desconocido, y encontrarla exige arriesgarnos a explorar.
¿Prefieres permanecer bajo la claridad que te aporta lo conocido? ¿O aprovecharás la oportunidad que te brinda el conflicto e iniciarás el camino hacia lo desconocido para encontrar tu llave?
Artículo escrito por Guiomar López
Estás en clase y un compañero te pide un rotulador. A continuación ves cómo minuciosamente, comienza a hacer un dibujo. Le miras, y sin saber por qué, un hormigueo placentero te invade la cabeza y parte de la espalda el tiempo que dura la actividad. No le das importancia y se te olvida… hasta que vuelve la sensación en otras ocasiones.
Si te has sentido identificado con el ejemplo, enhorabuena. Eres uno de los pocos afortunados que logran o sienten el ASMR, aunque aún podrías serlo, ya que este se da en diversas situaciones.
ASMR es como se conoce internacionalmente, siendo RSMA su denominación en castellano (Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma). Se ha acordado su definición como un fenómeno biológico caracterizado por una enorme sensación placentera, extremadamente relajante, experimentada como un hormigueo a través del cuero cabelludo y/o regiones periféricas del cuerpo en respuesta a estímulos visuales, auditivos o cognitivos.
Hasta ahora, se trataba de un fenómeno al que los investigadores no daban importancia y que sólo estaba presente en el ámbito privado; simplemente cuando aparecía, se disfrutaba de él. Sin embargo, ahora ha podido salir a la luz gracias a la amplia diversidad a la hora de comunicarse por internet y la libertad de expresión de todo tipo. Actualmente están de moda los blog, videoblogs, grupos de Facebook, etc. Fue en uno de estos grupos en 2010 donde varios usuarios comenzaron a debatir y comentar experiencias relativas a esta extraña sensación, usándose por primera vez en la historia el término ASMR.
Aunque tenga un nombre muy técnico, no existen en la actualidad estudios científicos que aborden este fenómeno. Sin embargo, empieza a haber curiosidad por las bases neurológicas que lo producen. Es cierto que hay escepticismo en cuanto a su existencia, como también lo hubo en su día con la sinestesia —experimentar sensaciones en un sentido a partir de estímulos que son recogidos por otra modalidad sensorial, como que un color tenga sabor— hasta que en los 90 se encontraron métodos para medir de forma precisa sus efectos.
Además, el hecho de que no puedan experimentarlo todas las personas, desconocer qué variables influyen a este respecto así como la dificultad de su evaluación al tratarse de un fenómeno subjetivo, pueden llevar a pensar a los escépticos que el ASMR es un mito. No obstante, se apunta a que el primer paso en su investigación sería el realizar resonancias magnéticas y estimulación magnética transcraneal al sujeto mientras estén experimentándolo. Con ello, podríamos llegar a saber cuáles son específicamente las áreas cerebrales que se estimulan; además, posiblemente también se produzcan cambios bioquímicos a nivel cerebral, aunque a día de hoy tan solo son hipótesis.
Hay un consenso en una serie de situaciones más o menos generalizadas que disparen el ASMR, entre ellas se encuentran las siguientes:
Observar a una persona pintar o dibujar.
Ver a alguien realizar una tarea atenta y minuciosamente —ejemplo: resolver un puzle, rellenar un formulario, inspeccionar minuciosamente un objeto de cerca, etc.
Atención cercana y personalizada por parte de otra persona —ejemplo: profesor explicando la materia a un alumno de forma individual.
Corte de pelo y sonidos casuales de objetos diversos —tijeras al cortar el pelo, un papel arrugándose, pasar las hojas de un libro, sacar punta a un lápiz y también su sonido al rozar el papel, una escoba al limpiar el suelo, el susurro de una persona, etc.
Hay personas que cuando leen sobre ASMR creen conocer y haber experimentado el fenómeno, haciendo muchas veces alusión a la situación de ponerse los pelos de punta o piel de gallina, que suele pasar por ejemplo cuando nos acarician el cabello. Sin embargo esto no es ASMR, aquí conocemos que en la cabeza tenemos infinidades de terminaciones nerviosas las cuales, al ser estimuladas, nos provocan esa sensación de relajación y placer.
Aprovechando el tirón de este descubrimiento, se están empezando a aplicar las nuevas tecnologías de cara a elicitarlo; de hecho, en el último año se han disparado los canales de YouTube en los que los usuarios realizan vídeos dirigidos a las personas que pueden tenerlo, creándose toda una nueva comunidad cibernética en torno a este. Además, se pueden leer relatos en los que la gente dice estar cada vez más enganchada a este tipo de canales, poniéndose los videos para poder experimentar en cualquier lugar y momento el ASMR, lo que hace pensar si podría llegar a generarse una adicción a esta sustancia, en la que exista dependencia e incluso quien sabe si tolerancia, necesitando cada vez mayor tiempo de exposición o de mayor intensidad.
Para futuras investigaciones sobre el fenómeno, sería interesante comprobar si se trata de algo innato o por el contrario puede ser aprendido. Esto último sería realmente importante de cara a su posible aplicación clínica, debido al enorme potencial relajante que tiene. De forma que si una persona es capaz de ser entrenada en ASMR podría contar con esta nueva habilidad terapéutica como técnica de relajación; aunque en principio, dada la escasez de personas que refieren experimentarlo, todo apunta a que se trata de un proceso innato.
Artículo escrito por Aitor Molina
Suponte que vas caminando por una ciudad que no conoces, en la que nunca antes has estado y entras a una iglesia que fue construida muchos siglos antes de que nacieras, pero, sin embargo, una sensación de familiaridad que no puedes describir te invade, y tu mente te dice que ya has estado allí. Este fenómeno se conoce como Déjà vu.
Etimológicamente el término Déjà vu significa ya visto y fue acuñado por el investigador psíquico francés Émile Boirac. Se trata de un fenómeno entrañable propio de la condición humana, que hace referencia a un tipo de paramnesia de reconocimiento; caracterizada por la fuerte convicción de que un evento o experiencia que se vive en el presente, se ha experimentado en el pasado. Dicho de otra forma, es la sensación de que se ha sido testigo previamente de una situación nueva. La experiencia suele ir acompañada por una convincente sensación de familiaridad y a su vez por una extraña sensación de rareza.
Los expertos establecen diferentes variedades dentro del Déjà Vu dependiendo del tipo de vivencia experimentada:
Déjà Senti (ya sentido): Es un suceso necesariamente de tipo mental que carece de aspectos precognitivos y que rara vez permanece en la persona que lo experimenta.
Déjà Vecu (ya vivido o ya experimentado): Fenómeno que alude a la sensación de que lo que estamos diciendo o haciendo ya lo hemos dicho o hecho con anterioridad. Relacionado con ocurrencias o procesos temporales.
Déjà Visité (ya visitado): Hace referencia a la extraña sensación de conocer un lugar nuevo en el que nunca antes habíamos estado. Se dan con menor frecuencia que las anteriores y está relacionado con aspectos geográficos y relaciones espaciales.
El fenómeno opuesto al Déjà vu es el llamado Jamais vu (en francés nunca visto). Se caracteriza por no recordar explícitamente haber visto algo antes. La persona sabe que esa experiencia ha ocurrido previamente pero le resulta extraña. Es la sensación de extrañeza frente a algo sumamente familiar.
Existen diversas teorías científicas que tratan de dar explicación a la experiencia Déjà vu. La más plausible sostiene que los eventos se almacenan en la memoria antes incluso de que la parte consciente del cerebro reciba la información y la procese. En esta misma línea muchos teóricos apuntan que la anomalía de la memoria sucede cuando la mente consciente tiene un ligero retraso en la recepción de las entradas perceptivas. En otras palabras, la mente inconsciente percibe el entorno antes que la consciente, lo que provoca que la propia conciencia detecte algo que ya está en la memoria, incluso aunque lo esté a sólo un instante de diferencia con la percepción; este pequeño lapsus o retraso en la percepción del estímulo externo generaría la sensación de tener ante nuestros ojos algo que ya hemos vivido. Por tanto, puede ser el resultado de un solapamiento entre los sistemas neurológicos responsables de la memoria a corto plazo (sucesos que se perciben como pertenecientes al presente) y los responsables de la memoria a largo plazo (sucesos que se perciben como pertenecientes al pasado). Sin embargo esta teoría ha quedado cuestionada ya que distintas personas ciegas han experimentado también episodios de Déjà vu, en relación a sus otros sentidos. Esto echó por tierra la tesis de la memoria visual retrasada o equivocada, dejando sobre el tapete el enigma.
Otras teorías van en la línea de que el ser humano almacena la información de manera simplificada, de tal forma que ante un escenario con una configuración similar a otro que ya es conocido puede producirse esa falsa sensación de familiaridad debido a que tenemos nociones de la configuración pero no hemos almacenado esa información de forma completa. Es como si distorsionásemos el recuerdo a fin de adaptarlo a esa nueva situación.
Desde otras perspectivas no científicas como la parapsicología asocian esta peculiar experiencia con la precognición, la clarividencia o las percepciones extrasensoriales, atribuyendo su explicación a la profecía, las visiones o a recuerdos de una vida anterior. Otros sostienen que el Déjà vu pudiera ser una memoria de sueños olvidados con elementos comunes a la experiencia que se vive en el estado de vigilia.
Diversas investigaciones afirman que la ocurrencia de los Déjà vu se da en igual proporción entre hombres y mujeres de diferentes razas, pero que se presenta con mayor frecuencia en personas de entre 15 y 25 años de edad. Esto ha hecho creer a los especialistas que el fenómeno podría estar relacionado con neurotransmisores como la dopamina, los cuales son más elevados en adolescentes y adultos jóvenes.
Cabe concluir, por tanto, que el Déjà vu es un fenómeno de índole desconocida con exactitud hasta la fecha; pero en cualquier caso, sea cual sea su naturaleza existen evidencias a cerca de su existencia. Diversos estudios avalan que aproximadamente el 70% de la población lo ha experimentado en al menos una ocasión a lo largo de su vida. Por tanto, si se hiciera una encuesta a los habitantes del planeta tierra, en un altísimo porcentaje responderían afirmativamente a la sensación de haber visto o estado antes en algún lugar o de conocer a alguna persona.
Al fin y al cabo quién no ha experimentado alguna vez esa sensación de encontrarse en un lugar en el que nunca antes había estado y tener la seguridad de conocer ese sitio a la perfección, experimentando una extraña sensación de familiaridad… o el estar manteniendo una conversación con alguien y pensar “esto ya lo hemos hablado en otro momento” hasta tal punto de estar convencido de lo que diremos a continuación como si de repente lo recordásemos… Incluso esa sensación de haber estado rodeado por esas mismas caras en una época remota….
Los Déjà vu y su implicación de estado fronterizo entre realidades continúan siendo un enigma sin resolver, poniendo en entredicho que incluso la realidad objetiva también se equivoca.
Artículo escrito por Virginia Aragón

