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Gustavo Adolfo Becker (1836-1870): La soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo.

El vínculo del ser humano con la soledad ha estado presente a lo largo de la evolución. ¿Quién puede decir que no se ha sentido solo ó ha estado solo alguna vez? El término soledad tiene distintas connotaciones tanto positivas como negativas en su definición social: “estar solo sin acompañamiento de una persona u otro ente viviente”. Palabra difícil de definir según la lingüística, ya que contiene diferentes variantes semánticas implicadas en las emociones del individuo, como por ejemplo: la búsqueda de la soledad debido a la soledad necesitada, la soledad impuesta, la soledad como sentimiento de malestar producto del vacío emocional, etc… Y es por esto que la concepción de este término no es sencilla e implica la necesidad de un acercamiento a su esencia fundamental: “estar con uno mismo”.

Según el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) hay distintos tipos de soledad:

Por un lado tenemos la soledad objetiva, terminología que hace referencia a las personas que están solas, a aquellas con ausencia de relaciones sociales debido a la carencia de las mismas; por otro lado tenemos la soledad subjetiva, que se refiere a esas con sentimientos de soledad, independientemente de que tenga relaciones sociales, es decir, sentirse sola.

El aislamiento social, relacionado con la falta de integración y participación activa con otros individuos, es un estresor que está en relación directa con síntomas psicológicos negativos, mientras que la inclusión social o socialización con otros individuos es potenciador de sentimientos de pertenencia o seguridad y apoyo emocional. En definitiva, las redes de apoyo social contribuyen a la satisfacción de necesidades individuales emocionales y son predictores del bienestar.

Según un estudio Realizado por investigadores de la Universidad de Chicago a la dirección de John Cacioppo, psicólogo pionero de la neurociencia social, en el que se valora la capacidad de las personas mayores para desarrollar resistencia a la soledad, se llegó a las siguientes conclusiones: la soledad aumenta un 14% la posibilidad de muerte prematura en personas mayores. Según el mismo autor, las consecuencias de la soledad subjetiva, es decir el sentimiento de soledad, conlleva aspectos relacionados con la interrupción del sueño, elevación de la presión arterial y los niveles de la denominada hormona del estrés en sangre, el cortisol, además de la disminución del funcionamiento del sistema inmune y de producir síntomas depresivos acusados. Son muchas las personas mayores que viviendo solas se desenvuelven con facilidad y sin problemas, pero también hay otras que se sumergen en una profunda soledad. El mismo autor señala tres niveles que ayudan a sosegar el sentimiento de soledad: relaciones íntimas, colectividad relacional, es decir el contacto cara a cara o tercero (teléfono), y la conectividad colectiva ó el sentimiento positivo producido por la pertenencia a un grupo.

En otro estudio realizado por César Venero y colaboradores, del departamento de psicobiología de la UNED (Universidad Nacional de Estudios a Distancia), se buscaron las consecuencias que tiene en ratones degús con características muy sociables el estado de aislamiento social a largo plazo. La investigación fue realizada a hembras entre 39 y 44 meses, donde la mitad fueron separadas en un grupo y las otras seis no tuvieron contacto físico entre ellas durante un periodo de seis meses y medio. En los análisis postmortem se detectó una reducción del volumen del hipocampo, área cerebral asociada a la memoria y el aprendizaje. Así llegaron a la conclusión de que la soledad prolongada en etapas adultas produce alteraciones cerebrales y un déficit de aprendizaje.

La soledad puede conllevar connotaciones negativas, pero también pueden existir sentimientos de placer y bienestar asociados a ese estado, que en muchas ocasiones resultan más difíciles de entender y aceptar culturalmente, debido al significado que conlleva este término en la sociedad actual.

¿Qué beneficios puede una persona encontrar en la soledad?

María manes, autora de un artículo publicado en Psichological today, asocia la concepción negativa de la soledad al estilo de vida occidental, donde las urbes en continuo crecimiento demográfico y la sobreactividad, además de la relación constante de los individuos de forma masificada, ha desvirtuado el concepto, transformándolo en algo negativo, triste, antisocial, lo cual puede haber provocado que culturalmente se haya vinculado a emociones negativas.

María también comenta los beneficios que puede conllevar para la salud la soledad buscada, como son: el reiniciar el cerebro y descansar —con los beneficios que el descanso conlleva para la salud—, aumento de la concentración y actividad, la oportunidad para descubrirse a uno mismo y su funcionamiento, además de tiempo para reflexionar y disfrutar de las pasiones propias.

Los aspectos asociados a la soledad, tanto los positivos como los negativos y, sobre todo, la percepción que uno tenga sobre este concepto, relacionada directamente con las emociones, puede ser el principio de un cambio de perspectiva asociada a la búsqueda del bienestar personal en ese estado de desvinculación con el resto. Mantener lazos sociales es vital por los beneficios que estos conllevan, pero también la soledad puede ayudar a encontrarnos a nosotros mismos como seres sociales con necesidades vitales asociadas a nuestra individualidad, y así potenciar el autodescubrimiento personal.

Charles Bukowsky (1920-1994) "…ah, sí existen cosas peores que estar solo, pero a menudo lleva décadas darse cuenta y la mayoría de las veces cuando lo haces es demasiado tarde y no hay nada más terrible que demasiado tarde…"

Artículo escrito por Iñigo Cansado de Noriega

¿Has notado la evolución del culto al cuerpo? ¿Sabes que nombre recibe esto?

Actualmente, en pleno siglo XXI cada vez se va extendiendo más la epidemia, sobre la sociedad industrializada, del culto y perfección por el cuerpo.

Son los adolescentes a los que mayormente afecta, ya que es en esta etapa en la cual, de manera alarmante para la sociedad, más se ha incrementado esta búsqueda de perfección. Afecta principalmente al género masculino, aunque también hay mujeres que se encuentran dentro de este círculo. El rango de edad en el que resulta más frecuente su aparición oscila entre los 18 y 35 años.

¿Cuándo aparece el concepto vigorexia?

La vigorexia fue descrita, por primera vez, por el psiquiatra Harrison G. Pope en el año 1993, tras estudiar los efectos secundarios del abuso de esteroides anabolizantes en personas que se entrenaban en gimnasios diariamente.

Pope observó que en ese momento había deportistas que, además de querer ganar cada vez más masa muscular, tenían una alteración de la imagen corporal por la cual se veían pequeños y débiles; aquellos que se veían afectados por esta alteración realizaban también una práctica compulsiva de ejercicio para ganar abundante masa muscular y tenían pensamientos obsesivos sobre su cuerpo. Sólo dedicaban tiempo al gimnasio, por lo que el resto de los factores de su vida personal se veían gravemente alterados.

Además, no solo realizaban una práctica compulsiva de ejercicio y dieta estricta, sino que abusaban de hormonas y anabolizantes para potenciar sus efectos.

¿Cómo está clasificada la vigorexia?

La vigorexia es un trastorno que en la actualidad aún no está incluido en los sistemas de clasificación diagnostica, ni está registrada por la Organización Mundial de la Salud.

Se encuentra en estudio ya que comparte abundantes rasgos con los trastornos de la conducta alimentaria: anorexia y bulimia nerviosa pero también con el trastorno obsesivo compulsivo y el dismórfico corporal, problemas emocionales y de conducta, y una elevación del nivel de activación que hace que el paciente se aísle de sus relaciones sociales para atender a sus responsabilidades y rutinas diarias.

¿En qué consiste la vigorexia?

Este trastorno se basa en una obsesión continua y persistente por conseguir el crecimiento de la masa muscular y, además, la persona que lo sufre persigue alcanzar la perfección de su cuerpo.

Suele ir acompañado de una distorsión de la imagen corporal así como de una alteración de los patrones alimenticios, a los que añaden complementos para el desarrollo de la musculatura.

De este modo, la persona con vigorexia persigue conseguir un cuerpo musculado sin tener en cuenta otra cosa y sin mirar el precio que eso conlleva, entrena diariamente en el gimnasio, consume complementos proteínicos o incluso hormonas del crecimiento, se priva de tener relaciones sociales o de hacer otras actividades que le proporcionan placer y lleva a cabo una dieta que se vuelve selectiva, priorizando el consumo de proteínas de forma continuada en detrimento de otros nutrientes.

Los factores precipitantes que provocan la aparición del cuadro son: la necesidad de aceptación social, el culto al cuerpo, el deseo de una imagen perfecta que encaje con los cánones sociales así como aquellas características de personalidad y vulnerabilidad psicológica propias de cada individuo.

¿Cuáles son las causas de la vigorexia?

Las causas de la vigorexia son múltiples, incluyendo factores sociales, personales, familiares y biológicos; pero uno de los que adquiere mayor influencia en todos los trastornos de la conducta alimentaria en general es el modelo socio-cultural estético presente en nuestra sociedad, que tanto refuerza esto.

Hoy en día, se tienen muy en cuenta las medidas, tallas e incluso la altura para un prototipo de belleza casi inalcanzable. Diariamente vemos en los medios de comunicación rostros y cuerpos perfectos, sin pensar en lo que todo ello conlleva.

Como no miramos a la realidad con detenimiento no nos damos cuenta de que ese modelo estético en la mayoría de las ocasiones no es real, sino montajes o retoques por programas informáticos.

¿Qué consecuencias tiene todo esto?

Este cuadro conlleva que, aparte de provocar que la persona deje de atender sus responsabilidades para centrarse en sus rutinas de entreno diarias, también presenten un componente obsesivo elevado.

Además aparecen unas repercusiones emocionales y psicológicas como son ansiedad, baja autoestima, síntomas depresivos, pensamientos obsesivos, tendencia de introversión, sentimientos de culpa e irritabilidad y frustración si no van al gimnasio.

Estas circunstancias a su vez estimulan el hecho de que abandonen todas sus actividades sociales, culturales y hasta las laborales con el fin de dedicarse única y exclusivamente a realizar entrenamiento físico.

La gran complicación que tiene dicho cuadro psicológico es la gran —y consensuada— aceptación social que tiene en la actualidad el hecho de hacer ejercicio de forma diaria, ir al gimnasio, comer bien y hacer dieta, cuidarse, etc.

No debemos olvidar, a este respecto, el peligro que conlleva la alteración de la alimentación de manera continuada, sin llevar a cabo una dieta completa y con todo tipo de alimentos y nutrientes naturales.

¿Cuál es el tratamiento?

Principalmente, el tratamiento está basado en una detección precoz, donde sería adecuado intentar elaborar una guía para que la persona sepa el límite entre realizar deporte de manera sana y llevarlo a cabo de manera excesiva, y por ello poder empezar a desarrollar el trastorno.

Una vez que la vigorexia está presente, sería adecuado un tratamiento interdisciplinar en el que colabore un médico para regular los niveles de afectación corporal, un psiquiatra por la necesidad de medicación y por supuesto un psicólogo para poder identificar y tratar la obsesión por el culto al cuerpo, los síntomas depresivos y de frustración que aparecen si no consiguen realizar la suficiente cantidad de deporte diaria, los sentimientos de culpa por no entrenar un día y sobre todo la pérdida del entorno socio-cultural, laboral y familiar que puede aparecer por el descuido en estas áreas.

Igualmente sería adecuado que todas estas normas y directrices estén en los gimnasios para poder concienciar de ello y que, ante la aparición de los primeros síntomas, las personas puedan darse cuenta de que están desarrollando un trastorno.

Artículo escrito por Silvia Delgado

¿Por qué preferimos comernos una hamburguesa en lugar de un plato de brócoli? ¿Por qué sigo fumando? ¿Por qué no todos nos abrochamos el cinturón para conducir?

Desde hace años los especialistas de la salud nos vienen advirtiendo sobre los malos hábitos de vida de las sociedades industrializadas. Mensajes como “fumar mata” están presentes incluso en las propias cajetillas de tabaco. En los restaurantes de comida rápida nos indican las calorías y grasas que tienen sus productos; y hasta en la televisión vemos publicidad donde nos intentan convencer de que ponerse el cinturón salva vidas.

Por si no fuera poco, nos echamos las manos a la cabeza cada vez que vemos a jóvenes en las calles consumiendo drogas o con intoxicaciones por alcohol.

Pero si esto es así, ¿A qué se debe que nos gusten estos hábitos negativos para nuestra salud?

La explicación más sencilla sería la siguiente: El castigo por los malos hábitos es demorado, mientras el refuerzo de la conducta se percibe en el mismo momento.

¿Y esto qué significa? Vamos por partes:

Con Castigo nos referimos a una consecuencia negativa a una conducta, que sería la pérdida de algo. En este caso lo que perderíamos sería la salud debido a las conductas de fumar, comer grasas saturadas, no abrocharnos el cinturón… etc.

Con Refuerzo aludimos, por otro lado, a una consecuencia positiva a una conducta. Cuando fumamos, por ejemplo, lo que sucede es que nos sentimos más tranquilos y desaparece esa necesidad de fumar que nos perseguía.

Por tanto, cuando fumamos lo que percibimos en el momento es el disfrute de fumar, pero los efectos negativos del tabaco se producen muchos años después. Esto es lo que se denomina Demora del Castigo.

Esta demora conlleva que nos compense más fumar para sentirnos bien en ese momento que no fumar, o comer comida basura en lugar de comida sana.

Esta explicación de por qué hacemos lo que hacemos es muy básica e incompleta realmente, ya que a la hora de continuar con nuestros hábitos influyen otros factores importantes. Entre otros podemos encontrar nuestras preferencias, ideas, aspectos externos…etc. Todos estos elementos regularían lo ya explicado hasta ahora.

Un ejemplo de estos otros factores se puede apreciar claramente en el hábito de no ponernos el cinturón de seguridad. La DGT nos informa todos los años de que la mayor parte de los accidentes se producen en trayectos cortos. Aquí nuestra preferencia es no ponernos el cinturón porque es molesto para el poco tiempo que estaremos en el coche y la idea que nos surge es que no pasará nada en un trayecto tan corto. Esto hace que decidamos no ponernos el cinturón.

Sin embargo en ocasiones se puede presentar otro factor externo que hace que si nos pongamos el cinturón. ¿Sabéis cual sería? Un policía. ¿Qué sucedería en esta situación? A pesar de todas las valoraciones que la persona ha hecho este elemento tiene una capacidad casi divina que es la de emitir un castigo inmediato, una multa.

No sólo a base de castigos cambiamos nuestros hábitos. También nuestra ideología o nuestras creencias los cambian. Un ejemplo está en una persona vegetariana que a pesar de que le pueda gustar la carne decide por sus ideas no comerla más, modificando por tanto sus patrones alimenticios.

Cuando llevamos muchos años fumando, esa conducta se convierte en un hábito que finalmente recibe beneficios de todo tipo como puede ser el salir a fumar con los amigos en el trabajo, relajarnos, el cigarrillo de la mañana…Todo se convierte en refuerzos, pero los castigos aún no los percibimos, ni lo haremos hasta dentro de mucho tiempo.

Por todo esto nos resulta tan difícil cambiar nuestros hábitos. Cuando nos proponemos dejarlos luchamos contra nosotros mismos, contra el propio cuerpo que quiere sentirse bien de inmediato frente a un hipotético malestar en el futuro que nos queda muy lejos.

¿Pero por qué nos gustan tanto estos hábitos no saludables?

Justamente porque están preparados para gustarnos. El cuerpo, cuando hacemos deporte, responde con cansancio, dolor o sudores y esto a pesar de ser algo bueno para el organismo, a nosotros nos hace sentirnos mal. Sin embargo el quedarnos en el sofá viendo la tele y disfrutando de un batido de chocolate nos hace sentirnos bien, aunque a largo plazo sea negativo.

En realidad todos los hábitos en exceso pueden ser negativos para la persona. Por ejemplo el agua es un elemento esencial para nuestra vida, y beber un litro o dos al día resulta muy saludable. Pero en ocasiones las personas desarrollan la costumbre de beber mucha más cantidad de agua y el organismo acaba sufriendo a largo plazo. Como dijo Aristóteles “La virtud está en el término medio”.

Los hábitos poco saludables están presentes en todos los ámbitos de nuestra vida, a nivel escolar, laboral e incluso a nivel familiar. Muchas veces estos son obviados y otras veces las personas no son capaces de abandonarlos por sí solos; sin embargo su modificación por otros más saludables puede reducir el absentismo laboral, la mortalidad de la población, mejorar el desarrollo de los más pequeños así como la calidad de vida en general de todas las personas.

Por ello es fundamental la presencia de psicólogos en todos los ámbitos ya mencionados que sirvan como ayuda a todas las personas que quieran abandonar estos hábitos para mejorar su calidad de vida.

Artículo escrito por Cristóbal Pereira

Sin lugar a dudas el mundo de la Empresa, el entorno laboral, no es diferente al mundo familiar o de ocio, las personas somos las mismas ya sea en un entorno o en otro. Cada día soy más consciente de la dificultad que tenemos en el mundo empresarial para planificar nuestras tareas; buscamos excusas para justificar nuestra falta de planificación, pero lo gracioso es que si pensamos en nuestro entorno personal sucede lo mismo: los niños, el dentista, la compra, etc…

Todo ello me ha hecho reflexionar acerca de que parte de nuestro cerebro nos ayuda en esto de planificar, que puede ser una fórmula —no mágica— de conseguir reducir nuestros niveles de ansiedad y estrés que tanto encontramos en consulta.

Parece ser que un área de nuestra corteza cerebral, ubicada en su parte anterior denominada cerebro prefrontal, es la responsable de ayudarnos a planificar nuestras tareas y la que más tarda en madurar en el ser humano, siendo la parte más racional de nuestra mente.

Habitualmente, cuando maduramos actuamos de manera racional, pero como señala J. Amador Delgado Montoto en su libro Mi hijo no estudia, no ayuda, no obedece, en el momento en que nos sentimos agredidos de alguna forma esa información pasa antes a nuestro cerebro emocional que al racional y es entonces, señala J.Amador, cuando en lugar de planificar y pensar la respuesta o la tarea reaccionamos huyendo o luchando, en definitiva, retrocedemos 100.000 años y nos comporto amos como Neandertales, tomando decisiones equivocadas o actuando como pollo sin cabeza.

Consideran los expertos que la maduración del prefrontal se produce a los veintitantos años; teniendo en cuenta que los jóvenes actuales comienzan a desarrollar su actividad laboral a partir de los veintitantos largos y que la vida en pareja o familia se inicia a los veintimuchos, en ambos entornos el prefrontal debería dominar … ¿O no?

Si el cerebro prefrontal domina nuestro comportamiento, ¿Qué deberíamos conseguir?

Tomar decisiones: Esta área cerebral realiza los procesos mentales necesarios para tomar decisiones correctas y adecuadas a cada momento. Puede ser actuar, huir, luchar, quedarse quieto. Las decisiones pueden ser inmediatas o tomarse su tiempo, pero en cualquier caso serán analizadas pormenorizadamente.

Comparación: Para tomar decisiones tendremos que analizar, y para ello recuperaremos datos de la memoria, que realizará analogías y similitudes por si la situación ya se vivió en otro momento. Todo esto lo consigue a través del hipocampo en el que como bien sabemos se localiza este proceso mental. Esta modalidad de memoria es la conocida como memoria ejecutiva.

Planificación: Se encarga de la organización, analizar toda la información necesaria para generar planes y procesos de trabajo, así como buscar los recursos necesarios.

Atención: Es un gran seleccionador de toda la información que le llega al cerebro, va priorizando aquellos estímulos que deben ser atendidos en primer lugar y prescinde de los que considera post-ponibles en ese momento. Básicamente selecciona teniendo en cuenta la supervivencia.

Motivador: Al estar conectado con el cerebro emocional —aunque no se sabe muy bien como— obtiene energía para concentrarnos en las tareas que más nos gustan, ayudándonos a resolver y actuar.

Empatía: Como sabemos la capacidad de percibir y sentir como los que nos rodean. Ponerte en el lugar de otros; de hecho las lesiones en el prefrontal provocan en este sentido alteraciones del comportamiento, tendiendo el paciente a parecer apático, distraído, como si no les importará nada ni nadie.

En definitiva, el cerebro prefrontal es el que nos ayuda a concentrarnos, a encontrar el momento adecuado para reaccionar, es el que planifica nuestras decisiones teniendo en cuenta las consecuencias y las personas a las que afectarán, el que consigue que el día a día sea motivador y no simple rutina, el que hace que tengamos en cuenta no sólo el corto plazo también el futuro, el largo plazo.

Son muchas las metáforas que en el mundo de la psicología y la empresa tienen en cuenta el cerebro ejecutivo; la que mejor lo define es la que alude a Director de Orquesta ya que como el prefrontal recibe toda la información, aunque no toca ningún instrumento, consigue que ninguno desafine o se imponga al resto. Los instrumentos del prefrontal serían la impulsividad, la emocionalidad excesiva, la rutina, la concentración, etc.

En base a todo esto, podríamos decir que los adolescentes aún no tienen desarrollado el prefrontal al 100%, lo que justificaría en parte su comportamiento. Los sociópatas o personas que se han desarrollado en un ambiente difícil presentarían características similares; pero no obstante entre las personas etiquetadas como normales también podemos concluir que existe la necesidad de trabajar y desarrollar este órgano cerebral que al final dirige nuestra vida. Y en parte es lo que trabajamos los psicólogos a diario en consulta o en el mundo de la Empresa: el dominio y desarrollo de las funciones ejecutivas, que nos ayudan a afrontar nuestro día a día.

Artículo escrito por Fernando Lucas

Sin lugar a dudas, durante años los psicólogos hemos buscado la fórmula mágica que nos permita conseguir curar a nuestros pacientes o al menos que se sientan mejor consigo mismos, alcanzando cierta paz interior. Son múltiples las técnicas que utilizamos en pro de la consecución de este objetivo: relajación, parada de pensamiento, reestructuración cognitiva… un sin fin de procedimientos que nos ayudan en nuestro cometido. En los últimos tiempos están proliferando nuevos enfoques que incluyen un contexto distinto al de la clínica, o el despacho convencional; se trata de trabajar en un entorno natural donde pacientes, animales, terapeutas y la propia naturaleza como decorado consigan la mejora de los primeros. ¿Realidad o Moda?

Parece según las investigaciones que un contexto natural ayuda a relajarnos y a encontrar paz interior; lo demuestra un estudio realizado por un equipo de investigadores británicos y alemanes. Para ello utilizaron un escáner cerebral en el que los probandos visionaban dos escenas diferentes, parte de ellos veía una autopista con gran circulación y el resto una playa paradisiaca.

El resultado de las imágenes por resonancia magnética funcional reveló diferencias en la actividad cerebral según cuales fueran las escenas. Los 12 participantes que habían observado el paisaje natural tuvieron un aumento notable de la actividad de la corteza cerebral auditiva —centro auditivo del cerebro—, la corteza prefrontal medial y la cingulada posterior —estas dos estructuras se activan, entre otras situaciones, cuando la persona dirige con la mente la mirada a su interior y se concentra en sí misma. Es decir, a pesar del tubo del escáner la película que proyectaba escenarios naturales ayudó a los probandos a conseguir una introspección, que no consiguieron el resto (Fuente: Mente y Cerebro nº54/2012).

Parece, según las investigaciones, que el entorno natural puede ayudar o facilitar a desarrollar ciertas técnicas. "Pero … ¿Y los animales qué papel juegan? ¿Forman parte del ambiente natural y esa es su función?" El hecho de que se trabaje en terapia con distintas especies animales, perros y caballos especialmente, puede tener algo que ver con la llamada Empatía animal.

Entramos en un terreno bastante movedizo, ya que salvo algunos conductistas de la vieja escuela casi nadie pone en duda la capacidad empática de los perros, como gran animal de compañía. Pero sin embargo siempre ha existido cierta resistencia a admitir que otras especies presenten esta habilidad; según las últimas investigaciones, este tipo de pensamiento va cambiando.

Los más recientes estudios realizados en ratones confirman que los que han presenciado molestias o dolores en otros de su especie son más sensibles al dolor propio, resultando más empáticos con ratones que eran compañeros de jaula, y por tanto más conocidos. El estudio confirma así la aparición de rasgos afines a la empatía hasta en los roedores, reforzando que esta tiene su origen en mecanismos neuronales básicos elaborados en el curso de la evolución. En los primates, el interés suele centrarse en las neuronas espejo como mediadoras de las respuestas empáticas, pero lo estudios confirman que no sólo estos simios cuentan con esta habilidad (Fuente: Science, 30 de junio 2006).

Quizá por esto la terapia con perros y caballos constituye una de las más exitosas, principalmente con niños autistas y personas con discapacidad.

En esta modalidad el elemento central es la naturaleza + el caballo (Agente Terapéutico) y tiene como principal objetivo el mejorar la autonomía de los pacientes y favorecer su integración social. Es un tratamiento de tipo terapéutico, educativo y recreativo que contribuye a mejorar significativamente las condiciones del desarrollo psico-físico-social de las personas con discapacidad y necesidades educativas especiales para una mejor calidad de vida, comenzando a ser conocido entre los profesionales de la medicina.

Parece que este tipo de terapia contaría con dos de los principales elementos que ayudan a mejorar la salud mental, la naturaleza y los animales, ya que es una actividad que se realiza al aire libre, en contacto con un entorno natural y relajado como es el centro hípico, con lo que podremos contar con la motivación de los pacientes, quienes tienden a implicarse más en las actividades que realizan con el caballo, ya que las llevan a cabo con agrado pues desean interactuar con él, e incluso, llegando a realizar movimientos y a expresar sentimientos por propia iniciativa o respondiendo de forma espontánea a las demandas del animal, al ser un elemento novedoso, divertido y dinamizador. Como además las sesiones están basadas en juegos con pelotas, aros, pinzas, canciones infantiles…. el paciente se divierte y con ello conseguimos una mayor motivación y participación en el tratamiento. Finalmente este no es siquiera consciente de estar haciendo rehabilitación.

La terapia asistida por caballos actúa sobre la globalidad de la persona, debido a la capacidad de empatía y de relación que tiene como animal doméstico, estando recomendados para mejorar trastornos de la personalidad, sensitivos o cognitivos, así como ayudando en el tratamiento y rehabilitación de las personas afectadas por diferentes trastornos motores debido a las características físicas y de movimiento que tiene, ya que se desplaza rítmicamente en los tres ejes del espacio.

El tipo de comunicación empleada por el caballo también es un elemento facilitador, sobre todo en trastornos de comunicación y relación.

Este animal supone una inagotable fuente de estimulación multi-sensorial en su interacción con los humanos dado su gran tamaño, olor, contacto físico, movimientos y sonidos; la presencia del caballo generalmente centra y mantiene toda la atención del paciente y potencia la participación activa en la terapia.

Es importante destacar que su utilización constituye un gran elemento igualador, que hace que personas con discapacidad o dificultad de cualquier tipo se sientan tan capaces como individuos sin necesidades especiales. El hecho de montar a caballo rompe el aislamiento de la persona respecto al mundo, poniendo al paciente en igualdad de condiciones respecto al jinete sano. Por ejemplo, personas que tengan limitado su movimiento y necesiten la ayuda de un andador o una silla de ruedas, si los colocamos sobre un caballo podremos liberarlos temporalmente de ese objeto-ancla del que son esclavos y que continuamente les recuerda que tienen una limitación, así, conseguimos adquirir o recuperar esa ansiada sensación de AUTONOMÍA, que es el objetivo final a conseguir en todas las terapias y la palabra que más veces escuchamos en boca de todos los terapeutas. "¿Y tú qué piensas?¿Moda y Terapia con buenos resultados?" Lo cierto es que a la espera de datos estadísticos que reflejen la mejoría en el tiempo de los pacientes en general, se observa en los casos particulares del autismo o de los problemas de comunicación un avance espectacular, así como un incremento del estado de ánimo.

Artículo escrito por Teresa de la Viuda y Fernando Lucas

Las relaciones sociales son básicas para el ser humano. Todos nosotros presentamos un nivel medio de ansiedad al relacionarnos con otra persona por primera vez —una situación novedosa—, lo que nos permite estar a la altura de la situación, por lo que resulta adaptativo. En cambio, las personas con fobia social presentan un nivel muy elevado de ansiedad lo que les provoca una sensación de angustia difícil de eliminar.

La ansiedad social se caracteriza por un temor desmesurado ante diversas situaciones sociales por parte de la persona, que se percibe evaluada de manera negativa por los demás, y tiene la sensación de quedar continuamente en ridículo (American Psychiatric Association, 2000). Esta se diferencia de otros trastornos de ansiedad por el miedo excesivo, y porque los individuos evitan la mayoría de situaciones de interacción social, lo que afecta significativamente a su calidad de vida; los fóbicos sociales también padecen síntomas psico-fisiológicos tales como: taquicardias, sudoración, temblores y enrojecimiento facial —el cual se vive de forma muy angustiosa—, además de experimentar pensamientos negativos en lugar de positivos y con una atribución causal interna, por lo que los errores que piensan haber cometido en esas interacciones los atribuyen más a sí mismos que a la propia situación. A menudo, el individuo presenta una ansiedad anticipatoria lo que le hace estar en constante preocupación al pensar en una futura situación social.

Conforme al Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V), en la fobia social aparece una ansiedad que viene dada por situaciones sociales o intervenciones en público por parte del sujeto, lo que lleva a sesgos comportamentales tales como la evitación de esas situaciones.

Según Echeburúa (1993), las situaciones sociales más temidas por los fóbicos sociales serían las siguientes:

Iniciar y/o mantener conversaciones

Quedar o citarse con alguien

Asistir a una reunión social

Hablar con personas con autoridad

Telefonear a personas poco conocidas o realizar gestiones

Devolver un producto en una tienda

Hacer y recibir cumplidos

Hablar en público

Ser el centro de atención

Comer/beber en público

Escribir o trabajar mientras le están observando

Temor a que nos miren y observen lo que hacemos

Temor a conocer a alguien o encontrarse con alguien

Dificultad para confrontarse con alguien o hacer reclamaciones

Tendencia a rehuir espacios cerrados donde hay gente

Sensación de que todos nos miran y desvalorizan

Temor a que nuestras intervenciones parezcan ridículas, pobres o inadecuadas

Miedo a quedarse en blanco o no saber qué decir

Tipos de fobia social

Los trabajos actuales acerca de este trastorno señalan la importancia de diferenciar dos tipos: fobia social específica y fobia social generalizada. En la primera existen ciertos estímulos concretos que provocan ansiedad como hablar, comer o asearse en público, mientras que la segunda se asocia a una gran variedad de situaciones sociales. El miedo a la evaluación social negativa que existe en la ansiedad social generalizada  viene dado por la comparación social que realiza el individuo con respecto a los demás, así como por la gran inseguridad que siente en cuanto a sus capacidades, lo que influye en la autoestima y la autoevaluación del sujeto.

A este respecto, en un estudio de Alden y Mellings (2004) se enuncia que los individuos con fobia social generalizada presentan un alto nivel de ansiedad relacionado con las autoafirmaciones que realizan.

Para llegar a comprender mejor este problema, M. W. Eysenck propone la Teoría de la Hipervigilancia (1992), donde existen tres tipos de sesgos cognitivos que experimentan los sujetos con ansiedad de evaluación:

Sesgo interpretativo: predisposición a interpretar las situaciones como amenazantes o negativas en lugar de neutras.

Sesgo atencional: el sujeto centra la atención hacia los estímulos amenazantes obviando los neutros.

Sesgo de memoria: tendencia a recordar las situaciones negativas o interpretadas como negativas.

De esta teoría deriva el Modelo de los Cuatro Factores en el que el grado de ansiedad es el resultado de la interacción de cuatro factores: la estimulación ambiental —como son las situaciones que se nos presentan—, la activación fisiológica —cómo reacciona nuestro cuerpo ante esa situación—, la propia conducta —qué hacemos— y las cogniciones del sujeto —lo que pensamos a cerca de lo anterior—. Según Eysenck (1997), las personas con sesgos atencionales e interpretativos sobre sus propias conductas podrían desarrollar fobia social.

Los sesgos cognitivos tienen un peso muy importante en la ansiedad social; estos se mantienen por la búsqueda de conductas de seguridad que limitan la retroalimentación de su propia conducta social y porque el sujeto focaliza su atención en sus síntomas fisiológicos (sesgo atencional) utilizando esa información para suponer que es evaluado negativamente por los demás (sesgo interpretativo).

Es muy común que individuos con baja autoestima presenten altos niveles de ansiedad social; el motivo es la puesta en marcha de un proceso de percepción de evaluación negativa por parte de los demás, así como la generación de ciertas expectativas en cuanto a la imagen social dada. Esta valoración sesgada lleva a que el sujeto experimente las distorsiones cognitivas y autoafirmaciones negativas tan frecuentes.

Por otro lado, existe una relación significativa entre ansiedad social y percepción de rendimiento: resultados reflejados en los trabajos de Eysenck (1979) indican que el rendimiento de las personas puede alterarse debido a sus altos niveles de ansiedad social, sobre todo en tareas complejas de contenido cognitivo, con lo que la alteración vendría determinada por la preocupación ansiosa que percibe el sujeto. Los resultados de diferentes estudios sobre sesgos interpretativos concluyen que los sujetos con ansiedad social perciben su ejecución como inadecuada o incorrecta, siendo muy negativos evaluando su propia conducta y no así la de los demás (Clark y Arkowitz, 1975).

Artículo escrito por Sandra Sánchez López

Las pérdidas forman parte de la vida, y todos las sufrimos en algún momento, así como acompañamos a otras personas que las sufren. Es importante que tengamos en cuenta que cuando hablamos de pérdidas, lo primero que se nos viene a la cabeza es la de nuestros seres queridos cuando estos fallecen, cuando nos enfrentamos a una ruptura sentimental o el fin de una amistad. Sin embargo, el mundo de las pérdidas y el proceso que las acompaña no se queda ahí; las personas sufrimos pérdidas de muy diversa índole, desde objetos o aspectos materiales a los que otorgamos un gran valor, hasta etapas de la vida de las que nos despedimos con gran tristeza, pasando claro está, por las nombradas perdidas de allegados, posiblemente la más dolorosa.

Desde que nacemos, empezamos a dar significado a todo, y a su vez ese significado que damos nos construye a nosotros, es una relación recíproca. Construye nuestra identidad, y por ende, no es difícil entender que cuando sobreviene una pérdida de cualquier cosa o persona que para nosotros tenía un sentido, necesitemos un proceso de reintegración de significados de nuestra realidad.

La recomposición de nuestro mundo interno de significados tras dicha pérdida es lo que se conoce como DUELO. Un proceso de enorme complejidad que a pesar de tener aspectos comunes entre unos individuos y otros, es sin duda alguna y ante todo, un proceso personal. Esto es así porque cada vínculo que establecemos a lo largo de nuestra vida y a través de nuestras experiencias es tan único como nosotros mismos; al igual que no hay dos personas iguales, no habrá dos vínculos exactamente iguales, pues cada uno damos un valor y significados determinados y característicos a aquello a lo que estamos unidos.

No obstante y a pesar de las diferencias individuales, podemos discernir aspectos comunes. Una de las autoras que más se ha sumergido en el mundo del duelo es Elisabeth Kübler-Ross, quien ha señalado que son cinco las FASES por las que pasa una persona en duelo ante una pérdida significativa:

LA NEGACIÓN: En esta primera fase rechazamos la realidad de la pérdida, estamos en shock y puede invadirnos la incredulidad. Podemos pensar “Esto no está ocurriendo”“No me puede estar pasando a m픓No es verdad”.

LA IRA: La negación va dejando paso a un sentimiento de ira; la realidad de la pérdida se empieza a hacer consciente, emergiendo a su vez, el dolor. Nos sobreviene un sentimiento de rabia, injusticia e incluso de resentimiento con la vida, pagándolo en ocasiones con quienes nos rodean. Es frecuente pensar “¿Por qué a mí?”, “¡No es justo!”.

LA NEGOCIACIÓN: Intentamos negociar la pérdida, deseando volver al momento previo. Una frase que representa esa fase sería “¿Qué hubiera sucedido si…?”; nos balanceamos entre la nueva y dolorosa realidad y momentos del pasado.

LA DEPRESIÓN: Se va elaborando una comprensión de la pérdida de modo que ésta se va convirtiendo en una certeza. Vislumbramos que aquello con lo que teníamos un vínculo no podrá estar en nuestra vida de la forma en la que antes lo estaba, así que nos sentimos tristes y contemplamos un vacío irremplazable… “¿Para qué seguir?”“Nada tiene sentido”.

LA ACEPTACIÓN: La vida se impone. Una vez pasadas las fases anteriores, empezamos a retomar nuestro ritmo y a ir dando valor a esas cosas que habíamos dejando en un segundo plano, otorgándole a nuestra vivencia nuevos sentidos y significados; entendemos que las pérdidas forman parte de la vida. Podemos sentirnos tranquilos y pensar “Su recuerdo siempre estará conmigo”.

Resulta muy útil conocer tales fases a la hora de enfrentarnos a una pérdida. A este respecto considero interesante tener en cuenta dos aspectos: Por un lado, sabemos que en numerosas ocasiones el simple hecho de saber que nos ocurre o porqué nos ocurre puede llegar a ser un alivio y en este sentido, comprender que estamos en un proceso donde no sólo no tenemos porqué entender todo sino que podemos darnos licencia y permiso para sentir todo tipo de emociones y contradicciones, nos permitirá ser más libres y condescendientes con nosotros mismos.

Por otro lado, considero relevante conocer tales fases por la implicación que podemos tener en los procesos de pérdida de otras personas. Es frecuente que cuando un ser querido se siente invadido por emociones negativas ante un suceso de estas características, intentemos animarlo de todas formas y maneras, descuidando que a veces lo más importante es estar ahí, sin más, dejándole expresar sus emociones y contradicciones sin juicio alguno.

En realidad, nuestra mente es sabia y encuentra habitualmente en qué momentos dar un paso más, pues debemos tener en cuenta que a pesar de ser un proceso natural, resulta en ocasiones tremendamente doloroso, y el afectado puede sentir una gran incomprensión durante el proceso. Necesitamos dar tiempo y aceptar el propio proceso, para que poco a poco nuestro mundo de significados vuelva a tener un sentido sólido.

Para hacerlo algo más llevadero puede ser beneficiosa la ayuda psicológica durante el mismo, y será especialmente recomendable en aquellos casos en los que la persona quede estancada en alguna de las fases mencionadas o bien el malestar adquiera unas dimensiones desproporcionadas.

Artículo escrito por Cristina Contreras

El nacimiento de la World Wide Web (WWW), lo que hoy día llamamos Internet, ha supuesto un avance en la comunicación entre millones de personas en todo el mundo. Nació como medio empresarial, pero su rápido crecimiento se ha extendido a cualquier tipo de usuario.

Su influencia en nuestras vidas ha cambiado la manera de comunicarnos y relacionarnos, facilitando un nuevo marco de interacción virtual mucho más cómodo, rápido, inmediato y menos costoso.

La expansión en los adolescentes, durante los siglos XX y XXI, ha motivado a los profesionales de la salud para investigar ciertos comportamientos que se salen del uso adecuado de las nuevas tecnologías; estas ha pasado de ser un medio de comunicación a convertirse en muchos casos en un refugio, un ámbito para la solución de problemas, el escape e incluso un recurso utilizado de manera inadecuada por los más jóvenes.

En este sentido, estudios exploratorios muestran una relación entre el abuso de Internet y los criterios por los cuales se diagnostican las adicciones a sustancias.

Como padres y madres nos preocupa la posibilidad de que nuestr@s hij@s pueden estar utilizando la Red de forma inadecuada. Por tanto, nos preguntamos, ¿es mi hij@ adicta?

No existe todavía en el campo de la salud un consenso sobre qué criterios determinan la adicción a Internet, pero sí que comportamientos suponen un factor de riesgo que pueden desembocar en un problema que llegue a interferir en sus vidas, relaciones sociales, entorno familiar, estudios, trabajo, pareja, etc., pudiendo intensificar trastornos presentes o bien motivar otros.

Dentro de estos comportamientos encontramos las siguientes consecuencias de un abuso de Internet:

Demasiadas horas de uso: la media considerada como problemática se encuentra en el rango de 2 a más de 5 horas diarias. Aquí se suele cometer un error muy común por nuestra parte: es el considerar que porque estén muchas horas en internet ya presentan una adicción. La frecuencia de uso por sí misma no sería la causa, ya que hablamos de un fenómeno multicausal. Esta supone un primer factor de riesgo y un indicador de posible abuso, por lo que resulta importante tener en cuenta la distribución que nuestr@s hij@s hacen de su tiempo. Y lo que esto interfiere en sus vidas.

Dejan de hacer otras obligaciones, tales como estudios, baja su rendimiento, ayuda en casa, faltas a clase o el trabajo, tareas domésticas.

Experimentan perdida de horas de sueño, generalmente están hasta altas horas de la noche en internet y durante el día se muestran muy irritables y susceptibles, falta de concentración en las tareas, fatiga durante el día. Suelen dormir menos de 5 horas diarias.

Muestran un estado ansioso por querer conectarse a Internet, esto también le sumerge en un estado emocional negativo, irascible, apático e incluso agresivo, si se les interrumpe durante la conexión.

No son capaces de acortar las horas de uso, a pesar de que hayan intentado reducir la frecuencia, no lo consiguen. Los fines de semana esta se incrementa.

Relegan otras actividades que antes les resultaban gratificantes, ahora su prioridad es conectarse a Internet, con lo que dejan de salir con los amig@s, de hacer deporte, hobbies.

Malestar familiar: peleas continuas en casa, conductas disruptivas, gasto excesivo de dinero (compras, juegos online, etc.)

Malestar físico y psicológico por no poder utilizar Internet o por la necesidad de conectarse.

Y, ¿qué primeros síntomas podemos identificar?

Dificultad para estar uno o dos días sin conexión

El joven se queda absorto en la pantalla: pérdida de la noción del tiempo

Gasto de dinero excesivo en programas, juegos, accesorios, etc.

Absentismo y disminución del rendimiento escolar

Cambios repentinos de humor y personalidad

Irritabilidad, especialmente cuando se le corta su actividad tecnológica

Ocultación, negación o justificación de un uso excesivo

Más interés por internet, que por interaccionar en la vida real con jóvenes de su edad

Quejas orgánicas inespecíficas, habitualmente leves, como sueño excesivo por la mañana

Acudir al ordenador ante pequeños problemas o dificultades cotidianas: conducta de evitación, mal afrontamiento, pensamientos intrusivos, etc.

La siguiente pregunta que debemos hacernos es, ¿y qué puedo hacer? Esto es algo que dependerá de cada adolescente, pero existen algunas pautas que pueden ayudarles en la consecución de un manejo apropiado:

Potenciar aficiones: lectura, cine, actividades cultuales que enriquezcan el tiempo libre y de ocio.

Fomentar las actividades al aire libre o con otras personas: visitas de amigos al domicilio, vivir buenos momentos agradables con nuestros hijos, construir momentos que permitan adquirir conductas sanas, etc.

Control de estímulos: no colocar el ordenador en su habitación o dispositivos con acceso a internet, crear una sala de uso exclusivo para este fin.

Limitar la utilización de aparatos pactando franjas horarias: utilizar un contrato de contingencias donde se concertarán las actividades, permitiendo el uso como si fuera un premio, no un “derecho”.

Aumentar, mejorar o mantener buenos canales de comunicación (dar fluidez) con nuestros hijos respecto al uso de Internet (informarnos de las páginas web que visitan, los contenidos y que uso hacen de ellos, cuánto tiempo se suelen conectar, explicar problemas por un manejo inadecuado, etc.).

Fomentar unas normas más flexibles para evitar un exceso de rigidez que desencadene conductas impulsivas, con necesidad de buscar sensaciones inapropiadas o perjudiciales.

En resumidas cuentas, la clave en el proceso de prevención y adicción es que nuestr@s hij@s reaprendan a utilizar Internet.

J. W. Goethe: El comportamiento es un espejo en el que cada uno muestra su imagen.

Artículo escrito por Mateo Pérez

La psicología se ha centrado históricamente en el estudio y comprensión de los trastornos y enfermedades mentales, convirtiéndose así en una ciencia dedicada a la curación. Esto ha permitido la proliferación de grandes conocimientos y progresos que han abierto la puerta a nuevas teorías acerca del funcionamiento mental humano y al desarrollo de nuevos y mejorados tratamientos, favoreciendo la recuperación de aquellas personas con problemas psicológicos. No obstante, existe escaso conocimiento acerca de la forma en la que las personas normales son capaces de sobrevivir, soportar o prosperar ante situaciones de adversidad. La focalización en la patología ha hecho descuidar aspectos importantes como las fortalezas y las virtudes humanas, la felicidad, el contento o el bienestar.
En este sentido, recientes estudios han puesto de manifiesto que existe una importante mayoría de la población que posee fortalezas y capacidades suficientes para mantener unos adecuados niveles de bienestar psicológico y felicidad. Esta situación invita a reflexionar acerca de lo que hace que ciertas personas posean unos mayores niveles de bienestar psicológico o de felicidad que otras, explorando, por tanto, la existencia de factores mas o menos estables que puedan actuar como pronosticadores o favorecedores de un mayor nivel de esta dimensión fundamental, uno de los aspectos positivos e importantes para la salud del ser humano.
En este contexto, se llevó a cabo un estudio con la intención de comprobar el peso que pudieran tener a la hora de explicar el bienestar psicológico ciertas variables como la edad, el sexo, la experiencia de sucesos vitales estresantes percibidos en el último mes, el autoconcepto o la personalidad, entendida desde el modelo de los cinco grandes (Goldberg, 1993) que sostiene que esta se divide en cinco grandes factores: neuroticismo, extraversión, apertura a la experiencia, responsabilidad y cordialidad. Para ello se utilizó una muestra poblacional formada por un total de 86 participantes de los cuales 45 fueron varones y 41 fueron mujeres, con un rango de edad comprendido entre 18 y 57 años.
Los resultados del estudio mostraron que las variables edad, sexo y presencia de eventos vitales estresantes en el último mes no presentaron una relación significativa con el bienestar psicológico. En cuanto a la personalidad, tres de los cincos factores fueron los que mostraron una relación significativa con el bienestar psicológico, estos fueron: la extraversión, la responsabilidad y el neuroticismo, relacionándose de forma positiva la extraversión y la responsabilidad y de forma negativa el neuroticismo. Por su parte el autoconcepto, aunque en menor medida, mostró igualmente una relación significativa y de carácter positivo con el bienestar psicológico.

Sobre las variables de personalidad que mostraron una relación significativa con el bienestar psicológico, cabe mencionar lo siguiente para poder entender los resultados obtenidos:
La extraversión se compone de las siguientes cinco facetas: Afecto, Asertividad, Gregarismo, Actividad, Búsqueda de emociones y Emociones positivas; por tanto, su alta relación positiva con el bienestar psicológico es probable que sea debida a que la personas que puntúan alto en extraversión muestran un alto nivel de sociabilidad y de asertividad, lo que les posibilita poseer una amplía red social en la que apoyarse, así como una tendencia a la actividad, a la diversión o la búsqueda de sensaciones que les lleva a poseer un gran número de emociones y experiencias positivas.
Por su parte, la responsabilidad se compone de las siguientes cinco facetas: Competencia, Orden, Necesidad de logro, Sentido del deber, Deliberación y Auto-disciplina; por tanto, su alta relación positiva con el bienestar psicológico es probable que sea debida a que un alto grado de responsabilidad propiciaría una correcta ejecución de las tareas, metas u objetivos propuestos previamente, con cuya realización se obtendrían éxitos personales que provocarían un aumento del bienestar psicológico en la persona.
Por último, el neuroticismo se compone de las siguientes cinco facetas: Ansiedad, Hostilidad, Depresión, Timidez, Impulsividad y Vulnerabilidad; por tanto, su alta relación negativa con el bienestar psicológico es probable que sea debida a que las personas que puntúan alto en neuroticismo presentan un inadecuado afrontamiento o gestión de las situaciones complicadas de la vida, dificultad para tolerar la frustración y desajuste emocional, lo que les lleva a la inseguridad y a la preocupación, así como a poseer una gran variedad de emociones negativas que les hacen sentir irritados, inquietos, enfadados, nerviosos, alterados o con rabia. La impulsividad, a su vez, les lleva a cometer excesos y a presentar dificultad para controlarlos.
En lo relativo al autoconcepto, y teniendo en cuenta que su formación se debe a la percepción de uno mismo en diferentes áreas de la vida tales como: la laboral o académica, familiar, social, emocional y física, los resultados de este estudio estarían poniendo de manifiesto que una adecuada percepción sobre uno mismo en estas áreas favorecería unos adecuados niveles de bienestar psicológico.
Por tanto, y en base a los resultados y conclusiones expuestas anteriormente, existiría la posibilidad de entrenar o desarrollar, y por tanto controlar, el bienestar psicológico de uno mismo. Esto se lograría mediante el favorecimiento de aquellas variables que han mostrado relacionarse de forma positiva con el bienestar psicológico y mediante el control de aquellas variables que han mostrado una relación negativa con el bienestar psicológico. Con el objetivo de operativizar todo esto, se propone a continuación de forma breve y sencilla una serie de pautas que darían lugar al desarrollo de esta dimensión fundamental para nuestra salud física y mental:

Fomentar la concentración, organización, disciplina y persistencia en la ejecución de las tareas que llevan a los objetivos propuestos por uno mismo.

Favorecer el desarrollo de la asertividad, así como la ejecución de actividades nuevas, de carácter gratificante, divertidas, que permitan una alta interacción social y con las que experimentar emociones y experiencias positivas.

Desarrollar un adecuado afrontamiento y gestión de las situaciones complicadas a las que nos enfrentamos, ajustándonos correctamente de forma emocional a ellas, reduciendo las conductas impulsivas y tratando de tolerar la frustración que estas nos provocan muchas veces.

Realizar una correcta interpretación de las situaciones vividas, favoreciendo evaluaciones positivas, así como una correcta atribución sobre la propia conducta que favorezcan adecuados niveles de nuestro autoconcepto.

Artículo escrito por Emilio Miguel Muñoz de la Nava

En nuestra vida cotidiana resulta habitual que nos asalten dudas de qué hacer con los problemas que van surgiendo. Las preocupaciones son normales y tenemos que hacernos a la idea que van a existir siempre; no saber que va a pasar en el futuro y no poder controlarlo, sobre todo para hechos importantes, puede generar angustia.

Para ser capaces de sobrellevar la ansiedad generada por nuestras preocupaciones primero debemos identificar de qué tipo son, para luego aplicar las estrategias adecuadas. Vamos a basarnos a este respecto en la teoría de Dugas y Ladouceur (1998), que es de plena actualidad.

Tipos de preocupaciones:

Las preocupaciones que están basadas en la realidad y son de carácter modificable: hay que llevar a cabo un plan centrado en el problema de manera específica, sobre lo que se quiere resolver. Este plan debe de ser elaborado de la manera más minuciosa y objetiva posible, pudiéndose solicitar la ayuda de personas especializadas de nuestro entorno para que nos aporten ideas, si estamos bloqueados a la hora de generar alternativas plausibles.

Un ejemplo de este tipo de preocupación podría ser el de una persona que ha perdido su trabajo y tiene que elaborar un plan de búsqueda de empleo. Este debe ser lo más práctico posible, y centrado en la cuestión concreta; si no se dispone de las herramientas suficientes, podemos consultar a trabajadores sociales de la administración, para que nos ayuden con ello.

Las preocupaciones que están basadas en la realidad y son de carácter inmodificable: en este tipo de casos, debemos centrarnos principalmente en las emociones que nos generan, puesto que es una realidad que no podemos cambiar. Nuestra actitud va a ser el arma más importante para hacerles frente.

Un ejemplo de esta situación sería que nuestro cónyuge enfermase, con lo que lo único que podríamos hacer para sobrellevar esta situación, ya que no está en nuestra mano resolverla, es tener una actitud positiva y darle mucho apoyo a nivel moral y emocional; para que el proceso, dentro de la gravedad, sea lo menos traumático posible.

Las preocupaciones que son irreales o poco probables: con este tipo de preocupaciones debemos descomponer por partes lo que tanto nos atormente. Una de las técnicas más usadas es preguntarnos, por ejemplo: “¿cuánta sería la probabilidad de que esto mismo le ocurriera a mi vecina?”. De esta manera podríamos llegar a un punto más objetivo.

Un ejemplo de este tipo de preocupación sería el de María, que no quiere que su hijo vaya de excursión por miedo a un accidente de tráfico. Para hacer frente a este temor, María debe preguntarse: “¿cuánta probabilidad real hay de que ocurra esto?”, “¿cuál va a ser el beneficio que su hijo obtenga al conocer y aprender junto a sus compañeros cosas nuevas?”, “¿cuánta probabilidad hay de que esto mismo le ocurra al hijo de la vecina?”

Tener localizado el tipo de preocupación concreta que nos asalta va a facilitar que elijamos el Plan de Acción más adecuado y por consiguiente, resolver o sobrellevar la situación de la mejor forma posible. Recapitulando todo lo hablado anteriormente, cabe distinguir:

Las preocupaciones que están basadas en la realidad y son de carácter modificable: tenemos que aprender a elaborar un plan para ponerles solución. Pidiendo opinión de un experto, o de alguien cercano si fuese necesario.

Las preocupaciones que están basadas en la realidad y son de carácter inmodificable: lo que podemos hacer es cambiar nuestra actitud ante ellas, para que nos sean más llevaderas. En estos casos lo recomendable es ser lo más positivos y proactivos que podamos.

Las preocupaciones que son irreales o poco probables: se trata de aprender a verlas de un modo más objetivo descontextualizando el hecho, llevándolo incluso hasta la más absurda de las consecuencias, para darnos cuenta de la poca probabilidad que tiene, y si tiene alguna posibilidad de ocurrencia aceptarlo y aprender a sobrellevar cierto grado de incertidumbre. Por desgracia todavía no se ha demostrado científicamente que las bolas de cristal y el tarot nos den una respuesta, al menos no la dan para los más escépticos.

La mayoría de los problemas psicológicos se enraízan en no identificar el tipo concreto de preocupación y por consiguiente la imposibilidad de encontrar un plan de acción correcto para ponerles solución.
Para eso estamos los terapeutas, digamos que en esta área seríamos unos especialistas en distinguir los tipos de preocupaciones, pues estamos entrenados en el uso de técnicas según el tipo de problemática. Si alguna vez en el camino de la vida, sientes que algo te sobrepasa no es porque seas débil, sino porque no estás identificando correctamente lo que sucede. Acudir a un experto puede ayudarte a dilucidar y comprender que está pasando, es un recurso muy acertado para que la dificultad dure el menor tiempo posible o que la sepamos gestionar de otro modo.

Artículo escrito por Carmen de Castro Esgueva

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