Reinhold Niebuhr: Señor, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo y sabiduría para poder diferenciarlas.
La muerte nos acompaña. Está presente en nuestras vidas. Desde que somos pequeñitos nos vamos enterando de acontecimientos tales como la profesora de matemáticas ha sufrido un accidente y ya no volverá, tu perro se ha ido a un mejor lugar o tu abuela está en un largo sueño y ya está descansando en paz. Cuando llegamos a la adolescencia, lo vivimos de otra manera, ya somos conscientes del papel de la muerte en la vida y socialmente ya no se nos puede ocultar. Además, empezamos a tener otras experiencias similares a las de un proceso de pérdida, como por ejemplo el paso del colegio al instituto, las primeras rupturas de pareja, un cambio de residencia, etc. Eventos algunos más llevaderos que otros pero que aun así no dejan de ser un cambio y suponen situaciones difíciles de manejar; Si nos centramos en el caso de una ruptura de pareja, la mayoría conocemos la gran carga emocional que conlleva dicho proceso. El haber vivido con una persona durante un tiempo específico una serie de sucesos nos hace formar parte de su vida y viceversa: ¿Y qué hacemos con el vínculo que teníamos? ¿Y con todos los recuerdos, tanto los buenos como los malos? ¿Dónde los guardamos? ¿Y si además no pudiéramos volver a verla o hablar con ella en el caso de que hubiese fallecido? Todas estas experiencias suponen procesos de duelo, en los cuales ha ocurrido una pérdida de algo importante para nosotros, ya sea un empleo, un ser querido, una relación, el estado de salud propio o de un allegado, etc. Estos se viven con gran aflicción y nos afectan tanto física como mentalmente; en este caso, nos vamos a centrar en el duelo por la muerte de un ser querido.
¿Qué es el duelo?
Doug Manning: El duelo es tan natural como llorar cuando te lastimas, dormir cuando estás cansado, comer cuando tienes hambre y estornudar cuando te pica la nariz. Es la manera que tiene la naturaleza de curar un corazón roto.
Lo primero de todo es saber que el duelo es una reacción normal y natural que todos tenemos para adaptarnos a las situaciones de pérdida. No es una enfermedad aunque lo podamos sentir de esta manera. El duelo afecta a todos los niveles de una persona: emocional, físico, cognitivo y conductual. Las sensaciones que solemos tener son las siguientes: sensación de ahogo, falta de ilusión, agotamiento, hipersomnia o insomnio, síntomas somáticos —nudo en la garganta, vacío en el estómago, opresión en el pecho—, debilidad muscular, falta de energía y de apetito, etc.
Según cómo se elabore el duelo en el tiempo, puede resolverse completamente o puede llegar a convertirse en un duelo patológico; éste se diferencia del normal por el gran deterioro que produce en la vida de la persona, siendo un proceso de mayor duración y manifestándose con síntomas físicos y psicológicos mucho más intensos y patológicos. Por este motivo, requiere de una terapia psicológica para su tratamiento: el psicólogo ayudará a la persona afectada a recorrer el camino del duelo informándole sobre los pasos a seguir, creando un espacio para hablar sobre la muerte, facilitando la expresión de sus emociones y ayudándole a situarse en un mundo sin el fallecido.
¿Cómo manejar el duelo?
Marcel Proust: Sólo sanamos de un dolor cuando lo padecemos plenamente.
El duelo es un camino que tiene principio y fin. Como tal implica tiempo y paciencia, requiriendo que el doliente tome un papel activo en la puesta en marcha de todos sus recursos para sobreponerse y seguir adelante (Sanders).
El psicólogo J. William Worden describió en 1997 cuatro tareas que la persona afectada debe ir resolviendo para superar la pérdida. Éstas las irá afrontando y retomando a medida que avanza en el proceso; por eso mismo, no hay un duelo igual que otro porque cada uno lo hará a su manera. Las cuatro tareas son las siguientes:
Asumir la realidad de la pérdida: para resolver esta tarea entre otras cosas es necesario hablar sobre la muerte del fallecido, describir cómo ocurrió con todo detalle para que mentalmente se vaya asimilando. También el vivir la muerte de una forma tan cercana nos hace pensar en nuestra propia muerte, lo cual también deberemos asumir.
Elaborar las emociones relacionadas con el duelo: las emociones nos informan sobre nuestras propias necesidades. Éstas luchan por salir y manifestarse, con lo que nuestro papel es darles un espacio para atenderlas, identificarlas poniéndolas un nombre, expresarlas y darles un sentido. Las más habituales suelen ser: dolor —por la pérdida—, vacío —por el lugar que ocupaba esa persona para él/ella—, enfado—se puede pensar “¿Por qué me has dejado sólo?” o por la propia negación de su muerte— culpa —la idea de “podría haber hecho más” o “lo podría haber hecho de otra manera”— y ansiedad —por la idea de la propia muerte.
Aprender a vivir en un mundo donde el fallecido ya no está presente: ser consciente del rol y funciones que desempeñaba la persona fallecida y qué nuevas actividades ha implicado su muerte. De esta forma, el doliente en esta tarea asume nuevos roles y funciones. Poder abarcarlas y llevarlas a cabo le generará satisfacción y un mayor grado de autonomía.
Recolocar emocionalmente al fallecido y seguir viviendo: esta tarea necesita que las anteriores se hayan resuelto completamente, sólo de esta forma podremos aceptar el pasado y centrarnos en el presente. Implica un momento en el que el doliente debe decidir si seguir en duelo o volver a ver la vida con ilusión; superarlo supone un proceso de crecimiento personal en el que la propia identidad, la visión del mundo y de sí mismo han sido replanteados y el vínculo con el fallecido reconstruido —otorgándole un lugar en nuestro interior que nos permite mirar hacia adelante.
¿Qué puedo hacer para ayudar a alguien que esté en duelo?
Muchas veces se nos presenta la ocasión de tener que dar el pésame a un amigo o conocido y no sabemos cómo hacerlo. En estos casos, lo mejor es decir: “No sé qué decirte, porque no creo que existan palabras que puedan aliviar tu dolor” o simplemente “Siento tu pérdida”. De esta forma, le estamos reconociendo su dolor, ayudando a aceptar la realidad de la pérdida y dando nuestro apoyo.
La sociedad occidental se caracteriza por la evitación del dolor. Por eso, temas como la muerte, ruptura o enfermedad suelen ser silenciados; sin embargo, ya hemos visto que la mejor forma de resolver el duelo es afrontándolo directamente. De esta forma, a la persona que está pasando por ello hay que ayudarla a sentir y liberar sus emociones, permitirla que nos hable de su dolor y sienta que estamos a su lado.
A continuación, te indicamos una serie de ideas erróneas que solemos tener acerca del duelo y pueden complicar su resolución:
“El tiempo lo cura todo”: esta idea convierte a la persona afectada en pasiva. El tiempo ayuda a tomar distancia y perspectiva acerca de la realidad de la muerte, pero es necesario saber que la persona forma parte activa de su proceso de cura.
“A él/ella no le gustaría que sufrieras”: esta idea genera culpabilidad en la persona afectada por sufrir la pérdida y estar en duelo, por lo que de esta forma le estaríamos echando más carga encima.
“No lo pienses que es peor”: es necesario que la persona tenga su tiempo de reflexión para asimilar la pérdida y poder integrarla en su vida.
“Tú lo que tienes que hacer es distraerte”: la distracción le evita sentir el dolor, bloqueando dicha emoción y complicando su liberación.
“Hay que ser fuerte”: sentir las emociones negativas no nos convierte en débiles, la fortaleza de cada persona está en su capacidad para afrontar las tareas para resolverlo.
“Si no lo superas, no dejas descansar al fallecido”: esta idea dificulta aceptar la pérdida debido a que el término descansar alude a un estado en el que el fallecido todavía sigue vivo.
“Los que estamos aquí necesitamos que estés bien”: esta petición lo que hace es que la persona afectada tenga que reprimir sus emociones para parecer que está bien teniendo que bloquear su duelo.
Si identificas alguna de estas ideas en ti no te preocupes, ahora que ya lo sabes podrás reflexionar sobre ella y cambiarla por otra que sea más funcional y adaptativa para que el proceso siga su curso de manera adecuada.
En conclusión…
Si tienes a una persona cercana en duelo o tu mismo te encuentras en un momento en el que has perdido a un ser querido y te está afectando en gran parte en tu vida, permítete sentir, pensar y hablar sobre ello, piensa en los recursos de que dispones para afrontarlo y que si se complica puede contar con la experiencia del psicólogo que te ayudará a recorrer tu camino.
Artículo escrito por Sonia Pérez
Todos pensamos en nuestro futuro con mayor o menor frecuencia. Sabemos lo importante que es nuestro esfuerzo, la dedicación al trabajo, la formación, nuestro entorno, nuestra red social, las oportunidades y en ocasiones el factor suerte.
Pero ¿qué determina realmente nuestro futuro profesional? El entorno cambiante, la labilidad de las circunstancias, y la inestabilidad nos desconciertan. Muchas veces atribuimos al factor suerte algunas situaciones y logros obtenidos. Aunque sabemos que en el fondo son la suma de dedicación, esfuerzo, y el trabajo bien orientado o reorientado, pero… ¿no hay algo más?
Todos conocemos a personas consideradas suertudas que siempre consiguen sus propósitos, responden bien ante la adversidad y saben enfrentar las dificultades; también resurgen de sus cenizas ante grandes derrotas, o fracasos, y acaban consiguiendo lo que se proponen y encontrando su sitio pese a las circunstancias. Confiamos en que les va a ir bien, ya que tienen un curioso imán de triunfos.
¿Cuál es su secreto? Que ante todo se estiman y sí se creen merecedoras de su éxito. Su sana autoestima les permite ganar, crecer y levantarse siempre que sea necesario. Podemos ampliarlo a cualquier ámbito de su vida: amor, trabajo, economía, desarrollo personal… o fijarnos solamente en uno, en el cual la persona esté más segura y estime más su valía, en ese aspecto siempre acaba brillando.
Recibimos información diaria de lo importante que es formarnos continuamente, aprender idiomas, desarrollarnos en el trabajo, adquirir nuevas habilidades y aptitudes, tener ambición, pero… ¿Alguien nos dice lo realmente importante que es cuidar nuestra autoestima? ¿Sabemos hasta qué punto puede llevarnos o por el contrario limitarnos? No hablamos de una sencilla teoría de expectativa, es algo más complejo. Una persona con autoestima sana es asertiva, honesta consigo misma y con los demás, posee habilidades sociales, y por lo tanto sabe relacionarse en distintos entornos, resuelve conflictos, sabe aceptar críticas, crece con sus errores, comunica lo que quiere transmitir exactamente, defiende sus derechos, sabe pedir ayuda cuando la necesita, no es ostentosa sino que da lo mejor de sí, no necesita hacerlo mejor que tú, sino que se supera a sí misma continuamente, no le empequeñecen los éxitos de los demás sino que los admira y aprende algo para sí misma.
Esta persona sabe que es humana, y que no es perfecta, pero se estima y confía en sí misma y en sus propios recursos, y finalmente triunfa.
Artículo escrito por Ana Belen Rico Escobal
La adolescencia es la etapa de la vida en la que más nos miramos el ombligo. Es esa edad en la que el mundo aparece y desaparece sólo por y para nosotros y esta capacidad de percibir nuestro entorno nos hace muy vulnerables o muy poderosos. Momento vital de rebeldía personal y familiar que nos lleva a pensar que somos los responsables de lo que les sucede a los demás. Y aquí aparece la culpa.
Cuando un adolescente comete errores, tiene conductas desadaptativas o inadecuadas en casa, genera en sus padres un sentimiento de frustración y malestar que estos transmiten a sus hijos en forma de acusaciones del tipo “¿no te da pena cómo llora tu madre por cómo te comportas?” y de esta manera un sentimiento de culpa se va apoderando del adolescente hasta hacerle sentir tan poderoso que realmente llega a creer que es él quien maneja a su antojo el sentimiento familiar.
A nivel terapéutico el trabajo aquí es doble y bidireccional: por un lado, los padres deben hacerse conscientes de sus propias limitaciones y dificultades. Someterse a una evaluación (o evaluación dirigida por un experto) para saber si en el proceso de educar a su hijo ha habido un problema de comunicación, de afecto o como ocurre en muchos casos, de límites, y entonces poder trabajar en la dirección correcta.
Ante los problemas de conducta del menor, sus progenitores proyectan en él la culpabilidad para mitigar el sufrimiento de no haber sido capaces de manejar con éxito una etapa tan complicada. En ocasiones nos encontramos a padres desesperados, medicados con ansiolíticos que utilizan como vía de escape para rebajar la ansiedad que les genera vivir con un adolescente, y a menudo les culpan a ellos de ser la causa que generó y que mantiene dicho consumo.
Por otro lado el menor, guiado por un terapeuta, debe analizar cuáles son sus demandas, sus carencias y sus dificultades. Y lo más importante, aprender a transmitirlo de la manera más asertiva posible, para encontrar un punto de unión entre la familia y él. El terapeuta debe dotarle además de estrategias y herramientas para que aprenda a separar sus necesidades de las de sus padres y para que entiendan que el amor de estos no puede utilizarse para chantajearles, pues puede volverse en su contra en forma de culpa.
Resulta complicado entender esto a esa edad, pero con el tiempo (y ayuda en muchos casos) se aprende que la vida del adulto se compone de muchas parcelas: pareja, amigos, trabajo, ocio, familia y dentro de la familia, los hijos… y no podemos culparles a ellos de una mala gestión personal de nuestras propias emociones, porque de esta manera debilitamos el núcleo familiar y empoderamos al menor sentándole en el trono de la culpa. Y eso ni es justo, ni es sano.
Debemos transmitir al adolescente la responsabilidad de sus sentimientos, pensamientos y comportamientos, pero no desde la culpa, sino desde el ejemplo.
Artículo escrito por Marian Sánchez
No es nada nuevo que hay que hacer ejercicio, pero de un tiempo a esta parte además de decirnos por todos lados lo importante que es tener una alimentación variada se nos aconseja realizar algún deporte. Estas recomendaciones no se hacen por gusto si no porque nos van a permitir llevar una vida mejor y más sana; no quiero entrar a valorar los beneficios físicos que conlleva pues muchos ya los sabemos o los imaginamos, por otro lado estos no se dan únicamente a nivel físico si no que también se producen a nivel mental. Con esto me refiero a que ayuda a mejorar nuestra salud mental, que es tan importante como la física: todos y todas hemos oído alguna vez “mens sana in corpore sano (mente sana en cuerpo sano)”. Centrándonos en el tema que vamos a tratar, profundizaremos en cómo tener un cuerpo sano y, más concretamente, hablaremos de las barreras que nos encontramos a la hora de hacer deporte.
Actualmente el ejercicio físico está de moda, y ya desde muy pequeños nos introducen a actividades extraescolares de tipo deportivo, intentando concienciarnos de todas las ventajas que estas conllevan. Pero aún así y sabiendo que el deporte resulta beneficioso hay muchas personas que no lo practican o dejan de hacerlo. Cada persona es un mundo y tiene sus propias razones: puede haber gente que por temas de lesiones no lo practiquen, otros porque no encuentran el momento del día para hacerlo y así con infinidad de causas. Vamos a ver las ideas que muchas veces generamos, o nos surgen, impidiéndonos llevar a cabo ese esfuerzo físico.
Cuántos hemos oído este año “me apunto al gimnasio” o incluso nos lo hemos dicho a nosotros mismos… puede que la gente que lo dice finalmente se apunte, pero luego no lo mantiene o solo van el primer día y después dejan de asistir. Cuando estas personas toman la decisión se encuentran muy motivadas y con unas expectativas claras —perder peso, marcar tableta de chocolate para este verano en la playa… el problema surge cuando no se obtienen los resultados esperados. Al empezar a hacer ejercicio no se suele perder peso incluso se gana algún kilo, y claro esto qué nos lleva a pensar: “Yo me sacrifico una hora sudando la gota gorda y voy y engordo” “Esto no me está sirviendo de nada…” Todas esas frases que nos decimos a nosotros mismos van minando nuestras motivaciones iniciales, ya que no estamos viendo progresos hacia nuestro objetivo marcado; quede claro que son normales y lógicas, pues si yo quiero perder diez kilos y me apunto al gimnasio y cojo dos, pensaré que estoy haciendo mal negocio y dejaré de asistir. El problema es que si dejamos que nuestros pensamientos nos desmotiven no lograremos nuestros propósitos; a veces nos marcamos metas muy grandes o mal enmarcadas temporalmente, y el deporte como todo en esta vida es pasito a pasito.
En algunas ocasiones no es que nos marquemos metas ambiciosas, si no que las vemos gigantes. Percibirlas como gigantes e inalcanzables nos va a desmotivar, llevándonos a abandonar el intento; entonces surgen ideas del tipo “Es imposible” o “yo no puedo con eso”. Está claro que si nosotros valoramos nuestro objetivo como inalcanzable no lo vamos ni a intentar, pero para esto como comentamos en el párrafo anterior aplicaríamos la misma solución: adaptar la meta a cosas que viéramos factibles, es decir, el pasito a pasito. Sin haber corrido nunca previamente no puedo pretender participar en una maratón, pero si puedo plantearme correr primero una carrera de tres kilómetros, luego de cinco, de diez y así ir avanzando poco a poco hasta llegar a correr los 42 kilómetros de una maratón.
El paso de los años nos genera también pensamientos que dificultan el hacer deporte: “donde voy yo con mis años” “mi cuerpo no lo aguantará” “si ahora me voy a poner yo a correr como un chaval”. Todas estas ideas al igual que hablábamos antes nos frenan y nos ponen lastre para empezar a realizar cualquier tipo de actividad física; si bien está claro que la edad influye en nuestro estado de forma —con ochenta años nadie se va a hacer olímpico— eso no significa que no podamos hacer ejercicio. Siempre habrá que adaptarlo a nuestra edad y condición física, pero nada más.
Para ir terminando decir que la mayoría de las ideas que nos surgen son excusas que nos intentamos dar tanto por pereza como algunas veces por miedo de realizar un esfuerzo físico y justificar no tener que salir de esa zona de comodidad, como puede ser mi casa.
Para concluir ya del todo comentar que el deporte es muy beneficioso como ya se ha escrito antes tanto física como psicológicamente. El problema es que a lo mejor esas mejoras no las vemos el primer día o el primer mes, y además de no verlas estamos derrotados, tenemos agujetas… pero todo ese sufrimiento se verá recompensado con más salud física y mental; por lo que aunque tengamos ideas de abandonar, dejarlo para mañana… que son normales y que todas y todos experimentaremos en algún momento debemos continuar y luchar por alcanzar nuestras metas.
Artículo escrito por Enrique Bossini
¿No os ha pasado alguna vez que conocéis a alguien que siempre tiene suerte? Qué curioso, siempre está contento, siempre encuentra trabajo, siempre tiene cosas que hacer, siempre le sale algún proyecto nuevo… ¡jolín! y pensamos: ¡Qué suerte tiene siempre! ¿Por qué no me pasarán a mí esas cosas? Pues amigos, si pensamos que lo único que tiene es suerte tenemos un problema, la suerte en la vida no viene sola.
¿Y cómo podemos mejorar la suerte entonces? ¡Pues nada más y nada menos que con el maravilloso poder de nuestra mente!
Pues sí, la mayor parte de las veces no encontramos solución para todos los problemas, ni obtenemos respuestas para todas nuestras preguntas, ni remedios para todos nuestros males, pero sí podemos sentirnos bien a pesar de los que nos pase.
¿Sabías que? Los pensamientos determinan el estado de ánimo, de manera que cuando son positivos nos sentimos bien y al contrario, nos hacen sentir mal. De algún modo atraemos, como si de magia se tratase, el tipo de situaciones que nos permiten seguir manteniendo nuestros estados de ánimo más frecuentes, aquellos a los que estamos acostumbrados. Es como si la vida nos hablase y nos dijese: “eh tú, a ti, sí… a ti que te encanta estar contento/triste, vamos a regalarte unas pocas experiencias más que te hagan sentir tan bien/mal”. Al fin y al cabo como nos sintamos no sólo es agradable o desagradable, sino que determina la calidad de las experiencias que conforman nuestra existencia, por eso es tan importante.
Pero por suerte no es magia, somos nosotros y nuestra forma de pensar, de ver las cosas, de interpretar el mundo, de sentir y de actuar en consecuencia. De repetir y repetir hasta que forma parte de nosotros.
Nos sentimos según pensamos y como tal actuamos y si me veo siempre actuando de una manera determinada, se refuerza mi manera de pensar y por tanto lo que siento se hará cada vez más potente. Estamos siguiendo un mismo patrón de funcionamiento, que además llevamos aprendiendo y consolidando toda la vida. Pero fíjate que buena suerte tenemos, los pensamientos son nuestros y los podemos modificar, por muy difícil que parezca.
Debemos ser conscientes del papel que nosotros mismos jugamos en nuestra existencia, en nuestros éxitos y fracasos, en nuestras alegrías y penas, ya que muchas veces se nos olvida.
El estilo de pensamiento que cada uno tenemos ante un determinado problema puede ser muy distinto: “seguro que no lo consigo”, “no voy a poder con ello”, “no puedo hacer nada para superarlo”, “y si me vuelve a pasar y no lo controlo”, “tengo que controlarlo todo”, “todo tiene que salir perfecto”, “si no hago esto o lo otro seguro que no lo consigo”, “esto no lo vuelvo a repetir, la última vez que lo hice me sentí fatal”, “si me ha pasado una vez, me va a pasar siempre”.
Estos son ejemplos de nuestra manera de pensar; normalmente creemos que lo que sentimos o lo que hacemos se debe directamente a la situación en sí, pero NO, se debe a lo que pensamos, a lo que nos decimos acerca de esta. De ahí surgen las depresiones, ansiedades, fobias, angustias y en definitiva los problemas psicológicos. Cuando esos pensamientos son negativos, frustrantes, exagerados, catastrofistas, anticipatorios de dificultades… hacen que nos sintamos tan mal, tan mal que confirmamos nuestras creencias y tendemos a repetir y repetir, convirtiéndolas en verdades absolutas; la consecuencia es que nosotros mismos aprendemos a utilizar estos mecanismos tan bien, tan bien que terminan por dominar nuestra forma de enfrentarnos al mundo, lo que acabará provocando un gran malestar físico y psicológico.
Mª Jesús Álava Reyes: "Podemos sentirnos bien a pesar de nuestras circunstancias, o podemos dejarnos llevar por ellas."
Muchas veces no somos conscientes de lo importante que es cómo nos decimos las cosas, no nos damos cuenta de que los mensajes que emitimos no sólo los enviamos a otras personas, sino que también tienen repercusión en nuestro cerebro, en nuestras conexiones neuronales y en consecuencia en nuestras creencias y forma de actuar.
El lenguaje no sólo lo usamos para comunicarnos con los demás, sino también para hablarnos a nosotros mismos en forma de diálogos internos; así que debemos aprender a hablarnos bien, a no ser nuestros peores críticos.
¡Ojo! Esto no quiere decir que siempre tengamos que estar perfectos, alegres y felices, desde luego que hay situaciones que van a hacernos sentir mal y debemos ser capaces de superarlas y de no mantenernos en un constante estado de infelicidad e insatisfacción.
No te preocupes si no has conseguido algo, llévate lo que has aprendido en el proceso y no lo que has sacado como resultado del mismo. Vivir es muchísimo más que obtener resultados. Inténtalo de nuevo o hazlo de otro modo.
Así que ya lo sabes, la suerte está en tus manos, busca tu boleto ganador y no esperes a que te toque. Vive la vida que quieres vivir, arriésgate, muévete, prueba y no te canses de intentarlo. No esperes sentado a que te pasen cosas buenas, levántate y búscalas por ti mismo.
Artículo escrito por Alejandra González
Alguna vez has tenido dudas existenciales del tipo: ¿Me saldrá bien la entrevista de trabajo? ¿Me admitirán en aquel sitio para estudiar lo que quiero? ¿Conseguiré aprobar ese examen tan importante? Muchas veces las respuestas de las personas que nos rodean (familiares, amigos, compañeros…) o incluso de nosotros mismos son del tipo:
Lo conseguirás “Si Dios quiere”… vale, pero ¿y si Dios no quiere? ¿Por qué Dios no va a querer? ¿Le hemos hecho algo? O simplemente ¿no le venía bien en ese momento por la demanda de peticiones de todos nosotros?
“Si ha de estar para ti estará”, y si no pues no” (¡¡toma ya!! lógica aplastante).
Además lo bueno que tienen este tipo de ideas o creencias es que prácticamente para cada situación hay una respuesta:
Me quería cambiar de trabajo y al final me quedo: Pero no importa porque “más vale malo conocido, que bueno por conocer”.
Últimamente sólo me suceden desgracias, y alguien que te quiere mucho te dice “Dios aprieta pero no ahoga”.
Si te vas a casar una buena amiga te aconseja “Antes que te cases mira lo que haces”. Esta frase puede traer más de una ruptura a pocos días de la boda; si tenías dudas ahora tendrás más, y si no es el momento de que te las empieces a plantear.
Discutes mucho con tu pareja y una buena amiga te dice: “Quien bien te quiere te hará llorar”. ¿Eso qué quiere decir? ¿Qué cuanto más te haga sufrir una persona más te quiere? Si me quieres mucho hazme reír y por lo menos me lo pasaré bien.
¿Cómo adquirimos este tipo de ideas?
Es interesante conocer que son adquiridas fundamentalmente de dos maneras: de forma externa, a partir de la interiorización de las creencias de la gente que nos rodea y por imitación de la conducta de esas personas (como puede ser el seguimiento de un líder). O bien de forma interna, cuando se construyen a través de nuestro propio pensamiento, convicción y propia experiencia.
Muchas de ellas las aprendemos sin ni siquiera darnos cuenta en nuestra infancia, asimilando elementos del entorno que nos rodea (familiares, amigos, escuela, televisión…). Desde temprana edad interiorizamos creencias y valores que no contrastamos con la realidad porque todavía no tenemos capacidad ni experiencia para ello.
Pero a medida que vamos creciendo y madurando nos vamos dado cuenta que las cosas no ocurren como nosotros habíamos pensado. Y así comprobamos, por ejemplo, que un prejuicio no siempre se cumple (rompiendo nuestra idea dogmática). Muchas veces nos preocupamos por cómo sucederán las cosas que queremos conseguir, pero ¿tenemos capacidad para predecir el futuro? ¿Sabemos cómo acontecerá exactamente una situación que hemos repasado mentalmente una y otra vez? Seguramente surgirán imprevistos con los que “no contábamos”.
¿Podemos cambiar nuestras creencias?
Hemos visto de qué manera adquirimos y se forman nuestros pensamientos, pero lo realmente importante es cómo trabajamos con ellos. Es decir, todo nuestro sistema de ideas, creencias, valores… desarrollados durante años de aprendizaje no son una norma inamovible y certera; a partir de nuestras experiencias comprobaremos que no siempre se cumple. Debemos tener en cuenta que las cosas no son polares (sí o no).
No nos favorece el llevar al extremo generalizando como un todo un hecho en concreto (por ejemplo: “Si hago esto mal, soy un inútil”, habrá cosas que hagas bien y cosas que hagas mal). Porque este tipo de perspectiva lineal y opaca nos impide ver otra vía o camino en nuestra manera de interpretar lo sucedido, y sí que la hay.
Nosotros mismos tenemos que ir dándonos cuenta de en qué momento caemos en este tipo de razonamientos que sí son eficaces pero no son efectivos. Esto nos ayudará a que cuando se nos presente una situación que no sepamos resolver o hayan surgido unas consecuencias las cuales no esperábamos, o no deseábamos, intentemos darle un significado menos catastrófico. Porque seguramente esa tampoco sea la realidad.
Cada uno de nosotros controlamos las cosas que nos suceden; cómo las canalizamos y el desenlace final que queramos darle depende única y exclusivamente de nuestro sistema de atribuciones y el significado otorgado. Las cosas son importantes o no dependiendo el valor que cada uno le confiera y lo que esto signifique para cada persona.
Ante la idea de que nosotros no podemos hacer nada acerca de lo que nos ocurre, sí que podemos hacer y mucho. Es cuestión de ser conscientes de nuestra valoración, y trabajar en ello.
Lenguaje y pensamiento
En mi opinión son dos elementos independientes pero que pueden trabajar de manera unida. Por un lado nuestro lenguaje nos va a permitir expresarnos y entendernos con mayor claridad con los demás y con nosotros mismos. Y a su vez nuestro pensamiento puede hacer que cambiemos de argumentos a la hora de comunicarnos.
Pero ¿qué ocurre cuando aparece en nuestra mente un pensamiento que no nos agrada por las connotaciones que para nosotros conlleva? Lo que sucede es que nos desestabiliza emocionalmente porque no sabemos cómo encajarlo y no entendemos por qué ha aparecido. Por tanto, en vez de dejarnos vencer por él debemos impedirle campar a sus anchas por nuestra mente, fortaleciéndose, ya que se juntará con otros pensamientos de su mismo tipo y nos acabará provocando el malestar al que nos tiene acostumbrados.
¿Y qué podemos hacer? Utilizar como herramienta combativa el lenguaje (mediante un diálogo interno) para que nos ayude a quitarle importancia o a cambiarle de significado en cuanto se nos presente.
Uno de los recursos que tenemos a nuestro alcance es poner en práctica el sentido del humor, para ello intentemos dar un giro a una idea o creencia preestablecida. Es decir trabajando nuestro pensamiento, conseguiremos ver con distancia las situaciones y/o cogniciones que nos incomodan.
Aquí van algunos ejemplos:
“A quien madruga, todo el día tiene sueño”
“Si piensas que puedes… o no puedes…, siempre tienes razón”
“A mal tiempo… ¡Abrígate bien!”
“No soy un completo inútil… por lo menos sirvo de mal ejemplo”
“Me gusta que hablen de mí, aunque sea bien”
“Hay dos palabras que te abrirán muchas puertas… Tire y Empuje”
“El sentido común es el menos común de los sentidos”
“El que se ríe el último, piensa más lento”
“Dios los cría y el viento los amontona”
¡¡Inténtalo!! ¡¡¡Aunque no lo parezca sí que ayuda!!! Bien pueden ser frases inventadas o que las hayas leído en algún sitio, te permitirá extrapolarlas a diferentes situaciones utilizándolas como recurso cognitivo para relativizar lo sucedido.
Artículo escrito por Lorena Sánchez
Menudo día has tenido. No solo ha sido estresante, si no que llevas unos cuantos seguidos así y lo único que quieres es descansar. Se acerca la medianoche. Te vas a dormir. Apagas la luz. Todo está negro, ni un resquicio de luz. Da igual que estés con los ojos cerrados o abiertos, navegas en la oscuridad. Lo único que te ata al mundo real es alguna sensación corporal, como el tacto de las sábanas, la respiración o el latido de tu corazón; y, por supuesto, tu pensamiento.
Te da por pensar en una situación concreta. Aquella por la que todos vamos a pasar, tarde o temprano. El momento antes de morir: “¿En qué punto de mi vida estaré?”
Esperas que suceda durante una apacible vejez. Es cierto que también puede ser antes, pero al no tener indicios de ello piensas que eso no te va a pasar, que es algo que le sucede a otras personas. Y esta idea te ayuda a no tener miedo.
Pero sigues pensando, y vuelves a lo primero que se te pasó por la cabeza. Esa apacible, incluso idílica, vejez. Pero por muy bonita que la imagines, al plantearte que llegado el día va a ser tu presente, deja de ser idílica, deja de ser bonita, y te entra el miedo. Un escalofrío recorre tu cuerpo y mueves la pierna de un latigazo. Tu corazón empieza a latir más rápido. La idea de que ese va a ser tu presente. Va a ser tan presente como este momento en que eres un adulto y por el cual te preguntabas de niño. Será un presente con escaso futuro. La oscuridad favorece tu agobio…
“¡Basta!”
Enciendes la luz. Todo sigue igual que cuando te fuiste a dormir, a pesar del viaje mental que acabas de realizar. Te tranquilizas. El latido del corazón se va ralentizando. Y se te pasa por la cabeza un amago de idea, relacionado con el sentido de la vida. Te sientes más calmado. Lo piensas un segundo y apagas la luz otra vez, de vuelta a la oscuridad.
Estás tranquilo. Dura un rato, no sabes muy bien cuanto porque en la oscuridad es más difícil percibir el paso del tiempo. Pero la muerte vuelve a tu cabeza. Sin embargo ahora tienes algo a lo que agarrarte. La idea del sentido de la vida. Y comienzas a desarrollarla:
“La vida es un viaje. Todo lo que vivimos, ya sean cosas buenas o malas, otorga sentido a nuestro presente. Si ahora estás aquí, en la cama a oscuras, es porque llevas mucho tiempo viajando hasta este momento y, hasta ahora, todo parece tener más o menos sentido. Pero el viaje sigue. Y aunque se haga corto, es largo y está lleno de vivencias. Y por tanto quedan muchas experiencias futuras que no has vivido. Las estás obviando al situarte en el mismo instante en que te encuentres frente a la muerte. No tienes la perspectiva suficiente para entender cómo será para ti ese momento.”
Entonces, ¿qué? ¿A dónde has llegado? ¿Ya no tienes miedo a la muerte?
La muerte preocupa a los seres humanos en mayor o menor medida. No es nada físico cuya presencia nos asuste ni un lugar que queramos evitar. Es algo que nos va a ocurrir a todos. Y temer ese momento es normal. Sin embargo, cuando ese miedo se convierte en el centro de nuestras vidas, éstas pueden acabar perdiendo su dirección. Vivir anticipando el futuro nos impide disfrutar del presente. Como la muerte no va a desaparecer por muchas vueltas que le demos, no nos queda más remedio que aprender a convivir con ella. Pero, si nos detenemos a observar la sociedad actual, parece que hacemos todo lo contrario.
Hasta hace no demasiado, algo menos de un siglo aproximadamente, la muerte formaba parte de la vida cotidiana. La gente fallecía con más facilidad y era habitual hacerlo en casa. Se veía como un proceso natural e inherente a la vida. Hoy en día se va al hospital a morir, se aleja de lo ordinario, se deja de hablar de ella y la convertimos, incluso, en tema tabú. Pero no por apartarla e ignorarla, esta va a desaparecer. Es más, la consecuencia de todo ello es un incremento en el miedo que sentimos hacia la muerte.
Por tanto, para superar el miedo que le tenemos, lo primero que hemos de hacer es aceptarla y, mientras tanto, intentar dar lo mejor de nosotros mismos en el momento actual, procurar desarrollarnos todo lo que podamos en las distintas esferas que componen nuestra vida. Construir el sentido de nuestra propia existencia. De este modo ese miedo nos acompañará pero no nos impedirá disfrutar o sufrir, experimentar cada momento como realmente lo merezca.
Estas en la cama y una idea se te pasa por la cabeza, la idea del día en el que estarás a punto de morir y…
“Pues sí, tienes razón, ese día llegará, pero mañana tengo cosas que hacer, así que me voy a dormir que necesito descansar. Buenas noches.”
Artículo escrito por Pedro Ruigómez
El verdadero amor no es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar al otro para que sea quien es "Jorge Bucay"
Simbolizamos las emociones con una representación del corazón, pero los mecanismos básicos que regulan las emociones se encuentran en el cerebro, y en el caso de las emociones no en el cerebro cognitivo o racional sino en el cerebro emocional.
Pero entre ambos cerebros existen diversas y complejas conexiones de ida y vuelta, nuestro componente emocional es el primero que nos alerta de que algo está sucediendo, después entra en juego nuestro componente racional que nos ayuda a valorar y evaluar toda la información que tenemos y al final nuestro componente emocional nos ayuda a tomar una decisión.
Si únicamente nos guiáramos de las emociones estaríamos a merced de una tormenta de sentimientos sin control y si sólo nos guiáramos por la razón nunca podríamos llegar a tomar decisiones.
Cuando navegamos por Internet en muchas ocasiones nos encontramos con personas que piden consejo sobre sus relaciones de pareja, describen situaciones de engaño, celos, menosprecio, descalificaciones o desinterés, expresan ¡No quiero sufrir más! ¡Me siento mal!… y luego terminan diciendo “la cabeza me dice que rompa la relación y el corazón me dice que le amo, que le quiero” ¿Qué debo hacer?
Estas personas reflejan que no son capaces de renunciar a esa relación y se aferran a relaciones insanas, esperando un milagro que haga cambiar la situación. Por lo general tienen una falsa creencia e idealizan lo que es una relación de pareja, piensan que mantener una relación de pareja es sacrificio, aguante, renuncia de nuestros valores y proyectos de vida individuales por amor a la otra persona, sino eres un egoísta, y mientras tanto cuanto más aceptan estas situaciones que hieren y humillan, más queda mermada la autoestima de la persona y más difícil es salir de la situación.
Pero en el amor no todo vale y hay que aprender a poner límites, el amor saludable está en un punto medio entre la razón y el corazón, una relación merece la pena vivirla cuando es sana y priman los buenos momentos sobre los malos y te sientes querido, respetado y valorado por la otra parte.
Recuerda que quien bien te quiere, no te hará llorar y te ayudará a que crezcas como persona.

