El amor no es un estado único ni permanente, sino un proceso que evoluciona con el tiempo. Lo que comienza como un estallido biológico de emociones intensas (el enamoramiento) se transforma después en un vínculo más sereno y profundo. Comprender esta transición, desde la pasión inicial hasta el amor maduro, es clave para fortalecer las relaciones y alcanzar un verdadero bienestar emocional.
Tal y como comentó Ana en el último capítulo de nuestro podcast: “El enamoramiento es lo que viene siendo una cosa absolutamente biológica. Luego viene, (normalmente, cada uno pasa sus fases), pero la fase de protesta que es: ‘no eres como yo te había imaginado, no eres como yo te había generado con mis expectativas’. Y luego cuando ya van sucediendo cosas y cuando uno pues no se engancha a toda esa emoción tan alta del principio, es cuando realmente conoces a la otra persona y eso es el amor pues más maduro, son procesos cognitivos superiores.”
Esta reflexión abre la puerta a comprender cómo funciona el amor desde una perspectiva psicológica y cómo se puede transitar de la pasión inicial hacia una relación más estable, consciente y satisfactoria.
El enamoramiento: una fase biológica e intensa
El enamoramiento está mediado por procesos neuroquímicos. La dopamina, la oxitocina y la serotonina participan en esa sensación de euforia y conexión inmediata. Es una etapa fascinante, pero también limitada en el tiempo.
Muchas personas que buscan terapia de pareja acuden con la idea de recuperar esa intensidad inicial. Sin embargo, desde la psicología sabemos que el objetivo no es vivir permanentemente en esa montaña rusa emocional, sino construir un vínculo sólido que aporte bienestar emocional y seguridad a largo plazo.
La fase de protesta y el choque con la realidad
Lo que Ana denomina “fase de protesta” aparece cuando las expectativas idealizadas comienzan a desmoronarse. La otra persona ya no encaja exactamente con la imagen que habíamos creado.
Aquí es frecuente que surjan conflictos, malentendidos o frustración. En este punto, un espacio de asesoramiento psicológico o de intervención en crisis emocionales puede ser muy útil. Aprender técnicas de comunicación o estrategias de gestión emocional permite afrontar esta etapa sin caer en dinámicas destructivas.
El amor maduro: procesos cognitivos superiores
El verdadero reto aparece cuando logramos sostener la relación más allá del enamoramiento inicial. El amor maduro implica aceptar a la otra persona tal y como es, con sus fortalezas y limitaciones. Supone pasar de la idealización a la comprensión.
En palabras de Ana, esto requiere “procesos cognitivos superiores”, es decir, habilidades de reflexión, empatía y regulación emocional. La terapia cognitiva conductual (TCC), por ejemplo, ofrece herramientas para cambiar patrones de pensamiento rígidos o expectativas poco realistas que generan malestar en la pareja.
Cómo puede ayudarte la psicología a construir un amor consciente
Si estás en pareja y reconoces estas fases, no significa que tu relación esté en riesgo. Al contrario, comprenderlas te da la oportunidad de crecer junto a la otra persona.
El viaje del amor es un proceso: empieza con la intensidad biológica del enamoramiento, pasa por la fase de ajuste y culmina en un amor más maduro y consciente. Reconocer estas etapas, nos invita a cultivar la paciencia, la aceptación y la capacidad de construir un proyecto compartido.
¿Quieres aprender más sobre cómo mejorar tu relación o tu bienestar emocional? Contacta con nosotros para una primera cita.
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¿Qué importancia tienen los eventos sucedidos en la infancia en la aparición de los diferentes Trastornos de la Personalidad? Rebeca Olmedo detalla en el siguiente artículo las diferentes teorías explicativas acerca del TLP. Estamos seguros que os va a interesar.
Al hablar sobre la personalidad es inevitable hacer alusión al desarrollo de la misma. En este sentido, no nos referimos a la personalidad únicamente como algo innato, sino que los aprendizajes de la edad temprana, la familia, y otros contextos en la infancia participan de forma muy activa en su desarrollo.
En primer lugar, conviene aportar una definición de “personalidad”. Eysenck y Eysenck (1985) la define de la siguiente manera:
Una organización más o menos estable y duradera del carácter, temperamento, intelecto y físico de una persona que determina su adaptación única al ambiente. El carácter denota el sistema más o menos estable y duradero de la conducta conativa de una persona; el temperamento, su sistema más o menos estable y duradero de la conducta afectiva; el intelecto, su sistema más o menos estable y duradero de la conducta cognitiva; el físico, su sistema más o menos estable y duradero de la configuración corporal y de la dotación neuroendocrina. (Eysenck y Eysenck, 1985, p. 9).
Estos aprendizajes que conforman dicha organización estable están indudablemente relacionados con los vínculos que el individuo establece con sus primeras figuras. Cuando este vínculo ofrece una sensación y un entorno de seguridad, la personalidad se desarrolla sin problemas. Es lo que llamamos apego, concepto del cual hablaremos más en profundidad en los siguientes apartados.
Sin embargo, ¿qué ocurre cuando estos vínculos afectivos no se desarrollan de forma óptima en la infancia? Es aquí donde se presenta el punto central de nuestro trabajo. Si el patrón de apego configura una personalidad desadaptativa es cuando existe un alto riesgo de que aparezcan los trastornos de personalidad.
Concretamente nos centraremos en el Trastorno Límite de la Personalidad (a partir de ahora, TLP), que se ha relacionado especialmente con eventos de la infancia, donde las familias juegan un papel importante. Es uno de los trastornos de personalidad que más interés han generado en los últimos tiempos. Debido a su gran heterogeneidad, se han tratado de delimitar bien sus síntomas y fronteras con otros trastornos, así como tratar de determinar si existe un único subtipo de TLP.
Según Gunderson et al. (2018), serían cuatro las teorías relacionadas con la patología límite. La primera teoría situaría la agresión excesiva como núcleo del trastorno; la segunda se centraría en la desregulación emocional; la tercera en la escasa capacidad de mentalización de estos pacientes y la cuarta en la hipersensibilidad interpersonal.
Profundizando en estas teorías, podríamos resumirlas de la siguiente forma:
Agresividad excesiva (Kernberg, 1967; como se citó en Gunderson et al., 2018): En realidad, la agresividad debe considerarse como instinto humano. Sin embargo, cuando es excesiva, se ha asociado a frustración excesiva en la infancia. Puede oscilar entre expresarse de forma ofensiva, o bien reprimirse como defensa y repudiarse, teniendo dos visiones posibles en este caso: Percepción de sí mismo como alguien “malo”, o proyectarse con los otros siendo ellos “Malos” yo “bueno” en una visión de todo o nada.
Desregulación emocional (Linehan, 1993; como se citó en Gunderson et al., 2018). Disfuncionalidad en la regulación emocional. Se caracteriza por una vivencia de las emociones de forma intensa y prolongada (la emoción tarda mucho en regresar a un estado basal). Se asocia a una invalidación emocional durante la infancia. La desregulación actúa por lo tanto como predictor de los rasgos de conducta del paciente límite, así como de los problemas interpersonales.
Baja capacidad de mentalización (Fonagy y Luyten, 1999; como se citó en Gunderson et al., 2018): Incapacidad para identificar estados mentales (ya sean ciertas actitudes o emociones) en uno mismo o en los demás. Tiene su origen en la infancia y en el no aprendizaje de la identificación y expresión de emociones.
Problemas interpersonales (Gunderson, 2008; como se citó en Gunderson et al., 2018). Se viven las frustraciones de forma excesivamente reactiva y estresante. Esta baja tolerancia a la frustración hace que las personas TLP perciban la falta de apoyo de los otros y sientan que actúan de forma “mala” o cruel (los otros son “Malos) o que ellos son malos y no merecen recibirlo. Por ello, no toleran la sensación de soledad y los lleva a intentos para hacer que los otros se involucren con ellos.
Referencias
Eysenck, H. J. & Eysenck, M. (1985). Personality and Individual Differences, N.Y.: Plenum Press.
Gunderson, J.G., Fruzzetti, A., Unruh, B. & Choi-Kain, L. (2018). Competing Theories of Borderline Personality Disorder. Journal of Personality Disorders. 32 (2), 148-167. Recuperado de https://www.researchgate.net/publication/324140014_Competing_Theories_of_Borderline_Personality_Disorder
La salud mental requiere una mirada amplia que combine diferentes recursos y enfoques. No basta con centrarse únicamente en la farmacología o en la psicoterapia de manera aislada. Cada vez más profesionales subrayan la importancia de integrar ambos aspectos junto con hábitos de vida saludables. Dormir bien, cuidar la alimentación, practicar ejercicio y contar con asesoramiento psicológico son pilares fundamentales para alcanzar un verdadero bienestar emocional.
Durante la conversación que mantuvimos con Miguel de Lucas en nuestro último podcast, destacó la influencia que ha tenido en su vida el psiquiatra Eduardo Mayor, médico con tres especialidades: psiquiatría, medicina familiar e interna. Lo que más le impactó fue su visión integradora, que rompe con la idea de que la salud mental solo puede cuidarse desde la farmacología. Según Miguel, Eduardo comenta: “Yo como psiquiatra no soy nada sin la psicología. […] Yo tengo una serie de medicamentos que están validados por la comunidad científica y que funcionan, cuando veo que un paciente los necesita. Pero además siempre derivo a psicología y siempre intento hacer que cambien de estilo de vida, que salgan a caminar, que coman un poquito mejor, que duerman”.
Estas palabras, que Miguel recuerda con admiración, reflejan una filosofía que cada vez gana más fuerza: la salud mental integral no se limita a la intervención médica, sino que debe integrar el asesoramiento psicológico y una mejora de los hábitos.
Psicología y psiquiatría: una alianza necesaria
La frase de Eduardo Mayor que nos comenta Miguel: “no soy nada sin la psicología” ilustra un punto clave: el trabajo conjunto entre psicología y psiquiatría potencia los resultados y abre un camino más humano hacia el bienestar. Mientras que la psiquiatría aporta herramientas farmacológicas útiles, la psicología también acompaña en el manejo de situaciones en las que aparezcan, por ejemplo, estrés, ansiedad o depresión.
En Psicólogos Princesa, tanto en nuestras sesiones presenciales en nuestros centros psicológicos, como en las terapias online, observamos cada día que los pacientes que reciben apoyo interdisciplinar logran mejorar su calidad de vida y fortalecer su resiliencia emocional.
Cambios de estilo de vida y bienestar emocional
Más allá de las intervenciones profesionales, los pequeños hábitos del día a día también juegan un papel fundamental. Dormir adecuadamente, cuidar la alimentación, practicar ejercicio físico moderado y fomentar la vida social son pilares básicos de la salud mental.
En este sentido, lo que relata Miguel conecta con lo que vemos en la práctica: la psicología no solo se centra en aliviar el malestar, sino también en promover estilos de vida que favorezcan el equilibrio. Técnicas como la relajación para el estrés, los programas de prevención del suicidio o los grupos de apoyo para el duelo son ejemplos de recursos que pueden marcar la diferencia.
Hacia una salud mental integral
El cuidado de la mente es un camino que requiere acompañamiento, herramientas y, sobre todo, un enfoque integral. La combinación de apoyo psicológico, recursos médicos cuando son necesarios y hábitos de vida saludables constituye una estrategia poderosa para alcanzar un bienestar emocional duradero.
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En Psicólogos Princesa trabajamos desde esta perspectiva: unir ciencia, humanidad y cercanía. ¿Buscas un espacio seguro para hablar de tus emociones? Te invitamos a conocer nuestros centros o solicitar una primera consulta online. Nuestro equipo de profesionales está aquí para acompañarte.
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Tal y como nos comentó Ana Millán en el último capítulo de nuestro podcast, la ilusión y la atención son motores de la esperanza.Durante la charla, Ana compartió una reflexión que resume gran parte del trabajo psicológico en consulta: “El tema de la ilusión y el tema de la atención, que yo creo que son dos temas fundamentales, con lo que siempre trabajamos en terapia cuando vemos que un paciente está ahí, que piensa que no va a salir del agujero negro, es intentar tirar de una esperanza… Yo creo que eso enlaza mucho, ¿no?, con eso, con el tema de la ilusión, que es generar posibilidades”
Esta frase ilustra un punto esencial: cuando las personas llegan con sentimientos de desesperanza, la intervención psicológica busca abrir caminos hacia nuevas perspectivas, incluso cuando ellas mismas no logran verlas.
Ilusión y esperanza: generar posibilidades reales
En psicología, la esperanza no se entiende como un simple pensamiento positivo, sino como la capacidad de visualizar alternativas y creer que es posible alcanzarlas. Esto está muy relacionado con la motivación y el bienestar emocional.
La ilusión, en este sentido, funciona como un “motor interno” que impulsa a las personas a levantarse cada día, incluso en situaciones difíciles. Ana lo conecta con el trabajo que se hace en consulta, ya que tratan de ayudar a la persona a recuperar la motivación para volver a disfrutar de su vida, algo que puede lograrse con técnicas como la terapia cognitiva conductual (TCC), ampliamente respaldada por la evidencia científica.
La ilusión como estrategia frente al estrés y la ansiedad
Uno de los retos más comunes en consulta es ayudar a las personas a reducir el estrés en el trabajo. Muchas veces, la rutina y las presiones externas generan la sensación de estar atrapados en un “agujero negro” del que habla Ana en el podcast.
A través de la atención psicológica, se enseña a identificar esos pensamientos de desesperanza y a sustituirlos por pequeños pasos que alimentan la ilusión. Técnicas como la terapia EMDR para trauma o la terapia cognitiva para fobias sociales son ejemplos de cómo se trabaja con la atención y la esperanza para transformar la manera en que percibimos nuestras experiencias.
El mensaje de Ana Millán en este episodio nos recuerda que la esperanza no es un lujo, sino una necesidad básica en la vida emocional. Recuperar la ilusión significa abrir la puerta a nuevas posibilidades y, con ello, al bienestar psicológico.
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¿Estás buscando apoyo para manejar el estrés, la ansiedad o recuperar la motivación? En Psicólogos Princesa ofrecemos asesoramiento psicológico personalizado, tanto en consulta presencial como online, para ayudarte a dar el primer paso hacia una vida con más ilusión y equilibrio.
Nuestro equipo ofrece apoyo en diferentes áreas: manejo del estrés laboral y técnicas de relajación para el estrés, terapia de pareja y relaciones para mejorar la comunicación y el vínculo, intervención en crisis emocionales, incluyendo la prevención del suicidio, terapia infantil y valoración psicológica para niños.
En todos estos procesos, la ilusión y la esperanza se convierten en herramientas esenciales para superar las dificultades y construir un futuro más equilibrado.
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¿Recordáis aquel tiempo en que temíamos el momento de irnos a la cama? Al abordaje de los miedos infantiles y los recursos que podemos utilizar para ayudar a nuestros hijos a “espantar sus miedos” dedican Tania Melian, Madelon Barrios y Sandra Kiriakidis el siguiente artículo. Estamos seguros que os va a interesar.
Tu hijo no quiere dormir solo…cree que hay un monstruo en su dormitorio. Lo que para un adulto puede parecer una fantasía, para tu hijo es una experiencia real y angustiante. ¿Qué hacer en esos momentos?
Miedos infantiles: una parte natural del desarrollo
El miedo es una emoción básica que cumple una función adaptativa: protegernos del peligro. Durante la infancia es habitual que aparezcan miedos a la oscuridad, a los animales, a separarse de los padres o incluso a lo desconocido. La mayoría de los miedos son pasajeros, varían a lo largo del desarrollo y se resuelven espontáneamente.
¿Cuándo prestar más atención?
Aunque los miedos son normales, en ocasiones se vuelven desproporcionados y desadaptativos, alterando la calidad de vida del niño/a. Por ejemplo, si evita actividades o lugares que antes disfrutaba, presenta problemas para dormir, manifiesta síntomas físicos sin causa médica clara, o incluso reduce sus interacciones sociales, puede ser señal de que necesita apoyo profesional.
Estrategias efectivas para acompañar en casa
- Validar sus emociones. Escuchar sin minimizar. Ayudar al niño a que se sienta comprendido con frases como “entiendo que esto te da miedo”, “veo que esto es difícil para ti”
- Ofrecer seguridad. Trasmitir calma y acompañar al niño en las situaciones que le generan temor
- Exposición gradual. Ayudarlo a enfrentarse poco a poco a lo que teme brindándole un ambiente seguro
- Modelar afrontamiento. Mostrar cómo gestionamos nuestros propios miedos transmite seguridad y confianza
¿Cómo trabajar con los niños en el espacio terapéutico?
El juego es un lenguaje natural para los niños que les permite explorar, comprender y transformar sus emociones de forma segura.
En psicología, los juegos terapéuticos se utilizan para favorecer la comunicación, trabajar creencias y pensamientos que alimentan el miedo, y practicar habilidades de afrontamiento.
Un recurso terapéutico innovador: el juego “Espantamiedos”
Espantamiedos es un juego creado por las psicólogas uruguayas Tania Melián, Sandra Kiriakidis y Madelon Barrios publicado por Editorial TEA, dirigido a niños y adolescentes de 6 a 14 años.
Su diseño se basa en la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), un enfoque ampliamente respaldado por la evidencia científica para el tratamiento de la ansiedad. Tiene un formato de juego de mesa en el que los participantes avanzan por un tablero que les da la posibilidad de transitar por los tres componentes del miedo: fisiológico, cognitivo y comportamental.

¿Por qué funciona?
Porque es una herramienta que integra una serie de recursos terapéuticos tales como prácticas de mindfulness, técnicas de habilidades sociales y de resolución de problemas, entre otros. Además, se ha procurado dar dinamismo con propuestas creativas y actualizadas: cuenta con recursos lúdicos como adivinanzas, trucos de magia, etc, e incorpora la tecnología que tanto atrae a los jóvenes.
Conclusión
Los miedos infantiles son esperables. Sin embargo, cuando se convierten en un obstáculo para el desarrollo del niño, es fundamental actuar.
Con estrategias adecuadas en casa, el apoyo de la escuela y, cuando sea necesario, la intervención profesional, los niños pueden aprender a gestionar sus miedos.
Con recursos creativos como “Espantamiedos”, incluso pueden convertirlo en una oportunidad para crecer y fortalecerse.
En el último episodio de nuestro podcast Entre Divanes, Ana Millán entrevistó a Miguel de Lucas, ilusionista, psicólogo y conferenciante. Una conversación que combina salud mental integral, magia y esperanza, y que muestra cómo es posible transformar la vulnerabilidad en fortaleza.
Magia y psicología: el poder de la ilusión
La magia es, para Miguel, una metáfora de la vida. “Cuando un niño ve a un violinista tocar, percibe dificultad. Cuando ve a un malabarista, percibe dificultad. Pero cuando ve a un mago… ahí, a nivel cognitivo y de atención, cambian las cosas porque está percibiendo algo que es imposible”.
Ese “imposible” abre la puerta a algo fundamental en psicología: recuperar la ilusión y la esperanza incluso en los momentos de mayor malestar.
Ansiedad y búsqueda de apoyo
Miguel compartió abiertamente su experiencia con la ansiedad y cómo llegó a pedir ayuda profesional. “Yo descubrí la ansiedad un día que empecé a sudar muchísimo de manera muy fría, parecía que me quería morir”. En su proceso, destacó la importancia de la relación con un profesional de referencia: “Es bueno decirlo, ¿no? Que hay que tener una buena alianza terapéutica con el psicólogo o la psicóloga que nos atienda, y eso se siente”.
Este aspecto es clave también en la terapia cognitiva conductual (TCC), una de las intervenciones psicológicas más respaldadas científicamente para la ansiedad y la depresión.
Entender, aceptar y transformar
Ana Millán resumió en una frase sencilla pero poderosa el camino hacia el bienestar emocional: “Las tres fases del cambio siempre hablamos que son entender, aceptar y transformar. Si uno no entiende lo que le pasa, no lo puede aceptar, y si uno no lo acepta, no lo puede transformar”.
Este enfoque es aplicable tanto a la intervención en crisis emocionales como al manejo del estrés laboral o a la terapia de pareja y relaciones.
Ilusión, propósito y valores
Uno de los puntos centrales del episodio fue la importancia de la esperanza como motor de cambio. En palabras de Ana: “cuando un paciente llega con desesperanza, una de las tareas más importantes es intentar tirar de una esperanza, de que conecte con algún tipo de ilusión”.
Miguel añadió que el propósito vital no debe confundirse con un objetivo puntual: “Propósito no es objetivo, propósito es algo más transversal con lo que tú vas conectando y luego la forma da igual, pero el fondo son tus valores, es lo que tú aportas”
La magia en nuestro día a día
La conversación con Miguel de Lucas nos recuerda que la magia no está solo en los escenarios, sino también en la capacidad de afrontar la incertidumbre, recuperar la ilusión y construir un propósito alineado con nuestros valores.
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En Psicólogos Princesa ofrecemos asesoramiento e intervención tanto presencial como online en toda España. Trabajamos con enfoques como la terapia cognitiva conductual, EMDR para trauma o la intervención en estrés laboral, adaptándonos a las necesidades de cada persona. Además, acompañamos tanto a adultos como a niños, parejas y familias en procesos de mejora del bienestar emocional.
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Una de las experiencias más profundas —y a menudo olvidadas— del proceso terapéutico es la reconexión con lo humano. En el último episodio de nuestro podcast Entre Divanes, se aborda un concepto tan sencillo como poderoso: la humanidad compartida. Ese reconocimiento de que el sufrimiento, las dudas, los miedos y las alegrías forman parte de una experiencia común que todos, en algún momento, atravesamos.
En palabras de Ana: “El concepto de humanidad compartida para mí es muy interesante, se vio mucho en la pandemia, ¿no?”. Y es cierto. Durante aquel tiempo incierto, cuando el mundo entero se detuvo, muchas personas encontraron consuelo en saber que no estaban solas en su dificultad. Como ella misma señala, “si tú a una persona la encierras en su casa 2 meses, 3 meses, lo vive como un secuestro. Y sin embargo, sabiendo que estamos todos en la misma situación, el dolor se mitiga mucho”.
Este ejemplo revela una verdad esencial: cuando dejamos de mirarnos solo a nosotros mismos y comprendemos que otros también sufren, también luchan y también dudan, se abre un espacio de alivio y de conexión que, en sí mismo, puede ser terapéutico.
Ana lo expresa con claridad al decir que, en consulta, “no es que sea mal de muchos, consuelo de tontos… mal de muchos, consuelo de todos”. La diferencia es importante: no se trata de minimizar el sufrimiento individual comparándolo con el de otros, sino de abrir la mirada, de salir del aislamiento emocional para sentirnos parte de algo más grande. La sensación de “yo solo estoy roto” se transforma, así, en un “no estoy solo con esto”.
Este enfoque es especialmente relevante en una época en la que las redes sociales nos muestran constantemente versiones idealizadas de las vidas ajenas. Como cuenta Ana, “cuando los pacientes te dicen: ‘Es que todas mis amigas en las redes ponen esto y lo otro’, yo siempre les digo: ‘Si estuvieras aquí, si escucharas todo lo que yo escucho, esto sí que es una verdadera terapia’”. Escuchar las historias reales, sin filtros, nos devuelve a una realidad mucho más honesta y compasiva.
Reconocer nuestra humanidad compartida es también una forma de generar comunidad, de fortalecer vínculos, y de romper con la autoexigencia y la vergüenza que a menudo surgen al pensar que “deberíamos estar mejor”. Nos permite ser más amables con nosotros mismos y más empáticos con los demás.
En definitiva, este episodio del podcast nos recuerda que no necesitamos estar solos en lo que nos pasa. Que la salud mental también se nutre de miradas comprensivas y de espacios donde compartir lo que duele. Porque al final, sanar no siempre es resolverlo todo, sino sabernos acompañados en el camino.
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En el contexto de descubrimiento que constituyen nuestros primeros años de vida uno de los aprendizajes más importantes va a ser la adquisición de determinados hábitos alimentarios. “¿Influye el desarrollo durante la infancia en la aparición de Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA)?” A esta pregunta da respuesta Inés Brizuela en el siguiente artículo. Estamos seguros que os va a interesar.
Cuando somos pequeños, los padres suelen convertirse en figuras de apego y referencia para nosotros. De ellos aprendemos y escuchamos muchas cosas que, poco a poco, vamos incorporando en nuestra vida, dejando huella en la visión del mundo que desarrollamos y tenemos en la vida adulta.
Es en el seno de la familia donde nos vamos construyendo como personas y donde elaboramos nuestra identidad, y también la percepción que tenemos de nosotros mismos. En el contexto familiar se llevan a cabo múltiples funciones básicas. Dentro de estas funciones básicas se encuentra la tarea de socialización, que implica el trasmitir las normas, ideales, cultura, costumbres y hábitos. Esto influye en los distintos estilos de vida y, por ende, en estilos y actitudes alimentarias. Es en este punto donde nos surge el planteamiento que a continuación abordaremos: ¿influye el desarrollo durante la infancia en la aparición de Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA)?
Los datos más actuales de la Asociación Española para el Estudio de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (AETCA) revelan que cerca de 300.000 jóvenes de entre 12 a 24 años padecen alguno de estos trastornos. Una cifra nada desdeñable que, además, va en aumento; en los últimos 18 años se ha duplicado a escala mundial el número de casos de TCA y parece que la tendencia sigue al alza (Galmiche et al., 2019).
Partiendo de la base de que la propia naturaleza de los TCA es multicausal, es decir, no hay una única variable que sirva para explicar su aparición, es cierto que la literatura científica ha hecho poco hincapié en los factores familiares y/o ambientales a los que el paciente ha estado sometido durante la infancia para tratar de explicar la aparición de estos trastornos, por lo que el conocimiento actual sobre estas variables como factores de riesgo es aun limitado.
Sabemos que los padres y la familia, como primer grupo de socialización para cualquier persona, juegan un papel importante en la trasmisión de valores socioculturales entre los que se incluye algo tan fundamental en nuestra propia supervivencia como es la conducta alimentaria. Los niños tienden a imitar los patrones de comportamiento de sus padres y, por tanto, de ellos aprendemos a comer y a desarrollar unos hábitos alimentarios concretos. De hecho, hay estudios que demuestran que los hijos de padres y madres con trastornos alimenticios tienen más probabilidades de padecer estas patologías (Moreno y Londoño, 2017). Ello no quiere decir que únicamente se hayan transmitido los hábitos alimentarios, sino también todas aquellas creencias y valores para la construcción de la imagen corporal y la aceptación de sus cuerpos.
En relación a esto último, también ha quedado demostrada la relación que existe entre las personas con TCA y las familias que otorgan una gran importancia a la apariencia que se proyecta hacia el exterior, especialmente por parte de la madre, que es la que ejerce más presión sobre la imagen corporal. Las características de este tipo de familias, además de la insatisfacción corporal de los progenitores, vienen dadas por unos bajos niveles de cohesión, dificultades para la comunicación, sobreprotección y mayor propensión al conflicto. Todo ello hace que estos hijos vean limitada su autonomía y capacidad para adquirir herramientas útiles para afrontar situaciones complicadas en el futuro, lo que les hace más propensos a sufrir algún tipo de TCA.
Este tipo de relaciones entre progenitores y descendientes las enmarcaríamos dentro de lo que en psicología se conoce como apego inseguro, que no es más que dotar al tipo de vínculo que se tiene con los padres de unas particularidades propias tales como el rechazo o la dependencia. La relación entre este tipo de apego y la aparición de TCA ha quedado demostrada en varias ocasiones (Lena et al., 2016). A raíz de esta conexión podríamos hablar del apego inseguro, tan relevante en la infancia, como un factor de riesgo para el desarrollo de alguna patología alimenticia. Por el contrario, el sentido lógico nos llevaría a afirmar que el apego seguro podría actuar como factor protector frente a la aparición de estos trastornos. Dicho apego seguro guarda más relación con emociones positivas tales como la alegría, seguridad, confianza, etc., las cuales condicionan un desarrollo emocional que tiende más hacia el bienestar y, por ende, a evitar la aparición de TCA.
Debemos tener en cuenta que el factor emocional es muy importante en este caso, y es que el comer no significa solamente satisfacer una condición física de hambre, sino que también guarda una estrecha relación con todas esas emociones que actúan en torno a ello. Por esta razón, también es importante poner el foco en lo que se conoce como alimentación emocional, en la que los niños/as identifican ciertos estados de ánimo con la comida. El uso de los alimentos por parte de los padres con una finalidad distinta a la nutritiva puede suponer otro factor de riesgo para la aparición de TCA. Nos referimos, por ejemplo, a cuando se ofrece a los hijos una golosina a modo de premio, o cuando se sienten tristes. Este tipo de experiencias son comunes durante la infancia, ¿quién de nosotros no lo hemos visto alguna vez? No obstante, aunque la intención no sea mala, los menores aprenden patrones de conducta en los que la comida actúa como regulador de sus emociones. Esta relación emocional con la comida es incluso natural, porque desde los primeros días de vida los bebés aprenden a asociar la lactancia como un vínculo afectivo-seguro hacia su madre. Sin embargo, los padres deben prestar especial atención a cómo están enseñando a sus hijos a comer, procurando no desarrollar en ellos ciertas correlaciones emocionales que en un futuro puedan derivar en algún tipo de trastorno.
En definitiva, la infancia es una etapa fundamental en la vida de cualquier ser humano, en donde desarrollamos muchas de las características que nos van a definir como personas a lo largo de la vida, ya sean psicológicas, emocionales, de personalidad, etc. La relación que desde pequeños tenemos con la comida, especialmente en el seno de la familia, puede condicionar en parte la posible aparición de algún tipo de TCA en el futuro, pese a que en ellos concurran otros tipos de factores como la construcción socio-cultural o la predisposición genética.
Referencias
Galmiche, M., Déchelotte, P., Lambert, G., & Tavolacci, M. P. (2019). Prevalence of eating disorders over the 2000-2018 period: a systematic literature review. The American Journal of Clinical Nutrition, 1402-1413.
Lena Münch, A., Hunger, C., & Schweitzer, J. (2016). An investigation of the mediating role of personality and family functioning in the association between attachment styles and eating disorder status. BMC Psychology, 409-416.
Moreno Ruge, A. M., & Londoño Pérez, C. (2017). Family and Personal predictors of Eating Disorders in Young People. Anales de Psicología, 235-242.
Hoy más que nunca, muchas personas sienten que viven en piloto automático, atrapadas entre tareas, notificaciones y pensamientos que no cesan. Frente a esta realidad, el mindfulness emerge como una necesidad más que una opción. Como comenta Paz en el tercer episodio de la segunda temporada del podcast Entre Divanes, “el mindfulness se ha vuelto muy popular en los últimos años y es porque responde a una necesidad real de nuestra sociedad, que es frenar un poquito, bajar el ritmo, conectar con el presente”.
Esta práctica, también conocida como atención plena, consiste en entrenar la capacidad de estar presentes, con una actitud abierta y sin juicio, en lo que está ocurriendo momento a momento. Y aunque sus raíces se remontan a tradiciones contemplativas milenarias, hoy su eficacia está respaldada por una amplia base científica.
En el podcast se menciona una revisión publicada en 2021 que analizó una gran cantidad de estudios sobre mindfulness. Los resultados fueron contundentes: se observó que esta práctica tiene beneficios comprobados para la salud mental, física y social. No es solo una herramienta de relajación, sino una intervención eficaz en múltiples áreas del bienestar psicológico.
Entre los beneficios más destacados se encuentran la mejora de síntomas de depresión, ansiedad e insomnio, condiciones que afectan a millones de personas en todo el mundo. Pero el mindfulness también tiene efectos menos visibles y muy valiosos, como fomentar las conductas prosociales, es decir, aquellas que promueven la ayuda, la empatía y el cuidado hacia los demás. Paz lo resume así: “es útil para favorecer las conductas prosociales, que son aquellas que nos sirven para ayudar a los demás e incluso ayuda con el dolor crónico”.
Estos beneficios lo convierten en un recurso muy valioso, no solo en contextos terapéuticos, sino también en el día a día de cualquier persona que desee reconectar consigo misma y con lo que le rodea. Ya sea practicado a través de la meditación formal o incorporado en pequeñas acciones cotidianas, el mindfulness puede ayudarnos a vivir con mayor claridad, calma y compasión.
Lejos de ser una solución mágica o una moda pasajera, el mindfulness ofrece un camino sostenible hacia una vida más plena y equilibrada. En un entorno social que muchas veces nos empuja a ir más rápido, esta práctica nos invita, justamente, a hacer lo contrario: parar, respirar y estar.
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Vivimos inmersos en una cultura donde la productividad parece haberse convertido en el único valor válido. Donde parar es casi un pecado y donde estar en calma, sin hacer, se asocia erróneamente con vagancia o ineficacia. En el nuevo episodio del podcast Entre Divanes, se abre un espacio muy necesario para cuestionar esta dinámica y reflexionar sobre cómo nos relacionamos con nuestros pensamientos, con nuestras acciones y con nuestro propio ser.
Uno de los puntos centrales del episodio gira en torno a una idea clave: la diferencia entre lo que pensamos y lo que es real. Tal como se plantea en la conversación, “los pensamientos son reales, pero no es la realidad”. Esta afirmación, en apariencia simple, encierra una profunda verdad psicológica. Muchas veces, confundimos nuestra interpretación del mundo —filtrada por creencias, experiencias pasadas, emociones y expectativas— con el mundo tal cual es. Creemos nuestras ideas de forma automática, sin darnos cuenta de que son solo una forma de mirar, unas “gafas” que nosotros mismos hemos construido.
Esta distorsión puede alejarnos de la experiencia presente y generar sufrimiento innecesario. De ahí la importancia de aprender a diferenciar entre pensamiento y realidad, y cultivar un mayor grado de conciencia sobre cómo funciona nuestra mente.
El episodio también profundiza en dos modos fundamentales de estar en el mundo: el modo orientado a la acción y el modo orientado al ser. Ambos son necesarios. La acción nos permite resolver problemas, responder a las demandas cotidianas y avanzar. Sin embargo, el modo del ser, ese estado más contemplativo, receptivo y conectado con uno mismo, parece cada vez más relegado.
Se plantea, con acierto, que hoy en día ese modo del ser “como que no está permitido, ¿no? Como que no es productivo, que no funciona en esta sociedad en la que vivimos”. Esta percepción colectiva nos empuja a una actividad constante, muchas veces compulsiva, que rompe con nuestra capacidad natural de autorregulación.
Y es que, como se señala en el episodio, necesitamos acción, sí, pero también descanso. Necesitamos parar, no solo para recuperar fuerzas, sino para volver a habitar nuestra vida desde un lugar más auténtico. La clave no está en dejar de actuar, sino en cómo actuamos: no desde la compulsión, sino “desde el propio ser, desde estar conectados”.
Este enfoque nos invita a revisar nuestras prioridades, a reconectar con lo esencial y a preguntarnos: ¿desde dónde estamos actuando? ¿Qué parte de nosotros mueve nuestras decisiones? ¿Estamos en piloto automático o presentes en nuestra experiencia?
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