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En el contexto de descubrimiento que constituyen nuestros primeros años de vida uno de los aprendizajes más importantes va a ser la adquisición de determinados hábitos alimentarios. “¿Influye el desarrollo durante la infancia en la aparición de Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA)?” A esta pregunta da respuesta Inés Brizuela en el siguiente artículo. Estamos seguros que os va a interesar.

Cuando somos pequeños, los padres suelen convertirse en figuras de apego y referencia para nosotros. De ellos aprendemos y escuchamos muchas cosas que, poco a poco, vamos incorporando en nuestra vida, dejando huella en la visión del mundo que desarrollamos y tenemos en la vida adulta. 

Es en el seno de la familia donde nos vamos construyendo como personas y donde elaboramos nuestra identidad, y también la percepción que tenemos de nosotros mismos. En el contexto familiar se llevan a cabo múltiples funciones básicas. Dentro de estas funciones básicas se encuentra la tarea de socialización, que implica el trasmitir las normas, ideales, cultura, costumbres y hábitos. Esto influye en los distintos estilos de vida y, por ende, en estilos y actitudes alimentarias. Es en este punto donde nos surge el planteamiento que a continuación abordaremos: ¿influye el desarrollo durante la infancia en la aparición de Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA)?

Los datos más actuales de la Asociación Española para el Estudio de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (AETCA) revelan que cerca de 300.000 jóvenes de entre 12 a 24 años padecen alguno de estos trastornos. Una cifra nada desdeñable que, además, va en aumento; en los últimos 18 años se ha duplicado a escala mundial el número de casos de TCA y parece que la tendencia sigue al alza (Galmiche et al., 2019). 

Partiendo de la base de que la propia naturaleza de los TCA es multicausal, es decir, no hay una única variable que sirva para explicar su aparición, es cierto que la literatura científica ha hecho poco hincapié en los factores familiares y/o ambientales a los que el paciente ha estado sometido durante la infancia para tratar de explicar la aparición de estos trastornos, por lo que el conocimiento actual sobre estas variables como factores de riesgo es aun limitado. 

Sabemos que los padres y la familia, como primer grupo de socialización para cualquier persona, juegan un papel importante en la trasmisión de valores socioculturales entre los que se incluye algo tan fundamental en nuestra propia supervivencia como es la conducta alimentaria. Los niños tienden a imitar los patrones de comportamiento de sus padres y, por tanto, de ellos aprendemos a comer y a desarrollar unos hábitos alimentarios concretos. De hecho, hay estudios que demuestran que los hijos de padres y madres con trastornos alimenticios tienen más probabilidades de padecer estas patologías (Moreno y Londoño, 2017). Ello no quiere decir que únicamente se hayan transmitido los hábitos alimentarios, sino también todas aquellas creencias y valores para la construcción de la imagen corporal y la aceptación de sus cuerpos. 

En relación a esto último, también ha quedado demostrada la relación que existe entre las personas con TCA y las familias que otorgan una gran importancia a la apariencia que se proyecta hacia el exterior, especialmente por parte de la madre, que es la que ejerce más presión sobre la imagen corporal. Las características de este tipo de familias, además de la insatisfacción corporal de los progenitores, vienen dadas por unos bajos niveles de cohesión, dificultades para la comunicación, sobreprotección y mayor propensión al conflicto. Todo ello hace que estos hijos vean limitada su autonomía y capacidad para adquirir herramientas útiles para afrontar situaciones complicadas en el futuro, lo que les hace más propensos a sufrir algún tipo de TCA. 

Este tipo de relaciones entre progenitores y descendientes las enmarcaríamos dentro de lo que en psicología se conoce como apego inseguro, que no es más que dotar al tipo de vínculo que se tiene con los padres de unas particularidades propias tales como el rechazo o la dependencia. La relación entre este tipo de apego y la aparición de TCA ha quedado demostrada en varias ocasiones (Lena et al., 2016). A raíz de esta conexión podríamos hablar del apego inseguro, tan relevante en la infancia, como un factor de riesgo para el desarrollo de alguna patología alimenticia. Por el contrario, el sentido lógico nos llevaría a afirmar que el apego seguro podría actuar como factor protector frente a la aparición de estos trastornos. Dicho apego seguro guarda más relación con emociones positivas tales como la alegría, seguridad, confianza, etc., las cuales condicionan un desarrollo emocional que tiende más hacia el bienestar y, por ende, a evitar la aparición de TCA.

Debemos tener en cuenta que el factor emocional es muy importante en este caso, y es que el comer no significa solamente satisfacer una condición física de hambre, sino que también guarda una estrecha relación con todas esas emociones que actúan en torno a ello. Por esta razón, también es importante poner el foco en lo que se conoce como alimentación emocional, en la que los niños/as identifican ciertos estados de ánimo con la comida. El uso de los alimentos por parte de los padres con una finalidad distinta a la nutritiva puede suponer otro factor de riesgo para la aparición de TCA. Nos referimos, por ejemplo, a cuando se ofrece a los hijos una golosina a modo de premio, o cuando se sienten tristes. Este tipo de experiencias son comunes durante la infancia, ¿quién de nosotros no lo hemos visto alguna vez? No obstante, aunque la intención no sea mala, los menores aprenden patrones de conducta en los que la comida actúa como regulador de sus emociones. Esta relación emocional con la comida es incluso natural, porque desde los primeros días de vida los bebés aprenden a asociar la lactancia como un vínculo afectivo-seguro hacia su madre. Sin embargo, los padres deben prestar especial atención a cómo están enseñando a sus hijos a comer, procurando no desarrollar en ellos ciertas correlaciones emocionales que en un futuro puedan derivar en algún tipo de trastorno. 

En definitiva, la infancia es una etapa fundamental en la vida de cualquier ser humano, en donde desarrollamos muchas de las características que nos van a definir como personas a lo largo de la vida, ya sean psicológicas, emocionales, de personalidad, etc. La relación que desde pequeños tenemos con la comida, especialmente en el seno de la familia, puede condicionar en parte la posible aparición de algún tipo de TCA en el futuro, pese a que en ellos concurran otros tipos de factores como la construcción socio-cultural o la predisposición genética. 

Referencias

Galmiche, M., Déchelotte, P., Lambert, G., & Tavolacci, M. P. (2019). Prevalence of eating disorders over the 2000-2018 period: a systematic literature review. The American Journal of Clinical Nutrition, 1402-1413.

Lena Münch, A., Hunger, C., & Schweitzer, J. (2016). An investigation of the mediating role of personality and family functioning in the association between attachment styles and eating disorder status. BMC Psychology, 409-416.

Moreno Ruge, A. M., & Londoño Pérez, C. (2017). Family and Personal predictors of Eating Disorders in Young People. Anales de Psicología, 235-242.

Hoy más que nunca, muchas personas sienten que viven en piloto automático, atrapadas entre tareas, notificaciones y pensamientos que no cesan. Frente a esta realidad, el mindfulness emerge como una necesidad más que una opción. Como comenta Paz en el tercer episodio de la segunda temporada del podcast Entre Divanes, “el mindfulness se ha vuelto muy popular en los últimos años y es porque responde a una necesidad real de nuestra sociedad, que es frenar un poquito, bajar el ritmo, conectar con el presente”.

Esta práctica, también conocida como atención plena, consiste en entrenar la capacidad de estar presentes, con una actitud abierta y sin juicio, en lo que está ocurriendo momento a momento. Y aunque sus raíces se remontan a tradiciones contemplativas milenarias, hoy su eficacia está respaldada por una amplia base científica.

En el podcast se menciona una revisión publicada en 2021 que analizó una gran cantidad de estudios sobre mindfulness. Los resultados fueron contundentes: se observó que esta práctica tiene beneficios comprobados para la salud mental, física y social. No es solo una herramienta de relajación, sino una intervención eficaz en múltiples áreas del bienestar psicológico.

Entre los beneficios más destacados se encuentran la mejora de síntomas de depresión, ansiedad e insomnio, condiciones que afectan a millones de personas en todo el mundo. Pero el mindfulness también tiene efectos menos visibles y muy valiosos, como fomentar las conductas prosociales, es decir, aquellas que promueven la ayuda, la empatía y el cuidado hacia los demás. Paz lo resume así: “es útil para favorecer las conductas prosociales, que son aquellas que nos sirven para ayudar a los demás e incluso ayuda con el dolor crónico”.

Estos beneficios lo convierten en un recurso muy valioso, no solo en contextos terapéuticos, sino también en el día a día de cualquier persona que desee reconectar consigo misma y con lo que le rodea. Ya sea practicado a través de la meditación formal o incorporado en pequeñas acciones cotidianas, el mindfulness puede ayudarnos a vivir con mayor claridad, calma y compasión.

Lejos de ser una solución mágica o una moda pasajera, el mindfulness ofrece un camino sostenible hacia una vida más plena y equilibrada. En un entorno social que muchas veces nos empuja a ir más rápido, esta práctica nos invita, justamente, a hacer lo contrario: parar, respirar y estar.

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Vivimos inmersos en una cultura donde la productividad parece haberse convertido en el único valor válido. Donde parar es casi un pecado y donde estar en calma, sin hacer, se asocia erróneamente con vagancia o ineficacia. En el nuevo episodio del podcast Entre Divanes, se abre un espacio muy necesario para cuestionar esta dinámica y reflexionar sobre cómo nos relacionamos con nuestros pensamientos, con nuestras acciones y con nuestro propio ser.

Uno de los puntos centrales del episodio gira en torno a una idea clave: la diferencia entre lo que pensamos y lo que es real. Tal como se plantea en la conversación, “los pensamientos son reales, pero no es la realidad”. Esta afirmación, en apariencia simple, encierra una profunda verdad psicológica. Muchas veces, confundimos nuestra interpretación del mundo —filtrada por creencias, experiencias pasadas, emociones y expectativas— con el mundo tal cual es. Creemos nuestras ideas de forma automática, sin darnos cuenta de que son solo una forma de mirar, unas “gafas” que nosotros mismos hemos construido.

Esta distorsión puede alejarnos de la experiencia presente y generar sufrimiento innecesario. De ahí la importancia de aprender a diferenciar entre pensamiento y realidad, y cultivar un mayor grado de conciencia sobre cómo funciona nuestra mente.

El episodio también profundiza en dos modos fundamentales de estar en el mundo: el modo orientado a la acción y el modo orientado al ser. Ambos son necesarios. La acción nos permite resolver problemas, responder a las demandas cotidianas y avanzar. Sin embargo, el modo del ser, ese estado más contemplativo, receptivo y conectado con uno mismo, parece cada vez más relegado.

Se plantea, con acierto, que hoy en día ese modo del ser “como que no está permitido, ¿no? Como que no es productivo, que no funciona en esta sociedad en la que vivimos”. Esta percepción colectiva nos empuja a una actividad constante, muchas veces compulsiva, que rompe con nuestra capacidad natural de autorregulación.

Y es que, como se señala en el episodio, necesitamos acción, sí, pero también descanso. Necesitamos parar, no solo para recuperar fuerzas, sino para volver a habitar nuestra vida desde un lugar más auténtico. La clave no está en dejar de actuar, sino en cómo actuamos: no desde la compulsión, sino “desde el propio ser, desde estar conectados”.

Este enfoque nos invita a revisar nuestras prioridades, a reconectar con lo esencial y a preguntarnos: ¿desde dónde estamos actuando? ¿Qué parte de nosotros mueve nuestras decisiones? ¿Estamos en piloto automático o presentes en nuestra experiencia?

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Las redes sociales marcan, muchas veces de manera invisible, la forma en que nos percibimos a nosotros mismos. Las imágenes idealizadas, los filtros y los estándares de belleza imposibles han colonizado nuestro día a día y, sin darnos cuenta, afectan profundamente a nuestra autoestima y a la relación que mantenemos con nuestro cuerpo.

Tal y como señala Agus: “nuestra mente, influenciada por el ego, influenciada también por esos estándares de belleza irreales que vemos en redes, nos empezará a juzgar, ¿no? Nos empezará a decir cosas como ‘no me gusto’, ‘no valgo para nada’, ‘nadie me va a querer así’”. Estas frases, repetidas en silencio, se convierten en una espiral de autocrítica que alimenta la inseguridad y el malestar emocional.

El problema no radica únicamente en tener un mal día o en no sentirse del todo a gusto con uno mismo. La dificultad aparece cuando estas ideas se vuelven recurrentes y nos llevan a compararnos constantemente con modelos inalcanzables. Como advierte Agus, “vamos a empezar a comparar nuestro cuerpo con los que vemos en redes, olvidando totalmente que la gran mayoría de lo que vemos son productos de distorsiones, de filtros que distorsionan la realidad”. Esa distorsión nos aleja de nuestra autenticidad y nos empuja hacia un sentimiento de rechazo constante.

El resultado es un círculo vicioso: cuanto más nos comparamos, más crece la insatisfacción, lo que nos lleva a pasar el día rumiando pensamientos de rechazo hacia nuestro cuerpo. Este malestar no es solo psicológico, también impacta en nuestra energía, en nuestra forma de relacionarnos y en la manera en la que vivimos nuestro día a día.

Aquí es donde el mindfulness aparece como una alternativa poderosa y transformadora. Frente a la autocrítica compulsiva, esta práctica propone un camino diferente: detenerse, observar y aceptar. Como explica Agus, “desde el mindfulness lo que haríamos sería notar ese malestar, y lejos de ignorarlo o dejarnos arrastrar por ese malestar, lo observaríamos con paciencia, respiraríamos profundamente y nos hablaríamos con amabilidad”.

Ese cambio de perspectiva, aparentemente sencillo, tiene un gran impacto. En lugar de luchar contra las emociones desagradables o dejarnos atrapar por ellas, el mindfulness nos enseña a sostenerlas con presencia y cuidado. Poco a poco, lo que en un principio era rechazo puede transformarse en aceptación.

El recordatorio esencial es que nuestro valor como personas no depende de nuestro aspecto físico. No somos un cuerpo para ser comparado, medido o juzgado, sino seres humanos con una vida mucho más rica que la que cabe en una foto. Tal como resume Agus, “recordamos que nuestro valor como persona no se mide por nuestro aspecto físico y notamos que poco a poco ese malestar inicial, en su lugar está apareciendo otra cosa, está apareciendo un sentimiento de aceptación”.

Este proceso también implica recuperar la mirada crítica hacia los mensajes sociales que recibimos a diario. En palabras de Agus, compartiendo una cita de Saramago: “el mundo se está convirtiendo en una caverna de Platón, todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad, pero está en nuestra mano el poder salir y poder vivir la vida de verdad”.

Salir de esa “caverna” significa reconciliarnos con nuestra propia experiencia, aceptar que no siempre nos gustaremos al mirarnos al espejo y que eso también es humano. Significa aprender a hablarnos con amabilidad, reconocer lo que sentimos y recordar que la autenticidad vale infinitamente más que cualquier filtro.

El mindfulness no elimina de un plumazo la autocrítica ni borra los mensajes que nos rodean. Pero sí nos brinda herramientas para responder de forma distinta: con calma, con respeto y con autocompasión. Ese es, quizás, el primer paso para empezar a vivir de una manera más real y saludable.

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Ante la obligación de estar permanentemente ocupados, que hemos interiorizado como uno de los deberías más dañinos para nuestra salud mental, Agustín del Campo apela al superpoder del aburrimiento: en sus propias palabras “una pausa que nos permite reconectar con nuestras ideas, emociones y necesidades más profundas”. Estamos seguros que os va a interesar.

Vivimos en una sociedad donde estar ocupado no solo es la norma, sino también una expectativa social. Cada minuto libre tiende a ser rápidamente rellenado con pantallas, tareas, notificaciones o, en general, distracciones. No podemos permitirnos estar aburridos; esa sensación se percibe como incómoda, inútil, incluso como una falla personal que debe corregirse de inmediato. Los teléfonos inteligentes, con su acceso instantáneo a entretenimiento y redes sociales, se han convertido en el recurso por excelencia para combatir cualquier asomo de vacío. Sin embargo, ¿y si el aburrimiento no fuera un problema, sino una herramienta valiosa?

El aburrimiento ha sido tradicionalmente asociado con consecuencias negativas como la apatía, la desmotivación o la pérdida de tiempo. Pero esta percepción está comenzando a cambiar. Diversos estudios han demostrado que el aburrimiento puede tener efectos positivos, especialmente sobre la creatividad. En 2014, Mann y Cadman realizaron una serie de experimentos que exploraban esta relación. En ellos, se pidió a los participantes que realizaran tareas repetitivas y monótonas, como copiar números de una guía telefónica, antes de enfrentar una actividad creativa. Los resultados mostraron que aquellos que habían experimentado aburrimiento previo tendían a mostrar un mayor rendimiento creativo. La explicación: cuando la mente no está ocupada con estímulos externos, tiende a divagar, facilitando la formación de conexiones inusuales entre ideas y, por tanto, el pensamiento creativo.

Este potencial creativo del aburrimiento es especialmente relevante en la infancia, donde el exceso de estimulación tecnológica puede limitar la capacidad de juego simbólico, la imaginación y la autorregulación emocional. Sin embargo, también es crucial en la vida adulta, donde la capacidad de permanecer con uno mismo sin estímulos externos es cada vez más escasa.

La cultura del estímulo constante ha erosionado la tolerancia al aburrimiento. Las tecnologías actuales nos permiten estar permanentemente distraídos. Si sentimos una mínima incomodidad o vacío, recurrimos al teléfono, la tablet o el ordenador. Redes sociales, videojuegos o plataformas de streaming están diseñados para captar y mantener nuestra atención, generando en muchos casos patrones de uso problemático o incluso adictivo. ¿Cuándo fue la última vez que viajaste en transporte público sin mirar una pantalla? ¿Qué hacen la mayoría de las personas en esos contextos? Exacto, evitar el aburrimiento.

Esta sobreestimulación tiene consecuencias psicológicas. Diversos estudios han encontrado una relación entre el uso excesivo de dispositivos electrónicos y síntomas de ansiedad, estrés e insatisfacción general. La exposición constante a ideales de vida editados y filtrados en redes sociales puede llevar a comparaciones destructivas y a una disminución del bienestar subjetivo. En mayo de 2025, un estudio con ratones encontró que una sobreestimulación temprana alteraba el desarrollo de sistemas relacionados con la ansiedad y la nocicepción, lo cual sugiere efectos neuropsicológicos relevantes también para los seres humanos.

Más allá de sus implicaciones cognitivas, el aburrimiento también toca dimensiones existenciales. En 2020, Farooqui y Raquib definieron el aburrimiento existencial como una forma de ansiedad ante la incertidumbre de la vida y la inevitabilidad de la muerte. Según sus hipótesis, cuando no se dispone de recursos psicológicos o culturales para afrontar estas preguntas fundamentales, el aburrimiento se convierte en un malestar que se busca suprimir mediante distracciones tecnológicas. No se trata de una evasión inocente, sino de una forma de evitación experiencial.

Aquí es donde las psicoterapias basadas en mindfulness y en la aceptación, como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), ofrecen herramientas fundamentales. Desde estas perspectivas, el entrenamiento para "estar con uno mismo", sin juzgar ni evitar la experiencia interna, se considera clave para una vida plena. Si no somos capaces de estar en paz en momentos de quietud, difícilmente podremos estarlo en situaciones más complejas. Como se plantea en ACT, aceptar el momento presente, incluso si es incómodo o aburrido, es esencial para vivir de forma coherente con nuestros valores.

En palabras de Blaise Pascal: “Todos los males de la humanidad provienen de no poder estar sentado en una habitación solo durante una hora”. El aburrimiento, lejos de ser una falla del entorno, puede ser una oportunidad, una pausa necesaria que nos permite reconectar con nuestras ideas, emociones y necesidades más profundas. Tolerar el vacío sin la urgencia de llenarlo se convierte entonces en una forma de resiliencia psicológica, de crecimiento personal. Aburrirse, en definitiva, puede ser una práctica vital. Porque solo cuando aprendemos a estar con nosotros mismos, sin distracciones, podemos aprender también a vivir con otros. Con presencia y sentido.

Referencias

Farooqui, Q., y Raquib, A. (2020). Technology, boredom and intellectual-spiritual lethargy: Exploring the impact of technology on the mental well-being of over-Stimulated millennials. Malaysian Journal of Medicine and Health Sciences16(11), 1-7.

Mann, S., y Cadman, R. (2014). Does being bored make us more creative? Creativity Research Journal26(2), 165-173. 

“El momento presente es el único momento que tienes. Haz del ahora el centro de tu vida”. Con esta frase de Thich Nhat Hanh comienza el tercer capítulo de la segunda temporada del podcast Entre Divanes, de Psicólogos Princesa. En este episodio, Ana Millán, codirectora de Psicólogos Princesa y directora de la Escuela de Psicología, conversa con dos alumnos de la escuela, Agus del Campo y Paz Sánchez, sobre un tema cada vez más popular y, a la vez, malinterpretado: el mindfulness y la autocompasión.

¿Por qué está tan de moda el mindfulness?

El ritmo acelerado de la vida moderna, sumado al aumento del estrés y la ansiedad, ha puesto el foco en la necesidad de frenar y reconectar con uno mismo. Agus lo explica de manera clara: “El mindfulness ofrece herramientas de manejo del estrés, la ansiedad y, en general, para mejorar el bienestar biopsicosocial de las personas. Está de moda precisamente porque vivimos en un mundo cada vez más exigente y acelerado que no nos permite un respiro para centrarnos ni en nosotros mismos ni en el momento presente”.

La evidencia científica respalda esta práctica. Paz recuerda que en 2021 se revisaron numerosos estudios que confirmaban los beneficios del mindfulness, no solo en la salud mental, sino también en la física y social. Desde la reducción de la ansiedad y la depresión hasta la mejora del dolor crónico y de las conductas sociales.

Qué es —y qué no es— el mindfulness

A menudo se confunde el mindfulness con simples técnicas de relajación. Sin embargo, como apunta Agus, “el mindfulness no es una técnica de relajación… va mucho más allá, haciéndonos conscientes de nosotros mismos, lo que implica muchos más beneficios además de la relajación”. Ana añade un ejemplo muy ilustrativo: “Aceptar que estás triste también es mindfulness”.

Tampoco se trata de “dejar la mente en blanco”. Paz aclara que la práctica implica observar los pensamientos sin engancharnos a ellos, entendiendo que la mente, por naturaleza, piensa. Mindfulness no busca eliminar, sino relacionarnos de otra manera con nuestra experiencia.

Además, conviene recordar que no es una moda pasajera ni una práctica exclusiva de personas tranquilas. Tal como subraya Paz, “cuando más ocupada está tu vida, más útil puede ser practicarlo, porque te ayuda a encontrar momentos de calma y concentración en medio del ajetreo diario”.

Compasión y autocompasión

En la segunda parte del episodio, la conversación se centra en la compasión y, especialmente, en la autocompasión. Agus señala un error común en la definición: “La compasión no va ni de sentir lástima ni de victimizar, ya que eso nos coloca en una posición de superioridad. La compasión viene del amor… y motiva un deseo de ayuda”.

La autocompasión, como explica Paz, se basa en tres pilares descritos por la investigadora Kristin Neff: la bondad hacia uno mismo, la conciencia de que el sufrimiento es parte de la experiencia humana compartida y la atención plena. Esto último conecta de nuevo con el mindfulness, ya que nos permite reconocer el dolor sin negarlo ni exagerarlo.

Practicar la autocompasión no significa caer en el victimismo ni en la autoindulgencia. Al contrario, implica una actitud activa de cuidado hacia uno mismo. Pequeños gestos cotidianos —como hablarnos con cariño, compartir lo que nos pasa o dar un paseo cuando estamos estresados— pueden marcar una gran diferencia en nuestra relación con nosotros mismos.

En definitiva, este episodio de Entre Divanes nos recuerda que mindfulness y autocompasión no son modas pasajeras ni técnicas superficiales, sino recursos poderosos para vivir con más consciencia, resiliencia y humanidad.

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Para Eva García la terapia de grupo constituye una forma de sanación, de ahí la importancia de, como ella misma apunta en este artículo, “vernos en las historias de otros”. Estamos seguros que os va a interesar.

Sanar acompañados es un acto profundamente humano. Nos permite vernos en las historias de otros. Descubrir que ese sentimiento que nos parecía único, lleno de angustia, dolor o vergüenza, tiene eco en otras vidas.  

En la terapia grupal podemos encontrar la comprensión y la contención emocional que necesitamos a través de las experiencias compartidas. 

¿Qué es la terapia de grupo?

Se trata de una modalidad de intervención psicológica en la que varias personas se reúnen bajo la coordinación de uno o más terapeutas para abordar diferentes conflictos, emociones o procesos personales. No solo permite trabajar lo individual, sino que, en una sociedad donde cada vez estamos más alejados del otro, ofrece una experiencia relacional en vivo, intensa y compartida. 

La metáfora emocional como puente hacia el otro

En este espacio terapéutico, las palabras no siempre hablan directamente del dolor ni de las heridas. En ocasiones lo que mostramos en las primeras etapas dentro del grupo es un trampantojo: mostramos algo como real pero que no lo es. Este trampantojo emocional encuentra su expresión a través de la metáfora. Muchas veces nos resulta más sencillo “decir sin decir”, mostrar el dolor y el sufrimiento protegiéndonos, sin quedar demasiado expuestos y vulnerables. 

Frases como “mi mochila está llena de cosas que no son mías”, “me encierro en mi caparazón” o “tengo un muro invisible que no puedo atravesar” nos permiten mostrar nuestro mundo interno y que comiencen a generarse vínculos en el grupo. 

Este proceso de resonancia emocional permite reconocer lo del otro como propio o cercano, desde donde ya sí se puede abordar o explorar un problema. Permite la creación de un entorno privilegiado donde poder mostrarse uno mismo sin máscaras y verse a través de los ojos del otro

Cada participante del grupo se convierte en espejo, sostén y acelerador del cambio del compañero. 

Comienzan, poco a poco, a aparecer muchos beneficios de la creación y consolidación del vínculo:  

“Y cuando estés cerca yo tomaré tus ojos y los pondré en el lugar de los míos, y tú tomarás mis ojos y los pondrás en el lugar de los tuyos. Y entonces yo te miraré a ti con tus ojos y tú a mí con los míos” (Moreno, 1961)

“El acto de revelarse completamente a otro y aún ser aceptado puede ser el principal vehículo de ayuda terapéutica.” (Yalom, 2005).

El vínculo generado hace que ese espacio seguro sea como un laboratorio en el que poder experimentar y jugar con nuestras heridas, cambiar nuestra perspectiva a través de la empatía con el otro, y aprender a ser más compasivos con nosotros mismos.

En ocasiones, la terapia grupal permite abrir puertas que no están disponibles en la terapia individual. El sentido de pertenencia que se genera ayuda a superar los sentimientos de soledad, aislamiento, desconexión o incomprensión. Sentirse acompañado y aceptado, saber que a otros también les pasa lo mismo, tiene un enorme poder sanador y reparador.  

La terapia grupal no es solo una técnica: nos traslada a lo esencial, a vernos y a ver al otro, porque el dolor compartido es menor y puede convertirse en medicina. 

¡Abramos esa puerta y sanemos juntos!

Referencias

May, R. (1983). The discovery of being: Writings in existential psychology. W. W. Norton & Company.

Moreno, J. L. (1961). Psicodrama. Buenos Aires: Hormé.

Yalom, I. D. (2018). El don de la terapia: Carta abierta a una nueva generación de terapeutas y a sus pacientes (J. Salvetti, Trad.). Ediciones Destino.

Yalom, I. D., & Leszcz, M. (2005). The theory and practice of group psychotherapy (5th ed.). Basic Books

Cuando alguien cercano actúa desde el miedo, no cuestiona tu autoestima, sino que proyecta su propio sufrimiento. Como destaca Ana Millán: “son sus propios miedos. No es que estén dudando de tu autoestima, sino que ellos sufren por ti, pero no tiene nada que ver contigo.”

La intervención de Zuriñe Alacreu aporta una clave poderosa: “hay que saber elegir muy bien a tus amigos, a tu red de apoyo, porque en el fondo es un reflejo bastante nutritivo de lo que tú quieres hacer.” Esta red, si bien conforta, también desafía: te invita a salir de tu zona de confort, a enfrentar tus inseguridades y reconocer tu valor.

Zuriñe comenta cómo en el proceso, cuando no estás en tu eje y te encuentras fuera de esa zona de confort, te das cuenta de que al final hay un recorrido y eso es un desarrollo personal. Lo importante no es evitar el miedo, sino atravesarlo con autenticidad.

Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), se entiende que la autoestima no depende solo de logros externos, sino también de una autoaceptación sólida y consciente. La auténtica fuerza interna se construye cuando reconoces tus emociones, tus limitaciones, y actúas guiado por tus valores más profundos, incluso en momentos de vulnerabilidad.

Por eso, cultivar una red de apoyo nutritiva y genuina no es simplemente rodearte de gente positiva, sino de personas que te desafían a crecer, que reflejan tu potencial y respetan tu camino. Esa red no te define, pero puede ser espejo y altavoz de tu valor personal.

Al final, la pregunta no es si los demás confían en ti, sino si tú te mantienes fiel a ti mismo, incluso cuando el camino duele. El crecimiento nace del reto y del reconocimiento interno de tu valía.

Este enfoque te permite construir una autoestima auténtica y sostenible, consciente de tus miedos pero resiliente frente a ellos, con el apoyo adecuado y la firme seguridad de que tu valor no depende del miedo del otro, sino del amor verdadero hacia ti mismo.

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Si queremos avanzar en una concepción integral de la salud mental no podemos relegar, como nos recuerda Graciela García en el siguiente artículo, lo que sucede a nuestro alrededor: el contexto social y económico en el que se desarrollan nuestras vidas. Estamos seguros que os va a interesar.

Cuando hablamos de problemas de salud mental, solemos imaginar un constructo individual, una especie de desequilibrio, al igual que ocurre con las enfermedades llamadas “físicas” o puramente orgánicas (si es que eso existe). Habitualmente pensamos en emociones que “fallan”, en una mente que se "rompe" o en una persona que "no puede con todo". Sin embargo, cada vez resulta más evidente que la salud mental no depende solo de lo que ocurre dentro de nosotras, sino también de lo que pasa fuera: en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestros barrios y en la sociedad en general.

Tal y como recuerda Liria (2020), la salud mental no puede separase del contexto social y económico en el que nos movemos. De otra manera, no se explica que los trastornos de ansiedad o depresión tengan una mayor incidencia en personas que viven situaciones de precariedad, discriminación o soledad. En este sentido, es lógico preguntarse cómo va a sentirse una persona tranquila si cada día vive con la incertidumbre de si podrá pagar el alquiler o cómo puede "trabajar su autoestima" alguien que convive con mensajes constantes de rechazo por su identidad, cuerpo o condición.

Marta Carmona (2022) también incide en esta mirada: no se trata de recetar pastillas o repetir frases motivacionales si detrás hay una vida marcada por la falta de recursos, la sobrecarga o la violencia. El malestar psíquico no surge de la nada: se enraíza en historias de vida, pero también en estructuras sociales que muchas veces no sostienen, sino que empujan a la vulnerabilidad. Laura Martín López-Andrade (2023) señala, además, que la psiquiatría (y en general la atención en salud mental) puede convertirse en una profesión potencialmente peligrosa si se olvida la dimensión social y se convierte en un ejercicio puramente normativo. Desde esta perspectiva, patologizar el sufrimiento puede terminar reforzando la idea de que el problema siempre es de la persona y no del contexto que la rodea.

Estas reflexiones no son una novedad. La OMS (2014) ya señaló que los determinantes sociales, como el acceso a la vivienda, el trabajo digno o la red de apoyo social, son factores clave para la salud mental. Ahora bien, no se trata de negar la importancia de la biología o de la historia personal, sino de entender que el contexto en el que vivimos moldea la forma en que pensamos, sentimos y actuamos. Aceptar que estos elementos de los que hablamos son condiciones básicas para que podamos pensar en bienestar y reconocer que la salud mental es un problema colectivo, no significa negar nuestra responsabilidad personal ni la capacidad de agencia del individuo. Lo contrario sería dejarnos en un lugar de pasividad y victimismo.

La psicoterapia y el trabajo personal nos permite comprender cómo nos afecta el contexto, identificar patrones de pensamiento disfuncionales ayudándonos a encontrar nuevas formas de relacionarnos con una misma y con los demás. No se trata, por tanto, de elegir entre ir a terapia, tomarnos el Lorazepam para tratar el síntoma o abordar únicamente nuestras problemáticas sociales esperando a que el Estado nos saque del hoyo. Se trata de asumir que ambas dimensiones se retroalimentan. Por tanto, mientras avanzamos hacia un mundo más justo, también necesitamos en ocasiones que alguien nos ayude en sostener el malestar y sufrimiento subjetivo.

Con esto, me parece importante destacar que los mensajes en torno a la salud mental, nunca deben ir dirigidos resignarse a un contexto injusto en que aprender a sonreír a las desgracias para cumplir con los objetivos del capitalismo, sino aprender a movernos dentro del sistema de la mejor manera posible. A veces, ese trabajo individual es el punto de partida para después implicarnos de manera más activa en transformar nuestro entorno.

En definitiva, muchos problemas graves de salud mental no se resuelven ni dentro de una consulta ni a través de políticas públicas. A nivel colectivo, implica repensar la forma en que construimos nuestras relaciones y las condiciones de vida, reflexionar sobre nuestras prioridades como sociedad. A nivel personal, significa permitirnos sentir, darnos permiso para parar, buscar ayuda cuando la necesitamos y construir nuestras propias redes de cuidado.

Quizás el gran reto sea encontrar un equilibrio entre la influencia del contexto y seguir sintiéndonos protagonistas de nuestras vidas. No todo depende de nosotras, pero tampoco todo es culpa del mundo. En ese espacio entre ambos es donde podemos desarrollar, con ayuda de los/las profesionales de la salud mental, un lugar de crecimiento personal que a su vez influya en ambas direcciones de manera exponencial.

Referencias

Liria, L. (2020). Repensar la locura: de lo individual a lo colectivo.

Carmona, M. (2022). La salud mental no se cura con pastillas si tu vida está en ruinas.

Carmona, M. (2023). Reflexiones sobre intervención social y psicoterapia.

Martín López-Andrade, L. (2023, 9 de octubre). La psiquiatría es una profesión potencialmente muy peligrosa. El Salto Diario. https://www.elsaltodiario.com/salud-mental/laura-martin-lopez-andrade-psiquiatria-es-una-profesion-potencialmente-muy-peligrosa

OMS. (2014). Social determinants of mental health.

El mito: “Tú eres tu proyecto más importante… y quien no quiera sumarse a tu barco, pues que no esté contigo” plantea una idea potente pero sin rumbo. Rafael San Román lo dejó claro en el último capítulo de nuestro podcast, Entre Divanes; Tal y como explicó: “Es una frase que no significa nada. No señala ninguna dirección concreta.” A su vez, Belén insistió en la necesidad de definir: “¿Cuál es ese proyecto? ¿Cuál es la definición del proyecto? ¿Qué es para ti ese proyecto más importante?”, señalando que para cada persona puede ser algo distinto.

La conversación evoluciona hacia una reflexión terapéutica valiosa: desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), se introduce la importancia de la flexibilidad cognitiva y una autoestima desvinculada de la aprobación ajena. Ana Millán destaca cómo ACT propone que la autoestima no dependa exclusivamente de logros o validación, sino de respetarnos tal cual somos: “tiene que ver más con respetarte tal y como tú te veas en este momento, a veces te sentirás mejor y otras veces peor, pero se trata de buscar la no dependencia de la autoestima.”

En ACT, el concepto de “proyecto” deja de ser una narrativa rígida: se trata más bien de alinearse con los valores personales y vivir con coherencia, sin exigir que los demás se ajusten a nuestro modelo. La flexibilidad cognitiva permite aceptar los cambios del ritmo vital, las dudas y los altibajos sin perder el centro.

Este enfoque invita a ejercer una auto aproximación compasiva: aceptamos que a veces nos sentimos bien, otras no, y eso forma parte de nuestra experiencia. No se trata de ignorar el propio crecimiento, sino de sostenernos emocionalmente incluso cuando no cumplimos ideales externos.

Por tanto, más que embarcarse en un proyecto grandilocuente, desde Psicólogos Princesa se propone cultivar un proyecto interno basado en tus valores esenciales: respetarte, permanecer auténtico, y actuar con sentido, incluso con incertidumbre.

En última instancia, la verdadera pregunta no es quién se sube a tu barco, sino si tú te mantienes a bordo contigo mismo. Se trata de desmitificar esa frase vacía y convertirla en una oportunidad para conectar con lo que de verdad importa, sin depender del respaldo externo. Este enfoque potencia una autoestima auténtica y una vida coherente con lo que realmente valoras.

Puedes ver el capítulo completo del podcast en YouTube o Spotify

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