En la era digital, las relaciones humanas han adoptado nuevas formas… y también nuevos modos de terminar. Uno de los más dañinos, tanto a nivel emocional como psicológico, es el ghosting: desaparecer sin dar ninguna explicación, cortar la comunicación de forma repentina y dejar a la otra persona sumida en la incertidumbre.
En el último episodio de Entre Divanes, Ana hace un llamado claro y directo: "Por favor, no hagáis ghosting". Y es que, aunque este término ha ganado popularidad dentro de redes sociales, su impacto en la salud mental es profundo. El ghosting no es simplemente "dejar de hablar", sino interrumpir abruptamente un vínculo que, aunque quizás breve, tenía una carga emocional para al menos una de las partes.
Uno de los mayores problemas del ghosting es que impide elaborar el duelo. Al no haber una conversación de cierre ni una mínima explicación, la persona que lo sufre se queda sin referencias, sin saber qué pasó, sin poder entender ni resignificar lo vivido. Esto puede generar confusión, inseguridad y, en muchos casos, culpa. Además, como señala la terapeuta, este tipo de ruptura deja una puerta abierta que impide cerrar del todo ese capítulo y avanzar hacia nuevas relaciones. El “fantasma” de lo que no se dijo sigue rondando.
Es cierto que en muchos casos el ghosting está relacionado con patrones evitativos o bloqueos emocionales. Desaparecer parece, para quien lo hace, la opción más cómoda: se evita el conflicto, la incomodidad, la posible culpa. Pero lo cierto es que esa evitación acaba causando mucho más daño del que se intenta evitar. En el fondo, el ghosting es una forma de irresponsabilidad afectiva: se interrumpe el vínculo sin hacerse cargo del impacto emocional que ello supone para el otro.
Ana lo resume con sencillez pero contundencia: “Ahora hay WhatsApp. No cuesta nada un mensaje, una explicación mínima.” Y tiene razón. No se trata de redactar un ensayo emocional, sino de ofrecer un cierre, una frase que permita al otro entender que esa historia ha terminado. Algo tan simple como eso puede marcar una gran diferencia en el proceso de duelo.
Desde Psicólogos Princesa, invitamos a reflexionar sobre nuestras formas de vincularnos y desvincularnos. La honestidad y el respeto no sólo son fundamentales al inicio de una relación, sino también al final. En un mundo que muchas veces nos empuja a esquivar el malestar, hacernos cargo de cómo impactamos en los demás es un acto de madurez y empatía.
🛋️ Si te interesa profundizar en este tema, no te pierdas el podcast Entre Divanes, donde abordamos relaciones, emociones, y esas dinámicas que tanto influyen en nuestra salud mental. Puedes ver el capítulo completo del podcast en YouTube o Spotify
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Pese a ser, como apunta Elena Delgado“humano y necesario”, el sufrimiento tiene mala prensa, entre otras razones mencionadas en su artículo porque vivimos en una época caracterizada por la imposición de la felicidad. Estamos seguros que os va a interesar.
Desde pequeños hemos crecido escuchando frases como: “llorar es de cobardes”, “no te pongas así, hay cosas peores”, “eres demasiado grande para tener miedo” o viéndolas en tazas de desayuno: “la vida está hecha para ser feliz”, “un día sin reír es un día perdido”, “nada es imposible”. Esto lo único que dejaba claro era una regla: “lo normal en la vida es estar bien la mayor parte del tiempo, y si no es así, tenemos que hacer todo lo posible para que lo sea”.
Esta regla ha provocado más daño que otra cosa y te explico el por qué: es como si alguien hubiera cogido dos sacos y hubiera metido en cada uno de ellos las emociones que debes sentir porque son positivas y las que no. Esto hace que en el momento en el que sientes algo del saco de lo negativo, quieras rápidamente hacer todo lo posible para quitártelo y poder coger otra vez las emociones aceptadas como buenas.
¿Cómo son estos intentos de quitarnos el malestar que nos provocan las emociones que no nos gustan?
Podría enumerar múltiples ejemplos de ello como fumar, beber, comer, culpar, distraerte con el móvil, darle vueltas a la cabeza para pensar soluciones, etc. Pero también, sin ir más lejos, puedes pensar en qué haces tú en estas situaciones y se te ocurrirán muchos más.
A todos estos intentos los psicólogos los denominamos conductas de evitación, refiriéndonos a todos los comportamientos que emprendemos las personas para evitar entrar en contacto con el malestar que genera la emoción desagradable.
Estas conductas nos distraen, tapan la emoción por así decirlo, haciendo que nos olvidemos de ella y, por consiguiente, alivian nuestro malestar. De lo que no nos damos cuenta es de las consecuencias que tienen a largo plazo estas conductas de evitación.
La primera es que, aunque parezca que la emoción negativa se disipa, después siempre vuelve a salir, incluso con mayor intensidad. Es como si intentas tapar los agujeros de un colador para que no se escape el agua, al principio podrás contener el agua tapando con dos dedos, después con cuatro o con la mano entera, pero tarde o temprano te cansarás o el agua correrá con más fuerza y se desbordará.
Asimismo, al estar siempre pendiente de que no se salga el agua por el colador estamos perdiendo mucho tiempo y recursos en esta lucha que podríamos estar empleando en otras cosas valiosas en nuestra vida. Por ejemplo: una persona que, en lugar de pasar por el duelo de un familiar fallecido, se dedica a salir de fiesta, beber y meterse en peleas, está malgastando su tiempo, su dinero y su energía.
Por último, podemos ver que algunas conductas de evitación pueden interferir gravemente en muchas áreas de nuestra vida e impedirnos llevar la vida que queremos. En el ejemplo anterior, vemos que esa persona que evita puede caer en un problema de alcoholismo o drogadicción, por lo que se podría decir, como dice el refrán popular, que el remedio está siendo peor que la enfermedad.
Y ahora te preguntarás, ¿qué podemos hacer con este malestar si no luchamos contra él?
Pues te diría que la única alternativa es A C E P T A R. Dejar de tapar los agujeros del colador, y aceptar que sí, inevitablemente se caerá el agua, pero habrás liberado tus manos, podrás invertir tu tiempo en cosas más importantes para ti. En definitiva, podrás relajarte.
Pero no, no voy a caer en el mismo error de decir lo fácil y feliz que tiene que ser todo como aquellos lemas de los que hablábamos al principio de este texto. Te diré que es un camino largo, complicado, pero si tienes en mente el por qué lo haces y las cosas valiosas que conseguirás de este modo, será entonces muy enriquecedor. Porque, al fin y al cabo, hubiera sido mejor ajustar expectativas y que nos dijeran, en lugar de todas esas frases Mr. Wonderful: “el sufrimiento es humano, necesario y forma parte de la vida”.
Referencias
Harris, R. (2017). La trampa de la felicidad: deja de sufrir, comienza a vivir. Editorial Planeta.
Luciano, C., & Hayes, S. C. (2001). Trastorno de evitación experiencial. International Journal of Clinical and Health Psychology.
En el proceso terapéutico, hay momentos difíciles pero necesarios. Uno de ellos es cuando el o la terapeuta detecta patrones que generan sufrimiento tanto en el paciente como en su entorno, y tiene la responsabilidad de ponerles nombre. Un ejemplo muy ilustrativo es el de la irresponsabilidad afectiva, un concepto que, aunque cada vez más presente en las conversaciones sobre salud mental, sigue siendo difícil de reconocer… y aún más de aceptar.
En un reciente episodio de Entre Divanes, Ana comparte una experiencia significativa: cuenta cómo, en una sesión, se atrevió a confrontar a un paciente que estaba ejerciendo una actitud claramente irresponsable a nivel afectivo. Lo hizo, por supuesto, desde un lugar respetuoso, cuidando las formas, pero sin edulcorar el mensaje. Le hizo ver no sólo que estaba siendo emocionalmente negligente, sino que además proyectaba la culpa sobre la otra persona implicada.
La reacción del paciente fue intensa: se enfadó, salió dando un portazo y no volvió. Esta experiencia no es infrecuente. La resistencia a mirarnos con honestidad, especialmente cuando eso implica asumir errores o reconocer el daño que podemos causar a otros, puede generar rechazo, enfado y huida. Y sin embargo, como explica la terapeuta en el vídeo, la psicología es, ante todo, un camino hacia la toma de conciencia.
Confrontar no significa atacar. En el espacio terapéutico, confrontar es ofrecer un espejo, una oportunidad para ver algo que hasta entonces estaba en la sombra. Y cuando se hace desde el respeto, con cuidado y sin juicio, puede ser profundamente transformador. Pero también es verdad que no todo el mundo está preparado para sostener esa mirada en determinados momentos de su vida.
Lo interesante del caso que se comparte es que pone en evidencia un fenómeno social más amplio. Vivimos en una cultura que tiende a buscar culpables externos, a priorizar el autocuidado sin integrar la responsabilidad afectiva hacia los demás. Muchas personas acuden a terapia con la expectativa de que se les confirme que “la culpa es del otro”, cuando uno de los grandes retos del trabajo psicológico es precisamente ese: aprender a ver en qué medida somos también responsables de lo que ocurre en nuestras relaciones.
Desde Psicólogos Princesa, entendemos que estas situaciones son parte del trabajo terapéutico profundo y valiente. No siempre es fácil, pero es ahí donde muchas veces se abre la puerta al cambio. Nombrar lo que duele, lo que incomoda, incluso lo que molesta, es un acto de honestidad que puede marcar un antes y un después en el proceso de sanación.
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¿Qué es ser feliz? A una de las cuestiones fundamentales de la existencia humana trata de responder Diana Cabrera apelando a dos conceptos fundamentales: el bienestar y la gratitud. Estamos seguros que os va a interesar.
La felicidad una meta de todos
Inicialmente podemos pensar que todos queremos ser felices y buscar esa felicidad en el día a día. Sin embargo, la felicidad requiere ser contextualizada, debemos saber que culturalmente la felicidad tiene diferentes percepciones. Para muchas tradiciones donde prima el individualismo es una meta importante para cada integrante de la comunidad, pero en cuanto a sociedades más pluralistas hay otras metas primordiales, más allá de la felicidad, como lo son el honor o la pertenencia a un grupo.
La definición de felicidad es universal pero la experiencia interna es personal. Sociedades como la nuestra la ven como un objetivo fundamental, lo que acumula presiones para ser alcanzada, conllevando desarrollar emociones adversas en su búsqueda, lo que terminaría siendo contradictorio. Entendemos que no es suficiente con hacer parte de un grupo o llevar a cabo actividades en solitario: es necesario disfrutar la vida y esto hace que de alguna manera haya una retroalimentación positiva que funciona como un refuerzo. Cuando la felicidad es experimentada, esto se disfruta e intentamos hacer cosas para que se mantenga y además se prolongue; por lo tanto, prevalece un mayor grado de satisfacción dentro de la experiencia subjetiva con alcances incalculables.
¿El bienestar y la felicidad están relacionados?
Podemos decir que muchas veces son términos que usamos indistintamente. Pero los autores han considerado la importancia de diferenciarlos y encontrar entre ellos puntos en común. Cuando no hay claridad entre un término y otro al encontrarlos o experimentarlos podemos llegar incluso a rechazarlos. En general, decimos que la felicidad es el grado en que los individuos evalúan de forma positiva su vida. Es profunda, parte de nuestra naturaleza, que intenta resplandecer en cada circunstancia o vivencia.
El bienestar, a su vez, está influido por factores externos que contribuyen en la persona con emociones y relaciones positivas, compromiso, sentido, significado y logros. El bienestar está relacionado con las fortalezas internas, que a pesar de las situaciones adversas permiten a los individuos tener confianza, libertad, serenidad y fuerza. Estas dos concepciones están vinculadas y aportan de forma trascendente en la calidad de vida y realización de las personas. El estado de felicidad-bienestar no es transitorio e impregna todos los estados emocionales.
¿Disfrutamos el camino a la felicidad?
En el mundo de hoy notamos que las tareas que emprendemos se vuelven las metas que nos imponemos y a esto ligamos la posibilidad de encontrar la felicidad. Cada vez tendremos más metas y su consecución será el sinónimo de éxito o reconocimiento y al final encontraremos por ende la felicidad. Es decir, esta se puede volver inalcanzable si cada vez tenemos más labores que resolver. No disfrutamos el camino para alcanzarlo porque nos enfocamos en el fin último. Cuando nos damos cuenta cual es nuestra percepción sobre la plenitud personal y colectiva, tenemos metas irreales, perdemos el control, confundimos la felicidad con la perfección y la acumulación de logros en nuestra vida.
Esto nos lleva por lo tanto a niveles elevados de frustración e infelicidad. Mejor entonces buscar no llevar la felicidad al último término y que esta sea más tangible en el día a día, sin abandonar nuestros propósitos personales o sueños, simplemente haciendo un balance con la realidad, lo que podemos controlar, y en el camino del optimismo resaltar los aspectos positivos de las experiencias diarias. Nuestra mente haría una apertura a un mejor y satisfactorio funcionamiento, con mayores probabilidades de éxito.
¿Estamos usando nuestro tiempo para ser felices?
El tiempo lo utilizamos de acuerdo con nuestras prioridades, el cual esta influenciado por lo que espera la sociedad de nosotros. Así demostramos cuanto avanzamos o progresamos. Con la manera como usamos el tiempo, revelamos la forma como vivimos, que tanto invertimos en nuestro bienestar físico, social y mental. Una parte del tiempo lo empleamos para cumplir responsabilidades, este es un tiempo casi que invariable, pero lo que dedicamos a actividades de ocio o tiempo libre para disfrutar es más escaso, inestable y de baja permanencia. Tener menos tiempo de éste es proporcional a la baja percepción de satisfacción y felicidad.
Por ende, un factor relacionado con la felicidad es la percepción del tiempo, su disposición y control. Muchas de los cuestionamientos que nos hacemos como individuos es sobre nuestro propósito, hacia donde nos dirigimos, como sentir alivio, tranquilidad, como podemos manejar mejor nuestro tiempo y así conducirnos a ser felices. Es necesario promover la cultura del autoconocimiento, para tener una verdadera conciencia del valor del tiempo y de la oportunidad subyacente a este, para garantizar su uso en plenitud y con mayores grados de satisfacción.
La gratitud un complemento ideal en la búsqueda de felicidad
La gratitud es una de las emociones más poderosas y agradables que el ser humano pueda experimentar, ya que nos vuelve conscientes y nos permite disfrutar de nuestro contexto. Ser agradecidos es darnos cuenta de que recibimos un beneficio que es agradable en nuestra vida. La gratitud más allá de circunscribirse a una emoción, podemos verla como una forma de vida. Una filosofía desde la cual se pueden estructurar la esperanza, el bienestar, la calidad de vida, la satisfacción, etc. En definitiva, es una de las herramientas clave hacia la felicidad.
La gratitud es posible cultivarla y vivir la experiencia de la gratificación como un continuum. Nos enseña a identificar los aspectos positivos derivados de nuestras vivencias, que al final de cuenta nos conecta con la felicidad y demás emociones positivas. Hemos comprendido que la relación entre gratitud y felicidad es bidireccional, pues la felicidad también provoca gratitud. En cada situación que vivimos de características favorables o desfavorables la gratitud puede estar presente, su práctica aumenta la percepción de felicidad y tranquilidad y disminuye la presencia de alteraciones psicológicas como depresión o ansiedad. Cuando experimentamos las funciones de la gratitud, somos agentes de cambio y esto estimula en los otros las acciones benefactoras, llevando a una satisfacción mutua.
Cuando nos conectamos con nuestra realidad y cada una de las vivencias en el marco de la gratitud, logramos explorar nuestras metas y objetivos, detenernos a analizarlos y plantear acciones de solución acorde con lo que queremos. Atenderemos a lo verdaderamente importante, lo simple. Estar en modo de agradecimiento nos genera vitalidad, agrado y decisiones saludables que busquen una vida llena de bienestar, plenitud y sobre todo felicidad.
Referencias
Layous, K. & Lyubomirsky, S. (2013). The how, why, what, when and who of happiness: mechanisms underlying the success of positive activity interventions. Positive Emotion (pp. 473-495). DOI:10.1093/acprof:oso/9780199926725.003.0025
García-Alandete, J. (2014). Psicología positiva, bienestar y calidad de vida. En-claves del pensamiento, 8(16), 13-29. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-879X2014000200013&lng=es&tlng=es.
Seligman, M. (2011). La vida que florece. Barceló ediciones.
Kabat-Zinn et al. (2019). El poder sanador del mindfulness: una nueva manera de ser. Kairós. Barcelona.
Domínguez-Bolaños, R. E., & Cruz, E. I. (2017). La psicología positiva: Un nuevo enfoque para el estudio de la felicidad. Razón y Palabra, 21(1_96), 660–679. https://www.revistarazonypalabra.org/index.php/ryp/article/view/865
Achor, S. (2011). The Happiness Dividend. Harvard Business Review, 1–4. https://hbr.org/2011/06/the-happiness-dividend
Emmons, R.A. (2007). ¡Gracias! De cómo la gratitud puede hacerte feliz. España: Ediciones B.
Steindl-Rast, D. (2013). Want to be happy? Be Grateful. Ted Talks.
Hablar de vínculos afectivos implica hablar, tarde o temprano, de los estilos de apego. En el primer episodio de la segunda temporada de Entre Divanes, se aborda uno de los estilos que más confusión genera tanto dentro como fuera de consulta: el apego evitativo.
“El apego evitativo en realidad no deja de ser uno de los tipos de apegos que define la teoría del apego... que tú vas generando en tu desarrollo desde la infancia y que suele ser estable en la adultez”, explica Irene, alumna del Máster General Sanitario. Esta afirmación recoge un aspecto central de la teoría formulada por John Bowlby: los vínculos tempranos con nuestras figuras cuidadoras no solo influyen en nuestra infancia, sino que tiñen la forma en la que nos relacionamos durante toda la vida.
Las personas con un estilo de apego evitativo suelen haber aprendido, desde muy pequeñas, que mostrar necesidades emocionales o buscar consuelo puede no ser seguro o bien recibido. Como consecuencia, han desarrollado mecanismos de defensa centrados en la autosuficiencia, el control emocional y la distancia afectiva. “Básicamente podrían ser personas que necesitan mantener una distancia emocional… desde fuera se puede ver como que son muy independientes y autónomas porque sí que es cierto que valoran mucho esta independencia”.
Esta aparente autonomía no siempre es comprendida. Desde fuera, quien tiene un apego evitativo puede parecer frío, distante o “desconectado”. Pero lo que hay detrás no es falta de afecto, sino miedo: miedo al exceso de intimidad, al dolor de la pérdida o a verse vulnerables frente al otro. “Obviamente son personas que pueden tener pareja”, cuenta Irene, “pero cuando de repente la pareja empieza a ser como demasiado cercana… o bien se asustan o algo sucede que les hace alejarse”.
No es extraño que en terapia aparezcan frases como “no sé por qué siempre me alejo cuando las cosas van bien” o “cuando siento que me quieren demasiado, me bloqueo”. Y es que para quienes han desarrollado este estilo de apego, el amor puede vivirse con ambivalencia: se desea la conexión, pero también se teme. El desafío está en permitir la cercanía sin que eso active mecanismos de huida emocional.
Desde el enfoque terapéutico, el trabajo con personas con apego evitativo no consiste en forzar la emocionalidad, sino en crear un espacio seguro donde puedan comenzar a explorar, sin juicio, su mundo interno. Poco a poco, se trata de ayudarles a identificar sus patrones, comprender su origen y, sobre todo, permitirse experimentar nuevas formas de vincularse, más abiertas y menos defensivas.
Es importante subrayar que tener un estilo de apego evitativo no es “estar roto” ni tener un trastorno. Es, simplemente, una forma de relacionarse que responde a experiencias anteriores. Y como toda forma aprendida, también puede flexibilizarse con tiempo, apoyo profesional y conciencia emocional.
Comprender el apego evitativo es comprender que la independencia no siempre significa bienestar. Que a veces la distancia es una forma de protección. Y que detrás de cada persona que se aleja, puede haber una historia de amor contenida, esperando el momento y el espacio seguro para salir.
En Psicólogos Princesa, ofrecemos terapia presencial y terapia online para ayudarte a mejorar tus relaciones. Contáctanos y comienza tu camino hacia el bienestar emocional.
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El hecho de que históricamente nuestras relaciones sexuales se hayan centrado en el coito, por más que sean, en palabras de Álvaro López,“(…) mucho más que una penetración”, obedece a diversas causas sobre las que conviene llevar a cabo una reflexión. Estamos seguros que os va a interesar.
¿Cuál es el verdadero objetivo de mantener una relación sexual? El zoólogo Desmond Morris ya respondía a esta pregunta en 1970 en su libro El zoo humano. En el identifica hasta 10 funciones de las relaciones sexuales: por placer, por cariño, para tener un bebé… lo más importante es que la función se la damos nosotros mismos, que las relaciones deben ser consensuadas y que una relación sexual es mucho más que la penetración. En la actualidad gracias, en gran parte, a los movimientos sociales han surgido nuevos términos para dar nombre e importancia a problemas muy concretos, especialmente en el área sexual, como es el caso del coitocentrismo.
El coitocentrismo es la tendencia o interpretación errónea de la penetración como eje central de las relaciones sexuales y eróticas. Y además es una tendencia mucho más común de lo que se cree. Un ejemplo de esto es la expresión “perder la virginidad”, que frecuentemente es usada para referirse a la primera penetración. Ahora nos queda preguntarnos ¿Por qué una relación sexual se reduce a una penetración? ¿Sin penetración no hay sexo? ¿Qué diferencia hay entre una relación coital y los preliminares? ¿Son menos satisfactorios? La respuesta a estas preguntas se encuentra en las primeras líneas: puede que las relaciones sexuales se confundan con las relaciones coitales porque la función tradicional del sexo es la reproducción y, por ello, el resto de funciones se olvidan. Por el contrario, los sexólogos definen las relaciones sexuales como el contacto físico entre, fundamentalmente, dos personas donde se aunan objetivos reproductivos y dar y recibir placer. Las relaciones coitales son parte de las relaciones sexuales, así como pueden ser los besos, caricias o masturbaciones entendidos normalmente como los “preliminares del sexo” pero siendo en muchas ocasiones mucho más placenteros que una relación coital.
El coitocentrismo está presente en muchos ámbitos. Podemos verlo en el cine, cuando una pareja se besa e inmediatamente después, sin ningún tipo de estimulación añadida, sin preservativo, ni lubricación previa llegan al orgasmo coitalmente. El sexo, para casi todos/as, es un tema tabú en nuestra sociedad y podemos entender el coitocentrismo como una consecuencia de este tabú, de la desinformación cotidiana y del machismo arraigado. Para entender el coitocentrismo es especialmente importante atender a las diferencias entre los hombres y las mujeres. Y es que este es un problema que afecta especialmente a las mujeres heterosexuales, las cuales, según investigaciones, quedan más veces insatisfechas sexualmente.
El tabú del sexo y del placer femenino hace que las mujeres, por lo general, tiendan a unir el sexo con lo emocional, ya que tener sexo por puro placer siendo mujer está condenado socialmente. Pero también afecta a los hombres, tanto en las relaciones heterosexuales como en las relaciones homosexuales. Un ejemplo de esto puede verse en la dificultad de tener una erección tan intensa como para conseguir una penetración, lo cual muchas veces es complicado por factores como la edad, consumo de sustancias, miedos relacionados con el sexo… generando en muchos hombres frustración y ansiedad.
En general, el coitocentrismo perjudica a todo el mundo. Tener una relación sexual exitosa va más allá de la dicotomía pene-vagina/ pene-ano. En el resto del cuerpo se encuentran muchísimas zonas erógenas que explorar y estimular, el sentido del gusto, del olfato, la vista, el oído y por supuesto el tacto. Además, no se puede quedar atrás la fantasía y el deseo: estimular el cerebro, ese órgano encargado de la excitación. Un punto importante es que a pesar de que el orgasmo pueda ser el fin o el culmen de la relación sexual, el hecho de no conseguirlo no implica que se haya fracasado o que no haya sido una relación sexual satisfactoria.
Para conseguir tener relaciones sexuales de calidad es importante la obtención de información, así como tener muy buena comunicación, sentirse excitado/a y excitar a la/s otra/s persona/s. A modo de conclusión, se debe aprender la diferencia entre practicar sexo y practicar el coito, ya que para disfrutar más es recomendable probar nuevas experiencias, desde algo más habitual como los masajes, las caricias y sexo oral hasta prácticas menos convencionales como aceites, lubricantes, velas aromáticas o juguetes sexuales. Y por último evitar expectativas y falsos mitos sobre el sexo, se le debe dar la importancia justa, ni enaltecerlo ni estigmatizarlo.
En resumen, el coitocentrismo es una tendencia arcaica, perpetrada por el sistema patriarcal y la falta de educación sexual, esa gran asignatura pendiente de las escuelas. Si desde la infancia el sexo no fuera un tabú, se hablara con información veraz tanto en el colegio como en casa y los niños/as no se educaran a través del porno se podría disfrutar más de la sexualidad y existirían menos falsos mitos en torno al sexo. En lugar de prohibirlo debería enseñarse a practicarlo de forma segura ya que, al final, es algo que todo el mundo hace.
Referencias
Desmond, M. (1970). El zoo humano. Plaza & Janes Editores.
Sanchis, R. (2010). Tejiendo hilos de placer. Aula de Innovación Educativa, (191), 33-37.
En consulta, muchas personas llegan con síntomas que, en apariencia, encajan en diagnósticos claros: ansiedad, tristeza persistente, apatía, insomnio, sensación de vacío. Sin embargo, tal y como se expone en el nuevo episodio del podcast Entre Divanes, cuando se profundiza un poco más allá de esos síntomas, suele aparecer un patrón constante: una historia relacional que duele.
Carlos, alumno del Máster General Sanitario, lo explica así: “Es cierto que muchas veces te vienen porque tienen síntomas depresivos o porque tienen síntomas ansiosos, pero cuando escarbas un poco te das cuenta de que ha habido antecedentes previos en los cuales esa persona ha tenido problemas con las relaciones de pareja pasadas”. Esta observación, compartida desde la experiencia clínica en formación, revela algo que los profesionales saben bien: las emociones, los pensamientos y la salud mental rara vez están aislados de nuestra manera de vincularnos con los demás.
El malestar emocional muchas veces no nace de la nada ni aparece desconectado del contexto vital de la persona. Al contrario, suele estar profundamente entrelazado con vivencias relacionales que han dejado huella. Relaciones pasadas que no cerraron bien, vínculos actuales que generan sufrimiento, dinámicas repetitivas que se instalan sin darnos cuenta. Como señala Carlos: “En todos [los casos] hay una dinámica relacional”. Y esa afirmación invita a reflexionar sobre cómo las relaciones moldean nuestra forma de estar en el mundo.
Desde la psicología clínica no se trata solo de poner una etiqueta diagnóstica, aunque esta pueda ser útil en muchos casos, sino de comprender cómo ese diagnóstico se enmarca en una historia personal. Por eso, cuando un paciente llega y habla de ansiedad, el trabajo no se limita a reducir síntomas. Se trata de preguntarse: ¿Qué relación ha tenido esa persona con el apego, con el abandono, con la seguridad emocional? ¿Qué heridas se activan en sus vínculos actuales? ¿Qué patrones repite sin ser consciente?
El episodio recuerda que detrás de muchos cuadros clínicos hay historias de dolor no verbalizado, conflictos de pareja no resueltos, rupturas que siguen abiertas y formas de amor aprendidas que hoy generan sufrimiento. Esos “antecedentes previos” de los que habla el invitado no son datos sueltos en la historia del paciente: son claves para comprender cómo ha llegado hasta aquí y, sobre todo, hacia dónde puede ir en su proceso terapéutico.
Además, este enfoque relacional permite alejarse de la idea de que hay algo “roto” en el individuo. No se trata de “arreglar” a nadie, sino de comprender los contextos, los vínculos y los aprendizajes emocionales que han influido en su manera de estar en la vida. La terapia, en ese sentido, se convierte en un espacio para revisar esas dinámicas, poner palabras donde antes solo había síntomas y, poco a poco, construir formas de relacionarse más sanas, consigo mismo y con los demás.
Así, lo que en un primer momento parece solo ansiedad o depresión, se revela como parte de algo mucho más complejo: un mapa relacional que merece ser explorado con cuidado, compasión y profundidad.
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El enfoque basado en el conocimiento de los elementos comunes a los trastornos mentales más prevalentes, como detalla Carlos Sáez en el siguiente artículo, está abriendo nuevos caminos en el abordaje terapéutico de sus síntomas definitorios. Estamos seguros que os va a interesar.
Históricamente, la corriente que ha dominado la psiquiatría ha sido la que entiende los trastornos mentales y del comportamiento como realidades naturales (que son objetivas y por ello ajenas a las opiniones del observador clínico). Para su clasificación, se han construido sistemas de categorías semejantes a las de las enfermedades físicas. Estas categorías se basan en principios del todo o nada, o se tiene la enfermedad o no se tiene, a modo de criterios de diagnóstico que son sintomáticos (se deben reunir un número de síntomas requeridos para realizar el diagnóstico), de duración, de gravedad clínica y de interferencia en la calidad de vida y el funcionamiento del individuo. El sistema más reconocido internacionalmente ha sido el desarrollado por la Asociación Americana de Psiquiatría en su Manual Diagnóstico y Estadístico o DSM (Diagnostic and Statistical Manual por sus siglas en inglés) que ya ha alcanzado su quinta y más reciente edición en 2013.
Paralelamente a este enfoque categorial, la Psicología Clínica ha realizado esfuerzos por clasificar las alteraciones mentales mediante criterios dimensionales en lugar de criterios categoriales. El enfoque dimensional entiende que los desórdenes mentales no son manifestaciones del todo o nada sino que son continuos, es decir, que todos los individuos de la población comparten los mismos procesos psicológicos, sea población clínica o no clínica, y que los trastornos son exacerbaciones en intensidad, frecuencia y duración de estos procesos. Por esta razón, tanto los individuos sanos como los afectados de alguna psicopatología se ubicarían en diferentes puntos de un continuo en cada dimensión. Estas dimensiones serían independientes entre ellas.
Ambos enfoques, el categorial y el dimensional, han recibido diferentes críticas. El enfoque categorial ha sido criticado por la validez de sus categorías (¿realmente existen de forma natural o son construcciones arbitrarias?), por la necesidad de que las categorías diagnósticas sean mutuamente excluyentes (el tener un trastorno A implica no tener el trastorno B), por su utilidad clínica y por el concepto de comorbilidad: la comorbilidad hace referencia a la presencia en el mismo individuo de un diagnóstico principal y de diagnósticos secundarios y es la norma en las enfermedades físicas. Por ejemplo: tener un diagnóstico de diabetes lleva asociada la posibilidad de presentar hipertensión arterial, cardiopatías o cáncer. En los trastornos mentales, son frecuentes la presencia de comorbilidades y las más frecuentes de ellas se producen entre trastornos de ansiedad y trastornos depresivos. Se estima que aproximadamente un 40-50% de los pacientes con trastornos de ansiedad presentan síntomas depresivos clínicamente significativos y que en torno a un 60% de los pacientes con trastornos depresivos presentan síntomas de ansiedad. Esto ha llevado a pensar que, lejos de tratarse de grupos de trastornos diferenciados, pertenecen a un único grupo que se han denominado trastornos emocionales (TE) y que comparten mecanismos explicativos causales y de mantenimiento semejantes.
Por su parte, la corriente dimensional ha sido criticado por la complejidad de su clasificación, por su poca utilidad en la investigación y porque algunas categorías de trastornos mentales sí parecen tener un origen natural. Por esto, en las recientes décadas ha surgido un enfoque integrador, la perspectiva transdiagnóstica. Esta perspectiva fue desarrollada inicialmente en 2003 por Christopher Fairburn, psiquiatra británico, sobre la base de factores comunes en todos los trastornos de la conducta alimentaria o TCAs (anorexia nerviosa, bulimia nerviosa y trastorno por atracón) aunque luego se ha generalizado a otros trastornos como los TE.
El nuevo enfoque entiende que los trastornos que presentan altas comorbilidades entre ellos no son categorías independientes sino expresiones de un mismo grupo de trastornos con mecanismos psicopatológicos subyacentes comunes y que, por tanto, comparten síntomas nucleares comunes. Por ejemplo, en todos los TCAs, independientemente del tipo que sea, existiría perfeccionismo clínico, baja autoestima, baja tolerancia de afectos y dificultades en las relaciones sociales. Así, diseñando protocolos de intervención unificados que trataran estas dimensiones subyacentes se conseguiría la remisión clínica de síntomas de cualquier tipo de trastorno del grupo de los TCAs.
Del mismo modo, en 2018 David Barlow, desde la Universidad de Boston, ha diseñado un protocolo unificado (PU) para el tratamiento transdiagnóstico de los TE. Este autor ha identificado un factor de vulnerabilidad general que implica mayor riesgo de padecer un TE, el neuroticismo, o predisposición a padecer muchas emociones negativas, siendo estas más intensas e incontrolables y, además, a ser altamente intolerante a estas emociones. Junto con este factor, se han añadido otros mecanismos psicopatológicos transdiagnósticos de todos los TE: la sensibilidad a la ansiedad que se define como la expectativa de la persona de que los síntomas físicos de la ansiedad provocarán consecuencias negativas; la evitación de experiencias, es decir, la evitación a exponerse a experiencias internas negativas (pensamientos, recuerdos y emociones) y las deficiencias en conciencia plena, término que se refiere a la atención volcada hacia el presente con aceptación de los contenidos mentales (que no resignación), sin juzgarlos, con independencia de lo intensos o negativos que sean esos contenidos.
Los protocolos de terapias transdiagnósticas han sido validados en estudios de investigación y se ha encontrado evidencia de su eficacia y efectividad. Actualmente, se están realizando esfuerzos por desarrollar nuevas intervenciones unificadas para otros grupos de trastornos además de los TCAs y los TE. El tiempo dirá si se consiguen resultados que avalen su utilidad clínica y social.
Referencias
Chorot, P., Valiente, R.M. y Sandín, B. (2020). Clasificación y diagnóstico en psicopatología. En Belloch, A., Sandín, B., y Ramos, F.: Manual de psicopatología (volumen I) Pp.: 69-96. McGraw-Hill.
Osma López, J.J. (coord.) (2019). Aplicaciones del Protocolo Unificado para el tratamiento transdiagnóstico de la disregulación emocional. Madrid: Alianza Editorial
Cuando cada vez más se habla sobre salud mental, los términos psicológicos circulan por redes sociales como si fuesen modas, Entre Divanes, podcast de Psicólogos Princesa, se propone “desmitificar” lo emocional desde una base profesional y científica. “El mundo no necesita más etiquetas, necesita verdad”, así comienza este capítulo, que marca el inicio de su segunda temporada.
Acompañada por Irene Gil y Carlos Sáez, alumnos del máster habilitante en Psicología General Sanitaria, Ana Millán, Codirectora de Psicólogos Princesa, Directora de la Escuela de Psicología y Presidenta de la Asociación propone una conversación centrada en uno de los temas más recurrentes en consulta: las relaciones afectivas problemáticas, comúnmente denominadas “relaciones tóxicas”. Ambos invitados coinciden en su importancia. Carlos destaca: “Es una cosa que se ve todos los días, que afecta a todo el mundo”. Irene, por su parte, subraya: “La prevalencia que tiene tanto a nivel social como clínico es impresionante... tarde o temprano sale en consulta”.
Durante el episodio se introduce un “glosario relacional psicopop”, una herramienta para comprender y distinguir conceptos muy extendidos pero malinterpretados. Entre ellos, la dependencia emocional, que según Carlos “es un patrón estable de relaciones nocivo y perjudicial... con necesidad extrema de satisfacer los deseos del otro, miedo intenso al rechazo y una baja autoestima”. Sin embargo, advierten que no todo malestar en pareja indica dependencia: “Que una persona quiera estar con su pareja, la eche de menos o busque apoyo social... son estrategias normales”, aclara.
También se aborda el apego evitativo, un estilo de vinculación que suele interpretarse como frialdad o desinterés, pero que en realidad es una forma aprendida de protegerse. Irene explica que “les cuesta mostrar sus emociones... suelen mantener distancia emocional aunque desde fuera parezcan autosuficientes”. Y Ana añade: “No es que estén trastornados, simplemente no te pueden dar más... y eso también hay que saber respetarlo”.
El episodio también introduce el concepto de irresponsabilidad afectiva, definido como “entrar en un vínculo sin hacerse cargo del impacto emocional que tus actos o tu silencio generan en el otro”. No se trata de asumir las emociones del otro, sino de reconocer que una relación requiere presencia y responsabilidad compartida. Como resumen, Ana afirma: “No te voy a resolver la emoción, pero te acompaño”.
A lo largo del programa se revisan dinámicas tóxicas muy extendidas, como el gaslighting, “una estrategia de abuso psicológico donde se niega sistemáticamente la percepción de la otra persona”, el love bombing, “un bombardeo de atenciones para generar dependencia emocional rápida” y el ghosting, que “genera una ruptura abrupta y sin explicación, dejando a la persona sin posibilidad de elaborar un duelo”.
Estas conductas, advierten, deben entenderse en su contexto. “No todo lo que incomoda es abuso”, recuerda Carlos. Por eso insisten en considerar la frecuencia, intensidad y duración para evaluar si una conducta es problemática. “Acusar al otro de manipulador emocional por una diferencia puntual es invalidar sus opiniones”, aclaran.
El episodio cierra con una reflexión esperanzadora: aunque las relaciones pueden doler, también pueden sanar. “Cuidarnos es saber decir hasta aquí, porque el amor mal vivido destruye, pero el amor bien vivido construye y repara”.
En Psicólogos Princesa, ofrecemos terapia presencial y terapia online para ayudarte a mejorar tus relaciones. Contáctanos y comienza tu camino hacia el bienestar emocional.
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🦋 Psicólogos Princesa – Humanity Needs Psychology 💙
Si la historia de vida puede conceptualizarse como una narración,
convendremos que tiene sentido plasmarla, como apunta María Gracia Albines
en su artículo, en un folio en blanco para ser protagonistas de nuestro propio
relato. Estamos seguros que os va a interesar.
Si tuvieses que elegir un título que represente el libro de tu vida ¿Cuál sería?
¿Cómo le llamarías a este capítulo de tu historia? ¿Quiénes son los
protagonistas?
Estamos acostumbrados a contarnos historias, algunos se han atrevido a decir
que la humanidad se ha reunido en torno a éstas, y a través de los relatos que
se han contado, ha sido posible aprender. Ciertamente, el relato acompaña la
historia del hombre, puede decirse que hay una historia para explicar el origen
del mundo, otra para el desarrollo de culturas y civilizaciones. También las hay
para cada país, otras para explicar la formación de cada familia, y también hay
una historia de nuestra propia vida. ¡Hay muchas maneras de contar una
misma historia!
La narrativa está estrechamente relacionada al conocimiento, pues nos da la
posibilidad de otorgar significado a la realidad, a la experiencia que vivimos y
transmitimos. Esta narrativa solo es posible a través del lenguaje. Así, palabras
y gestos que tienen significado se van relacionando unas con otras,
estableciendo una matriz narrativa que necesita coherencia y cohesión para
poder ser entendida y comunicada.
Cabe mencionar que dicha narrativa no se construye de manera individual,
toma sentido en su dimensión dialógica. Es por eso que cuando queremos
hablar de la historia personal, incluimos el lenguaje verbal y no verbal de las
figuras significativas que nos enseñaron a comunicarnos y a cómo hacerlo, lo
que ellos vivieron, lo que dijeron de nosotros, también de lo que no se dijo… Y
llegado el momento, podemos ser capaces de dar significado a lo que somos.
Las historias personales se nutren de esta narrativa, intentan explicar y dar
significado a diversas realidades, dar sentido al pasado y solo así, ser capaces
de entender dónde estamos y reflexionar sobre a dónde queremos ir y cómo
queremos hacerlo.
La historia de la vida tiene un pasado, que incluye cosas que no siempre se
recuerdan, pero que forman parte de un relato que nos contaron, se une a otras
historias significativas; también incluye recuerdos de alegrías, tristezas,
dolores, miedos; experiencias que hoy recordamos o que están presentes de
manera inconsciente, y que podemos aceptar como parte de lo que nos ha
permitido llegar al presente.
Algo que no es menos importante es saber que, cuando las experiencias pasan
por la mayor cantidad de nuestros sentidos, de manera consciente, hay mayor
probabilidad de aprender de manera eficaz. Cuando escribimos, nuestro
cerebro involucra los distintos lóbulos de ambos hemisferios y requiere de
procesos complejos como la atención, el lenguaje, la memoria, destrezas
motoras y funciones ejecutivas que pretenden construir un relato que sea
capaz de expresar algo coherente.
¿Entonces qué? Aquí hay un ejercicio que puede ayudarte a dar sentido y
significado a tu historia personal. Cuando intentas explicar acontecimientos
significativos de tu vida a través del relato, tratas de unir experiencias, y con el
ejercicio pragmático del lenguaje, intentas que esta historia tenga sentido.
Además de cohesión, coherencia. Puedes empezar a entender lo que ha
sucedido en tu vida, a explicar el pasado para entender tu presente y
proyectarte a lo que quieras seguir escribiendo: en lo que dependa de ti, en el
futuro de tu vida.
Referencias
Gonçalves, O. (2002). Psicoterapia cognitiva narrativa: Manual de terapia
breve. Bilbao, España: Editorial Desclée de Brouwer.
Manfrida, G. (2019). La narración psicoterapéutica: Invención, persuasión y
técnicas retóricas de la terapia relacional sistémica. Ediciones Morata.
Quintero Aldana, G. C. (2019). Mediaciones y procesos cognitivos implicados
en la escritura académica en educación superior. Sello Editorial
Universidad del Tolima.

