
Las agresiones sexuales son algo que como sociedad repudiamos por múltiples motivos, como por la gravedad que supone atentar contra la liberad sexual de alguien, el miedo que generan en el ámbito social y las consecuencias para la víctima. Si bien las condenas por agresiones sexuales en España representan únicamente el 5% de todas las condenas penales, debemos tener en cuenta que dichas agresiones en muchas ocasiones no se denuncian. Se estima que únicamente el 45% de las mujeres denunciarán los hechos.
Como aproximación a estos sucesos, sabemos que el 35% de las mujeres universitarias se sentirán agredidas durante el curso de sus estudios superiores. Por otro lado, las mujeres universitarias suponen uno de los grupos más vulnerables a las agresiones sexuales en las que se ve involucrada alguna sustancia, ya sea alcohol o algún otro tipo de droga ilegal.
Pero no solo ser mujer de edad universitaria es un factor de cierta vulnerabilidad a la hora de sufrir alguna agresión bajo los efectos de sustancias. En general, el hecho de ser mujer junto a otros factores de riesgo como es la etnia, nivel educativo, orientación sexual o nivel económico influirán directa o indirectamente en el riesgo de padecer una agresión.
Los daños y abusos que se contemplan en las agresiones sexuales podemos desglosarlos en:
Por otro lado, sabemos que no todas las agresiones sexuales son iguales:
Es decir, si bien las agresiones producidas por desconocidos son aquellas que las mujeres temen en muchas ocasiones, suelen ser casos muy graves y afortunadamente de baja prevalencia.
No obstante, las agresiones sexuales no son tan fáciles de identificar, ya que socialmente validamos ciertas conductas o situaciones que nunca deberían serlo. Estas justificaciones de la agresión no son hechas, en la mayoría, de manera consciente y con el fin de dañar a la víctima. Algunas de estas ideas pueden venir por parte de creencias basadas en la doble moral, en las que la valoración y aceptación de la conducta será más o menos positiva en función al género de la persona, como puede ser la agresividad o promiscuidad. Por otro lado, la presencia de creencias que pueden justificar o minimizar la importancia de la agresión está en la base de las siguientes verbalizaciones:
Cuando se trata de las agresiones sexuales producidas por la pareja o expareja, también hablamos de eventos sumamente complejos ya que pueden deberse a varios motivos:
Pero no solo son personas ajenas a la agresión quienes se ven influidas por estas creencias; dicho de otro modo, estas creencias pueden mediar en los derechos que un agresor puede pensar que tiene frente su pareja (como puede ser creer que tiene derecho a que su pareja satisfaga sus necesidades sexuales por el hecho de ser su pareja o depositar toda la responsabilidad de sus comportamientos en un instinto masculino que no puede ser reprimido), al igual que pueden interferir en la interpretación de la víctima a la hora de evaluar la situación y decidir si se siente agredida o no.
Conclusión
Aunque parece simple hacer esa valoración, llegar a esa conclusión tiene serias implicaciones: la primera aceptar que la condición de víctima de una agresión en la que sus derechos sexuales han sido vulnerados, implica posibles trámites legales (con su correspondiente gasto económico, de tiempo y emocional al tener que recordar durante todo el proceso lo sucedido), conlleva un posible estrés y desgaste emocional y por último, conlleva aceptar que alguien que consideraba de su confianza le ha hecho daño.
Si tenemos en mente los factores de vulnerabilidad vinculados con las agresiones sexuales, entenderemos que esos factores pueden darse solos, algunos o todos.
Es decir, si bien formar parte de una etnia minoritaria es un factor de riesgo, esa persona será más vulnerable a dichas situaciones si además no tiene estudios, sufre racismo por parte de la sociedad, tiene muchas creencias que justifican las agresiones sexuales y tiene una enfermedad mental estigmatizada.
Paradójicamente a su vez, estos factores se retroalimentan entre sí, dificultando de este modo que la víctima entienda su condición de agredida y pida ayuda.
Artículo escrito por Marta Ruiz.