
Alude Míriam González en su artículo a los prejuicios existentes acerca de las Constelaciones Familiares, aplicación terapéutica de la Psicología Sistémica con mucho que enseñarnos, si nos acercamos a sus aportaciones con la mirada limpia, acerca de la manera en que nos relacionamos las personas. Estamos seguros que os va a interesar.
En esta carrera, que es joven y tiene algunos rasgos de inseguridad, me he ido encontrando con muchos prejuicios contra varias corrientes. Una de las ramas que sufre estos prejuicios son las Constelaciones Familiares. No es de extrañar puesto que no se puede explicar, al menos de momento, qué ocurre cuando uno se presenta en “el campo”. Alguien dice unas pocas frases de su historia, personas se ponen de pie para “representar a los miembros de su familia” y estos representantes sienten la necesidad de mirar a uno u otro lado, sienten una u otra relación con los demás representantes y de parte del constelador tan solo escuchamos “los representantes sienten lo mismo que los representados”.
De momento sólo lo podemos ver como algo mágico y es tal vez el prejuicio contra esta magia lo que nos impide darnos cuenta de que además esta rama propone una base clara, firme y fundamental sobre las relaciones humanas: Los 3 Órdenes del Amor.
Antes de entrar en cuáles son, hemos de sentar algunas bases. Estamos hablando de un tipo de Psicología Sistémica. Su mirada está puesta en el sistema en el que están las personas para entender cuáles son sus efectos en el individuo. Desde que nacemos estamos sumergidos en un sistema: la familia, y los restantes a los que pertenecemos se van ampliando a lo largo de la vida en círculos concéntricos. empezamos en una familia, que está en una red familiar más extensa, conocemos luego amigos, pareja…
Los Órdenes del Amor, o las condiciones en las cuales el amor puede fluir de manera ordenada dependen del tipo de relación. La relación de padres e hijos sigue un orden y la relación entre iguales otro. Pero aunque se concreticen según la relación, estos tres órdenes son en realidad tres necesidades fundamentales a cumplir para que las relaciones nos satisfagan. La conciencia, que opera a través de los sentimientos de inocencia y culpa es la que vigila que nuestras relaciones sigan estas normas, nos sean favorables o no.
“Así como un árbol no elige el lugar en el que crece, un niño se integra en su grupo de origen sin cuestionarlo”. El niño no se pregunta si las condiciones que le ofrece su familia son razonables o sanas, él ama y se vincula a lo que exista en casa sin cuestionarlo, y ofrecerá su felicidad o el sacrificio que haga falta por el bien del vínculo.
Este vínculo innegable ha de ser respetado. No importa que alguien “no se merezca” el amor, o, en estos términos, seguir perteneciendo al sistema; pertenece y punto. En algunos casos las situaciones que viven algunas personas en su familia son muy complicadas y cuando alguien sufre un abuso, hay una herida que hay que sanar y se han de dar los pasos de seguridad, separación o legales que hagan falta, pero no podemos excluir del corazón a alguien de nuestra familia. Aunque se atraviese un periodo de duelo en el que haya enfado, dolor, frustración, rabia (y nadie se lo puede saltar, hay que atravesarlo), finalmente casi que da igual cómo haya sido la situación, habrá vinculación y no podemos faltarle al respeto diciéndole a la persona “tienes que dejar de querer a tu padre”. Porque sabemos que entonces habrá una pelea en su corazón entre su vinculación y “lo que debería sentir”, que solo va a traer culpa e incomprensión.
Para iniciar una relación uno da y el otro recibe: puede ser escucha, un favor, o una invitación a comer. El segundo se siente en deuda, y ninguno está a gusto hasta que el segundo devuelve al primero y el equilibrio se restablece. Si el segundo devuelve exactamente lo mismo que el primero dio, el equilibrio se alcanza y la relación termina. Normalmente devuelve lo que recibió y un poquito más, de manera que ahora el primero tiene que devolver a su vez y la relación continúa y se expande. Si tomamos del otro, sacrificamos un poquito de libertad, por eso cuando las personas quieren “mantenerse libres” sólo pueden dar y recibir muy poco. Sin embargo, la profundidad de la felicidad en una relación está estrechamente relacionada con la magnitud del intercambio. Y cuanto más grande sea el intercambio también más se fortalece el vínculo.
Hay casos en los que este equilibrio no se respeta. Por ejemplo, queremos dar sin recibir. De esta manera nunca le debemos nada a nadie y todos nos deben a nosotros y sentimos una ilusión de superioridad. Hay que tener cuidado con esta posición porque muy pronto los que solo pueden recibir se cansan de esta posición de “deber algo” y se marchan. “Es de suma importancia para cualquier relación que no se dé más de lo que se esté dispuesto a recibir y que el otro sea capaz de devolver”.
Este equilibrio sólo es posible entre iguales. En la relación de padres e hijos, los hijos jamás podrán devolver a sus padres todo lo que han recibido. Una forma de devolver “un poquito” es a través del agradecimiento. El que agradece reconoce y acepta el regalo recibido. Sin embargo la única solución final que se encuentra a este desequilibrio es pasar un gran regalo a otros.
El primer orden que hay que respetar es el de llegada, los que estaban antes tienen prioridad sobre los que llegan después. Primero son los padres, luego el hermano mayor, luego el pequeño. Este orden afecta también al equilibrio del dar y el recibir. Los mayores dan y los pequeños reciben. El hermano mayor tiene prioridad sobre el pequeño pero el pequeño recibe del mayor. Una alteración común de este orden es cuando alguien no recibió el amor o la atención que quería de sus padres o no recibe el amor o la atención que querría de su pareja y espera conseguirlo de sus hijos. Pero al igual que un río no puede fluir hacia arriba, por mucho que se esfuerce el hijo (que como vemos en el orden de la vinculación será todo lo que pueda) jamás logrará satisfacer la necesidad de amor y atención de sus padres. El amor llena lo que el orden abarca, y donde no hay orden, el amor no alcanza.
Cuando se trata de sistemas, los sistemas nuevos tienen prioridad sobre los antiguos. Cuando alguien se casa, su nuevo sistema ha de tener prioridad sobre el de origen, si no, empieza a haber problemas entre nuerxs y suegrxs. ¿Cuál es el conflicto? Por ejemplo, la mamá quiere seguir mandando sobre los muebles que tendrá su hijo y la pareja nota que su libertad está coartada por su suegra y con ella tiene peleas, sin embargo lo único que puede resolver este conflicto es que el hijo se vuelva hacia su madre y le ponga el límite que acuerde con su pareja.
El contenido de este artículo está basado en los tres primeros capítulos de Felicidad Dual, de Gunthard Weber, es el origen de todas las menciones y recomiendo encarecidamente darle una oportunidad para una lectura en profundidad.