
Las redes sociales marcan, muchas veces de manera invisible, la forma en que nos percibimos a nosotros mismos. Las imágenes idealizadas, los filtros y los estándares de belleza imposibles han colonizado nuestro día a día y, sin darnos cuenta, afectan profundamente a nuestra autoestima y a la relación que mantenemos con nuestro cuerpo.
Tal y como señala Agus: “nuestra mente, influenciada por el ego, influenciada también por esos estándares de belleza irreales que vemos en redes, nos empezará a juzgar, ¿no? Nos empezará a decir cosas como ‘no me gusto’, ‘no valgo para nada’, ‘nadie me va a querer así’”. Estas frases, repetidas en silencio, se convierten en una espiral de autocrítica que alimenta la inseguridad y el malestar emocional.
El problema no radica únicamente en tener un mal día o en no sentirse del todo a gusto con uno mismo. La dificultad aparece cuando estas ideas se vuelven recurrentes y nos llevan a compararnos constantemente con modelos inalcanzables. Como advierte Agus, “vamos a empezar a comparar nuestro cuerpo con los que vemos en redes, olvidando totalmente que la gran mayoría de lo que vemos son productos de distorsiones, de filtros que distorsionan la realidad”. Esa distorsión nos aleja de nuestra autenticidad y nos empuja hacia un sentimiento de rechazo constante.
El resultado es un círculo vicioso: cuanto más nos comparamos, más crece la insatisfacción, lo que nos lleva a pasar el día rumiando pensamientos de rechazo hacia nuestro cuerpo. Este malestar no es solo psicológico, también impacta en nuestra energía, en nuestra forma de relacionarnos y en la manera en la que vivimos nuestro día a día.
Aquí es donde el mindfulness aparece como una alternativa poderosa y transformadora. Frente a la autocrítica compulsiva, esta práctica propone un camino diferente: detenerse, observar y aceptar. Como explica Agus, “desde el mindfulness lo que haríamos sería notar ese malestar, y lejos de ignorarlo o dejarnos arrastrar por ese malestar, lo observaríamos con paciencia, respiraríamos profundamente y nos hablaríamos con amabilidad”.
Ese cambio de perspectiva, aparentemente sencillo, tiene un gran impacto. En lugar de luchar contra las emociones desagradables o dejarnos atrapar por ellas, el mindfulness nos enseña a sostenerlas con presencia y cuidado. Poco a poco, lo que en un principio era rechazo puede transformarse en aceptación.
El recordatorio esencial es que nuestro valor como personas no depende de nuestro aspecto físico. No somos un cuerpo para ser comparado, medido o juzgado, sino seres humanos con una vida mucho más rica que la que cabe en una foto. Tal como resume Agus, “recordamos que nuestro valor como persona no se mide por nuestro aspecto físico y notamos que poco a poco ese malestar inicial, en su lugar está apareciendo otra cosa, está apareciendo un sentimiento de aceptación”.
Este proceso también implica recuperar la mirada crítica hacia los mensajes sociales que recibimos a diario. En palabras de Agus, compartiendo una cita de Saramago: “el mundo se está convirtiendo en una caverna de Platón, todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad, pero está en nuestra mano el poder salir y poder vivir la vida de verdad”.
Salir de esa “caverna” significa reconciliarnos con nuestra propia experiencia, aceptar que no siempre nos gustaremos al mirarnos al espejo y que eso también es humano. Significa aprender a hablarnos con amabilidad, reconocer lo que sentimos y recordar que la autenticidad vale infinitamente más que cualquier filtro.
El mindfulness no elimina de un plumazo la autocrítica ni borra los mensajes que nos rodean. Pero sí nos brinda herramientas para responder de forma distinta: con calma, con respeto y con autocompasión. Ese es, quizás, el primer paso para empezar a vivir de una manera más real y saludable.
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