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Ante la obligación de estar permanentemente ocupados, que hemos interiorizado como uno de los deberías más dañinos para nuestra salud mental, Agustín del Campo apela al superpoder del aburrimiento: en sus propias palabras “una pausa que nos permite reconectar con nuestras ideas, emociones y necesidades más profundas”. Estamos seguros que os va a interesar.

Vivimos en una sociedad donde estar ocupado no solo es la norma, sino también una expectativa social. Cada minuto libre tiende a ser rápidamente rellenado con pantallas, tareas, notificaciones o, en general, distracciones. No podemos permitirnos estar aburridos; esa sensación se percibe como incómoda, inútil, incluso como una falla personal que debe corregirse de inmediato. Los teléfonos inteligentes, con su acceso instantáneo a entretenimiento y redes sociales, se han convertido en el recurso por excelencia para combatir cualquier asomo de vacío. Sin embargo, ¿y si el aburrimiento no fuera un problema, sino una herramienta valiosa?

El aburrimiento ha sido tradicionalmente asociado con consecuencias negativas como la apatía, la desmotivación o la pérdida de tiempo. Pero esta percepción está comenzando a cambiar. Diversos estudios han demostrado que el aburrimiento puede tener efectos positivos, especialmente sobre la creatividad. En 2014, Mann y Cadman realizaron una serie de experimentos que exploraban esta relación. En ellos, se pidió a los participantes que realizaran tareas repetitivas y monótonas, como copiar números de una guía telefónica, antes de enfrentar una actividad creativa. Los resultados mostraron que aquellos que habían experimentado aburrimiento previo tendían a mostrar un mayor rendimiento creativo. La explicación: cuando la mente no está ocupada con estímulos externos, tiende a divagar, facilitando la formación de conexiones inusuales entre ideas y, por tanto, el pensamiento creativo.

Este potencial creativo del aburrimiento es especialmente relevante en la infancia, donde el exceso de estimulación tecnológica puede limitar la capacidad de juego simbólico, la imaginación y la autorregulación emocional. Sin embargo, también es crucial en la vida adulta, donde la capacidad de permanecer con uno mismo sin estímulos externos es cada vez más escasa.

La cultura del estímulo constante ha erosionado la tolerancia al aburrimiento. Las tecnologías actuales nos permiten estar permanentemente distraídos. Si sentimos una mínima incomodidad o vacío, recurrimos al teléfono, la tablet o el ordenador. Redes sociales, videojuegos o plataformas de streaming están diseñados para captar y mantener nuestra atención, generando en muchos casos patrones de uso problemático o incluso adictivo. ¿Cuándo fue la última vez que viajaste en transporte público sin mirar una pantalla? ¿Qué hacen la mayoría de las personas en esos contextos? Exacto, evitar el aburrimiento.

Esta sobreestimulación tiene consecuencias psicológicas. Diversos estudios han encontrado una relación entre el uso excesivo de dispositivos electrónicos y síntomas de ansiedad, estrés e insatisfacción general. La exposición constante a ideales de vida editados y filtrados en redes sociales puede llevar a comparaciones destructivas y a una disminución del bienestar subjetivo. En mayo de 2025, un estudio con ratones encontró que una sobreestimulación temprana alteraba el desarrollo de sistemas relacionados con la ansiedad y la nocicepción, lo cual sugiere efectos neuropsicológicos relevantes también para los seres humanos.

Más allá de sus implicaciones cognitivas, el aburrimiento también toca dimensiones existenciales. En 2020, Farooqui y Raquib definieron el aburrimiento existencial como una forma de ansiedad ante la incertidumbre de la vida y la inevitabilidad de la muerte. Según sus hipótesis, cuando no se dispone de recursos psicológicos o culturales para afrontar estas preguntas fundamentales, el aburrimiento se convierte en un malestar que se busca suprimir mediante distracciones tecnológicas. No se trata de una evasión inocente, sino de una forma de evitación experiencial.

Aquí es donde las psicoterapias basadas en mindfulness y en la aceptación, como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), ofrecen herramientas fundamentales. Desde estas perspectivas, el entrenamiento para "estar con uno mismo", sin juzgar ni evitar la experiencia interna, se considera clave para una vida plena. Si no somos capaces de estar en paz en momentos de quietud, difícilmente podremos estarlo en situaciones más complejas. Como se plantea en ACT, aceptar el momento presente, incluso si es incómodo o aburrido, es esencial para vivir de forma coherente con nuestros valores.

En palabras de Blaise Pascal: “Todos los males de la humanidad provienen de no poder estar sentado en una habitación solo durante una hora”. El aburrimiento, lejos de ser una falla del entorno, puede ser una oportunidad, una pausa necesaria que nos permite reconectar con nuestras ideas, emociones y necesidades más profundas. Tolerar el vacío sin la urgencia de llenarlo se convierte entonces en una forma de resiliencia psicológica, de crecimiento personal. Aburrirse, en definitiva, puede ser una práctica vital. Porque solo cuando aprendemos a estar con nosotros mismos, sin distracciones, podemos aprender también a vivir con otros. Con presencia y sentido.

Referencias

Farooqui, Q., y Raquib, A. (2020). Technology, boredom and intellectual-spiritual lethargy: Exploring the impact of technology on the mental well-being of over-Stimulated millennials. Malaysian Journal of Medicine and Health Sciences16(11), 1-7.

Mann, S., y Cadman, R. (2014). Does being bored make us more creative? Creativity Research Journal26(2), 165-173. 

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