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Ser mayor y sentirse bien: claves para vivir la transformación

Un artículo de Amaya Lillo

La vejez no es un punto final, ni una etapa tenue en el recorrido de la vida. Es el periodo que, aunque vendrá acompañado de desafíos, como cambios físicos, pérdidas o transformaciones sociales, también puede convertirse en un territorio fértil de serenidad, creatividad y sabiduría. Hablar de bienestar emocional en esta estaba de la vida, no solo es hablar de salud mental, sino hablar de cómo las personas mayores se reconcilian con el paso del tiempo y se reinventan para disfrutar del presente.

El significado del bienestar emocional en la vejez

El bienestar emocional se entiende como la capacidad para experimentar emociones positivas y afrontar adecuadamente las negativas. En la vejez, este equilibrio se redefine. Habrá quien sienta miedo ante la dependencia, la soledad o el deterioro y habrá quien encuentre alivio al haber sido capaz de superar muchas de las presiones que ocuparon la juventud y la vida laboral.

Los estudios de psicología del envejecimiento apuntan que, lejos del tópico de la “decadencia”, muchas personas mayores logran niveles más altos de satisfacción en la vida. La “paradoja del bienestar” describe cómo, a pesar de la pérdida de capacidades o de relaciones sociales, el bienestar subjetivo suele mantenerse o puede incluso aumentar.

¿Por qué? Con la edad aprendemos a relativizar, valoramos lo esencial y dejamos de luchar contra lo que no depende de nosotros.

Aceptar el cambio como proceso

Ninguna etapa vital estará libre de cambios, pero en la vejez, los cambios se hacen más visibles y pueden generar cierta incertidumbre. El cuerpo envejece, la rutina se transforma y también nuestra manera de entender el mundo que nos rodea. Afrontar estos cambios con una actitud flexible será la clave.

La aceptación no consiste en resignarse, sino en reconocer la realidad y usar la capacidad de actuar en ella. Algunas estrategias son:

Reevaluar metas personales: ya no se trata de lograr grandes objetivos, sino de disfrutar de pequeñas experiencias cotidianas: una conversación agradable, un paseo sin prisa, un recuerdo compartido.

Cultivar vínculos afectivos: mantener relaciones sociales reduce la aparición de depresión y ansiedad. Conservar vínculos significativos y sentirse parte de una comunidad.

Cuidar la salud mental y física: un enfoque integral que combine actividad física, una alimentación equilibrada y estimulación cognitiva, genera bienestar global.

Mantener proyectos personales: como tener un propósito, colaborar en una asociación o cuidar de un jardín, mantiene activo el sentido vital y la autoestima.

Buscar apoyo profesional cuando sea necesario: pedir ayuda psicológica no es signo de debilidad, sino una buena forma de autocuidado. A través de la terapia, se puede aprender a reformular pensamientos y emociones ante los cambios de esta etapa.

El valor de la experiencia y la gratitud

La vejez puede regalarnos una mirada más compasiva y amplia hacia la vida. Quien ha vivido mucho tiene una perspectiva más amplia, y esa experiencia puede ser una fuente de bienestar si se acompaña de gratitud. Practicar la gratitud —reconocer lo vivido, lo aprendido y lo compartido— mejora el estado emocional en la vejez y favorece una mejor resiliencia.

También hay espacio para la creatividad. Muchas personas mayores redescubren talentos olvidados, como la pintura, la música o la escritura. Estas actividades no solo ofrecen placer, también refuerzan la sensación de utilidad e identidad.

Aprender a envejecer

Envejecer bien no significa “no parecer mayor”, sino hacerlo con serenidad. Este aprendizaje requiere tiempo y cariño. Aprender a pedir ayuda, a delegar, a disfrutar del silencio, y a seguir curioseando son formas de mantener la mente con vida. Como decía el psicólogo Viktor Frankl, quien tiene un “por qué” para vivir puede soportar casi cualquier “cómo”. En la vejez, ese “porqué” puede ser tan simple y poderoso como compartir tiempo con quienes se ama.

Podríamos concluir que el bienestar emocional en la vejez se construye día a día, en la aceptación y el disfrute del presente. No se trata de negar los cambios, sino de aprender a convivir con ellos desde una perspectiva más compasiva hacia uno mismo. Y en ese camino, profesionales de la psicología desempeñan un papel esencial: fomentar la autonomía, acompañar emocionalmente y ayudar a redescubrir ese valor del propio recorrido vital. 

La vejez, entendida así, se convierte en una oportunidad para seguir creciendo, conectando y sintiendo. No es una etapa de pérdida, sino de transformación.

Referencias

García, M. (2020). Psicología del envejecimiento. Editorial Síntesis.

Frankl, V. E. (1992). El hombre en busca de sentido. Herder.

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