
[vc_row el_class="espacios" css=".vc_custom_1608112634495{padding-top: 25px !important;padding-bottom: 0px !important;}"][vc_column][zozo_vc_section_title text_align="left" title="" title_weight="" title_size="25px"]Cada día se descubren más evidencias de la importancia del afecto y del buen trato en el desarrollo físico del cerebro. Aunque el cerebro tiene un progreso a lo largo de toda la vida, los primeros años son decisivos en la configuración última que va a tener y en ello influye, de forma decisiva, las experiencias que se tienen en estos años.
Durante el desarrollo se van a ir especializando las distintas partes del cerebro, desde la primigenia placa neural del embrión hasta la estructura básica del cerebro que queda completamente desarrollada hacia el tercer año de vida. En su avance, tendrá un papel primero las células neuronas y la glía, y con el tiempo se irán especializando las distintas estructuras funcionales del encéfalo y la médula espinal.
No obstante, la evolución del cerebro no termina una vez configurado, pues dos mecanismos básicos van a hacer que su desarrollo continúe: la plasticidad y procesos funcionales como la poda neuronal. La plasticidad refiere a la adaptación continua del cerebro, a través de sus células nerviosas, a los cambios que se dan en el ambiente de los seres humanos, y que suceden durante toda la vida como es el hecho probado de la bilateralidad funcional de los lóbulos en los ancianos. Implicado con este proceso de plasticidad también son parte fundamental del desarrollo cerebral los procesos de neurogénesis, migración, diferenciación celular, sinaptogénesis y apoptosis. Dichos procesos hacen referencia a la creación y desarrollo, cambios y muerte de las neuronas.
Estos procesos tienen lugar en distintos momentos temporales del desarrollo humano; así la neurogénesis se produce principalmente desde el último trimestre del embarazo hasta los dos años de edad, mientras que la sinaptogénesis o poda tiene un lugar importante en la adolescencia y acompaña a los cambios conductuales y cognitivos de los adolescentes.[/zozo_vc_section_title][/vc_column][/vc_row][vc_row el_class="espacios" css=".vc_custom_1608112648245{padding-top: 25px !important;padding-bottom: 0px !important;}"][vc_column][zozo_vc_section_title text_align="left" title="La importancia del hipocampo" title_weight="" title_size="25px"]Si existe una parte del cerebro conectada con la emoción y el afecto, es sin duda el hipocampo. El hipocampo es una estructura cerebral situada inmediatamente debajo de la corteza cerebral e integrada dentro de lo que se denomina el sistema límbico o cerebro emocional junto con el tálamo y la amígdala. En los mamíferos estas estructuras están involucradas con respuestas emocionales como el temor o la agresión, pero también son los centros de la afectividad donde se procesan las distintas emociones, tanto positivas como negativas, antes de llegar a la corteza cerebral que es donde se procesan racionalmente y/o con control en los humanos.
En particular, el hipocampo se ha relacionado con la regulación de los procesos de memoria y de orientación espacial pero también desempeña un papel esencial en la captación de las señales afectivas. Así, el ser humano memoriza mejor situaciones cargadas de contenido afectivo, tanto positivo como negativo. Parece que parte importante de este proceso se vincula con la producción de hormonas por parte de la hipófisis, glándula a través de la cual actúa el hipocampo, y que son parte importante de la modulación del afecto y de sus conductas, a través de hormonas como la vasopresina, la oxitocina o el cortisol.[/zozo_vc_section_title][/vc_column][/vc_row][vc_row el_class="espacios" css=".vc_custom_1608112648245{padding-top: 25px !important;padding-bottom: 0px !important;}"][vc_column][zozo_vc_section_title text_align="left" title="El papel del estrés crónico en el desarrollo fetal e infantil" title_weight="" title_size="25px"]Estudios de laboratorio con ratas han demostrado que un agente ambiental durante la gestación, como puede ser el estrés, puede alterar algo tan decisivo como el propio proceso de diferenciación sexual del cerebro, con consecuencias a largo plazo en la conducta maternal o paternal posterior de las crías que sufrieron ese estrés prenatal (Cerro, 2017, 59).
En el caso del ser humano se ha comprobado que madres con elevados niveles de depresión y ansiedad durante el tercer trimestre de gestación ven incrementados sus niveles de cortisol, hormona fundamental en la respuesta al estrés, en el metabolismo y en el sistema inmunitario (Arnedo, et al. 2017, 15). Estas alteraciones rompen el equilibrio homeostático y pueden dar lugar a futuros posibles trastornos.
Pero no sólo el desarrollo fetal es decisivo, sino también se ha visto importante el ambiente que rodea a la primera infancia. Por ejemplo, los niños pequeños que son constantemente castigados y raramente reforzados, aparte del aprendizaje precoz de estas conductas, presentan niveles muy elevados de glucocorticoides (hormonas de respuesta al estrés) que, a su vez, producen cambios en la actividad neuroquímica del sistema límbico y de su interacción con la corteza prefrontal.
Cuando el estrés se cronifica puede dar lugar a cambios en el hipocampo o en la amígdala o incluso en su corteza cerebral, en un momento en el que el cerebro está aún desarrollándose, y que hará que las respuestas ante el estrés posteriormente sean diferentes y desadaptadas con respecto a niños que hayan recibido una educación basada en el cariño y la comprensión (Cerro, 2017, 75-76).
Estudios muestran que estos niños son relativamente propensos a ser en el futuro personas con baja o nula resistencia a la frustración, con problemas asociados de conducta e incluso con patologías mentales.[/zozo_vc_section_title][/vc_column][/vc_row][vc_row el_class="espacios" css=".vc_custom_1645629422981{padding-top: 25px !important;padding-bottom: 50px !important;}"][vc_column][zozo_vc_section_title text_align="left" title="Particularidades del cerebro humano" title_weight="" title_size="25px"]El cerebro humano, como vimos antes, es un órgano que está en continuo progreso. A diferencia de otras partes de nuestro cuerpo, es una estructura dinámica cuyo desarrollo no se limita a un periodo temporal concreto, aunque sí parecen decisivos los primeros años de vida. Esto es necesariamente importante para la adaptación de los seres humanos en ambientes cambiantes a lo largo del tiempo. Hace que también sea especialmente sensible a sucesos traumáticos de larga duración, y que pueden afectar a algunas partes del mismo, y con ello a las respuestas dadas por las personas en su relación ambiental.
Por otro lado, existen estructuras cerebro-emocionales que son propias de los humanos y no están presentes en otros mamíferos, como es la neocorteza, que se configuran como parte básica y diferenciadora permitiéndonos una mayor conciencia y control sobre nuestras emociones. Aunque la amígdala, por ejemplo, nos facilita respuestas rápidas ante peligros sobrevenidos, la corteza cerebral también nos posibilita el control y dirección de nuestras emociones, algo que nos diferencia de forma destacada del resto de animales.
Pero sin duda, uno de los descubrimientos más destacados y propios de nuestra especie fue la importancia del afecto en el desarrollo sano de los humanos. Estudios con animales en laboratorio ya habían demostrado la importancia del afecto en los bebés desde el clásico estudio del matrimonio Harlow con las famosas “monas de felpa” y “monas de alambre”, donde los bebés de monos priorizaban el afecto por delante incluso del alimento. Recientemente se ha demostrado que el estrés y la falta de afecto pueden alterar incluso el proceso de diferenciación sexual del cerebro.
Este cerebro afectivo-funcional tiene su base principal en el sistema límbico que se configura como parte del proceso emocional. Sus distintas partes interrelacionan para dar respuestas precisas ante las demandas ambientales.
Por último, además de las estructuras destaca el papel de la neuroquímica en el afecto. La liberación de ciertas hormonas, como la oxitocina o la vasopresina, parecen ser fundamentales, por ejemplo, en el vínculo materno entre madre e hijo, o en el establecimiento de relaciones duraderas de pareja. Hallazgos empíricos abren la puerta a la posibilidad de aislar e identificar los componentes químicos implicados en los afectos y, con ello, la oportunidad de alterar y mediar en respuestas emocionales desadaptadas.[/zozo_vc_section_title][/vc_column][/vc_row][vc_row full_width="stretch_row" bg_style="grey-wrapper" css=".vc_custom_1617796693273{padding-top: 50px !important;padding-bottom: 50px !important;}"][vc_column][vc_column_text]
Arnedo, M., Triviño, M., Montes, A. y Bembibre, J. (2017) Neuropsicología del desarrollo. Editorial Médica Panamericana, S.A.
Cerro, Mª. C. del (2017). Neuroendocrinología del afecto. En Mª. C. del Cerro, El cerebro afectivo, (pp. 45-91). Plataforma Editorial.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row css=".vc_custom_1539093663462{padding-top: 50px !important;padding-bottom: 50px !important;}"][vc_column][vc_separator color="custom" align="align_left" border_width="3" el_width="10" accent_color="#586e5c" css=".vc_custom_1574866042171{margin-bottom: 15px !important;}"][vc_custom_heading text="Artículo escrito por Pablo Gómez" font_container="tag:h2|font_size:24|text_align:left|color:%23333333" use_theme_fonts="yes"][/vc_column][/vc_row]