
Para poder vivir de manera congruente con nuestras emociones primero debemos conocerlas. En el siguiente artículo Celia Méndez-Cabezas detalla la funcionalidad de las emociones primarias, poniendo de relieve su influencia en nuestra manera de sentir, pensar y comportarnos. Estamos seguros que os va a interesar.
De la alegría al miedo: la importancia de conocer nuestras emociones
Las emociones son reacciones psicofisiológicas y naturales que las personas experimentamos ante diferentes estímulos, son una parte intrínseca de la experiencia humana. Desde la alegría que sentimos al ver a un ser querido, hasta el miedo que nos invade en situaciones de peligro, las emociones moldean nuestra percepción del mundo y guían nuestras acciones. Funcionan como un espejo interno que refleja nuestro estado y nos muestra lo que ocurre en nuestro interior, ayudándonos a comprender cómo nos afectan las cosas que vivimos.
Las emociones generan cambios en nuestro cuerpo a través de una serie de reacciones corporales involuntarias y automáticas que normalmente podemos percibir. Tener ciertas sensaciones en el estómago, que nos cambie el color de la cara, que el ritmo cardíaco se acelere o ralentice, que nos cueste más dormir, o sentirnos más o menos enérgicos… Estas son solamente algunos de los cambios que habitualmente percibimos en nuestro cuerpo en base a cómo nos sentimos.
Además, también influyen en cómo nos comportamos, ya que nos impulsan a actuar en una u otra dirección. Nos pueden llevar a alejarnos y evitar ciertas situaciones, pero también a acercarnos y buscar otras. Nuestro estado emocional afecta a la forma en la que nos comunicamos y nos relacionamos con otras personas y con el entorno.
Por otra parte, cambian nuestros pensamientos y otros procesos mentales, como la memoria o la atención. Tienen el poder de modificar lo que pensamos, la intensidad y la frecuencia de nuestros pensamientos, y también nuestro juicio y análisis de las situaciones en las que nos encontramos.
Las personas sentimos emociones constantemente. Sin embargo, no siempre nos paramos a pensar sobre ellas ni sobre lo que nos ocurre interiormente. Darnos el tiempo y el espacio para hacerlo nos puede ayudar a identificarlas, expresarlas y gestionarlas mejor.
Uno de los mitos más extendidos en este campo es que algunas emociones son buenas y otras son malas, pero esto no es cierto, todas ellas son buenas, importantes y necesarias para nuestra supervivencia. Será más apropiado hablar de “emociones agradables” y “emociones desagradables”. Habitualmente, las personas tendemos a evitar sentir emociones desagradables. Sin embargo, es importante dar su espacio a cada emoción, y entender por qué está ahí y de qué quiere avisarnos.
¿Cuáles son las emociones básicas?
Son las emociones universales y compartidas por todos los seres humanos, independientemente de su cultura o entorno. Normalmente se habla de seis emociones básicas: alegría, tristeza, miedo, ira, sorpresa y asco.
Estas emociones han evolucionado como respuestas adaptativas que nos ayudan a sobrevivir y desarrollarnos, y todas ellas tienen una función, nos protegen y nos ayudan a modificar nuestro comportamiento para adaptarnos al entorno.
¿Para qué sirve la alegría?
La ALEGRÍA nos ayuda a identificar todo aquello que nos gusta y nos sienta bien, y nos motiva a repetirlo. También nos acerca a los demás, puesto que facilita las relaciones interpersonales y fomenta la conexión y el vínculo con otras personas. De esta forma, nos anima a cooperar promoviendo las relaciones de apoyo mutuo. Además, la alegría nos impulsa a tener más creatividad y a ser más flexibles mentalmente. Esto nos ayudará a la hora de afrontar problemas y de adaptarnos a nuevos retos.
¿Para qué sirve la tristeza?
La TRISTEZA nos ayuda a procesar el dolor, las pérdidas o las situaciones complicadas. De esta manera nos ayuda a darnos el tiempo que necesitamos para reflexionar y sanar. Es normal, saludable y necesario sentirnos tristes cuando sufrimos alguna pérdida o pasamos por un momento difícil. Además, también tiene una función social, ya que nos ayuda a comunicar a los demás que necesitamos apoyo o estamos en un mal momento. Esto a menudo nos hace acercarnos y conectar más con nuestros amigos y familiares, a través de la empatía y el apoyo mutuo.
¿Para qué sirve el miedo?
El MIEDO nos ayuda a sobrevivir ya que nos permite identificar situaciones en las que podemos estar en peligro o que pueden ser dañinas. Funciona como una señal de alarma, activando respuestas fisiológicas que nos permiten actuar rápidamente. Por tanto, nos prepara para enfrentar las situaciones potencialmente peligrosas o huir de ellas, con lo que nos protege. ¿Alguna vez has sentido que ante un posible peligro se te aceleraba el ritmo del corazón o empezabas a sudar? Estas son señales de que tu cuerpo está segregando adrenalina, es decir, preparándose para reaccionar.
Además, el miedo nos ayuda a tomar decisiones de una manera más consciente y responsable. Por ejemplo, estudiar para no suspender un examen, o esperar a que el semáforo se ponga en verde para no ser atropellado.
¿Para qué sirve el enfado?
La IRA o el ENFADO nos sirven para alertarnos de que hay algo que no está bien, no nos gusta, o nos resulta injusto. Nos ayuda a defender nuestros derechos, a poner límites con las personas, y nos alerta cuando creemos que alguien ha cruzado uno de esos límites.
También nos ayuda a hacer cambios y nos motiva actuar para buscar soluciones. Por ejemplo, sentir enfado ante una situación injusta en el trabajo nos puede ayudar a hablar sobre ello con un compañero o responsable, acercándonos a ponerle solución. ¡Pero cuidado! Tener derecho a enfadarnos no implica tener derecho a faltar el respeto a otras personas ni a comunicarnos o comportarnos de manera agresiva. Es importante, para nuestro bienestar y el de los demás, entrenar nuestra capacidad de expresar el enfado a través de la asertividad.
¿Para qué sirve el asco?
El ASCO nos protege de sustancias o situaciones que son peligrosas para la salud. Por ejemplo, nos ayuda a evitar comer un alimento en mal estado que nos podría hacer enfermar.
También tiene una función social, apareciendo ante situaciones o comportamientos que consideramos inmorales o inaceptables, como por ejemplo las actitudes tóxicas de algunas personas o aquello que nos parece injusto.
¿Para qué sirve la sorpresa?
La SORPRESA tiene una función de alerta, ya que nos prepara para procesar algo nuevo o inesperado. Al experimentar sorpresa, centramos nuestra atención en aquello que nos ha sorprendido, ayudándonos a adaptarnos rápidamente a cambios en el entorno.
Además, la sorpresa puede motivarnos a explorar y aprender, generando curiosidad y abriendo la puerta a nuevas experiencias. Nos impulsa a cuestionar lo que creíamos saber, y en ocasiones, a cambiar nuestras creencias.
Entender para qué sirve cada emoción nos ayuda a comprender que todas ellas son normales y saludables, porque nos informan sobre lo que vivimos, nos ayudan a procesarlo y nos permiten entendernos. Sin embargo, hay veces que podemos sentir que emociones como la tristeza, el enfado o el miedo nos invaden y toman el control de nuestro día a día.
Por ejemplo, a veces podemos sentir tanta tristeza que nos cueste mucho salir de la cama o pasar tiempo con nuestros seres queridos. Otras veces, sentimos tanto miedo que nos paraliza, nos impide hacer un examen, montar en coche o hablar de cómo nos sentimos por las consecuencias que pueda tener. También es posible que nos demos cuenta de que nos enfadamos constantemente, estamos a la defensiva, hablamos mal o gritamos a las personas de nuestro entorno ¿Qué podemos hacer ante estas situaciones?
En resumen, las emociones son una parte fundamental de nuestra vida cotidiana, y tienen una función adaptativa esencial. Nos guían, nos protegen y nos ayudan a navegar por el mundo, aportándonos información valiosa sobre nuestro estado interior y el entorno que nos rodea, ya que cada emoción, desde la alegría hasta el miedo, cumple una función importante. Reconocer la importancia de todas las emociones, sin clasificarlas como buenas o malas, nos permite abrazar cada una de ellas como una estrategia para nuestro bienestar. Aprender a identificarlas, expresarlas y gestionarlas de forma consciente nos ayudará a tomar decisiones más equilibradas, mejorar nuestras relaciones, y afrontar las dificultades con mayor resiliencia y comprensión.
Referencias