
Si queremos avanzar en una concepción integral de la salud mental no podemos relegar, como nos recuerda Graciela García en el siguiente artículo, lo que sucede a nuestro alrededor: el contexto social y económico en el que se desarrollan nuestras vidas. Estamos seguros que os va a interesar.
Cuando hablamos de problemas de salud mental, solemos imaginar un constructo individual, una especie de desequilibrio, al igual que ocurre con las enfermedades llamadas “físicas” o puramente orgánicas (si es que eso existe). Habitualmente pensamos en emociones que “fallan”, en una mente que se "rompe" o en una persona que "no puede con todo". Sin embargo, cada vez resulta más evidente que la salud mental no depende solo de lo que ocurre dentro de nosotras, sino también de lo que pasa fuera: en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestros barrios y en la sociedad en general.
Tal y como recuerda Liria (2020), la salud mental no puede separase del contexto social y económico en el que nos movemos. De otra manera, no se explica que los trastornos de ansiedad o depresión tengan una mayor incidencia en personas que viven situaciones de precariedad, discriminación o soledad. En este sentido, es lógico preguntarse cómo va a sentirse una persona tranquila si cada día vive con la incertidumbre de si podrá pagar el alquiler o cómo puede "trabajar su autoestima" alguien que convive con mensajes constantes de rechazo por su identidad, cuerpo o condición.
Marta Carmona (2022) también incide en esta mirada: no se trata de recetar pastillas o repetir frases motivacionales si detrás hay una vida marcada por la falta de recursos, la sobrecarga o la violencia. El malestar psíquico no surge de la nada: se enraíza en historias de vida, pero también en estructuras sociales que muchas veces no sostienen, sino que empujan a la vulnerabilidad. Laura Martín López-Andrade (2023) señala, además, que la psiquiatría (y en general la atención en salud mental) puede convertirse en una profesión potencialmente peligrosa si se olvida la dimensión social y se convierte en un ejercicio puramente normativo. Desde esta perspectiva, patologizar el sufrimiento puede terminar reforzando la idea de que el problema siempre es de la persona y no del contexto que la rodea.
Estas reflexiones no son una novedad. La OMS (2014) ya señaló que los determinantes sociales, como el acceso a la vivienda, el trabajo digno o la red de apoyo social, son factores clave para la salud mental. Ahora bien, no se trata de negar la importancia de la biología o de la historia personal, sino de entender que el contexto en el que vivimos moldea la forma en que pensamos, sentimos y actuamos. Aceptar que estos elementos de los que hablamos son condiciones básicas para que podamos pensar en bienestar y reconocer que la salud mental es un problema colectivo, no significa negar nuestra responsabilidad personal ni la capacidad de agencia del individuo. Lo contrario sería dejarnos en un lugar de pasividad y victimismo.
La psicoterapia y el trabajo personal nos permite comprender cómo nos afecta el contexto, identificar patrones de pensamiento disfuncionales ayudándonos a encontrar nuevas formas de relacionarnos con una misma y con los demás. No se trata, por tanto, de elegir entre ir a terapia, tomarnos el Lorazepam para tratar el síntoma o abordar únicamente nuestras problemáticas sociales esperando a que el Estado nos saque del hoyo. Se trata de asumir que ambas dimensiones se retroalimentan. Por tanto, mientras avanzamos hacia un mundo más justo, también necesitamos en ocasiones que alguien nos ayude en sostener el malestar y sufrimiento subjetivo.
Con esto, me parece importante destacar que los mensajes en torno a la salud mental, nunca deben ir dirigidos resignarse a un contexto injusto en que aprender a sonreír a las desgracias para cumplir con los objetivos del capitalismo, sino aprender a movernos dentro del sistema de la mejor manera posible. A veces, ese trabajo individual es el punto de partida para después implicarnos de manera más activa en transformar nuestro entorno.
En definitiva, muchos problemas graves de salud mental no se resuelven ni dentro de una consulta ni a través de políticas públicas. A nivel colectivo, implica repensar la forma en que construimos nuestras relaciones y las condiciones de vida, reflexionar sobre nuestras prioridades como sociedad. A nivel personal, significa permitirnos sentir, darnos permiso para parar, buscar ayuda cuando la necesitamos y construir nuestras propias redes de cuidado.
Quizás el gran reto sea encontrar un equilibrio entre la influencia del contexto y seguir sintiéndonos protagonistas de nuestras vidas. No todo depende de nosotras, pero tampoco todo es culpa del mundo. En ese espacio entre ambos es donde podemos desarrollar, con ayuda de los/las profesionales de la salud mental, un lugar de crecimiento personal que a su vez influya en ambas direcciones de manera exponencial.
Liria, L. (2020). Repensar la locura: de lo individual a lo colectivo.
Carmona, M. (2022). La salud mental no se cura con pastillas si tu vida está en ruinas.
Carmona, M. (2023). Reflexiones sobre intervención social y psicoterapia.
Martín López-Andrade, L. (2023, 9 de octubre). La psiquiatría es una profesión potencialmente muy peligrosa. El Salto Diario. https://www.elsaltodiario.com/salud-mental/laura-martin-lopez-andrade-psiquiatria-es-una-profesion-potencialmente-muy-peligrosa
OMS. (2014). Social determinants of mental health.