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Escuchamos mucho hablar en estos días de soledad no deseada, lo que demuestra la importancia de un sentimiento que cuando se vuelve forzado y duradero adquiere inevitablemente una connotación negativa. Acerca del impacto que la soledad no decidida ocasiona, en una población tan sensible como la adolescente, reflexiona en el siguiente artículo Lourdes Núñez de Arenas. Estamos seguros que os va a interesar.

¿Qué es eso de la soledad no deseada?

¿Alguna vez nos hemos sentido solos?  ¿Algunas veces queremos estar solos y no lo conseguimos? ¿Qué pensamos que es la soledad no deseada?

Y es que ahí está el quid de la cuestión: a veces la soledad es voluntaria y a veces es autoimpuesta.  El sentimiento de soledad es muy subjetivo; cada persona vive la soledad de una manera distinta. La soledad voluntaria es positiva, nos incita a la reflexión, la inspiración. Sin embargo, la soledad forzada nos genera dolor. 

No es lo mismo estar sólo que sentirse sólo

No se trata tanto de cuánto de aislados estamos sino de cuánto de aislados nos sentimos.  Podemos estar rodeados de gente y amigos a nuestro alrededor y sin embargo sentirnos solos, tener la “experiencia subjetiva de estar socialmente aislados” (Tilman van soest, 2020, Luhmann ~Wawkley, 2016). 

La soledad no deseada solemos asociarla con los mayores. Cierto es que la evidencia se ha centrado hasta ahora en las personas de avanzada edad. Sin embargo, comienza a despertar interés otro sector de la población cuyas estadísticas van en aumento: los adolescentes. Los estudios muestran una distribución en forma de U en la que la que la adolescencia formaría parte del otro extremo. 

A pesar de la falta de estudios empíricos, parece que hay muchos factores que ayudan al desarrollo de ese sentimiento subjetivo de soledad no deseada: socioeconómicos, culturales, de personalidad, avalados por las estadísticas.

Ahora algo de estadística

Un estudio de la OCDE (2021) reveló que el 41% de los jóvenes (15-24 años) en países desarrollados reportan sentirse solos frecuentemente, con un aumento considerable desde el inicio de la pandemia de COVID-19.

Un estudio global en adolescentes publicado en The Lancet encontró que los niveles de soledad entre los jóvenes aumentaron en un 25% durante la pandemia, con implicaciones negativas en su bienestar mental y físico. 

Y es que la soledad no deseada afecta a nuestro bienestar mental y físico: aumenta el riesgo de hipertensión y enfermedades coronarias, disminuye la efectividad del sueño provocando fatiga crónica, problemáticas de salud mental como depresión, ansiedad, bajo estado de ánimo, ideación suicida, adicciones y desordenes alimentarios.

Un estudio realizado por la BBC en 2018 (Lonelyness Experiment) identificó 5 factores comunes en la soledad no deseada: no tener a nadie con quien hablar, sentirse desconectado del mundo, sentirse dejado de lado, tristeza y no sentirse entendido.

Concretamente en España, un estudio realizado por el Instituto Nacional de Estadística (INE)  a través de la encuesta de calidad de vida, encontró que el 30% de los jóvenes entre 16 y 24 años experimentaron sentimientos de soledad durante 2020. Todo ello implica la necesidad de abordar la soledad no deseada en adolescentes y jóvenes. 

La adolescencia es una etapa que implica grandes cambios de tipo social, cognitivo y biológico. Es una etapa de la vida en la que las relaciones emocionales con los padres y otros miembros de la familia se van debilitando y distanciando, y toman más fuerza las relaciones con los pares. 

Relacionarnos con otros nos hace vulnerables; compartimos vivencias personales y nos arriesgamos a que los otros nos conozcan… nos aterroriza el miedo al rechazo social y a percibirnos amenazados por nuestros pares.

Por otra parte, el papel que juega el contexto en el que crecen y se desarrollan (colegio, familia, relaciones de pareja…) puede influir considerablemente en el desarrollo de la persona.  Un adolescente que se siente acompañado en el seno de una familia y/o en un ambiente escolar saludable es probable que tienda a socializar y sentirse integrado. Además, sus niveles subjetivos de soledad probablemente sean relativamente bajos.

Y las redes no ayudan

La soledad, en adolescentes y jóvenes, parece estar relacionada con el uso excesivo de redes sociales.  

Estamos más conectados que nunca a través de plataformas digitales, y utilizamos en exceso las redes sociales. Todo ello ha mostrado tener efectos negativos sobre las relaciones interpersonales reales. Los adolescentes que dependen demasiado de las interacciones online tienden a experimentar más soledad. Las interacciones superficiales en línea suelen sustituir las conexiones emocionales profundas.

Es tal la adicción a las redes sociales, que el abuso de las mismas está propiciando en algunos países la aparición de fenómenos como el de los Hikikomori: un trastorno que relaciona el aislamiento social y la adicción a las plataformas virtuales.  Está basado en un comportamiento asocial y evitativo caracterizado por la tendencia al aislamiento extremo y el abandono de la sociedad, con lo que la vida de estas personas gira en torno al uso de la tecnología sin salir de su habitación (De la Calle y Muñoz, 2018, p117).

¿Qué hacemos?

A la hora de trabajar con esta población, el abordaje se desarrollará en tres niveles:  Intervenciones grupales, tratamientos individualizados y trabajo comunitario.

  • Las intervenciones grupales van dirigidas a reducir esta sensación subjetiva de soledad. Para ello, es necesario trabajar en programas que fomenten las conexiones sociales, la comunicación y la regulación emocional. Los participantes colaboran en un espacio seguro donde puedan expresar su sentimiento de soledad sin ser juzgados y compartir experiencias.
  • Con respecto al tratamiento, diferentes técnicas terapéuticas abordadas de manera integral ayudan a identificar el origen de esa percepción subjetiva de soledad: los pensamientos negativos y valores que les conducen a ese sentimiento de soledad a la vez que enseñan al adolescente a desarrollar recursos personales para ser capaces de afrontarlos.
  • A nivel comunitario, se puede trabajar con el adolescente en identificar actividades placenteras desarrolladas en su tiempo de ocio e incluirle en programas comunitarios organizados por ayuntamientos, voluntariado o grupos de encuentro para reducir su aislamiento social. 

En los últimos años, las terapias de tercera generación tienden a ofrecer recursos más adaptativos para abordar esta problemática, planteando que la función de la soledad no deseada podría estar asociada a la evitación experiencial, es decir, la persona trata de evitar el sufrimiento que le  supone enfrentarse a sus propios eventos (emociones, sentimientos, pensamientos y conductas) y afrontar esa vulnerabilidad al exponerse a otros. Como consecuencia de ello decide evitar esas situaciones y aislarse cada vez más. De tal manera que su vida se va limitando progresivamente (García, R.F., 2000)

Concluyendo

En definitiva, la soledad no deseada es un hecho de tal importancia que se está considerando como un grave problema de salud pública, y en algunos países se está considerando una cuestión de estado, como así lo indica The Family Watch (2019). En concreto, la soledad en adolescentes es un problema creciente que necesita nuestra atención. Las intervenciones tempranas, tanto a nivel social como psicológico, pueden ayudar a mitigar sus efectos negativos en el bienestar de los jóvenes.

Referencias: 

  • García Sanmartín, P. (2021). La soledad en los adolescentes y sus correlaciones con las fortalezas psicológicas y el abuso de las redes sociales. Revista Sobre La Infancia Y La Adolescencia, (21), 72–83. https://doi.org/10.4995/reinad.2021.14447
  • Von Soest, T., Luhmann, M., & Gerstorf, D. (2020). The development of loneliness through adolescence and young adulthood: Its nature, correlates, and midlife outcomes. Developmental psychology, 56(10), 1919.
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