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Las relaciones con la comida en la infancia y los TCA

En el contexto de descubrimiento que constituyen nuestros primeros años de vida uno de los aprendizajes más importantes va a ser la adquisición de determinados hábitos alimentarios. “¿Influye el desarrollo durante la infancia en la aparición de Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA)?” A esta pregunta da respuesta Inés Brizuela en el siguiente artículo. Estamos seguros que os va a interesar.

Cuando somos pequeños, los padres suelen convertirse en figuras de apego y referencia para nosotros. De ellos aprendemos y escuchamos muchas cosas que, poco a poco, vamos incorporando en nuestra vida, dejando huella en la visión del mundo que desarrollamos y tenemos en la vida adulta. 

Es en el seno de la familia donde nos vamos construyendo como personas y donde elaboramos nuestra identidad, y también la percepción que tenemos de nosotros mismos. En el contexto familiar se llevan a cabo múltiples funciones básicas. Dentro de estas funciones básicas se encuentra la tarea de socialización, que implica el trasmitir las normas, ideales, cultura, costumbres y hábitos. Esto influye en los distintos estilos de vida y, por ende, en estilos y actitudes alimentarias. Es en este punto donde nos surge el planteamiento que a continuación abordaremos: ¿influye el desarrollo durante la infancia en la aparición de Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA)?

Los datos más actuales de la Asociación Española para el Estudio de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (AETCA) revelan que cerca de 300.000 jóvenes de entre 12 a 24 años padecen alguno de estos trastornos. Una cifra nada desdeñable que, además, va en aumento; en los últimos 18 años se ha duplicado a escala mundial el número de casos de TCA y parece que la tendencia sigue al alza (Galmiche et al., 2019). 

Partiendo de la base de que la propia naturaleza de los TCA es multicausal, es decir, no hay una única variable que sirva para explicar su aparición, es cierto que la literatura científica ha hecho poco hincapié en los factores familiares y/o ambientales a los que el paciente ha estado sometido durante la infancia para tratar de explicar la aparición de estos trastornos, por lo que el conocimiento actual sobre estas variables como factores de riesgo es aun limitado. 

Sabemos que los padres y la familia, como primer grupo de socialización para cualquier persona, juegan un papel importante en la trasmisión de valores socioculturales entre los que se incluye algo tan fundamental en nuestra propia supervivencia como es la conducta alimentaria. Los niños tienden a imitar los patrones de comportamiento de sus padres y, por tanto, de ellos aprendemos a comer y a desarrollar unos hábitos alimentarios concretos. De hecho, hay estudios que demuestran que los hijos de padres y madres con trastornos alimenticios tienen más probabilidades de padecer estas patologías (Moreno y Londoño, 2017). Ello no quiere decir que únicamente se hayan transmitido los hábitos alimentarios, sino también todas aquellas creencias y valores para la construcción de la imagen corporal y la aceptación de sus cuerpos. 

En relación a esto último, también ha quedado demostrada la relación que existe entre las personas con TCA y las familias que otorgan una gran importancia a la apariencia que se proyecta hacia el exterior, especialmente por parte de la madre, que es la que ejerce más presión sobre la imagen corporal. Las características de este tipo de familias, además de la insatisfacción corporal de los progenitores, vienen dadas por unos bajos niveles de cohesión, dificultades para la comunicación, sobreprotección y mayor propensión al conflicto. Todo ello hace que estos hijos vean limitada su autonomía y capacidad para adquirir herramientas útiles para afrontar situaciones complicadas en el futuro, lo que les hace más propensos a sufrir algún tipo de TCA. 

Este tipo de relaciones entre progenitores y descendientes las enmarcaríamos dentro de lo que en psicología se conoce como apego inseguro, que no es más que dotar al tipo de vínculo que se tiene con los padres de unas particularidades propias tales como el rechazo o la dependencia. La relación entre este tipo de apego y la aparición de TCA ha quedado demostrada en varias ocasiones (Lena et al., 2016). A raíz de esta conexión podríamos hablar del apego inseguro, tan relevante en la infancia, como un factor de riesgo para el desarrollo de alguna patología alimenticia. Por el contrario, el sentido lógico nos llevaría a afirmar que el apego seguro podría actuar como factor protector frente a la aparición de estos trastornos. Dicho apego seguro guarda más relación con emociones positivas tales como la alegría, seguridad, confianza, etc., las cuales condicionan un desarrollo emocional que tiende más hacia el bienestar y, por ende, a evitar la aparición de TCA.

Debemos tener en cuenta que el factor emocional es muy importante en este caso, y es que el comer no significa solamente satisfacer una condición física de hambre, sino que también guarda una estrecha relación con todas esas emociones que actúan en torno a ello. Por esta razón, también es importante poner el foco en lo que se conoce como alimentación emocional, en la que los niños/as identifican ciertos estados de ánimo con la comida. El uso de los alimentos por parte de los padres con una finalidad distinta a la nutritiva puede suponer otro factor de riesgo para la aparición de TCA. Nos referimos, por ejemplo, a cuando se ofrece a los hijos una golosina a modo de premio, o cuando se sienten tristes. Este tipo de experiencias son comunes durante la infancia, ¿quién de nosotros no lo hemos visto alguna vez? No obstante, aunque la intención no sea mala, los menores aprenden patrones de conducta en los que la comida actúa como regulador de sus emociones. Esta relación emocional con la comida es incluso natural, porque desde los primeros días de vida los bebés aprenden a asociar la lactancia como un vínculo afectivo-seguro hacia su madre. Sin embargo, los padres deben prestar especial atención a cómo están enseñando a sus hijos a comer, procurando no desarrollar en ellos ciertas correlaciones emocionales que en un futuro puedan derivar en algún tipo de trastorno. 

En definitiva, la infancia es una etapa fundamental en la vida de cualquier ser humano, en donde desarrollamos muchas de las características que nos van a definir como personas a lo largo de la vida, ya sean psicológicas, emocionales, de personalidad, etc. La relación que desde pequeños tenemos con la comida, especialmente en el seno de la familia, puede condicionar en parte la posible aparición de algún tipo de TCA en el futuro, pese a que en ellos concurran otros tipos de factores como la construcción socio-cultural o la predisposición genética. 

Referencias

Galmiche, M., Déchelotte, P., Lambert, G., & Tavolacci, M. P. (2019). Prevalence of eating disorders over the 2000-2018 period: a systematic literature review. The American Journal of Clinical Nutrition, 1402-1413.

Lena Münch, A., Hunger, C., & Schweitzer, J. (2016). An investigation of the mediating role of personality and family functioning in the association between attachment styles and eating disorder status. BMC Psychology, 409-416.

Moreno Ruge, A. M., & Londoño Pérez, C. (2017). Family and Personal predictors of Eating Disorders in Young People. Anales de Psicología, 235-242.

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