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¿Por qué una mantita o un peluche calma tanto? Objetos transicionales y apego en la infancia

Un artículo de Ana Ballester

Cualquiera que haya pasado tiempo con un niño pequeño habrá sido testigo de escenas como esta: el momento de irse a dormir se convierte en una negociación imposible si el peluche favorito no aparece, o la salida de casa se retrasa porque la mantita azul se ha quedado olvidada en el sofá. Para muchos adultos, estos objetos pueden parecer simples caprichos infantiles, pero la realidad es que cumplen una función psicológica muy importante: ayudan al niño a gestionar la separación, a calmarse y a dar sus primeros pasos hacia la autonomía emocional.

En este artículo vamos a explorar qué son los llamados "objetos transicionales", por qué tienen tanto poder para calmar y acompañar, y qué nos dice la psicología del desarrollo sobre su papel en la construcción del apego y la seguridad emocional.

¿Qué es un objeto transicional?

El concepto de "objeto transicional" fue propuesto por el pediatra y psicoanalista británico Donald Winnicott en la década de 1950. Winnicott observó que, alrededor de los 4 a 12 meses de edad, muchos bebés empiezan a mostrar preferencia por un objeto específico (una mantita, un peluche, un trozo de tela o, incluso, una prenda del cuidador) al que recurren especialmente en momentos de cansancio, angustia o separación (Winnicott, 1971).

Este objeto no es “cualquier juguete”: el niño le ha asignado un significado especial. Winnicott lo llamó "transicional" porque funciona como un puente entre dos mundos: el mundo interno del bebé (sus emociones, su necesidad de consuelo) y el mundo externo (la realidad, la separación del cuidador). Es, en palabras del autor, el primer objeto que el niño reconoce como "no-yo", pero que aún siente como parte de sí mismo, cargado de significado afectivo (Winnicott, 1971).

¿Por qué funciona? La conexión con el apego

Para entender por qué un objeto aparentemente inanimado puede tener tanto poder calmante, es útil recurrir a la teoría del apego desarrollada por John Bowlby (1969). Este modelo nos explica que los bebés nacen con un sistema biológico diseñado para buscar proximidad con sus cuidadores principales, especialmente en situaciones de estrés, miedo o malestar. Esta sensación de cercanía no solo garantiza la supervivencia física, sino que también proporciona regulación emocional: el bebé aprende a calmarse porque el adulto lo calma.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando el cuidador no está disponible? Aquí es donde entra en juego el objeto transicional. Su función es actuar como un sustituto simbólico de la figura de apego: lleva consigo las sensaciones, olores, texturas y recuerdos asociados a la seguridad y el consuelo que proporciona el cuidador (Passman & Weisberg, 1975). Lógicamente, no reemplaza a la persona, pero sí funciona como recordatorio tangible de que la seguridad existe, incluso cuando mamá o papá no están físicamente presentes.

Dicho de otro modo: el peluche o la mantita se convierten en un ancla emocional. Permiten al niño tolerar la separación sin sentirse completamente desamparado, facilitando así el desarrollo de la capacidad de autorregulación y de autonomía (Fortuna et al., 2014).

No es un capricho: forma parte del desarrollo normal

Es común escuchar comentarios como "lo estamos malcriando" o "se está volviendo dependiente del peluche". Sin embargo, la evidencia muestra que el uso de estos objetos es una parte completamente normal y saludable del desarrollo infantil. De hecho, estudios longitudinales sugieren que entre el 60% y el 70% de los niños desarrollan algún tipo de apego a un objeto de este tipo durante la primera infancia (Passman & Halonen, 1979).

Lejos de ser señal de dependencia patológica, el objeto transicional refleja que el niño está aprendiendo a gestionar la ausencia y a construir representaciones internas de seguridad. Es un paso hacia la capacidad de autorregularse, de anticipar el regreso del cuidador y de confiar en que el mundo es un lugar suficientemente seguro como para explorarlo y ser capaz de sobrevivir en él (Winnicott, 1971).

Además, su uso suele disminuir de forma natural conforme el niño crece y desarrolla otras estrategias de regulación emocional, como el lenguaje, el juego simbólico y las relaciones sociales más complejas.

¿Cuándo preocuparse?

Dicho esto, es importante matizar que, como cualquier recurso emocional, el objeto transicional puede convertirse en motivo de preocupación en determinadas circunstancias:

  • Si el niño muestra un malestar extremo y persistente cuando no tiene acceso al objeto, hasta el punto de que interfiere significativamente con su vida cotidiana.
  • Si el objeto es el único recurso de regulación emocional y el niño no desarrolla otras formas de calmarse o relacionarse.
  • Si aparecen regresiones importantes en el desarrollo (por ejemplo, volver a conductas mucho más infantiles de forma súbita y prolongada).

En estos casos, puede ser útil consultar con un profesional de la psicología infantil para explorar si hay factores de estrés, cambios importantes o dificultades en el vínculo que estén afectando al niño.

Ideas prácticas para familias

Si todo esto te suena familiar, aquí van algunas orientaciones respetuosas basadas en el conocimiento del desarrollo:

  • No lo quites de golpe. El objeto cumple una función reguladora, por lo que retirarlo bruscamente puede generar más ansiedad.
  • Respeta su ritmo. La mayoría de niños dejan el objeto de forma natural conforme crecen.
  • Facilita su uso en momentos clave: sueño, cambios de entorno, separaciones.
  • Si es posible, ten un duplicado (especialmente si el objeto se lava, se pierde o se rompe con facilidad).
  • Valida la emoción del niño: "Ya sé que tu mantita te ayuda a sentirte mejor, la vamos a llevar contigo."
  • Observa el contexto: si el apego al objeto se intensifica mucho de repente, pregúntate si ha habido cambios, estrés o situaciones nuevas que puedan estar afectándole.

Conclusión y referencias

Los objetos transicionales no son "tonterías" ni caprichos sin sentido. Son herramientas emocionales que acompañan al niño en uno de los grandes retos del desarrollo: aprender a estar solo sin sentirse abandonado, a separarse sin romperse. Entender su función nos permite acompañar con más respeto, paciencia y conocimiento una etapa fundamental del crecimiento infantil.

Al final, ese peluche desgastado o esa mantita cuentan una historia importante: la historia de cómo un niño pequeño aprendió a encontrar seguridad en un mundo desconocido.

Bowlby, J. (1969). Attachment and loss: Vol. 1. Attachment. Basic Books.

Fortuna, K., Roisman, G. I., Haydon, K. C., Groh, A. M., & Holland, A. S. (2014). Attachment states of mind and the quality of young adults' sibling relationships. Developmental Psychology, 50(5), 1374–1385. https://doi.org/10.1037/a0024393

Passman, R. H., & Halonen, J. S. (1979). A developmental survey of young children's attachments to inanimate objects. The Journal of Genetic Psychology, 134(2), 165–178.   https://doi.org/10.1080/00221325.1979.10534051

Passman, R. H., & Weisberg, P. (1975). Mothers and blankets as agents for promoting play and exploration by young children in a novel environment: The effects of social and nonsocial attachment objects. Developmental Psychology, 11(2), 170–177. https://doi.org/10.1037/h0076464

Winnicott, D. W. (1971). Playing and reality. Tavistock Publications.

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