
La meditación es un proceso de autorregulación atencional y un estado de conciencia ampliada (Carlson y Garland, 2005). Es una vía de crecimiento espiritual, un camino hacia nuestro perfeccionamiento personal. En concreto, la meditación zen, vinculada a la filosofía budista, persigue el ideal de la iluminación, a la que define como la liberación espiritual de las posesiones mundanas y los apegos que nos esclavizan e impiden vivir plenamente el presente.
Una de las formas de meditación que se trabajan dentro de la corriente zen es la localización de los procesos atencionales en el campo global, como ocurre en la práctica del mindfulness.
El mindfulness es un estado de plena consciencia del presente, del aquí y del ahora dentro y fuera de nosotros, que se observa pero no se juzga. Permite desarrollar una gran sensibilidad hacia lo que nos rodea, una mayor apertura a la adquisición de nueva información y la contemplación de diversas perspectivas.
Además del desarrollo de nuestra dimensión espiritual (no necesariamente vinculada a la religión), la práctica de la meditación produce cambios tanto a corto como a largo plazo en nuestro cerebro. Estos cambios se dan a nivel neurofisiológico, estructural y funcional, y se traducen en una serie de beneficios para nuestra salud psicológica y nuestra vida en general.
Algunos de los cambios que la ciencia ha estudiado hasta el momento son:
Esta serie de cambios en nuestro cerebro optimizan nuestro rendimiento cognitivo, disminuyen los niveles de estrés y la intensidad de las emociones negativas, mejoran nuestras relaciones interpersonales y nuestra autoestima e incrementan nuestra sensación de bienestar. Además, favorecen la apertura a las distintas perspectivas acerca de todo lo que acontece dentro y fuera de nosotros, así como la flexibilidad ante el cambio y la resolución de problemas.
Por todos estos motivos, la práctica de la meditación está dirigida a cualquier persona que tenga interés en beneficiarse de ella. Sabiendo que conlleva una intencionalidad y un aprendizaje progresivo, puesto que no es fácil alcanzar el nivel de concentración y relajación óptimos para su práctica, sería recomendable comenzar con un guía que nos oriente. En la práctica clínica, podría ser adecuado trabajar la meditación como parte del proceso terapéutico, ya que además de los beneficios generales que aporta, puede resultar útil para el tratamiento de determinados trastornos o dificultades. Esto podría realizarse bien dentro de consulta, o bien como complemento a las sesiones que se lleven a cabo entre terapeuta y paciente, facilitándole a este las indicaciones necesarias para que pueda realizarla por su cuenta.
Artículo escrito por Elisa Puertas .