
Todos hemos dicho alguna vez de alguien… “cómo miente, seguro que es un mentiroso compulsivo”. Sin embargo, ¿cuál es la diferencia entre una persona que miente y un mentiroso compulsivo? ¿Todas las personas que mienten padecen de trastorno de pseudología fantástica (es decir, mentira compulsiva)? ¿En qué punto radica la diferencia? ¿Qué rasgos suelen tener en común este tipo de personas?
Todas las personas, a lo largo de nuestra etapa vital, hemos dicho alguna mentira. Ésta se utiliza con una función, ya sea obtener un beneficio (“he estudiado todo el día, ahora puedo salir”), evitar una consecuencia negativa (“estoy enfermo, no puedo ir a trabajar“), las llamadas mentiras piadosas para evitar, en cierta medida, dañar a alguien (“no eres tú, soy yo”) u ofrecer una imagen positiva (“estaba a punto de llamarte”), así como evitar conflictos: “tienes razón”. Éstas son algunas de las razones por las que la gente utiliza la mentira como una manera de relacionarse en la vida cotidiana.
Es importante aclarar que una persona que miente no padece por ello un trastorno, por lo tanto, ¿en qué punto podemos considerarlo como tal?
La mitomanía (también llamada pseudología fantástica o mentira compulsiva) fue descrita por primera vez por Dupré (1900) como una tendencia patológica a inventarse episodios de su propia vida, tratándose de una entidad clínica específica, aunque actualmente es considerada como un síndrome o conjunto de síntomas más que un trastorno en sí mismo.
Las personas que padecen mitomanía o mentira compulsiva son aquellas que sin una causa específica inventan hechos o narraciones fantaseadas a causa de una necesidad afectiva. Estas personas se valen de la mentira en situaciones cotidianas en las que no es necesario hacerlo, y no como fin para conseguir ningún objetivo o cambio, a diferencia de una mentira simple. En múltiples circunstancias pueden contar historias o aventuras en cierto modo probables y cercanas a la realidad. También acostumbran a mezclar detalles falsos y hechos reales en su narración, por lo que en muchas ocasiones resulta complicado dudar acerca de la veracidad de sus relatos, y pueden finalmente no ser capaces de distinguir entre sus fantasías y la realidad.
Con el tiempo aprenden a creérselas, dándoles una categoría social de realidad, perdiendo el dominio de sus propias mentiras. Cuando se les confronta acerca de ellas, la persona tiende a generar nuevas fantasías. No pueden dejar de mentir, volviéndose adictas a ello, ya que utilizan este medio como forma de comunicación y para relacionarse con los demás.
Algunos de los ejemplos más famosos son: Enric Marco, que afirmó ser víctima del régimen nazi, llegando a estar años en un campo de concentración, dedicando su vida a dar diversas conferencias a lo largo del mundo relatando su experiencia. También Alicia Esteve, que afirmaba estar presente en el atentado del 11 de Septiembre, llegando a representar a una asociación de víctimas de los atentados de las torres gemelas. En ambos casos se descubrió que mentían.
Las motivaciones varían en función de cada persona y las experiencias que ha vivido; sin embargo, sí existen ciertos rasgos que suelen ser comunes, como una falta de aceptación de su propia realidad, siendo personas con una baja autoestima, utilizando la mentira como un modo de huir de ella, sustituyéndola por una ficción más deseable para esa persona. En los casos expuestos anteriormente, utilizan la mentira como un medio para construir una nueva identidad.
Por lo general, la mentira compulsiva es común en alguno de los siguientes cuadros clínicos:
Por tanto, ni alguien que dice muchas mentiras padece un trastorno ni tiene por qué tratarse de una persona mentirosa compulsiva. Todos hemos empleado la mentira en alguna ocasión, con el objetivo de obtener un beneficio. Sin embargo, los mentirosos compulsivos no pueden evitar hacer de la mentira su modo de interacción con la realidad, sin ninguna expectativa de beneficio personal o ganancia asociada, como ocurriría con la simple mentira.
En la mayoría de estos casos, estas personas no solicitan voluntariamente apoyo psicológico; o si lo hacen, es por otros motivos.
Artículo escrito por Alejandra Toth