
Un artículo de Belén Fernández
En los últimos años, cada vez más familias acuden a consulta preocupadas por conductas desafiantes, explosiones emocionales o dificultades de autocontrol en sus hijos. Estos comportamientos no solo afectan la convivencia en casa, sino también la adaptación escolar y social de los niños.
Los padres suelen encontrarse atrapados entre dos fuerzas: por un lado, el deseo de proteger a sus hijos de cualquier sufrimiento; por otro, la necesidad de poner límites que, inevitablemente, generan frustración o enfado. Este conflicto —evitar el malestar vs. permitirlo para que aprendan— es uno de los grandes dilemas de la crianza actual. ¿Cómo actuar cuando decir “no” provoca llanto, rabia o rechazo? ¿Es posible educar sin que el niño sufra… o es precisamente parte del proceso?
En nuestra sociedad, el malestar se percibe cada vez más como algo que debe evitarse. La idea dominante es que “estar bien” es el estado natural y deseable, y que cualquier emoción incómoda —frustración, rabia, tristeza, aburrimiento— es señal de que algo va mal y debe eliminarse rápidamente. Este enfoque, basado en evitar el malestar inmediato, ha influido en la crianza: muchos padres sienten que su rol es proteger a sus hijos de cualquier incomodidad.
El llanto se interpreta como daño, la frustración como desregulación, el enfado como problema. Para evitar ver al niño sufrir, los adultos ceden, negocian o resuelven la situación por ellos. Este comportamiento, llamado evitación experiencial (Wilson & Luciano, 2002), puede dificultar el aprendizaje de valores y límites funcionales a largo plazo.
El dilema, entonces, no es ser “duro” o “blando”, sino educar pensando en el alivio inmediato o en el desarrollo futuro. Cada vez que el niño obtiene lo que quiere a través del malestar, se refuerza la conducta disruptiva; cada vez que el adulto cede para no sentirse incómodo, refuerza su propia evitación (Wilson & Luciano, 2002).
Antes de ver cómo acompañar estos procesos, conviene aclarar qué son las conductas disruptivas: comportamientos que interfieren con la adaptación social del niño y dificultan la adquisición de habilidades funcionales (Luciano, 1988). No se trata solo de “mal comportamiento”, sino de respuestas que obstaculizan tanto el desarrollo del niño como la tarea educativa de padres y docentes.
Una clasificación frecuente distingue cuatro grandes subgrupos (Luciano, 1988):
Desde la perspectiva conductual, el comportamiento se mantiene o cambia según sus consecuencias. Comprender esto permite intervenir eficazmente sin castigos arbitrarios ni autoritarismo.
Algunos procedimientos utilizados para reducir conductas disruptivas y enseñar comportamientos adaptativos son:
Refuerzo positivo: añadir un estímulo agradable tras una conducta para aumentar su probabilidad. Por ejemplo, cuando un niño recoge sus juguetes y el adulto le presta atención o le permite acceder a una actividad motivadora, la conducta tiende a repetirse.
Refuerzo negativo: retirar un estímulo molesto cuando aparece la conducta adecuada. Por ejemplo, si un niño organiza su mochila y los padres dejan de insistirle, tenderá a hacerlo antes para evitar la presión.
Extinción: retirar la consecuencia que mantenía una conducta, de modo que pierda su función. Si un niño logra algo con una rabieta, ignorarla hará que esa conducta pierda efectividad. Durante este proceso puede aumentar temporalmente la intensidad del comportamiento (“estallido de extinción”) antes de disminuir.
Economía de fichas: el niño obtiene elementos simbólicos (pegatinas, puntos) que luego puede canjear por privilegios o actividades. Permite visibilizar el progreso y organizar contingencias de manera clara y predecible.
El malestar no solo lo experimenta el niño: los padres también sienten ansiedad, culpa o temor. Mantener la calma y la coherencia es clave. Preparar al niño para los límites mediante advertencias claras (“Primero aviso, luego consecuencia”) ayuda a que perciba el entorno como seguro y predecible.
Un ejemplo práctico: si un niño protesta porque se acabó la televisión, el padre puede decir con serenidad: “Entiendo que te enfada, pero ya te había avisado que terminaba el episodio. Ahora cenamos”. Si el niño sigue molesto, el adulto mantiene la calma, no cede y espera a que el niño se tranquilice. Luego, reconoce su esfuerzo: “Gracias por calmarte, ahora podemos hablar”. Así, el malestar se sostiene sin reforzar conductas disruptivas, y se enseña autorregulación desde la contención.
Una metáfora útil es la de la llave: cuando una conducta que antes funcionaba deja de abrir “la puerta”, el niño puede intensificarla o probar otras. Este aumento temporal no indica que el límite sea incorrecto; es señal de que el cambio está en marcha (Molina Cobos, citado por Fernández Parrilla).
Cada límite sostenido con calma, cada “no” dicho desde el cuidado y cada acompañamiento del malestar sin resolverlo por el niño construye estructura interna, confianza y seguridad emocional. Educar no es eliminar emociones difíciles, sino enseñar a transitarlas sin miedo.
Herruzo, J., Luciano, M. C., & Pino, M. J. (2001). Disminución de conductas disruptivas mediante un procedimiento de correspondencia «Decir - Hacer». Acta Comportamentalia, 9(2), 145–162.
Wilson, K. G., & Luciano, M. C. (2002). Terapia de aceptación y compromiso: un tratamiento conductual orientado a los valores. Pirámide.
Luciano, M. C. (1988). Conducta disruptiva en niños: clasificación y análisis.