Psicólogos Princesa - LogotipoOpen menu icon

Por más que en muchas ocasiones nos resulte costoso otorgar el perdón, este esfuerzo consciente por dejar atrás el daño causado nos permite, en palabras de Irene Villa que cita María Gracia Albines en su artículo, “poder sobrellevar la vida, poder empezar de nuevo (…)”. Estamos seguros que os va a interesar.

El valor de un “incomprensible”: reflexiones en torno al perdón

Por María Gracia Albines

Madrid, 17 de octubre de 1991. Irene Villa, de tan solo 12 años, y su madre, María Jesús González, fueron víctimas de un atentado terrorista que marcó sus vidas para siempre. Como consecuencia del ataque, Irene perdió ambas piernas y tres dedos de la mano izquierda y su madre, una pierna y un brazo. Han pasado más de treinta años desde aquel día, pero hay un mensaje que permanece:“Decidimos perdonar y mirar hacia adelante sin sentir rencor” (Antena 3, 2024). El atentado prescribió sin que se encontraran culpables. ¿Es acaso una locura? ¿Una forma de humillación? ¿O quizá una muestra de fortaleza y dignidad? Para Irene Villa, perdonar es el camino “para poder sobrellevar la vida, para poder empezar de nuevo, (...) para romper el vínculo con quien ha hecho daño.”

Ruanda, abril de 1994. Immaculée Ilibagiza, una mujer tutsi, sobrevivió al genocidio que cobró la vida de más de 800 000 personas. Entre ellas, sus padres y dos de sus hermanos. Durante 91 días, permaneció escondida en un baño de apenas un metro cuadrado, junto con otras siete mujeres. Terminado este período, Immaculée tomó una decisión impensable para muchos: perdonó a los asesinos de su familia, e incluso llegó a visitarlos en prisión. ¿Se trata de una disociación compleja? ¿De una incapacidad para sentir dolor? ¿Es posible sostener en el tiempo una actitud tan incomprensible? Con los años, Immaculée continúa compartiendo su testimonio como un ejemplo de perdón y libertad interior. Frente a quienes suponen ausencia de sufrimiento en su testimonio, refiere: “mi corazón destrozado ha sido reparado a través del perdón” (Ilibagiza y Erwin, 2014).

Dos experiencias de dolor profundo, y un tema común de perdón. A veces se piensa que esta disposición al perdón es poco terapéutica e imposible de plantear tras haber experimentado vivencias de daño complejas, pero sin duda, contiene un valor poco conocido y de gran trascendencia. 

¿Qué supone perdonar? ¿Qué implica esta disposición? Hay un consenso académico y de práctica clínica en Psicología que establece que el perdón no es una “negación”, pues es necesario, en primer lugar, aceptar que ha existido un daño; el perdón tampoco supone “olvido”, como si se tratase de una actitud automática capaz de eliminar una ofensa de la conciencia. En realidad si se olvida, no hay nada que perdonar y, finalmente, tampoco supone “justificación”, por la que se accede a aceptar los motivos que llevaron al ofensor a cometer su error (Echeburúa, 2013; Guzmán, 2010).

Perdonar implica que la persona ha vivenciado el dolor de una ofensa, reconoce la naturaleza hiriente de ésta y aún a sabiendas de que la situación puede ser injustificada y la persona no merece ser perdonada, decide hacerlo (Guzmán, 2010); por lo tanto es un acto del todo consciente, una decisión de libertad a la que no se puede obligar, ni siquiera sugerir de forma ligera, porque forma parte de un proceso terapéutico de sanación, de superar una herida emocional y trascender al daño.

Hay un concepto implícito en una relación que necesita perdón: el sentido de comunidad. Así, este acto no solo permite sanar a la víctima y al agresor, sino que restaura relaciones y reintegra al otro en la comunidad (Vanier, 2001). Al respecto, en los dos testimonios descritos puede mencionarse que tienen en común que el agresor no constituye una persona con un lazo inicial estrecho, como ocurre en otras experiencias de trauma complejo, en las que es necesario distanciarse, al menos temporalmente, de quien ha hecho daño, para poder comprender la situación, restaurar en el tiempo y en libertad, y poder elegir cómo continuar.

Hay quienes han descrito el perdón como sinónimo de liberación, puede representar un favor a alguien, pero en realidad constituye una oportunidad para uno mismo; la de no vivir atormentado, sacudirse el yugo del pasado, mejorar la salud, y en definitiva, reconciliarse consigo mismo y recuperar la paz interior (Echeburúa, 2013).

En este sentido, sin perdón no hay presente ni futuro. Queda únicamente un pasado que pide ser restaurado y que genera resentimiento o ira contenida. Perdonar implica colaborar conscientemente a que la herida se cicatrice de manera auténtica para luego aprender a vivir con esa cicatriz. Con este acto se deshacen los sentimientos de culpa y resentimiento que se hacen continuamente presentes, se resta el control que tiene dicha experiencia para condicionar el presente (Arendt, 1993), y se reduce también la motivación de distanciarse o buscar venganza. Puede compararse con una carretera de doble sentido: al perdonar a otros, también se experimenta una forma de perdón hacia uno mismo; así como ser tolerante con los demás facilita aceptar los propios errores, por la compasión y empatía presentes (Echeburúa, 2013; Wade y Worthington, 2005)

Para cerrar la puerta de forma definitiva a esa experiencia de daño, es necesario colocar los acontecimientos en el momento temporal al que corresponden y establecer nuevas formas de relacionarse. Desde una mirada transformadora, este proceso implica pasar por la superación del dolor y del odio, comprendiendo la experiencia, aceptándola, y generando experiencias de reconstrucción personal y comunitaria. 

Finalmente, perdonar significa liberarse también de la concepción de víctima, una implicación importante en el proceso terapéutico, dado que esta resignificación facilita la capacidad de agenciamiento y responsabilidad personal con la propia vida (Bravo y Rojas, 2021).

Sin embargo, quedan conceptos aún por tratar: ¿es condicional o incondicional al arrepentimiento de quien ha hecho daño? ¿supone reconciliación? ¿qué sucede cuando ya no está presente quien ha cometido la ofensa? En todos estos aspectos juega un papel fundamental nuevamente la libertad, en la que los actos personales están motivados por una fuerza muchas veces incomprensible para otros, como las realidades más complejas de la persona humana.

Todas estas razones que operan a nivel psicológico son abundantes, pero no suficientes para abordar el tema del perdón. Es necesario tener una mirada antropológica que no se reduzca a un sentimiento de bienestar emocional que engendra el perdón. No se trata de una estrategia cognitiva, fruto de un sentimiento de compasión hacia alguien, en realidad perdonar es un acto de magnanimidad, supone un nuevo comienzo en el obrar, rompe la cadena de las consecuencias de la acción de agravio, supone reconocer la libertad del otro para cambiar y la propia para no quedar determinada por el pasado y permite la restauración de la convivencia y de la esperanza  (Arendt, 2005). 

Es necesario reconocer que la persona es más que su afectividad, que tiene un alma propiamente humana, que la dota de libertad y permite entender que su crecimiento personal se da cuando da a los demás aquello de lo que dispone, como refiere Polo (2003). Se trata de un acto de apertura al otro, que repara la ruptura de la donación interpersonal, que reconoce la dignidad del otro más allá de sus acciones, que trasciende el límite del yo, superando el resentimiento, y se abre al don, liberando al perdonador y al perdonado.

El perdón aúna y comprende la vulnerabilidad y la grandeza, propias de la naturaleza humana. En cierto sentido necesita haber experimentado el perdón y un nivel de trascendencia tal, que le otorgue un sentido personal en la vida.

Referencias bibliográficas

Arendt, H. (1993). La condición humana (R. Gil Novales, Trad.). Paidós.

Arendt, H. (2006). Responsabilidad y juicio (M. Mur, Trad.). Paidós.

Bravo, A. y Rojas, L. (2023). Valoración del perdón desde las víctimas del conflicto armado colombiano. Informes Psicológicos. 23(1); pp. 159 - 174.

Echeburúa, E. (2013). El valor psicológico del perdón en las víctimas y en los ofensores. Eguzkilore: Cuaderno del Instituto Vasco de Criminología, 27, 65‑72.

Guzmán, M.; Santelices, M. y Trabucco, C. (2015). Apego y Perdón en el Contexto de las Relaciones de Pareja. Terapia Psicológica. 33(1). http://dx.doi.org/10.4067/S0718-48082015000100004. 

Ilibagiza, I., y Erwin, S. (2014). Mi viaje hacia el perdón: Renaciendo de las cenizas del genocidio de Ruanda. Palabra.

Millán, E. y Ahedo, J. (2023). Perspectiva Antropológica del perdón desde Hannah Arendty Leonardo Polo. Sophia: Filosofía, Antropología y Educación, pp. 65-86. https://doi.org/10.17163/soph.n34.2023.02.

Polo, L. (2003). Antropología trascendental II: La coexistencia del hombre. Eunsa.

Vanier, J. (2001). Comunidad: lugar de perdón y fiesta. España: Sauce.

Villa, I., y González, M. J. (2024, 17 de octubre). Irene Villa y su madre recuerdan el atentado que cambió su vida: «Aceptas lo que no puedes cambiar y piensas que has nacido así». Espejo Público, Antena 3. Recuperado de: https://www.antena3.com/.

Villa-Gómez, J. (2016) Perdón y reconciliación: una perspectiva psicosocial desde la no violencia. Polis, Revista Latinoamericana. 15(23). 131 – 157.

Wade, N. y Worthington, E. (2005). In search of a common core: A content analysis of interventions to promote forgiveness. Psychotherapy: Theory, Research, Practice, Training, 42(2), 160-177. https://doi.org/10.1037/0033-3204.42.2.160.

magnifier